21 de abril de 2011

El infierno del dibujante


Un título que invita a tan poco optimismo como El invierno del dibujante es el último cómic de éxito publicado por Paco Roca, quien hace tres años triunfara con Arrugas, con el que ganara el Premio Nacional del Cómic. Si no hace tanto yo me preguntaba –y varios me respondíais- por el sentido del‘metacómic’ en relación a lo que ya conocemos como referencias metaliterarias o metacinematográficas, en poco tiempo tuve el buen ejemplo de Logicomix (recientemente publicada por fin en castellano) y, ya en el cómic nacional, de esta novela gráfica que habla de los autores de cómic, su obra, contratos y derechos.


Escobar por Escobar (vía comicat)



La historia narra un episodio un tanto desconocido de la historia del cómic español. O de la historieta o tebeo, como se le llamaba entonces. En 1957, cinco dibujantes de la todopoderosa editorial Bruguera, decidieron dejar la empresa y fundar y gestionar su propia revista de historietas, conservando los derechos de autor e intentando trabajar un modelo de cómic menos dirigido al público infantil. Y no eran los dibujantes menores de la casa los que lo intentaron: Escobar (Zipi y Zape, Carpanta), Peñarroya (Gordito Relleno, Don Pío), Conti, Cifré y Giner. Todos ellos trabajaban en una redacción de Bruguera donde también estaba Vázquez, empezaba Ibáñez, y Víctor Mora era el jefe de redacción. Una auténtica montaña de talento que era manejada por la empresa con la mano que permitía el régimen. Bruguera reaccionó con malas artes y la nueva revista (Tío Vivo) no funcionó, y cuatro de los dibujantes díscolos volvieron al redil en 1959.

Ibáñez por Ibáñez (vía oconowocc)



Paco Roca ha ambientado detallada y cuidadosamente la época, aunque no por ello la reconstrucción es abigarrada o asfixiante. Eso sí, refleja una época gris y el tono es siempre apagado. La estructura de la historia se divide en los dos momentos, 1957 y 1959 en capítulos alternados, y cada episodio se dibuja con un tono pastel determinado como fondo suave de las páginas, consiguiendo un magnífico uso dramático de los interiores, y una buena coherencia en el diseño de las páginas. En este excelente diseño gráfico tal vez se eche de menos una mayor caracterización de personajes: Roca huye del primer plano supongo que como forma de reforzar las posturas colectivas frente a las individuales, pero la moda casi uniformada de los años cincuenta a veces impide distinguir a varios personajes que resultan facialmente demasiado similares, y de lo que apenas se libran personajes físicamente tan reconocibles como Ibáñez o Conti.

Vázquez por Vázquez (vía nomehagasmuchocaso)



Lo excelente de este libro es el uso del cómic como medio para narrar esta historia sobre sus autores. En aquellos años, los dibujantes de historietas se veían obligados a firmar con Bruguera un contrato en que cedían sus derechos de autor, de tal manera que no podían dibujar sus propias creaciones al irse de la editorial, y ésta podía emplear otros dibujantes para seguir creando nuevas historietas con dichos personajes, aunque los autores originales no lo autorizaran, con la consecuente pérdida de calidad y prestigio creativo. Su trabajo habitual en la editorial tenía un salario escaso y, apenas podían  desarrollar su creatividad fuera de unas líneas concretas de trabajo a enmarcar en el contexto paternalista de la empresa, el mismo que luego les permitió volver a ella a trabajar bajo estas condiciones una vez que su aventura de hijos pródigos fracasara.


Bruguera, por Paco Roca (vía entrecomics)



No obstante, a pesar de la excelencia de la idea y de la buena ejecución gráfica, este libro para mi gusto se ha quedado un poco corto y ha perdido la oportunidad de un análisis más incisivo y global. Obviamente, existe una reflexión sobre el conflicto entre arte y producción, y hay un retrato de una generación de autores extraordinario que para cualquiera que haya crecido con sus personajes resulta de una nostalgia merecida. El hecho además de que esta historia haya sido olvidada parece significativo de nuestro país, demasiado poco dado a reconocer nuestras propias luchas nobles. Pero El invierno del dibujante contiene cierto fatalismo, cierto tono de derrota segura, que se apodera del libro, con un pesimismo vital que parece la única posibilidad que ve el autor de hablar de cultura y libertad bajo el franquismo, y que en mi opinión no dota de profundidad al guión ni permite universalizar una historia con matices ligados a los de la creación de manera universal y no sólo local o bajo un contexto histórico.


Curiosamente, este libro coincide en mercado con otras creaciones que dan apuntes sobre estos temas. Una es obviamente la película de Oscar Aibar, El gran Vázquez, en que Santiago Segura interpreta al dibujante más díscolo de la editorial, quien también fue parte importante de los hechos que cuenta El invierno del dibujante (aunque tampoco bien completada, en mi opinión). La película no obstante no habla de estos hechos, sino del personaje de vocación pícara y descarada que fue Vázquez, en una Barcelona sin embargo mucho más mediterránea, veraniega y luminosa, que casi invita al optimismo por las alegrías del granuja en país de miserias, en un contraste muy severo con el frío retrato del invierno de Roca. La otra es la absurda denuncia del fan de Mortadelo requerido por ediciones B a retirar las imágenes de lasque no posee derechos que figuran en dos blogs de análisis (y devoción)continuados por los personajes de Ibáñez. Demostración de los recovecos del conflicto de derechos, e idea de cómo anda el cambio del modelo de negocio en este país.

Hay también quien pueda querer investigar en el pequeño escándalo de las páginas pixeladas del final de al menos la primera edición de El invierno del dibujante. Pertenezco a aquellos que simplemente no se dieron cuenta en la lectura, y sólo con más detalles pudieron ver el error a partir de la página 110. Cosas de los impuestos que la edad cobra a la vista, que no permite verlo siempre todo. Más información, en la Guía del Cómic.

8 de abril de 2011

Las negras aventuras de Pinocho


El Pinocchio de Winshluss es una historia caótica, sucia, sórdida y desesperada sobre la vida que toma a varios personajes del famoso cuento de Carlo Collodi y de otros cuentos adaptados por Walt Disney al cine como núcleo.


¿La verdadera perversión de Pinocho?


¿Y quién es Winshluss, con semejante nombre? Pues un señor de nombre francés más reconocible, Vincent Paronnaud, que bajo su nombre real adquirió cierta fama cinematográfica al adaptar junto a Marjane Satrapi el cómic de esta última titulado Persépolis. Paronnaud no parece muy amigo de revelar el origen de su pseudónimo, tal y como le confesó al señor Ausente en una estupenda entrevista. El señor Ausente menciona también el caos en su titular. Caos ordenado, eso sí, por una mente creadora estructuradora hasta el infinito. En este Pinocchio, el inventor Gepetto construye a Pinocho, e intenta vender los planos al ejército, como auténtica arma de destrucción masiva que podría ser. Pero Pinocho se escapa tras incendiar la casa del viejo sabio, y con Pepito Cucaracha instalado en su cerebro deambula por campos y calles sin objetivo aparente, cruzándose con drogadictos, con un circo de asesinos, Blancanieves, etc… mientras Gepetto le busca. Varios de los episodios que viven ambos ya existen en el relato original, que, como buena narración verdaderamente educativa, explicaba los peligros de la vida a los niños con palabras y personajes que pudieran apreciar. Eso que se llamaba fábula, a fin de cuentas.


Pinocho y el dominio del mundo


Lo más aparentemente destacable de esta adaptación es el aspecto sórdido de la subversión temática del referente clásico, normalmente dirigido al público infantil, y ejemplo cultural de la metáfora de la mentira. Pero, en mi opinión, eso es sólo una fórmula sencilla para impresionar al lector, y, en realidad, no serviría para que este se apasione con un cómic de gran formato y 200 densas páginas. Lo sobresaliente, pero ya no tan aparente, es su narración casi exclusivamente visual-secuencial, sin uso de diálogos ni bocadillos explicativos, con un gran talento para economizar imágenes innecesarias al hacer avanzar la acción, haciendo uso del referente objetual y gestual. Los distintos personajes se presentan haciendo uso de un estilo visual diferente, con los diálogos reservados sólo a Pepito Cucaracha (al que también le queda reservado el blanco y negro y una estética más underground), y construyendo un alucinado ejemplo de composición visual inter e intrapáginas que simulan fascículos dedicados a la peripecia de cada personaje –y que, en realidad, siempre retoman apuntes del pasado y avanzan acciones futuras mediante la asociación visual-. Todo ello crea, además, una importante tensión emocional según los mimbres de la construcción se van adivinando: los cruces de los personajes son muchos y superficialmente simplemente yuxtapuestos, pero la trama abandona ese caos y se va cerrando completamente según la supraestructura diseñada por el autor. ¿Hay mensaje? No con ese sentido, yo creo que el autor no es un moralista, sino quizás un existencialista. Es decir, más bien hay una visión: el mundo es un sitio muy negro, muy inseguro, muy mentiroso. Tal vez una forma de volver, tras retorcerlas, a las intenciones originales de la historia, ¿no?


 Winshluss aka Vincent Paronnaud (vía)

28 de marzo de 2011

Los sapos tienen pensamientos infames y llevan a cabo infames investigaciones

El director de cine Werner Herzog es el autor de Conquista de lo inútil, basado en el rodaje de su película Fitzcarraldo, y que ha conocido una muy bonita y cuidada edición en castellano en la editorial Blackie Books, hasta el punto de que conservaré, creo que por primera vez, la banda de publicidad, que normalmente es un plástico publicitario sin interés, pero que aquí se despliega, incluye reseñas de la película, un mapa y varias anécdotas conocidas de Herzog, como la de aquella vez que se comió un zapato…
Conquista de lo inútil es un diario de rodaje en un sentido literal, pero no analiza ni entra demasiado en las cuestiones cinematográficas de aquel increíble rodaje. Las impresiones que recoge el director versan más sobre el choque que supone el lugar del rodaje (la Amazonia peruana) y la locura que supuso la aventura de rodar Fitzcarraldo. Un rodaje que fue interrumpido varias veces, que tuvo un primer metraje interpretado por Jason Robards y Mick Jagger –que se desdeñó puesto que Robards abandonó, Jagger tuvo que atender otros compromisos y Herzog incluso eliminó el papel de Jagger, que fue eliminado del montaje final-, y que narra la historia de un comerciante de caucho (Fitzcarraldo) que quiere construir una ópera en Iquitos y para conseguir el dinero necesario acepta una licencia de explotación de caucho en una región a la que sólo se accede mediante un río en que hay que remontar unos rápidos no navegables, al menos en las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, este río para junto a otro, separados únicamente por una colina, por lo que Fitzcarraldo decide pasar el barco de un río a otro a través de la montaña para conseguir el caucho.
El barco montaña arriba (vía)



Esta locura está basada en hechos reales, y Herzog vislumbró la radicalidad extrema de la misma en comparación con la Ópera como arte, y decidió pasar un barco de verdad por una montaña, sin uso de maquetas. Esto le dio, obviamente, muchos problemas, que el libro recoge. La selva, la jungla indómita que le rodea y contra la cual los poderes del cielo son impotentes, es uno de ellos. El poso que todo ello dejó en Herzog fue lo suficientemente duradero para no haber, según sus palabras, podido tocar los folios de este diario durante más de veinte años. Herzog escribe sorprendentemente bien si pensamos que la escritura no es su campo, aunque puede no resultar tanta sorpresa para quienes conocemos su cine, especialmente el documental, que es siempre muy observador y a menudo incluye apreciaciones formuladas literariamente. Pareciera de todos modos que fuera la selva la que hace que los artistas escriban de modo barroco y un tanto florido, independientemente del origen del autor, pues por momentos la literatura encerrada en Conquista de lo inútil podría confundirse con la de algún escritor latinoamericano del realismo mágico. En los relatos breves de los días en la selva de este diario, esta impone de tal manera su criterio que se produce una alucinación, y la extrañeza de este tozudo europeo que persigue una hazaña absurda a costa de su salud, su dinero y casi su vida, se refleja en un universo realista pero imposible, si cabe el oxímoron. Los problemas con los indios, con el equipo técnico, con la selva de meteorología caprichosa y su influencia errática en el nivel de los ríos, con los productores o con el actor principal, Klaus Kinski, se acumulan hasta la insania. Y aún así, Herzog mantiene la capacidad de observación, y la lucidez analítica, incluso una buena dosis de humor surreal, en la descripción de una cotidianeidad continuamente rebatida.
La música no amansa a todas las fieras (vía)


Este libro es un diario real. No hay construcción dramática en sí, y tampoco es el seguimiento técnico de un rodaje, sino un conjunto de experiencias personales de alguien que ha retorcido la realidad hasta lo imposible. Por ello, lo creo un libro de interés y gusto general. No obstante, es muy atractivo para quien conozca y guste de la obra cinematográfica de Werner Herzog, porque su personalidad y la de sus personajes siempre en lucha contra lo que no pueden abarcar se refleja bien.

El autor, intentando dirigir (vía)

15 de marzo de 2011

También Chechenia


Jonathan Littell, quien lo ganara todo (incluido mi arrebato), con Las Benévolas, publicó en 2009 un informe largo sobre la situación en Chechenia, país en el que había trabajado como miembro de una ONG durante las guerras de los noventa, y que, como periodista acreditado, visitó durante dos semanas en 2009. Desentrañar los misterios de esta pequeña república –cuya extraña existencia reflejaría en los nombres de sus habitantes, cruces imposibles de Rusia y Arabia- es tarea complicada, aunque debe estar al alcance de quien consiguió hacerlo con el nazismo y su psicología (sé que esto suena excesivo, pero a mí me lo pareció), y centra su Chechenia, año III.

Littell es consciente de describir un conflicto no resuelto, de poderosos actores en la sombra (Putin y Rusia como valedores de los dirigentes actuales de Chechenia, y Al Qaeda –o su corpúsculo norcaucáusico- como el de los terroristas todavía en el monte), y protagonistas especialmente directos: Ramzán Kadírov, el presidente respaldado por Putin y en el poder desde 2006 –de ahí el título del informe-, y que con sus plenos poderes controla a los islamistas y reconstruye con eficacia aparente el país destruido; y los movimientos de derechos humanos, especialmente Memorial , que en su denuncia del despotismo de Kadírov han sufrido varias víctimas.


Presidente. Pistola. Presidente

La provisionalidad pesa, creo, bastante, en la visión de Littell, que lo admite abiertamente como una carencia insalvable si quiere profundizar en el conflicto, a pesar de sus aparentes conocimientos del mismo. También se muestra tentado por momentos a una visión positiva de los logros de Kadírov, indudables sólo por comparación con la destrucción desatada de los noventa. Yo discrepo un tanto de la inevitabilidad de esta carencia, que me suena un poco a excusa: creo que no debería ser un problema para hacer buena literatura, pero puede que al alma novelista de Littell le pese no poder cerrar bien la trama, no poder estructurar, e incluso se ve forzado a reconocer cambios de última hora. Su profusión de personas y lugares de nombres difíciles tampoco ayuda al profano.

Por momentos, Littell consigue excelentes páginas, por ejemplo en el perfil de Kadírov y su red de privilegiados, o al novelar (ligeramente) los dramáticos destinos de miembros de Memorial secuestrados. Sin embargo, creo menos lograda la combinación con su propio viaje personal, que es algo impostado aunque la crónica en sí sea interesante y válida para un mundo occidental que tiene olvidados tantos conflictos eternos, complejos, imposibles.

6 de marzo de 2011

Odiar el capitalismo, ma non troppo


He aprendido mucho con Lucro sucio, un estupendo libro sobre economía, planteado con un punto de vista pedagógico en busca de una estimulante lucha contra los tópicos económicos asociados a las llamadas políticas de derechas o de izquierdas. Para ese aprender posiblemente sea necesario como en mi caso ser un tanto lego en la materia, aunque el libro baja al mundo terrenal y pone ejemplos que cualquiera puede entender porque todo el mundo, obviamente, es parte diaria de esa cosa conocida como Economía.

Lucro sucio quiere desmontar las falacias económicas interesadas que tanto la derecha como la izquierda política han construido alrededor del capitalismo. Dedica 6 capítulos a ‘descubrir, desacreditar y superar las falsas creencias y deducciones falaces de los apóstoles del libre mercado’ y otros 6 a ‘someter con compasión pero incansablemente el duro test de la plausibilidad económica al pensamiento simplista y el ingenuo moralismo de los amigos de la humanidad’. La tesis de Heath parte de los escasos conocimientos que los comunes tenemos de economía, si bien llega a comprender esto ante las confusas recetas que muchos economistas proponen, tantas veces basadas en las ideologías.


Mucha materia tras la fachada de la economía (vía)
Hay capítulos excelentemente desarrollados y muy clarificadores en este libro, como el dedicado a la ‘responsabilidad personal y el riesgo moral’ (¿por qué conducen más rápido quienes tienen un seguro más caro?), o el dedicado a la igualdad salarial (el hecho de que la mayoría de mujeres quiera trabajar en unos sectores concretos fuerza los salarios a la baja, y si se suben los salarios en esos sectores se lanzará el mensaje equivocado de que merece la pena seguir en ese mismo sector). El sencillo modo en que describe cómo los incentivos económicos no siempre funcionan en la dirección que los mercados suponen, o como una sociedad rica y productiva se distingue por crear unos servicios extremadamente caros son dos ejemplos de claridad. A la vista del libro, Heath es un hombre que se sitúa en un virtuoso punto medio que describe mentiras económicas y pone ejemplos de sus aplicaciones desastrosas, y que, aunque vivió y creció pensando en el capitalismo como un sistema injusto y corrupto, ahora piensa que quitárselo de encima podría serlo mucho más. Una conclusión apuntada al final del libro es la inevitabilidad determinista del sistema económico actual, que, incapaz de ser controlado totalmente pero que dejado libre sería un desastre aprovechado por oportunistas, se asemeja en su necesidad, capacidad de supervivencia e inserción social y moral, a Internet (según ejemplo creo que afortunado dado por el propio Heath). El sistema encaja mejor que otros con la condición y psicología humanas, aunque necesite regulación ante lo imprevisible de ésta en su pertinazmente desgraciada búsqueda de su propio bien, sin olvidar la complejidad técnica profunda de una actividad con diferentes formas de organización, con 200 países que legislan con efecto económico de manera diferente en un mundo de economía globalizada, y con la presencia del dinero y las divisas, que desvirtúan el sentido mercantil clásico de la oferta y la demanda y cuya escasez o falta de regulación está presente en todas las crisis cíclicas del sistema. Luego, por supuesto, quedan las explicaciones analíticas en detalle, aquellas en que entrará en conflicto con los economistas de una u otra ideología según los casos: la distribución de riqueza o la subvención generalizada rara vez funcionan como un mecanismo real de garantía de igualdad, pero la eliminación de servicios públicos básicos casi nunca ha supuesto una mayor eficacia de los mismos, pasando por la obviedad de que sólo aumentan los salarios si la unidad económica total (el país) es realmente productiva.


Siempre Forges



Debo reconocer que aunque me ha gustado, el hecho de que este capitalismo, con ese nombre y bajo un esquema que los neoliberales gustan de hacer suyo con orgullo, sea ineludible, me parece algo discutible precisamente por su concepto. Dice Heath en su capítulo titulado Compartir la riqueza. Por qué el capitalismo produce tan pocos capitalistas que ‘el problema es que el capital se gasta demasiado fácilmente’. Y yo me pregunto, ¿acaso esta psicología del gasto inevitable no es consecuencia del sistema? ¿Es una psicología individual, o generada por el sistema del capital? Que este sea dominante puede posiblemente excluir que la educación sea la solución a la pobreza, porque no puedes educar en otra cosa que se salga del modelo capitalista. Eso sí, Heath presenta un capitalismo que admite intervencionismo y flexibilidad amplios, de modo que su reinvención es casi constante gracias a una lucha de fuerzas perpetua, que no es sólo la de los mercados, sino que incluye al estado y sus mecanismos. La respuesta es, entonces, cómo conseguir que el capital no se gaste tan rápido, al menos para asegurar una distribución de riqueza. Es decir, cómo conseguir que el capital no se comporte como lo que es…

Ahora me preguntaría si realmente he aprendido algo, y si el profesor Heath sería indulgente en su examen. No lo sé, tal vez mi lectura se haya escorado hacia un lado. Bueno, intente cada uno la suya, claro.








24 de febrero de 2011

¿Qué fue de los Berglund?



Qué trabajadas me parecen siempre las novelas norteamericanas que aspiran a ser la ‘gran novela’ que supongo que no llegará porque no seremos capaces de reconocerla. Entre los novelistas norteamericanos que a veces leo (que tampoco son necesariamente representativos del total de esa literatura) siempre me encuentro con novelas complejas, con una construcción cuidada al máximo, desarrollos milimétricos, precisión total. Paul Auster puede haber perdido algo de esto creo que a favor de lanzarse a un vacío que en ocasiones parece pereza o sobreproducción. Pero Alice Munro, o Richard Ford, o Jonathan Franzen…

Franzen, que hace diez años escribió ese magnífico título de grandísimo éxito llamado Las correcciones, ha tardado diez años en publicar este Freedom, aún no editado en España. Un título equívoco, precedido de varias polémicas (edición equivocada en Gran Bretaña, declaraciones raritas del autor), que coincide en estilo y pretensiones con Las Correcciones, pero que probablemente, a pesar de sus intensos momentos de placer, habría requerido menos páginas y un trabajo mejor de algunos temas a favor de una mayor empatía con los personajes. Por supuesto, es un texto trabajadísimo, de admirables sintaxis y uso del lenguaje, con una inmensa cantidad de acontecimientos, un uso excelente del tiempo de la narración, y profundamente conectado con las inquietudes de nuestro tiempo, al que aspira a describir/analizar a través de dos personajes principales y cinco ó seis secundarios de gran potencia. La narración es en todo punto coherente, se cierra bien, y deja satisfecho.



América, por Soyignatius

Freedom repite la fórmula de Las correcciones: partiendo de una historia nuclear en una familia norteamericana en vías de desintegración, introduce a los personajes en un contexto conectado con obsesiones sociopolíticas de la década. En los noventa pudieron ser los pelotazos económicos y la caída del comunismo; ahora lo son la guerra de Irak, o el conflicto irresoluble de la energía y el medio ambiente ante el cambio climático. La novela narra la evolución de los Berglund, él marido modélico que trabaja para una fundación para la protección ornitológica financiada por… ¡un magnate del carbón!; ella una ex-jugadora de baloncesto y abnegada ama de casa y madre sobreprotectora. A ambos el hijo les sale más que rana y extremadamente republicano y ambicioso. Figuran además un ex-compañero universitario de los Berglund, músico rock que ayuda a Franzen a dar cabida a las nuevas tecnologías en el texto, una activista medioambiental de origen hindú, o una vecina emo entregada hasta la insania al hijo de los protagonistas. Treinta años de vida se van alternando usando el diario en tercera persona de la mujer y una narración omnisciente general lúcida y un tanto desencantada.

Tal vez es el signo de los tiempos, tal vez la sociedad cuyo derribo ya anunciaba Las correcciones ha llegado. El título es lógicamente metafórico, y la palabra freedom aparece estratégicamente una vez por capítulo para subrayar los errores de unos protagonistas que no evolucionan necesariamente a la la madurez por su libertad para equivocarse. Franzen ha perdido ternura, aunque sepa dar las razones psicológicas de cada personaje. Encuentro menos cercanía, y menos brillantez en varios de los sucesos cómico-dramáticos de la novela, un equilibrio que Las correcciones conseguía milagrosamente, habiendo uno que a pesar de estar narrado con buena tensión, nunca lo aceptaríamos en, por ejemplo, Julio Médem...



Jonathan Franzen, vía Literallife


12 de febrero de 2011

Manns und Buddenbrooks

Bjorn Andresen siempre aparece cuando se buscan imágenes de Thomas Mann

Han pasado 18 años desde que con la (ahora lo creo así) tierna edad de 24 años leí, en un verano de playa de los que la juventud universitaria me permitía, La montaña mágica, de Thomas Mann. Aquel Hans Castorp, personaje de mi edad, era un hombre diletante atrapado en una encrucijada de amor, enfermedad y pensamiento. Mientras él esquiaba por las laderas de los montes de Rorschach, Suiza, yo sudaba la gota gorda del verano en el Mediterráneo. Devoraba las páginas del libro, entendía perfectamente el subtexto homosexual de la historia, y me preocupaba poco por mis escasas posibilidades en el terreno, apenas me permitía un voyeurismo que ya aquel entonces sabía interpretar como espejo del del músico Von Aschenbach en Venecia . Poco imaginaba que la impresión indudablemente duradera de aquella novela me dejaría en la práctica imposibilitado para afrontar otro Mann en tantos años.


Thomas Mann ha conocido recientemente una revisión de su obra en castellano, con nuevas traducciones y la edición de sus cuentos y narraciones cortas menos conocidas . En este tiempo he seguido conociendo noticias de este novelista muerto en 1955, sin duda uno de los más influyentes del siglo XX, cuyo peso intelectual aparece con frecuencia en la historia del siglo, incluso en la de su música (nada extraño siendo el autor de Muerte en Venecia o Doktor Faustus). Algunas de esas noticias eran prosaicas: sus famosos diarios que hace pocos años glosaba Manuel Vicent en El País) revelaban de su puño y letra su ya conocida sexualidad reprimida, no completada, casi se diría que proyectada en sus hijos en cuanto a lo que significaba su anhelo de libertad, y en su literatura en cuanto a su sentido estético.


Años después, en un viaje al mismo lugar del veraneo de mis 24 años, desgraciadamente más corto, he vuelto al mismo novelista, con la que es su primera obra maestra reconocida, escrita a los 25 años, y que supuestamente es una libérrima reconstrucción de la vida de su familia de la alta burguesía de la ciudad de Lübeck. La novela se titula Los Buddenbrook, y fue el primer paso histórico hacia la fama desmedida de Thomas Mann. En ella existen ya los personajes divididos entre una pulsión interior y la representación del escándalo de su imagen exterior; la sublimación estética e intelectual del deseo todavía no me parece clara, pues no encuentro subtexto. La capacidad para llevar a una novela río la comprensión íntima de toda una época, sin embargo, sí está presente. La historia es la de una rica familia en tres generaciones que se va cerrando en sí misma poco a poco hasta acabar su descendencia, como una monarquía cosanguínea y decadente.


Desde el verano hasta ahora, he visto la fallida pero muy curiosa serie de televisión Los Mann, rodada en alemán con Armin Müller-Stahl, Monica Bleibtreu y Sebastian Koch (el estupendo protagonista de las aún más estupendas El libro negro y La vida de los otros). Los Mann parte de e incluye documentos audiovisuales varios: grabaciones realizadas a Thomas Mann, fotografías, entrevistas grabadas a su mujer o a sus hijos Erika o Golo, y, sobre todo, una entrevista larga realizada a Elizabeth Mann-Borgese, la hija pequeña aún viva cuando se rodó la serie en 2001, y con la que el realizador visitaba varios de los lugares clave de la vida de la familia Mann, incluyendo algunos en los que la misma Elizabeth no había llegado a estar. Pero… en efecto, he dicho ‘serie’, para que se entendiera ‘serie de ficción’ y no ‘documental’. En Los Mann, allí donde el documento no alcanza, el director Heinrich Breloer ficciona representando con los actores las diferentes escenas recordadas. La sensación es extraña, en cierto modo algo fría. Al plantearse hablar de los Mann, mítica familia de escritores con semejante peso en la novelística alemana, parece imprescindible usar un material documental de tan alto valor. Pero al montar en paralelo imágenes de actores para aquello que no existe en archivo (y que es sobre todo vida doméstica), se produce distanciamiento y la posibilidad de emocionarse con los personajes ‘de ficción’ es menor, fomentándose el comentario puramente técnico: qué parecido el de los actores, qué buena dirección de producción, etc…

Erika Mann (Sophie Rois) y Klaus Mann (Sebastian Koch) rodean a una amiga
Aún así, la serie sirve como caudal informativo de la psicología de Thomas Mann y esos hijos educados a la sombra de un genio de peso enorme. En su casa no faltó libertad ni educación, pero sí el cariño último de un padre reprimido. Que tres hijos fueran homosexuales (bastante menos reprimidos, por cierto), tres fueran artistas y dos se suicidaran, conforma una leyenda folletinesca en la que la serie se detiene sin amarillear la historia. Pero, por así decir, el posible triunfo de la serie puede estar en haberse imbuido de la fría ejecución de la mismísima literatura de Thomas Mann. Sus cuadernos y cuitas personales son, por ello, parte central de la serie, aunque, sin embargo, no se explican las claves que le formaron como autor de sus novelas, como si en vez de explicar al mayor escritor de la saga, la serie prefiriera conocer los motivos íntimos de todos aquellos que fueron como fueron por influencia de Thomas Mann.
Armin Müller-Stahl interpreta a Thomas Mann. En la foto, con la verdadera Elizabeth Mann-Borgese
Hace cinco años, en Berlín, visité el Schwules Museum , único de su tipo en aquel entonces en el mundo, que, aprovechando el quincuagésimo aniversario de la muerte de Thomas Mann, programó una exposición sobre él, su familia, sus obras y sus adaptaciones al cine, con obvia preferencia por Muerte en Venecia, la película de Luchino Visconti con Dirk Bogarde. No sé qué habría pensado Thomas Mann de los tiempos actuales, en los que en su país y continente su condición no sería tan problemática. Creo íntimamente que sin duda su literatura sería muy diferente, dado el aliento de la supresión emocional en sus personajes, que parece obvio reflejo de la suya propia, tan armarizada. Los Mann recoge cómo los cuadernos de los diarios de Thomas Mann absorben el erotismo barato de sus ensoñaciones con los jóvenes, hijos de amigos de la familia o hermosos camareros de hotel. Pero nada de dolor o emoción por los múltiples problemas de casi todos sus hijos. Rodear de continuo su cuestión íntima principal dio lugar en este autor a páginas maravillosas, en las que un caudal cultural inmenso se cruzaba con la gran lucidez analítica de una observación minuciosa de la psicología humana, para resultar en una maestría lírica que su asombrosa capacidad de estructura novelística lleva a una cima.

No he sido, sin embargo, capaz de disfrutar de Los Buddenbrook. Tal vez el recuerdo de La Montaña Mágica, tal vez el hecho de que las sagas familiares hayan sido tan desgastadas como género por este siglo sobreexplotador de ficciones, me han alejado de ella, aunque la lectura fuera voraz. Hay momentos en los que me apetecía aplaudir por la perfección de la construcción, pero otros resultaban reiterativos o innecesarios, menos conseguidos tal vez, en el intento de desmitificar las glorias de una familia de apariencias más grandes que sus realidades.