3 de noviembre de 2019

Las olas



The Waves es una novela de corte experimental. En la que Virginia Woolf lleva al extremo su capacidad poética, por un lado, y la metodología del flujo de conciencia, por el otro. Seis personajes realizan monólogos sólo relativamente conectados entre sí, delante de paisajes, o como espectadores de reuniones sociales. En esos monólogos tanto describen lo que aparentemente ven, hablan de los demás personajes (o de terceros que no tienen voz pero sí influencia), y comentan las emociones y sentimientos de sus propias vidas, aunque éstas parecen más bien estados mentales, ya que no son descritas convencionalmente en ningún momento, y se relacionan siempre de manera algo inconexa con el ciclo de la vida, la presencia del hombre en el mundo, el sentido del amor, etc…

Las impresionantes marinas de Gerhard Richter, recientemente expuestas en el Museo Guggenheim de Bilbao, parecen directamente inspiradas en la obra de Woolf (vía)

El libro empieza de manera directa, con estos parlamentos en general ominosos, algo grandilocuentes y melancólicos, y se ve interrumpido por descripciones paisajísticas de la costa, con el sol y el mar como foco, y una voz supuestamente narradora distinta de los seis protagonistas, que impone al menos una unidad temporal: el transcurrir de un día. Según el libro avanza, los monólogos son más extensos, se van imponiendo algunos de los personajes, y, finalmente, todas las voces parecen confundidas en una especie de mente única, como, probablemente, tesis final del flujo de conciencia completado en la novela. El título, además del paisaje marino recurrente, parece apelar a las olas como elementos percutientes y continuos, a los que se asemejarían los monólogos de los personajes de Woolf y su repercusión en el ánimo del lector.

Me ha sorprendido poder acabar sin demasiadas dificultades el reto lector que supone The Waves, además del hecho de leerla en inglés. Es una tentación importante dejar el libro a las veinte o treinta páginas, cuando el estilo está claro; podría esperarse una cesura (¿también experimental?) y un final racional. Pero nada lo indica. El libro tiene por si fuera poco un tono triste y deprimente, sin duda deudor de las propias circunstancias de Woolf, que acabaría suicidándose. Entender en sí qué quiere decir Woolf, comprender racionalmente el estilo del libro, resulta un fin poco edificante y podría compararse con comprender un cuadro abstracto tras su pertinente explicación crítica, y sin que en realidad su emoción nos haya llegado inicialmente. Los temas que conocemos que obsesionaron a Woolf y que la reconocen como escritora pionera y singular están presentes en varios episodios, sí. Pero la atmósfera del libro resulta una maquinaria que engulle mecánicamente la claridad radical de todos ellos, sin dar solución. El caso es que The Waves encierra pasajes maravillosos, con una prosa poética de la desesperanza personal a veces cercana al nihilismo existencialista reforzado por el caparazón fuertemente individualista de personajes incapaces de dialogar y capaces sólo de pensarse a sí mismos. Lógicamente, y casi por definición, no se trata de un angst gozoso, pero la sucesión de imágenes líricas es espléndida, y el arrojo coherente de la autora es muy aplaudible.

Virginia Woolf (vía)






18 de octubre de 2019

Pecado o Nieve



No entiendo bien el motivo por el que Snow, esta novela de Benjamin Black, se ha traducido y publicado en castellano bajo el título Pecado. La novela, de género negro, transcurre en Irlanda en los años cincuenta, donde, en un país ultracatólico y dominado por la curia, un sacerdote es asesinado en la casa de una familia protestante a la que visitaba con frecuencia. El inspector Strafford, también de familia protestante, es el encargado de investigar el caso. Benjamin Black es un heterónimo de John Banville, y lo utiliza para publicar sus novelas de género. Parece que Banville da cierto carácter de divertimento a estas novelas, por la facilidad con que las escribe, frente al esfuerzo que le supone la ficción dramática, como en Antigua Luz, único libro que hasta la fecha he leído de él. Pecado podría ser la primera de una serie protagonizada por el inspector Strafford.

Pecado se lee muy rápidamente. Es un caso que Black deja además que se resuelva con facilidad: el autor no engaña nunca al lector, no le dosifica interesadamente la información. Black es estricto con el punto de vista del inspector como único posible de la trama, pero lo obvia dos veces, en dos capítulos clave lo suficientemente significativos para que el lector ate los cabos que a Strafford le cuestan más. Así las cosas, aunque Black construye con ritmo y la impensable autoría del horrendo crimen (al cura le castran después de muerto, pero esto se sabe desde el principio) se va desvelando, es obvio que su interés radica en la descripción de personajes y del duro entorno y circunstancias en que se desenvuelven. Por eso Nieve parece mejor título que Pecado, o eso creo: la nieve que cubre Irlanda es un estado de ánimo general, es una capa que borra las huellas, es el frío en casi todos los personajes y caracteres, es la falta de progreso y visión social de un país que no puede salir de casa ni física ni moralmente, es en definitiva una metáfora más funcional que el Pecado del título en castellano, que es una palabra moral que podría incluso malinterpretarse, puesto que ni se menciona como hecho distintivo en la trama. No hace un descubrimiento enorme que digamos Black con el invierno o la nieve (y hasta la Navidad, puesto que en esa semana sucede todo) como parábolas, pero transmite un fondo continuado de desazón y dificultades.

Al lector actual la perspectiva moderna le va a llevar fácilmente al abuso de menores como trasfondo de la novela. Está escrita en la actualidad, cuando ya conocemos los desmanes de la Iglesia en Irlanda –pero no son novedad: Las hermanas de la Magdalena, por ejemplo, se estrenó en 2002-. El determinismo de la sospecha inicial del lector que al final se cumple y el dejar detalles conscientemente sin resolver llevan a reflexionar que Black tiene un interés menor en seguir el canon, pero, por otro lado, tampoco parece tener un prurito renovador. No todo funciona, incluso varios escarceos sexuales son algo incomprensibles, pero sí el tono seco y duro. En cierto modo, veo una oportunidad perdida de poder observar cómo la sociedad de los cincuenta gestionaba psicológicamente el descubrimiento, o la confirmación, de estos hechos. Banville, probablemente, siendo un autor crítico con su obra, tiene razón cuando dice que apenas trabaja las obras que escribe Black, que salen solas. Si es así, tal vez no necesitan más pensamiento, se entiende su buena factura dado el talento del autor, pero también que no se depuren los flecos y queden al arbitrio del lector. Al menos, el ánimo queda tan dolido como el de los personajes.

Benjamin Black (vía)




29 de septiembre de 2019

Patria. Apuntes para un relato.



Patria es una novela que cuenta el asesinato de un transportista durante los años ochenta a manos de un comando terrorista de ETA en un pueblo indeterminado de Gipuzkoa. Se inicia con aspereza y sequedad, empezando por lo más duro: los duelos familiares por el asesinado, el acoso que sufre la familia tras el atentado, y la mirada directa a secuelas menos mediáticas o conocidas (las familias desestructuradas, la violencia de persecución, los problemas de relaciones sexuales de los familiares de las víctimas, etc…). Distintas, pero también de profundidad dramática son también las circunstancias en que caen las familias de los presos: de la intransigencia ideológica a la pérdida de valores; de la virginidad del principal personaje terrorista protagonista a la gestión del endiosamiento a que es sometido en el pueblo. Un pueblo físico pero sin nombre, para evitar una demonización del lugar y de sus habitantes, pero que así se convierte también en todos los pueblos vascos. El retrato social existe bajo la premisa del pueblo pequeño, infierno grande más allá del terrorismo, pero llevado a la locura por ello.

Imanol Arias y Ramón Barea en La muerte de Mikel, de Imanol Uribe, película de 1983. (vía)

Las primeras 400 ó 500 páginas de Patria son tan duras como excepcionales. Aramburu adopta una estructura multitemporal y desde todos los puntos de vista. Hay dos personajes principales, Bittori y Miren, que pasan de amigas de toda la vida a enemigas sin posibilidad de acercamiento una vez que el marido de Bittori es señalado como enemigo del pueblo. Hay siete secundarios principales, los dos maridos y los cinco hijos, cuyas vidas son objeto de la novela. Como a sus madres, el asesinato rompe sus vidas en dos. El asesinato proyecta una sombra ominosa a todas las relaciones desde el vértice familiar que es la madre en cada caso. Patria también versa sobre el matriarcado vasco, como situación más que como objeto de análisis.

Ana Torrent caracterizada como Dolores González Cataraín, en Yoyes, de Helena Taberna. Película rodada en 2000 (vía)

A partir de la página 500, cuando la estructura zigzagueante en tiempo y emociones ya ha explicado la tarde del crimen, hay para mí cierto cambio de tono, y Aramburu se deja llevar por el drama familiar más desatado. Determinadas decisiones narrativas parecen más rutinarias, y algunas resoluciones adquieren un aire expositivo (de la mención a personajes famosos al matrimonio igualitario, de la conferencia del escritor que nada solucionará al personaje amigo de Manuel Zamarreño). Pero Aramburu ha construido tan bien que la lágrima encuentra su camino en este descenso a una bendita rutina pacificada, y estas 200 páginas finales en la que desaparece la sequedad son sin embargo una catarsis completa. No una reconciliación popular, desde luego.

José Manuel Cervino y José Luis Manzano, en El pico, de Eloy de la Iglesia, rodada en 1983 (vía).

Aramburu toca todo (o casi todo) lo que fue el día a día mientras ETA existió. Lo hace en clave íntima como narrador dramático, pero también tiene un aspecto costumbrista (no creo que olvide el vapor que sale de la merluza frita al romperla con el tenedor), y un punto de género negro, con la pregunta eterna (¿quién disparó?) como uno de los focos del libro. No faltan circunstancias menos conocidas del no tan rocoso bloque de presos: los ongi etorris y su final descolgando la foto del preso liberado de la Herriko del pueblo, las jóvenes abertzales que escriben a los presos para proponerse para vis a vis con ellos, y las rupturas familiares. Tampoco falta la Iglesia y su particular crueldad, ni el desdén político (Aramburu apenas menciona a los partidos, sólo para situar a Zamarreño como concejal del PP y al PSOE como partido que aprobó el matrimonio igualitario). También el racismo. El uso interesado y excluyente del idioma. Las tabernas políticas… En todo este microcosmos vasco, en este Macondo alucinatoriamente realista, reconocemos el acierto descomunal en las descripciones psicológicas y el drama interno de cada personaje como bofetadas de experiencias propias que todo vasco de cierta edad acumula; y aún con eso, en mi opinión, son la estructura y el lenguaje lo que elevan la maestría con la que Patria refleja el conflicto.

El logo de ETA ‘Bietan Jarrai’ (vía) hace referencia a las heridas que causa el hacha de la vía militar junto a la astucia política de la serpiente. Bietan Jarrai significa literalmente ‘seguir por las dos vías’ (explicación del propio Aramburu en su glosario).

La estructura envolvente, que se mueve entre antes y después del atentado, pero que tampoco es lineal en cada una de las fases, y que tiene un eje lineal subyacente, sutil pero continuado, es fascinante. Permite considerar 25 años en un único estado mental, y dibuja maravillosamente un encierro temporal: nadie escapa a este tiempo. El encierro es además geográfico, casi irrompible: todo sale mal cuando los personajes por diferentes motivos viajan, o intentan escapar, a Zaragoza, a Mallorca, a Alemania, como si llevaran una maldición con ellos. La cárcel es obviamente otro foco de problemas dramáticos. Donosti en parte, o Bilbao, permiten respirar en un semiencierro que contrasta con la asfixia del pueblo. Bajo esta estructura, los personajes se van multiplicando y sobre ellos va cayendo capilarmente la violencia y sus consecuencias, que se filtra y afecta a todas las ramas del árbol. Patria es literalmente asfixiante en este sentido, un vórtice de acción y drama sin escapatoria, un espejo incalculablemente preciso de la trampa en que vivíamos.

Ion Arretxe en Tiro en la cabeza, de Jaume Rosales, película rodada en 2008 (vía), reconstruye el asesinato de Raúl Centeno y Fernando Trapero en Capbreton.

¿Y el lenguaje? Aramburu utiliza modismos que aportan emoción al relato. Por ejemplo, la introducción de una única frase en primera persona dentro de un párrafo escrito en tercera, pero protagonizado por uno de los personajes principales. En general, se acompaña de interjección o de frase inacabada, con locuciones típicas populares de hace décadas, que algunos personajes mantienen también en la actualidad. La novela está escrita en castellano y describe diálogos que se realizan en euskera, aunque introduce expresiones casuales pero habituales para un castellanoparlante. Desconozco hasta qué punto la opción es una elección o una necesidad del autor, aunque en cierto modo el autor contrarresta la posible visión del euskera como idioma de la violencia con la cotidianeidad del personaje escritor. Pero la familiaridad del tono del diálogo y su acople con el pensamiento incapaz de liberarse es extraña para el lector vasco, creo que por falta de costumbre: no solemos ver reflejado con naturalidad nuestro uso expresivo del castellano.

Elena Irureta en un fotograma promocional de la serie basada en la novela, de HBO (vía)

Y hasta aquí los apuntes de una experiencia tan intensa como agotadora. No me apetece realmente escribir sobre lo que aporta Patria al relato, creo que en realidad no se trata tanto de una opinión o una verdad o una visión de lo sucedido. Aramburu para mí refleja el ánimo en que vivíamos, el estado del miedo cercano y la tenaza en que envuelve y destruye a quien lo practica, a quien lo sufre, y a quien lo observa.

Fernando Aramburu (vía)

11 de septiembre de 2019

Raciocinio


Difícil resistirse a un título tan contradictorio como El banquero anarquista, el primer relato de esta colección de Fernando Pessoa, tótem de la poesía portuguesa, personaje extravagante, de genial inspiración, probablemente esquizofrénico, adicto a la absenta y homosexual reprimido, genio absoluto sin parangón. Pero, por chocante y atractivo que sea el título del relato primero y principal, el resto del título del volumen es el esencial: Cuentos de raciocinio, ya que es el ejercicio de esta capacidad humana el que se exhibe en todos los relatos. No obstante, sólo dos de ellos son realmente apreciables, precisamente El banquero anarquista, y Una cena muy original. El resto son relatos inacabados, reflexiones sobre el crimen y sus motivaciones psicológicas, y juegos brillantes para poder definir el carácter humano ante el crimen; pero su carácter y aspecto de borrador lastran el placer lector y quedan un tanto desdibujados, aunque se aprecie en Pessoa un trasfondo interesado en el crimen y su relato que yo desconocía.

Fernando Pessoa, según el retrato de Almada Negreiros

Los dos relatos que he destacado son, empero, espléndidos; completos y fascinantes ejercicios de raciocinio dotados de ironía soterrada y demoledora. En El banquero anarquista un banquero concatena sofisma tras sofisma para justificar que su ambición encarna la mayor libertad individual al conseguir con su dinero no estar sometido a designio alguno del estado pero tampoco a los de ningún grupo social, como precisamente los colectivos anarquistas. El relato tiene forma de convincente diálogo serio, en el que nunca se pierde la compostura, incluso la rigidez, de los protagonistas, y en el que todas las dudas del interlocutor son minuciosamente aclaradas o refutadas. La impresión final de semejante impostura filoanarcocapitalista no acaba de aclarar si el autor se la cree o no. De ahí la profundidad clarividente de su ironía: la razón puede con todo, lo racional supera a lo razonable, no importa nada más. Y Pessoa, autor cuya aparente simpleza intelectual es tan pétrea como críptica, maneja el punto de vista neutral de manera férrea.

Una cena muy original tiene una resolución más esperable, aunque probablemente no tanto en el momento en que se escribió. Se articula en torno a una cena competitiva en que el anfitrión reta a sus invitados (todos ellos miembros de una reconocida sociedad gastronómica) a descubrir por qué se trata de la cena más original de la historia. El infructuoso trabajo de los comensales adquiere tono de género que se resuelve con una explosiva sorpresa final de ironía y coherencia encombiables.

Hace ya mucho que leí una antología poética de Fernando Pessoa, que contenía poemas de cuatro de sus heterónimos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, y el mismo Pessoa. Su fascinante genialidad le permitía escribir en estilos y con intereses aparentemente diferentes de poesía, y que las obras de cada heterónimo resultaran coherentes y significativamente alejadas de las de los demás. Y tuvo más heterónimos, de los cuales son destacables Bernardo Soares, o Alexander Search (que utilizaba para sus obras escritas originalmente en inglés: por ejemplo, el relato Una cena muy original, de esta colección). Su peso en la cultura portuguesa es inmenso, y desde el desconocimiento de la cultura y la lengua portuguesas que tengo, sé que el homenaje a Pessoa se extiende por todas partes. Ejemplos que conozco: José Saramago y su El año de la muerte de Ricardo Reis. Salvador Sobral y su banda de música Alexander Search, en la que también participa Júlio Resende. El cuadro magnífico de Almada Negreiros… A pesar de este magisterio poético sin parangón, Pessoa es conocido por su menor capacidad para terminar obra en prosa, especialmente si pasaba en longitud del artículo o del relato, ¿tal vez porque la inspiración poética no necesite una voz o constancia en cada obra única que tenga que durar meses o años? ¿Tal vez porque cambiara demasiado de tono impulsado o arrastrado por sus heterónimos poéticos, resultando en incapacidad literal para la novela? No lo sé. Estos dos relatos, al menos, abren el apetito para un día atacar El libro del desasosiego, que hace tiempo que mira, fiscal del tiempo, desde la estantería.

Retratos de Pessoa


29 de agosto de 2019

Lo que te (nos) pertenece



Dentro de la abundante literatura LGTBI es difícil discernir, y lo cierto es que no sigo foros ni editoriales especializados al respecto, porque no los conozco ni tengo un criterio claro para distinguirlos. Sé, sin embargo, que la etiqueta como subgénero ha crecido e incluso proliferado. Así que me muevo por mis viejos criterios de siempre, la crítica especializada en publicaciones sobre literatura de suplementos culturales, la editorial de cierto o supuesto prestigio, la lectura de clásicos y el boca-oreja, actualmente practicado por redes sociales sobre todo. No me quejo: la veo fuerte y actualizada, y las últimas selecciones (William S. Burroughs, Weldon Penderton, Sebastian Barry, Quique Palomo) han calado bien. Lo que te pertenece se suma a este juicio, sobre todo por un trabajo profundo del drama psicológico, y su descripción de un deseo perturbador y complejo.

Parte de este deseo, al menos de las formas en que toma forma, se produce en un universo que ya parece algo antiguo: unos diez años, aproximadamente, antes de la implantación de las aplicaciones de contactos de los móviles inteligentes como forma mayoritaria, y de manera casi masiva, de encontrar pareja sexual, estable o no. Un periodo en que ya existen redes sociales, servicios de mensajería instantánea o canales de conversación, aunque todo en ordenador. Cuando esta época sea objeto de nostalgia porque sus protagonistas hoy jóvenes quieran consumir su pasado, como hace toda generación reciente, la cronología que lleva de los canales de ligoteo gay a la eclosión de Grindr mostrará una evolución vertiginosa. Pero no es que Lo que te pertenece sea antigua, ni mucho menos rancia, pero sí parece que su escritura ha sido lenta: su traducción al castellano llega en septiembre de 2018, su publicación original sucede en 2016, y la primera parte de la novela en realidad fue un relato largo titulado Mitko, que ganó un premio en 2010.

Hoy Chueca.com es un portal de contenidos, pero el chat sigue existiendo

Lo que te pertenece narra la vida de un joven profesor norteamericano en Bulgaria. Profesor de inglés, presunto trasunto del autor (que ejerció de profesor en Sofia), es aficionado al cruising y en una de sus correrías conoce a Mitko, joven prostituto a cuya belleza arrebatadora no consigue sustraerse a pesar de los infinitos problemas que le provocan su intento de tener algo parecido a una relación con él, y de su propia capacidad reflexiva al respecto de la deriva personal que le supone. Las reseñas hablan de referentes como Lolita o Muerte en Venecia, fáciles por el amor obsesivo, prohibido y poco recomendable por una persona joven, por la narración desde el punto de vista del personaje mayor de edad, pero creo que están lastradas por la falta de suficientes referentes de representación homosexual en la literatura aceptada canónicamente. Muerte en Venecia funciona en un estricto juego de amor platónico y virginidad estéticos aquí imposibles por el contenido necesariamente sórdido de la historia (siempre he creído que Thomas Mann conceptualiza –maravillosamente, eso sí- desde la represión y el armario, y que sin ellas sería otro autor muy distinto). Y en Lolita, pues… en Lolita hay mujeres y la posibilidad engañosa de una aceptación social, hay una representación familiar con su propia lucha interna, hay un triángulo, y hay pederastia directa y conocida. Mitko es adulto, Mitko es homosexual, Mitko folla con clientes, Mitko no representa ideales estéticos para la moral del protagonista, y su amor nihilista y explícito también es construido estéticamente, pero demasiado cercano a tierra para (los tiempos de) Nabokov y Mann. Las decisiones de Mitko, 23 años, son aparentemente inconscientes, pero proceden de un adulto necesitado; reconocemos una psicología infantil (su afán consumista por los móviles, su gusto por pavonearse ante otros amantes) pero también un instinto de supervivencia. Mitko en última instancia es pobre y un adicto.

Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, basada en la novela de Thomas Mann

Pero en la comparación sí me parece relevante un detalle: el protagonismo y el punto de vista corresponden al personaje mayor, también en Lo que te pertenece. Esto adquiere un rango sobresaliente en la segunda parte de la novela, cuando el profesor recibe la noticia de la enfermedad e inminente muerte de su padre y evoca sus relaciones de infancia y pubertad con él, su inquietante deseo incontrolado hacia la figura paterna –en una delicada y epatante inversión freudiana- y ausculta sus deseos y costumbres actuales en la memoria de su imposible educación sexual. La novela, en cierto modo, pasa de la metafísica al psicoanálisis sin resentirse. En la tercera parte del libro la narración deriva a la aparición de la enfermedad y su gestión. Es un momento en mi opinión menos original y conseguido aunque coherente con el ambiente narrado. Sirve obviamente para resolver la figura de Mitko, y la novela adquiere un tinte más social por las diferencias sanitarias entre países, y la situación en Bulgaria al respecto.

Mladost, en Sofía, foto de TripAdvisor.

Greenwell domina muy bien el uso del entorno y los paisajes. Los paisajes y sus descripciones refuerzan con mucha potencia, y en general cierta grisura dramática, los estados físicos y mentales de los hombres protagonistas. Desde los barrios poco acogedores de Sofia a las playas y resorts vacíos de Varna, desde los paseos por los infinitos descampados a los viajes a los centros sanitarios, el acompasamiento entre pensamiento y entorno es casi adictivo. Paisaje y psicología se influyen y retroalimentan, aunque el retrato de país no es el más amable. Bulgaria, por Unión Europea que sea, no es un país rico ni igualitario, y el libro no devuelve la imagen de una sociedad abierta, ni en la atención sanitaria, ni en la represión homosexual tanto social como familiar… No calificaría a la novela de activista, pero su naturalismo subyugante, a veces cerca de un miserabilismo controlado, funciona bien, y los problemas de aceptación están presentes como preocupación. No obstante, aunque el autor comprenda y trate con ternura a Mitko, sólo consigue adoptar el punto de vista del personaje rico dañado por la vida, y esto lleva a aristas morales en el juicio de la novela, pues, dados a retratar una represión familiar y social, una tragedia íntima, y una descomposición tanto física como moral, Mitko –los diferentes Mitkos del mundo- exigen –en 2019, pero también en 2010, por vertiginosos que sean los tiempos- trascender, opinar, una mirada propia. Creo que eso aún falta.

Garth Greenwell, por Jarma Wright (vía)

18 de agosto de 2019

Pero yo soy manantial



Pero yo soy manantial, y necesito expresarme, responde Federico García Lorca en una viñeta de Vida y muerte de Federico García Lorca a un amigo que le pregunta por qué está escribiendo, ya que él apuntaba para músico. Lorca se queja de que sus padres no apoyan su carrera musical. Pero él necesita expresarse, claro.
 
Vida y muerte de Federico García Lorca es un cómic de Quique Palomo que utiliza la biografía de García Lorca escrita por Ian Gibson hace 20 años como base. Ian Gibson, de hecho, figura como autor principal, en letras más grandes. El libro plantea una estructura lineal con capítulos divididos por los lugares en que vivió Lorca, subrayando así el valor del entorno, el poder psicológico que cada lugar y sus habitantes causaban en él, y usando los viajes como desarrollo de una vida. Soy manantial es una frase pronunciada mientras aún vive en Granada pero tiene la oportunidad de viajar por Castilla y Galicia con un profesor ejemplo de la fortuna que Lorca tuvo al cruzarse en su vida con una importante cantidad de reformadores cultos y comprometidos con la educación. No puedo destacar, para quien haya estado interesado en la figura de Lorca, demasiadas novedades de interés en el libro, salvo quizás el naturalismo con que se muestra la vida sexual de Lorca, novedosa en el tratamiento ficcionado de la vida del mayor mártir homosexual de la historia española, que hasta ahora se nos había más o menos negado.

 
La biografía de Ian Gibson

Lorca es un mártir de la causa homosexual asimilable o comparable, con las diferencias de época y lugar, a Oscar Wilde, y en este caso me interesa la necesidad de expresarse de ambos, como símbolo también de la desarmarización artística, y de la reinvención del deseo por parte del homosexual en tiempos oscuros. Para Wilde, la vida también era deseo de expresión (así lo dice en La decadencia de la mentira, su ensayo sobre el sentido del arte), para él la naturaleza imitaba al arte y el arte naturalista, reflejo de la realidad y sin aparente artificio no sólo era más aburrido, sino incluso menos verdadero. En la obra de Lorca sin embargo veo el reflejo de prejuicios sociales y familiares, realistas y profundos, cuyo peso personal en la vida íntima me parecen difícilmente evitables; pero, a la vez, pudo vivir la máxima modernidad que al menos España podía ofrecer en aquel tiempo, y ya existen registros que indican amantes y experiencias suficientes, hoy en día narrables (y hace veinte años, por ejemplo, aún no). Aún así, la naturalidad con que se acerca a los hombres, la naturalidad y desinhibición especialmente de los momentos con Salvador Dalí, me resulta, posiblemente por mi propio prejuicio cultural, difícil de asimilar. Mi educación heteropatriarcal y judeocristiana está seguramente demasiado enraizada y le imagina e incluso prefiere reprimido y doliente, como también se reconoce alguna vez en el libro. La peculiar contradicción psicológica me abrumaría como autor de la biografía, la verdad. Tampoco tiene que ver necesariamente con la época: podría creerlo en Cernuda sin problemas, por ejemplo.

 
Lorca y Dalí en la playa

Lo explícito en lo sexual puede ser lo único que resta de ver al dibujar la figura del divino Lorca. Tal vez más que la ausencia de su cadáver, hecho que pesa irremediablemente sobre cualquier análisis de su figura. Este cómic es empático y naturalista, un excelente resumen narrativo de una vida compleja, con una elección estética adecuada en mi opinión (un entintado negro simple sobre fondo blanco y azul muy bien usados y un buen pulso emotivo en encuadres, paisajes y primeros planos), devoto de la evidente alegría lorquiana, pero es también víctima de esta inevitabilidad impuesta por el desgarro franquista. Creo que la mayoría de gente, incluso lo suficientemente leída, conoce más a Lorca por unas fascinantes aunque terribles vida y muerte que por su lectura directa, o incluso sus influencias futuras. Hoy Lorca sería una figura gozosamente pop en muchas culturas cercanas, como Wilde, como Proust, como obviamente Warhol y Bowie. Su muerte, el carácter político que añade su vida cultural y su homosexualidad, parece impedirlo, y un sesgo de grave severidad le domina y probablemente le niega (el cómic en cierto modo lo sabe, pero escoge para su portada un momento terrible, de rodillas delante de su fosa). Creo que él mismo estaría más cerca de la visión irónica del tótem en que su memoria se ha convertido en Granada (que tan bien describe Weldon Penderton en Salvemos la Jarapa), que de este recuerdo dramático, inapelable en su hecho, pero sólo manidamente tratable en su desgracia permanente.

 
Quique Palomo (vía Tebeosfera)


8 de agosto de 2019

Optimismo, volumen 2


 


Factfulness arrastra una leyenda moderna: haber sido regalado por Bll Gates nada menos que a todos los universitarios estadounidenses graduados en 2017. No sé (no quiero saber) cómo accedería Gates a semejante cantidad de datos, pero aplaudo el gesto. También Barack Obama, convertido ya en famosos que recomienda listas, puso a Factfulness en un pedestal. Bueno, pues sí, el libro lo merece mucho, muchísimo incluso.

Los subtítulos de Factfulness (un título intraducible por sí mismo: ¿factualidad? ¿factualización?) presenta en su portada son reveladores: Cómo los prejuicios y un mal uso de los datos condicionan la visión de los problemas del mundo, y Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo y por qué las cosas están mejor de lo que piensas. Normalmente titulares con este aire de autoayuda me hacen huir de un libro, pero se produce una inversión curiosa: los autores (uno principal, el ya fallecido Hans Rosling, su hijo Ola Rosling y su nuera Anna Rosling Rönnlund, quienes ejecutaron gran parte del análisis gráfico esencial en la presentación de datos e hicieron la revisión final del libro debido a la enfermedad de Hans Rosling) usan presentación, lenguaje y escritura cercanos a la literatura de autoayuda para presentar resultados obtenidos mediante una aproximación científica a datos económicos y sociales de la humanidad. En realidad el libro no es interesante por sus valores literarios (algunos pasajes me han parecido infantilmente redactados), pero los autores no tienen interés obvio en el ensayo como arte. Creo que estamos ante un libro de texto, de contenido y presentación sencillos y amenos, con alto valor pedagógico, para un consumo generalizado, que asume su posición con una agradecible modestia expositiva, y que sabe apelar primariamente a nuestra inteligencia. No es, sin embargo, un trabajo simple, encierra en sí mismo un resumen de la vida y obra de Hans Rosling, incluye ejemplos depurados devenidos en demostraciones sencillas, y no presenta teorías arrogantes. Y, por supuesto, su metodología gráfica da algunos resultados brillantes.

 
Esperanza de vida frente al ingreso anual por países y continentes, en 2018. Este gráfico está sacado de la web de GapMinder, fundación creada por la familia Rosling, que trabaja en estudios de datos, y que contiene diferentes herramientas para obtener los gráficos incluidos en Factfulness. Se puede trabajar con estas herramientas fuera de la web, y todos los datos están disponibles.

El método de Factfulness parte de una encuesta con una serie de preguntas sencillas sobre el estado de algunas cuestiones globales, que, en general e independientemente de la formación, situación económica y estatus social, tendemos a responder mucho más negativamente que lo que corresponde a la realidad (con una excepción, la pregunta sobre el cambio climático). Rosling analiza después cada pregunta en un capítulo específico, que relaciona con un instinto humano primario, en varias ocasiones adscribible a una psicología elemental de supervivencia, que el autor considera que produce una contradicción elemental entre nuestra sensibilidad subjetiva individual y nuestros logros sociales como colectivo. El análisis antropológico (por ejemplo: ya no somos animales de caza pero mantenemos aún emociones similares) resulta un tanto simplón, así como el ejemplo personal que Rosling describe en cada capítulo, pero está exento de paternalismo y lleno de humildad ante el aprendizaje. Incluye además instintos peculiares que hacen perder criterio a personas que en otros ámbitos puedan ser racionales en su observación y deducciones: los militantes de cualquier causa, incapaces de juzgar objetivamente los resultados de su lucha por el hecho de convertir esa lucha en un objetivo más que en un medio, podría ser el mejor ejemplo. Veo un mayor logro en la simplicidad de la segmentación económica que Rosling aplica a toda la humanidad, con una separación por rangos de ingresos, que determinan necesariamente el estilo de vida, y que dividen claramente la forma de ver el mundo. Es esclarecedor porque además Rosling lo compara en el tiempo y en el espacio, elimina con clarividencia cualquier tópico nacional o racial en la consideración del progreso humano, y articula un cambio lógico, comprensible y alejado de las generalizaciones en el punto de vista sobre la situación económica de cada país.

Los métodos y resultados de Factfulness me han recordado mucho a los de un libro que leí hace cinco años, The Rational Optimist, que reseñé con cierto entusiasmo contenido. El autor, Matt Ridley, tenía un tono más triunfalista (algo que Rosling evita explícitamente) ante los problemas individuales y teorizaba sobre las bondades del libre comercio y la innovación, con confianza plena en ambos, para sustentar el progreso y superar el cambio climático, lo que en cierto modo también parecía una excusa política (Ridley es un Lord del Partido Conservador, además de científico y excelente divulgador, al menos por los dos libros que he leído de ñel, el mencionado y el estupendo Genoma), que en Rosling claramente no existe. Pero también incluye su mención política y económica sobre el papel del estado frente al de la iniciativa individual, y la necesidad de equilibrio entre los valores positivos de ambos.

Pero no es este subtexto político el destacable en Factfulness, claro. El libro tiene un punto de clarividencia asombrada y de honestidad expositiva que es atractivo y aplaudible. Dan ganas de llevárselo a las reuniones de cuñados, de explicárselo a los analistas inmediatos de webs y noticias, a los agoreros del apocalipsis, porque bajo su modestia late un encomiable trabajo y un humanismo moral que desarman cualquier tertulianismo estúpido.

 
Hans Rosling, por David Shankbone (vía)