8 de octubre de 2012

La disolución de los venenos


Pensó también en los pechos de Elisheva, que eran, quizá, los más hermosos que había visto en su vida, y en que las pocas ocasiones en que se los había visto se le había llegado a cortar la respiración, e incluso recordó que en una ocasión le había dicho a un confuso Mija que aquellos pechos serían la salvación de Shaul, porque si mamaba de ellos quizá se diluyeran los venenos que llevaba dentro.


Delirio, de Daniel Grossman, está lleno de momentos de esta fuerza orgánica, biológica. El tópico sobre Israel me hace atribuirlo a la obsesión por las raíces, la raza y la tierra que se les supone a los israelíes, algo que tan bien dibujaba Steven Spielberg en Múnich. Pero no puedo afirmarlo del todo. Esta novela obsesiva que cuenta el relato probablemente imaginario de un marido celoso sobre la prolongada aventura amorosa de su mujer con otro hombre es el primer libro que leo de David Grossman, novelista israelí, activo pacifista cuyo hijo murió en acción en el ejército y no por ello cambió sus convicciones. No recuerdo ahora mismo lecturas de otros autores de Israel.

En la narración de Delirio una mujer conduce hacia un destino desconocido a su cuñado Shaul, que va en el asiento de atrás con una pierna escayolada y que le va contando como su mujer lleva años viéndose una hora al día con otro hombre; le describe su vida, sus motivaciones y el dolor que todo ello le causa. Sin embargo, nunca ha hablado con su mujer del tema, nunca le ha seguido y apenas ha visto al otro hombre, un cliente de su mujer, una única vez. ¿Cómo sabe, entonces, todo eso? Parece que nos enteraremos, puesto que se dirigen al lugar donde su mujer se ha ido cuatro días de vacaciones, a descansar, en teoría completamente sola.

Más allá de las imágenes simples (el hombre escayolado que es en realidad un paralítico emocional) o las políticas que en cierto modo perseguirían a todo autor israelí (la necesidad de Shaul de tener un enemigo para seguir existiendo, el veneno interior por los horrores vividos y cometidos), Delirio es un ejercicio de creación e imaginación cedidos al poder destructivo pero fascinante y fabulador de los celos. Los celos delirantes de Shaul construyen un relato de doscientas páginas, son capaces de imaginar una vida, unas emociones e incluso un destino, en un turbulento martirio de amor que también arrastra a la cuñada chófer. En Delirio una novela consciente, la novela con que en realidad cada uno construye su propia verdad, se manifiesta dentro de la novela en sí. El ejercicio de comparación es inquietante, pues parece indicar que la invención que nos destruye interiormente es la más sólida creación que conseguimos hacer.

En Delirio sólo me chirrían un poco los momentos oníricos en que Shaul, adormecido, parece complementar su relato despierto con un componente subconsciente cuyo sentido entiendo, pero que creo irrelevante y que aporta poco al especial valor que tiene esta novela intensa, creativa y turbadora.

David Grossman (vía)


28 de septiembre de 2012

Adelante el camarada



Parece que el escritor francés Jean Echenoz escribe mucho sobre personajes reales. Sus tres últimas novelas se centran en Maurice Ravel, Emil Zátopek y Nikola Tesla. El de Zátopek, titulado escuetamente Correr, es el primer libro que leo de este autor.

Emil Zátopek fue un corredor de medio fondo checoslovaco que a finales de los años 40 del siglo pasado sorprendió a todo el mundo batiendo los récords de todas las distancias largas del atletismo, ganando medallas olímpicas y carreras allí por donde pasaba, siempre con un estilo heterodoxo (la portada del libro es clara al respecto), pero con resultados inapelables. Lo hizo bajo la atenta mirada del régimen comunista, para el que su aparición fue sin duda milagrosa, un prodigio de la naturaleza cuya llegada a la alta competición, sin conocer estrategias de carrera ni métodos de entrenamiento, fue casual y resultado de un esfuerzo individual, autodidacta y prácticamente sin recursos, años antes de la inversión de los regímenes comunistas en el deporte de alta competición. El recuerdo mítico de Zátopek persiste en los aficionados al atletismo a pesar del tiempo transcurrido.

Zátopek besa a su mujer, también atleta y campeona olímica (vía)

Echenoz retrata a un hombre sencillo, competitivo y poco endiosado. El libro avanza en capítulos cortos, en frases rápidas, centelleantes, que cubren desde la invasión alemana de Checoslovaquia hasta la caída de Dubček en 1968. La tentación es decir que estas tres décadas suceden tan rápido como la propia ejecución atlética del mismo Zátopek, y así lo dicen algunas reseñas. Imagino que con Ravel todo será fluir musical y con Tesla relámpagos y centellas…

No hay complejidad psicológica en Correr, sino más bien una descripción naturalista de sentimientos comunes. Zátopek puede haber sido una persona sencilla con un talento descomunal, que más o menos aceptó las cosas de la vida como le sucedieron, y el relato de su vida encuentra un interés no trágico -para él- pero sí irónico en haber sido controlado por un estado comunista opresor. El tema de este libro es la inalterable voluntad de un hombre enfrentado a las condiciones absurdas que se le imponen para practicar su inocua pasión como si el mecanismo más noble para la libertad fuera la pureza de sentimientos. En la sencilla precisión del lenguaje –sin epítetos, sin metáforas, con diálogos y palabras escogidamente rutinarias- se consigue un reflejo impecable del protagonista. Desconozco si se ajusta completamente a la realidad, si el autor se desliza por el camino de la hagiografía, pero como trabajo literario es emocionante y certero, y no se para en describir una mítica deportiva absurda.

Jean Echenoz (vía)

(Con este post se cumplen 100 banquetes entregados a los lectores de este blog. Gracias a todos los que leen, a los que además comentan, y a los que han leído algún libro gracias a una recomendación aquí recogida)

18 de septiembre de 2012

El hombre sin atributos



Siempre me había parecido enigmática la portada de esta novela, con la foto de este niño vestido con ropas de hace cien años y ese pelo rubio alborotado que le invade la frente, su mirada decidida, y el fondo en sepia, una campa solitaria y un cielo cubierto. El título evoca la batalla que Napoléon ganara en Moravia a los rusos y a los austríacos, la misma que Tolstoi reflejó en Guerra y paz.

Austerlitz es la batalla europea por excelencia: hasta tres emperadores mirando por lo suyo (vía)

Austerlitz es un libro de memorias con matices de reportaje que el narrador (supuestamente el mismo Sebald) cuenta tras encontrarse en repetidas ocasiones y lugares (Amberes, Londres, París), de manera casual, con Jacques Austerlitz, el protagonista principal. Austerlitz es un profesor que vive en Londres y que comienza hablando de arquitectura con el narrador, especialmente de fortalezas y cúpulas, para, en un momento determinado de sus encuentros siempre evasivos, comenzar a contar su viaje personal en busca de sus orígenes. Un viaje que le descubre a sí mismo que no se crió con sus padres, que su país no es aquel en que nació, que el idioma que usa no es su lengua materna. Austerlitz es un niño refugiado que evitó por los pelos el Holocausto, al precio del exilio, el desarraigo y la memoria, vividos como desapego intelectual más que como tragedia.

Austerlitz, como novela, sorprende al desplazar la atención del narrador al protagonista al cabo de 30 páginas. También por el uso de fotografías y gráficos intercalados, lo que da el matiz de reportaje histórico mencionado, pero cuyo B/N poco definido, oscuridad y aspecto antiguo lo acercan a la presentación de una investigación emocional más que profesional. El casi monólogo de Austerlitz se prolonga más de 200 páginas, en una fascinante yuxtaposición de frases larguísimas en párrafos inacabables, donde Sebald narra cómo Austerlitz le cuenta sus viajes y lo que en ellos va descubriendo, mediante una erudición que se combina con la emoción individual para ir aclarando paso a paso el origen y la vida de este hombre sin atributos. No es difícil encontrar el sentido metafórico al personaje y su época, que vendría a ser el europeo golpeado por las circunstancias del terrible siglo XX. Sin ser esto novedad, la novela aporta brillantez mediante otra forma de narrar la irrupción del nazismo en la vida de la clase media, y es por momentos hipnótica. Es por ello una pena que Sebald muriera prematuramente en 2001, porque su obra es corta ya que además empezó a publicar bastante tarde.

La novela termina abruptamente, aunque las reseñas no dicen que esté inacabada. Siguiendo con el gusto del lector por encontrar metáforas vitales, estas fueron las últimas líneas de una novela publicada por Sebald, coherentes con el accidente de carretera que se llevó por delante al escritor.

W. G. Sebald (vía)



8 de septiembre de 2012

Recuerda, cuerpo...



El último libro de Paul Auster hasta la fecha no es una novela. Su título, Diario de invierno, indica que se trata de un diario, pero éste no tiene las entradas convencionales, con su fecha. Se acerca a la autobiografía pero menos al libro de memorias, pues aquí no existen crónicas de logros profesionales, de famosos conocidos, ni revelaciones espectaculares. ¿Qué es Diario de invierno? Yo lo llamaría un relato del cuerpo.

A los 64 años, el pesimista Paul Auster se levanta cada día en el invierno de su vida, y lo hace con consciencia de ser un cuerpo presente que se revela en dolores y dolencias, manifestando su dictadura sobre la vida desde un título que ya tiene un rasgo bélico, el de las campañas en la peor estación del año. Auster, cual esclavo, cuenta los avatares, los muchos sucedidos, que lastimaron, alegraron o hicieron responder a su cuerpo. El libro contiene una crónica/recuento de golpes, enfermedades, amantes, encuentros, las ciudades en que el cuerpo vivió, las camas en que el cuerpo durmió…

Paul Auster tal vez sea el último gran escritor norteamericano que vivió como joven amante de la literatura en París. (El mercado de libros viejos del Sena, según Ernest Descals, vía) 

Sorprendentemente, este contarnos su vida de Auster resulta fascinante. Su opción es posiblemente tan impúdica como la de un reality, un desnudo frontal que deja su intimidad al descubierto (y comercializada en forma de libro a la venta), pero el tono resulta de una honestidad y cercanía devastadoras. Su humildad humanista no se me antoja automisericorde, sino dolorosa por participar de una condición limitada. Y el arte de Auster consigue que el interés no decaiga a pesar del catálogo de sucesos cotidianos y anárquicos que supone una vida.

¿Cómo lo hace? Simplificando la frase (técnica marca de la casa), con una carga emocional continua en los sentidos, lo que permite trasladar al lector las experiencias de Auster con nitidez corporal, y con algo más literario de lo que parece: una sibilina estructura aparentemente lineal, que se revuelve de continuo y recupera el pasado y avanza el futuro, recreando su propia vida como si hubiera un camino y se pudiera sospechar, subconscientemente y sin éxito, que la vida tiene sentido. Y, por supuesto, Diario de invierno es para los amantes de la obra de Auster un conjunto de claves que explican obsesiones e intereses literarios, y las trazas de los episodios de su vida que reconocemos en sus novelas resultan estimulantes para un estudio completo del autor. A mí me gusta que además esto no parece buscado, que llego a creerme que es un producto que se origina en las tripas más que en la cabeza o el bolsillo.

Entendería que hubiera quien rechazara el libro, cuya trama novelesca es obviamente poco interesante. Pero su tesis, de existir, la de que somos materia que relatar, que en el relato de esta materia está la vida, está expresada de manera muy bella.

Les dejo con un hermoso poema que he recordado al leer este libro y escribir esta reseña


Recuerda, cuerpo, no sólo cuánto fuiste amado,
no solamente en qué lechos estuviste,
sino también aquellos deseos de ti
que en otros ojos viste brillar
y temblaron en otras voces – y que humilló
la suerte.
Ahora que todos ellos son cosa del pasado
casi parece como si hubieras satisfecho
aquellos deseos – cómo ardían
recuerda, en los ojos que te contemplaban;
cómo temblaban por ti, en las voces, recuerda, cuerpo
(Recuerda, cuerpo… , de Konstantinos Kavafis, traducción de José María Álvarez)

Paul Auster (vía)



29 de agosto de 2012

La familia de cristal




Es curioso que con el grato recuerdo que tengo de las dos lecturas de El guardián entre el centeno, este Franny and Zooey me haya resultado pesado aún reconociendo el lenguaje y los temas de interés de J. D. Salinger, el mito de las letras norteamericanas fallecido en 2010.

Franny and Zooey son dos relatos cortos relacionados entre sí. Los dos protagonistas son los dos hijos más jóvenes de la familia Glass (Salinger tiene más relatos con esta familia como protagonista). Franny es la menor y en su relato se narra la conversación que mantiene en un retaurante con Lane, su novio, al que va a visitar un fin de semana. Durante la charla van haciéndose presentes los problemas psicológicos de Franny Glass, al parecer relacionados con un libro que está leyendo sobre los sacrificios en el cristianismo. El relato, comenzado de una manera clásica, alcanza una gran extrañeza y acaba abruptamente, en una ruptura temática, literaria y personal.

Zooey sin embargo empieza con la larga conversación entre Zooey Glass y su madre mientras el primero se baña y acicala en el baño. El relato va enseñando claves para la explicación de los problemas de Franny (que está en la casa después de haber vuelto de su cita) y del conjunto de la familia. Zooey es un actor de 25 años que hace uso de sus dotes de interpretación en sus relaciones familiares, y que intenta encauzar a Franny para que se tome con más tranquilidad la vida, aunque con cierto victimismo que Zooey usa con su madre y sus ausentes hermanos mayores.

Zooey, en el baño (vía)

Tal vez el contraste principal esté en el enfoque del tema, que mientras en El guardíán entre el centeno anticipaba el vacío existencial de la adolescencia como conflicto vital moderno, en Franny and Zooey resulta explicativo, psicologista, y, por momentos, incluso denunciador del papel de las religiones sectarias en la educación tanto racional como sentimental de los jóvenes. Este tratamiento del conflicto es tal vez poco sutil literariamente pero ahora está superado también vitalmente por otros conceptos como el abuso o el acoso y no consigue la fuerza esperable. En cierto modo, su mirada sobre la juventud de la postguerra, que es la que rompe definitivamente el antiguo rol inexistente de la adolescencia, resulta menos incisiva.

Me quedo sin duda con esa larga conversación entre Zooey y Bessie (su madre), con el pudoroso muchacho celoso de su intimidad pidiendo de continuo a su madre que le deje terminar en el baño, mientras ésta insiste en sacar a escena los fantasmas familiares. Encuentro en esa conversación agónica mucha verdad alegórica: la carne contra el recuerdo, la ascendencia frente a la inocencia juvenil. Salinger es algo evasivo y parece narrar conflictos escasos, tal vez superados, pero da lugar a momentos literarios maravillosos como éste. Franny y Zooey son desde luego personajes bien perfilados y la fragilidad que su destino parece asumir alcanza con fuerza al lector.

Última foto realizada al muy asocial J.D. Salinger (vía)


20 de agosto de 2012

El amor es para el verano



Verano y amor es una novela de algo más de doscientas páginas, escrita por un hombre de 84 años, con tintes autobiográficos. Está ambientada en un pueblo irlandés a finales de los años 40 del siglo pasado y cuenta la historia de amor que sucede durante un veranos entre Florian, un chico de poco más de veinte años que quiere vender la casa de sus padres fallecidos para poder emigrar, y Ellie, una huérfana casada con un viudo del pueblo vecino que cuida con él una granja de ovejas. Al principio del verano se conocen casualmente e un funeral, y las visitan del joven van causando habladurías en el pueblo. Para Ellie esto significa conocer de verdad el amor porque su matrimonio fue de conveniencia, pero a Florian le produce muchas dudas pues no quiere aplazar su viaje. Entre esto, las motivaciones del marido y las de una mujer del pueblo que recuerda su propia historia pasada se enreda una historia más apasionante de lo que parece.

La historia del viudo u hombre mayor que se casa con una mujer mucho más joven que encuentra el verdadero amor en otro joven llegado al pueblo no es precisamente nueva, y si la localizamos en Irlanda encontramos desde canciones referidas al tema a un referente cinematográfico tan potente como La hija de Ryan (aunque no hay política, añadamos que el pueblo tiene un tonto que resulta esencial en la trama).


Así que, obviamente, lo apasionante es como está escrita la novela, que en vez de ponerse apasionada o romántica, mantiene siempre un tono simple y descriptivo, en el que el amor se cuela entre las precisas frases que muestran cómo desarrollan su vida cotidiana y su trabajo los personajes que vivían una situación de difícil exposición, y que siempre buscaban detalles que significarían un amor o lo contrario. Cualquier situación en que el amor no puede expresarse públicamente, tratada con sensibilidad y profundidad, debo reconocer que suele llegarme. Verano y amor tiene además momentos extraordinarios, por las relaciones entre personajes y sus motivos, y algunos casi epifánicos en su resolución; es uno de los rasgos que emparentan a este autor con su compatriota James Joyce, y que hacen de su final un episodio magnífico.

No lo recordaba, pero William Trevor es el autor de El viaje de Felicia, y recientemente ha publicado Una relación perfecta, también con estupendas críticas. Habrá que seguirle.

No sé a ustedes, pero esta foto de William Trevor (por Eamonn McCabe, vía) me transmite algo entre tranquilidad, bondad y sabiduría. Si alguien propone como definirlo...

11 de agosto de 2012

¿Todo Joyce?



Dublinés es obra de Alfonso Zapico, y es un cómic biográfico sobre los hechos de la vida de James Joyce, más atenta a sus peripecias personales, familiares y sociales que a su obra, aunque los motivos de ésta queden más o menos explicados.

James Joyce (vía)

Hablemos pues del protagonista: Joyce es la figura reconocida como el mayor genio de la literatura irlandesa. Nació en 1882 y además de en Dublín vivió en ciudades europeas como París, Trieste o Zúrich, hasta su muerte en 1940. Tuvo una educación católica de la que renegó y adoraba algunas de las costumbres admitidas de su país (si podemos llamar así al alcohol), al que adoraba y odiaba a la vez, y del que acabó exiliándose. Su obra más famosa es Ulises, que describe un día en la vida de Leopold Bloom y Stephen Dedalus, que son a la vez dos visiones del autor y el reflejo de los personajes de la Odisea de Homero; es un libro innovador en género, estilo, estructura y técnica pero de lectura difícil, y que dio a Joyce un puesto ya legendario en la literatura universal. Joyce fue un viajero toda su vida, arrastrando tras sí a su mujer e hijos, y siempre viviendo pobremente, del dinero de la familia y los amigos, y gastando las pocas rentas que a veces acumulaba en juergas varias. Era excéntrico y arrogante, juerguista y bebedor, enfermizo, ni buen marido ni buen padre, y apenas se ganó el respeto de unos escritores y editores que le apoyaron.

El puente O’Connell tal y como Joyce debió conocerlo (vía)

Dublinés es un libro bien ambientado, con preocupación por el detalle, un dibujo encantador (con gran maestría al recoger el rostro humano sin caer en la caricatura) y en general bien narrado, con una estructura viajera acorde con el autor y su obra principal. Es un libro ambicioso, que narra y ambienta muchas décadas de historia alrededor de una figura mítica muy apegada a la mitología literaria de un país al que el autor no pertenece. Permite también aprender mucho sobre Joyce y sus motivaciones, aunque tengo dos problemas con él. Creo que el autor se deja fascinar demasiado por el escritor que como hombre fue un desastre que causó bastante dolor. ¿Debe el genio suponer simpatía per se? Yo creo que admiración intelectual y artística y simpatía personal no son necesariamente lo mismo. Cierto es que varias de las peripecias de la vida de Joyce despiertan esa simpatía, subrayadas además por un supuesto hedonismo de cuya existencia no dudo, pero que seguramente no pudo ser tan grande. Me explico: mi segundo gran inconveniente con Dublinés es que creo que no consigue despertar el interés por la inmensa obra de Joyce, que parece interesarle al autor menos que su vida, cuando en realidad es la obra de Joyce lo que de verdad hace destacable a Joyce. Cierto es que el libro contiene azares literarios: libros rechazados, autores famosos con los que Joyce alternó, la infernal espera para poder publicar legalmente. Pero la obra en sí está ausente, y yo la creo necesariamente merecedora de un hueco, sobre todo si la comparo con las muchas viñetas dedicadas a los bares.

Puede que el problema surja del acercamiento al escritor biografiado por parte de quien conoce su obra. No lo sé, porque debo reconocer que he disfrutado la parte biográfica en su justa medida, y me ha proporcionado claves para entender mejor los libros (o el recuerdo que tengo de ellos) de Joyce, precisamente porque en un escritor vida y obra rara vez son disociables. Tal vez un lector que no conozca a Joyce ( y a quien recomendaría empezar por Dublineses y Retrato de un artista adolescente) no tenga este impedimento al no poder otorgar peso a la obra dentro de la vida, y pueda disfrutar aún más este cómic ágil y bien construido.


Alfonso Zapico (vía)