30 de abril de 2020

El desgarro y los compositores




Ordesa es la novela de Manuel Vilas que ‘rompió’ la literatura española en 2019. Convertida en superventas, aclamada por la crítica, la compré y leí con unas expectativas enormes que sin embargo no he acabado de cumplir, o que, mejor expresado, se me fueron modestamente relajando una vez entendidas las claves principales del libro y comprendido que era improbable que cambiaran. Unas claves que en mi opinión dan lugar a unas páginas iniciales epatantes y brillantes, profundamente dolidas de experiencia humana y que describen un conjunto de situaciones y reflexiones cuyo retrato atípico acaba abrumando estéticamente.

Ordesa, el parque (vía)

He oído a Manuel Vilas, que es personaje mediático gracias a sus intervenciones radiofónicas, que, frente a otras novelas de la literatura del yo en que Ordesa se inscribe, su libro parte del reconocimiento y agradecimiento a sus padres más que de la rendición de cuentas habitual. Pero si bien es cierto que su postura respecto a la relación con sus padres recién fallecidos intenta y consigue en parte comprender las actitudes de ambos, el gran aliento de Vilas hacia ellos tiene capas densas de remordimiento y un profundo desgarro. Al hacerlo paralelo a su propia experiencia como padre divorciado de dos adolescentes, y al percibir el autor una continuidad evidente entre los sentimientos de sus dos momentos vitales, convierte estos sentimientos en deterministas, al menos de su concepción existencial de la familia, pero con cierta intención globalizadora hacia otros ámbitos, también llevado de matices nihilistas.

El desgarro de Vilas se amplía con su visión del país, España, y el sistema capitalista actual, con focos intensos en la alienación laboral moderna, en el desarrollo político de la democracia española (los comentarios le acercan a los postulados del 15M diáfanamente), y en el inmovilismo de la derecha española (que describe así: ‘se mueve menos que la catedral de Burgos’). Las imágenes de Vilas son así de potentes, y a ello le ayuda sin duda su anterior vocación poética. Su obra anterior también puede explicar la estructura: Vilas escribe lo que parecen entradas de diario, o estados de redes sociales, que tengo tentación de recalcar porque el autor ya publicó un libro con sus propias entradas de Facebook hace unos años. Eso proporciona frescura al desarrollo y unido a la capacidad metafórica del autor alcanza los mejores momentos de Ordesa. Y probablemente no le impediría un desarrollo narrativo mayor, pero obviamente no es su interés. Para mí, una prueba del agotamiento de la fórmula es el uso, iniciado antes de la mitad del libro, de nombres de grandes compositores e intérpretes de música clásica para referirse a los protagonistas de la vida del autor. La opción tiene su particular homenaje a las personas, y un aliento a veces espiritual reconocible, creando emoción y una pizca de perplejidad. Todas estas sensaciones, que además me parecen muy veraces, asemejan un encuentro literario feliz pero que tampoco aporta evolución. El lector puede esperar en parte esa evolución en el aliento evocador del título, Ordesa tal vez como lugar puro, inmaculado, promesa de retorno a la naturaleza, incluso superación de las estructuras sociales, laborales y políticas. Vilas con coherencia y brillantez juega al anticlímax. Y yo como lector quedo instalado en el desgarro, atrapado en él cual mito griego, incapacitado para salir, dominado desde la biología y desde la cultura. Más allá de que filosóficamente no lo comparta, tampoco estéticamente me resulta fascinante, al menos superada la mitad del libro.

He tenido algunos recuerdos de Cioran y Houellebecq leyendo el libro. Ambos son autores interesados en estos temas y usan ese tono desgarrado y nihilista, que se extiende también a los distintos hábitos de la vida humana. En mi despacho veo ahora una cita de Cioran que viene a cuento, que escribí en un papelito siendo jovencito y aún conservo, que dice ‘Bach en su tumba. Lo vi, como tantos otros, por una de esas indiscreciones a las que los enterradores y los periodistas nos tienen acostumbrados, y desde entonces pienso sin cesar en las órbitas de su calavera, que no tienen nada de original, a no ser que proclaman la nada que él negó’. El libro de Vilas tiene una mayor cercanía sentimental, tal vez una proximidad lingüística y geográfica con más capacidad emotiva y evocadora para un lector del mismo país. Desde luego, resulta también una aproximación de interés al proceso de descomposición de la edad en la familia, en todos los sentidos. También recomiendo cautela, pues no es libro que emocionalmente deje al lector lleno de… ¿alegría?.

Manuel Vilas (vía)







16 de abril de 2020

Griegos



Isaac Asimov fue un escritor prolífico y, aunque es conocido sobre todo por su obra de ciencia ficción, fue también un reconocido autor de libros de Historia, que publicaba bajo un epígrafe tan personalista como Historia Universal Asimov. A esta colección cuyo conjunto de obras impresiona (especialmente si se considera el inabarcable conjunto de obras y actividades que realizaba Asimov en su vida) pertenece este volumen: Los griegos. Una gran aventura, que compré después de mi primer viaje a Grecia, algo tardío en la vida, pero que a pesar de tener un origen laboral tuvo la oportunidad de visitar brevemente la antigua Atenas (Acrópolis y Ágora) y la cercana isla de Egina. Y, bueno, una experiencia tan breve, tan poco preparada, sin documentación viajera, resultó ser impactante. Aunque tarde, aunque obviamente ya arrastrara mis lecturas y conocimientos sobre la vieja Grecia, que en mí no se produjera el diletante efecto de la desolación que las ruinas tienen en algunos estetas victimistas, me impulsó a leer más. Buscando una Historia de Grecia asumible en tamaño y seriedad me encontré con que el mejor volumen en librerías era el de Asimov. ¿Asimov? Hacía más de treinta años que no leía a Asimov, cuando creo que en uno o dos años me devoré los libros de la Fundación, los relatos de robots, y la ciencia ficción que cayó en mis manos.

Templo de Afaya en la isla de Egina

La Historia de Asimov se centra completamente en el objeto definido su título: los griegos. Qué les dio origen y hasta cuándo su cultura fue hegemónica; los pueblos que la heredaron, e incluso su estado actual. Los años gloriosos de Atenas, Tebas, Esparta, Alejando y el periodo helenístico ocupan el mayor volumen de páginas, dedicado especialmente a la historia política y a las numerosas confrontaciones internas y externas que acompañaron a sus periodos de formación, de esplendor, y de decadencia. Tan inevitable es este poso que Asimov cierra el libro en los años sesenta del pasado siglo con el conflicto chipriota.

Partenon, Acrópolis, Atenas

No es que el autor no reconozca el peso de las demás características de la civilización griega: el desarrollo filosófico, la aparición de la democracia frente a las monarquías (incluso las diarquías, como la espartana), y los avances científicos forman parte del libro, junto con el peso del mito confundido con la Historia, o las cuestiones económicas y sociales, aunque estas últimas aparecen relacionadas generalmente con las decisiones de carácter militar debido a las políticas expansivas que las polis podían necesitar para asegurar sus suministros o su comercio. Pero el eje principal del libro es político-militar, y la continuidad casi interminable de luchas legendarias que conocemos o nos resultan familiares (Troya, Maratón, Termópilas, Salamina, y un larguísimo etcétera).

Hefestión, Ágora, Atenas

Asimov lo asume con un ritmo implacable y una capacidad de resumen y simplificación tan efectivos como deslumbrantes. El efecto hipnótico de las sucesiones militares se va enriqueciendo con explicaciones sociales y culturales variadas. Asimov disfruta especialmente las lingüísticas, las que han permanecido en las lenguas que hablamos hoy (y no sólo las muy conocidas, como platónico o pírrico, sino otras  que al menos yo tenía olvidadas o que nunca relacioné con un origen griego, como sibarita, lacónico, mausoleo, draconiano u ostracismo). Además, tiene un encanto particular en la descripción de episodios bizarros, en un anecdotario fascinante que ayuda a construir  en el lector un corpus por el que sentirse irremediablemente atraído. Hay muchos ejemplos: de la derrota de Sibaris a mano de Cretona a la interpretación correcta del oráculo de Delfos sobre la última muralla de madera que defendería Atenas de los persas; de la aversión de los espartanos sentían por el mar, el comercio, y por cualquier forma de progreso, a la emancipación de la falange tebana y la posterior falange macedonia que les derrotaron. Y un etcétera inmenso.

Erecteión, Acrópolis, Atenas

Asimov, obviamente, elude entrar en profundidad en la historia del pensamiento y, sobre todo, del arte griegos, así como en la descripción de usos y costumbres. De todos hay pinceladas, puede pensarse que suficientes para alimentar el eje principal de la historia, pero son escasas para mi gusto y búsqueda. Obviamente, esto tendré que hacerlo en otros libros. No hay por supuesto mención alguna a las relaciones entre hombres, aunque se describan varios episodios en que fueron determinantes.

Así, este libro me deja una sensación peculiar: Asimov asume en un determinado pasaje (la batalla de Maratón), que la potencial destrucción de Atenas en ese momento habría sido letal para el progreso occidenta, como lo conocemos, incluso aunque otros griegos, especialmente los espartanos, hubieran resistido. Esparta tenía capacidad para ello, lo habría hecho, pero era una dictadura militar de marcado carácter esclavista por encima del que ya era propio a las demás polis, y ‘no tenía nada que ofrecer al mundo’, a diferencia de lo que Atenas nos tenía reservado. Sin emabargo, Asimov centra su libro en el discurrir continuo de lo militar de los griegos, y esa ‘oferta al mundo’ es sólo un aderezo apenas vislumbrable en su narración. Hay un valor de interpretación histórica que se intuye bajo el mecanismo al que sucumbe Asimov: para defender la cultura, el conocimiento, las formas de vida no tiránicas, la libertad en última instancia, se necesita una (fascinante, narrable, dramática) espada fuerte que defienda tu templo de los enemigos exteriores. Fuerte, bien llevada, inteligente y decidida: sin una guardia militar no hay libertad verdadera. Me parece que en el fondo, a pesar de su carácter guerrero –que también era obligado-, no era ésta la inigualable y distintiva ‘oferta al mundo’ que tenían los atenienses, los griegos, que darnos. Al propio Asimov le pueden los hechos más que las, por otro lado excelentes, palabras.

Isaac Asimov (vía)







4 de abril de 2020

Un simposio



20 años después he vuelto a leer El banquete, de Platón. Fue un regalo de boda de mi marido, una edición nueva del antiguo volumen de Alianza Editorial, con la misma introducción y notas de Carlos García Gual. La portada es distinta, pero yo también, claro. Del simpático simposio sobre las diferentes formas del amor y el interés erótico y sexual sobre los muchachos que leí en 1999 (y yo no era un muchacho tampoco) a este libro leído en madurez y estabilidad, con los 20 años de cambios sociales y legales en España en particular y en el mundo en general, seguro que mis impresiones son distintas. No había blogs en aquel entonces, por lo que no puedo comparar.

El banquete (Symposio en griego) es uno de los Diálogos de Platón, en los que explicaba su filosofía usando como personaje a su maestro Sócrates, filósofo ateniense que no dejó nada por escrito. Los estudiosos de los Diálogos discuten clásicamente qué opiniones pertenecen realmente a cada uno de ellos, y en general se suele admitir que los primeros diálogos expresan más posiblemente la opinión verdadera de Sócrates, mientras que con el tiempo y el desarrollo de su pensamiento propio, Sócrates como personaje acabó en realidad exponiendo el pensamiento de su alumno Platón. Al conjunto se le reconoce en general este nombre de Diálogos, o incluso Diálogos Socráticos, en los que Platón utiliza el conocido como método socrático, que Sócrates usaba realmente en vida, y que consiste en realizar preguntas sencillas que buscan contradicciones en los razonamientos de sus interlocutores (y contrincantes) para acabar extrayendo de ellos mismos el razonamiento que el propio Sócrates consideraba verdadero.

Sócrates (vía)

Creo que la primera diferencia de criterios con mi lectura anterior tiene que ver precisamente con este diseño de personaje, a quien en su día no di más importancia como tal. Parece que Sócrates era de por sí una persona peculiar y extravagante, poco dado a las convenciones sociales, pero Platón lo convierte en un personaje formidable sobre el papel, utilizando su reputación social y filosófica, otorgándole un carácter estelar subrayado con sencillez y eficacia, dotándole de una íntima cercanía con su autor, y desatando las líneas de pensamiento con una agilidad y eficacia inapelables. La escritura es brillante y limpia, los ejemplos sencillos y el diálogo es un método rápido e incisivo para avanzar en el razonamiento. Platón, y probablemente este punto es esencial en su éxito e influencia, era un escritor magnífico.

Alcibíades (vía)

El banquete es uno de los diálogos más conocidos y a la par, curiosamente, uno de los menos socráticos. El método apenas se utiliza, y aunque Sócrates es el personaje más reconocido que participa para nosotros, lo hace en relativa igualdad de condiciones y acompañado de otros grandes de la sociedad griega pero que no eran filósofos (lo habitual era que Sócrates confrontara con sofistas), sino un dramaturgo como Aristófanes, o un político como Alcibíades. Probablemente el tema del diálogo, el amor, lo hace un texto universal, aunque se dé una de esas particulares negaciones de la historia de la literatura (más que de la filosofía, diría yo) en reconocer que semejantes razonamientos que acabarían siendo canónicos sobre el amor partían del estudio de relaciones homosexuales en que además había una gran diferencia de edad en la pareja (hay un ejemplo estupendo de esta negación en Maurice, la novela de E. M. Forster que James Ivory llevó al cine: el decano que lee con sus alumnos un libro en griego en sus habitaciones de Cambridge a principios del siglo XX pide en un momento concreto al alumno lector que omita la referencia al pecado inefable de los griegos).

Maurice

El banquete es en realidad una sobremesa, y es un relato narrado por un tercero al que se lo contó una persona presente. Tras una cena entre amigos, los comensales –muy disciplinadamente sin duda- deciden un tema de conversación y cuánto alcohol beberán durante la misma, además del orden de palabra, que toman Fedro, Pausanias, Erixímaco, Aristófanes, Agatón y Sócrates. El diálogo termina con la interrupción brusca de Alcibíades, que rompe con todas las normas con su exaltación de Sócrates, en paralelismo de lo que hizo con la política ateniense. Fedro y Erixímaco son pareja, lo mismo que Agatón y Pausanias. También Sócrates y Alcibíades, aunque su relación es platónica (precisamente). Aristófanes no tiene amado, aparentemente no aprobaba tenerlo. Los personajes, reales, están hablando por tanto de sus propias relaciones.

Aristófanes (vía)

El tema es honrar a Eros mejor de lo que, afirman, se hacía en su tiempo. Fedro loa su poder en la batalla por los afectos irrompibles que consigue en los soldados. Pausanias y Erixímaco ahondan en diferenciar Eros de Afrodita, el amor de la pasión y el deseo. Aristófanes expone la teoría de las mitades que necesitan encontrarse, en un pasaje que remite más a la mitología y francamente surreal y divertido. Agatón opta por describir los valores de Eros en relación a los aspectos de la virtud, y lo rodea de grandes palabras y oratoria. Sócrates termina hablando del camino que lleva del amor al de la verdad y la belleza en todos los aspectos de la vida, en una explicación diáfana del concepto del amor que se impondría también en el cristianismo, también del porqué del concepto del amor platónico, y que no por brillante deja de augurar, leído más de 2.000 años después, tantas justificaciones en contra del erotismo y la sensualidad.

En fin. El banquete es también literatura fundacional homosexual (aunque esto tal desagrade a filósofos o historiadores canónicos). En Maurice, precisamente, los estudiantes comparten el libro y se preguntan si lo han leído y si les ha gustado para reconocerse. Encierra en sí mismo (aunque obviamente no es la única obra) el cómo de la homosexualidad en la Grecia clásica, y resulta casi un texto histórico en las costumbres, pero paradójico en su influencia y resultados.

Pero, como afirmaba, a pesar de la lejanía de los referentes, Platón se revela como un excelente narrador, conocedor de que una estructura narrativa y un ritmo ágiles permiten una penetración superior de las ideas, y un autor incluso juguetón: con sus prólogo y epílogo extraños, alejados y evasivos casi deja su bloque central en un mundo nebuloso, fantástico, algo que pudo ser o no, que pudo ser de esta manera u otra, según lo que esa noche dijera el oráculo, o dictara el vino.

Platón (vía)



22 de marzo de 2020

Violeta es un color



Hace unos meses, esta novela gráfica tuvo cierta repercusión en el mundo del cómic por ser la primera vez que se representaba visualmente el universo de los campos de concentración de personas LGTBI durante el franquismo, amparados por la legislación sobre vagos y maleantes. La acción de El Violeta transcurre sobre todo en Valencia, donde un chico trabajador de una fábrica de turrones es víctima de una trampa por parte de un policía en el cine Rufaza, lugar de citas de homosexuales de la ciudad. La tortura para confesar nombres de otros violetas, la deriva a cárceles o al campo de Tefía en Fuerteventura, son resultado de la confianza del muchacho, Bruno, en su tía Julia, quien de buena fe usa contactos que cree buenos para reconvertirle, con resultados obviamente nefastos. Un giro de guion a no revelar impide que Bruno no acabe en Tefía y le obliga a caminar por la vía correcta de la vida, hasta que su pasado le alcanza cuando llega la transición a España.

La turronería (vía)

En El Violeta el aire autobiográfico parece relevante. Es un tono que se adivina porque el medio es desde hace años refugio de la autoficción, y porque el cómic de temática LGTBI dispone de enormes clásicos al respecto, como Stuck Rubber Baby ó Fun Home. Sin embargo, uno de los autores del guion (el escritor y editor Juan Sepúlveda) menciona al final del texto que todos los personajes son ficticios excepto la bondadosa tía Julia, a la que rinde homenaje obvio a pesar de su tremendo error; la fábrica de turrones es también un lugar real, del que el volumen recoge antiguas fotografías. La expectativa de identificación del lector LGTBI se diluye relativamente, pero la existencia de la misma es ineludible en una crítica o reseña emocional (la emoción es también una buena razón para reseñar).

La cárcel, en Valencia (vía)

A pesar de transcurrir en lugares donde la luz no falta, El Violeta opta por un tono sombrío, en gran parte derivado de una acción en interiores: el cine, la comisaría, las diferentes casas de Bruno, etc… acorde también con el carácter moralmente inaceptable de la homosexualidad en aquellos tiempos: es por ello algo que ocurre a oscuras. Los pasajes que suceden en Tefía, a pesar de ser exteriores, transmiten también tenebrismo. El libro no llega al miserabilismo imperante en parte de la literatura que se practicaba en España en los mismos años en que se sitúa la acción, pero las situaciones reflejadas bordean un justificado dramatismo. Si no llega al tremendismo es obviamente porque el punto de vista tiene sesenta años más, y porque no necesita refugiarse en el analfabetismo y el retraso de la sociedad para construir una crítica al régimen, que ya no necesita ser velada. Pero, tal vez resultado de esta tendencia, no existe prácticamente posibilidad de sensualidad en la armarización social y familiar a la que obliga el contexto, y Bruno es alejado decididamente de cualquier atisbo no ya de felicidad, sino de alegría, por momentánea que esta pudiera ser, y, en ese sentido, El Violeta es canónico en una de las representaciones culturales mayoritarias del mundo LGTBI: todo es dureza, no hay pareja feliz posible, no hay una construcción antitética de la realidad ficcional mayoritaria, con una imposición del realismo oficial, y cierta negación de la intimidad sexual, convertida siempre en tema público: objeto de análisis social, laboral, etc…

El campo de concentración de Tefía (vía)

Sin duda España representa uno de los mayores saltos en legislación igualitaria del mundo. De la situación realista y creíble (y probablemente suavizada) de El Violeta a la legislación del matrimonio igualitario y las leyes (de momento autonómicas) de igualdad LGTBI apenas ha pasado medio siglo: de una situación verdaderamente lamentable a una de las mejores del mundo para el colectivo LGTBI, sin que esto no suponga que existan aún severos problemas de acoso y discriminación. El Violeta nos recuerda, casi nos abofetea con ello, la ausencia de una memoria histórica LGTBI. O, si se prefiere así, el ninguneo de la realidad LGTBI y su inserción en la Historia no ya de las libertades civiles, sino de la propia especie humana. Es, en ese sentido, un libro ilustrador y pionero a considerare con seriedad.

Juan Sepúlveda Sanchís (en la foto), Marina Cochet, y Antonio Santos Mercero, son los autores de El Violeta

13 de marzo de 2020

ABC de arte



En 2018, el Museo de Bellas Artes de Bilbao celebró su 110 Aniversario. Para celebrarlo organizó una exposición que comisionó el escritor Kirmen Uribe, organizándolo mediante un abecedario de diferentes conceptos. ABC. El alfabeto del museo de Bilbao es el libro publicado con motivo de aquella exposición, que compré porque la misma me había entusiasmado.

Aurelio Arteta - Regatas de traineras en San Sebastián

Como la exposición, el libro es también un trabajo excelente. No goza, claro está, del alto impacto estético de una visita al museo, pero además de ser un objeto bello, útil como recordatorio de la exposición, pero también como repositorio de obras imprescindibles de este museo, Kirmen Uribe ha escrito unos textos para cada entrada de su abecedario particular que son breves, poéticos y altamente evocadores por connotativos. Uribe no pretende competir en la liga de los expertos en arte ni de los comisarios de exposiciones. Es más bien un aficionado asiduo de gran cultura y artista de otra disciplina, que aplica a una selección de obras fundamentalmente pictóricas (también hay escultura o fotografía), con varias de las cuales tiene además una relación emocional por haber visitado desde niño el museo con frecuencia.

Rogelio de Egusquiza - Tristán e Isolda

El resultado es inesperadamente inspirador. Cada entrada correspondiente a una letra del alfabeto (incluyendo dígrafos vascos como ts, tx y tz) se relaciona con un concepto determinado; el autor no describe necesariamente cada obra de las que configuraba la sala de esa letra en la exposición (aunque están todas recogidas en el correspondiente capítulo del libro), sino que se detiene en algunas, trabaja el concepto a veces en términos estéticos, otras en históricos y otras en filosóficos, aportando también especificidades vascas y bilbaínas, pero sin aparataje identitario al respecto, y con uso también habitual de un foco literario. Así, Uribe muestra una sensibilidad receptiva holística, que transmite con sencillez y eficacia un profundo amor por el museo y sus obras, y un respeto consciente por el valor del arte y su capacidad de otorgar significado al hombre y a la historia.

Joaquín Sorolla - Retrato de Unamuno

Aunque el recurso al alfabeto no es nuevo, y es probable que se haya usado antes en museística, lo cierto es que para quienes conocemos el museo y sus obras por haber pasado tantas veces por sus salas, el impacto es grande: el descubrimiento de otras lecturas no académicas, y el espejo de la mirada evocadora a otras artes, otras realidades y otras posibilidades que alcanzan tanto la exposición como el libro me parecen de un valor difícil de calcular, y, en cierto modo, me reafirman –recordando también a Jorge Wagensberg y el método artístico para alcanzar el conocimiento que proponía- en que el arte, por inútil que sea, es parte ineludible de la vida incluso para quien no lo mira.

Kirmen Uribe en foto de Santos Cirilo (vía)

3 de marzo de 2020

Galán



Hace pocos años y gracias a la biografía de Eduardo Haro Ibars, supe que Diego Galán había tenido una vida más peculiar de lo que parecía. En casa tenía un ejemplar de Jack Lemmon nunca cenó aquí, una crónica de sus años al frente del ZInemaldia en los años 80 y 90, cuando consiguió relanzarlo internacionalmente, asegurarle la categoría A, y luchar contra la endemoniada situación política del momento. Lo consiguió más por la vía del estrellato –con la instauración del Premio Donostia como hito principal- que por la calidad artística, y siempre me pareció que el libro, y su título, irían por ahí. A mi cinefilia poco mitómana se le antojaba sospechable que el libro me interesaría poco. Fue un regalo, que me hicieron por haber sido durante una década visitante del Festival, a veces acreditado gracias a Aux o BiFM. Pero esa referencia a una juventud cinéfila no acabó de animarme a la lectura. En 2019, sin embargo, murió Diego Galán en Madrid, y dado que su paso por Donostia sigue siendo su legado más reconocible, me convencí de que no habría mejor oportunidad.

Bette Davis (vía)

Desafortunadamente, mi previsión se ha cumplido y el libro me ha gustado poco. Creo que Galán adopta una escritura demasiado correcta que a veces resulta gazmoña e incluso rancia (en cierto modo, que Pérez Reverte escribiera la introducción y la terminara con diciendo que íbamos a tener una ‘feliz proyeción’ ya lo anticipaba). Esta corrección evita que el autor caiga en el cotilleo, pero la contrapartida es un texto insulso y sin carga alguna de profundidad, donde las contradicciones entre la cinefilia dura y las concesiones a la industria norteamericana y sus imposiciones se resuelven con cierto punto de arrogancia, que se muestra cuando se es displicente con el gran mundo que a veces se les aparece a los mortales, entre los que obviamente se incluye. Todas las posibles aristas de estas situaciones quedan sepultadas bajo una bonhomía que pretende ser señorial y que acaba convirtiendo el libro en un catálogo de famosos haciendo tonterías por los escenarios de la heroica ciudad. Que si uno baja las escaleras, que si la otra tiene una asistenta astuta, que si alguien hizo un chiste sobre el Cristo del Urgell… El caos inherente a la organización de un festival es sólo un elemento resignado, y las vicisitudes de los jurados, la crítica y al organización siempre hacen un guiño de complicidad ramplona al lector, un ‘ya nos entendemos’ impostado y que no comparto ni el fondo ni en la forma. En fin. Incluso la discreción puede ser literaria, supongo que con herramientas como la ironía o la connotación, pero no. La escasa reflexión sobre el placer perdido del espectador que Galán tenía con el cine antes de dirigir el festival apenas alivia este sabor.

Gregory Peck (vía)

No obstante, concedo a este estilo un valor notable, probablemente inesperado, en algo que su autor preferiría no haber tenido que reseñar: el inagotable impacto de las acciones políticas que el Zinemaldia tuvo que soportar como escaparate de Donosti y del País Vasco al mundo que era. La cotidianeidad que Galán y blandura dan a diferentes sucesos (manifestaciones en las sedes, personas que subían con pancartas a las presentaciones, avisos de bomba, altercados que encerraban a organizadores y estrellas en un teatro, un restaurante o un coche, peticiones de suspensión del festival, cortes de calles, quema de contenedores, etc…) es casi la misma que da a sus desfiles de estrellas, jurados y películas: un amalgama de aburrimiento, repetición y resignación. ¿Cómo pudimos vivir así? Bueno, porque se puede, con pereza, miedo y aceptación se traga todo. A Galán la situación política le condicionaba de continuo y la solventó negociando con sus posibilidades. Lo explica de nuevo sin pasión, sin profundidad, con unos términos algo olvidados ya, sin interés verdadero: el paisaje era así y ahí estaba, tan inamovible como ese Cristo del Urgell. Amarga foto, proyección no tan feliz.

Bueno. Descanse en paz Diego Galán. Creo, por las películas reseñadas, que estuve en las tres últimas ediciones que dirigió. Y sin duda dejó el Zinemaldi preparado para el futuro. Este último es un juicio anodino, realista, e intencionado.

Diego Galán (vía)

12 de febrero de 2020

La heredera



La heredera es una película de 1948, un clásico de Hollywood dirigido por Wiliam Wyler, muy conocida por ser el segundo Óscar de Olivia de Havilland, que formó pareja con un jovencísimo Montgomery Clift en uno de sus primeros papeles. La vi hace muchos años, recordaba como tópico conseguido el de Olivia de Havilland como personaje poco agraciado, pero especialmente la escena final y el aire continuo de sexualidad no consumada que suponía la relación, que luego llamaríamos tensión sexual no resuelta.

Cartel de La heredera, de William Wyler

La heredera se basa en un libro, Washington Square, escrito por Henry James, que ya no recuerdo cómo llegó, en una impresión en su inglés original, a casa. Es en realidad una novela corta e intensa, de magnífica estructura y ritmo endiablado, de la que Wyler (o mejor, sus guionistas Augustus y Ruth Goetz, que previamente habían adaptado la novela también al teatro) hicieron un buen resumen, engarzando con habilidad prácticamente todos los momentos recogidos en el libro, aunque modificando los hechos del final (no su sentido) para un mayor subrayado dramático. El cambio más importante, no obstante, es el carácter de Catherine, la protagonista, que en la película tiene una oportunidad para la venganza que en el libro es menos obvia, y que probablemente encajaría menos en ese final dramático.

Washington Square (vía)

Catherine Sloper, hija del adinerado Dr. Sloper, vive a mediados del siglo XIX en la plaza Washington Square de Nueva York. Es una muchacha sana y robusta, pero ingenua, un tanto aburrida e incluso asocial, y poco agraciada, heredera ya de una fortuna por su madre ya fallecida y de una fortuna aún mayor cuando su padre fallezca. Padre e hija viven en una casa magnífica en compañía de la tía Penniman, hermana del padre y dicharachera viuda de un clérigo. La casa sólida en esa plaza central del Bajo Manhattan es el lugar que el doctor Sloper ha escogido para establecerse, sin escuchar los modernos cantos inmobiliarios de la próspera ciudad en crecimiento, algunos de cuyos habitantes recomiendan cambiar de casa cada cuatro años. No es de extrañar que en casa del Dr. Sloper las décadas vayan pasando y todo parezca envejecer con rapidez. En ese ambiente irrumpe el joven, dinámico, guapo, educado y encantador Morris Townsend, al que Catherine conoce en una fiesta familiar común (el compromiso de una prima de ella con el hermano de él) y que desde un principio la corteja con cierto descaro y la connivencia de la tía (que proyecta en la pareja tanto un ideal romántico como sus propias pasiones), y el escepticismo del padre, que, desconfiado con las intenciones de Morris (que no es sólo pobre y sin trabajo ni renta, sino que ya gastó una herencia familiar en viajes por el mundo), se huele estar ante un arribista en busca de dinero fácil.

Olivia de Havilland y Montgomery Clift, a punto de huir.

Morris no sólo representa una pasión juvenil en lucha contra un hombre protector y de una vieja moral, sino también un tiempo nuevo que quiere derribar las viejas estructuras, vivir de otra manera, y sacudirse la caspa de la sociedad antigua, la propiedad antigua, y el antiguo régimen, claro. La novela es sutil, prácticamente el retrato de una lucha generacional, en el que la mujer es a la vez objeto de protección y transacción; su voluntad no respetada y su escasa capacidad personal le sitúan en peor lugar que, por ejemplo, las heroínas de Jane Austen, con las que la obra de Henry James, en este caso, emparenta en varias situaciones a pesar del cambio de continente y las varias décadas de distancia. Sí es especialmente atractiva en James cierta atmósfera alrededor de la casa-fortaleza, además del contexto histórico que cuida mucho de reflejar subrayando que el narrador habla tres décadas después de los hechos, y un hálito sexual en los envites de Morris, donde se refleja un intento de penetración múltiple del chico y su tiempo y su clase en la chica y su tiempo y su clase y casa. Es una inspiración pre freudiana, alimentada por la adoración de Catherine hacia su padre, tal vez esperable conocida la obra posterior de James, pero no por ella exenta de sorpresa.

William Wyler hizo una adaptación menos apegada al tiempo histórico pero que reflejaba bien esta pulsión sexual. A menudo retrata a Montgomery Clift a oscuras y pocas veces de frente. Los encuadres con Clift y De Havilland muestran a ésta en general a la defensiva física, incluso cuando su educada resistencia es vencida por las palabras y la belleza de Clift, que siempre es dominante en el plano. A la película le falta la profundidad psicológica de los personajes especialmente mayores, pero lo compensa con una gestualidad muy conseguida y emotiva de los personajes femeninos, todos ellos deslumbrantes.

Henry James, joven, fotografiado por Alice Boughton (vía)