4 de enero de 2022

Veni, Vidi, Victus


No es menor la ambición histórica de una novela como Victus desde su título y desde el título de sus tres partes principales, que emulan a César, y que sirven a Albert Sánchez Piñol para dirigir a su imposible personaje, Martí Zuviría, en su devenir por la Guerra de Sucesión española. Victus, novela arrolladora y arrebatada, también agotadora, cuenta con el subtítulo Barcelona 1714, que evita toda duda sobre su tema. Publicada en 2014, coincidiendo con el tricentenario de la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas, Victus parece celebrar a la par que denunciar el carácter catalán, y, con los años, funciona como espejo inesperado del otoño de 2017, sobre el que ‘hace sombra’, parcialmente por supuesto. Es, claro está, una novela deliciosamente analizable, llena de elecciones particulares del autor, en ocasiones gozosas, pero también discutibles.

 Vauban, arquitecto de fortalezas

Zuviría es un chico de Barcelona que por avatares varios de la vida acaba estudiando bajo la tutela de Sébastien Le Prestre, marqués de Vauban, el prestigioso constructor de fortalezas de Luis XIV. Su enseñanza es iniciática, con ritos de paso gremiales y semimasónicos, que permiten al chico adquirir un conocimiento importante en las artes de construir fortalezas consideradas inexpugnables, y de… diseñar y construir también las trincheras de ataque capaces de expugnarlas. Esta contradicción en la sabiduría que adquiere se instala en su vida y carácter, pusilánime, ambivalente, algo traicionero, bisexual por conveniencia, hasta que finalmente ve la luz y abraza la causa de la defensa imposible y suicida de Barcelona. El suyo en teoría es también un viaje interior y simbólico, representado en su búsqueda de una palabra o en los puntos de maestría que va adquiriendo literalmente según cumple los criterios de su maestro. Pero todo ello lo narra nada menos que a los 99 años, cuando ya ha empezado incluso la Revolución Francesa, y dictando sus recuerdos de la guerra de su juventud a su escriba ayudante…

Berwick, dirigió el asalto final a Barcelona

Victus tiene varias vocaciones, todas ellas arrastradas por su personaje principal. Zuviría desprecia a su escriba (una mujer alemana llamada Waltraud) con todo tipo de calificativos machistas imposibles para su época y más dignos de Queipo de Llano que otra cosa. ¿Por qué este perfil, me pregunté todo el libro, cuando se nota que no es una argucia necesaria para la habilidad del autor en atrapar al lector? Este lenguaje de Zuviría se traslada al texto en otros ámbitos con frecuencia, y Sánchez Piñol juega, sin definir, a que Zuviría es consciente de que ‘le escriben’ su historia y que no puede en realidad controlarla (lo cual es un punto atractivo que además es útil para justificar según qué excesos, sí), y el artificio y la suspensión permiten aceptar este lenguaje de nuestra época para un hombre culto, por amargado que esté, del XVIII. ¿Inevitable, porque hay que acercar el relato histórico al lector de hoy? Probablemente sí, de manera lógica y admisible en lo comercial, pero la costura tan visible me desagrada más que al propio Zuviría, que no deja de ser un pícaro afortunado en grado sumo: sobrevive a ahorcamientos, palizas, heridas de fuego de gravedad, etc…) y, a pesar de ello, se le supone una vida plena, incluso en lo intelectual, y llega a viejo.

Villarroel, dirigía la defensa de la ciudad

El ritmo endiablado de Victus, el personaje de ficción que se relaciona con casi todos los grandes de un acontecimiento así (forzando varios hechos: el peor probablemente por intrascendente en la trama es que Rafael Casanova fuera su abogado), el detalle técnico que aparenta exhaustivo y que Sánchez Piñol complementa con mapas y dibujos ‘del momento’ a cargo de Xavier Piñas y Joan Solé (es inevitable pensar en el Austerlitz, de W. G. Sebald, aunque dramática y desarrollo no se parezcan en nada) presentados y mencionados al lector con desparpajo casi libertario, las vicisitudes que le hacen crearse enemigos recurrentes que aparecen y desaparecen -como en un serial-, la habilidad en el retrato del pícaro y sus aventuras que le llevan de los borbónicos a los austracistas pasando por los miqueletes… todo ello contribuye, con sus descripciones vigorosas y rudas, con sus dosificaciones de desmitificación de la Historia, a crear una pieza adictiva de narración, incapaz en ocasiones de controlar una espiral de acontecimientos límite, que son los que llevan a cierto agotamiento por exceso, y que pasa por el lector como un ejército del XVIII: arrollador, sin dejar heridos. Es imposible apartar Victus de las manos, hay que seguir y seguir hasta la derrota final.


Archiduque Carlos de Austria, aspiraba al trono de España

Victus, como decía, proyecta por supuesto su sombra sobre la actualidad, y en la simpleza de su parábola histórica aparenta explicar claves de un presente posterior a la escritura y que el autor recoge del pasado: el terror a ser llamado botifler, la guerra social con un poder local siempre elitista que prefiere aplastar cualquier potencial pérdida del statu quo, y un pueblo entregando su sentido de la esencia mientras construye (¿conscientemente?) sus mitos futuros. La visión del pasado permite describir crueldades, errores políticos buscados, luchas ególatras por el poder. Hasta en Villarroel se adivina un mayor Trapero… o al revés, claro. Por inevitable que sea leer 2017 en Victus, por inevitable que a un autor literario actual le sea emplear un lenguaje imposible por un personaje inverosímil, el valor literario es que el poder del relato y su ritmo interno funcionen autónomamente por encima de la Historia, desde luego.

Albert Sánchez Piñol (vía)


23 de diciembre de 2021

Fue, a pesar de todo, bello


Al reflexionar sobre Tú no eres como otras madres me dejó perplejo encontrarle lo que parecían errores claros de escritura. La autora, Angelika Schrobsdorff, escribe sobre todo sobre su madre Else (Kirschner de apellido natural, Schwiefert por su segundo marido, Schrobsdorff por su segundo), una mujer judía de buena familia nacida en Berlín en 1893, mujer de vida libre que aprovechó bien los locos años veinte entre fiestas y pasiones, y que tuvo tres hijos con tres hombres diferentes a los que consiguió reunir e incluso hacer convivir bajo el mismo techo. El libro es una novela de no ficción que, sorprendentemente, usa de manera indistinta y sin razones estilísticas aparentes, la primera y la tercera persona narradoras (Angelika a veces habla por sí misma y a veces se menciona exteriormente como un personaje más), lo que crea cierta disfunción lectora. A esto se suma un carácter epistolar frecuente, pues las cartas y otros recuerdos familiares forman parte de la documentación básica que utiliza la autora. Y las cartas están escritas sobre todo por Else, en segunda persona; se acaban imponiendo como única forma del texto en la tercera parte del libro, compuesta exclusivamente de cartas. Una de las posibles razones, esa impresión tuve, es que Angelika Schrobsdorff no desea, por pudor, narrar el fin de su madre. Pero otra puede ser cierto agotamiento de la autora, una imposibilidad de seguir novelando una vez superados el brillantísimo episodio vital de la juventud de Else en Berlín y el necesario capítulo del angustioso y severo exilio en Sofía durante la guerra en sí. Finalmente, también puede interpretarse como homenaje final a Else, alguien que llevó una vida tan intensa, una vez que la narración final desde fuera del personaje requeriría detallar una decadencia imparable. Aun así, como lector estas elecciones me dejaron, como decía, perplejo.


Cabaret de Berlín en 1924

Y, sin embargo, la vida ha sido bella, es el título de esta tercera parte. Y eso puedo decir del libro. ¿Por qué funciona tan bien Tú no eres como otras madres? Creo que hay tres razones principales. Por un lado, los perfiles psicológicos de los personajes, cuyo análisis es constante durante la novela, y que, desde un principio, revelan por parte de la autora un entendimiento profundo de las motivaciones de sus personajes, y del cambio de las mismas con el tiempo. El tema, la vida de Else, obliga a ello: el empoderamiento feminista encarnado a través de su propio placer, obliga a encajar su éxito vital entre las familias presente y futura que la acompañan, en general completamente cargadas de valores tradicionales. Cómo y por qué consiguió Else ser aceptada necesita ciertamente matizar bien las razones de los personajes para ser verosímil. A este eje (en el que la aparición de los hijos y sus responsabilidades afectan a Else, pero no en exceso) se va sumando, inundando progresivamente la narración y retando los placeres de su vida, el antisemitismo social que finalmente se desborda con el avance del nazismo en Alemania.

Bombardeo de Sofía en 1944 (vía)

El tipo de respuesta (o su ausencia) a esta violencia redibuja los personajes, pero en una continuidad sutil, fruto de esta capacidad de la autora, a la que se suma el segundo motivo del buen gusto de este libro: su sensibilidad y emoción desbordantes a la vez que entrelazadas con un discurso racional y estético digno de la sociedad probablemente mejor educada, hasta aquel momento, de la Historia. Son por ejemplo muy reveladoras las apreciaciones sobre cómo plantar cara al nazismo y su violencia ilegítima en sus tres momentos: el crecimiento (que los protagonistas, judíos o no, no acaban de creer y por ello plantean en general una postura adaptativa), su apoteosis (en la que el desastre se implanta y todas las formas de vida se redefinen), y su caída y desaparición (el para muchos inaceptable e inconcebible fin de la patria y el ser germánicos). Schrobsdorff publica este libro en 1992, lógicamente tiene -y en algún momento se expresa- una perspectiva general de la situación, pero, a pesar de escribir desde su madurez, no impone el punto de vista de cinco o seis décadas después a sus personajes, y es esa riqueza probablemente su mejor valor como novela histórica.

Else y Angelika Schrobsdorff, en los años treinta (vía)

Había una tercera razón para aplaudir el libro, y es obvia: el ritmo y el camino al desastre al que lleva, inexorable y determinista, que conocemos porque es la historia del siglo. Tú no eres como otras madres refleja el impacto en la vida cotidiana de la burguesía alemana, hedonista en parte y moralista por otro lado, del crescendo de leyes y acciones insoportables. Mientras esa degradación legal se despliega, Else también muta de su estético desenfado vital (que además poco a poco se va tornando imposible) a la responsabilidad ética de los hijos y su destino. El continuo reposicionamiento viene obligado por un calendario al que la autora también se ve obligada, y al que se entrega con intensidad y conocimiento de cada momento. El libro es así un fresco vívido de lo privado afectado por lo público, en el que el especial aliento de Else Schrobsdorff llena el corazón y la cabeza del lector entregado aun manejando determinados resortes dramáticos a su manera. Y por eso pienso que es una novela bella, a pesar de todo.

Angelika Schrobsdorff, fotografía de Sören Stache


7 de diciembre de 2021

Gatos, siempre ilustres



Gatos ilustres es la bonita pero algo incorrecta traducción del título Particularly Cats de Doris Lessing. No obstante, se trata de un texto delicioso en el que uno se quedaría a vivir el doble de páginas, y de una edición eso sí ilustrada, con unos maravillosos gatos dibujados por Joana Santamans, con sensibilidad y capacidad de detalle plasmadas en imágenes hipnóticas. Que es un efecto que los gatos consiguen con cierta facilidad, por otro lado. No se trata por tanto de una lista de gatos famosos, que en todo caso y dada su afición por la privacidad, lo serían por serlo sus dueños, sino de la vida de los gatos de la propia Doris Lessing.

Leí hace años un par de novelas estupendas de Lessing, Diario de una buena vecina, y, sobre todo, La buena terrorista. Entre otras virtudes, la creo interesada por resaltar las necesidades y servidumbres de la cotidianeidad en la vida. Esto se refleja también en Gatos ilustres, donde la convivencia con gatos y entre gatos en el día a día tiene su punto fascinante. Lessing era británica nacida en Irán; pasó su infancia en Zimbabue, donde la vida de granja no era precisamente fácil para los animales domésticos, y donde relata episodios que hoy no serían lógicamente aceptables. Tras ellos pasó años sin gatos, y el libro pasa a su vida ya en Inglaterra y la relación entre dos gatas con las que vivían (nótese el orden de los factores) Lessing y una persona o pareja innominada, sólo adivinable porque la autora utiliza en ocasiones la primera persona del plural. Esto es peculiar, porque mientras en Zimbabue los varios personajes familiares sí tienen presencia y los numerosos gatos son casi anónimos, en Inglaterra las dos gatas presiden completamente la narración. Sus rivalidades, los embarazos y el destino de sus proles, la lucha por los lugares de descanso y por el sitio en la cama de su dueña, y sus enfermedades, son las grandes protagonistas. Como varios literatos fascinados por la compañía gatuna (Cortázar, Capote, Szymborska…), Lessing no evita humanizar sus actitudes, especialmente en los rasgos que más nos gusta interpretar en estos animales.

Al libro le da alas la completa fascinación maravillada que Lessing transmite por las gatas, por sus peleas y desplantes, por sus miedos y por su capacidad de crear vida de manera continuada. En esa observación y su plasmación, que es en parte lírica pero siempre accesible, y en parte cruda pero siempre amorosa, se observa a la escritora de valor que, rindiendo un texto en principio menor, traza un mundo del que, emocionalmente, desearía leer más y más.


Doris Lessing (vía)

 

 

 

 

27 de noviembre de 2021

Socialdemocracia



Borja Barragué es un profesor universitario conocido por participar en las tertulias de La hora de La 1. No le he visto nunca, pero entiendo que en parte este acceso a lo mediático se debe al éxito de este libro, Larga vida a la socialdemocracia, con el subtítulo Cómo evitar que el crecimiento de la desigualdad termine con la democracia. Bueno, éxito no sé si económico (¡ojalá!), pero al menos recibió un premio relevante, el Euskadi de literatura (en la categoría de ensayo en castellano), que fue el motivo por el que conocí la obra.

Probablemente este título sea poco adecuado para reflejar el conjunto del espíritu del libro, porque en cierto modo enfatiza su línea más ligera (el libro tiene una evidente capa de escritura dedicada al apunte humorístico actual) y su portada adopta cierto aire irónico de libro de autoayuda. Incluso incluye (y anuncia con un botón publicitario en la portada) nada menos que un socialdemocratómetro al final de la lectura, donde el lector podrá comprobar si en verdad es, literalmente, más socialdemócrata que Olof Palme.


Bajo esta capa de aparente ligereza se encuentra sin embargo un análisis cuidado, perspicaz y profundo de la situación económica actual de Occidente. Actualidad que además se mantiene a pesar de la pandemia y aunque el libro esté publicado en 2019. Por supuesto, el autor ahora analizaría los fondos Next Generation y la deuda federal pública europea o las subidas de impuestos de sociedades de grandes empresas propuestas por EE.UU. y el G20, y probablemente se modificaría alguna coyuntura respecto a las políticas previas de austeridad cuyos orígenes y efectos también estudia (recogiendo resultados electorales del ascenso de la ultraderecha española, no obstante anteriores a las dos elecciones generales de 2019); pero, en realidad, todas estas novedades se ajustan a la mecánica de su análisis, que aboga fundamentalmente por las políticas predistributivas frente a las redistributivas (sin rechazarlas: deberían combinarse), que analiza también las penalizaciones del actual sistema de pensiones (que a fin de cuentas olvida a los que no pudieron trabajar y que premia a quienes han disfrutado de rentas altas del trabajo), y está lleno de advertencias a los neoliberales sobre los problemas que les produciría la tendencia a eliminar las políticas de igualdad.


John Rawls (vía)

Dos parecen las pasiones principales de Barragué: la propia socialdemocracia y el concepto de lo igualitario auspiciado por el filósofo y economista John Rawls, un en principio liberal que admite el sistema capitalista y las libertades individual y comercial, pero siempre que por justicia equitativa sus resultados favorezcan a la clase más perjudicada económicamente. Barragué radica los principios de su libro en Rawls, aunque le asoman con orgullo  las costuras marxistas (reflejados sobre todo en su análisis del trabajo de Marx en la Crítica del Programa de Gotha, el famoso congreso de constitución del SPD alemán en 1875, que olvidó según el autor los valores de las políticas predistributivas). Rawls, de quien Giner ya anticipaba gran interés en su Historia del Pensamiento Social) es un referente utilísimo por proceder de la tradición liberal, que en realidad parece comprender y adaptar a los tiempos los criterios de caridad de Adam Smith, en cuya trayectoria prerrevolucionaria y creyente aún no cabía conceptualmente el estado de derecho. Barragué es especialmente contundente (cita para ello a Owen Jones y su Chavs) en su crítica a la tercera vía y su foco en que las responsabilidades de las circunstancias de la vida sean individuales.

Pero las páginas más interesantes en mi opinión tienen que ver con el análisis del gasto social en España, las razones profundas de sus problemas estructurales, y las herramientas que Barragué propone para solucionarlos dentro del reformismo progresista. Interesantes en primer lugar porque el autor huye de los tópicos habituales de demonización de la socialdemocracia (que no se ha reformado, que debe volver a las esencias), trabaja y presenta gráficos originales de índices reveladores (índices de pobreza a lo largo del tiempo por franja de edad, transmisión de la desigualdad salarial a las pensiones, y un largo etcétera), que son sorprendentes con frecuencia -recuerda un tanto a la metodología y resultados de Factfulness-, obtenidos a partir de datos internacionales publicados y que explica lúcidamente a los lectores legos (🙋) lógicas como la visión de las pensiones como seguro, en cuya insistencia se está dejando atrás en el conjunto del gasto social a las personas desfavorecidas por rentas bajas del trabajo. Otro detalle especialmente importante es que, al autor, como filósofo político que es, no se le olvida nunca que las propuestas económicas igualitarias, y las predistributivas como la renta básica universal especialmente, tienen que ser aprobadas democráticamente, y que hacen pasar a los gobiernos que las aprueban por el dictamen de las urnas, en las que impuestos y gasto social no suelen tener la mejor prensa (sin olvidar que los muy desfavorecidos suelen ser abstencionistas). Por ello por ejemplo hace notar en que centrar el gasto social de manera específica en los muy desfavorecidos provoca estigmatización de los programas, y, a la larga, reducción de los mismos; frente a estrategias universalistas (pensiones, educación, sanidad) a las que tiene derecho también la parte rica de la sociedad, y que, por ello, discute menos su participación en las mismas con sus impuestos. Así, el autor propone que una renta básica universal debería ser ciertamente universal, incluidas las personas de altos ingresos. Pero, eso sí, si se propone sin reducir las demás prestaciones sociales, supondría un aumento impositivo que se antoja difícil de aprobar el examen electoral.

En este conjunto equilibrado de cuestiones económicas, políticas y psicológicas encuentro yo el valor principal de este volumen; en su prudencia expositiva (por ejemplo, afirma simplemente que es indiciario que precariado y desafección democrática vayan de la mano); en el reconocimiento de problemas de la socialdemocracia (al igual que Innerarity o Gomá -que lo hace citando a Habermas-, Barragué también menciona el conflicto identitario vs. el distributivo como uno de los paradigmas a resolver del momento, y aunque se atreve a anticipar que en su opinión no son incompatibles, tampoco él realmente ofrece una solución a esta dinámica); en la explicación teórica de la existencia de bienes universales que justifiquen la renta básica universal, etc. Yo desde luego creo que el autor se ha ganado el salario, aunque, en el fondo de mi corazón de lector y casi de alumno, la capa de humor le ancla en exceso al momento no ya histórico sino coyuntural y altamente específico, incluso más que los mencionados y en parte estudiados Tony Blair, Donald Trump, o José Luis Rodríguez Zapatero. Porque, a fin de cuentas, el edificio teórico y los datos presentados y ágilmente explicados son capaces de superar, al menos en mi opinión, los efectos particulares que supuestamente pueden ser plomizos de un análisis de la crisis financiera de 2008. Por así decir, tal vez el texto perduraría más sin el chiste directo, ya que la prosa es ligera y hábil de por sí, y el autor es original con formatos como el ‘tuit un poco largo’, aunque tal vez hubiera sido menos reconocido y exitoso. ¿Será que como lector soy taciturno y hasta cenizo? Bueno, al menos el optimismo por el éxito de la predistribución lo comparto, así como el desprecio del conflicto revolucionario y hasta bélico como mecanismo igualitario de rentas mediante el destrozo de rentas, patrimonios y capitales, frente al reformismo continuado. Juan Carlos Monedero invitó al autor a su programa para afeárselo un tanto…


Borja Barragué (según su cuenta de Twitter)


9 de noviembre de 2021

Violeta es un color (II)

 


Como en el cómic de Juan Sepúlveda Sanchís, la palabra violeta vuelve a definir a los homosexuales en la España de Franco desde el título de un libro, si bien en este caso en el mundo de la representación cinematográfica: Violetas de España trabaja, como dice su segundo título, Los Gays y lesbianas en el cine de Franco. Está escrito por el profesor y dramaturgo Alejandro Melero, y en mi lectura me ha sido imposible no recordar el magnífico clásico Miradas insumisas, de Alberto Mira, con el que comparte no sólo algunas de las películas bajo estudio (Mira se centra más en el cine norteamericano y no olvida el cine europeo en general) sino también método y tipo de análisis. Mira y Vito Russo (autor de El celuloide oculto) están presentes en la bibliografía empleada por Melero.

 ¡A mí la legión!

El repaso a la presencia de gays y lesbianas en el cine español producido bajo el franquismo empieza con órdago a la grande: el cine legionario y taurino lleno de homosexualismos, como decía la censura (a la que Melero trata con mayúscula: Censura). Yo, mea culpa, he trabajado poco estos géneros, por absoluta falta de interés, y porque ya estaban superados cuando la cinefilia me atacó como parte de una propaganda. Pero pensar en ver ¡Harka! o ¡A mí la Legión! con mirada G me aturde. No es que, en el fondo, se distancie de otras cinematografías en las que esto pudiera pasar (los trabajos de Russo y Mira lo confirman, Mira incluso habla resumidamente de estas películas): la camaradería masculina en ausencia de mujeres (ese estorbo para la batalla y la vida militar) deriva en amistades inquebrantables, héroes de pecho descubierto erotizado, y jóvenes soldados travestidos para divertirse en las largas noches de espera. La descripción que hace Melero de los aspirantes a torero en el cine taurino (más tardío, de los sesenta) tampoco se antoja distanciada de los jóvenes pasolinianos de la época y de las relaciones de poder e intergeneracionales que iban anunciando a Eloy de la Iglesia. Hace bien Melero en colocar esta caída del antifaz en el primer capítulo, porque el descubrimiento está dirigido al corazón mismo de las esencias del régimen, convenientemente desnaturalizadas y, en un irónico tropo del destino, subvertidas.


De barro y oro

Otros capítulos del libro son más esperables: el cine de vampiras y otras lesbianas malvadas, el dedicado a Diferente, el peplum rodado en España, o lo que Melero llama vecinos del quinto, que amplía a todo el cine cómico con personaje mariquita en general ridiculizado. Me han interesado especialmente el spaghetti western y su profusión de efebos y torturas, el estupendo análisis de la homofobia en la obra y persona de Luis Buñuel, y el capítulo -de mayor continuidad histórica y por ello probablemente más perdurable en la memoria-, del homosexual como ser marginal y criminal, desde El expreso de Andalucía, a, de nuevo, Eloy de la Iglesia.

El expreso de Andalucía

El libro de Melero es rico en referencias y matices, y devuelve un fresco histórico al que, por negación de la memoria LGTBI y de la mirada homosexual, apenas se ha hecho caso. El libro es ecléctico en su estructura, en general de tipo temático, pero con capítulos en que una película o un director acaparan toda la atención. Esto no impide el seguimiento, claro. El autor recoge y analiza mucho más el resultado en pantalla que las motivaciones autorales que, por razones diferentes, apenas aparecen explicadas para Eloy de la Iglesia, Luis Buñuel, o Ignacio Iquino. En ese sentido, el análisis es algo limitado, pues no llega a dilucidar los intereses y manejos propios de la industria y de sus potenciales creadores LGTBI del momento, impidiendo así tener un cuadro más completo que lo que semeja una especia de fenómeno inexplicable salvo por las ganas de varios productores de hacer la puñeta a la Censura franquista. Pero este no deja de ser un juicio de máximos, pues las revelaciones del volumen alcanzan una relevancia significativa, el anecdotario es suculento, y el vasto trabajo documental adquiere cierto carácter paradójico en su cantidad y riqueza de matices si se relaciona con la pétrea imagen del régimen, que, qué se le va a hacer, era incapaz de impedir que las violetas crecieran.

Alejandro Melero (vía)

 

 

29 de octubre de 2021

Perplejidad política antes y después de una pandemia


 
Política para perplejos, de Daniel Innerarity, es un libro publicado en 2018 cuyo título apela al efecto causado en la ciudadanía por un estado político y social cambiante e inesperado, inestable y en constante aumento de esta volubilidad. Su interés central viene inspirado por los acontecimientos imposibles de 2016: el resultado del referéndum del Brexit, y las elecciones norteamericanas que ganó Donald Trump. En el contexto de finales de 2021, las ideas que expresa Innerarity son válidas y probablemente varias de ellas se encuentran reforzadas. Pienso por ejemplo en su capítulo sobre los datos, que resulta en un resumen desde lo filosófico válido y casi vibrante del libro de Shoshana Zuboff antes de que éste, mucho más abierto al estudio de estrategias económicas, se publicara; o, de manera mucho más evidente, la cuestión de la gobernanza a la que Innerarity aún no le añade el prefijo co. Pero, obviamente, muchos de los ejemplos expuestos habrían sido distintos, y el impacto de la pandemia en todos los ámbitos que estudia Innerarity en el volumen habría sido un inevitable y necesario punto de referencia. Su editor se lo exigiría, pero también su propia pasión como pensador. El libro sería distinto porque el tiempo se cobra sus víctimas, probablemente no habría un capítulo dedicado a Theresa May, por ejemplo.


David Cameron convocó el referéndum de salida de la UE en 2016 (foto de Pascal Rossignol/Reuters, en El Español)

Pero también es cierto que los ensayos políticos que aspiran a analizar su contemporaneidad no pueden sino estar condicionados por los acontecimientos del momento en que se escriben, más allá de exigencias editoriales o comerciales. Lo interesante es que sus reflexiones precisamente sigan siendo útiles con el tiempo, o, al menos, para explicar el tiempo en que fueron escritas. Han pasado tres años desde la publicación, pero han sido intensos como pocos.

Innerarity dedica la mitad del libro a diagnosticar el porqué de nuestra perplejidad. Analiza por qué se han derrumbado las certezas políticas, las categorías sociales, e incluso las sentimentales. Lo hace en breves capítulos dedicados a temas diferentes de la actualidad/modernidad en relación a esta pérdida de referencias y estabilidad: los medios de comunicación, el trabajo, la globalización, el uso de Internet y la digitalización, los nuevos terrorismos, etc. Por momentos su tono muestra una elevada desazón, y, aunque señale elementos esperanzadores, les dedica poco espacio. Basta con ver varios de los títulos que emplea, con palabras como exasperación, ansiedad, sufrimiento… Esta negatividad indicaría una cierta añoranza de la estabilidad no-líquida de un pasado que admite penoso (aunque el hombre estaba seguro de su destino), y, por otro, que la incertidumbre le impide pronosticar, como filósofo político, futuro alguno; parecen malos tiempos para el analista, desde luego.


Donald Trump jura su cargo en enero de 2017 (foto en BBC News) 

Innerarity es moderado y no es dogmático; tiende a subrayar las diferentes caras de cada asunto concreto, y a juzgarlas ecuánimemente. Su capítulo sobre Cataluña, probablemente el más medido del libro, es lúcido y tiene reflejo actual (está escrito antes de que el PP dejara el gobierno central). Es muy atractiva su reflexión sobre lo imposible de las revoluciones dado lo dividido del poder actual en las democracias occidentales, aunque le veo en el límite de la contradicción con su defensa del conflicto político como parte necesaria de la evolución del sistema. También su visión de la conspiración como fenómeno irreal frente a la chapuza de los sistemas complejos es divertida (aunque es una idea, creo, de fácil manipulación), y me gusta también su desmitificación del patrón ‘hechos frente a ilusiones’ como patrimonio histórico de las derechas frente a las izquierdas, respectivamente. Innerarity también se moja en el tema ya crucial de las políticas de identidad, diversidad o multiculturalismo frente a la tradicional lucha de clases, y el supuesto desacople que ha supuesto con una izquierda obrerista que podría derivar -o haber derivado ya- al populismo derechista. Aunque como suele ser habitual, es más incisivo en los matices del diagnóstico que en la propuesta de resolución.

Política para perplejos toma forma en capítulos breves, de dos a cuatro páginas, que por momentos parecen extraíbles y publicables como artículos individuales. Frente a lo habitual en libros analíticos de este tipo, no incluye datos o resultados de otras fuentes ni tampoco una bibliografía básica, aunque sí menciona a varios autores con continuidad. Entiendo que es una decisión tomada buscando agilidad y ligereza del volumen, pero también da una sensación de coyuntura que no es merecida. O bien puede hacer pensar que se trata de una inteligencia de memoria y capacidad excepcionales enfrentada a un texto obligado, tal vez crematístico. Un poco lo que a mi entender sucede con El poder, pero creo que Innerarity trabaja mejor el contexto histórico específico y la estructura del libro. En los contenidos en sí, de todos modos, echo en falta más análisis económico en el diagnóstico, dada su relevancia e influencia actuales innegables.

El tercio final del libro, una vez diagnosticados los males del mundo, cambia de tono y aboga de manera positiva y necesaria por la cultura del pacto, la negociación, y la gobernanza, por las acciones individuales que generan, inesperadamente, cambios que se van fraguando en años. Su sentencia final, la obligación del optimismo ante el carácter en general dogmático -e incapaz de dudar- del pesimismo es un estupendo cierre a un libro que recoge todas las preguntas y admite con modestia intelectual la ausencia de respuestas. En esto reconozco cierta frustración, como lector y ciudadano, no tanto ante la situación diagnosticada, sino por quedar varado en la perplejidad que ya tenía. Mejor formado al respecto, sí, pero en la desorientación de un momento en que ni los filósofos del momento -de brillante análisis- proporcionan salidas en que ellos mismos puedan creer.


Daniel Innerarity (foto en su perfil de Twitter

12 de octubre de 2021

El poder

 


Este libro de Bertrand Russell me parece, al mismo tiempo, la obra de una persona de cultura e inteligencia excepcionales, y un trabajo apresurado o alimenticio.

Por algunos detalles es posible entender que El poder se escribe a finales de los años 30 del siglo XX, con Hitler y Mussolini en el poder y la Guerra Civil española aún no resuelta, aunque no mencione una fecha concreta del estudio. En Europa conviven tres formas diferentes de ejercicio del poder (las democracias occidentales, el comunismo estalinista y el fascismo), y parece que la exacerbación bélica del momento contribuye a la reflexión. Dice la contraportada del libro (reedición en castellano de 2010), que Russell opina que el poder, su ejercicio, los mecanismos para alcanzarlo y mantenerlo, es la fuerza que impulsa al mundo, por encima del sexo o el dinero. Y aunque dedica páginas a las esferas sociales y económicas en que inevitablemente se ejerce el poder, es el poder político el que realmente le interesa.

En mi lectura no he encontrado tantas ambiciones en el libro. Hay un intento de análisis de tipos de poder que resulta interesante (los que Russell llama poder tradicional, poder revolucionario, y poder desnudo), así como la evolución por la cual unos y otros se alcanzan y desdibujan entre ellos. Pero luego el libro es difuso en los ejemplos y motivaciones, obviando los momentos históricos en que se impone un tipo de poder a otro y la propia historia del pensamiento político en relación al poder y su ejercicio. En cambio, el salto de circunstancias de un estilo de poder a otros es constante, sin el contexto ni entorno que expliquen diferencias o similitudes, y sin mayor profundidad en el análisis. Maneja eso sí innumerables referentes, pero no produce una bibliografía ni cualquier otro tipo de paratexto que permitiera asentar el trabajo más allá de lo que parece una memoria prodigiosa. En alguna ocasión incluso parece desdeñar una mayor ambición de conocimiento, con un ‘qué sé yo’, que me parece algo inaudito e inasumible en este tipo de edición y tono y en un autor de esta posición hablando de estos temas.

Claro que el libro tiene pensamiento de alto interés, producido además en un momento de considerables confusión e incertidumbre; es tal vez ese desconcierto, fácilmente diagnosticable por un lector del futuro que sabe la década que le espera al autor, un reflejo interesante, aunque indiciario, del desmoronamiento intelectual y moral que acecha al mundo en ese momento. No obstante, Russell no lo vive desde un desgaste o una desesperación (como Stefan Zweig, aunque El mundo de ayer es otro tipo de libro), sino desde una mirada de aire académico un tanto fuera del mundo. Es un volumen de 300 páginas, que, aunque deslavazado e indudablemente apegado a su tiempo a pesar de querer evitarlo, y de ser un tanto repetitivo, no es para nada despreciable. Ahí es donde entra, probablemente, el cerebro del genio que se ve obligado a publicar, cualesquiera que sean las razones.


Bertrand Russell, según foto en Wikipedia