12 de abril de 2023

Wuhan está en todas partes

 


Ante todo, Dysphoria Mundi, el libro de Paul B. Preciado, es un festín lector incontestable, disfrutable como pocos en su pasión lingüística, especialmente semántica pero también semiótica, con una percepción metafórica muy aguda de la realidad, y un libro que es profundamente coherente al aceptar el problema filosófico del “giro lingüístico”, y proponer en la práctica un lenguaje nuevo para “cambiar el mundo”. ¡Y qué lenguaje! ¡Qué riqueza de nuevos términos! ¡Qué maravilla! Entre lo que se encuentra la osadía de usar el género no binario con gran frecuencia. Es el primer libro de extensión considerable en que lo veo y le autore, le filósofe, no sólo lo supera, sino que encuentra en él un tono innovador y atractivo que muestra unas posibilidades inesperadas.

 

Hospital de Wuhan para luchar contra la Covid-19. Se construyó en diez días en el inicio de 2020. Foto de AFP publicada en Público.

Bueno. ¿Qué es Dysphoria Mundi? Es un exceso inclasificable, fragmentario y mutante, que incluye diario personal, oraciones postmodernas, y, sobre todo, una reflexión de la contemporaneidad post-covid, escrita desde un extremo radical por un autor en el límite de todas las fronteras (cosa que conocemos desde la página primera en que aparecen sus antecedentes médicos), en un estado filosófico febril tras superar un Covid-19 de primera ola en el primer confinamiento de París en marzo de 2020.

Preciado aprovecha los significados patológico y etimológico de la palabra “disforia” (dis=dificultad + phoros=carga/resistencia) para tomar las condiciones habitualmente consideradas disfóricas como formas de vida que anuncian un nuevo régimen de saber y un nuevo orden político visual desde el que pensar la transición planetaria. La revitalización o empoderamiento de una palabra que en la práctica clínica de las últimas décadas vino a sustituir (junto con “trastorno”) a las tradicionales psicosis o neurosis, pero que se había convertido (y aún sigue) en una nueva forma de control farmacopornográfico, se supera gracias a las nuevas formas de legitimación sociopolítica (los movimientos MeToo, Black Lives Matter, MeQueer, etc.) que encuentran en la pandemia de la Covid-19 un momento de cambio de paradigma culmen de un conjunto de mutaciones que, al contrario de toda revolución anterior en la historia, afecta por primera vez a todo el planeta y al mismo tiempo.

 

Estatua derribada de Fray Junípero Serra en San Francisco, fotografía de David Zandman para Reuters publicada en La Vanguardia.

Para Preciado, la Covid-19 es a la vez una culminación y una revolución; si aceptamos el lenguaje como la primera forma de poder inoculado al pensamiento, la pandemia ha alterado ese poder, y mediante la restitución de su desorden ha creado -está creando- un nuevo lenguaje al que Preciado se entrega apasionadamente. No se trata de los vocablos específicos que hemos aprendido estos años, sino de nuevas definiciones del mundo que con la pandemia completan su significado. Preciado define lo “petrosexorracial” como calificativo de un orden económico extractivo de lo energético, lo sexual y lo colonial surgido de la opresión de los cuerpos por los estados y el poder económico. Lo “fármacopornográfico” como la estrategia de control de los cuerpos y el deseo mediante el poder médico y científico. Lo “somatopolítico” para poner el acento en el cuerpo y sus necesidades como objeto del control del discurso político. La “somateca” como el cuerpo elevado a protagonista, pero en un sentido extendido con sus órganos tecnológicos y médicos periféricos que lo soportan y redefinen. La “necrobiopolítica”, el “tecnopatriarcado”, la “petromasculinidad”, etc… todo ello conforma en efecto una nueva forma de definir el mundo dirigiéndose a él mediante la liberación de la estética dominante actual, cuya permeación es tal que hace que veamos naturales procesos de extracción y estandarización (como la heterosexualidad y la reproducción).


 “El consumo de peyote y heroína transformaron el cerebro de Burroughs en una fábrica experimental de la que surgieron algunas de las invenciones más prodigiosas del siglo. Como si se tratara de un Nietzsche heroinómano en la era de la reproducción mecánica…”. Imagen de Paul Natkin para WireImage publicada en Biography.

  

Antes de entrar al meollo de la disforia, de todo aquello que la Covid-19 ha desplazado y convertido en una carga de difícil transporte, Preciado hace dos paradas de interés; una es William Burroughs. La otra es el incendio de Notre Dame de París. De Burroughs recoge dos ideas relevantes que además considera nacidas de los estados alterados de conciencia que el escritor alcanzaba en sus viajes psicodélicos: por un lado, el lenguaje considerado como un parásito inoculado, que supone que la comunicación es un contagio (lo que ayuda a entender cómo las diferentes “gramáticas” conforman el poder), y, por otro, la recuperación del concepto latino de la adicción como deuda para entender el movimiento del capitalismo en crear dependencia por parte de los cuerpos haciendo que además del crédito financiero necesiten un capital de deseos controlado mediante capitalismo de vigilancia.

¿Y Notre Dame de París? En cierto modo Preciado considera que el incendio de la catedral de París representa el punto inicial del cambio de paradigma de la Covid-19 debido a su enorme potencial metafórico, a cuyo poder le dedica cuatro páginas, las 79 a 82 de esta edición de Anagrama, que son pura gloria metafórica blasfema y pop, probablemente el mejor texto analítico pero de tono visceral que recuerdo en tiempo.


 “Algunos, al fotografiar la imagen de la catedral ardiendo, vieron en ella un resplandor denso idéntico al de un agujero negro. Otros dijeron que era el ojo de Sauron. Los más utópicos afirmaron que Notre Dame había querido vestirse frente al mundo con un chaleco amarillo incandescente”. La aguja de la catedral en llamas antes de caer sobre el tejado, en foto de Guillaume Levrier recogida en Wikipedia.

 

Y tras estas dos puntualizaciones, Preciado abre el melón de la Dysforia Mundi: una descripción continuada de todo aquello que considera que ha sido removido o desplazado o puesto “out of joint” de manera evidente por la pandemia y sus consecuencias. Esta descripción es fragmentaria, profética, visionaria, apelante, revolucionaria, y, en definitiva, nietzscheana, en ocasiones cercana al delirio, pero un delirio creativo gozoso en términos de lenguaje, de revelación metafórica, de poder evocador, y de potencia analítica y deconstruidora fabulosa. ¿Qué ha desplazado la Covid-19 o qué desplazamientos ha culminado? Por supuesto el primero de todos cumple con la frase del asombro hamletiano al ver el espectro del padre: “Time is out of joint”. El tiempo ha sido desplazado. También la biopolítica, el narrador, la vida, la diversidad sexual, la identidad, las fronteras, la vigilancia, la casa, el coche, la respiración, la moda, el suelo, el mundo analógico, el cuerpo, la ciudad, el trabajo, la ciudadanía, la reproducción la libertad, el sexo, los animales, etcétera…

La fragmentación mutante en estos episodios tiene reflexiones y literatura que merecen la pena ser destacados:

1.- cuando ‘el narrador ha sido desplazado’, el libro tiende a diario personal implícito. Su mejor momento para cualquiera que ame la lectura, y que ame en general, es la descripción comparada de las bibliotecas y las relaciones amorosas; cómo el amor hace crecer las bibliotecas personales, cómo estas se mezclan o no según la autenticidad de la relación, y cómo una pareja en que no existe lectura recíproca de las bibliotecas personales tiene los días contados.

2.- un recordatorio para quienes estábamos allí y para quienes no: el desarrollo inicial de la pandemia del VIH y el desarrollo de los virus informáticos fueron coetáneos… A partir de la expresión transfóbica “epidemia de transgénero”, Preciado señala la visión de las personas LGTBI como víricas y enfermizas por parte del sistema establecido, pero, por otro lado, las señala como un síntoma de fuerza y supervivencia: un virus está vivo y muerto a la vez, no es visible pero sus efectos sí, no tiene conciencia pero es gestionado/utilizado políticamente... El VIH fue la inspiración del cambio del término “gusano” a “virus” en la incipiente práctica informática de los años ochenta. El momento actual de disforia entre biología y tecnología, reflejo de la dicotomía clásica entre naturaleza y cultura, cierra el círculo: el Covid-19 y sus formas y consecuencias son la demostración final de que son los mecanismos de infección los que cambian el mundo.

3.- un virus como organismo que sólo se reproduce si está en otro organismo es un problema filosófico de carácter ontológico más que un problema epidemiológico. Si en el modelo de explotación petrosexorracial la vida es la capacidad de reproducción necesaria para la extracción de recursos, entonces, ¿qué es un virus? Para Preciado, es un reflejo disfórico y actual de otras figuras históricas no definidas, no representadas incluso en el poder lingüístico: trans, brujas, discapacitados, travestis, migrantes, homosexuales, extranjeros, mujeres... Otra forma de contrapoder del virus es su capacidad de transferencia genética horizontal, el llamado deslizamiento antigénico que también mencionaba Ed Yong, que es capaz de introducir el ADN del virus en el código genético de sus organismos portadores, en contraste con la transferencia vertical de la herencia genética.

4.- sin olvidar además que ese virus sin conciencia mata masivamente en realidad sólo por las condiciones del mundo actual: son nuestras prácticas culturales y de consumo globalizadas las que contribuyen a su expansión y a su mortalidad

5.- alrededor del domicilio se han producido cambios muy profundos: se ha convertido en un nuevo centro de producción, consumo y control cibervigilante para todos (antes ya lo era con otros matices para su habitante tradicional: la mujer). El confinamiento moderno es digital y crea un nuevo sujeto del capitalismo informático, el “teletrabajador y teleconsumidor de economía farmacopornográfica a tiempo completo”. Es la culminación de la existencia de obreros digitales que -recuperando a Zuboff- trabajan creando una plusvalía digital en un nuevo ejercicio de extracción colectiva de datos (de lo que hay ejemplos directos: pakistanís contratados para actualizar cuentas occidentales de Instagram, estudiantes que comentan productos en diferentes webs de venta, etc.). Este nuevo confinamiento digital es posible gracias a la conversión final del móvil en una prótesis exterior del cuerpo; un cuerpo que no es completamente orgánico ni mecánico, de manera análoga a cómo el virus no está vivo ni muerto. No sólo es el móvil: la Covid-19 enseñó otros periféricos esenciales para la vida como los respiradores. El teléfono móvil, la heroína electrónica, el modo en que el capitalismo crea la función deseante de los cuerpos contemporáneos, es, en bellísima imagen del autor, “el último órgano externo del ser en apagarse” cuando el ser muere.

6.- por supuesto, Preciado también habla de la disforia de género, pero no es el tema central en sí. Explica doxográficamente el origen del pensamiento tránsfobo, con Janice Raymond o Jean Baudrillard a la cabeza hace décadas, que ya lo calificaban de “metástasis”, antes del habitual “epidemia” de hoy en día. Para Preciado existe un nuevo esencialismo conservador entre algunos autores jóvenes trans para los que la “trans-identidad” no altera el sistema hegemónico y debe ser heterosexual y binaria. Frente a estos “trans neocon”, Preciado contrapone los “anarcomutantes”, activistas no binarios más dedicados a derribar normas patriarcales y coloniales. Añade a las categorías personadas en esta discusión a los “patriarcalistas”, partidarios de un régimen sexual arcaico, y las “feministas antitrans”, que se oponen tradicionalmente a los patriarcalistas arcaicos, pero comparten con ellos la visión biologicista de lo masculino y lo femenino. Preciado no obstante se mantiene distante del exceso de identidades, dado que opina que ha tenido un efecto rebote en la vuelta a la línea política más visible de identidades ultraconservadoras relacionadas con la masculinidad, la nación o la raza, y que la solución es reactualizar constantemente esas identidades mediante una repetición performativa (en términos de Alberto Mira, estamos en la perspectiva queer históricamente colocada entre la afirmación del antiguo movimiento gay y lésbico, y el identitarismo ultraindividualista del colectivo LGTBI). La complejidad de esta(s) disforia(s) y sus representaciones alcanza metafóricamente a todos los campos de la vida. Preciado está muy brillante por ejemplo al analizar el asalto al Capitolio en términos de cuerpos y símbolos, mostrando cómo la masculinidad supremacista ha mezclado sus símbolos fascistas con otros procedentes de los movimientos afro, indígena o queer, en un pastiche subcultural que busca volver a ser predominante en primera línea de la política, pero cuyos fundamentos racistas, aporofóbicos, o machistas nunca abandonaron realmente posiciones de poder. En cualquier caso, claro que existen instituciones que hicieron anteriores revoluciones y que se han esclerotizado y no saben leer los tiempos actuales: un sindicalismo que defiende la industria de la extracción fósil, o un feminismo atacando la dignidad de las personas trans revelan un anquilosamiento histórico, una aversión a la infección progresista, una terrible ausencia de reconocimiento de la “realidad disfórica”.

Hay más perlas entre todos estos desplazamientos contemporáneos, pero es imposible recoger todo. Ahora lo relevante es conocer cómo se hará esta revolución a la que Preciado apela, esta toma de poder de los virus invisibles que han inoculado el MeToo, el Black Lives Matter, el MeQueer en el capitalismo petrosexorracial y ciberfarmacopornográfico dominante. Y aquí, como suele sucederles a los revolucionarios analíticos capaces de las diagnosis más lúcidas al contrastarlas con la realidad, Preciado reduce infinitamente su discurso a unas páginas en forma de recetario que se antojan muy escasas para resolver las 500 páginas anteriores. Algunas formulaciones son muy atractivas: hibridación antidisciplinaria de artes y prácticas institucionales separadas por la segmentación capitalista de valores, cuerpos y poderes; destitución de prácticas institucionalizadas de violencia; desmercantilización de las relaciones sociales para inventar prácticas de producción de valor no semiotizadas por la economía o el mercado... Pero, ¿cómo? ¿Con qué recursos eficaces al corto plazo de lo revolucionario cuentan las categorías “víricas”? Esa previsión, entiendo, queda confiada a la revolución del paradigma, lingüística, que sea capaz de aprovechar las nuevas herramientas para acabar con la estética del mundo e imponer la realidad de los desplazados por las estrategias petrosexorraciales. Pero esas mismas herramientas también las usará la reacción, probablemente con mucha fuerza y capacidad de infiltración, con su inercia económica y la propia adaptación de sus estructuras, algo que además no sería la primera vez que sucede, y, sin una estrategia más clara, ya Engels advertía que el intento será un fracaso. En Brujería y contracultura gay, Arthur Evans apelaba a la economía de la magia, claramente insertada en el tiempo de la contracultura hippy, pero que resultaba muy desazonadora sobre la posibilidad real de éxito de una gestión post revolucionaria. En Homo Deus, Yuval Noah Harari parece más realista aunque es tecnopesimista: entiende y proclama la inercia de la innovación y la tecnología en un camino marcado por la humanidad acelerada en que la afección de las clases bajas no será considerada ni siquiera como receptora final de los resultados democratizadores de una revolución del conocimiento como las habidas en los dos últimos siglos de contemporaneidad. Claro que Preciado no parece concebir la toma de poder político y económico concretos como lo conocemos, sino probablemente el filosófico, que siempre le precede. Puede que no le falte razón, puede que estemos en un mundo en que, caídas las estatuas de los colonialistas, su simbolismo afecte al poder vaciado y perdido ante la realidad no ya fluida sino escindida.

Como lector he sido arrollado por el lenguaje y la pasión de Dysphoria Mundi, por su fragmentación profética y por su creatividad literaria, en la que se incluye no sólo la creación de nuevos vocablos sino el ritmo, la estructura, el valor dado a la repetición, y el tono apasionado, que no llega a lo mesiánico y además mantiene ternura terrenal a los desfavorecidos. Esta subyugación por un filósofo que podría definirse como “de la sospecha” es feliz porque proporciona placer lector abundante, se esté de acuerdo con su diagnóstico o no, dado lo original y ambicioso de un análisis que describe un mundo conceptualmente roto y en transición a un estado desconocido, más disfórico que distópico. Y es imposible estar siempre de acuerdo: en mi caso, conseguido superar el momento dionisíaco de la literatura arrebatada, la concepción reformista del progreso occidental (la que leo en Rosling, o Diamond, o Ridley, o Gomá, o Giner) me parece más correcta. La pregunta es si existiría el reformismo sin un revolucionario que de vez en cuando le agita las solapas.

Dysphoria Mundi parece un libro fundacional para entender que el género en disputa de la contemporaneidad es mucho más revelador de la época de lo que probablemente pensamos. A asentar su discurso contribuyen unas imágenes maravillosas, una bibliofilia inmensa resultado de una vida lectora sin fin -la mejor vida, probablemente-, una buena y respetuosa aproximación a las disciplinas colaterales a las que se acerca, científicas y tecnológicas, y un idealismo revolucionario a prueba de... de virus y vacunas. Este libro es una gloria, de veras.

 

 

 

 

 

3 de abril de 2023

Pétain

 

He leído este cómic, Juger Pétain (Juzgar a Pétain) por cortesía de un amigo que sabe de mi gusto por la representación de lo político y lo histórico. Se trata de la historia del juicio a Philippe Pétain, mariscal de Francia, realizado en el verano de 1945, por colaboracionismo con los nazis durante el llamado Régimen de Vichy, entre 1940 y 1944, durante la Segunda Guerra Mundial. Vichy se conforma con el armisticio firmado ante la invasión nazi entre Pétain y los alemanes, y el país se divide en dos: el norte y la costa atlántica son administrados directamente por las fuerzas invasoras, y el centro y sur, incluyendo la costa mediterránea y el puerto clave de Marsella, por este Régimen presidido por Pétain, que pretendió ser una especie de continuidad del gobierno francés anterior, que tuvo varios primeros ministros en cuatro años, y con un punto de inflexión relevante en su potencial justificación: cuando el ejército alemán completa la invasión en noviembre de 1942 también de esta parte de Francia, y elimina definitivamente cualquier atisbo de posible autonomía del Régimen.

Pétain y Hitler se reunieron en 1940 en Montoire un día después de que Franco y Hitler se vieran en Hendaya (foto de Heinrich Hofmann extraída del National Geographic)

El conflicto central de la figura y el juicio de Pétain es si sus decisiones ayudaron (o lo contrario) a que Francia sufriera los menores daños posibles ante la invasión alemana. Porque la negación de su colaboracionismo es difícil, especialmente tras el mencionado punto de inflexión: envío de trabajadores a Alemania, colaboración en la detención y traslado de judíos franceses a los campos, lucha contra la Resistencia… El dilema del mejor mecanismo para evitar el daño a la patria se acompaña del de las motivaciones del muy viejo general para aceptar este cargo con 84 años, el deshonor de entregar el país al enemigo al que derrotó en la Primera Guerra Mundial, en la que ganó su prestigio, y seguir haciéndolo (obviando con cierta megalomanía todos los indicios) mientras la figura del general De Gaulle iba emergiendo en la Francia libre, siendo sin duda una de las grandes figuras triunfadoras de la IIGM, considerando además el posicionamiento que consiguió para su país al final de la misma a pesar del armisticio firmado inicialmente.

En el juicio

Sirva toda esta introducción para entender el conflicto de esta historia dibuja por Sébastien Vassant y escrita por él mismo y por Philippe Saada. Saada es un director y guionista de documentales de TV que precisamente dirigió una serie de este mismo título (Juger Pétain) en la que parece estar inspirado el cómic. Pero, así como el cine judicial es un subgénero en sí mismo (Testigo de cargo, Veredicto final, Doce hombres sin piedad, Algunos hombres buenos… o, ya que estamos con el tema, Vencedores o vencidos), no estoy seguro de recordar historietas gráficas centradas tan directamente en un juicio. Tras una presentación del entorno, con el calor del verano y las noticias de paz en Europa y la guerra del Pacífico aún en marcha, el cómic realiza un particular dramatis personae de los protagonistas principales: el acusado, el juez, el fiscal, los abogados defensores, y los periodistas que cubrirán el acto (Camus, tangencialmente, entre ellos); el juicio se inicia con la única declaración realizada por Pétain durante toda su celebración, y el paso posterior de presidentes, primeros ministros, generales y altos funcionarios tanto de la III República como del Régimen de Vichy, que los autores aprovechan para recrear varios momentos del pasado a modo de flashback práctico. Para evitar la monotonía de la sala del juicio y la continuidad  de testigos (menos impactante además para un lector no francés), los autores rompen la narración con cierta frecuencia con algunas series paralelas, como las reflexiones de Churchill sobre la situación en Francia según le van llegando noticias de la misma -mientras toma un té en su despacho en Londres-, o los extractos de un diario supuesto de Pétain (escrito con cierto infantilismo probablemente innecesario). Algunos son particularmente brillantes, como el sardónico folleto de la ciudad de Vichy como destino turístico, representado como si se hubiera dejado olvidado entre las páginas del resto del cómic, en una solución visualmente espléndida para una historia general en que una sucesión de bustos habla delante de un fondo plano como estética general (además de las metáforas de la representación en un libro tan cercano al ensayo histórico como a la narrativa de hechos reales).

Un té con Churchill

A pesar de estas digresiones, se trata de un cómic con un alto peso del texto escrito, que penetra con intensidad en el detalle político (que se hace comprensible) y resulta apasionante en un marco en que la política libre no era posible y el discurso debía retorcerse ante la escasez de argumentos aceptables, en la explicación de hechos que influyeron de manera relevante en la guerra, y en el retrato de personajes tan conseguido en los diferentes ambientes descritos de personajes histriónicos como Pierre Laval. Mientras, Pétain escucha todo con su cara pétrea, especialmente la pregunta recurrente a cada testigo sobre si al mariscal le disgustaba su labor o su colaboración, sobre si le repugnaba ir a la reunión que mantuvo con Hitler, y sobre la falta de visión sobre su posición de abuelo mesiánico de un pueblo destrozado. Preguntas sin solución, en realidad: el enigma de su pensamiento íntimo no se resuelve, y su condena (muerte conmutada por prisión perpetua, dada su edad) se conoce en la narración de manera alejada de cualquier intento de clímax, con la aceptación también de quien narra conociendo que los lectores conocen el final, pero con cierta frustración por la imposibilidad de entrar psicológicamente en el personaje juzgado y su visión de sus propios actos.

Juger Pétain es un serio intento de cómic histórico y político realizado a partir de un juicio a quien personaliza uno de los dramas de la Francia del último siglo: el colaboracionismo entusiasta con los nazis reflejo de la parte fascista de su sociedad. Es una muestra también de cómic en formato de ensayo, con peso significativo de crónica judicial, al que también se le extrae valor divulgativo y pedagógico ante los hechos, sin faltarle ironía ni opinión. Su especificidad francesa probablemente lo hará intraducible. Una pena.

Sébastien Vassant (imagen de Wikipedia)


Philippe Saada (imagen de Film Doc)

 

 

 

 

22 de marzo de 2023

Wagnerismo

 


Hace unos años el autor de Wagnerismo, Alex Ross, tuvo un gran éxito con el ensayo El ruido eterno, una historia del siglo XX narrada a través de la música del siglo y sus relaciones con el poder y la política. Wagnerismo vuelve a relacionar todos estos elementos, pero centrándose exclusivamente en la figura de Richard Wagner, y el inmenso peso de su obra musical y su propia persona y carácter en diferentes formas artísticas (música, literatura, cine y escena) y en la política desde que, aún en vida, su obra creara polémica al estrenarse. Wagnerismo es un libro casi inabarcable, absolutamente plagado de referencias, prolijo en las descripciones de la aparición de Wagner y su obra en otros autores y momentos, hasta llegar a lo apabullante. El trabajo bibliográfico es tan inmenso que sólo su ordenamiento y uso racional ha debido suponer un esfuerzo gigantesco. Ese esfuerzo se traduce en varios resultados de altísimo interés.

Richard Wagner

El más relevante, y creo que el primero a destacar para que el libro no parezca un catálogo de apariciones, es el nivel de análisis crítico, cultural y político que Ross alcanza. La localización precisa de Wagner en un mundo ideologizado es un reto inmenso a manejar con una mesura y ecuanimidad encomiables, donde el tema más delicado (la relación entre el Wagner histórico, su obra y su pensamiento, con la cesura nazi del progreso cultural y político occidental) es presentado en contextos históricos, en el uso pervertido de la interpretación interesada, y huyendo siempre de las explicaciones simples para fenómenos complejos.

Este análisis se distingue por una clasificación de la influencia wagneriana que sigue una línea más o menos cronológica engarzada con la influencia en los principales países occidentales y con capítulos dedicados al análisis más centrado en identidades y subculturas. Si el análisis es prolijo, el anecdotario es tan disfrutable como cercano al infinito.

Es lógicamente imposible entrar en todos los detalles, pero, por servir de mero apoyo o avanzadilla, Ross recoge cómo la polémica acompañó a Wagner ya desde sus primeros estrenos en París, donde sirvió como argumento en los conflictos francoalemanes previos a la guerra de 1870 y a la unificación alemana. Pero ello no significó que toda Francia repudiara a Wagner, sino que, au contraire, gran parte de la intelectualidad literaria quedó subyugada por su música y el sentido rompedor y sexual de su romanticismo, por su sentido total del arte, por su uso pionero del leitmotiv, dando así lugar a los primeros wagneristas de la historia.

La contradicción interna de Wagner (convencido antisemita pero luchador por la libertad en mundos nuevos extraídos de los mitos germánicos y sajones usados como base de sus libretos; artista individualista sumo que componía que componía, escribía, y ponía en escena, buscando siempre “Gesamtkunstwerk” -obras de arte completas-) se traslada al público del siglo XIX, que lo interpreta de maneras diferentes y en ocasiones sorprendentes dadas sus ambigüedades. Wagner era un renovador cultural y era antisemita, pero expuso una manera inspiradora y emocional, de su época pero con una potencia emotiva enorme, de mirar conceptos como el pueblo, la historia, etc. que resultó inspiradora a la hora de crear carácter comunitario nada menos que en autores afroamericanos (W. E. B. Du Bois) e incluso sionistas (como Theodor Herzl, entre otros). Ello a pesar de los escritos directamente racistas de Wagner, aunque todo ello antes del Holocausto, eso sí. También hay un Wagner que inspira, probablemente gracias a los jóvenes cuerpos masculinos que encarnan sus mitos, así como a sus decididas heroínas, a determinada literatura gay y lésbica del siglo XIX. E incluso su vacilación entre colectivismos e individualismo y su anarquismo utópico permitió que fuera inspirador de artistas y políticos socialistas y hasta bolcheviques. La obra de Wagner inspira escritores tan dispares como Willa Cather (con sus praderas norteamericanas reflejo de nuevos mundos libres y sus mujeres pioneras), James Joyce (con el vagar por las calles de Dublín de su Leopold Bloom, judío errante y Odiseo moderno, características que Wagner dejó escritas para El holandés errante en notas que Joyce leyó y comentó), o Thomas Mann (que dedica buena parte de su vida literaria, según Ross, a estudiar a Wagner o a ser Wagner en lugar de Wagner, como se ve en Los Buddenbrook, Muerte en Venecia, o, sobre todo, Doktor Faustus). Sirvan estos tres autores como ejemplos relativamente más desarrollados de un libro que contiene muchísimos más: Virginia Woolf, Marcel Proust, Oscar Wilde, Paul Verlaine, T. S. Eliot, Stéphane Mallarmé… y un relevante volumen de autores menos conocidos o ya semiolvidados que pusieron a Wagner y sus obras en el centro de la discusión artística, filosófica, política y moral. Una de las inabarcabilidades de este libro es precisamente esto: lo basto, casi infinito, de las referencias culturales y hasta de carácter pop que recoge:

-Hasta seis novelas del cambio de siglo de temática gay e inspiradas por Wagner, su música, o sus relaciones con Ludwig II, visibles aquí.

-'La vaca que ríe', marca comercial de queso, cuyo nombre surge del antiwagnerismo francés en la I Guerra Mundial, obsérvese aquí.

-Judith Gautier, poeta y compositora, archiwagnerista y amiga de Wagner, inspiradora de Parsifal, enseñaba a sus visitantes sus reliquias wagnerianas, entre ellas un trocito de pan que Wagner mordió el día del estreno de la ópera.

-Philip K. Dick escribiendo chistes sobre Wagner: Wagner está a las puertas del cielo, y dice “Dejadme entrar. Yo escribí Parsifal: tiene que ver con el Grial, Cristo, el sufrimiento, la compasión y la curación. ¿De acuerdo?” Le responden: “Bueno, lo hemos leído y no tiene ningún sentido”.

Pero con frecuencia presenta multitud de reflexiones político-culturales de primer orden, como ésta sobre el arte abstracto masivo, inmanejable, costosísimo, wagneriano hasta la médula, de clase dirigente actual, que no ha aprendido nada de la caída de Wagner y el terror del siglo XX, o ésta otra sobre las dificultades para representar a Wagner en Israel y lo que eso revela del propio país.

¿Puede disfrutarse este libro sin conocer bien la obra de Wagner? Es mi caso, y posiblemente este placer es menor, dado que aunque Ross describe obras y personajes, lógicamente no es lo mismo la frescura del aficionado que lo tiene en mente. Para un no-wagnerófilo ha sido sorprendente la cantidad de influencia wagneriana en obra literaria que conocía, pero en la que el peso de Wagner resulta ser bastante más elevado de lo que creía, como Ross demuestra. Por supuesto, Ross no huye del estudio de la cuestión nazi en Wagner y tras Wagner. El uso de su música en los campos es aún un argumento para no representar obras de Wagner en Israel. Hitler visitó el festival de Bayreuth antes de ser canciller y conoció a la familia, con la que congenió cariñosamente. Pero su empeño personal en que Alemania conociera la obra de Wagner que él admiraba fue un relativo fracaso. Discursos presentes en Wagner como el asalto al poder o el fin de la burguesía eran incómodos para el inmatizable régimen nazi ya en el poder. Pero para las perfecciones metafísicas que Hitler necesitaba como justificación, Wagner y Bayreuth resultaban ideales.

Wagner, y también el festival de Bayreuth -cuya historia implícita y peculiar también incluye el libro- consiguieron sobrevivir al nazismo y renovarse. El uso de Wagner en la cultura sigue siendo amplio hoy, y es muy interesante el capítulo que Ross dedica al cine, a obras como Capitán América, el impacto visceral del archiconocido momento de Apocalypse Now que menoscaba su intento de denuncia y ha acabado en fetichismo militar, racista y viril, El nuevo mundo, o Star Wars, con la incomodísima conclusión de que la fascinación norteamericana por la voluptuosidad apabullante de la fanfarria y estética wagnerianas es una representación intuitiva de un presente inquietante. Los análisis de la influencia en el arte moderno, o el estudio filosófico de Wagner en relación al nazismo son también episodios magníficos e hijos de una mente preclara que ha dedicado un esfuerzo de primer nivel a su objeto de estudio y es capaz de presentarlo con brillo y pasión.

Pero, puestos a terminar, dado que, si no, se puede seguir hasta que las hijas del Rin recuperen su oro o Parsifal encuentre su grial, quiero subrayar el pensamiento tan lógico de Susan Sontag: es el erotismo y la sensualidad de la música lo que se impone a las ideologías, y por eso Wagner aún nos atrae, con su romanticismo desenfrenado, por encima del hombre, la época, y las ganas de invadir Polonia.

Vayan ustedes con Wotan y cuatro piezas:

El funeral de Siegfried: https://open.spotify.com/track/1Id1acQlcfl7C5xMoMnAB5?si=5EMJTFIyRqmCzXpKg8ZqGg&utm_source=copy-link&nd=1

La obertura de Tannhäuser: https://open.spotify.com/track/6O6E5Sap8VSKN1NVPBSSBo?si=sx8Sjh3FSX6iTfGrMdsjYg&utm_source=copy-link&nd=1

La cabalgata de las valquirias: https://open.spotify.com/track/6Kvo076GNH1DyUv61JfB5L?si=zhq9dSBMQQCWhYpfaDXu2g&utm_source=copy-link&nd=1

El Preludio de Tristán e Isolda: https://open.spotify.com/track/6OY34zgO90pHfk4g54zIHr?si=ioV0dtWzSQ2PYduLBC2L8w&utm_source=copy-link&nd=1

Alex Ross (foto de Beckmesser)


10 de marzo de 2023

Versiones de Teresa

 


Versiones de Teresa es una novela que busca perturbar. Teresa es una chica de 14 años con síndrome de Down, de la cual abusa sexualmente su hermana, Verónica, de 17, pero también su monitor de campamento de verano, Manuel, de 30 años. El relato alterna la versión de Teresa que tiene Manuel, con la versión de Verónica. Por el medio Verónica y Manuel se cruzan y acuestan entre ellos. En cada versión, el autor, Andrés Barba, adopta el punto de vista de cada abusador, entrando especialmente en sus psicologías dañadas, en la vergüenza y la culpa por sus actos, y las razones de los mismos, que en general se dirigen hacia sus problemas familiares, aunque, en el caso de Verónica, se añade una relación rota con una amiga. Los relatos de Manuel fluctúan más con el tiempo, mientras que los de Verónica parecen más lineales. Teresa apenas tiene voz, apenas la que Verónica y Manuel quieren imaginar que le corresponde.

Versiones de Teresa tiene 17 años, y fue premio Torrente Ballester en su día. He leído alguna reseña sobre su análisis del amor, el sentimiento de transgresión y el “tratamiento valiente de un tema delicado”, que hoy probablemente serían algo inaceptables. En 17 años, claro está, la concepción de relaciones así y el foco donde poner el interés literario puede haber cambiado, pero más la situación social, de modo que la turbación de la novela debería dilucidarse entre el interés del autor por desvelar la hipocresía ante las situaciones de abuso, o por el potencial discurso apologético de las mismas. Sin embargo, no existe realmente ninguna de las dos situaciones. Obviamente es incómodo leer cómo una niña con Down es forzada por personajes conscientes de sus actos -aunque las palabras violación o abuso no se mencionan-, pero el acto no alcanza emoción literaria ni verdadera o profunda transgresión artística, y tampoco existe un interés ni de denuncia ni de fascinación por el mal. ¿Es valiente, entonces?

2006 es un contexto muy cercano. Versiones de Teresa no es el retrato de un sátiro de los años cincuenta en una sociedad totalmente represora. Era lógicamente un mundo (occidental) más preocupado por los más débiles, en que germinaban ya derechos civiles alcanzados en este siglo, y pienso que es probable que Barba no haya sabido sacudirse esta capa de realidad social al intentar hacer verosímiles a sus personajes. Mantiene un estilo (cortando frases, uso de párrafos mínimos para revelar el desconcierto, cierta lírica psicológica para los personajes) que alcanza momentos interesantes, como la muerte del padre de Manuel, la reunión previa al campamento con los demás monitores, o los celos de Verónica por el resultado de una foto familiar. Pero también se pierde con frecuencia en vericuetos mentales que no aportan cuerpo y se acercan a una sensación de justificación. Habría sido preferible en términos de transgresión literaria el afrontarla directamente. Pero Barba no quiere ser cruel con sus personajes crueles y ahí proyecta cierta falta de visión, por incomprensión de Teresa, a quien sí abandona en intereses y posibilidad de estudio, lo cual no deja de ser imperdonable para su tono. ¿Nos querrá decir que la verdad es inaccesible, que sólo puede haber versiones exteriores, que Teresa es inexplicable per se? No sé, a mí esa ausencia, la falta de esa versión de Teresa, que interpreto en parte como falta de habilidad o de interés, me ha pesado, probablemente también por lo manido de la motivación freudiana de los abusadores de Teresa, y porque no encuentro siquiera que el esfuerzo en la estructura signifique algo respecto a ella: la víctima es casi un bulto. Igual peco de presentismo, pero no he llegado a entender este premio, vaya.



28 de febrero de 2023

Fama y genio en Weimar

 

Hay pocas posibilidades de leer un libre tan metagermánico como éste: Thomas Mann, autor años después de Doktor Faustus, fabula sobre una visita a principios del siglo XIX de Carlota Kestner, la mujer real de la que Goethe se enamoró y que le rechazó. Este desplante fue inspiración de su ‘Las penas del joven Werther’, que terminaba con el suicidio de su protagonista. Con Werther convertida en leyenda fundacional del espíritu alemán, y su protagonista femenina en personaje famoso y adorado, Carlota viaja ya viuda a Weimar con la excusa de ver a su hermana, que reside allí, y el objeto claro de visitar a su antiguo admirador, que disfruta de su reconocimiento de gloria de las letras germanas en la ciudad. El momento no es específicamente tranquilo, pues están recién terminados los vaivenes de las guerras napoleónicas, que dejaron su huella en la ciudad dividiendo en bandos a sus habitantes, y por el paso continuo de soldados en dirección a Rusia o lo contrario.

Carlota Kestner, que en las fuentes se conoce como Charlotte Kestner o incluso como Charlote Buff (su nombre de soltera). El nombre en castellano entronca con la tradición de traducción de nombres propios de las novelas antiguas, que luego parece imposible recuperar en el original. En alemán Mann usa el diminutivo Lotte para el título.

Los dos temas principales de Carlota en Weimar, que no suele citarse entre las grandes de Mann, son la fama y el genio, si bien Alemania y su Zeitgeist sobrevuelan todo el texto. Es importante recordar que Mann escribe en 1939, cuando ya está exiliado del régimen nazi y viviendo fuera del universo germánico, de cuyo final -el verdadero final de la época nacionalista romántica- es uno de sus epítomes artísticos más representativos, junto a probablemente Richard Strauss.


Goethe

La llegada de Carlota Kestner a Weimar impacta enormemente en la ciudad, informada por el indiscreto portero del hospedaje en que se aloja junto a su hija. Su salida para visitar a su familia se retrasa porque debe permanecer en sus habitaciones recibiendo a diferentes personas distinguidas de la ciudad: una peculiar socialité retratista, la hermana de Arthur Schopenhauer, o el propio hijo de Goethe. Capítulos de decenas de páginas recogen estos diálogos, una técnica que Mann domina con maestría, y donde se vierten su pensamiento y obsesiones. Carlota no entiende ni comparte que sea relevante esta fama suya, que permite a Mann reflexionar de manera última sobre la fama que ya le asediaba a él, pero también sobre la familia y los hijos (“raro es que los hijos de un gran hombre pasen a la posteridad”, toda una declaración en la que probablemente miraba con condescendencia a sus propios hijos Klaus o Erika), sobre el peso de la experiencia, y, por supuesto, sobre lo germánico: los personajes alrededor de Carlota afirman lo excelente de que el pueblo adore el mito nacional que Carlota representa como ‘estrella de la vida espiritual’. Carlota resulta la más lúcida en subrayar la grosería de tanta curiosidad. Mann es irónico con la destrucción de lo germánico por Napoleón o los invasores de épocas anteriores, aunque no es capaz de liberarse de todos sus esencialismos, como ya hará en Doktor Faustus. Como ejemplo está el subrayado de la línea cultural del helenismo al parecer heredado por Alemania en exclusiva.


Teatro Nacional de Weimar con las estatuas de Goethe y Schiller delante, según foto de marako85 en La Vanguardia

Poco a poco, tras el impacto del encierro de Carlota al inicio de su visita (que parece el de una estrella en el plató de un reality), la centralidad del discurso en las conversaciones va virando de Carlota a Goethe, de la fama al genio y su misterio, de los asuntos de corazón, negocio y filiación en la ciudad al carácter y presencia de Goethe en la misma, que lógicamente Mann abraza en todo su potencial. Crea expectación haciendo que Goethe no aparezca hasta llevar 300 páginas de novela; el genio fundador de la cultura germánica sufre el juicio de los jóvenes (que ya consideran que Werther no les representa: “el tiempo es el que es irrespetuoso, al abandonar lo viejo y producir lo nuevo”), o bien es definido como un misterio que multiplica el conocimiento pero que resulta indescifrable, aunque haya que reconocerle un irracional derecho regio. Es Carlota de nuevo quien pone los pies en el suelo recordando cómo sus propias obligaciones y compromisos (los de ella) forzaron al genio a abandonar sus presuntos derechos sobre la mujer, aunque Goethe los romantizara literariamente en su obra con el suicidio victimista de Werther que él mismo no cometió. Mann no obstante no deja de mirarse en el genio anterior al suyo propio, y su solidaridad deja perlas implacables como ésta: “El instrumento más adecuado para vencer por sí mismo las dificultades, y disolverlas, es, sin duda, el talento poético, la confesión poética, con la que se espiritualiza el recuerdo convirtiéndolo en una obra permanente y admirable”. Que sirve a modo de resumen de la propia obra de Mann.

Finalmente, Mann termina la novela con dos grandes capítulos y un epílogo necesarios: un día de Goethe narrado por sí mismo, con sus caprichosos despertar, comportarse con servicio e  hijo, y pensar libremente en cierto batiburrillo de conciencia que parece irónico si pensamos en que un autor extremadamente controlado y estructurado como Mann es quien escribe este caos mental y libérrimo en que a Goethe se le estremece el elitismo (“multitud y cultura son cosas que no riman”), se le encrespa el ánimo (“es un poco tonto hablar consigo mismo, y la juventud es una edad tonta a la que eso se acomoda, pero más tarde ya no”), o se le desborda la vanidad (“soy de la madera de los que han sido tallados por Dios”). El segundo capítulo es una cena social en casa de Goethe en la que Carlota es una invitada más a aun acto de pleitesía ciudadana al genio en que las contradicciones de este son reflejadas en sus diálogos, formas y posición social. El libro concluye con un diálogo final privado entre Carlota y Goethe, en que Carlota expresa por fin el sacrificio que habría sido vivir junto a él, donde toda persona se convierte en víctima infeliz. Goethe por supuesto mitifica estos sacrificios de quienes le rodean en aras de la belleza superior.

Y con ello cierra Mann esta genial pieza de cámara, aparente divertimento de exquisita escritura, protagonizado por una vez por una mujer no idealizada ni romantizada sino plenamente realista (aunque Mann reserva unos entusiasmos habituales en él a un efébico soldado herido), y en que arte, vida, patria y cultura se entretejen de maravilla, especialmente en las primeras 300 páginas de banales cotilleos y crónica social, trufadas de valentía literaria y premonitorio análisis del poder no tan superficial de la fama.

Thomas Mann


 

19 de febrero de 2023

Muere la madre de Beauvoir

 


Una muerte muy dulce es el relato breve, doloroso y angustioso de las seis semanas que la madre de Simone de Beauvoir, Françoise, pasó ingresada en una clínica antes de morir. En 1963 y con 78 años, Françoise sufre una caída y se rompe el fémur. Al ingresarla y examinarla se descubre que tiene una obstrucción intestinal causada por un tumor ya expandido. Aunque en la operación retiran los tumores posibles, es cuestión de poco tiempo que muera. Sus hijas deciden engañarla y contarle que ha sido una operación de peritonitis y que ha tenido mucha suerte de estar ya ingresada. Y aunque la mujer está atendida por sus hijas e incluso por una cuidadora nocturna, los tratamientos del dolor no son los actuales, y sólo los episodios de llagas producidos por las escaras resultan de lectura insoportable por momentos. El impacto de la agonía, de sus detalles físicos, de las miserias de la corrupción del cuerpo, es el principal caudal de este pequeño y sentidísimo volumen, menos dedicado al duelo posterior que a la fisicidad de la enfermedad y la muerte.

No trasciende en el libro el pensamiento de la obra general de Beauvoir, aunque existe cierta denuncia de clase por la labor de la élite médica frente al calor de las enfermeras, y elecciones literarias claras. Se trata de un relato casi totalmente protagonizado por mujeres, pero sin subrayados: es obvio quién se dedica a los cuidados de manera casi exclusiva en la familia y en la clínica, a excepción de médicos y cirujanos, a los que la autora reduce los nombres a las simples iniciales de sus apellidos: el Dr. N, el Dr. J, el Dr. B, en un juego de despersonalización dirigido contra quien se atribuye sin derecho alguno la ‘propiedad’ del enfermo. Sartre, algún primo, el cuñado de Simone… sí merecen figurar, en general de modo muy fugaz, con su nombre o apellido completo.

Todos, imagino, tenemos – o tendremos- un relato sobra nuestra madre y su muerte (aquí el mío). Es difícil ver novedad en estos retratos de cotidianeidad (aquí Joyce Farmer, aquí Javier Gomá), hasta ahora tal vez reprimidos por ser una excepción personal no interesante, hasta que el yo literario ha copado el mundo del relato. Simone de Beauvoir en realidad vive un shock inesperado de seis semanas, en que la estabilidad de la relación con su madre se rompe repentinamente. Los matices de su relación parten del reconocimiento de la figura peculiar de Beauvoir en su tiempo -una mujer intelectual de cierto éxito, atea, comunista, y que no estaba casada con su pareja-, pero no dejan de ser comunes: la impresión de la primera vez que le ve desnuda con su pubis calvo, la dureza que la madre siempre atribuyó a su hija fría y distante, el recuerdo del cuerpo materno amante en la infancia y hostil en la adolescencia… para terminar en el lamento por la singularidad perdida. No está libre de logros literarios: el cuerpo que se desnuda en el centro del relato llega al hospital vestido con una mañanita y sale forrado con una barbillera; pero, con elegancia de nuevo, no se subraya. También es interesante el reflejo del proceso: la obsesión por la clínica y sus engranajes, sus clases, y su implantación en la vida diaria no ya de la enferma sino de la propia Beauvoir, incapaz de retomar su cotidianeidad anterior.

Lógicamente este es un libro a leer con serenidad y algo de tiempo tras los ‘hechos’ de cada familia, porque la lectura resulta de congoja y tristeza fuertes. En el libro se filtra el sentimiento de una intelectual, que no llega a desatarse ni desmoronarse, pero que se sorprende, aparentemente, de que algo conceptualmente tan natural como la muerte no lo sea. La frase final va dedicada a ella: “una violencia indebida”. Probablemente no es sólo por el acto de morir en sí, sino por sus actores circundantes. A esa violencia responde un texto ágil, directo, de escaso lirismo, sin moral cristiana, pero de conmoción contemporánea obvia.




 

 

 

 

8 de febrero de 2023

El apellido Wollstonecraft


Mary Wollstonecraft fue una mujer independiente que vivió entre 1759 y 1797; fue escritora y filósofa, tuvo dos hijos de hombres distintos, y murió días después de dar a luz a su hija pequeña, conocida más tarde como Mary Shelley y mundialmente famosa por escribir Frankenstein o el moderno Prometeo. La fama de Mary Wollstonecraft también fue relevante, y en gran parte ha llegado a nuestros días gracias a este libro que nos ocupa hoy, Vindicación de los derechos de la mujer, publicado en 1792, esto es, en pleno período revolucionario, y que sitúa a su autora como precursora o pionera del feminismo.

La principal batalla de Wollstonecraft coincide con la que hace poco reseñé en el libro sobre Concepción Arenal: la educación. La argumentación ya está cien años antes en Wollstonecraft, pero teñida del espíritu racionalista de la Ilustración francesa, en la que además la presencia de Dios es aún ineludible. Para Wollstonecraft no educar a las mujeres salvo en artes domésticas y de la seducción las convierte en personas degradadas y malditas, con problemas de salud física (pues se les negaba hacer ejercicio) y el desarrollo de formas perversas de relación y poder basadas en la superficialidad física. Además, esto aseguraba la infelicidad social y familiar, ya que pasado el tiempo y las pasiones, ¿qué talento podría desarrollar una mujer para asegurar su felicidad y prolongar una relación con su marido? Dios como argumento es habitual en esta discusión para Wollstonecraft, que apela a la creación de hombre y mujer por Dios para afirmar que no es posible que haya deseado que la mitad de su creación haya sido nacida menor en capacidades u objetivos, o bien ese Dios igual es más bien un demonio…

Son interesantes, por coyunturales en su contexto pero trasladables en cierta medida, algunas comparaciones que hace la autora respecto a la situación de las mujeres en su época: habla, por ejemplo, del ejército, en el que la soldadesca es adiestrada en no pensar, en obedecer, en no desarrollar la razón (lo que para Wollstonecraft viene a ser ir en contra de Dios) para cumplir los objetivos de los mandos. Es muy peculiar que también hable de los aristócratas (en general) como personas sin educación, ni siquiera práctica, de nada, y por ello fácilmente manipulables. Pero también admite (o reivindica) que muchos hombres viven sometidos a otros sin chistar como forma de apelarles a entender la situación a las que sus mujeres están sometidas.

Pero tal vez la argumentación más peculiar es la que parte de admitir la inferioridad de la mujer (la física al menos, sin rechazar que puedan existir otras) y pide confrontar si esto seguiría siendo así en caso de que la mujer accediera a la misma educación que el hombre. Y si eso fuera así se retractaría de sus peticiones… Este argumento parece que se ha empleado para decir que no puede afirmarse que Wollstonecraft sea feminista, ya que es contrario a la propia definición de feminismo, pero es más que explicable en un entorno sin tecnología y en el contexto del pensamiento de la Ilustración, donde se emplean argumentos que ya parecen de la Edad Contemporánea a la par que otros del Renacimiento e incluso anteriores. Así, Wollstonecraft reconoce la dignidad de las mujeres pobres, que le parecen más juiciosas en sus vidas y comportamientos que las de clases aristocráticas. Existe un discurso de clase embrionario con un combate particular contra la propiedad privada, a la que tilda de origen de todo mal, pero que se combina con una apreciación sobre el gusto de las personas sin educación por el adorno y vestido superficiales (frente a los supuestos misterios hijos de la racionalidad) en que, sin embargo, Wollstonecraft cae en criterios inevitablemente coloniales y que hoy llamaríamos aporofóbicos, y que conectan, por otro lado, con los movimientos feministas más pacatos según los que no hay visibilidad del cuerpo femenino sin cosificación.

Wollstonecraft también resulta especialmente lúcida al reconocer la existencia de Dios y la permanencia del alma porque aún no existían explicaciones racionales (digamos científicas) para muchas cosas del mundo. Es el único momento en que parece dudar de la existencia de Dios como algo que será inútil en un potencial futuro tecnológico. Finalmente, Wollstonecraft mantiene un discurso especialmente furibundo contra los libertinos, a los que considera pervertidos y fuente de dominio sobre la mujer porque perpetúan su educación para la sensualidad y no para la razón. La autora considera que su perversión es la más profunda que existe por el hecho de que sus criaturas explotadas pueden llegar al aborto (expresión que no usa), idea que le es absolutamente inconcebible. Por otro lado, sí realiza una crítica pionera y empoderadora a los hombres que hablan desde un principio y falacia de autoridad sobre las mujeres y su educación. Su objetivo principal es Rousseau, al que no obstante dice admirar por su buen juicio (razón por la que le molesta especialmente su opinión sobre la educación femenina). Parece imposible encontrar entre los pensadores contemporáneos y posteriores a Rousseau alguno que le aprecie. Leyendo los extractos que Wollstonecraft selecciona no es de extrañar.

Vindicación de los derechos de la mujer no es un libro sencillo. Wollstonecraft emplea frases largas con razonamientos prolijos y conceptos a veces paradójicos, pero a esta dificultad, procedente en parte del lenguaje ilustrado de la época, se añade la extraordinaria repetición de las ideas de los sucesivos capítulos sin un desarrollo inteligible en avance. Pareciera que todos los capítulos desarrollan el mismo argumentario y concepto con otra redacción en capítulos diferentes, de modo que existe una importante redundancia. Tal vez sea una especie de recopilación procedente de escritos independientes que se reunieron sin trabajo de edición adecuado. ¿Vale la pena de todos modos sobrellevar esto a cambio del placentero reconocimiento de un momento pionero para el feminismo y de un raciocinio dieciochesco de un convencimiento gigantesco? Yo voto sí, desde luego…

Retrato de Mary Wollstonecraft por John Opie recogido en Wikipedia.