6 de abril de 2022

Al populismo lo que es del populismo



Populismos latinoamericanos ha resultado una lectura interesante, por temática y el conocimiento intenso de su autor (el catedrático de Historia de América Carlos Malamud) a la par que irritante, por el escaso cuidado del trabajo de edición y por el propio tono indulgente, y por momentos arrogante, del mismo autor.

El libro estudia el fenómeno del populismo latinoamericano especialmente en la primera década del siglo XXI. Los países principales son Venezuela, Bolivia y Argentina, con algo de atención también a Ecuador y Nicaragua, Más superficialmente a Cuba (que es un caso diferente a todos), Paraguay, Colombia y Perú. Brasil y México se libran de la categoría de populistas -en aquel periodo-, pero son actores especialmente relevantes que en ocasiones tiene que estudiar; con menor relevancia aparecen Chile y Uruguay. No hay casi mención al resto. Pero todos estos países, repúblicas presidencialistas como son, disponen siempre de una figura fuerte del régimen, que, dependiendo de sus convicciones verdaderamente democráticas o su personalismo, pueden practicar políticas populistas desde el poder. El análisis de las causas y las características de estos gobiernos es la parte más interesante del libre, y donde es notorio el conocimiento del autor. Entre varios ejemplos:


Evo Morales (vía): ‘En Latinoamérica, donde hay una base militar de Estados Unidos, hay golpes militares’, 2009

Malamud considera que los populismos latinoamericanos de inicio del siglo son en parte una combinación de regímenes históricamente muy presidencialistas, sin contrapesos establecidos con firmeza constitucional al poder del presidente, donde los partidos tradicionales se han desmoronado, y donde en la mitad del siglo XX se produjo una falta de resolución del fascismo político, que redundó en una afortunada paz en años en que el resto del mundo vivía una guerra sangrienta, pero que fraguó muy especialmente en el liderazgo increíblemente mediático de un líder de un país cuya perseverancia dejó impronta en una manera de ejercicio del poder: Juan Domingo Perón. Malamud profundiza en las características del régimen peronista, y muestra con amplitud cómo líderes actuales le citan y admiran, a pesar de que el peronismo parezca alejado del populismo latinoamericano actual, que está escorado a la izquierda. Pero Perón ya encarna varias de las particularidades de los líderes recientes y que definen el populismo para el autor: la búsqueda permanente de enemigos exteriores y de conspiraciones, el nacionalismo exacerbado, el uso interesado de la historia y la religión, y los esperables antiimperialismo y anticolonialismo sacados de contexto. Se admiten matices (Evo Morales por ejemplo apela al animismo y no al cristianismo), y las décadas han traído variaciones de interés como el socialismo del siglo XXI, el uso dudoso de un indigenismo monolítico, y la demonización de la globalización a pesar del aprovechamiento de muchos de sus beneficios por gobiernos y economías.

Hugo Chávez (vía): ‘El verdadero autor de esta liberación, líder auténtico de esta rebelión, es el general Simón Bolívar. Él, con su verbo incendiario, nos ha alumbrado la ruta’, 1992

Malamud describe un punto de especial interés y diferenciación de estos líderes: predican la revolución desde el poder, pero éste no se basa en una legitimidad revolucionaria, sino democrática; en realidad, todos (excepto Castro) acceden al poder mediante la victoria en unas elecciones y, para perpetuarse en el mismo, necesitan repetirlas, en ocasiones reformando y retorciendo la constitución del país para permitir reelecciones no consideradas, presionando o alterando los poderes legislativo o judicial a su antojo, o subrayando de continuo los valores de la democracia exclusivamente directa que establece el líder con el pueblo sin pasar por organismos intermedios, usando para ello una política torticera de medios de comunicación con hasta, en ocasiones, un programa propio de televisión. Añade también el autor las principales mentiras que practica este populismo de principios de siglo: achacar los males a la CIA (cuando es notorio el desinterés de las administraciones Bush y Obama por Latinoamérica), la negación de la discriminación entre indígenas en aquellos países donde gobierna un líder indígena, la manipulación de la historia para convertir a Bolívar (por ejemplo) en un pionero socialista, y la falta de una vocación de organizar instituciones internacionales prácticas y operativas en la región, aunque retóricamente proclamen de continuo lo contrario.

Cristina Fernández (vía): ‘hay un vicepresidente que hace cualquier cosa para ser presidente. No quiere esperar al 2011 y creo que quiere ser presidente antes del 2011. Esto nunca se vio en la historia del país ni en ninguna parte’, 2010

Todo este caudal de conceptos parece indudablemente el resultado de muchos años de estudio y conocimiento de la zona, y viene acompañado (aunque sin bibliografía detallada) de centenares de discursos y apariciones públicas de los líderes principales de los países implicados y de datos económicos y sociales del continente que con frecuencia desmontan las palabras de los mandatarios.

Pero, ¿por qué es un libro irritante?

Malamud escribe este libro enfadado, gustoso de responder personalmente a los desmanes antidemocráticos de estos líderes, haciéndolo con frecuencia con juicios morales directos e indirectos, utilizando una literatura confrontativa en lugar de científica, como corresponde, entiendo, al historiador de carrera. Este reproche continuo tiene un culmen irónico al llegar al capítulo en que analiza las falsedades ideológicas cometidas con la manipulación de la Historia, a la que dice entonces preservar de modos y métodos indignos, como si no tuviera mejor forma de hacerlo que proclamar con vanidad unos valores que su redacción no practica. Por otro lado, el libro adolece de edición: son numerosas las veces en que se repiten hechos y declaraciones de los políticos protagonistas, y en los que el juicio de Malamud también se repite, dando la sensación de que no se ha realizado un repaso sistemático del conjunto del volumen ni cuando se escribía ni una vez terminado, y de que el libro está interesado en repetir conceptos y discursos de manera obsesiva.

Lo peculiar del caso de estos dos primeros puntos es lo bien que encaja con la propia sistemática política que denuncia: se trata más de una respuesta emocional que de un tratado o estudio, y, al final, es irónicamente víctima, como dice el subtítulo del libro, de ‘Los tópicos de ayer, de hoy y de siempre’: la retórica, el paternalismo, determinadas explicaciones simples, el uso gratuito de epítetos… ¡Qué necesidad!

Al escribir de temas políticos es más difícil para un autor librarse de sus ideas propias, y no es fácil repetir la ecuanimidad de Salvador Giner o la moderación de Daniel Innerarity. ¿Malamud habría escrito este libro enfrentado a populismos con discursos asociados al conservadurismo tradicional? Hoy, diez años más tarde de la publicación del libro, habría sido imposible obviarlos: Jair Bolsonaro en Brasil o el paso de Jeanine Áñez en Bolivia, incluso Donald Trump en EE.UU., lo impediría. Inteligente o interesadamente, Malamud en la práctica esquiva hablar de Álvaro Uribe reformando su Constitución para su propia reelección y obvia las dictaduras en su estudio (no son el objeto ni el momento de investigación, aunque la presencia de Cuba es relevante por su relación con los líderes populistas sí estudiados de Venezuela, Bolivia o Argentina). ¿Es lícito dudar de que hubiera escrito ahora este libro sin modificar el foco? La crítica parece fluir de manera natural con una ideología determinada, un flujo que en un tema tan amplio en lo geográfico y lo temporal, apenas encuentra alivio muy moderado y no tan subrayado en el peronismo primordial, en el primer kirschnerismo, o en un Lula que sí está asentado en un partido político de carácter tradicional reconocible.

Artículo en El Correo del 4 de febrero de 2022


Es una pena, pero, no obstante… Malamud sigue publicando artículos y siendo un agente analista activo sobre Latinoamérica. En
uno reciente (del 4 de febrero) publicado en El Correo a raíz de las recientes exigencias de diferentes matices a España por el pasado colonial por parte de México y Venezuela, incluye una mención sobre el discurso del Rey en Puerto Rico por el quinto centenario de la fundación de la capital, que, leída justo tras terminar el libro comentado, no dejó de sorprenderme con su apelación o reconocimiento del ‘rostro poliédrico de la conquista’, en un medio en el que el lenguaje político suele ser más fuerte que en un libro académico, y mostrando cierta variación cuando menos en el tono, ¿tal vez en el análisis?

Carlos Malamud (vía)


 

 

 

 

23 de marzo de 2022

Escoja usted felicidad

 


Zoriontsuak izatea aukeratu genuen (Escogimos ser felices) es un libro de relatos breves de Mikel Ayllon que versan acerca de cómo la incomunicación humana y la incapacidad para entenderse nos lleva a decisiones equivocadas. Ayllon, joven escritor vasco con varios premios a sus espaldas, no parte de personajes desesperados, hundidos o sin solución aparente, sino, al contrario, activos y hasta ilusionados, que quieren cambiar su situación, que en general les produce hastío o desafección, y atreverse con una esperanza de cambio, apostando en general con cierto riesgo que no suelen calibrar bien; o, mejor dicho, el autor gusta de mostrar más lo potenciales peligros hechos realidad que los beneficios esperados, esto es, la potencial y anhelada felicidad. Los relatos no tienen relación entre sí, pero los títulos sí lo hacen, con el último cerrando el título del primero y asentando ‘escogimos ser felices y no normales’ para una última línea de emoción queer y una lectura más profunda sobre lo asentado y burgués de las elecciones vitales.

Ayllon tiene un aliento formalista: los relatos están invariablemente protagonizados por jóvenes, hay una presencia continuada que no parece baladí de perros en la vida de varios de ellos -la mayor parábola en esto es el relato ambientado en una familia que regenta un refugio-, y está especialmente conseguido, siendo arriesgado, el uso de historias paralelas tanto entre relatos como en varios de ellos. Pero sin embargo es evasivo en el planteamiento de los conflictos de cada relato, en los que el esclarecimiento de la realidad se demora poco a poco entre diálogos austeros cuando no secos, y situaciones que acentúan la imposición de la soledad. Apenas hay salida a la falta de entendimiento y conocimiento vital que muestran los personajes en sus relaciones o en su devenir vital, pero, a pesar de ser un conjunto un tanto taciturno, parece que el autor al menos se fascina algo ante un ser humano que persevera tanto, tal vez al modo de un Sísifo, en intenciones y en errores.


Mikel Ayllon, fotografía de Izaskun Angulo


13 de marzo de 2022

Un poco de XIX es mucho

 


Mi historiador preferido me regaló este libro de Daniel Aquillué, Armas y votos, subtitulado Politización y conflictividad política en España, 1833-1843, para que echara un ojo más detallado al siglo XIX español tras lecturas recientes como el generalista El siglo de las revoluciones en España, y el específico en el análisis Tres maneras de entender el federalismo.

Isabel II se convierte en reina con tres años de edad, al morir su padre en 1833

 Aquillué es un joven historiador apasionado del siglo XIX y un divulgador entusiasta (en ocasiones muy divertido) del mismo en sus libros y en su cuenta de Twitter. Este volumen es una publicación de su tesis doctoral. Su pasión inicia el libro con una reivindicación de un siglo tantas veces ninguneado frente al reciente, convulso e hipernarrado siglo XX, cuyos acontecimientos nacionales y globales paralizan el recuerdo de un siglo en el que no sólo se forjaban las ideologías y tendencias sociales que (evolucionadas) aún imperan hoy en el gobierno de la sociedad, sino que durante el mismo la historia entendida como conflicto fue un continuo: el siglo XIX europeo parece un carrusel de acontecimientos ineludibles que inunda calendarios y callejeros.

María Cristina de Borbón, madre de Isabel II, ejerce la regencia del reino hasta 1840

Aquillué tiene el buen gusto de fijar su mirada en un foco algo desplazado: la construcción de esa historia política mediante la participación de las clases más populares, estudiando cómo las revoluciones, guerras y tendencias políticas no solo afectaban, sino que crecían y se desarrollaban en lo local y en la periferia. Aunque hay detalles de cotidianeidad como por ejemplo las cuestiones de vestimenta y su precio, no se trata de un retrato de la vida popular durante aquellos años convulsos de 1833 a 1843 (una guerra civil, el final de un reinado y de dos regencias, una revolución y constantes conflictos locales), sino de mostrar las motivaciones políticas y las razones para los conflictos que se producían. Aquillué prefiere explicar más los detalles de los hechos sucedidos en las juntas locales y en las elecciones municipales de pueblos levantiscos, que los de la corte y sus políticas; éstas están apuntadas, claro, pero no como desencadenante único, sino que en ocasiones dichas políticas también son consecuencia y/o se combinan con la pulsión del vulgo.

Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrazgo, líder de las tropas carlistas en Aragón

Uno de los objetos principales de estudio del libro es la lucha dentro del bando liberal entre moderados y progresistas, y cómo esta se dio no sólo por esta disputa política concreta sino como reflejo añadido a otros conflictos en el país, hasta el punto de incluir el libro un anexo fascinante sobre el tipo de conflictos que estallaron entre 1834 y 1843 en los pueblos de (sólo) la provincia de Zaragoza, que incluye fraudes en elecciones, conflictos con eclesiásticos, con carlistas, con otro pueblo, entre ganaderos y agricultores, motines de la milicia, y entre contrarios y partidarios de Espartero. Dos ciudades, Zaragoza y Málaga, son los principales lugares de actividad y disputa permanentes, con Valencia, Barcelona y Madrid también presentes. El conflicto es siempre violentísimo verbalmente (los ejemplos contra los carlistas son vehementes cuando menos) y físicamente, como era de esperar. El autor lo analiza en términos también psicológicos: la descuartización literal del líder enemigo apuntando a la deslegitimización del poder establecido mediante una desaparición física literal. También entra en analizar el carácter anticlerical del liberalismo progresista, que asocia a una selección de conventos y monasterios específicos a destruir según las simpatías absolutistas de sus residentes, más que a una violencia generalista sin filtro. Y la apuesta digamos que política por explicar los conflictos locales incluso en pequeños pueblos, da protagonismo a caciques y revolucionarios locales olvidados por la Historia pero recogidos en los documentos, muestra con eficacia la expansión de la violencia y el peligro de la permisividad de las autoridades hacia la misma cuando ésta les convenía a corto plazo. Reconozco que son páginas que acaban pesando en mi lectura, pero también que me salta lagrimilla cuando se llega a la batalla de Luchana y al prestigio de Espartero por su triunfo en la liberación de Bilbao, y de repente se entiende el valor de que a uno le mienten el terruño como protagonista histórico fuera de las archidichosas Madrid y Barcelona.

Baldomero Espartero

El volumen termina con un capítulo dedicado a Baldomero Espartero, nuestra figura -dicen- más parecida a un Napoléon, el hombre que pudo reinar pero que al menos fue regente, que pagaba con las rentas de su acaudalada mujer los salarios de sus soldados, que pasó de héroe liberador del carlismo a traidor represor y bombardeador de Barcelona, y que perdió su calle en Bilbao mientras Zumalacarregi conserva la suya. Aquillué presenta un retrato desmitificador, incluyendo también sus logros políticos y organizativos, que fueron mayores de lo habitualmente aceptados en el imaginario, y con él prácticamente cierra el libro, con una cierta contradicción al espíritu general del mismo, al presentar a una figura histórica de primer orden, aunque sin duda fue el gran protagonista nacional de la década.

Armas y votos es un texto documentadísimo, y su lectura es ágil. Contiene mapas y figuras originales bien trabajadas, y un anecdotario rico y peculiar, que revela gusto y pericia narrativa. ¿Es un texto que nos mira e interpela? Creo que sí, por supuesto, que hace 200 años éramos un país en llamas, pero que esos fuegos duraron mucho y que aún dan algunos humos, que a Aquillué no le hace falta subrayar, porque el valor de la Historia estudiada en el volumen habla por sí solo.

 

Daniel Aquillué en una foto de su cuenta de Twitter.


27 de febrero de 2022

Narrativa cuántica


Conociendo la figura de Claudio Magris pero no habiendo leído nada de él, tras empezar por Tiempo curvo en Krems, su última y aparentemente testamentaria publicación, me aventuro a decir que he estado obviando a un literato fantástico. Tiempo curvo en Krems, título hipnótico y evocador que recuerda -no sólo ahí- a Bioy Casares, son cinco relatos cortos que juntos apenas llegan a cien páginas, y que narran cinco experiencias de hombres muy mayores que miran o se ven obligados a mirar a su pasado, en el que cosecharon éxitos determinados, cuyo recuerdo se entrelaza con su propia mirada actual, con la fragilidad de la memoria atrofiada, y la añoranza no ya de una juventud, sino de un entendimiento distinto. Lo impactante es la conjunción de miradas con las dobles (o más) referencias temporales, y la indeterminación de la realidad a la que llega, que alcanza su extremo en su episodio central, al que da título el libro, usando lo que me atrevería a llamar narrativa cuántica. Todo ello con densidad emocional e intelectual entrelazadas en un juego de comprensión cósmica de la condición del humano ante la pérdida de las referencias, que sin embargo deviene en una clarividencia que genera un impacto abrumador en el lector.

No es que cada experiencia de cada relato sea especialmente innovadora: el hombre que se emplea como portero en la empresa que antes le pertenecía, el que asiste a un rodaje en que un joven actor interpreta al hombre que fue hace décadas, el que visita a un antiguo alumno de violín que le admira, son todas tramas de cierto carácter tópico que en un desarrollo más académico pueden caer fácilmente en lo excesivamente sensible. Pero Magris mantiene a sus personajes al borde de ese precipicio mediante un particular tejido de miradas a, e intereses de, una y otra época de la vida. Y curiosamente alcanza así una emoción que diría racional, sorprendente y contradictoria, e hija de una inteligencia brillante que sabe usar todos los mecanismos literarios posibles al servicio de la contención. Magris ha publicado este libro a los ochenta años de edad, lógicamente es imposible leerlo sin que el lector proyecte que mira o reinventa sus vidas pasadas con la libertad de quien sabe que todas las cartas ya han sido repartidas.

En fin, este libro es una joya inesperada y su gloriosa y afilada brevedad exige que una pluma vulgar no se extienda más.

Claudio Magris (vía)

17 de febrero de 2022

Claveles siempre

 


Fernando Rosas y Francisco Louça son los autores de las diferentes partes de este pequeño volumen, La (pen)última revolución de Europa, subtitulado luego De la Revolución de los Claveles a la contrarrevolución liberal, centrado obviamente en la revolución portuguesa de 1974 y sus años posteriores. Louça y Rosas son dirigentes (Louça figura entre los fundadores) del Bloco de Esquerda, una formación política de izquierda a la que con cierta alegría se le suele explicar como el Podemos portugués, pero que goza de una historia más larga (desde 1999) y que además se diferencia claramente del Partido Comunista Portugués (PCP), formación comunista superviviente de mayor arraigo en toda Europa.

Tenemos mitificada mundialmente, y España no es una excepción, la Revolución de los Claveles. Ejecutada por los estamentos militares de grado medio, que además no tomaron el poder como en un golpe de estado al uso, y pacífica en gran parte, la devoción por la Revolución empieza en el mismo Portugal, como explican los autores, como momento fundacional del estado democrático actual en que todos los actores sociopolíticos pueden mirarse, incluidos los que actuaron como principales protagonistas en su momento.


Para el lego en política portuguesa, algo desgraciadamente tan frecuente en nuestro país, el libro desvela el vacío de poder creado por el 25 de abril y los diversos movimientos de militares, políticos y sociales que pugnaron durante varios meses por revisar o imponer un nuevo sistema, que para los revolucionarios de pro alcanza un gran éxito con la nacionalización de la banca y la revolución agraria, que existieron. Pero en las dinámicas del momento, y por resumir un período  revolucionario que como tal y casi por definición se caracteriza por una profusión de acontecimientos y fechas, la convocatoria de elecciones libres tras los intentos de contrarrevolución acabó suponiendo la domesticación del momento revolucionario, que no encontró confianza en el pueblo, que se la otorgó mayoritariamente al Partido Socialista (PS) en lugar de al PCP. Para los autores, el PS no era sino un instrumento del sistema que llevaría a Portugal a la CEE y de retorno al neoliberalismo económico europeo e imperante. El libro, escrito en 2016, encuentra su demostración definitiva de ello en la crisis financiera de 2008, hasta la que se extiende en su análisis histórico, realizado además con visión marxista canónica: las luchas de estamentos y económicas de clase son el principal, casi único, argumento, y con esta dialéctica histórica incluida. La contraposición entre la legitimidad revolucionaria conseguida en 1974, y la legitimidad democrática que dan las elecciones de 1976 es uno de esos momentos en que el análisis marxista puro revela sus contradicciones ‘en favor del pueblo’, aparentemente engañado por la socialdemocracia para caer en un neoliberalismo que desbarata el estado y a la vez lo convierte en autoritario. Al leerlo, pareciera que equiparían al PS con Donald Trump.

La (pen)última revolución de Europa me ha parecido un libro combativo y a la vez agotador en su insistencia analítica, un poco por incapacidad de abrir el campo de estudio a los factores que rodean y pueden superar lo económico; es también una explicación sucinta de por qué la izquierda portuguesa justifica una cierta dejadez en perseguir los objetivos de un movimiento que conseguía hitos más por inacción del rival que por ejercer una política incisiva. La visión sobre la complejidad de la acción del momento por parte del PCP es íntima y reveladora, de mucha clarividencia para los actores políticos de izquierda. Ahí, en esa exposición, veo el mayor valor de un libro, en que además inevitablemente un lector español encuentra continuos paralelismos y diferencias con la transición española. Tan iguales y diferentes ambos procesos como los dos países ibéricos en sí, en realidad.






 

 

 

 

 

27 de enero de 2022

El guionista más inteligente del mundo



Watchmen es ya un clásico del cómic, uno de los hitos relevantes en el reconocimiento de este arte desde finales del siglo XX, y una de las obras que dio un prestigio y fama inmensas (junto sobre todo a From Hell y V de Vendetta) a su guionista, Alan Moore. Hace 25 años leí sólo el Volumen 1, El Comediante, publicado independientemente, y no me gustó. El intercalado de textos un poco anodinos me aburría, y, aunque recuerdo desde aquel entonces las viñetas diseñadas en una continuidad que, antes de leer teoría del cómic, pensaba en la práctica que era puramente cinematográfica, tampoco el dibujo -obra de Dave Gibbons- me atrajo en exceso; en esto tiene influencia mi escaso interés por el mundo sobreexplotado del superhéroe, que, en el caso de Moore, me parecía que utilizaba conceptual y culturalmente mejor en La Liga de los Caballeros Extraordinarios.


El Comediante usa atributos nacionalistas en su vestimenta

Pasaron los años para Watchmen, llegó una película de Zack Snyder (que era apreciable), una serie de TV (que no vi, pero de la que dicen maravillas), y en este tiempo compré el volumen único que reúne los doce capítulos de este trabajo, en 400 páginas, tapa dura, y unos cuatro kilos de peso. Los resultados han sido distintos. ¡Los resultados nos sorprenderán a todos!

Watchmen presenta una ucronía distópica en 1985 en que los EE.UU. ganaron la guerra de Vietnam, hecho que Nixon aprovecha para perpetuarse en el poder y seguir siendo presidente. La guerra fría sigue adelante y la posibilidad de una guerra nuclear crece cuando se produce la invasión de Afganistán. El apocalipsis atómico parece cerca… EE.UU. había ganado la guerra gracias a un arma inesperada: el Dr. Manhattan, un hombre que sufrió un accidente en unas instalaciones nucleares pero que pudo sobrevivir recomponiendo su estructura física, dotado de todo tipo de poderes y una percepción global del espacio-tiempo. El Dr. Manhattan forma parte de un equipo de héroes encapuchados, ya sin poderes sobrenaturales, que el guion introduce como una tradición de país (la justicia encapuchada), que ya tuvo una banda de estos vigilantes en los años 40, y otra entre los 60 y 70. El resto de la peculiar nómina de esta última patrulla forma parte de la fascinación que causa Watchmen: un bufón fascistoide y cínico conocido como El Comediante; un justiciero vengativo que usa una máscara cambiante de imágenes del test de Rorschach, llamado así precisamente; un trasunto taciturno de Batman llamado Búho Nocturno; una chica, Espectro de Seda, que actúa de cuota femenina interviniendo de trasunto amoroso -o carnal- entre ellos; y Ozymandias, el hombre más listo del mundo, ahora filántropo y empresario. En 1985, cuando se desarrolla la historia, el grupo está ilegalizado por una ley de 1977, pero El Comediante y el Dr. Manhattan trabajan para el gobierno. Un día, El Comediante es asesinado. El Dr. Manhattan, que psicológicamente parece desestabilizado, es acusado de causar cáncer a sus personas cercanas y decide exiliarse (¡a Marte!). Ozymandias sufre un atentado… Rorschach decide investigar qué pasa, mientras la escalada política se encamina a la aniquilación de la especie y el planeta.


Rorschach, fascinante y aterrador moralista imbuido de pureza y violencia

El volumen entero de Watchmen lógicamente sigue manteniendo una buena cantidad de textos intercalados entre los capítulos. Son crónicas de algún vigilante de la época anterior, fichas policiales y psicológicas de la policía, diarios, etc., que se integran en la narración pero que desde un punto de vista dramático no parecen ni especialmente conseguidos (adrede, claro está) ni aportan información que no parezca subrayada de la acción principal. Pero Watchmen es un libro cuya historia va creciendo en ramas y bifurcaciones continuas. La investigación de Rorschach incluye (metodología Rosebud), visitas y explicaciones de otros vigilantes. Los capítulos con frecuencia incluyen montajes paralelos de dos y hasta tres historias a la vez, y la complejidad va en aumento. Tal vez estos textos querían ser un respiro de sencillez expositiva frente al alarde no ya sólo narrativo sino conceptual de la parte gráfica, el cómic en sí, pero son contrapuntos que a veces tienen un aire algo paternal. El concepto gráfico es denso: de capítulos construidos como un espejo de sí mismos, a motivos repetidos en las viñetas, ampliaciones y reducciones de foco interesadas, e historias paralelas que hablan entre sí y permiten avanzar a la historia que no es propia, todo tipo de saltos narrativos, contrastes y juegos de color para definir personajes, lugares y también emociones, e inclusión de diferentes tiempos en un mismo momento… esta telaraña visual viene a ser un reflejo narrativo de uno de los temas centrales del libro: cómo los sistemas complejos del mundo, que nadie consigue aprehender completamente, ejercen el poder. Quien podría entenderlo, el Dr. Manhattan, lo entiende todo a la vez y inevitabilidad del conocimiento profundo le sume en la indiferencia y la inacción: la conclusión es que Dios es inútil.

Dr. Manhattan, es difícil ser un Dios

En Watchmen desde luego se observan los suficientes elementos de genio creativo: además de la estructura, el diseño y la profundidad psicológica de los personajes y la interpretación son un tanto inéditas en el género de superhéroes, asentado también en que los modos de representación de la distopía histórica que propone la historia dan verosimilitud a personajes y situaciones imposibles. La tragedia del Dr. Manhattan y su relación con el poder y su ejercicio tiene tintes shakespearianos, y es un hallazgo memorable de integración de lo sobrenatural en el realismo. La perturbación psicoanalítica de Rorschach o la fascistoide del Comediante resumen la relación entre el lobo solitario y el sentido americano de la justicia mediante sus disfraces metafóricos y políticos al mismo tiempo. Ozymandias bien podría ser el guionista oculto que interpreta mejor que nadie hechos y personas.

Ozymandias, un astuto conspirador convencionalmente ansioso de poder

El arte sistemático de Moore se revela al lector con las muestras de guion del final del volumen, que incluyen indicaciones precisas del diseño de cada viñeta y de cada página, en una descripción sorprendentemente prolija de planos, encuadres, distancias y efectos, sumado claro está a diálogos e intenciones sobre el impacto a buscar. La intensidad es ambiciosa en un sentido clásico, y el resultado aparenta obsesión, excesivo, e incluso hiperrealismo. Es un texto (el de apenas diez viñetas) de trabajo, para que el dibujante plasme el guion, pero encierra en sí el poder del cómic como arte, desde el planteamiento al resultado global, donde el texto anticipa la emoción y el significado de la imagen, y Moore ya predispone el lenguaje visual completo de esta obra.

Búho Nocturno y Espectro de Seda, frustración vigilante pero simpatía enamorada

Watchmen es una obra distópica desencantada con la hipocresía de la sociedad occidental, y sus páginas anticipan un futuro imposible para la humanidad. El valor de leerlo treinta años después es particular: es imposible no apreciar su nihilismo premonitorio, pero ya no sentimos la amenaza nuclear, de carácter político, sino la ambiental, de mucho más contenido económico. El inimaginable gobierno estadounidense pseudofascista que Moore imagina con Nixon y Kissinger aún en el poder en Washington ya ha sucedido y su fuerza desestabilizadora está presente, pero, contrariamente a lo que pensaríamos, su ausencia de la escena internacional resultó en ser el menos belicoso de los gobiernos norteamericanos. La distopía de Watchmen culmina en un sacrificio trágico que redime a la humanidad y conciencia a sus poderes en el valor de lo común. Parece un final feliz, pero es imposible en la realidad, ni parece que realmente el autor se lo crea. Watchmen es aún una historia de la Guerra Fría, un estertor de la II Guerra Mundial. Ahora estamos en otra fase, pero el retrato de los mecanismos de poder es igual de válido. Sí, es un libro descomunal, inteligentísimo, pionero, fundacional.

Alan Moore, vía

Dave Gibbons, vía


4 de enero de 2022

Veni, Vidi, Victus


No es menor la ambición histórica de una novela como Victus desde su título y desde el título de sus tres partes principales, que emulan a César, y que sirven a Albert Sánchez Piñol para dirigir a su imposible personaje, Martí Zuviría, en su devenir por la Guerra de Sucesión española. Victus, novela arrolladora y arrebatada, también agotadora, cuenta con el subtítulo Barcelona 1714, que evita toda duda sobre su tema. Publicada en 2014, coincidiendo con el tricentenario de la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas, Victus parece celebrar a la par que denunciar el carácter catalán, y, con los años, funciona como espejo inesperado del otoño de 2017, sobre el que ‘hace sombra’, parcialmente por supuesto. Es, claro está, una novela deliciosamente analizable, llena de elecciones particulares del autor, en ocasiones gozosas, pero también discutibles.

 Vauban, arquitecto de fortalezas

Zuviría es un chico de Barcelona que por avatares varios de la vida acaba estudiando bajo la tutela de Sébastien Le Prestre, marqués de Vauban, el prestigioso constructor de fortalezas de Luis XIV. Su enseñanza es iniciática, con ritos de paso gremiales y semimasónicos, que permiten al chico adquirir un conocimiento importante en las artes de construir fortalezas consideradas inexpugnables, y de… diseñar y construir también las trincheras de ataque capaces de expugnarlas. Esta contradicción en la sabiduría que adquiere se instala en su vida y carácter, pusilánime, ambivalente, algo traicionero, bisexual por conveniencia, hasta que finalmente ve la luz y abraza la causa de la defensa imposible y suicida de Barcelona. El suyo en teoría es también un viaje interior y simbólico, representado en su búsqueda de una palabra o en los puntos de maestría que va adquiriendo literalmente según cumple los criterios de su maestro. Pero todo ello lo narra nada menos que a los 99 años, cuando ya ha empezado incluso la Revolución Francesa, y dictando sus recuerdos de la guerra de su juventud a su escriba ayudante…

Berwick, dirigió el asalto final a Barcelona

Victus tiene varias vocaciones, todas ellas arrastradas por su personaje principal. Zuviría desprecia a su escriba (una mujer alemana llamada Waltraud) con todo tipo de calificativos machistas imposibles para su época y más dignos de Queipo de Llano que otra cosa. ¿Por qué este perfil, me pregunté todo el libro, cuando se nota que no es una argucia necesaria para la habilidad del autor en atrapar al lector? Este lenguaje de Zuviría se traslada al texto en otros ámbitos con frecuencia, y Sánchez Piñol juega, sin definir, a que Zuviría es consciente de que ‘le escriben’ su historia y que no puede en realidad controlarla (lo cual es un punto atractivo que además es útil para justificar según qué excesos, sí), y el artificio y la suspensión permiten aceptar este lenguaje de nuestra época para un hombre culto, por amargado que esté, del XVIII. ¿Inevitable, porque hay que acercar el relato histórico al lector de hoy? Probablemente sí, de manera lógica y admisible en lo comercial, pero la costura tan visible me desagrada más que al propio Zuviría, que no deja de ser un pícaro afortunado en grado sumo: sobrevive a ahorcamientos, palizas, heridas de fuego de gravedad, etc…) y, a pesar de ello, se le supone una vida plena, incluso en lo intelectual, y llega a viejo.

Villarroel, dirigía la defensa de la ciudad

El ritmo endiablado de Victus, el personaje de ficción que se relaciona con casi todos los grandes de un acontecimiento así (forzando varios hechos: el peor probablemente por intrascendente en la trama es que Rafael Casanova fuera su abogado), el detalle técnico que aparenta exhaustivo y que Sánchez Piñol complementa con mapas y dibujos ‘del momento’ a cargo de Xavier Piñas y Joan Solé (es inevitable pensar en el Austerlitz, de W. G. Sebald, aunque dramática y desarrollo no se parezcan en nada) presentados y mencionados al lector con desparpajo casi libertario, las vicisitudes que le hacen crearse enemigos recurrentes que aparecen y desaparecen -como en un serial-, la habilidad en el retrato del pícaro y sus aventuras que le llevan de los borbónicos a los austracistas pasando por los miqueletes… todo ello contribuye, con sus descripciones vigorosas y rudas, con sus dosificaciones de desmitificación de la Historia, a crear una pieza adictiva de narración, incapaz en ocasiones de controlar una espiral de acontecimientos límite, que son los que llevan a cierto agotamiento por exceso, y que pasa por el lector como un ejército del XVIII: arrollador, sin dejar heridos. Es imposible apartar Victus de las manos, hay que seguir y seguir hasta la derrota final.


Archiduque Carlos de Austria, aspiraba al trono de España

Victus, como decía, proyecta por supuesto su sombra sobre la actualidad, y en la simpleza de su parábola histórica aparenta explicar claves de un presente posterior a la escritura y que el autor recoge del pasado: el terror a ser llamado botifler, la guerra social con un poder local siempre elitista que prefiere aplastar cualquier potencial pérdida del statu quo, y un pueblo entregando su sentido de la esencia mientras construye (¿conscientemente?) sus mitos futuros. La visión del pasado permite describir crueldades, errores políticos buscados, luchas ególatras por el poder. Hasta en Villarroel se adivina un mayor Trapero… o al revés, claro. Por inevitable que sea leer 2017 en Victus, por inevitable que a un autor literario actual le sea emplear un lenguaje imposible por un personaje inverosímil, el valor literario es que el poder del relato y su ritmo interno funcionen autónomamente por encima de la Historia, desde luego.

Albert Sánchez Piñol (vía)