30 de octubre de 2010

Atentado

Martin Amis es uno de esos llamados intelectuales que podríamos decir interesados/comprometidos con la actualidad de su tiempo. Parece que además, con la edad, no acaba de encontrar la ficción necesaria para una nueva novela. Amis comenta en este El segundo avión. 11 de septiembre: 2001-2007, que no hay escritor contemporáneo cuyo trabajo no haya podido ser afectado por el 11S. De su shock particular surge este volumen, compendio de artículos periodísticos, ensayos, relatos de ficción y hasta somera crítica de cine, todos ellos alrededor del 11S, sus razones, sus causas, y su impacto, y que sigue el gusto de Amis por describir la realidad que le impacta.

Martin Amis fotografiado por Bernardo Pérez (via)

Aunque es interesante ver la evolución del pensamiento de 2001 a 2007, con el desplazamiento progresivo del problema bajo estudio del 11S en sí a Irak y su invasión, me resultan más atractivas sus reflexiones sobre el Islam, un reflejo claro de la contradicción que encara Occidente cuando enfrenta su moral y su necesidad, y en especial su breve historia del islamismo nacido de la pluma del egipcio Sayyid Qutb, no sólo expuesto con claridad sino implicándose literariamente, por así decir.

Sin embargo, para mí lo mejor del volumen son precisamente las dos historias de ficción, en las que creo que Amis escribe a gran altura. Una de ellas, En el palacio del fin, recuerda a los excelentes relatos que Amis recogió en Mar gruesa, donde se subvertía la realidad, y las minorías y mayorías intercambiaban papeles y se veían obligadas a mirarse en espejos nuevos. Aquí, los dobles del hijo de un dictador presuntamente moribundo (un presumible Saddam Hussein) se ven obligados a no sólo representar a su sátrapa sino a sufrir sobre sí mismos los deterioros de su cuerpo (atentados, entiéndase) e incluso llevar la gloriosa vida (sexual, entiéndase) que debería llevar el líder supremo aunque no pueda. Aquí la realidad se materializa necesariamente en personaje secundario que ha de imitar a un ignoto y desaparecido actor principal, pero, además, se compara de continuo consigo misma.
7 u 8 dobles de Saddam (via)
El segundo relato, Los últimos días de Mohamed Atta, imagina los días 10 y 11 de septiembre de 2001 desde el punto de vista del líder del grupo terrorista y piloto que estrellara el primer avión contra la torre norte. Ni es (obviamente) amable ni comprensivo con Atta; Amis cree que la razón occidental no sirve para explicar coherentemente el islamismo. Su análisis de Atta recorre un radicalismo religioso enfermo de nihilismo fatalista (al estilo del análisis de André Gluksmann, que cree que esto no es religión sino desesperación), en el que el asco inducido por las ideas islamistas sobre la sociedad occidental y su trato del Islam, y por el ayuno enfermizo a que Atta se sometía, construye una voluntad de venganza que se alimenta en un cerebro que se imagina guiado por Alá. Atta es un desesperado desgarrado de la vida al que Amis lleva del destierro interior a la iluminación del horror en un relato de angustia exasperante.

Da para más el libro: hay crítica sobre United 93, la película de Paul Greengrass, hay exégesis de textos y expresiones (como el ‘9/11’ y el gusto norteamericano por la brevedad a veces inoportuna), y no falta Osama Bin Laden como figura icónica sin más discurso que su letanía sobre la luz de Dios que alienta al Islam. Interesará obviamente a los que guste el tema, o quieran ver a Amis con buen pulso, algo que no siempre sucede, antes de su siguiente publicación, esta vez sí una novela. Por supuesto, el libro ha sido controvertido especialmente en su país, porque historiadores y críticos hablan de que Amis se ha metido sin conocimiento íntimo en un terreno que no controla, y que por ello el libro es superficial. Bueno, yo no estoy de acuerdo, al menos desde mi lectura, tal vez también superficial. Detalles como que el título del libro fue escogido por ser ese avión, el segundo, el que nos dio conciencia evidente de que ya vivíamos en un mundo distinto al de apenas una hora antes, me parecen bien relevantes de lo que el 11S supone para Occidente.

Les dejo con una imagen de la firma que Amis dejó en mi ejemplar del libro en La risa de Bilbao.





19 de octubre de 2010

Las fantasías de Francis

Este volumen incluye el relato original de Francis Scott Fitzgerald que dio lugar a la película de David Fincher, aunque, además de The Curious Case of Benjamin Button la edición contiene otros dos relatos en mi opinión mejor conseguidos: Bernice Bobs Her Hair y The Diamond as Big as The Ritz.

David Fincher y su guionista Eric Roth cambiaron prácticamente todo en la historia del cuento sobre Benjamin Button salvo la anécdota original. El Benjamin Button de FSF nace en Baltimore y queda al cuidado de su padre, del que hereda el negocio. No se casa con bailarina evasiva alguna, sino con una chica decente de su ciudad con la que tiene un hijo. Es héroe de guerra pero no un viajero romántico. FSF viene a dibujar un triunfador, un Gatsby cuyo desarraigo surge de su peculiaridad de haber nacido viejo e ir rejuveneciendo según pasan los años.


Ni el relato ni la película me resultan convincentes en el desarrollo de una anécdota a priori brillante, lo cual posiblemente indica la dificultad de la empresa. En ambos creo que hay un error de fondo: la inconsecuencia del realismo utilizado para drama tan fantástico. La anécdota de Benjamin Button no puede pasar desapercibida a médicos, científicos, investigadores en general, por no hablar de políticos y militares dado que en el libro al menos Benjamin es una figura prominente de su comunidad. Resolver este dilema posiblemente derivaría el tono de la comedia amable de feliz sorpresa que es a un drama no deseado por el autor… y sería, me temo, algo mucho más laborioso...

El toque fantástico de FSF se repite en The Diamond as Big as The Ritz, donde el descubrimiento, uso y explotación de un diamante del tamaño de una montaña por una familia sí se rodea del realismo debido hasta el extremo. Además, es una historia bien compensada, cuyos toques ‘best-seller’ (del pionero que hace dinero a la huída de una cárcel de oro inesperada) podrían haber dado lugar a episodios innecesariamente alargados y a una novela de acción. No lo termina, no obstante, de manera redonda, pero demuestra lo que se dice de FSF como autor que mejor ha entendido la relación del hombre con el (mucho) dinero.

El mejor cuento de los tres es Bernice Bobs Her Hair. Tuve obviamente que descubrir qué es ‘to bob the hair’, y la traducción más adecuada en el contexto del libro parece ser ‘cortarse el pelo por encima de los hombros pero cubriendo la nuca’. Por el tono entendía que Bernice se hacía la permanente, pero el diccionario parece implacable... En cualquier caso, Bernice Bobs Her Hair es un relato sin anécdota fantástica y cuenta la historia de la tímida Bernice, que visita a su prima, la segura y arrogante Marjorie. La amenaza que Bernice repite de continuo (cortarse el pelo) es una invención de Marjorie para que Bernice la repita a modo de chiste que le haga ganar popularidad y, a la vez, deje de avergonzarla. Lo consigue, pero Bernice se cobra adecuadamente la arrogancia. Con buenos personajes y ambientación (en los detalles para enmarcar la historia FSF era maestro), su tono austeniano que equilibra frivolidad y sentimiento femeninos está bien conseguido y excelentemente rematado en el final.

Francis Scott Fitzgerald (vía)


3 de octubre de 2010

Globalización


A pesar de que las novelas que he leído de Henning Mankell nunca han llegado a convencerme, tenía dos volúmenes de él pendientes. En uno de ellos, El chino, me libraba de la presencia de Kurt Wallander, y me adentraba en terrenos que me son de interés por los viajes a China que me veo obligado a hacer (véase aquí y entradas cercanas).

Sin embargo, el libro comienza con dos prólogos (uno de ellos dramáticamente innecesario), y diecinueve asesinatos en una región al norte de Suecia. No es Scandia, tampoco es Wallander porque las protagonistas de la investigación son mujeres (la desaprovechada policía Vivi Sundberg y la estupenda protagonista que es la juez de Helsingborg Birgitta Roslin), pero se le parece. Las conexiones del múltiple, ritual y por supuesto horrible asesinato apuntan a una venganza secular que nos lleva hasta la China actual y su encrucijada económicosocial.

De Helsingborg (vía Wikipedia) a Beijing
En mi opinión Mankell no resuelve bien, o de manera literariamente interesante, ninguna de las tramas. Parece que se pierde en una maraña de lugares del mundo en que necesita radiografiar la situación social y económica. Guanzhou, Nevada, Zimbabwe, Suecia, Copenhague, Beijing, Mozambique y Londres llenan un relato que engarza best-seller y novela negra y que si no fuera por su atípica protagonista sería poco interesante.

No obstante, Mankell genera bien la tensión y hace interesante la investigación. Se arriesga al resolvérsela al lector mediante historias paralelas en lugar de un clímax con revelación, pero por otro lado deja sin explicación detalles relevantes. La trama china incluye detalles geopolíticos de calado inesperado en una novela de entretenimiento al uso. Mankell lo presenta de manera objetiva y aunque haga política-ficción, su visión parece aterradoramente posible. Sin embargo, la resolución también se olvida de buscar una salida a este contexto elevado a trama, demasiado grande (y presentado grandilocuentemente) para ser olvidada como un mecano para hacer avanzar la acción.

Sólo el personaje de Birgitta Roslin, la juez de Helsingborg, de fuerte compromiso y con problemas de madurez, está excelentemente cerrado. Parece que Mankell se especializa con la edad en estos personajes maduros, conscientes del paso del tiempo por sus cuerpos y sus mentes. Veremos si El hombre inquieto me lo confirma, y, si, sobre todo, la faceta globalizadora de este yerno de Ingmar Bergman escritor de novela negra y director del teatro nacional de Mozambique no arrastra, de nuevo, trama y estructura.
Foto de Henning Mankell por Lina Ikse Bergman, vía El Correo de la Unesco


21 de septiembre de 2010

Los (falsos) bailes de Marte


En los 25 años que llevamos sin Orson Welles, y más específicamente en los 10 ó 15 aún creativos que le podrían haber quedado de no morir a unos prematuros 70 años (para cualquiera que hubiese llevado una vida menos agitada que la suya), ¿cuántos proyectos megalómanos no podrían haberse concebido por el genio incontenible y desatado de Welles? ¿Cuántas películas inacabadas más habría añadido a su leyenda de proscrito de Hollywood, cuántos países más habría tenido que pisar buscando financiación, qué más anuncios radiofónicos o qué papeles ya de iracundo abuelo le habrían ofrecido (en la tele, supongo) y hubiera aceptado en busca de dinero para terminar, por ejemplo, The Other Side of the Wind?
Especular es posible dado el carácter de mito y leyenda de Orson Welles. De él se escriben biografías al uso y estrictamente cinematográficas (recomiendo la de Esteve Riambau, El espectáculo sin límites, imagino que no fácilmente accesible), se le representa en teatro (lo hace Josep María Pou en una obra crepuscular que presenta un Welles mastodóntico y espectacularmente expansivo, acorde con la visión de artista descomunal, pero fallida en encontrar la tragedia interior ahogada entre datos cinéfilos y espejos nostálgicos, y cuyo autor es precisamente Esteve Riambau), y las revistas especializadas no le olvidan y periódicamente recuperan estudios sobre él y su obra.


Frente a toda esta memorabilia, yo quiero recomendar este librito sobre la obra que le dio impulso casi definitivo en su camino hacia la gloria artística a Orson Welles: su adaptación para la radio y representación de La guerra de los mundos, el clásico de la ciencia ficción escrito por H.G. Wells. Atención al título del libro: El guión radiofónico de ‘La invasión desde Marte’ sobre la novela ‘La guerra de los mundos’ de H. G. Wells por Orson Welles y el Mercury Theatre con un estudio de H. Cantril sobre la psicología del pánico y una introducción de Julián Jiménez Heffernan. Es largo porque en efecto tiene las tres partes de las que habla. El ensayo Los papeles del marciano está escrito por el editor del volumen, y es bastante prescindible, y es de agradecer que se note en las 4 ó 5 primeras páginas: se trata de una colección de ‘momentos’ de Marte –el dios, el planeta- y los marcianos –los alienígenas, los extraños- en la cultura occidental, pero su ingenio es escaso.


La segunda parte es el guión del programa de radio que asustó a tanto norteamericano aquella noche del 30 de octubre de 1938. Hoy la red permite conocer el talento de los actores del Mercury Theatre que lo interpretaron –Welles entre ellos-, pero independientemente de su talento, el guión es inteligente y puede entenderse bien el terror que generó. Utilizando hábilmente las interrupciones periodísticas de un programa musical con noticias urgentes, y con un ritmo que consigue en apenas 1 hora condensar la llegada de los marcianos, la destrucción inicial que causan en el campo, su llegada a Nueva York, y su derrota final, además de añadir una introducción y un intermedio que anunciaban el carácter ficticio del programa.

Hoy estamos muy curtidos frente a la posibilidad de engaño por parte de los medios, con el objetivo que sea y en todo tipo de soportes o formatos. Casi puede decirse que el fake mediático es un género en sí mismo, y el correo electrónico e Internet lo han llevado tan lejos que incluso puede considerarse agotado (a mí al menos ya no me parece ni divertido ni metafórico, y confieso que, en efecto, también lo he practicado). Pero... ¿y en 1938?. El falso documental en que este programa podría encuadrarse era algo desconocido en 1938. Por seriales que hubiera en la radio y por avezados oyentes que fueran los norteamericanos de la época (y a Dianne Wiest esto le costó un novio), la audacia wellesiana es pionera e inimaginable.


La tercera parte del libro es un interesante ensayo psicológico que recoge los resultados de encuestas que se hicieron a varias personas que en algún momento de la transmisión creyeron que podría tratarse de un noticiero verdadero y sobre su reacción posterior (comprobarlo, asustarse, darse cuenta o no de la ficción, expandir el pánico, buscar a los seres queridos…), y sobre las causas de ese comportamiento crédulo. El número de entrevistas es escaso, y las conclusiones parecen un tanto obvias. Desconozco cuándo fue escrito, el volumen no lo dice y el autor murió en 1968, pero se aleja conscientemente de teorías conductistas y presenta algunos datos explicativos sobre qué contribuyó a la reacción de pánico: un escaso espírito crítico debido en gran parte pero no sólo a la formación escasa, la inseguridad vital debida en gran parte pero no sólo a las dificultades económicas, las creencias religiosas debidas en parte a una mala aplicación de las mismas en busca de la llegada del Armageddon, o el momento de sintonización del programa y el entorno en que se produjo (las barreras críticas se debilitan si no se ha oído el programa desde el principio y se empieza a hacer empujado por otro oyente aterrorizado). La lectura del estudio se sigue bien y es académicamente enriquecedora. Pasa también por el análisis del momento histórico (el clima prebñelico, el desastre económico aun arrastrado desde la Gran Depresión), y tal vez pueda reprocharse el número de entrevistas y la obviedad de las conclusiones; pero, por otro lado, su rigor científico con los datos disponibles sobre un fenómeno singular, y su objetividad analítica son encomiables.

A H.G. Wells (vía gutenberg.org) no le dio tiempo a conocer las versiones cinematográficas de su novela, pero dio su 'visto bueno' a la radiofónica de Welles

9 de septiembre de 2010

Un Nobel ante el espejo (ii/ii)


Si en Diario de un mal año, Coetzee reinventaba el ensayo a su manera, el género que retuerce en Summertime (Verano) es la autobiografía. Para empezar, Coetzee se da por muerto, y escribe a través de un supuesto biógrafo póstumo. Coetzee ya había escrito dos volúmenes autobiográficos, Infancia y Juventud, en los que, incapaz de escribir en primera persona, habla de sí mismo en una fría e impersonal tercera persona, y va describiendo su infancia desarraigada en la triste Sudáfrica afrikaner del apartheid y su juventud gris en el sólo teóricamente alegre Londres de los setenta.

En Summertime este distanciamiento llega al máximo. Además de matar al narrador (algo no tan extraño en el cine, aunque no sé si alguna vez es el mismo director el que se da por muerto), Coetzee utiliza con impudicia –no puede ser de otro modo en una autobiografía- las voces de cinco personas (cuatro mujeres y un hombre) que le conocieron en los setenta, época en que el escritor tenía más de treinta años, y que pasó cuidando de su padre enfermo. Su retrato, el que Coetzee pone en voz de gente que le trató, no es que no sea positivo, sino que resulta directamente terrible. Acusado de mil vergüenzas, su incapacidad para la emoción física es algo que a nadie se le escapa y que le define casi por completo.

Coetzee además, por primera vez (que yo sepa/recuerde), explicita sus opiniones sobre el apartheid. Nunca en sus novelas lo ha hecho, allí no son sino un fondo moral siniestro. En Summertime, en coherencia con el conjunto del libro, lo hace usando palabras de sus colegas, a veces de manera directa en el diálogo, pero siendo más potente la propia actitud del escritor durante esos años. Actitud que le empuja a, sin tener ni idea, hacer labores de albañilería, labranza, o mantenimiento sólo para recuperar la capacidad (el poder) de hacer trabajo manual que el régimen despreció y obligó a realizar a los negros, en una peculiar recuperación de la dignidad mediante la humillación. Pero, por otro lado, siendo la palabra su arma mejor, es curioso que hable ahora con claridad, cuando posiblemente es mucho menos necesario y además está viviendo en el extranjero. Puede anotarse este punto como una asunción de cobardía moral, pero resulta fascinante la necesidad no sé si honesta o vanidosa (o mezcla) en que Coetzee desea retratarse en esa vergüenza interior.


Mandela a cuadros, vía yanswerbloges


Summertime, por equivocado que esté su biografiado en su actitud vital, es una biografía brillante en su idea y estupenda en su ejecución, demostrando un dominio del oficio y una capacidad de riesgo estimulantes. Además de reflexionar sobre una vida y un país, lo hace implícitamente sobre la literatura y su incapacidad de acercarse de veras a la realidad, o mejor dicho, a las personas reales. Su opción abre caminos en la literatura, y sólo se me ocurren ejemplos cinematográficos que pudieran acercarse. Un clásico, como Ciudadano Kane, porque también se investiga a un muerto (aunque aquí sea el que además escribe) en una estructura de entrevistas a sus conocidos, o la reciente I’m Not There (Todd Haynes), porque se presentan las caras diferentes de un mismo personaje. Supongo que debiera haber comics que ya hayan investigado este camino, dado que es arte tan dado a lo (auto)biográfico.

Espero que esta muerte en vida que se infringe Coetzee en Summertime no sea el final de esta sorprendente saga autobiográfica. Algo en el libro suena a despedida, un tanto a la francesa, de un novelista que ha encontrado en la ‘no ficción’ un camino sorprendente en el que dar rienda suelta a su pasión por escribir, y una catarsis psicoanalítica. Pero, después de esta época, ya llegó el éxito, y, tal vez considere que se trata de una historia ya conocida.



El Coetzee (vía leyendo) que ya empezaba a despuntar es el siguiente al de la época retratada en Summertime


31 de agosto de 2010

Un Nobel ante el espejo (i/ii)


John Maxwell Coetzee me había fastidiado un tanto en los últimos libros que había leído de él. Frente a Desgracia, Esperando a los bárbaros, o Vida y tiempo de Michael K, los escritos en que Coetzee hacía aparecer a la extraña Elizabeth Costello me parecieron literatura cansina. Parece que Coetzee reconoce que se le ha acabado la capacidad para la ficción. Su personaje de Diario de un mal año lo menciona directamente, que tiene que escribir opiniones (supuestamente ‘fuertes’) porque ya no puede conseguir la concentración necesaria para una historia ajena completa y compleja, a pesar de seguir teniendo la necesidad de escribir. Y Elizabeth Costello o Slow Man ya mostraban esto. Un cierto camino agotado en que Coetzee parecía tender a acabar como el típico escritor engreído y enfadado de la Nueva Inglaterra que invariablemente encuentra el amor –o al menos la satisfacción- de jovencitas… Pero estoy seguro que una comparación con Updike o Roth no sería de su agrado.

Coetzee no ha abandonado el hemisferio sur aunque haya viajado de Sudáfrica a Australia para establecerse. Pero parece que sí ha abandonado la novela como tal, o, mejor dicho, está retorciendo otros géneros para ficcionarlos como novelas, dando giros inhabituales a las posibilidades del cambio de punto de vista. En Diario de un mal año se trata de la forma más fácil de ensayo: el simple vertido de opiniones sobre temas digamos serios de la actualidad. Con una profundidad variable según los temas, con una documentación poco exhaustiva, como lo que cualquier opinador semiinformado podría dar hoy en un blog (modelo actualmente más extendido e interesante antropológicamente que el tertuliano de radio, al que empiezo a considerar superado). Coetzee, o su alter ego, dice con frecuencia cosas hermosas o suelta opiniones interesantes y muy lúcidas, pero también se pone demagogo y a veces dice tonterías.



Todo ello no es lo importante o realmente interesante en el libro -aunque a quien no haya leído a Coetzee con anterioridad le pueden llegar muy bien-, sino que esas opiniones están dadas por un octogenario que las dicta a una cinta para que una joven y atractiva vecina las transcriba. El hombre sufre un (predecible) interés por la muchacha, que no le corresponde aunque le respeta, y que tiene un novio tiburón de las finanzas que se ríe de la situación y planea aprovecharse del anciano. Y a la vez que leemos las opiniones de este, en la misma página Coetzee escribe una pequeña ficción sobre cómo vive la pareja la relación con el anciano, de modo que puede verse la evolución de este triángulo de manual de folletín desde tres puntos de vista. Puede escogerse leer cada una de las partes en solitario, pero curiosamente se vuelve aburrido. Sin embargo, comprobar la evolución de las opiniones en las personas, su modo de ver la vida y de comportarse, y al revés, es peculiar y atractivo, y fluye bien. La sensación de leer tres textos a la vez es grande, y, aunque existen, los paralelismos e influencias directas entre las opiniones y la historia de las tres personas son sutiles y no obvios, lo cual es muestra de buen oficio. Queda como idea del propio Coetzee en contra de sí mismo que no es posible opinar sin el mundo alrededor (o lo que es lo mismo, que todas sus opiniones descreídas e importantes cambiarían seguramente si pudiera consumar con la muchacha). Y al revés, claro, aunque esta ya no es una ‘miseria’: la vida está influenciada por las opiniones de intelectuales y demás teóricos de por dónde debe ir el mundo. Es una buena idea, fascinante por momentos, de ejecución arriesgada, y de resultados apetecibles. La simplicidad de la historia y su escasa profundidad es la que permite que el libro sea así, y es coherente con los personajes, y puede considerarse que no hace al libro grande; sin embargo, precisamente el contraste de esta humana frivolidad con la seriedad de las opiniones del autor es lo que puede argumentarse como especialmente conseguido. Un Nobel que se sitúa al borde, sí señor…


Coetzee frente a sí mismo (vía Lector Malherido)


14 de agosto de 2010

Ante todo hemos perdido a un poeta...


A veces, la vida de Pier Paolo Pasolini parece sesgada y sólo interpretable por el último hecho de la misma, su asesinato, cuya sombra se extiende dando significado no sólo a su vida, sino también a su obra, ambas de por sí vastas. Pocas veces me ha convencido la obra de esta figura mítica –más allá de Saló y de El evangelio según San Mateo-, y por ello su muerte, que en noviembre de 2010 hará 35 años, siempre me supone preguntas: ¿Son la imagen y el destino de Pasolini más convincentes que su obra? Si hubiera sobrevivido, ¿estaría ahora pasado de moda? ¿Sería, en estos tiempos oscuros que él siempre previó, un viejo comunista a la manera bufa de Fo o a la manera arisca de Saramago?

El caso Pasolini. Crónica de un asesinato es un brillante comic de Gianluca Maconi, que utiliza el reportaje –no a la manera de Joe Sacco- y la poética para intentar comprender los sucesos del 1 de noviembre de 1975. La trama pasa por los sucesos estrictamente narrativos: la entrevista con el periodista, la cena con su joven amigo Ninetto Davoli, y su encuentro con el chapero Giuseppe Pelosi, que termina en un asesinato poco claro que dio lugar a juicios e investigaciones cuestionados. Pasolini era una figura con vocación polémica y controvertida, en una Italia especialmente confusa. Pero el poder de su polémica residía en la lucidez de sus ideas y la base intelectual en que las apoyaba. Que hombre, política y arte no podían disociarse en su visión parece claro. Y en esa última entrevista inacabada recogida en ‘El caso Pasolini’ su luz no dejó de alumbrar. Ideas como que la educación basada en la posesión nos convierte a la vez en víctimas y en verdugos, o que la muerte viene a ser la sala de montaje de la vida, no sólo resultaban premonitorias de su avatar o del devenir social, sino que daban idea de su potencial en los diferentes campos.


Pero su camino no se realizaba sin dudas. Leído tantos años después de escrito, el también inacabado poema Who is me. Poeta de las cenizas, se revela como una autobiografía en poema que relata su vida, explicando las razones de algunos de sus cambios (como que hacerse cineasta fue una manera de huir de Italia, ya que anteriormente sólo se expresaba como poeta y necesitaba la lengua que irremediablemente le unía a Italia, mientras que el lenguaje del cine es universal), pero que en cierto modo se recrea en la persecución continua que sufrió a causa del compromiso público con sus opiniones y modos de vida. Una persecución que como hombre concreto es desde luego, comprensible, y que sometía a persona sensible como él a tensiones profundas que intentaba resolver con una coherencia colosal.

Tal vez los años han cambiado la perspectiva y han cansado incluso a los enemigos, que ahora seguramente no se centrarían en una figura única así. Pero El caso Pasolini es un gran libro, en el que desde la portada Pasolini ya se sacrifica a los tigres que le rodeaban en aras de un pesimismo existencial. Su comunismo es a la vez humanista (y busca la sencillez de la vida) y filosófico/intelectual, impregnando su vida y sus opiniones de trascendencia que hoy, con las ideologías muertas, resultaría inaceptable por pedante/elevada para una opinión pública a la vez más formada y embrutecida. Y el cómic utiliza informes periodísticos, judiciales, las noticias, el discurso de Moravia en el funeral, y hasta los propios proyectos personales de Pier Paolo Pasolini (su película nunca rodada sobre la India) para, si no explicar, sí al menos sentir intensamente el momento.