21 de abril de 2011
El infierno del dibujante
8 de abril de 2011
Las negras aventuras de Pinocho
El Pinocchio de Winshluss es una historia caótica, sucia, sórdida y desesperada sobre la vida que toma a varios personajes del famoso cuento de Carlo Collodi y de otros cuentos adaptados por Walt Disney al cine como núcleo.
28 de marzo de 2011
Los sapos tienen pensamientos infames y llevan a cabo infames investigaciones
El director de cine Werner Herzog es el autor de Conquista de lo inútil, basado en el rodaje de su película Fitzcarraldo, y que ha conocido una muy bonita y cuidada edición en castellano en la editorial Blackie Books, hasta el punto de que conservaré, creo que por primera vez, la banda de publicidad, que normalmente es un plástico publicitario sin interés, pero que aquí se despliega, incluye reseñas de la película, un mapa y varias anécdotas conocidas de Herzog, como la de aquella vez que se comió un zapato…
Conquista de lo inútil es un diario de rodaje en un sentido literal, pero no analiza ni entra demasiado en las cuestiones cinematográficas de aquel increíble rodaje. Las impresiones que recoge el director versan más sobre el choque que supone el lugar del rodaje (la Amazonia peruana) y la locura que supuso la aventura de rodar Fitzcarraldo. Un rodaje que fue interrumpido varias veces, que tuvo un primer metraje interpretado por Jason Robards y Mick Jagger –que se desdeñó puesto que Robards abandonó, Jagger tuvo que atender otros compromisos y Herzog incluso eliminó el papel de Jagger, que fue eliminado del montaje final-, y que narra la historia de un comerciante de caucho (Fitzcarraldo) que quiere construir una ópera en Iquitos y para conseguir el dinero necesario acepta una licencia de explotación de caucho en una región a la que sólo se accede mediante un río en que hay que remontar unos rápidos no navegables, al menos en las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, este río para junto a otro, separados únicamente por una colina, por lo que Fitzcarraldo decide pasar el barco de un río a otro a través de la montaña para conseguir el caucho. 15 de marzo de 2011
También Chechenia

Jonathan Littell, quien lo ganara todo (incluido mi arrebato), con Las Benévolas, publicó en 2009 un informe largo sobre la situación en Chechenia, país en el que había trabajado como miembro de una ONG durante las guerras de los noventa, y que, como periodista acreditado, visitó durante dos semanas en 2009. Desentrañar los misterios de esta pequeña república –cuya extraña existencia reflejaría en los nombres de sus habitantes, cruces imposibles de Rusia y Arabia- es tarea complicada, aunque debe estar al alcance de quien consiguió hacerlo con el nazismo y su psicología (sé que esto suena excesivo, pero a mí me lo pareció), y centra su Chechenia, año III.
Littell es consciente de describir un conflicto no resuelto, de poderosos actores en la sombra (Putin y Rusia como valedores de los dirigentes actuales de Chechenia, y Al Qaeda –o su corpúsculo norcaucáusico- como el de los terroristas todavía en el monte), y protagonistas especialmente directos: Ramzán Kadírov, el presidente respaldado por Putin y en el poder desde 2006 –de ahí el título del informe-, y que con sus plenos poderes controla a los islamistas y reconstruye con eficacia aparente el país destruido; y los movimientos de derechos humanos, especialmente Memorial , que en su denuncia del despotismo de Kadírov han sufrido varias víctimas.
Por momentos, Littell consigue excelentes páginas, por ejemplo en el perfil de Kadírov y su red de privilegiados, o al novelar (ligeramente) los dramáticos destinos de miembros de Memorial secuestrados. Sin embargo, creo menos lograda la combinación con su propio viaje personal, que es algo impostado aunque la crónica en sí sea interesante y válida para un mundo occidental que tiene olvidados tantos conflictos eternos, complejos, imposibles.
6 de marzo de 2011
Odiar el capitalismo, ma non troppo

He aprendido mucho con Lucro sucio, un estupendo libro sobre economía, planteado con un punto de vista pedagógico en busca de una estimulante lucha contra los tópicos económicos asociados a las llamadas políticas de derechas o de izquierdas. Para ese aprender posiblemente sea necesario como en mi caso ser un tanto lego en la materia, aunque el libro baja al mundo terrenal y pone ejemplos que cualquiera puede entender porque todo el mundo, obviamente, es parte diaria de esa cosa conocida como Economía.
Lucro sucio quiere desmontar las falacias económicas interesadas que tanto la derecha como la izquierda política han construido alrededor del capitalismo. Dedica 6 capítulos a ‘descubrir, desacreditar y superar las falsas creencias y deducciones falaces de los apóstoles del libre mercado’ y otros 6 a ‘someter con compasión pero incansablemente el duro test de la plausibilidad económica al pensamiento simplista y el ingenuo moralismo de los amigos de la humanidad’. La tesis de Heath parte de los escasos conocimientos que los comunes tenemos de economía, si bien llega a comprender esto ante las confusas recetas que muchos economistas proponen, tantas veces basadas en las ideologías.
Siempre ForgesDebo reconocer que aunque me ha gustado, el hecho de que este capitalismo, con ese nombre y bajo un esquema que los neoliberales gustan de hacer suyo con orgullo, sea ineludible, me parece algo discutible precisamente por su concepto. Dice Heath en su capítulo titulado Compartir la riqueza. Por qué el capitalismo produce tan pocos capitalistas que ‘el problema es que el capital se gasta demasiado fácilmente’. Y yo me pregunto, ¿acaso esta psicología del gasto inevitable no es consecuencia del sistema? ¿Es una psicología individual, o generada por el sistema del capital? Que este sea dominante puede posiblemente excluir que la educación sea la solución a la pobreza, porque no puedes educar en otra cosa que se salga del modelo capitalista. Eso sí, Heath presenta un capitalismo que admite intervencionismo y flexibilidad amplios, de modo que su reinvención es casi constante gracias a una lucha de fuerzas perpetua, que no es sólo la de los mercados, sino que incluye al estado y sus mecanismos. La respuesta es, entonces, cómo conseguir que el capital no se gaste tan rápido, al menos para asegurar una distribución de riqueza. Es decir, cómo conseguir que el capital no se comporte como lo que es…
Ahora me preguntaría si realmente he aprendido algo, y si el profesor Heath sería indulgente en su examen. No lo sé, tal vez mi lectura se haya escorado hacia un lado. Bueno, intente cada uno la suya, claro.
24 de febrero de 2011
¿Qué fue de los Berglund?

Qué trabajadas me parecen siempre las novelas norteamericanas que aspiran a ser la ‘gran novela’ que supongo que no llegará porque no seremos capaces de reconocerla. Entre los novelistas norteamericanos que a veces leo (que tampoco son necesariamente representativos del total de esa literatura) siempre me encuentro con novelas complejas, con una construcción cuidada al máximo, desarrollos milimétricos, precisión total. Paul Auster puede haber perdido algo de esto creo que a favor de lanzarse a un vacío que en ocasiones parece pereza o sobreproducción. Pero Alice Munro, o Richard Ford, o Jonathan Franzen…
Franzen, que hace diez años escribió ese magnífico título de grandísimo éxito llamado Las correcciones, ha tardado diez años en publicar este Freedom, aún no editado en España. Un título equívoco, precedido de varias polémicas (edición equivocada en Gran Bretaña, declaraciones raritas del autor), que coincide en estilo y pretensiones con Las Correcciones, pero que probablemente, a pesar de sus intensos momentos de placer, habría requerido menos páginas y un trabajo mejor de algunos temas a favor de una mayor empatía con los personajes. Por supuesto, es un texto trabajadísimo, de admirables sintaxis y uso del lenguaje, con una inmensa cantidad de acontecimientos, un uso excelente del tiempo de la narración, y profundamente conectado con las inquietudes de nuestro tiempo, al que aspira a describir/analizar a través de dos personajes principales y cinco ó seis secundarios de gran potencia. La narración es en todo punto coherente, se cierra bien, y deja satisfecho.
Freedom repite la fórmula de Las correcciones: partiendo de una historia nuclear en una familia norteamericana en vías de desintegración, introduce a los personajes en un contexto conectado con obsesiones sociopolíticas de la década. En los noventa pudieron ser los pelotazos económicos y la caída del comunismo; ahora lo son la guerra de Irak, o el conflicto irresoluble de la energía y el medio ambiente ante el cambio climático. La novela narra la evolución de los Berglund, él marido modélico que trabaja para una fundación para la protección ornitológica financiada por… ¡un magnate del carbón!; ella una ex-jugadora de baloncesto y abnegada ama de casa y madre sobreprotectora. A ambos el hijo les sale más que rana y extremadamente republicano y ambicioso. Figuran además un ex-compañero universitario de los Berglund, músico rock que ayuda a Franzen a dar cabida a las nuevas tecnologías en el texto, una activista medioambiental de origen hindú, o una vecina emo entregada hasta la insania al hijo de los protagonistas. Treinta años de vida se van alternando usando el diario en tercera persona de la mujer y una narración omnisciente general lúcida y un tanto desencantada.
Tal vez es el signo de los tiempos, tal vez la sociedad cuyo derribo ya anunciaba Las correcciones ha llegado. El título es lógicamente metafórico, y la palabra freedom aparece estratégicamente una vez por capítulo para subrayar los errores de unos protagonistas que no evolucionan necesariamente a la la madurez por su libertad para equivocarse. Franzen ha perdido ternura, aunque sepa dar las razones psicológicas de cada personaje. Encuentro menos cercanía, y menos brillantez en varios de los sucesos cómico-dramáticos de la novela, un equilibrio que Las correcciones conseguía milagrosamente, habiendo uno que a pesar de estar narrado con buena tensión, nunca lo aceptaríamos en, por ejemplo, Julio Médem...
12 de febrero de 2011
Manns und Buddenbrooks
Han pasado 18 años desde que con la (ahora lo creo así) tierna edad de 24 años leí, en un verano de playa de los que la juventud universitaria me permitía, La montaña mágica, de Thomas Mann. Aquel Hans Castorp, personaje de mi edad, era un hombre diletante atrapado en una encrucijada de amor, enfermedad y pensamiento. Mientras él esquiaba por las laderas de los montes de Rorschach, Suiza, yo sudaba la gota gorda del verano en el Mediterráneo. Devoraba las páginas del libro, entendía perfectamente el subtexto homosexual de la historia, y me preocupaba poco por mis escasas posibilidades en el terreno, apenas me permitía un voyeurismo que ya aquel entonces sabía interpretar como espejo del del músico Von Aschenbach en Venecia . Poco imaginaba que la impresión indudablemente duradera de aquella novela me dejaría en la práctica imposibilitado para afrontar otro Mann en tantos años.

Thomas Mann ha conocido recientemente una revisión de su obra en castellano, con nuevas traducciones y la edición de sus cuentos y narraciones cortas menos conocidas . En este tiempo he seguido conociendo noticias de este novelista muerto en 1955, sin duda uno de los más influyentes del siglo XX, cuyo peso intelectual aparece con frecuencia en la historia del siglo, incluso en la de su música (nada extraño siendo el autor de Muerte en Venecia o Doktor Faustus). Algunas de esas noticias eran prosaicas: sus famosos diarios que hace pocos años glosaba Manuel Vicent en El País) revelaban de su puño y letra su ya conocida sexualidad reprimida, no completada, casi se diría que proyectada en sus hijos en cuanto a lo que significaba su anhelo de libertad, y en su literatura en cuanto a su sentido estético.

Años después, en un viaje al mismo lugar del veraneo de mis 24 años, desgraciadamente más corto, he vuelto al mismo novelista, con la que es su primera obra maestra reconocida, escrita a los 25 años, y que supuestamente es una libérrima reconstrucción de la vida de su familia de la alta burguesía de la ciudad de Lübeck. La novela se titula Los Buddenbrook, y fue el primer paso histórico hacia la fama desmedida de Thomas Mann. En ella existen ya los personajes divididos entre una pulsión interior y la representación del escándalo de su imagen exterior; la sublimación estética e intelectual del deseo todavía no me parece clara, pues no encuentro subtexto. La capacidad para llevar a una novela río la comprensión íntima de toda una época, sin embargo, sí está presente. La historia es la de una rica familia en tres generaciones que se va cerrando en sí misma poco a poco hasta acabar su descendencia, como una monarquía cosanguínea y decadente.

Desde el verano hasta ahora, he visto la fallida pero muy curiosa serie de televisión Los Mann, rodada en alemán con Armin Müller-Stahl, Monica Bleibtreu y Sebastian Koch (el estupendo protagonista de las aún más estupendas El libro negro y La vida de los otros). Los Mann parte de e incluye documentos audiovisuales varios: grabaciones realizadas a Thomas Mann, fotografías, entrevistas grabadas a su mujer o a sus hijos Erika o Golo, y, sobre todo, una entrevista larga realizada a Elizabeth Mann-Borgese, la hija pequeña aún viva cuando se rodó la serie en 2001, y con la que el realizador visitaba varios de los lugares clave de la vida de la familia Mann, incluyendo algunos en los que la misma Elizabeth no había llegado a estar. Pero… en efecto, he dicho ‘serie’, para que se entendiera ‘serie de ficción’ y no ‘documental’. En Los Mann, allí donde el documento no alcanza, el director Heinrich Breloer ficciona representando con los actores las diferentes escenas recordadas. La sensación es extraña, en cierto modo algo fría. Al plantearse hablar de los Mann, mítica familia de escritores con semejante peso en la novelística alemana, parece imprescindible usar un material documental de tan alto valor. Pero al montar en paralelo imágenes de actores para aquello que no existe en archivo (y que es sobre todo vida doméstica), se produce distanciamiento y la posibilidad de emocionarse con los personajes ‘de ficción’ es menor, fomentándose el comentario puramente técnico: qué parecido el de los actores, qué buena dirección de producción, etc…

No he sido, sin embargo, capaz de disfrutar de Los Buddenbrook. Tal vez el recuerdo de La Montaña Mágica, tal vez el hecho de que las sagas familiares hayan sido tan desgastadas como género por este siglo sobreexplotador de ficciones, me han alejado de ella, aunque la lectura fuera voraz. Hay momentos en los que me apetecía aplaudir por la perfección de la construcción, pero otros resultaban reiterativos o innecesarios, menos conseguidos tal vez, en el intento de desmitificar las glorias de una familia de apariencias más grandes que sus realidades.
























