18 de septiembre de 2013

Guós



La vida perra de Juanita Narboni es una novela inentendible sin la especifidad histórica, lingüística y religiosa del mítico Tánger en la que se ambienta. Una ciudad que durante el siglo XX y gracias a la peculiaridad de ser un protectorado internacional y de atesorar un pasado multiétnico y multicultural acabó siendo un referente legendario en campos como la literatura y el espionaje. Que tampoco es que sean tan distintos, si se piensa bien.

En ese Tánger que se fue desmantelando a finales del siglo XX vivían judíos españoles huídos de Sefarad hacía más de tres siglos, árabes, bereberes y cristianos, que podían ser ingleses, franceses o españoles. Durante siglos las lenguas se compartieron y fusionaron, y sin atender a reglas construyeron el idioma propio que nutre, junto con las tradiciones de la ciudad, la voz de Juanita Narboni.

Juanita Narboni vive los años gloriosos de Tánger, de los años 20 a los 60. Hija de un diplomático británico y de una mujer española, domina la jaquetía y vive su vida familiar y social como chica comedida y recatada. El monólogo inabarcable que supone la novela nos revela su temperamento reprimido, un constante reproche a la sociedad, y un solipsismo tan exagerado como divertidísimo. Juanita se explica su vida, sus desventuras con un novio que le dejó por un bombero, su soterrada envidia hacia una hermana pequeña más liberal que la abandona tras la muerte de la madre, y sus relaciones esporádicas con personajes de la ciudad, que, descrita en un segundo plano (sus teatros y cafés, sus fiestas, sus barcos, y sus abundantes avatares históricos), va cayendo en decadencia como la propia Juanita mientras su mundo se desmorona.

Mariola Fuentes fue Juanita Narboni en el cine

Juanita tiene muy mala lengua y es capaz de insultar y filosofar en varios idiomas como quien no quiere la cosa.

Si en estos momentos se presentara en esta casa un buzo guapo y exrepublicano, mi vida cambiaría radicalmente. Otro gallo me cantara. Pero esas cosas no ocurren en la vida de una. Le vrai bonheur c’est le bonheur des autres.

Sus frustraciones se combinan también con comprensión y ternura del autor hacia su personaje, sin dejar de lado cierta lucidez popular, con la que Juanita nos explica la sociedad de la ciudad, que en este caso no es sencilla

Toda mi vida de niña asustada por la idea de pecado, ¡y luego resulta que para pecar necesitas tantas cosas!... Por lo pronto, dinero. Y en cuando tienes dinero, resulta que no pecas. Los pobres… ¡esos pecan! El pecado de la pobreza, cualquier cosa que hacen es pecado.

La combinación equilibrada de estos matices resulta en una operación literaria de primer orden, un auténtico logro en el caos lingüístico en que vivían los tangerinos. El análisis del personaje representativo de una época, el uso de la memoria cinéfila y teatral como forma vital y esquema social, y el dinamismo del monólogo que avanza y retrocede en el tiempo a voluntad de Juanita, son algunas de las fórmulas que en este libro se disfrutan de continuo.

La vida perra de Juanita Narboni fue escrita por el tangerino Ángel Vázquez. Fue un escritor autodidacta, homosexual y maldito (todo ello se nota en el libro si se sabe leer), que murió con 51 años, casi olvidado a pesar de haber ganado un Planeta. Esta novela es única e irrepetible, y cuando pienso que este autor no es ni tan siquiera conocido cuando debería ser venerado por la literatura del país memloco a cuyo idioma contribuyó con una obra tan magna, me entran todos los demonios mientras me recojo la rebequita y echo atrás la cabeza en profunda indignación. ¡Así se les caiga el massaj!

Ángel Vázquez (vía)









8 de septiembre de 2013

En la casa


Me ha disgustado el alabado cómic Un adiós especial, de Joyce Farmer, una vieja gloria del cómix underground que había dejado la historieta y que tuvo que cuidar de su padre y su madrastra durante años. Empezó a dibujar parte de sus experiencias en esta labor y finalmente las publicó como comic book en este volumen, Un adiós especial, o, en inglés, Special Exits.

Encuentro el libro algo deudor de los capítulos que Farmer debió ir terminando con el tiempo. La historia de la degradación de sus padres y cómo les tuvo que atender. Muchas veces se producen avances repentinos de días, semanas o meses, en busca de la siguiente anécdota a contar. Ello deja la eficacia literaria o narrativa del libro prácticamente confiada a cada una de las estructuras, que mantienen menos relación narrativa entre sí de lo que la linealidad de la historia puede sugerir. Algunos apuntes son brillantes, como la evolución de la relación con la gata, que da lugar a un final espléndido en sentido testamentario y vital, pero otros están menos conseguidos, aunque no lo digo por su carga de repetición (que existe pero que veo correcta dado el tema) o por su mirada descarnada a la degradación de la carne (aunque existan fugas de humor y esto no sea Haneke), sino más bien por lo monolítico de todos los personajes, secundarios incluidos, y su servicio sin fisuras a una historia determinística. Excepto, tal vez, la misma gata.


Laura, la hija del matrimonio protagonista y trasunto de Farmer, opta por cuidar directamente a sus padres, escuchando su deseo de no contar con un cuidador, y dejando paulatinamente sus obligaciones laborales. No es una decisión dictada por la necesidad económica, sino por el respeto a sus mayores, cuyas ideas quiere respetar hasta el fin. Ella mientras tanto se entrega con abnegación al cuidado activo, aunque también existe una carga contemplativa en la visión de la enfermedad progresiva de sus mayores, que redunda en una inacción en ocasiones irresponsable. Llega a enfadarme que Laura no presione más a sus padres para que vayan al médico con frecuencia o tengan un cuidado profesional activo que le permita a ella descansar. En lugar de eso, Farmer presenta casi beatíficamente su propia entrega (y la de su marido y amigos) a una causa que así planteada es incluso negativa para los ancianos. Cuando la hospitalización ya es ineludible, resulta inútil e inhumana, y Laura se indigna con la iniquidad de la profesión médica, dejando como poso que sus cuidados en casa fueron mejores, más cariñosos, y, por tanto, incluso más éticos. Mi discrepancia con este modo de pensar irracional es completa, y creo que los resultados de aplicarlo, en la misma historia tal y como la narra Farmer en el cómic, equivocados. No porque de otro modo hubieran vivido más (que es imposible de saber), sino por el convencimiento solipsista de sus acciones.


Un adiós especial tiene una acción espeluznante en ocasiones. Tiene también la habilidad de cuetionarnos qué haríamos nosotros, o cómo sabremos llegar al final de nuestros días. La cercanía de los temas hiere al lector, sea sensible o no, que invariablemente pensará en la muerte de sus mayores y en como llegaron o llegarán al paso, y lo hace en un medio poco habitual para ello. No es casualidad hablar de Michael Haneke y Amour por ello, porque la mirada directa a la muerte, más desasosegante en un Haneke simbolista que en una Farmer costumbrista, no es plato de gusto en nuestra sociedad exitosa, juvenil y estética del primer mundo.

Joyce Farmer (vía)

28 de agosto de 2013

Señores que conversan


¿Qué hace un ateo racionalista y relativista leyendo un libro de Joseph Ratzinger? O, más allá, ¿leyendo un libro de la Editorial Encuentro? No conocía esta editorial, pero todos los libros que anuncia en las últimas páginas de Dialéctica de la secularización. Sobre la razón y la religión son escritos o versan sobre Joseph Ratzinger, y sus títulos anuncian claramente contenido e intenciones: El Dios de la fe y el Dios de los filósofos, Ser cristiano en la era neopagana, De Joseph Ratzinger a Benedicto XVI… Confieso aquí que siempre he sentido algo de simpatía por el subrayado carácter intelectual del que fue Benedicto XVI, y reconozco que esta imagen de papa escritor, pensador y culto siempre me atrajo más que la de su antecesor, aquel Wojtyla de marcado carácter mesiánico o populista. Sin que ello signifique, ni mucho menos, que me hayan gustado sus declaraciones.

El papa del no relativismo que dejó su puesto vitalicio (vía)

Este libro me ofrece una coartada para leer por primera vez a Ratzinger. No por hacerle un tributo precisamente a la lectura teológica, ni por mostrar una superstición esencialista que ya tengo superada –aunque siga pensando que leer a Agustín de Hipona o Tomás de Aquino suele reservar grandes momentos literarios-, sino porque el planteamiento es interesante: Dialéctica de la secularización enfrenta a Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas en dos conferencias que impartieron -en Munich en 2004, cuando Ratzinger aún no era papa- sobre los fundamentos prepolíticos del estado democrático. No nos engañemos: bajo el eufemismo prepolítico se habla de la quiebra de valores del estado democrático actual y del fundamental papel de la religión (cristiana) en su fundación de derecho, y, según postulan, en su salvación.

Habermas es un filósofo alemán presentado como un heredero del pensamiento ilustrado. Su currículum es netamente racionalista, pero en su conferencia (que está construida y narrada con estupendas precisión y capacidad para el matiz y la riqueza de conceptos), establece un puente hacia esos fundamentos prepolíticos basándose en la deriva de los mercados y la progresiva pérdida de los valores solidarios. Habermas reconoce que la razón práctica aconseja estudiar cómo se mantiene la cohesión en las comunidades creyentes y cómo puede aprenderse de ellas, sin que ello suponga que los cristianos, por ejemplo, puedan imponer su particular cosmogonía al estado, ni pedir que este sea confesional. Jürgen Habermas, por tanto, parece echar un capote desde una razón laica normalmente vista por los creyentes como intransigente hacia una ética del compromiso que con los años ha comprendido que es cuando menos interesante en algunos grupos religiosos.

Encuentro la foto de Habermas aquí, en una página sobre marxistas...

Ratzinger, por su lado, prefiere subrayar lo que él llama las perversiones de la razón, cosas como la bomba atómica o la clonación como ejemplos de una razón científica que sin un control ético debido se ha desbocado. Obviamente sabemos qué quiere proponer Ratzinger como herramienta de control, pero no se pone dogmático al respecto, entiende que el cristianismo no juega un papel único en el mapa de las religiones, y establece puentes razonables hacia el moderno estado de derecho y su fundamento racional. Para él razón científica y religión cristiana han caminado de la mano en la construcción jurídica de este estado (se entiende que en el último siglo, claro) y ambos se complementan necesariamente. El texto de Ratzinger es sin duda más plano y menos profundo que el de su colega conferenciante, aunque, por no ser injustos, es obvio que en el caso de Ratzinger es imposible evitar expectativas sean del signo que sean.

Aunque la confrontación (más bien un acercamiento un tanto compadresco) es interesante, y el texto de Habermas es excelente, en ninguno de los dos casos estoy de acuerdo con las conclusiones, aunque parto de una asunción que un cristiano no aceptará nunca y es que por mucho que reconozca los valores históricos de su religión en la construcción del estado, su objetivo final como religión me parece una superchería no aconsejable como modo de organización. Cierto que Habermas expone los valores a recuperar de una manera prudente y racional, pero ni la perversión actual de los mercados significa que tiempos pasados fueran mejores (¿más éticos?) gracias al mayor peso de los valores religiosos en la sociedad (algo que creo falso, e históricamente hipócrita), ni es cierto que precisamente por decir basarse en valores religiosos no haya comunidades cristianas que no son precisamente un ejemplo a seguir. En el caso de Ratzinger, la premisa de partida me parece falsa: las herramientas que construye la ciencia (como la energía nuclear o la genética) no son éticas en sí, sino que lo es su uso, que él pretende dejar a los principios morales de una religión que no acaba de especificar con contundencia para evitar ese dogmatismo. Reducido al absurdo, para Ratzinger sería imposible inventar la metalurgia porque los cuchillos pueden matar niños. Que a la vez pueda suceder que la razón construye herramientas que no sabe controlar, pero que el cristianismo en su formulación moderna resulta una religión racional (o ilustrada) resulta contradictorio. Contradicción muy atractiva, por otro lado, pero que Ratzinger no resuelve.

Eso sí, el libro es apasionante, bien escrito, legible muy disfrutablemente entre líneas, y realizado por dos señores alemanes muy mayores, que tienen edad suficiente para haber conocido sociedades perversas (construidas en una razón irracional) y que entiendo que busquen entre los valores desarrollados por la humanidad un nexo de unión. Me parece no obstante que demonizan en parte a una ciencia (y su prima la tecnología) cuyo carácter frío y despiadado niego por principios, y a la que creo mucho más partícipe en la construcción del estado democrático de lo que reconocen los autores. Pero esa es otra conversación.

Aquel día en Munich (vía)







19 de agosto de 2013

Un internado irlandés


Son estupendos los tres relatos recogidos en este pequeño tomo de Rodolfo Walsh, escritor argentino de origen irlandés, que desapareció durante la represión de la dictadura de la Junta Militar.

Aunque independientes, los personajes de cada relato son los mismos: una serie de niños huérfanos de origen irlandés internados en una institución benéfica. El personaje central es El gato, apodo de uno de los chavales, que en un episodio, recién llegado al colegio, debe huir de sus nuevos compañeros, quienes desean someterle a la habitual ceremonia de iniciación. Su resistencia y habilidad para escapar no le libran finalmente de la paliza, pero le asegura un prestigio posterior, aunque sólo sirva para en un segundo relato ser utilizado por un guardián para hacerle pelear con un muchacho más débil, al que siempre vence, haciendo así que el tío del muchacho apaleado venga a recogerle y luche con el celador. En un tercer relato, en un día de fiesta, los niños reciben la visita de las Damas Benefactoras de la institución.

Enmarcable claramente en las novelas de colegio e iniciación escolar (me recordaba, un poco por el tópico de novela colegial sudamericana, a Mario Vargas Llosa y Los cachorros), Los irlandeses muestra experiencias yuxtaponibles y no necesariamente lineales en el conjunto de los relatos, y tiene vocación de retrato universal que no pudo completarse con más relatos que Walsh tenía pensado escribir. La prosa es muy elegante, con una cierta buscada gravedad, y un énfasis metafórico fácilmente encajable a un sistema social cerrado con un pueblo dominado por poderes fácticos. El microcosmos peculiar se completa con todos estos apellidos irlandeses perdidos en una estimulante prosa argentina, envolvente y subyugadora, que además consigue identificar al lector con los muchachos protagonistas. Y ello a pesar de cierta distancia intelectualizada que da la elaboración del tono.

En definitiva, una pequeña pieza ejecutada con maestría por un autor que desconocía, y que se acaba en 93 escasas páginas.

Rodolfo Walsh (vía)



8 de agosto de 2013

El moro y la historia

(Reseña previamente publicada en la Revista Cultural Factor Crítico)


Las cifras apabullantes de este libro, 858 páginas de texto y 112 páginas con 1303 notas), un volumen tan grueso que incluso no tiene índice temático ni onomástico y que remite a la red para buscarlos, son comparables al carácter insólito de la propuesta, el autor y la propia historia del libro. A mí me ha costado cuatro meses exactos de lectura, en los que he leído otras cosas (casi todo novela) y en los que paré la lectura durante quince días… ¡por recomendación del propio autor!, que se lo aconseja al lector alrededor de la página 600.

Es insólito el autor: Joseba Sarrionaindía es un poeta, narrador y ensayista que fue preso de ETA y se escapó de la cárcel de Martutene en 1985, escondido en un bafle tras un concierto en la prisión. Su fuga inspiró a Fermín Muguruza la canción Sarri Sarri, un ska que dio a Kortatu un grandísimo éxito musical en los 80. Es insólito que el libro (con su temática y autor) ganara el Premio Euskadi de Literatura (en la categoría de Ensayo en Euskera) en 2011, concedido durante la legislatura en que gobernó el PSE, y que el autor recibiera el premio, inicialmente retenido, al comprobarse que a pesar de su fuga no existían causas pendientes contra él. Sarrionaindía está desaparecido, autoexiliado, pero publica y traduce con regularidad. ¿Somos como moros en la niebla?, titulado originalmente en euskera Moroak gara behelaino artean?, es una traducción al castellano revisada y ampliada por el autor.


Pero todo esto, que es conocido y son hechos fácilmente encontrables, no tendría más interés si no fuera por lo insólito que literariamente es este ensayo, que parece una cosa, y luego otra, y más tarde otra, para acabar siendo todas y ninguna a la vez. ¿Somos como moros en la niebla? comienza en el Rif, en la segunda parte del siglo XIX. España ha comenzado a poner su pie (o su bota, mejor dicho) allí: Europa se está repartiendo África y a la metrópoli en decadencia que es España los franceses e ingleses le conceden un trozo de Marruecos, más que nada para no tener que mirarse de frente los unos a los otros. En ese momento se produce la llegada de varios franciscanos vascos al norte de Marruecos, y uno de ellos, un antepasado del autor llamado Pedro Hilarión Sarrionaindía, estudió el bereber que se hablaba en el Rif, un idioma del que no se conocía letra impresa alguna, y del que escribió su primera gramática.

Hasta aquí parece que el libro va a ser una biografía de este injustamente olvidado religioso vasco, sometido a los avatares de la historia local y general, que poco a poco se van imponiendo en el relato. El libro devora a este personaje apasionante, que en 100 páginas está muerto, y se convierte en una historia del Rif en el protectorado español, que cubre la increíble proclamación de la República del Rif y el desastre de Annual, hasta la Guerra Civil española, la participación de los moros en ella, y el fin del protectorado en los años 50.

Annual debe su nombre a una desastrosa huida del ejército español, masacrado por las milicias del Rif

Sarrionaindía utiliza una prosa con fuerte carga poética, no exenta de sensaciones y experiencias personales, en que delimita emocional y racionalmente las funciones y usos del lenguaje y los idiomas, y realiza un paralelismo sentimental histórico-lingüístico entre rifeños y vascos, quienes, sometidos a dominación política y lingüística durante décadas, fueron pueblos de montaña y poseedores de lenguas locales de gran tradición oral que sobrevivieron a la lingua franca (romance o árabe) que se impuso en su sociedad. Un caudal de conocimiento e información, de anecdotario e historia, acompaña ya al libro, que empieza aquí a mutar de nuevo, y compagina los saltos a la historia vasca de entreguerras (entre la última carlistada y la Guerra Civil), con una desmenuzadora y documentada historia de las motivaciones del colonialismo europeo, de las razones del hombre blanco para con los países-oprimidos-a-los-que-liberar, de sus justificaciones del estado, el capital o la esclavitud, y de su uso de las lenguas francas como mecanismo de poder. Llegan las historias y las teorías brillantes: de la explicación de la Guerra Civil como una prolongación de las guerras coloniales de un Ejército Nacional -que se sentía desterrado en Marruecos- tras 150 años de retiradas continuadas de territorios de ultramar, al análisis del espíritu colonialista de la ciencia y literatura británicas del XIX; sin dejar por el camino las historias de los vascos individuales que decidieron ser moros, o las de aquellos que fueron forzados mediante leva obligatoria a servir en Marruecos o Argelia contra pueblos con los que compartían más de lo que conocían, el análisis de las figuras de Baroja y Unamuno en su negación del euskera como lengua o a favor de un progreso imparable al que el euskera y la identidad vasca como tales no podían optar por su esencia primitiva y retrasada, o el papel de las revoluciones europeas del XIX en la uniformización de las culturas continental y global, el hundimiento de las lenguas vernaculares, el arrinconamiento de las literaturas menores, y la innecesaria expansión de una desgracia cultural colectiva que el progreso debería haber evitado.

Alrededor de la página 600, Sarrionaindía ha desplegado tales cantidad y calidad de información, de mirada disruptiva sobre la historia oficial, y tal habilidad analítica para desenmascarar el poder que el hombre occidental ha utilizado en contra de los marginados y a favor de su bienestar económico y su supuesta prevalencia moral –especialmente de su casta más privilegiada- , que el autor parece replegarse. Pide al lector que descanse del discurso y, con el libro ya desatado tras haber pulsado mil historias y haber citado mil notas, Sarrionaindía regresa con carácter más estable al País Vasco, y explica su camino y su posible futuro, en unas páginas que apelan a la necesidad de la política que nace de cero, en la que duda de las plazas de discusión ya ocupadas por agentes previos e interesados, y en la que reconoce la existencia de un imaginario creado y una limitación: la redefinición necesaria del concepto de patria, de su concreción y su finalidad, dados los precedentes. No entra, aunque algo hay, en detalles de las últimas cinco décadas, y, sin embargo, ese detalle es demasiado importante. ¿El terreno es pantanoso para él? ¿Sufriría el discurso acuñado durante centenares de páginas? Me pregunto si era necesario, si el inmenso proyecto literario de este libro inabarcable lo exigía, ya que esta debería ser la fuerza máxima que debe hacerlo, no las consideraciones sociopolíticas del lector o incluso del propio autor. Claro que si sustituimos sociopolíticas por éticas… Lo cierto es que parte del pulso literario se pierde durante un centenar de páginas, en que creo que Sarrionaindía viene a mostrar que no tiene el lenguaje para explicarse. El libro no obstante se recupera con una lúcida mirada al poder y sus mecanismos generales, en el que los trazos repartidos por el libro se asoman de nuevo, dando su matiz y cerrándolo en honor, sobre todo, de la literatura.

¿Somos como moros en la niebla? es un libro verdaderamente excepcional. Las circunstancias que predecían su carácter único se confirman: el ensayo, la biografía, la historia, la teoría del lenguaje y la crónica política se imbrican en un texto que extrae verdad y luz de la vivencia personal en relación al contexto político particular y global. Su acercamiento humanista al oprimido frente a las mentiras y desprecios del poder es apabullante. Qué rara es la historia, viene a concluir, en un desasosiego ante las cosas que hemos visto, pero que consigue con pasión cultural y política desbordadas desmontar mitos culturales, recuperar conceptos olvidados en un alegato a favor de los oprimidos de los pueblos del mundo, inquietar y pulsar al lector, y, convertirse, muy probablemente, en el tipo de libro imperfecto pero total que se dirige a ser un clásico de la literatura universal.


Treinta años sin imágenes de Sarrionaindía


28 de julio de 2013

Los días de Bascombe



Acción de Gracias es la desgraciada traducción de The Lay of the Land (La disposición de la tierra), la novela publicada en 2006 por Richard Ford, y que completa una trilogía con ambición de gran novela americana, tras El periodista deportivo, y El día de la independencia. Las tres están protagonizadas por Frank Bascombe, un agente inmobiliario reflexivo y observador, afable pero solitario, que disecciona su vida y su país en jornadas significativas, como el 4 de julio o el día de Acción de Gracias. Supongo que era una tentación editorial muy grande traducir así el título del libro, dado el carácter de secuela, y que, el anterior, con grandísimo éxito, se restringía temporalmente a un día, y éste lo hace a tres. Pero también entiendo que el autor huía deliberadamente de esa conexión entre los títulos…

Árbol seco y vista lateral de la Casa Lombard (Edward Hopper, vía)

Bascombe es un personaje marcado por la tragedia familiar: la muerte de su hijo a los nueve años de edad lo sume en una crisis personal (El periodista deportivo), le hace divorciarse, y enfrentarse con cierto temor a la vida con sus otros hijos (El día de la independencia). En Acción de Gracias, sus dos otros hijos son mayores, pero la serenidad vital que había alcanzado (Bascombe lo llama el periodo permanente, como parte de una descripción continuada y acertada de la tranquilidad de la madurez asumida) se rompe porque su segunda mujer le abandona y él contrae un cáncer, contra el que lucha con apreciables garantías de éxito. La novela transcurre del martes al jueves de la semana de noviembre en que los estadounidenses celebran su Thanksgiving, y en esas jornadaa maratonianas para las que Ford emplea 700 minuciosas páginas, Bascombe visita a su ex mujer, realiza un par de acciones comerciales con su socio tibetano (¡!) de la inmobiliaria, visita con un antiguo amigo una demolición, se mueve de continuo en su coche, acude al funeral de un amigo, visita un par de bares donde bebe más de la cuenta, etc…

Alameda Gran Torino 1974 (Robert Bechtle, vía)

Ford domina el tiempo en su relato, dilatando la acción gracias a la reflexión sociomoral y al pensamiento divergente de su personaje. Usa frases de sencillez completa, nunca busca imágenes poéticas, y no impone una estructura. La cotidianeidad pequeña de miserias y alegrías de la clase media norteamericana es su objeto, estudiado a través de un nuevo estoico. Y de todo ello resulta que me quedo sin argumentos analíticos con que defender la novela… Ya con El día de la indepencia (más brillante en su progresión y en la fisicidad de los miedos de su protagonista) tuve cierta sensación de novela muy esforzada. Para intentar explicar la extrañeza que me supone el trabajo intenso de Ford en contraste con su personaje e historias, me voy a fijar en el contexto: Bascombe es un estupendo agente inmobiliario, que cree en su trabajo, y que considera honestamente la relación con sus clientes, a los que aconseja después de haberlos diseccionado con su psicología particular, y que concede al hogar, a la casa de cada uno, un peso apabullante en la felicidad personal y familiar. Y Ford, sin duda, conoce técnicamente el tema y lo ha estudiado como base fundamental de una historia… ¡publicada en 2006! ¡Con una burbuja inmobiliaria a punto de estallar y sin indicio alguno de lo que llegaba! Cierto es que Acción de Gracias transcurre en 2000, en ese periodo en que la primera democracia del mundo abochornaba al planeta con el recuento de las absurdamente decimonónicas papeletas de Florida para las elecciones presidenciales Bush vs. Gore (vs. Nader), y que en ese tiempo aún no se preveía que las desregulaciones financieras llevarían al desastre. Al mismo tiempo, la situación política –que está presente de continuo en un Bascombe demócrata y militante que vive y trabaja rodeado de republicanos- no prevé lo que sucedería en el país en septiembre de 2001, en un ejercicio que se me antoja casi transparente de… bueno, de no querer contaminarse o no poder afrontar el peso del acontecimiento, que lógicamente Ford conocía al escribir, y que dado el anhelo analítico de su personaje y su vida anclada en un presente muy definido, necesitó obviar.

Todo esto suena a decirle al escritor cómo debe hacer su tarea, cosa que odio, ya que tiene derecho a centrarse en lo que quiera, aunque deba hacer malabarismos temporales e imagino que mentales para conseguirlo. Acción de Gracias es en sí una novela conseguida, una pequeña aventura cotidiana que se sigue con tranquilo interés, con profundidad moral y cierta dosis de pasmo lúcido ante la complejidad sentimental contemporánea.

Richard Ford (vía) 






18 de julio de 2013

Los perros azules

Reseña previamente publicada en la Revista Cultural Factor Crítico


La Editorial Sexto Piso, originaria de México, sigue con la publicación en España de escritores sudamericanos contemporáneos que es tentador (aunque posiblemente equivocado) decir que se encuentran al margen del canon. Al pintor, músico y poeta brasileño Rodrigo de Souza Leão no le va a dar tiempo a ser un autor mainstream dado que murió en 2009, a los 44 años de edad, y después de haber pasado media vida bajo tratamientos psiquiátricos. Todos los perros son azules es una novela autobiográfica y se inscribe en el subgénero del loco cuya bufonesca lucidez arroja verdad al mundo, y es un relato corto narrado desde la mente estropeada del propio Rodrigo.

En su internamiento físico, Rodrigo recibe las visitas de Rimbaud y Baudelaire, imagina que un grillo en su cabeza le hace estar malito, y juega y hace amistad con su cachorro de peluche azul. Su inspiración delirante es también lisérgica, conscientemente procedente de la medicación que los doctores le proporcionan, como si entre su mente y el entorno hubieran disparado un mundo paralelo, donde otros enfermos adquieren auras míticas, o sus pulsiones internas –también sexuales- encuentran desarrollo. La novela no avanza narrativamente en un modo convencional, sino que describe un estado mental intransferible. Nos da un festín de sensaciones donde se combinan un conocimiento de alta cultura y una fisicidad propia que Rodrigo vive como vulgar y marginadora. Su obesidad aplastante le acaba de acercar a antihéroes literarios tan disfrutables como Óscar Wao o Ignatius J. Reilly.

El principal valor de Todos los perros son azules está en su ritmo implacable, que cierra con maestría la descripción obsesiva de un mundo propio en el que no faltan las visiones de una sociedad incomprensible y veladamente injusta con el enfermo, que en su paranoia siempre dice la verdad, de 'la naturaleza es muy linda y recuerda a un cementerio' a 'molestar parece ser condición del buen funcionario estatal'. La primera parte del libro (Todo se volvió Van Gogh) es especialmente brillante aunando todas estas facetas.

El libro entero es corto, 107 páginas, que caen en una sentada. Tampoco podía ser más largo sin producir una sensación de inacción, y posiblemente habría perdido poder literario.


Rodrigo de Souza Leao (vía)