8 de julio de 2012

Auster(idad) para una crisis



Ustedes perdonen el juego de palabras, pero la tentación al comentar Sunset Park era grande. El penúltimo libro de Paul Auster está ambientado en los EE.UU. de 2008/2009 y, específicamente, en las crisis financiera e inmobiliaria, que mostraban ya la voracidad que ahora nos está engullendo. Ya he hablado aquí de Auster y no creo que deje de hacerlo mientras publique libros nuevos. Aunque conozco casi toda su obra de ficción y aunque sus últimas novelas me parecen invariablemente menos brillantes que las que me enamoraron de él, siempre disfruto con él, leo sus libros en un santiamén, y soy capaz de obviar sus errores.

Sunset Park es una zona de Brooklyn en la que se ambienta la novela (foto de Hiroko Masuike para The New York Times)

Sunset Park relata la vida de Miles Heller, neoyorkino huido de Nueva York y que debe volver a la ciudad después de recibir amenazas por parte de la familia de su novia, una menor de origen hispano. Miles es un chico brillante de 28 años, con un incidente familiar desgraciado en su pasado, que siete años atrás abandonó a sus padres sin dar señales de vida y que ahora, tras muchos avatares y convencido de su amor por una muchacha inteligente y segura, siente el vacío del tiempo perdido. Vacío subrayado por su trabajo en Florida, evaluar las casas abandonadas tras los desahucios obligados por la crisis de las subprime, y por la respuesta que un amigo de Nueva York le propone, ocupar una casa en Sunset Park con dos amigas más hasta que la policía les desahucie. Y hacerlo por ahorro, por convicción, y por lucha.

Mientras Miles okupa una casa en Brooklyn, su padre es un editor de prestigio en Manhattan. Por ello esta foto encerrando el sueño de Manhattan en una valla desde Brooklyn parece tan adecuada. Procede de mi fotógrafo de referencia en NYC, soyignatius.

Una de las cosas que Auster ha perdido con el tiempo es frescura y potencia en sus metáforas artísticas. En Sunset Park recupera algo en varios de sus mejores momentos, a través del personaje del padre de Miles, Morris Heller, editor de libros, y de las menciones cinéfilas (obvias, pero con un momento de lucidez que niega que Auster se haya vuelto tontamente tontosentimental con el cine clásico) a Los mejores años de nuestras vidas,  la película de William Wyler sobre los problemas de los veteranos de la II Guerra Mundial al regresar a casa. Pero Miles también hace fotos de los objetos que debe evaluar en las liquidaciones en que trabaja, una expresión estupenda, proustiana casi, de un tiempo de opulencia ya olvidado y ahora doloroso. Antes, Auster ambientaba su pesimismo en la Gran Depresión o en la postguerra, o en la desolación de una vida contemporánea azarosa de destino incontrolable. Ahora, su madurez que parece hacerle respirar su cercana muerte y la crisis en el paraíso del primer mundo le permiten muy bien ser por fin novelista de su tiempo, siguiendo los pasos a una novelística, la norteamericana, a la que la prevalencia de la crisis pudiera incluso hacerle borrar el 11S del impulso literario y narrativo que estaba alcanzando.

Sunset Park es una novela que no aporta demasiadas novedades al universo austeriano. Se puede ver una agradable mayor ironía metafórica en los acontecimientos, y la continuación de la mezcla de universos jóvenes y adultos, en el que pareciera que el concepto de herencia moral preocupara al autor. No olvidar antiguas maneras de resistir (o de editar libros) como forma de labrarse un mundo mejor. Tal vez hace años esto habría sonado más sentimental, más idealista, tal vez algo tontaina. Pero ahora…

Paul Auster fotografiado por David Shankbone para Wikipedia.


27 de junio de 2012

La belleza analizada



Una buscada conjunción de forma y fondo da el principal aliento a la Historia de la belleza a cargo de Umberto Eco: este libro es proporcionado y visualmente edificante, es un producto bello, y su selección de textos y obras, sobre todo pintura, es hermosa. A veces incluso me parece más hermosa al haber sido seleccionada y puesta en el punto de mira del esteta estudioso que es Eco, que por el recuerdo que pueda tener de aquellas obras cuyos originales he tenido la posibilidad de ver en un museo.

Miniatura del códice Manessiano, siglo XIV, Heidelberg Univertsitätsbibliothek

Eco resume en su libro las teorías estéticas que sobre la belleza se han realizado en la cultura occidental, y junto a su análisis histórico nos propone textos de los autores que en su día escribieron su concepción de lo bello (que oscila a lo largo de los siglos entre lo verdadero, lo proporcionado, lo útil, lo que es claro, etc…), en una opción honesta y clarificadora, pero que también rompe un tanto el tono de la lectura del texto principal del propio autor.

Il Correggio, Io, 1530, Viena, Kunsthistoriches Museum

La expresión de las teorías de lo bello en obras artísticas hace que aunque en principio no lo busque, el libro resuma la historia del arte occidental así como las cuestiones sociales, religiosas y políticas, cuando son necesarias, que lo influyeron. Esta excusa es excelente para el desfile de maravillosas obras de arte que hacen del libro el festín visual que espero que los cuadros que estoy poniendo en esta entrada muestren en una dimensión lógicamente muy reducida.

Jean-Baptiste Chardin, Muchacho con una peonza, 1738, París, Museo del Louvre

No obstante, el libro se me ha hecho algo pesado. Hay algo que no encaja entre los textos analíticos de Eco, en ocasiones incluso obtusos, y la presentación de su análisis en múltiples capítulos y subcapítulos que a veces recuerdan un texto escolar. Se puede disfrutar mucho el aprendizaje que el sabio Eco presenta por ejemplo de la claridad y el color en el arte medieval como expresión del ideal de Tomás de Aquino, o del nacimiento del manierismo a caballo entre Renacimiento y Barroco, o, por ejemplo, del excelso momento que en el siglo XIX rompe con la pretendida objetividad absoluta de la belleza y acaba combinando la fascinación romántica por el horror, la visión impresionista según la cual es el individuo el que mira y descubre, el decadentismo que busca hacer de la vida una obra de arte bella, o el flujo de conciencia que aparece en Joyce y Proust. Pero, a veces, el lenguaje de Eco me ha resultado impenetrable.

Jean-François Millet, El Ángelus, 1858-1859, París, Museo de Orsay

Obviamente, el objetivo final no se cumple; el siglo XX está demasiado cerca y la comercialización masiva del arte junto a la aparición del cine, la publicidad y la televisión requieren su propio libro y no el despacho breve de un capítulo. Y, por supuesto, digamos que gran parte del libro es heterocentrista, no diría que de mirada falocéntrica, pero sí con escaso análisis, donde aparece, del elemento masculino, que queda bastante relegado a pesar de Praxíteles, Durero, o Wilde, o que ni siquiera se aprecia en Caravaggio. Si a ustedes les parece, les dejo para comprobar que existió otra mirada dos (estupendos) blogs que dedican muchas entradas, también de arte clásico, a esto:


Umberto Eco (vía)


14 de junio de 2012

HHhH



Laurent Binet es un profesor francés obsesionado con Checoslovaquia, donde hizo el servicio militar y donde ha trabajado durante años. Y en su obsesión figura en un punto principal el asesinato de Reinhard Heydrich, el hombre del Reich en Checoslovaquia de 1941 a 1942, especialmente sanguinario, número dos de la SS, figura relevante en la adopción de la Solución Final: baste con decir que trabajaba para Himmler y era el jefe de Adolf Eichmann. HHhH es el resultado de esa obsesión: Binet asegura haberse documentado y leído tanto sobre el tema que necesitaba honrar mediante el realismo y la veracidad a los héroes que cometieron uno de los atentados con éxito de mayor escala del nazismo. Josef Gabcik y Jan Kubis son héroes principales.

El héroe Josef Gabcik (vía)

El héroe Jan Kubis (vía)

Y así, la búsqueda de realismo, veracidad y homenaje se convierten en un auténtico leit-motiv del libro, donde Binet se hace presente desde el principio, explicando sus intereses y los mecanismos por los que no quiere que su obra se convierta en novelesca gracias a los tentadores mecanismos que tiene la ficción para encontrar la verdad. Se convierte en crítico acerado al hablar de otras obras que reconstruyeron los hechos (novela, películas, de las que destaca su invención, su falta de documentación, o su infidelidad a los hechos; esto incluye a Jonathan Littell, cuyo libro Las benévolas le trastorna al ser publicado durante la redacción de HHhH); es un compulsivo coleccionista de anécdotas alrededor de Heydrich, y, en definitiva, se presenta más como creador vulnerable: no consigue cumplir su objetivo y noveliza de continuo, se sitúa él mismo en el lugar de los hechos, se discute a sí mismo su escritura… y hace así partícipe al lector del proceso de creación de su novela.

Esta presencia del autor y su interés por revisar la novela histórica se me antojan algo excesivos y un tanto subrayados. Creo que la idea es brillante, especialmente cuando hablamos del Holocausto, siempre el mejor ejemplo sobre la representación de la realidad (y su explotación), pero Binet tal vez ha sucumbido a algo de ombliguismo de la literatura de hoy en día, la que recurre a la no ficción personal (intransferible, la única que no está narrada con anterioridad). Se acerca así a Coetzee, a Amis, a Auster, claro está. Pero también a los bloggers, que sin duda adoptan mayoritariamente la primera persona por defecto en su narrativa.

El lugar del atentado en 1942 (vía). A veces miro la foto y me recuerda a Dallas 1963.

Sería de todos modos injusto decir que esto se impone a los hechos, además de que creo que a Binet le daría un ataque si alguien lo pensara. No lo hace, en arte porque los hechos cuando menos son apabullantes y en parte porque Binet adopta una estructura que busca el clímax de manera magnífica, con una prosa sobria pero emotiva en el reconocimiento del heroísmo de los protagonistas, incluso aún cuando el lector conoce el final. La acción avanza en capítulos cortos, salta entre los distintos escenarios básicos de la acción (Londres y el gobierno checoslovaco que toma la decisión del atentado en el exilio, Praga y la situación del Protectorado del Reich, Berlín, Viena, París, Kiev, y otros escenarios de la II Guerra Mundial), dosifica el avance cronológico, deja apuntes históricos, y crea una red que envuelve personajes y situaciones hasta una única resolución en las dos escenas cumbre continuas:  el atentado y el refugio en la cripta de sus autores. Digamos que cumple con creces su objetivo, manteniendo al lector atrapado en una veracidad hasta el punto que la puede permitir la literatura de emoción, pero en la que parte de la lección de literatura podría haberse reducido para ser estratosférica.

El villano Reinhard Heydrich (vía). Como subraya el libro, su muerte afectó mucho al partido nazi por ser un dirigente que destacaba también físicamente frente a los demás miembros de la cúpula.

El título enigmático pero inteligente (no conocerá traducción) significa en alemán El cerebro de Himmler se llama Heydrich, es decir, Himmlers Hirns heibt Heydrich, y es una frase que al parecer se murmuraba al referirse en Alemania a Reinhardt Heydrich y su papel en el régimen nazi. Supongo que no se diría muy alto, no sería cosa de avergonzar al dirigente mayor de la seguridad nacionalsocialista. Me gustan tantas haches juntas. En nuestro idioma invocan silencio, la repetición de letras recuerdan el gusto de la política de aquellos años por los organismos nombrados con siglas y acrónimos. Cosas del inicio de la propaganda, supongo.

En resumen, otro libro excelente de la nueva hornada de escritores franceses que últimamente estoy leyendo. También fue Premio Goncourt, en este caso a la mejor primera novela, y queda recomendada con el debido fervor.

Laurent Binet (vía)



4 de junio de 2012

El mapa es más importante que el territorio



En El mapa y el territorio, la novela con que Michel Houellebecq ganó (por fin) el Premio Goncourt en 2010, un artista tunea mapas de Michelin para una exposición y gracias a ello inicia una exitosa carrera profesional. En el mismo libro, el mismo Houellebecq –que afirma que normalmente se documenta muy poco para sus novelas- admite haber utilizado fragmentos de artículos de Wikipedia para determinados pasajes del libro, lo cual supuso una polémica importante en Francia, tanto por el hecho de que parecía discutirse la originalidad completa del libro ganador de su prestigioso premio literario, como por el hecho de que destacados internautas la ofrecieran gratuitamente en Internet acogiéndose al derecho a compartir los contenidos de Wikipedia que ésta admite. Y no fue la única polémica de un texto de un autor que es especialmente polémico, porque su aparición en la trama como un personaje secundario de cierta importancia también fue criticada…

Que Francia sea más clara en un mapa anticipa el futuro como eje turístico de Europa (vía)

Hasta aquí la fama del texto y del autor, elementos de los que puede ser difícil librarse a la hora de sólo leer el libro, claro. El mapa y el territorio tiene 3 partes y un largo epílogo. Las dos primeras partes narran la historia de Jed Martin, un fotógrafo y pintor de París, solitario aunque amable, que asciende profesionalmente a una fama y éxito importantes gracias a sólo dos exposiciones, la primera de las cuales se basa en fotografiar y modificar mediante tratamiento de imagen mapas de Michelin de diferentes regiones de Francia, y la segunda en pintar retratos hiperrealistas de personajes, algunos de ellos famosos, ejerciendo su profesión. Houellebecq aparece como personaje al ser uno de los retratados, pero también porque Jed Martin contacta con él para que escriba el prólogo del catálogo de esta segunda exposición. Finalmente, en la tercera parte, la trama se convierte en un policíaco tras un asesinato que la policía debe resolver siguiendo criterios artísticos; el libro, en mi opinión, habla de cómo la vida imita al arte, siendo éste por tanto esencial para la vida, una idea que surge desde el título y su afirmación posterior en el libro, según la cual el mapa es más importante que el territorio.

Jed Martin es un personaje habitual de Houellebecq. Un hombre aparentemente incapaz de tener una vida afectiva, aunque conozca fugazmente la felicidad y el amor, y cuyo desarraigo emocional produce una melancolía solitaria que Houellebecq asocia a la alienación del progreso occidental, y que sólo tiene salida ocasionalmente. Houellebecq siempre me ha parecido lúcido en dibujar determinada psicología del hombre moderno y de la sociedad en que se mueve; le gusta el análisis social que relaciona al hombre concreto con el poder, los medios de comunicación, y las empresas, y es certero y honesto mostrando miserias ajenas y propias. Aún así, no son estos los valores por los que me gusta, ya que rara vez comparto sus recetas ni sus conclusiones, o el estado final muy pesimista, rayando en el nihilismo, de sus personajes. Lo que aprecio es la definición en profundidad de sus personajes, con su manejo de la metáfora en los detalles y objetos, y la escrupulosa construcción de sus tramas. Yo diría que además tiene una prosa excelente, capaz de compaginar a la vez la dureza del retrato inmisericorde de la sociedad con la ternura de la mirada al hombre concreto que vive en un laberinto que no entiende.

La conversación de Palo Alto es el cuadro más famoso de Jed Martin. Aquí puede leerse una entrevista a Martin.

No obstante, creo que el Houellebecq de El mapa y el territorio se ha serenado un poco. Aunque sus personajes sigan siendo hijos del desencanto occidental, el autor no siente tanta necesidad de epatar con actos e ideas teóricamente reprobables (el turismo sexual, la islamofobia) de personajes en principio comprendidos. La provocación a sus críticos se resume obviamente en su aparición como personaje, a medias entre el exhibicionismo y el autobombo molesto, pero que por otro lado es divertida y adecuada a la trama: El mapa y el territorio es irónica sobre la vida y las aspiraciones del artista (una novela que empieza con la descripción de un cuadro en el que Damien Hirst y Jeff Koons se reparten el mundo del arte no puede ser otra cosa) y su engranaje con lo social. No desde un punto de vista negativo, sino más bien paradójico y extrañado.

Michel Houellebecq (vía)







26 de mayo de 2012

Danzad, danzad, malditos



Compré Los ballets rusos de Diaghilev 1909/1929 en la exposición del mismo nombre que el CaixaForum de Barcelona ofrecía durante las pasadas navidades. Me acerqué al modernista Palacio de Casaramona, en la ladera de Montjuïc, para ver principalmente una exposición de impresionistas con mucho  Renoir, que estaba llena y no permitía disfrutar bien de las obras. Sin embargo, la exposición sobre los ballets rusos, casi desierta, se reveló como especialmente interesante y disfrutable.

(vía)

Diaghilev es una figura mítica de la danza y la producción teatral. De 1909 a 1929 mantuvo su propia compañía (los Ballets Rusos), que giró por todo el mundo aunque París y Londres fueron sus sedes principales, y que revolucionó el mundo del ballet, con sus producciones de nuevos compositores como Prokofiev, Stravinsky, Satie o Falla, y estableciendo para la posteridad un canon de modernidad en la danza contemporánea. En la compañía trabajaron bailarines rusos (y occidentales que usaban un pseudónimo ruso), aunque la compañía no estuvo establecida en Rusia o en la URSS de aquellos años, si bien de sus convulsiones políticas también sacó algo de provecho. Diaghilev no era músico, ni coreógrafo, ni pintor ni decorador, pero supo rodearse de figuras señeras de la modernidad artística, acertar casi siempre en la adecuación de las mismas a las representaciones, y sorprender de continuo a una audiencia con espectáculos de los que desafortunadamente no hay filmaciones.

Sin grabaciones de Nijinsky (vía)

Diaghilev además llevaba una vida que en su época resultaría escandalosa, al menos al ser una figura conocida por el gran público. Nacido en una aldea remota de los Urales, la bancarrota de su padre le hizo viajar por el mundo y aprovechar su exquisita educación cultural para trabajar como comisario de exposiciones y acabar en la dirección teatral. Viajó por Europa en compañía de sus amantes masculinos, muchos de ellos bailarines de la compañía (Nijinsky entre ellos), vivía de manera abierta su homosexualidad, y conseguía en París el mecenazgo de los círculos artísticos y benefactores donde el impulso de los homosexuales era esencial, y murió en el Lido de Venecia, de una infección, rodeado de varios de sus amantes.

Los Ballets Rusos tuvieron una presencia importante en España (vía)

Se ha podido conservar mucho material (dibujos, cuadros, escenografías, piezas de vestuario, documentos, etc…) de los Ballets Rusos, que ha sido utilizado en exposiciones. La que nos ocupa está realizada por el Victoria & Albert Museum de Londres y supone un repaso a las vanguardias artísticas del siglo XX, con un apartado importante para cubrir la presencia de la compañía en España, y con un interés obvio por la historia del arte y la integración de la compañía de Diaghilev en su época. La exposición es brillante e inspirada y las fotos no le hacen justicia a la atmósfera que la envuelve.

(vía)

El catálogo de la exposición contiene un testimonio gráfico amplio de la misma, y artículos de varios autores centrados tanto en aspectos técnicos como en la figura de Diaghilev; son artículos más o menos interesantes según el autor o el método escogido: algunos se acercan más al listado académico y otros son análisis más profundos. Dado que será difícil ver de nuevo una exposición así, al menos me servirá para recordar lo que fueron dos horas de intenso placer estético.

Hasta el 3 de junio tienen ustedes la exposición en el CaixaForum de Madrid.

Sergei Diaghilev ¿No le ven un aire a Orson Welles? (vía)  


14 de mayo de 2012

La ciudad de Stalin



Tal vez si Volgogrado no se hubiera llamado Stalingrado, su fuerza simbólica habría sido menor y el interés suicida y paranoico de Hitler por no abandonar su posición en ella habría permitido ahorrarse sufrimiento y vidas. Pero la lucha de egos desatados y la grandilocuencia de locos visionarios entre Hitler y Stalin que a veces parece el frente del Este de la II Guerra Mundial lo impidió. ¿Quién ganó? La historia dice que Stalin, aunque supongo que quien ganó de veras fue el invierno.

La guerra en el invierno (vía)

Stalingrado es el segundo libro que leo de Antony Beevor, tras Berlín. La caída: 1945, del que tengo un excelente recuerdo y que creo algo superior. Stalingrado fue publicado cuatro años antes que Berlín. La caída: 1945, pero ambos son hijos del impulso dado por la apertura de los archivos soviéticos, que permitieron a Beevor manejar gran cantidad de información tan precisa que es capaz de narrar la batalla casi a diario. ¿Y por qué me prevalece, tal vez injustamente, la impresión de que Berlín. La caída: 1945 es mejor libro?

Porque a pesar de la carga simbólica de Stalingrado, su punto crucial de inflexión en la IIGM, y el conjunto de episodios terribles que como batalla alcanza, no puede luchar contra el peso mayor de Berlín en la historia, tanto antes como después, de todo el siglo XX.

Porque los episodios finales, y Berlín lo es, siempre acumulan más fácilmente todos los simbolismos.

Y porque el derrumbe de Berlín fue acompañado de alta política mundial que decidía el nuevo orden venidero. Ello permitía a Beevor puntear más el relato, que en Stalingrado no tiene esta faceta tan interesante.

La guerra entre los escombros (vía)

Por lo demás, Stalingrado es también un relato apasionante y minucioso de la campaña de Rusia hasta el revés para los nazis del Kessel de Stalingrado y la rendición del VI Ejército. Beevor sabe tanto retratar la vida en los cuarteles generales como la angustia del soldado común y sus dificultades, que en Stalingrado alcanzaron un extremo difícil de superar. También la peculiar relación de Hitler y Stalin con sus respectivos generales y la influencia de ambos en la campaña bélica son importantes, puesto que sus errores fueron brutales, y fue ganador quien negó menos la realidad que vivía a muchos kilómetros de él. Beevor recoge estos momentos con profusión, lo que puesto en paralelo con la ruinas a las orillas del Volga tiene momentos emotivos. Aún así, la batalla entre las ruinas, la Rattenkrieg inexplicable que hemos visto en películas (Stalingrado, Enemigo a las puertas) tiene incluso aún después de la lectura un punto de misterio, el del supervivencia bajo el escombro, la nieve y la metralla, en el mismísimo infierno que Beevor, aunque se acerca, no llega a explicar/aprehender completamente. ¿Tal vez porque eso necesite más un novelista que un historiador? No lo sé. Esto no quiere decir que en esta lectura uno no sienta el miedo, el hambre, y los piojos, resultados de la locura humana. Pero…

Antony Beevor (vía)



5 de mayo de 2012

Todo ventajas



Las principales ventajas de este libro son su brillantez, duración y diversión. También su lectura metaliteraria, tal vez algo subrayada, en lo que parece un ajuste de cuentas general con la profesión, críticos, editores, también escritores. Algo que se entiende bien al explicar sus tramas.

Ventajas de viajar en tren despacha historias con pasmosa facilidad. Dos personajes se encuentran en un tren a la vuelta de un psiquiátrico. Uno afirma ser un médico especializado en diagnosticar enfermedades mentales a partir de la lectura de los textos escritos por los enfermos. Dotado de una verborrea importante, su experiencia personal y profesional inunda a su compañera de viaje. Esta es una editora que resulta más callada pero no por ello de pasado menos jugoso y literario. Cada uno de los personajes ocupa la primera y segunda parte del libro, donde se cuelan –obviamente- los relatos de los locos del manicomio. En la tercera parte final, la editora resuelve los misterios que el psiquiatra ha sembrado en su breve encuentro y cierra una bacanal de historias enredadas, y aparentemente inacabables, mientras busca, por su lado, un libro que publicar.

(vía)

Los múltiples enfoques literarios, parte de la ambientación médica, el azar, cierto análisis social y cultural, y el desmán (postmoderno) de ideas (postmodernas) me han recordado al Palahniuk más brillante y divertido (en mi caso, el de Fight Club). Pero tal vez el libro no sea perfecto por someterse a un mecanismo/estructura que se revela más importante que sus personajes y su verosimilitud, o por ceder más a la crítica metacínica de la literatura y su estado que al papel que (sospecho) el autor desearía para la misma. Aunque es argumentable que esto lo encontramos en el libro por negación.

En cualquier caso, es un libro muy disfrutable, que se lee en dos tardes, con un caudal narrativo admirable y que siempre me sorprende en los autores que lo tienen así de desatado. Es divertido, bien trabajado y recomendable, especialmente si uno suele cruzarse con compañeros de viaje especialmente pesados y habladores, de los que cruzan las historias como hace una novela que, créanme, aumenta la experiencia real…

Antonio Orejudo (vía)