18 de noviembre de 2014

Los diamantes son los mejores amigos de un contable


William M. Thackeray es conocido sobre todo por La feria de las vanidades y Barry Lindon. Es un escritor victoriano contemporáneo de y casi tan célebre como Dickens, del que Periférica recupera ahora La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty, una pieza pequeña, sutil e irónica cuyo tema central es la construcción y explosión de una burbuja financiera de una empresa de seguros en la City de Londres. A través del personaje central, un voluntarioso joven contable tan honesto como ingenuo asistimos a la gestación del engaño, a las malas artes para captar las propiedades ajenas a que lleva la avaricia, y al fracaso de las pirámides financiera sin provisiones ni regulación. Todo esto, bien lo sabemos, no ha cambiado tanto en más de 150 años, y es un argumento de actualidad obvio que la novela posee y por la que su reedición merece más eco.

La bolsa de Londres a mediados del siglo XIX

El estilo de Thackeray, no obstante, llega más allá de esto y lo trasciende, especialmente por el dibujo del protagonista, Samuel Titmarsh, al que un supuesto golpe de suerte lleva a la cima sin desearlo: su tía le regala el diamante Hoggarty, de impagable descripción, y gracias a esa posesión el poder financiero y social le creen equívocamente alguien de más recursos y medios, y le introducen en una espiral de regalos, relaciones para convenir matrimonios, fiestas aristocráticas, falsas amistades y superfluosidades que, sin experiencia pero asombrado, cumple como hombre que cree bueno ser agradecido. Su aprendizaje se acompaña de su observación (obviamente la de Thackeray) sobre los personajes y las empresas que pueblan el submundo de la City, cuyas imposturas se revelan con el juego sutil de palabras, la metáfora ligera, y un tono alegre, entre desenfadado y burlón, de una juevntud inexperta y psicológicamente bien retratada.

La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty, es una novela moral que apela al individuo y su responsabilidad, pero también a la justicia y la regulación. Construye sutilmente la tela de araña del fraude y la decepción sin subrayados hasta el capítulo final, y lega una descripción casi documental de ambientes inesperados, como las cárceles de pago que la Inglaterra victoriana reservaba a los acusados de delitos financieros. Como novela moral, los calores que salvan al protagonista son el amor y la amistad, en los que Samuel Titmarsh no fracasa. La lección igual es algo obvia, pero el proceso para llegar a ella es estimulante.

Thackeray fue el actor victoriano más célebre en su tiempo, a excepción de Dickens


Publicación original: Factor Crítico

8 de noviembre de 2014

Cuadernos Rusos


En la distopía que describían Ray Bradbury y François Truffaut en Fahrenheit 451, en que la palabra escrita está prohibida y por ello no existen los libros, la información llegaba a los ciudadanos no sólo por la televisión sino también mediante periódicos cuya única composición eran las imágenes descriptivas de las noticias. Ese futuro imperfecto recuperaba la narración gráfica para tener al pueblo informado, como sucedía en épocas en que el analfabetismo era común. Pero la idea de los periódicos visuales en cierto modo anticipaba el periodismo en la narración gráfica, uno de los géneros en los que el lenguaje artístico del cómic también se introduce, en piezas que podrían ser paralelas al reportaje televisivo o al documental cinematográfico, si caemos en ese falso reduccionismo tendente a equiparar cómic y audiovisual.

Hay ejemplos reconocidos de periodismo publicado en cómic, pero creo que es aún un género incipiente, y en cierto modo no desligado aún de la autobiografía predominante en mucha novela gráfica. Quizás Joe Sacco sea la figura más conocida, autor de reportajes de aproximación clásica en zona de guerra, pero algunos ejemplos brillantes como El caso Pasolini (Gianluca Maconi) o El fotógrafo (Lefèvre, Gubiert y Lemercier) muestran una interesante interrelación de disciplinas donde el cómic añade revelación a los hechos y se descubre como narración ecléctica y absorbente.

Anna Politkóvskaya, en The Guardian

Es también el caso de este estupendo Cuadernos rusos. La guerra olvidada del Cáucaso, del autor italiano Igort, quien partiendo del asesinato en 2006 de la periodista AnnaPolitikóvskaya viaja a Moscú para conocer el edificio en que vivía y el escalofriante ascensor en que le pegaron cuatro tiros, recorre su trayectoria ilustrando visualmente los hechos de la guerra de Chechenia que la periodista se empeñó en testimoniar, lo que finalmente le costó la vida. El cómic es en efecto un conjunto de cuadernos, cada uno tomaría el aspecto de un capítulo del libro; algunos hablan e introducen a Politikóvskaya, incluyendo una entrevista intercalada en varios de ellos con su editora francesa o sus influencias literarias, otros directamente recogen la violencia y sus formas en Chechenia. Siempre se inician con el papel lineal típico de cuaderno, pero luego mezclan texto e imágenes de diferentes orígenes y estilos, a veces siguiendo una narración breve, pero muy frecuentemente mediante viñetas descriptivas de los hechos, con escasos diálogos, pero una fluidez dramática imponente entre sus viñetas a veces relacionadas por texto, a veces por imagen, a veces ausentes para mejorar el contraste. Igort emplea colores suaves y línea clara en Moscú, donde el horror es soterrado, y se acerca a un tenebrismo expresionista en Chechenia, con una alusión estética anunciada y finalmente materializada al Guernica de Picasso como símbolo artístico universal de la denuncia del horror bélico contra civiles. Episodios como los del teatro Dubrovka de Moscú o el secuestro de la escuela de Beslán también quedan registrados, pues fueron parte de la toma de conciencia y seguimiento del conflicto por parte de Politikóvskaya. La visión se completa con una alusión al Gulag (dibujada al carbón, como si fuera un apunte), y a la Filocalia ortodoxa como intento de comprensión de la ascética alma rusa.


El conjunto crea un impacto visual creciente en el lector, basado en la construcción de una emoción estética que funciona contrastando el horror de sus viñetas tanto claras como oscuras con el estilo de las corrientes artísticas que utiliza el autor y su implementación usando el lenguaje del cómic. Esta construcción otorga un aliento poético muy eficaz al libro, especialmente en estos tiempos de saturación visual ante imágenes de guerra y tortura que parecen competir por el interés del lector/espectador.


Politikóvskaya parece un catalizador artístico. Cualquier acercamiento a su figura resulta en admiración sin fin, aunque sea objeto también de reclamo mediático. Emmanuel Carrère también empieza su aproximación a Limónov desde un homenaje a la periodista al que asistieron tanto el autor como su biografiado. No parece que vayan a olvidarse la obra y la actitud de Politkovskaya aunque en su país parezca necesario el fin de un régimen político sádico para llegar al reconocimiento merecido. Este cómic al menos contribuye a que entendamos mejor su figura y a que ese olvido no llegue. Como buen reportaje.

Igort, en 2002, vía.

Publicación original: Factor Crítico

29 de octubre de 2014

Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo

 

Con dos libros leídos en apenas unos meses, puedo confirmar que Mary Roach es una investigadora incansable y una escritora divertida, cercana, y cuyo sentido de la divulgación científica supera lo académico en su aproximación al público. Si su libro sobre el más allá no me convenció por lo obvio del tema, este Entre piernas. La extraordinaria cópula entre ciencia y sexo funciona mucho mejor. El método y la escritura son similares. ¿El tema? Mucho más interesante, claro.

Masters y Johnson en consulta con una pareja de pacientes. Foto de George Tames (vía)

Roach es una investigadora de la investigación; tiene un interés particular en conocer y divulgar aquellos estudios o trabajos científicos sobre temas que popularmente se consideran particulares, aunque ella no realice estudios propios sobre ello (como mucho, se presta a cobaya de experimentos). El sexo es uno de ellos, en el que además existen estudios científicos de conocimiento popular amplio, como los históricos informes de Alfred Kinsey o los de Masters y Johnson, con los que el libro comienza. Las particularidades del estudio de lo sexual suponen una contradicción entre la intimidad en teoría apasionada del acto sexual, y la observación metódica que el método científico exige. Roach se cuela en esta contradicción con un humor que aunque no vulgar tiene réplicas de simplicidad directa una tanto llana. Con ello ameniza una lectura que recoge estudios sobre el orgasmo femenino, la impotencia masculina, la relación entre excitación, lubricación y fertilidad, los experimentos sobre animales y su sexualidad, o la realidad de hormonas y feromonas, y descubre un peculiar universo de experimentos e investigadores cuyo retrato (personalidad, visión, motivación) es también parte del trabajo de Roach.

Alfred Kinsey (vía)

Roach hace explícito en más de un momento su asombro particular por la visión de personas llenas de electrodos, o sometidas a observación directa de un médico, mientras realizan en condiciones controladas un acto sexual. Se desliza superficialmente por la validez de estudios en estas condiciones por la posibilidad aparente de un sesgo importante en las muestras de individuos en los experimentos, y por múltiples temas paralelos en los que no profundiza, aunque no aclara si por falta de espacio o por falta de estudios científicos reseñables para ella; algunos ejemplos podrían ser el sexo oral, el sexo anal o el sadomasoquismo. Es curioso que mientras este acercamiento asombrado tan personal permite a Roach una pedagogía y divulgación efectivas, logre librarse por ello de un estudio completo sobre las aproximaciones científicas a toda la sexualidad humana, lo que deja a la vez un sabor algo incompleto por falta de universalidad. También he tenido durante la lectura de varios pasajes la sensación de objetivación corporal que sé necesaria al ser el cuerpo el objeto de estudio, pero que reduce el mismo a casi exclusivamente su faceta biológica y mecánica. Como si la misma autora, a pesar de su método diferente y divertido no pudiera tampoco eliminar parte de los tics de los trabajos que reseña. Aunque es justo decir que estos trabajos previos fueron en muchos casos pioneros y como tales sus autores incluso corrieron peligro. Roach reconoce la deuda hacia ellos, y la diferencia en los tiempos: ella puede aplicar humor al método científico sobre el sexo porque el peso de la represión religiosa sobre el tema es mucho menor y porque ya no existe escándalo.


Mary Roach (vía)

18 de octubre de 2014

Las vírgenes suicidas


Este título de impacto es uno de esos casos de primera novela que encumbra directamente a su autor. Ya su primera frase, de referencias garcíamarquesianas, encierra una construcción que resume estilo, tema y alcance con una precisión que luego la novela confirma y desarrolla:

On the morning the last Lisbon daughter took her turn at suiciede –it was Mary this time, and sleeping pills, like Therese- the two paramedics arrived at the house knowing exactly where the knife drawer was, and the gas oven, and the beam in the basement from which it was possible to tie a rope.
Jeffrey Eugenides tenía 33 años cuando publicó en 1993 Las vírgenes suicidas. Seis años más tarde la película fue llevada al cine por Sofia Coppola, su, por supuesto, primera película también.

Las cuatro hermanas Lisbon, según Sofia Coppola

Las vírgenes suicidas narra el suicidio de las cinco hermanas Lisbon, hijas del profesor de matemáticas del instituto local y de un ama de casa religiosa y conservadora, que asfixian con estrictas reglas a las hijas, entre trece y diecisiete años. Eugenides decide narrar los hechos desde el punto de vista de los chicos adolescentes vecinos de la casa de las hermanas Lisbon, en primera persona del plural, y sin una gran concreción en estos personajes masculinos en formación, en ocasiones más un coro narrativo que protagonistas de la ficción. El tono de la narración tiene trazos de investigación entre lo policial y lo médico: los chicos, ya adultos, han recopilado ‘pruebas’ de todo lo sucedido durante su adolescencia alrededor del caso Lisbon (fotos, objetos, canciones, etc…) e intentan entender qué sucedió y cómo afectó a sus vidas. Este grupo innominado de chicos, que habla desde el presente y el futuro, es, como punto de vista, todo un logro. Las hormonas adolescentes permiten a Eugenides mantener durante 250 páginas una parábola sobre el deseo sexual materializado en la penetración de la casa acosada de las Lisbon en ocasiones especiales, y disfrazarla en la por supuesto más evidente radiografía del paisaje uniformizador y enfermizo del suburbio norteamericano. La novela oscila sin definirse entre la mancha del deseo sexual y el drama de un destino conocido, jugando evasivamente a una mirada masculina mitad machista, incluso misógina, mitad paralizada. En cierto modo, el interés principal no está en el drama directo más obvio (el suicidio, los padres castradores y la religión, el desastre de los pocos momentos de alegría que las chicas disfrutan en su particular gineceo), sino en esos proyectos de hombre incapaces de entender, no digamos ya de actuar.

Una proyección televisiva durante la lectura del libro me recordó al instante los paralelismos dramáticos entre esta novela y La casa de Bernarda Alba. Cinco mujeres jóvenes encerradas por una madre ultrarreligiosa, y con hombre que rondan la fortaleza inexpugnable en busca de una recompensa sexual. La frustración consecuente tiene un final parecido. La obra de Lorca no obstante está narrada desde dentro de la casa, y la ausencia es lo masculino, visto con deseo pero también con terror hacia el fálico atacante penetrador. Lorca no aspiraba de todos modos a ‘entender al hombre’: daba por sentada su simplicidad y se centraba en el enfrentamiento de las chicas al absurdo en que su madre, por religión y por soberbia vengativa hacia su marido recién muerto, les hace vivir. Eugenides sí pretende que sus chicos, desde fuera, intenten entender las motivaciones de las chicas (frase que podríamos trasladar a lo carnal casi directamente). Constata que no lo consigue, ni él ni su ejército semianónimo de muchachos perdidos ante la complejidad femenina. Sin duda hay una pizca de condescendencia falocrática al racionalizar su fracaso masculino en estos términos. El tono particularmente evasivo y semihipnótico de una investigación enterrada en la memoria, no obstante, lo acaba superando.

Jeffrey Eugenides (vía)

8 de octubre de 2014

Un cura


La larguísima vida de Fray Bartolomé de las Casas fructifica en la Brevísima historia de la destrucción de las Indias como obra mayor. Este pequeño texto es una obra fundacional de la defensa de lo que hoy llamaríamos Derechos Humanos, pero es también un clásico de la literatura española del Siglo de Oro, relacionada con el subgénero de la literatura de la conquista, y parte de los que narran las glorias y desgracias del (a)salto español y europeo a las Indias.

Bartolomé de las Casas fue encomendero (dispuso de licencia para explotar el trabajo de los indios) antes que cura. Su conversión tuvo mucho que ver con el horror que contempló: la tortura y asesinato continuado y caprichoso de los pobladores originales de las tierras por parte de los conquistadores españoles. Brevísima historia de la destrucción de las Indias es un catálogo completo de atrocidades espantosas, que incluyen golpes, mutilaciones, uso de perros bravos para el asesinato, alanceamientos, engaños, ajusticiamientos en la pira, ahorcamientos… y más actos que obligan a retirar la vista del libro más de una vez. Bartolomé de las Casas ni siquiera llega a discutir, como debía ser la norma, si los indios tenían alma o no. Directamente las considera criaturas felices y bondadosas, ansiosas de Dios, incluso del Dios cristiano al que están dispuestos a abrazar, como a abrazar a los españoles que llegan a sus tierras. Pero los cristianos no se comportaron como tales: Bartolomé de las Casas habla continuamente de tiranos sedientos de oro y perlas que engañan a los jefes locales y usan técnicas de terror al llegar a cada nuevo lugar, diezmando la población y dejando campos quemados tras ellos.

Abu Ghraib (vía)

El libro se organiza geográficamente, pasando de región a región de los cincuenta primeros años de la conquista, pues el libro está publicado en 1542. Bartolomé de las Casas describe las situaciones en principio vistas por él, aunque se antoja imposible por el infinito esfuerzo viajero que eso habría supuesto -y ello se añade a las dudas sobre sus posibles exageraciones-, y pone fechas pero no denuncia nombres, prefiriendo describir una situación general que alarmara al Rey, principal destinatario de su informe, o para no sufrir represalias directas. En su crónica los sacerdotes suelen salir bien parados, pues según él realizaban bien su labor evangelizadora, pero los conquistadores la destrozaban al llegar. No obstante, el propio prólogo del libro, que viene sin firmar, describe cómo los rivales de Bartolomé de las Casas fueron otros sacerdotes, y que el poder militar apenas le consideró, aunque consiguiera que se firmaran lo que puede considerarse la primera legislación en defensa de los derechos humanos de la historia, el Rey le permitiera un par de veces aplicar sus teorías para el buen trato de los indios (intentos fracasados ambos), y que estuviera a punto de poner en duda la generalidad de la colonización.

El libro se vuelve un tanto repetitivo en sus capítulos: una descripción de la feliz tierra y recepción de los indios de cada región a los españoles, el engaño cometido por estos, y la violencia sistemática contra aquellos, sumado a las opiniones de Bartolomé de las Casas sobre quién debería en verdad ir a los infiernos y quién es en verdad criatura de Dios. El lenguaje del siglo XVI que emplea el autor es no obstante musical, elegante y disfrutable, y el conflicto ético no resulta –desafortunadamente- lejano: el contraste de una lengua que nos resulta vieja aunque luminosa con una denuncia de la crueldad humana que también es contemporánea es un paradójico atractivo literario. De las Casas fue convenientemente traducido en Europa para desprestigiar a España, sin tal vez remarcar la españolidad de su autor y las consecuencias de una obra que anticipaba tan crudamente la larga noche de los quinientos años.

(Nota: términos como ‘conquista’, ‘criatura de Dios’, ‘labor evangelizadora’, etc… se utilizan en este texto dentro de la convención que suponían en la época de Bartolomé de las Casas, y no pretenden subrayar un carácter honroso como categorías en su significado actual)

Bartolomé de las Casas (vía)





28 de septiembre de 2014

Porkulo


La enigmática X que titula este libro del autor afroamericano Percival Everett resume una magnífica metáfora sobre la identidad literaria, aunque sea la forma en que el traductor ha escogido traducir el original Erasure. X es un libro contado por Thelonius Monk Ellison, un escritor también afroamericano, de literatura considerada difícil, y de escaso éxito comercial. Críticos y agentes consideran equivocada su carrera, que según ellos adolece de escasa negritud. Nadie consigue establecer una relación entre los sesudos análisis deconstructivistas del también conferenciante y profesor Ellison y el color de su piel, mientras novelas que retratan con un drama burdo las condiciones de una vida estereotipada de los negros estadounidenses actuales arrasan en ventas y sus autores son entrevistados banalmente por las estrellas de la televisión en programas de máxima audiencia. Ellison, un escritor de mediana edad, irónico, inteligente y observador, se ve obligado a dejar el trabajo y trasladarse a Washington DC a cuidar de su madre anciana, y descubre que la situación económica familiar requiere ganar dinero pronto. ¿Por qué no una cruda historia del ghetto titulada, literalmente, Porculo?

El ghetto existe, pero puede tratarse de manera menos tópica. Chicago, 1975 (vía)

X se organiza como un diario sin fechas. Ellison relata en un supuesto texto propio su día a día con su familia, los recuerdos de su pasado, los encuentros absurdos con otros escritores, y apuntes de ideas o diálogos para posibles futuros escritos, además del impagable texto de Porculo, absolutamente admirable e imprescindible, una pieza usada dramáticamente como un Tractat del ghetto literario y racial al que el autor y sus protagonistas deberían pertenecer, y cuyo triple juego de literatura basura, material susceptible de éxito crítico, y escrito de catarsis personal de un personaje que no encaja en la industria, es tan inteligente como demoledor.

No había oído nunca hablar de Percival Everett, cuya trayectoria literaria parece similar a la de su personaje. Parece que como autor difícil ha tenido pocas ediciones, y un prestigio académico que apenas llega a la crítica más intensa. Leyendo estas cosas es complicado animarse a conocer su obra anterior (un pedazo de la cual podría adivinarse en el texto indescifrable de una conferencia incluida en X), pero este libro es una pieza que funciona muy bien como un aparente divertimento de costumbres familiares y literarias, pero que encierra una lectura amarga sobre la identidad que la sociedad otorga al individuo mediante el comportamiento esperable en las etiquetas. La fluidez de los textos del diario y la habilidad con los diálogos ayudan a hacer de la lectura de X una experiencia estupenda.

Percival Everett (vía)





19 de septiembre de 2014

Servidumbres de luz


Hay dos momentos importantes en Antigua luz, la última novela del último Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en las que el autor, John Banville, habla de sí mismo y de su escritura a través de un pequeño artificio literario. En el primero, el narrador (un actor sesentón de teatro que va a interpretar una película por primera vez) lee un libro titulado La invención del pasado, cuya prosa le parece afectada, retórica, antinatural, sintética y densa, ecléctica y de falsa erudición, aunque le reconoce un ingenio esporádico y mordaz. El párrafo es chocante, pues el estilo de Banville en su libro encaja con precisión en estas características, y, además, el ataque resulta algo gratuito en un personaje en general taciturno y por realizarse contra un escritor –el de ese libro citado- sin apenas peso como personaje en la trama. El segundo momento sucede casi al final: el protagonista visita a la hija de su antigua amante, que

Me despidió en una esquina del claustro, a través de una poterna… Ah, cómo me gustan las palabras antiguas, cómo me consuelan…
En efecto, poterna no es la única palabra que hace tirar de diccionario en esta novela ahíta de espléndidos vocablos como sufusión, cauro, motacila, giróvago, fetor, fermata, etc… palabras castellanas surgidas de la pluma del traductor (Damián Alou) que habrá bregado tanto con estos cultismos en dos idiomas como con ese estilo banvilliano.


Lo antiguo tiene varios niveles en este libro. Está en el título, Antigua luz, o, en el inglés original, Ancient Light, que se traduce por ‘servidumbre de luces’, concepto jurídico que tiene que ver con el espacio obligado entre casas y lo que puede verse a través de las ventanas que se abren en las paredes. Ese espacio metafórico se refleja en la luz que la memoria trae al protagonista, que recuerda el verano para él luminoso que pasó a los 15 años, enamorado de y teniendo una aventura con la madre de su mejor amigo, de 35; bajo una memoria caprichosa y una sensualidad de precisión analítica, el narrador recrea escenas, momentos y sensaciones de cuya veracidad duda, y sobre las que la luz de la memoria no consigue brillar por completo. El propio personaje utiliza ese lenguaje de palabras antiguas, y nunca salió del arte antiguo del teatro como profesional; hasta ahora, que le da una oportunidad al cine.

A este recuerdo principal se suman las dos tramas actuales: la película que va a interpretar en compañía de una joven estrella cinematográfica, y el recuerdo del suicidio de su hija Cass, hace 10 años. La red de relaciones paterno-filiales y amorosas en los tiempos de la novela es un edificio subyugante, aunque a veces parezca algo artificial, o que pueda buscar un final más adscrito al género puro, creando expectativas algo confusas en la lectura.

John Banville como escritor parece todo un personaje: usa un heterónimo, Benjamin Black, para sus novelas negras. Una novela de Banville cuesta años de trabajo, pero una de Black apenas unos meses. Confiesa que su personalidad como autor cambia radicalmente. Dice odiar sus novelas, su estilo imperfecto, y no leer críticas porque ya conoce antes de que nadie se lo diga dónde están sus errores. Le gusta escribir series de novelas, y de hecho Antigua luz es la tercera protagonizada por ese actor desmemoriado. Es aspirante al Nobel y cuando le analizan surgen los nombres de Joyce, James, Nabokov o incluso Proust.

Calor británico (vía)

En vez de recordarme a esos autores, el universo de relaciones prohibidas en pueblos británicos durante el verano me recordó a otros autores de personalidad fuerte como William Trevor o Ian McEwan, aunque las diferencias con las tramas en Verano y amor, o Chesil Beach son abundantes. El paralelismo es mayor con la trama de Verano del 42, aunque no he leído la novela. En Antigua luz sin duda se impone el peso de la prosa elaborada de Banville, cuyos defectos que él mismo subraya se manifiestan también y a menudo como disfrutables virtudes por la potencia metafórica, la ironía profunda que alcanza, y la lucidez psicológica. Esta precisión poética, de lenguaje culto y mirada al pasado, es buscadamente elaborada y define perfectamente a su protagonista, cuya falta propia de ternura por los personajes que fueron él y su amante salta a la luz de los múltiples espejos en que se mira. Aun así, esa historia, que tiene un final espléndido en la continua reflexión (proustiana,sí) sobre el papel de la Memoria, supera en fuerza y definición a las ambientadas en la actualidad, algo alargadas y con personajes y situaciones más obvios, aunque en cierto modo lo exige la construcción global de un libro con momentos de intensidad casi aterradora.

John Banville (vía)