3 de octubre de 2010

Globalización


A pesar de que las novelas que he leído de Henning Mankell nunca han llegado a convencerme, tenía dos volúmenes de él pendientes. En uno de ellos, El chino, me libraba de la presencia de Kurt Wallander, y me adentraba en terrenos que me son de interés por los viajes a China que me veo obligado a hacer (véase aquí y entradas cercanas).

Sin embargo, el libro comienza con dos prólogos (uno de ellos dramáticamente innecesario), y diecinueve asesinatos en una región al norte de Suecia. No es Scandia, tampoco es Wallander porque las protagonistas de la investigación son mujeres (la desaprovechada policía Vivi Sundberg y la estupenda protagonista que es la juez de Helsingborg Birgitta Roslin), pero se le parece. Las conexiones del múltiple, ritual y por supuesto horrible asesinato apuntan a una venganza secular que nos lleva hasta la China actual y su encrucijada económicosocial.

De Helsingborg (vía Wikipedia) a Beijing
En mi opinión Mankell no resuelve bien, o de manera literariamente interesante, ninguna de las tramas. Parece que se pierde en una maraña de lugares del mundo en que necesita radiografiar la situación social y económica. Guanzhou, Nevada, Zimbabwe, Suecia, Copenhague, Beijing, Mozambique y Londres llenan un relato que engarza best-seller y novela negra y que si no fuera por su atípica protagonista sería poco interesante.

No obstante, Mankell genera bien la tensión y hace interesante la investigación. Se arriesga al resolvérsela al lector mediante historias paralelas en lugar de un clímax con revelación, pero por otro lado deja sin explicación detalles relevantes. La trama china incluye detalles geopolíticos de calado inesperado en una novela de entretenimiento al uso. Mankell lo presenta de manera objetiva y aunque haga política-ficción, su visión parece aterradoramente posible. Sin embargo, la resolución también se olvida de buscar una salida a este contexto elevado a trama, demasiado grande (y presentado grandilocuentemente) para ser olvidada como un mecano para hacer avanzar la acción.

Sólo el personaje de Birgitta Roslin, la juez de Helsingborg, de fuerte compromiso y con problemas de madurez, está excelentemente cerrado. Parece que Mankell se especializa con la edad en estos personajes maduros, conscientes del paso del tiempo por sus cuerpos y sus mentes. Veremos si El hombre inquieto me lo confirma, y, si, sobre todo, la faceta globalizadora de este yerno de Ingmar Bergman escritor de novela negra y director del teatro nacional de Mozambique no arrastra, de nuevo, trama y estructura.
Foto de Henning Mankell por Lina Ikse Bergman, vía El Correo de la Unesco


21 de septiembre de 2010

Los (falsos) bailes de Marte


En los 25 años que llevamos sin Orson Welles, y más específicamente en los 10 ó 15 aún creativos que le podrían haber quedado de no morir a unos prematuros 70 años (para cualquiera que hubiese llevado una vida menos agitada que la suya), ¿cuántos proyectos megalómanos no podrían haberse concebido por el genio incontenible y desatado de Welles? ¿Cuántas películas inacabadas más habría añadido a su leyenda de proscrito de Hollywood, cuántos países más habría tenido que pisar buscando financiación, qué más anuncios radiofónicos o qué papeles ya de iracundo abuelo le habrían ofrecido (en la tele, supongo) y hubiera aceptado en busca de dinero para terminar, por ejemplo, The Other Side of the Wind?
Especular es posible dado el carácter de mito y leyenda de Orson Welles. De él se escriben biografías al uso y estrictamente cinematográficas (recomiendo la de Esteve Riambau, El espectáculo sin límites, imagino que no fácilmente accesible), se le representa en teatro (lo hace Josep María Pou en una obra crepuscular que presenta un Welles mastodóntico y espectacularmente expansivo, acorde con la visión de artista descomunal, pero fallida en encontrar la tragedia interior ahogada entre datos cinéfilos y espejos nostálgicos, y cuyo autor es precisamente Esteve Riambau), y las revistas especializadas no le olvidan y periódicamente recuperan estudios sobre él y su obra.


Frente a toda esta memorabilia, yo quiero recomendar este librito sobre la obra que le dio impulso casi definitivo en su camino hacia la gloria artística a Orson Welles: su adaptación para la radio y representación de La guerra de los mundos, el clásico de la ciencia ficción escrito por H.G. Wells. Atención al título del libro: El guión radiofónico de ‘La invasión desde Marte’ sobre la novela ‘La guerra de los mundos’ de H. G. Wells por Orson Welles y el Mercury Theatre con un estudio de H. Cantril sobre la psicología del pánico y una introducción de Julián Jiménez Heffernan. Es largo porque en efecto tiene las tres partes de las que habla. El ensayo Los papeles del marciano está escrito por el editor del volumen, y es bastante prescindible, y es de agradecer que se note en las 4 ó 5 primeras páginas: se trata de una colección de ‘momentos’ de Marte –el dios, el planeta- y los marcianos –los alienígenas, los extraños- en la cultura occidental, pero su ingenio es escaso.


La segunda parte es el guión del programa de radio que asustó a tanto norteamericano aquella noche del 30 de octubre de 1938. Hoy la red permite conocer el talento de los actores del Mercury Theatre que lo interpretaron –Welles entre ellos-, pero independientemente de su talento, el guión es inteligente y puede entenderse bien el terror que generó. Utilizando hábilmente las interrupciones periodísticas de un programa musical con noticias urgentes, y con un ritmo que consigue en apenas 1 hora condensar la llegada de los marcianos, la destrucción inicial que causan en el campo, su llegada a Nueva York, y su derrota final, además de añadir una introducción y un intermedio que anunciaban el carácter ficticio del programa.

Hoy estamos muy curtidos frente a la posibilidad de engaño por parte de los medios, con el objetivo que sea y en todo tipo de soportes o formatos. Casi puede decirse que el fake mediático es un género en sí mismo, y el correo electrónico e Internet lo han llevado tan lejos que incluso puede considerarse agotado (a mí al menos ya no me parece ni divertido ni metafórico, y confieso que, en efecto, también lo he practicado). Pero... ¿y en 1938?. El falso documental en que este programa podría encuadrarse era algo desconocido en 1938. Por seriales que hubiera en la radio y por avezados oyentes que fueran los norteamericanos de la época (y a Dianne Wiest esto le costó un novio), la audacia wellesiana es pionera e inimaginable.


La tercera parte del libro es un interesante ensayo psicológico que recoge los resultados de encuestas que se hicieron a varias personas que en algún momento de la transmisión creyeron que podría tratarse de un noticiero verdadero y sobre su reacción posterior (comprobarlo, asustarse, darse cuenta o no de la ficción, expandir el pánico, buscar a los seres queridos…), y sobre las causas de ese comportamiento crédulo. El número de entrevistas es escaso, y las conclusiones parecen un tanto obvias. Desconozco cuándo fue escrito, el volumen no lo dice y el autor murió en 1968, pero se aleja conscientemente de teorías conductistas y presenta algunos datos explicativos sobre qué contribuyó a la reacción de pánico: un escaso espírito crítico debido en gran parte pero no sólo a la formación escasa, la inseguridad vital debida en gran parte pero no sólo a las dificultades económicas, las creencias religiosas debidas en parte a una mala aplicación de las mismas en busca de la llegada del Armageddon, o el momento de sintonización del programa y el entorno en que se produjo (las barreras críticas se debilitan si no se ha oído el programa desde el principio y se empieza a hacer empujado por otro oyente aterrorizado). La lectura del estudio se sigue bien y es académicamente enriquecedora. Pasa también por el análisis del momento histórico (el clima prebñelico, el desastre económico aun arrastrado desde la Gran Depresión), y tal vez pueda reprocharse el número de entrevistas y la obviedad de las conclusiones; pero, por otro lado, su rigor científico con los datos disponibles sobre un fenómeno singular, y su objetividad analítica son encomiables.

A H.G. Wells (vía gutenberg.org) no le dio tiempo a conocer las versiones cinematográficas de su novela, pero dio su 'visto bueno' a la radiofónica de Welles

9 de septiembre de 2010

Un Nobel ante el espejo (ii/ii)


Si en Diario de un mal año, Coetzee reinventaba el ensayo a su manera, el género que retuerce en Summertime (Verano) es la autobiografía. Para empezar, Coetzee se da por muerto, y escribe a través de un supuesto biógrafo póstumo. Coetzee ya había escrito dos volúmenes autobiográficos, Infancia y Juventud, en los que, incapaz de escribir en primera persona, habla de sí mismo en una fría e impersonal tercera persona, y va describiendo su infancia desarraigada en la triste Sudáfrica afrikaner del apartheid y su juventud gris en el sólo teóricamente alegre Londres de los setenta.

En Summertime este distanciamiento llega al máximo. Además de matar al narrador (algo no tan extraño en el cine, aunque no sé si alguna vez es el mismo director el que se da por muerto), Coetzee utiliza con impudicia –no puede ser de otro modo en una autobiografía- las voces de cinco personas (cuatro mujeres y un hombre) que le conocieron en los setenta, época en que el escritor tenía más de treinta años, y que pasó cuidando de su padre enfermo. Su retrato, el que Coetzee pone en voz de gente que le trató, no es que no sea positivo, sino que resulta directamente terrible. Acusado de mil vergüenzas, su incapacidad para la emoción física es algo que a nadie se le escapa y que le define casi por completo.

Coetzee además, por primera vez (que yo sepa/recuerde), explicita sus opiniones sobre el apartheid. Nunca en sus novelas lo ha hecho, allí no son sino un fondo moral siniestro. En Summertime, en coherencia con el conjunto del libro, lo hace usando palabras de sus colegas, a veces de manera directa en el diálogo, pero siendo más potente la propia actitud del escritor durante esos años. Actitud que le empuja a, sin tener ni idea, hacer labores de albañilería, labranza, o mantenimiento sólo para recuperar la capacidad (el poder) de hacer trabajo manual que el régimen despreció y obligó a realizar a los negros, en una peculiar recuperación de la dignidad mediante la humillación. Pero, por otro lado, siendo la palabra su arma mejor, es curioso que hable ahora con claridad, cuando posiblemente es mucho menos necesario y además está viviendo en el extranjero. Puede anotarse este punto como una asunción de cobardía moral, pero resulta fascinante la necesidad no sé si honesta o vanidosa (o mezcla) en que Coetzee desea retratarse en esa vergüenza interior.


Mandela a cuadros, vía yanswerbloges


Summertime, por equivocado que esté su biografiado en su actitud vital, es una biografía brillante en su idea y estupenda en su ejecución, demostrando un dominio del oficio y una capacidad de riesgo estimulantes. Además de reflexionar sobre una vida y un país, lo hace implícitamente sobre la literatura y su incapacidad de acercarse de veras a la realidad, o mejor dicho, a las personas reales. Su opción abre caminos en la literatura, y sólo se me ocurren ejemplos cinematográficos que pudieran acercarse. Un clásico, como Ciudadano Kane, porque también se investiga a un muerto (aunque aquí sea el que además escribe) en una estructura de entrevistas a sus conocidos, o la reciente I’m Not There (Todd Haynes), porque se presentan las caras diferentes de un mismo personaje. Supongo que debiera haber comics que ya hayan investigado este camino, dado que es arte tan dado a lo (auto)biográfico.

Espero que esta muerte en vida que se infringe Coetzee en Summertime no sea el final de esta sorprendente saga autobiográfica. Algo en el libro suena a despedida, un tanto a la francesa, de un novelista que ha encontrado en la ‘no ficción’ un camino sorprendente en el que dar rienda suelta a su pasión por escribir, y una catarsis psicoanalítica. Pero, después de esta época, ya llegó el éxito, y, tal vez considere que se trata de una historia ya conocida.



El Coetzee (vía leyendo) que ya empezaba a despuntar es el siguiente al de la época retratada en Summertime


31 de agosto de 2010

Un Nobel ante el espejo (i/ii)


John Maxwell Coetzee me había fastidiado un tanto en los últimos libros que había leído de él. Frente a Desgracia, Esperando a los bárbaros, o Vida y tiempo de Michael K, los escritos en que Coetzee hacía aparecer a la extraña Elizabeth Costello me parecieron literatura cansina. Parece que Coetzee reconoce que se le ha acabado la capacidad para la ficción. Su personaje de Diario de un mal año lo menciona directamente, que tiene que escribir opiniones (supuestamente ‘fuertes’) porque ya no puede conseguir la concentración necesaria para una historia ajena completa y compleja, a pesar de seguir teniendo la necesidad de escribir. Y Elizabeth Costello o Slow Man ya mostraban esto. Un cierto camino agotado en que Coetzee parecía tender a acabar como el típico escritor engreído y enfadado de la Nueva Inglaterra que invariablemente encuentra el amor –o al menos la satisfacción- de jovencitas… Pero estoy seguro que una comparación con Updike o Roth no sería de su agrado.

Coetzee no ha abandonado el hemisferio sur aunque haya viajado de Sudáfrica a Australia para establecerse. Pero parece que sí ha abandonado la novela como tal, o, mejor dicho, está retorciendo otros géneros para ficcionarlos como novelas, dando giros inhabituales a las posibilidades del cambio de punto de vista. En Diario de un mal año se trata de la forma más fácil de ensayo: el simple vertido de opiniones sobre temas digamos serios de la actualidad. Con una profundidad variable según los temas, con una documentación poco exhaustiva, como lo que cualquier opinador semiinformado podría dar hoy en un blog (modelo actualmente más extendido e interesante antropológicamente que el tertuliano de radio, al que empiezo a considerar superado). Coetzee, o su alter ego, dice con frecuencia cosas hermosas o suelta opiniones interesantes y muy lúcidas, pero también se pone demagogo y a veces dice tonterías.



Todo ello no es lo importante o realmente interesante en el libro -aunque a quien no haya leído a Coetzee con anterioridad le pueden llegar muy bien-, sino que esas opiniones están dadas por un octogenario que las dicta a una cinta para que una joven y atractiva vecina las transcriba. El hombre sufre un (predecible) interés por la muchacha, que no le corresponde aunque le respeta, y que tiene un novio tiburón de las finanzas que se ríe de la situación y planea aprovecharse del anciano. Y a la vez que leemos las opiniones de este, en la misma página Coetzee escribe una pequeña ficción sobre cómo vive la pareja la relación con el anciano, de modo que puede verse la evolución de este triángulo de manual de folletín desde tres puntos de vista. Puede escogerse leer cada una de las partes en solitario, pero curiosamente se vuelve aburrido. Sin embargo, comprobar la evolución de las opiniones en las personas, su modo de ver la vida y de comportarse, y al revés, es peculiar y atractivo, y fluye bien. La sensación de leer tres textos a la vez es grande, y, aunque existen, los paralelismos e influencias directas entre las opiniones y la historia de las tres personas son sutiles y no obvios, lo cual es muestra de buen oficio. Queda como idea del propio Coetzee en contra de sí mismo que no es posible opinar sin el mundo alrededor (o lo que es lo mismo, que todas sus opiniones descreídas e importantes cambiarían seguramente si pudiera consumar con la muchacha). Y al revés, claro, aunque esta ya no es una ‘miseria’: la vida está influenciada por las opiniones de intelectuales y demás teóricos de por dónde debe ir el mundo. Es una buena idea, fascinante por momentos, de ejecución arriesgada, y de resultados apetecibles. La simplicidad de la historia y su escasa profundidad es la que permite que el libro sea así, y es coherente con los personajes, y puede considerarse que no hace al libro grande; sin embargo, precisamente el contraste de esta humana frivolidad con la seriedad de las opiniones del autor es lo que puede argumentarse como especialmente conseguido. Un Nobel que se sitúa al borde, sí señor…


Coetzee frente a sí mismo (vía Lector Malherido)


14 de agosto de 2010

Ante todo hemos perdido a un poeta...


A veces, la vida de Pier Paolo Pasolini parece sesgada y sólo interpretable por el último hecho de la misma, su asesinato, cuya sombra se extiende dando significado no sólo a su vida, sino también a su obra, ambas de por sí vastas. Pocas veces me ha convencido la obra de esta figura mítica –más allá de Saló y de El evangelio según San Mateo-, y por ello su muerte, que en noviembre de 2010 hará 35 años, siempre me supone preguntas: ¿Son la imagen y el destino de Pasolini más convincentes que su obra? Si hubiera sobrevivido, ¿estaría ahora pasado de moda? ¿Sería, en estos tiempos oscuros que él siempre previó, un viejo comunista a la manera bufa de Fo o a la manera arisca de Saramago?

El caso Pasolini. Crónica de un asesinato es un brillante comic de Gianluca Maconi, que utiliza el reportaje –no a la manera de Joe Sacco- y la poética para intentar comprender los sucesos del 1 de noviembre de 1975. La trama pasa por los sucesos estrictamente narrativos: la entrevista con el periodista, la cena con su joven amigo Ninetto Davoli, y su encuentro con el chapero Giuseppe Pelosi, que termina en un asesinato poco claro que dio lugar a juicios e investigaciones cuestionados. Pasolini era una figura con vocación polémica y controvertida, en una Italia especialmente confusa. Pero el poder de su polémica residía en la lucidez de sus ideas y la base intelectual en que las apoyaba. Que hombre, política y arte no podían disociarse en su visión parece claro. Y en esa última entrevista inacabada recogida en ‘El caso Pasolini’ su luz no dejó de alumbrar. Ideas como que la educación basada en la posesión nos convierte a la vez en víctimas y en verdugos, o que la muerte viene a ser la sala de montaje de la vida, no sólo resultaban premonitorias de su avatar o del devenir social, sino que daban idea de su potencial en los diferentes campos.


Pero su camino no se realizaba sin dudas. Leído tantos años después de escrito, el también inacabado poema Who is me. Poeta de las cenizas, se revela como una autobiografía en poema que relata su vida, explicando las razones de algunos de sus cambios (como que hacerse cineasta fue una manera de huir de Italia, ya que anteriormente sólo se expresaba como poeta y necesitaba la lengua que irremediablemente le unía a Italia, mientras que el lenguaje del cine es universal), pero que en cierto modo se recrea en la persecución continua que sufrió a causa del compromiso público con sus opiniones y modos de vida. Una persecución que como hombre concreto es desde luego, comprensible, y que sometía a persona sensible como él a tensiones profundas que intentaba resolver con una coherencia colosal.

Tal vez los años han cambiado la perspectiva y han cansado incluso a los enemigos, que ahora seguramente no se centrarían en una figura única así. Pero El caso Pasolini es un gran libro, en el que desde la portada Pasolini ya se sacrifica a los tigres que le rodeaban en aras de un pesimismo existencial. Su comunismo es a la vez humanista (y busca la sencillez de la vida) y filosófico/intelectual, impregnando su vida y sus opiniones de trascendencia que hoy, con las ideologías muertas, resultaría inaceptable por pedante/elevada para una opinión pública a la vez más formada y embrutecida. Y el cómic utiliza informes periodísticos, judiciales, las noticias, el discurso de Moravia en el funeral, y hasta los propios proyectos personales de Pier Paolo Pasolini (su película nunca rodada sobre la India) para, si no explicar, sí al menos sentir intensamente el momento.




6 de agosto de 2010

Los Laidlaw y el tiempo

El castillo de Edimburgo, según la foto de Wikipedia


‘El tremendo latido de la sangre propia’ lleva a Alice Munro a escribir esta novela dividida en relatos, el libro que dio mayor fama a la escritora canadiense, previo a su premio Man Booker de 2009, y que es el primero que leo de ella. El latido comienza en Castle Rock, el peñasco donde se asienta el castillo de Edimburgo, donde la autora viaja a buscar los trazos de sus antepasados. En el siglo dieciocho, los que (todavía) no emigraban a América veían, subidos a los promontorios del castillo, como los barcos con sus familiares se alejaban rumbo al océano.


La vista desde Castle Rock se estructura en capítulos aparentemente independientes que recogen episodios concretos de la historia familiar de varios antepasados de la autora. La narración avanza de manera cronológica y continuada, y cada capítulo es más o menos independiente; no ningunea los capítulos anteriores pero estos no son esenciales para captar el sentido de cada capítulo individual. Sí lo son, sin embargo, para captar el sentido general del libro, la búsqueda de una vida mejor representada en el paso del espíritu pionero que surge de una sociedad antigua y agotada a una moderna, en la que la narración de la propia vida de la autora representa un presente de estabilidad física, psicológica y, por supuesto, narrativa.

Munro era ya una autora mayor (nacida en 1931) al publicar La vista desde Castle Rock en el año 2006. Obviamente es un legado autobiográfico que revela su interpretación de su propia vida como eslabón en una cadena familiar. Tal vez lo más interesante sea el proceso por el que se conforma una psicología mediante la comprensión del pasado, y como esa comprensión llega con los años. Munro parece necesitar conocerse ‘genéticamente’ para explicarse ‘culturalmente’. Y, por supuesto y afortunadamente, no subraya ni le interesan los llamados valores de la institución familiar.

¿Por qué este tema apasiona tanto a la literatura norteamericana, mientras que en la europea actual las sagas familiares, su origen y su devenir histórico, no son una obsesión literaria? Europa y las gentes que practican su cultura tal vez viven con el peso de una Historia larga que les sustenta culturalmente, pero que también es cercanamente traumática y no necesariamente reflejo de una supervivencia debida al riesgo o la aventura, sino más bien al miedo y a su prima la burguesa prudencia. Pero, por otro lado, la obsesión por las raíces y la familia es frecuente en el norte del continente, y creo que puede afirmarse que mucho menos en la literatura sudamericana.

Munro consigue su objetivo por la honestidad de su método, que no se detiene en estos devaneos intelectuales y responde, sin más, a la sangre. La cotidianeidad de los hechos que narra, apoyados en la suerte de haber encontrado la huella de sus abuelos y tatarabuelos –alguno también hombre de letras- permite un acercamiento a la vida alejado de fuerzas dialécticas que sobrepasen a los personajes, si bien el pasado pionero a veces parezca teñido de leyenda. Alcanza además momentos de lirismo y emoción muy disfrutables, a pesar de la sensación de predestinación que no abandona la narración una vez entendido el mecano, y que es mucho más ágil y cercana mientras no es la propia Munro la protagonista.



Alice Munro, vía scriitorului


16 de julio de 2010

Rojo y Gris

Un autor anciano y consagrado muere, sus obras se reeditan, y los lectores nos entristecemos por lo primero y alegramos por lo segundo. No haber leído a Delibes, no haber leído El camino, era casi imposible para mi generación, pues era lectura obligada en el bachillerato. Pero de ahí a conocer toda su larga obra hay un trecho. Muchas veces fue trecho salvado por el teatro, o por el cine, pero, a decir verdad, tengo grandes lagunas en la lectura de un autor que siempre me ha parecido irreprochable.

La primera laguna que vadeo tras la muerte de Miguel Delibes es Señora de rojo sobre fondo gris. A Delibes, como a muchos escritores, le pasa que aunque no sean protagonistas aparentes de sus novelas, sus afinidades/simpatías son claras con los protagonistas. Y que los intereses de sus protagonistas cambian con el tiempo. En el caso de Delibes Señora de rojo sobre fondo gris es un título de clara madurez, inspirado por la figura de su mujer muerta antes de tiempo (a mediados de los setenta), a la que retrata y homenajea desde el título. Un título obvio, metafórico y muy cumplidor.

La novela toma la forma de una única carta que un padre escribe a una hija después de que esta le visitara. La mujer de él y madre de ella ha muerto recientemente de enfermedad inesperada, sumiendo al hombre en una profunda crisis. La carta es sobre todo una evocación de la figura de esta mujer, realizada desde el sentimiento de pérdida y la necesidad de reconocimiento propio de la dependencia hacia ella. Es una señora de rojo, actividad y compromiso, acción y pasión, entrega y generosidad. La hija, por su parte, ha estado presa del franquismo, por motivos que se desconocen, y que movilizaron a toda la familia. Es un fondo gris que resalta la vulgaridad de un medio social infectado por un poder injusto y mediocre, contra el que la señora de rojo actúa con dignidad pero sin éxito. Exactamente igual que el cáncer contra el que su cuerpo no puede hacer nada.

La maestría de Delibes se subraya sobre todo en la sencillez de la ejecución. Su lenguaje está extremadamente cuidado, y nos vendrá bien para recuperar vocablos como estiaje o atrabiliario, pero la sintaxis es simple (que no poco trabajada), el discurso es claro y emocional sin subrayado y la duración es breve, concreta y concisa. El uso de los recuerdos, de los objetos sentimentales, de las relaciones profesionales, o de las casas de la familia como símbolos de una mujer que convertía en arte su vida y su convivencia (frente al artista profesional que es el marido, pintor en la novela) es magistral. Delibes escribía novelas más bien cortas, pero dado que Señora de rojo sobre fondo gris se publicó en 1991, quince años después de que Delibes enviudara, no cabe duda que se trata de un libro exquisitamente pensado, que, obviamente, me invita a continuar con más.

El joven Delibes, vía que.es