17 de febrero de 2021

Casas en Madrid


La cabeza a pájaros es una biografía novelada de la familia de su autora, Marta Fernández Muro, actriz de varias películas clave allá por la transición, que ha devenido en avezada narradora. Depositaria de la memoria de varias mujeres de su familia, la autora comienza su relato desde su edad actual, al trasladarse a vivir cerca del piso en que creció, y rememorar cómo su bisabuelo llegó a la ciudad y supo trabajar bien y hacer dinero con una tienda de perfumería que dio de comer y disfrutar a varias generaciones de la familia. La épica de la familia Romero no se aleja de la de cualquier familiar bien instalada en el siglo XX español, pero no se trata de los hechos en sí, convencionales en general, como del tono, estructura y subtexto del libro.

La Carrera de San Jerónimo, entre 1916 y 1923 (vía)

Es facilón, pero me resulta inevitable pensar que el tono tierno, con toques de ingenuidad, para hablar de la combinación de personajes estrictos y tarambana de la familia, encaja bien con la imagen que recuerdo de las interpretaciones características de Marta Fernández Muro, cuya carrera interpretativa reciente no conozco. Más allá de este prejuicio, sobre la novela revolotea una gozosa mirada ligera, en la que Fernández Muro, niña en los últimos capítulos, parece incluso estar físicamente mirando entre sus tíos, abuelos y bisabuelos cuando aún no ha nacido. Es un acercamiento muy adecuado, porque evita el ajuste de cuentas típico de determinada literatura del yo, y porque, ternura mediante, permite al lector asombrarse con los hechos y detalles a la par que la narradora, y empatizar así con los personajes.

Calle de San Agustín, en 1945 (vía)

El presente se apunta brevemente en el inicio y final de la novela, y se puntea en algunos momentos, pero la trama central del libro sigue la línea desde sus bisabuelos hasta Marta a través sobre todo de su abuela y su madre, con su abuelo y su padre casi como personajes invitados. Hay una retahíla enorme de tíos, tías, primos y primas, y la demora en las peripecias de cada tí@ abuel@ detiene también el tiempo en una época agotada. Como saga familiar de un grupo realmente numeroso, las desapariciones y muertes van acompasando el relato y haciendo fronteras entre los cambios de vida y época. El servicio de esta familia bien sirve a lo largo del tiempo como contrapunto de realidad a unas protagonistas un tanto encerradas en sus familias y casas. Evita la autora hablar de lo que podría ser su faceta más reconocible por el público, su trabajo de actriz, y cierra el relato familiar en su primera juventud, cuando ya puede salir de su casa.

Y es que las casas, los dos pisos de Madrid en que vive la familia más la casa en El Escorial, son los grandes escenarios de la novela, y Marta Fernández Muro las describe con detalle e incluso mimo. La casa es zona de seguridad y a la vez el escenario de un encierro. Tal es así que una mudanza entre los pisos de la Carrera de San Jerónimo y San Agustín es una cuidadísima pieza de aventura descrita con finura psicológica admirable. También los escasos episodios en el exterior (la madre en Biarritz durante la Guerra Civil, o las vacaciones en un Benidorm primitivo) son contrapuntos de una vida un tanto ensimismada. Aunque entre tantos personajes caben muchos perfiles, la línea principal de mujeres españolas, creyentes y familiares, cuidadoras, pero también alegres, firmes, pero también resignadas, que lleva de la bisabuela a la niña, se asienta en el hogar que crean, que es acogedor y ningunea a quien lo abandona (que en general desaparece del hilo narrativo). No existen interpretaciones subrayadas en el libro a estas lecturas, pero pueden buscarse con facilidad en el país, en su historia, y sus mujeres. He leído en algún sitio que la novela es galdosiana, y puedo entenderlo, porque añade además a estos elementos la vida regalada de varios personajes que actúan un tanto como los rentistas, o incluso los funcionarios, de Galdós.

En cualquier caso, lo sorprendente podría ser el aire galdosiano desprovisto de la trascendencia con que igual le leemos ahora. El donaire con que la autora supera la Guerra Civil y el contexto de postguerra son un buen ejemplo. La cabeza a pájaros se lee con una sonrisa dibujada de reconocimiento tanto en las peripecias concretas como en una literatura que, aun con todo el sabor de un talento atento al detalle físico y psicológico, sabe esquivar tanto la gravedad como la frivolidad.

Marta Fernández Muro (vía)


2 de febrero de 2021

El faquir


Fakirraren ahotsa (La voz del faquir) es el connotativo título que Harkaitz Cano escogió para la biografía novelada de Imanol Larzabal. Cambiando algunos nombres (el del propio Imanol, en la novela apellidado Lurgain) y ficcionando o dramatizando determinadas situaciones, Cano reconstruye un personaje de la transición vasca y reflexiona sobre la capacidad social de la música, y, especialmente, sobre el peso de las decisiones libres ante los fanatismos. Imanol pertenece al no tan pequeño club de vascos perseguidos y encarcelados por el franquismo que luego fueron perseguidos por ETA. En su caso sucedió, a pesar de haber sido militante de la banda a finales de los años sesenta, por posicionarse en contra del asesinato de Yoyes en 1986. Sólo un año antes Imanol había cantado en Martutene y en los altavoces de su equipo de música se fugaron Sarrionaindia y Pikabea. Yoyes es otro de los personajes cuyo nombre se modifica en el libro: de Dolores González Cataraín a Lourdes Arakistain.

 Imanol Larzabal, foto de Bidegileak en Wikipedia


En un inicio, aparentemente, nada en
Fakirraren ahotsa se antoja novedoso, pero todo está muy bien ejecutado y resulta por momentos conmovedor, gracias por un lado por el recuerdo del personaje, pero visto más de cerca resulta ser también a pesar del mismo, un hombre bastante desastre en su vida personal: manirroto (o demasiado generoso, si se prefiere), semialcohólico, incapaz de realizar el mínimo trámite, a los que tenía aversión, jamás abrió una cuenta corriente o se dio de alta en la Seguridad Social. Vivió la mítica del 68 en la comunidad artística española y latinoamericana de París, donde vivía exiliado, y donde su vocación de cantante encajaba en el movimiento de cantautores reivindicativos del momento. Amigo de Paco Ibáñez, Imanol siempre fue amable con todo aquel que le pidiera una actuación; cantó en iglesias, cárceles y mítines políticos de diferente signo. Y aunque en parte estas actitudes derivan de su idealismo crecido en los mágicos sesenta, parte de este carácter también entronca con una forma tópica de adanismo reconocible en un modo de ser (hombre) vasco. Para cuando Imanol, en un acto tan libre como ingenuo, se enfrenta a la izquierda abertzale, tiene 40 años, no tiene casa ni ahorros, sus conciertos desaparecen y sus discos dejan de venderse; empieza a ver su nombre dentro de dianas pintadas en las paredes de su pueblo, donde se le acercan los conocidos en los bares y le preguntan recurrentemente si sigue vivo, y sus amigos le acusan de estar siendo manipulado. Al rescatar su historia, Cano convierte a Imanol en el centro de un juego de traiciones; separado de su propia tradición cultural, recibe la solidaridad de un público y una audiencia que no son las suyas y con las que no conecta. Finalmente, se exilia de nuevo, pero, enfermo, muere en Orihuela sin llegar a los sesenta años.

Yoyes (vía)

La opción narrativa escogida por Cano me recuerda a las biografías de Jean Echenoz, aunque parta de una investigación tipo Ciudadano Kane. El tono es también ligero como en los acercamientos del novelista francés a Tesla o Ravel, pero aparenta mayor densidad emotiva, probablemente porque los hechos le son más cercanos a Cano que los de sus biografiados a Echenoz, y porque en cierto modo el hombre concreto en lucha contra un poder casi omnímodo lo exige. El libro lógicamente no se soportaría con una visión fanática: Imanol milita en ETA de manera convencida pero blanda, y se horroriza del uso de armas y literalmente aborrece los actos de los que fueran sus amigos de primera juventud. Y la versión del personaje no es sólo ésta: el libro tiene momentos muy conseguidos sobre el carácter creativo, sentimental e incluso transformador de la música y lo que significa para sus creadores e intérpretes, y dedica muchas páginas a los que fueron compañeros de giras y grabaciones, con un anecdotario rico que alcanza un capítulo cumbre en un bizarro viaje a la RDA.

Pero hay en Fakirraren ahotsa un capítulo que es un verdadero tesoro, un capítulo central especialmente destacable, apenas diez páginas en las que Cano describe el asesinato de Yoyes/Lourdes en la plaza de Ordizia en un juego de espejos con párrafos simétricos. La narración se acerca a la genialidad: en apenas unos párrafos y jugando formalmente con su organización, el autor da la vuelta al personaje de Imanol, a su cotidianeidad y relaciones, se sitúa a la mitad de su vida profesional, pero también en la mitad de lo que cronológicamente, es también la propia historia de ETA: para muchos fue el desenmascaramiento de su crueldad y punto de inflexión en su derivada (un año más tarde llegó el atentado de Hipercor). Me dieron ganas de aplaudir en el banco en releí el capítulo, pensando incluso si no se trataría de un error de imprenta. Todo ello, es importante decirlo, sin grandilocuencia y con las notas debidas del drama descrito, ya que Yoyes fue asesinada delante de su hijo de tres años.

¿He dicho error de imprenta? Sí, pero obviamente no lo es. El problema es mío, que llevo veinte años sin leer en euskera, aunque en mi juventud fuera lector de autores canónicos con Anjel Lertxundi, Bernardo Atxaga, o Ramon Saizarbitoria. Fakirraren ahotsa está lleno de diálogos en hika y de expresiones literarias que me obligaban a releer con frecuencia. Creo que la prueba ha sido superada y que seguiré con más lecturas en euskera, lo cual abre universos y neuronas (lo sé porque ya estuve ahí, pero la vida me arrastró fuera).

Inevitablemente, queda hablar del relato, al que esta novela contribuye. El autor asume y narra con naturalidad casi costumbrista la entrada de Imanol y sus amigos en ETA a finales de los sesenta, lo-que-se-hacía-en-los-sesenta-contra-Franco. Una lectura correcta en lo político cincuenta años después hablaría de blanqueo formal, pero eso en mi opinión es no entender la época ni al personaje protagonista, que después vive en silencio el ostracismo al que su propio mundo le somete tras la muerte de Yoyes, en una experiencia personal y solitaria que Imanol no es capaz de compartir emocionalmente incluso con los apoyos que entonces le surgen. La de Imanol es una tragedia no extraña en el País Vasco, perfectamente reconocible en los detalles locales, pero no alejada de una lectura general sobre el fin de los idealismos, la caída de la inocencia frente a la productividad y el consumismo (que aplican a la música, pero también al terror) y la incapacidad de madurez que con frecuencia afecta al genio.



19 de enero de 2021

Multitudes


Cuando en 2019 una pareja de amigos me regaló este libro de Ed Yong, Yo contengo multitudes, ninguno imaginábamos lo que estaríamos hablando de microbiología a estas alturas. Las multitudes a las que alude Yong en su título (publicado en 2016) no son las de Walt Whitman, al que homenajea el verso extraído de Song to Myself: I am large, I contain multitudes, sino los microbios que nos habitan, y tal y como Yong nos va a explicar, nos curan, nos permiten vivir, y hasta nos identifican.

Yo contengo multitudes es una historia de la relación entre la Humanidad y los microbios basada en el conocimiento que poco a poco hemos alcanzado sobre nuestro microbioma. Es un campo científico en que sus especialistas reconocen que queda un campo amplio por conocer; es por ello apasionante, pero también es interesante por las posibilidades médicas que abre, y, algo que Yong menciona y explica pero no profundiza, filosóficas en cuanto ontología, definición de la identidad y del ser. El subtítulo recoge esta frase, una vez visto el título poético: Los microbios que nos habitan y una visión más amplia de la vida.

Colonia de Clostridium difficile (foto de CDC/Dr. Holdeman - Centers for Disease Control and Prevention's Public Health Image Library, número #3647). Afecta sobre todo a personas que han tomado antibióticos.

En su estudio Yong empieza por definir el tiempo que los microbios, especialmente las bacterias, llevan en la Tierra. Habla también de cómo dominaron el mundo (dudando que hayan dejado de hacerlo) y cómo influyeron en la creación de organismos pluricelulares y en la aparición de los animales. De cómo empezamos a ser conscientes de su existencia (son preciosos los pasajes dedicados al fabricante de los primeros microscopios, Anton von Leeuwenhoek), a cómo pasamos a combatirlos cuando supimos que entre ellos estaban los patógenos fuentes de varias enfermedades, y cómo finalmente somos conscientes de su importancia en nuestra salud, cómo hemos descubierto muchísimas más variedades gracias al análisis genético, y cómo intentamos avanzar en su conocimiento para mejorar nuestra salud.

Yong describe varios descubrimientos verdaderamente excitantes; entre ellos me impresiona especialmente la transferencia genética horizontal (TGH), practicada durante millones de años por las bacterias, y que asegura su pervivencia y selección natural, pero que tiene investigadores que defienden que sucede también entre animales (humanos incluidos): parte de nuestro genoma está constituido por genes de las bacterias que nos habitan, aunque, cuenta Yong, suelan eliminarse esos fragmentos de los resultados de los análisis genéticos, negando un tanto una intromisión inquietante en nuestra individualidad (e identidad, incluso) que supera el más confortable concepto tradicional de simbiosis. Pero tampoco está mal el trasplante de microbiota fetal (TMF) como técnica utilizada recientemente para repoblar el microbioma intestinal de pacientes con afecciones graves a través de la toma de excrementos de personas sanas (los animales suelen comer los excrementos de sus congéneres, y así mejoran sus propios microbiomas). Por terminar con un tercer caso impactante, es muy atractiva la explicación de la relación entre el correcto desarrollo del microbioma de un niño y su modo de nacimiento (por cesárea el niño no adquiere los microbios de la vagina de su madre), su lactancia (la natural fomenta el crecimiento de cepas que responden específicamente a los nutrientes), y su alimentación, factores que parecen clave en el desarrollo y desempeño del microbioma del individuo.

Janthinobacterium lividum (fotografía de Ninjatacoshell), bacteria protectora de las ranas y salamandras de Norteamérica

Yong insiste mucho en una idea que le he leído a él y a otros microbiólogos durante la pandemia del Covid-19, sobre la equivocación de considerar a los microbios como enemigos contra los que luchar en una guerra en la que conseguir vencerlos. Más allá de nuestra necesidad de los microbios para subsistir, y del hecho de que las especies únicamente patógenas sean un número escaso del total, la visión es equivocada y responde a un momento científico determinado ya superado. Lo cierto es que el microbioma es complejo (y variable: cada uno podemos tener cepas diferentes y en cantidades distintas, y varía entre nuestras diferentes partes del cuerpo) y que, según las condiciones, la misma bacteria que nos es beneficiosa puede perjudicarnos. No es que debamos cuidarlas, es que también condicionan cómo debemos alimentarnos para mantenernos sanos. Su comportamiento, por tanto, se desvía de conceptos éticos fáciles que no les atañen. Y también pone el autor una pata de su libro en el mundo natural y la influencia de las bacterias en el desarrollo o decadencia de especies terrestres y marinas.

Con todo este material, Yong entrega un libro muy ameno, cercano, de fácil lectura, de clarísimo efecto divulgativo, que combina historia y biología con habilidad, que se mueve entre ejemplos de especies, geográficos e individuales otorgando agilidad al texto, sin obviar un humor blanco y al que es difícil reprochar nada.  No obstante, durante varios pasajes tuve la sensación de que me perdía mucho conocimiento del que atesora Yong precisamente por la estrategia divulgativa, como si me atacara una nostalgia por los libros académicos, clasificatorios, de mayores definiciones, que tuve que estudiar durante mi formación científica. El libro contiene una bibliografía abundante, una buena cantidad de notas, y un índice temático que me ha ayudado a repasar el TMF y el TGH antes de escribir. Y en su estructura y devenir adivino no una pizca de ese interés subyacente sino su extensa formación científica en Yong: historia de microbiología, estado del arte actual, técnicas y métodos, potencial futuro. Son cuatro apartados que tienen capítulos más o menos definidos, aunque en todos añada las capas de escritura mencionadas. En fin, puede que en realidad sólo se me haya activado alguna recóndita bacteria que buscaba un alimento distinto que por ahora no ha encontrado. A Yong, un tipo aparentemente muy interesante, al menos he empezado a seguirle.

 

3 de enero de 2021

Saramago en el principio


Manual de pintura y caligrafía fue el primer libro de Saramago publicado, en 1977, tras sus varias décadas de silencio literario en que trabajaba como periodista. Con los estertores de la dictadura salazarista, Saramago encontró motivación y escribió esta novela, algo obvia, de reflexión sobre la obra artística y el sentido de dedicar la vida al arte.

Cuenta este manual la historia de un pintor sin nombre que realiza cuadros para las clases lisboetas media y alta, que decide empezar a escribir sus impresiones al sentir nuevamente la mediocridad de su talento cuando acepta el encargo de pintar a un empresario. El pintor, además del cuadro oficial encargado por el empresario, comienza secretamente un segundo lienzo, el que realmente le gustaría pintar, pero que sabe que no podría entregar como resultado de un encargo. Sus reflexiones pesimistas sobre su capacidad de enfrentarse a su trabajo, considerado por él mismo como fraudulento, se entrelazan con un interés incipiente del pintor por la escritura como medio distinto de expresión, pero también válido. Además de sus confesiones personales, escribe también pequeños capítulos en que describe episodios de un viaje a Italia, como potencial ensayo de libro a publicar. El salto entre pintura y escritura da sentido al título. El carácter de manual no es literal, pero sí metafórico y anticipador: décadas después se lee como un texto que introduce varias de las obsesiones que Saramago utilizará en el conjunto de sus novelas parabólicas más apreciadas, aunque también de otras de sus obras: los capítulos del viaje italiano son claro preludio del Viaje a Portugal; la ausencia de nombres alude al anonimato ciudadano en la gran ciudad (y a probablemente a la normalización de la dictadura) de Todos los nombres. (e indirectamente a la herencia pessoana de El año de la muerte de Ricardo Reis); el juego que aquí es subrayado y hasta ingenuo con las palabras y sus significados remite a la excusa central de la Historia del cerco de Lisboa. Incluso hay un apunte que indica el sentido de El Evangelio según Jesucristo, además de un momento político que comparte inspiración con Levantado del suelo.

Frente a todas ellas, Manual de pintura y caligrafía no me parece una obra demasiado conseguida, aunque tenga este interés interpretativo sobre el conjunto de la obra de Saramago, incluyendo ya su carga de pesimismo vital. La situación planteada es tan obvia que resulta egocéntrica, y los episodios amorosos dan un poco de vergüenza ajena. Pero es cierto que Saramago supo depurar estas debilidades temáticas y estilísticas, y encontrar mejores temas centrales de sus libros que él mismo y su camino para convertirse en escritor. Sólo 5 años separan la publicación de Manual de pintura y caligrafía de Memorial del Convento. Por el medio estaban Levantado del suelo y Viaje a Portugal. El escritor es el mismo, y, a la vez, ya es otro.

22 de diciembre de 2020

Sapiens

 

Recomendado por todas partes, finalmente he empezado a leer a Yuval Noah Harari por el principio de su éxito: Sapiens. De animales a dioses. Breve Historia de la Humanidad. Es un ensayo terminado en 2013 y que ha vendido, dicen, quince millones de ejemplares en el mundo, lo que le ha dado fama universal y le ha permitido entrar en el mundo de los grandes conferenciantes y pensadores del futuro. Ha escrito al menos otro ensayo más de gran éxito: Homo Deus. Breve historia del mañana. Una situación excepcional como ésta, de un autor además procedente de una tradición diferente (escribe originalmente en hebreo y vive y trabaja en Israel), tiene sin duda más de una capa de análisis interesante.

Sapiens se presenta como un libro de Historia de Homo Sapiens, única especie superviviente del género Homo, que queda estructurada en tres momentos decisivos, según el autor:

-la llamada Revolución Cognitiva, ocurrida alrededor de hace 70.000 años por factores aún desconocidos pero que el autor relaciona decisivamente con la capacidad de nuestra especie para crear o imaginar entes no reales (o no biológicos, si se prefiere) que permitieron una coordinación social de intereses a pequeña escala. Esto hizo que Homo Sapiens saliera de África y se expandiera por todo el mundo, que extinguiera a las otras especies Homo y a toda la megafauna terrestre, aunque conservando una economía de cazadores-recolectores casi mayoritariamente nómada

-la Revolución Agrícola, iniciada hace 12.000 años parece que de manera inevitable (ya que sucedió en lugares distintos y separados por hechos casuales que se afianzaban a sí mismos) y que, además del asentamiento y la aparición de la vivienda, supuso el inicio de los monocultivos, la ganadería y la creación de élites: las entidades imaginadas (iniciadas en la anterior Revolución) son ya más poderosas y permiten una cooperación organizada entre muchas más personas. Así, se crean los imperios, las religiones y el dinero, tres poderosísimas herramientas de cooperación entre extraños, que aumentarán la capacidad de cooperación. Harari cree que la Revolución Agrícola no fue un buen negocio: Homo Sapiens mejoró en seguridad y también en previsiones de futuro, pero aparecieron peores condiciones laborales, incluida la esclavitud, la dieta empeoró, la ganadería trajo consigo el contagio de enfermedades de los animales, y la especie empezó a dividirse por entes de nuevo imaginarios (o que no responden realmente a la biología): clases sociales, raza, origen, religión, género.

 Tablilla de arcilla de Uruk, con un texto administrativo sobre cantidades de cebada y firmado por tal vez el primer nombre registrado en la historia. Harari subraya la peculiaridad de que se tratara de un registro contable y no un poema épico, una orden legal, o una oración. Sapiens está lleno de este tipo de percepciones desmitificadoras.

-la Revolución Científica, que apenas tiene 500 años, a la que Harari pone como punto claro de inicio el descubrimiento de América por Colón: la humanidad descubre y admite su ignorancia, lo cual desencadena que los poderes imperiales fijen sus ojos en la ciencia y sus resultados tecnológicos para ampliar su poder. Dado que las empresas a organizar son arriesgadas y caras, el crédito (otro de los entes no reales en que Homo Sapiens pone su confianza futura) evoluciona con mejores prestaciones, y empieza a nacer un gran capital financiador. La conjunción de imperio (poder político), ciencia/tecnología, y capitalismo/financiación ha evolucionado, pero en sus fundamentos principales sigue hoy en boga.

Bueno. Hasta aquí un resumen del contenido, que obviamente toca muchos más puntos y que no es tan lineal y magro como lo que he expuesto. Al contrario, a pesar de esta línea histórica que más o menos sigue Harari, no tiene reparos en usar de continuo la relación connotativa, por ejemplo, al explicar la capacidad de Homo Sapiens de crear entes imaginarios desde la Revolución Cognitiva, hablando de sociedades anónimas o derechos humanos, o comparando crudamente el Código de Hammurabi con la Declaración de Independencia de los EE.UU. Sus entes imaginados incluyen las ideologías, el culto a la nación, el estado, el derecho, el capitalismo, el humanismo liberal o socialista, etc. Considera en gran parte que, definidas las religiones, varias de estas propuestas pueden definirse como parte de ellas en cuanto a su realidad de facto, y a la creencia en las mismas de Homo Sapiens. El libro incluye para mí ideas brillantes como algunas de las ya resumidas, a partir de una cantidad de hechos históricos que en gran parte todos conocemos. Recuerda a un autor que más tarde he leído que Harari admira: Jared Diamond. Supera con creces, en mi memoria, al Bill Bryson de Una breve historia de casi todo, que recuerdo más divertido, pero de menor calado o coherencia, y ni siquiera tan adictivo.

Portada del primer volumen de una edición gráfica de Sapiens que se ha comenzado a editar en varios volúmenes

Harari es consciente (es explícito en ello) de la importancia que para Homo Sapiens tiene la creación de relatos con el objetivo de creer en sus (nuestras) ficciones organizadoras, y sin duda ahí ha puesto su mayor esfuerzo en el libro: en la agilidad y sencillez de exposición, en el uso de los mismos conceptos en las diferentes fases históricas, y en las referencias que funcionan como anclas al pasado y al futuro en cada momento. El tono es ágil, las palabras sencillas, los ejemplos muchos (en ocasiones simplones, debo decirlo, con modismos o humorismos algo bobalicones), y el aire de desmitificación analítica y generalizada es muy fresco. A la par, en ocasiones y por esto mismo da la sensación de realizar asunciones muy generalistas, comparaciones algo gruesas, o de meterse en terrenos algo inabarcables en su contexto (como sus capítulos dedicados al género o a la felicidad). Para un libro de este estilo y ambición la bibliografía parece escasa, aunque también explica que en su web (deja un link) puede encontrarse completa. No me cabe duda de que esta aproximación, que parece ejecutada por una persona de gran cultura que domina una de las varias disciplinas que toca, es parte de su éxito popular, pero origen también de crítica académica. Cierto es que Sapiens ayuda ciertamente a afianzar ideas o pensar en paradigmas históricos distintos o inesperados. Pero en algunas partes he tenido la sensación de asomarme a cierta falta de rigor en favor de un relato siempre explicativo, aunque Harari admita más de una vez que hay muchas cosas de nosotros mismos que aún no sabemos.

Entre los apuntes extra de interés de la eclosión de Harari en el pensamiento traccionador occidental está el valor, a pesar de su ateísmo científico, que asigna al budismo como pensamiento práctico que busca alejar el dolor y que conecta con el hecho de que, a pesar del éxito biológico aparente de Homo Sapiens como especie dominante, son sus acciones en relación a la naturaleza, a los animales y plantas con los que se ha desarrollado, los que le han proporcionado ese dominio. Harari intenta incorporar la visión de estas otras especies, cuyo éxito reproductivo al ser adoptadas por Homo Sapiens es evidente, pero a costa de pagar un precio de dolor y explotación; a Harari le parece que la hoja de servicios de Homo Sapiens en la tierra es cuando menos cruel. Otro apunte de Harari es el fin previsible de la diversidad: Homo Sapiens camina hace milenios hacia una unidad global, destino último de su capacidad de cooperación como especie. Y termina abriendo camino a su siguiente libro: si ya desde la Revolución Agrícola hemos ejercido sobre la naturaleza una acción que no ha podido ser respondida por la selección natural (porque ésta es más lenta, al menos a nuestro nivel macrobiológico), si la ciencia vuelve a tener éxito en conseguir recursos que no agoten al planeta, si el cambio climático no actúa sobre nosotros con efectos laterales esperados o no (¿pandemias?), puede que las investigaciones actuales ayuden a diseñar un Homo Sapiens amortal, cuya aparición justifica el segundo título de Sapiens: de animales a dioses. Homo Sapiens ya no será Homo Sapiens, sino otra cosa por definir.

Yuval Noah Harari, según la foto de su web



8 de diciembre de 2020

Una novela judicial

The Children Act (La ley del menor) es una novela breve de Ian McEwan, protagonizada por una jueza de menores que se enfrenta a la vez a la infidelidad de su esposo y a un urgentísimo caso sobre la transfusión de sangre a un menor testigo de Jehová enfermo de leucemia. Estas doscientas páginas escritas en un inglés fluidísimo se leen con interés y rapidez, y dejan, en mi opinión, un único valor literario realmente apreciable: el gusto por el relato que McEwan aporta en cada caso judicial explicado, con sus detalles complejos, que presenta con agilidad y atractivo enormes, haciéndolos sencillos y entendibles. Y no son pocos: se intercalan en varios momentos de la novela, muchas veces en forma de sentencia (el texto que a fin de cuentas debe escribir la protagonista, Fiona), y en ese juego en que McEwan se siente muy cercano, si bien veo que más por convertir a su jueza en narradora que por aspiración del autor a ser juez…

The Children Act fue prontamente adaptada al cine por Richard Eyre, con Emma Thompson en el papel de la jueza. Curiosamente, Thompson es también guionista

Pero, sorprendentemente, el resto de la novela es muy poco interesante; la crisis matrimonial no aporta realmente nada salvo pequeñas reflexiones de Fiona que resultan de baja intensidad, y el ambiente social elitista de Fiona, con su gusto por las actuaciones como intérprete privada de música clásica parecerían en gran parte un relleno, apenas salvado -en mi opinión de manera forzada- por la conexión artística con el menor enfermo de leucemia. El final me parece muy deudor del de Los muertos, el relato final de Dublineses, de James Joyce, si bien de nuevo algo rebuscado.

Supongo que el libro es demasiado académico en esta parte más dramática relacionada con el dibujo de la protagonista, pero en un sentido un tanto rancio. El ojo de McEwan hacia la sociedad y la familia que describe es muy esperable, muy tópico; tampoco creo que sepa captar bien la sensibilidad de a mujer de 59 años a la que toma por protagonista, y, si bien no cae en la estupidez hipersexual de colegas como Roth o Updike, la novela, que apenas tiene seis años, podría tener treinta más, con los obvios estereotipos de otra época.

En fin, igual hay que esperar a ver logros similares a On Chesil Beach, el mejor de sus libros que he leído (Solar es muy flojo). De mientras, al menos sus libros permiten una lectura sencilla con que ejercitar el idioma y, al menos en esta ocasión, nos dejan esos momentos judiciales apasionados que antes comenntaba.

Ian McEwan (vía)






 

 

 

28 de noviembre de 2020

Mujeres en la Guerra Civil

Palomas de guerra es el título escogido por Paul Preston para un conjunto de cinco biografías de mujeres cuya vida cambió de manera drástica debido a la Guerra Civil española. No son cinco mujeres anónimas, sino que en su medida su participación en la Guerra, o en sus efectos directos, -de cuatro de ellas- es relevante por varios motivos. La quinta mujer, Carmen Polo, no participó directamente, y es sin duda la más famosa de todas ellas. El título, que juega con la imagen de la paloma de la paz, y que si se habla de la Guerra Civil remite casi necesariamente al Guernica, no me agrada demasiado. Pero casi es lo único, porque se trata de una obra apasionante, escrita con gran pulso, que me ha descubierto avatares impresionantes de la vida en guerra, y que, mediante el talento de historiador metido a biógrafo, permite conocer mucho mejor la realidad española de la época que una historia oficial de la Guerra Civil (que obviamente el propio Paul Preston ya tiene).

Mercedes Sanz Bachiiler (vía)

Además de Carmen Polo, las mujeres que Preston biografía son Mercedes Sanz-Bachiller (viuda de Onésimo Redondo, fundadora del Auxilio Social y rival inesperada de Pilar Primo de Rivera en los inicios de las instituciones del régimen), Nan Green (voluntaria comunista británica que vino a España a luchar con su marido a luchar contra el fascismo y fue enfermera en el frente), Priscilla Scott-Ellis (aristócrata británica que fue una de las dos únicas voluntarias británicas del bando nacional en toda la Guerra, relacionada con los Borbones, que llegó a España por amor y que acabó casi siendo adicta a ser enfermera en el frente), y Margarita Nelken (diputada por el PSOE por Badajoz durante la II República, mujer intelectual e independiente, madre soltera y altamente combativa). La selección no es casual, desde luego: dos españolas y dos británicas, dos de cada bando contendiente; Preston no busca en ello justificaciones o escribir sin sesgo ideológico, sino completar un espectro histórico y social del momento. A sus cuatro protagonistas las trata de manera contextualizada y comprensiva en su momento histórico, cuando no directamente admirada ante los actos y episodios que afrontaron.

Nan Green (vía)

En dos de los casos, las biografías de vidas largas, ricas y fértiles son sorprendentes al menos para mí: Scott-Ellis realizó un trabajo durísimo de enfermería pero viajaba en coche privado pagado por su familia, y escribía un diario de su estancia en España donde comentaba episodios cruentos con una ingenuidad aristocrática impensable en quien atendía moribundos con diligencia. Llegó a España persiguiendo a un príncipe Borbón homosexual del que se había enamorado, y que acudía a fiestas en la retaguardia con gente que a la mañana podía bombardear Durango y a la tarde ir a las carreras en Lasarte. Volvió a Inglaterra a descansar gracias a los lujos de su familia y aún así prefirió volver al frente… Acabó desgraciadamente casada con José Luis de Vilallonga. Nelken, por su lado, también acumula una increíble biografía, desde su origen judío de padres extranjeros asentados en Madrid. Fue madre soltera de dos hijos de padres diferentes y una mujer de gran capacidad intelectual como escritora y crítica de arte, labor con la que sacaba adelante a su familia, y que le permitía conoce a la élite artística e intelectual del país. Pasó innumerables polémicas en la machista política de aquel tiempo (incluido el PSOE), pero cuando se cambió al PCE el autoritarismo jerárquico de éste acabó por expulsarla. Su combatividad en Cortes era legendaria: fue una polemista agresiva que se ganó muchos enemigos en la defensa del explotado campesinado extremeño. Su hijo adolescente combatió en la Guerra Civil y luego en la II Guerra Mundial, muriendo en Ucrania. Arrastró a su familia (hija, nieta, madre) al exilio en México, donde con muchas dificultades, y ninguneada por sus problemas con los partidos políticos, siguió trabajando.

Priscilla Scott-Ellis (vía)

Y ello sin despreciar los peculiares momentos de Sanz-Bachiller y Green. A las cuatro, que conocieron sinsabores enormes en la Guerra (la muerte de maridos e hijos entre ellos) les unen en mi opinión dos cosas consuetudinarias con la Guerra: una abnegación sin límites en su labor, fuera su causa la que fuera, y la decepción personal y política de un mundo mezquino que en cada caso las defraudó, traicionó y despreció incluso desde la propia ideología o sociedad a la que pertenecían. Esta sororidad histórica entre sufrientes de un mundo infernal se une al riquísimo retrato social de Preston para hacer del libro una lectura adicta.

Margarita Nelken (vía)

¿Y Carmen Polo? Bueno, parece que figura como contrapunto. El retrato de Preston aquí ya es menos comprensivo. No llega a lo inmisericorde, pero no puede simpatizar de manera alguna con una mujer altiva y arrogante, que compartió o alentó la crueldad de su marido cuando tuvo oportunidades de hacer lo contrario, y que se quiso entronizar; no pagaba facturas, decoraba gratis propiedades que la familia se agenció, luchó por conseguir que el régimen continuara, y todo ello desde una gran frialdad. Preston completa con ella el relato del país que fuimos durante el siglo XX y aunque su ejemplo es de todo menos vivificante, es posiblemente necesario para recordar que la España que convirtió en su cortijo era una de las realidades insoslayables del país, y que, desgraciadamente, aún hace sombra.

Paul Preston (vía)