8 de enero de 2014

El divino Louvre



Con lógica edita este cómic el servicio editorial del propio Museo del Louvre: no sólo está el Louvre en el título, sino que la inauguración del palacio (anterior residencia de los reyes franceses) forma parte central de los hechos, así como el discurso artístico, personalizado en Jacques-Louis David, de la Revolución Francesa, lo que permite al libro exponer varios cuadros principales de su colección. La iniciativa parte de una invitación a realizar cómics que pusieran en escena el museo francés.


David es el hilo y personaje central de esta historia. Amigo y correvolucionario de Robespierre, éste le encarga dos cuadros, un retrato de la muerte de Joseph Bara (un adolescente mártir de la Revolución) y otro del Ser Supremo, el ideal racional con que Robespierre quería sustituir la idea de Dios en el pueblo francés. Para ello David busca efebos simétricos y perfectos que le devuelvan una imagen de perfección, y lo encuentra en Jules, un extranjero de origen judío con muchos enemigos.

Debo reconocer que no había visto la Revolución Francesa contada así, con estos niveles de lectura (política, artística, religiosa y sexual), y con una resolución plástica tan sabia y contundente. Escogiendo varias fechas significativas del calendario revolucionario, los autores usan un breve texto, una imagen destacada, y unas escenas en viñetas a veces convertidas en bocetos o esquemas, casi storyboards, como símbolo de un arte (o un ser supremo, o un efebo perfecto, o una política justa) que nunca consigue definirse. La emoción está bien conseguida en su transición del gran escenario político al salón privado o al estudio del artista -con los cuadros simbólicos de varios mártires presidiendo la acción y la vida-, y, especialmente, al detallado rostro de personajes en medio de múltiples confusiones y construcciones. Cada capítulo termina de nuevo con texto, como si las imágenes debieran terminar. Y en medio hay recursos simpáticos y eficaces, como señalar el acento de un personaje cambiando los signos de sus vocales en los bocadillos.

La muerte de Joseph Bara, de Jacques-Luois David

Jean-Claude Carrière es un veterano guionista cinematográfico, muy conocido por haber sido un colaborador habitual de Luis Buñuel, aunque ha trabajado para muchos directores e incluso como actor. No soy capaz de reconocer en El cielo sobre el Louvre una pauta autoral respecto a la obra que conozco de él, y creo que es su primer trabajo en cómic, en el que es posible que el principal peso autoral recarga en Yslaire (Bernard Hislaire), coautor del guión y dibujante, que hace gala de un dominio espléndido del dibujo y color, y que es un autor reconocido de bande dessinée. El libro encierra una mirada obvia al trabajo del artista plástico, a su pasión e intenciones, al significado e importancia de su obra y los detalles de la misma, y a la capacidad de éstas para ser discurso social y político. Es también un viaje a la estética particular de David, cuyo clasicismo en respuesta al decadente rococó borbónico fue la imagen de la Revolución, y cuyo cuadro al final del libro lo cierra en múltiples aspectos.

Robespierre visita el estudio de David

Uno de esos aspectos, el histórico, es especialmente interesante por cuanto El cielo sobre el Louvre es también válido como texto educativo sobre la Revolución Francesa, fenómeno polisémico lleno de acontecimientos concretos que han llegado a nuestros días como objeto de multitud de interpretaciones, a las que este libro se suma gozosamente.

Jean-Claude Carriere (vía)

Yslaire (vía)













28 de diciembre de 2013

El contexto de la ambición

(Reseña previamente publicada en la revista cultural Factor Crítico)

 

Hans Fallada es un autor alemán de la primera mitad del siglo XX hasta ahora olvidado, arrastrada sin duda su memoria por la vorágine del nazismo y sus consecuencias, y por su prematura muerte en 1947, cuando el país no estaba para reconocimientos culturales. Fallada fue un autor de éxito en vida, que incluso pudo mantener durante la época nacionalsocialista en la que no abandonó el país, y que en El hombre que quería llegar lejos escribe un prototipo de best-seller casi de manual.

El hombre que quería llegar lejos narra la historia de Karl Siebricht desde 1909, año de la muerte de su padre, en que con 16 años decide emigrar a Berlín desde su pueblo natal, hasta bien entrada la década de los años 30. Karl siempre deseó conquistar la ciudad a partir de sus ideas y su trabajo como empresario, como una obsesión permanente que se ve siempre, de una manera u otra, impedida por circunstancias que no controla: políticas, como el estallido inesperado de la I Guerra Mundial; económicas, como la enorme inflación del período de entreguerras; o familiares y personales, con el peculiar trío de hecho que Karl se construye con su amiga Rieke Busch y su colega Kalli Flau.


Las páginas más vibrantes y reveladoras del interés de Fallada en su libro tienen que ver con la creación de la empresa de transportes de equipajes que Karl y Kalli implantan en Berlín antes de la IGM. El ritmo y tensión que Fallada alcanza con cuestiones tan prosaicas como la financiación, las condiciones de los contratos de alquiler y servicios, o las relaciones entre socios, son las de un thriller apasionado y adelantado a su tiempo, que profundiza en los procedimientos económicos como un retrato necesario y presente de la imagen socioeconómica y laboral del Berlín y la Alemania de aquellos años.

Si las páginas son reveladoras se debe sobre todo a la inevitable fascinación que produce el mecano determinista de la Historia, que en este caso lleva los hechos al lugar histórico central del siglo XX. Karl Siebrecht es ambicioso pero no avaro, y en su empeño por destacar honestamente no quiere ayudas que no pueda devolver o que aplasten su espíritu. Pero se enfrenta a un mundo que le sobrepasa, en un conflicto permanente en que es fácil ver matices de nuestra crisis actual, así como del propio devenir alemán en los años 30, si bien el nazismo no aparece en ningún momento. Y no se trata sólo de la IGM (que constituye una gran elipsis en la novela) ni de las penurias económicas que supuso un Tratado de Versalles que no se menciona, sino también de la vida bajo el contrabando, el mercado negro, o incluso los batallones paramilitares de otros países en terreno alemán. Pero Karl en su ambición, o los demás personajes, no llegan a formalizar nunca un interés político.


El hombre que quería llegar lejos es, especialmente su primera parte, una obvia Bildungsroman que resulta más plana en su retrato de personajes, un tanto invariables, en general. Estos están presentados en múltiples dicotomías enfrentadas: joven/maduro, pobre/rico, trabajador/empresario, y los avances en estas líneas divisorias forman parte de la estructura de la novela en paralelo a los negocios de Karl. Sin embargo, las relaciones entre ellos, tanto para asuntos de negocios o de familia, resultan un tanto blancos e inocentes, y muchos comportamientos parecen demasiado ingenuos si se comparan con otros cronistas de la época como Isherwood o Mann. No puedo llegar a saber si es falta de habilidad en el perfil psicológico o un resultado de la necesidad de escribir un éxito, en el que hay un retrato a veces descarnado de la realidad, pero mucha resignación y poco análisis de causas, además de una obvia ausencia de contexto político (salvo la inevitable pero fugaz mención a la guerra) en un país y momento que bullía de ideologías. También puede deberse a los términos históricos y políticos del posible momento de su publicación, que finalmente fue póstuma, en 1953. Pero, en cualquier caso, no invalida el talento narrativo de Fallada, que estructura con lógica aplastante los acontecimientos de esta casi novela río, excelente texto para conocer la vida de Berlín entre 1910 y 1930, testimonio de una ciudad de la que ya no existen apenas rastros, y, en cualquier caso, un libro de lectura trepidante.






20 de diciembre de 2013

¿Una tacita?


La taza de oro es la Ciudad de Panamá, y este libro, de título completo La taza de oro. Una novela sobre Henry Morgan, el bucanero más famoso de la historia tiene como episodio central su toma y saqueo por parte del bucanero Henry Morgan en 1671.

Panamá La Vieja, 1609 (vía)

Henry Morgan es uno de esos piratas fascinantes que ha dejado la historia de los mares, y más específicamente, la del Caribe. Nacido en Gales, la llamada a la aventura a los quince años le llevó a embarcar hacia América en un barco cuyo capitán le vendió como esclavo al llegar. Chico listo, ambicioso y obsesionado, consiguió liberarse, hacer algunos saqueos inteligentes con un barco, y finalmente convertirse en un gran pirata capaz de capitanear a espaldas de la corona británica la toma de la inexpugnable ciudad española de la taza de oro… Morgan consigue fama y gloria tales que el muy inteligente gobierno británico aprovechó para nombrarle gobernador de Jamaica y usarlo como azote de sus antiguos compañeros de andanzas.

Poco parecido con Errol Flynn o Tyrone Power

La vida de este malísimo redomado es el tema de esta primera novela del mismísimo John Steinbeck. He llegado a ella por los exageradoselogios de Fernando Savater en su libro, y es muy difícil rastrear en ella los intereses del hombre que más tarde escribiera Las uvas de la ira, De ratones y hombres, o Al este del Edén. La taza de oro fue un fracaso cuando se publicó en 1927, pero abrió el camino del escritor hacia el premio Nobel y una gloria mundial aumentada por el impacto de las versiones cinematográficas de sus novelas.

Aventura no del todo canónica sobre un héroe obsesivo sin retorno que triunfa y se desmorona gracias al éxito, la novela es interesante (pero no precisamente profunda) en los apuntes del carácter del personaje, en el desarrollo y ritmo de sus episodios (esa Panamá que elige defenderse de los piratas yendo masivamente a misa), pero menos en su estructura, que lleva a un final abrupto que el propio autor parece no entender, pues no trabaja la evidente carga personal y social que supone con el peso merecido. Su fuerza como aventura se pierde posiblemente por la negrura en crecimiento constante de su protagonista, que casi nunca toma una elección moral adecuada, a las que la aventura deseada y asumida obliga de continuo. Esto no es malo en sí: al contrario, podía hacer de ella la descripción de la tragedia de la vida de aventuras que fascina también por esto. Sin embargo, a la novela parece faltarle un impulso, tal vez un enemigo, que hiciera de Morgan un personaje más literario y menos real. Posiblemente no lo tuviera en vida y por ello personaje y novela se consumen en sí mismas, sin mayor trascendencia, aunque con un buen gusto de pericia literaria latente.


John Steinbeck (vía)


8 de diciembre de 2013

Dinero


Este volumen, de contundentes título y contenido, recoge los 5 números de la revista Dinero (subtitulada Revista de poética financiera e intercambio espiritual), escrita por Miguel Brieva entre 2001 y 2005, más unas cuantas páginas extra. Aunque yo nunca conocí la revista como tal, había visto viñetas e historias ilustradas por Brieva en El Jueves o El País. Profundamente sardónico con la idiotización social, individual y familiar fomentada por el capitalismo neoliberal, y, en especial, con la sobreexplotación del planeta, el estilo de Brieva es muy reconocible: uso irónico de las formas publicitarias, cierto estilo visual retro con toques de los cincuenta y los sesenta en vestuario y ambientación, amargura profunda por la disipación de la cultura occidental, presentación directa de un mundo subconsciente que muestra las mentiras obscenas del mundo democrático en que vivimos… Brieva usa viñetas sin textos, chistes directos de periódico, pequeñas incursiones en la historieta, y textos.


El volumen acumula tal cantidad de material que puede volverse excesivo. Con un discurso apabullante, demoledor por veraz, y sin apenas salidas o soluciones (lo único podría ser que el sistema a pesar de todo produce autores lúcidos como Brieva), el inabarcable pesimismo negro que muestra la obra es en ocasiones, sobre todo cuando el gag en concreto no funciona, desconsolador, y, con frecuencia, cruel. Algunas de sus páginas son muy brillantes, en general las dedicadas al chiste visual, en que Brieva es muy eficaz al caricaturizar las contradicciones del capitalismo y la democracia. Sin embargo, los textos resultan discursivos y previsibles, a pesar de alimentarse del mismo material y aliento autoral.


Dinero es un volumen de más de 400 páginas (cada una de las revistas originales no era por tanto pequeña), y me lleva a pensar en la eficacia con que funciona una obra (o con que se da un mensaje) en función de su formato, y su longitud. Tal vez como recopilación no sea la mejor idea, o tal vez como lector debería haber ido abandonando y retomando su lectura pausadamente, para una mejor experiencia.


Miguel Brieva (vía)

28 de noviembre de 2013

El vaquero antes de la contracultura

Reseña previamente publicada en la revista cultural Factor Crítico


Vengan a sentarse
que les voy a contar
la historia de un vaquero
y su destino fatal

La edición por primera vez en castellano de La banda de la tenaza (el libro más conocido de Edward Abbey, que ya reseñamos aquí) fue una excelente noticia literaria –casi diría que política, si la literatura fuera relevante a corto plazo- y entiendo que comercial, pues ya tenemos también en Berenice su anterior novela El vaquero indomable, traducida otra vez por Juan Bonilla, en solitario en esta ocasión. Aunque no tiene la fama de La banda de la tenaza, El vaquero indomable es también un libro conocido, que se adaptó al cine  como Lonely Are the Brave (Los valientes andan solos), un estupendo western dirigido por David Miller, escrito por Dalton Trumbo, e interpretado por Kirk Douglas.


Jack Burns, que en 1955 intenta aún vivir como un vaquero de verdad, deambulando con su yegua Whisky, alejado de las ciudades y las carreteras, regresa a Duke City para ayudar a su amigo Paul Bondi, un escritor con quien comparte un pasado libertario y que está en la cárcel por desobediencia. Burns visita a la mujer de Bondi, compra unas limas, y consigue entrar en la cárcel y contactar con su amigo…

El vaquero Jack Burns es un personaje fuera de su tiempo, un habitante de fronteras que ya no existen, extraño a la civilización como la conocemos, de ingenuidad, sabiduría y generosidad puras y primigenias, conectado con una naturaleza que le recoge y arropa. La prosa metafórica de Abbey dedica pasión a esta naturaleza, llena de imágenes luminosas y sensuales, que hacen que los capítulos en que Burns vaga por los peñascos, arroyos y cañones sean bellísimos, de una comunión casi mística con lo natural, pero sin modismos bobalicones ni hacer de esto un new-age malickiano. Sin embargo, cuando Burns se acerca a la civilización, sea ésta más amable como la casa en que viven la mujer y el hijo de Bondi o más dura como la prisión del condado, el estilo también se tensa, y la incomodidad del personaje fuera de su entorno se transmite al relato: el caballo que no quiere pisar el asfalto, el bar en que tan sencillo es iniciar una pelea, la cárcel donde ser torturado es una costumbre…

Edward Abbey debió ser un tipo socarrón que dotaba a sus héroes del quijotismo condenado al fracaso en la lucha contra las máquinas y la modernidad, propiciadas por un Estado arrollador del que, en este caso, se salva un sheriff paternalista. Apenas tres o cuatro momentos de humor magníficamente dosificados y un templado reparto de los escenarios y personajes revelan una estructura hábil y rica en sentidos literarios y narrativos para los personajes principales. Quizá la historia del camionero (el forastero) que se alterna con el resto de la historia central del libro sin apenas relación, resulta en exceso determinista, para justificar un final que años después supo muy sabiamente modificar en La banda de la tenaza. Frente a este, El vaquero indomable tiene lecturas política y contracultural más desencantadas, probablemente también porque las circunstancias históricas en los 50 y los 70 también eran distintas, a pesar de la coherencia indudable del pensamiento de Abbey.
El vaquero indomable es otro estupendo libro contracorriente, aparentemente una historia sencilla de una ligereza inicialmente adorable, que encierra, en el año de su escritura, un edificio histórico-moral a punto de revelarse.

Edward Abbey (vía)


18 de noviembre de 2013

Energía


Solar es la novela  de Ian McEwan que sigue a On Chesil Beach, la emocionante pequeña pieza que narraba la terrible noche de bodas de una pareja de la reprimida Inglaterra de los 50. Para los lectores Solar es una novela esperada, y para el autor un desafío frente a los excelentes resultados de la anterior.

Solar es la historia de Michael Beard, un físico británico ganador del Nobel a principios de los 70, director de un centro de I+D dedicado a las energías renovables en el Reino Unido. Casado cinco veces, su caótica vida personal se enfrenta a que por primera vez su mujer le es infiel, lo que interfiere seriamente en su trabajo. En ese momento y delante de sus narices sucede un accidente que obliga a Beard a tomar una decisión moral de profundas implicaciones personales y profesionales. La novela relaciona (y retuerce) continuamente ambas facetas de Beard, personal y profesional, usando la física y su belleza determinista como espejo del desastre de alcohol, mujeres, infravivienda y obesidad en que Beard vive, y lo hace en tres momentos temporales, 2000, 2005 y 2009, incorporando banalmente elementos exteriores (desde la recesión económica al triunfo de Obama), localizaciones geográficas significativas en el cambio climático, y llegando a un clímax con la única salida posible, pero sin resolver, al menos, la parte científica de la trama.

Energía solar fotovoltaica (vía)

Michael Beard es un personaje tópico e indefendible, de una psicología muy directa y plana, con varios lugares comunes de reconocimiento demasiado fáciles. McEwan no lo hace potencialmente más interesante y tal vez sólo una radiografía del viejo elefante que vive del éxito pasado, sin ideas, ganas, ni posibilidades de hacer nada nuevo alcanza en algún momento fugaz un halo trágico tanto para el protagonista como para el mundo que le acoge (en este caso, el de la innovación energética y su burbuja de farsantes apenas esbozada por McEwan).

La suma de diseño de estructura y personaje hunden a Solar en el terreno del best-seller convencional del que le sacan a veces los destellos de lucidez de McEwan, cuando Beard reflexiona sobre sí mismo y su brillante pasado, o la integración de las explicaciones físicas de la trama, y como lector me ha dejado profundamente indiferente, aunque por supuesto, se siga y se consuma sin desagrado.

Ian McEwan, fotografiado por Philip Hollis (vía)




9 de noviembre de 2013

El bilbaíno de la trágica figura



En un pasado busqué este libro sin éxito, pero verlo mencionado muy explícitamente en ¿Somos como moros en la niebla? me lo trajo de nuevo a la mente. Miguel de Unamuno es una de las figuras más mencionadas en elensayo de Sarrionaindía, y Paz en la guerra, en concreto, aparece recurrentemente por ser una de las narraciones básicas de la Tercera GuerraCarlista (aunque sólo segunda en el País Vasco, 1872-1876), del sitio de Bilbao, y por traer a primera línea el pensamiento de Unamuno sobre los conflictos bélicos en general y sobre las tensiones del País Vasco del siglo XIX en particular. Incluso hoy, como dice Pablo MartínezZarracina, Unamuno sigue en buena forma…

Plaza Miguel de Unamuno, en el Casco Viejo de Bilbao (vía)


Paz en la guerra se publica en 1897, con casi todo el siglo haciendo sombra, el PNV recién creado y Cuba y Filipinas cerca del desastre. Unamuno es aún un escritor apegado a su Bilbao natal. En la novela cuenta la historia de un hombre del campo que es comerciante chocolatero en Bilbao. De joven, hace la guerra en el bando de Don Carlos y contra el nombramiento de Isabel II como reina durante la I Guerra Carlista. Al acabar esa guerra tras el abrazo de Bergara regresa a Bilbao, se casa, y tiene un hijo, Ignacio, quien combatirá por el mismo bando carlista casi 40 años más tarde. Al llegar al sitio de Bilbao, Unamuno hace una jugada literaria efectiva: en vez de seguir al soldado Ignacio como ha hecho en casi todo el relato, la acción se centra en la ciudad sitiada, en su rutina diaria de bombardeo y racionamiento, y en la obstinada resistencia liberal de la villa, cuyo asedio roto supuso el inicio de la derrota carlista.

Instituto Miguel de Unamuno, de Bilbao (foto de Mitxel Atrio, vía)

Unamuno comprende la guerra. El mismo título lo indica: la guerra es un estado necesario para disponer de tiempos de paz. Qué duda cabe de que en su entendimiento intelectual de la misma hay aún una parte de visión romántica del acto bélico, marcada por unos valores que culturalmente se hunden en la Historia de Occidente, y que obviamente acabaron en el siglo XX, cuyo afán documentador destrozó esa visión. En Paz en la guerra, Unamuno describe y emite juicios pero no se decanta distintivamente por un bando. Al carlismo mitificado, que propone fueros ancestrales y una vida conectada con ritos generacionales, le da una alegría despreocupada y un vivir en las tradiciones por el cual siente respecto. Al liberalismo le concede valor, resistencia, la fuerza del esfuerzo comercial, y el progreso que ha traído al país. Sus bilbaínos asediados se ganan sus simpatías, pero no por ello critica a los muchachos de bien que luchan por el nuevo Don Carlos y en contra de Amadeo de Saboya, de la I República, o de Alfonso XII.

Busto de Miguel de Unamuno en el barrio de Deusto (vía)

La carga histórica del libro, debo reconocerlo, se me ha hecho pesada. En boca de todos los personajes están los generales, muchísimos, de los dos ejércitos protagonistas de las dos guerras implicada y de la paz entre ellas, con una familiaridad hoy perdida, y en las que apenas consigo situar algunos de los nombres (Prim, Concha, Espartero, Serrano, Zumalacárregui…). Por contra, la trama centrada en la propia ciudad da una familiaridad extrañaen literatura, pero adorable para el lector bilbaíno. La prosa de Unamuno es fresca y florida, con maestría completa sobre el diálogo y la descripción matizada, y un dominio literario asombroso de la lengua. Es un libro largo, pero también adictivo por su prosa certera y ágil, con un ritmo narrativo que los autores del 98 compartían a menudo, e intencionadamente estructurado y resuelto.

Placa en la casa donde nació Miguel de Unamuno, en la calle Ronda del Casco Viejo (vía)

Paz en la guerra es un libro que proyecta también una sombra sobre su futuro. Desconozco su influencia real, pero ahora no es, ciertamente, el libro más conocido de Unamuno. Pero los hechos narrados y el tono empleado van adelantando las posturas futuras de un intelectual apasionado e intransigente, que luchó por frenar el progreso posible del euskera y acabó viviendo trágicamente en sí mismo la falsedad de la propuesta que con el título de este libro, basado en la ciudad que le vio nacer y a las que dedicó prosa y verso inmejorables, lanzó al mundo.

Un joven Miguel de Unamuno, todavía lejos de su icónica barba canosa (vía)