31 de enero de 2012

Siempre K.



Kafka es un libro extraordinario en varios aspectos. Los autores son dos: David Zane Mairowitz, un biógrafo del escritor de Praga, cuyos textos son ilustrados por Robert Crumb. El texto en inglés se titula Kafka for Beginners, y la opción escogida por los autores es combinar dibujo, historieta basada en hechos históricos o en los relatos de Kafka, texto biográfico e histórico, y explicar las circunstancias del escritor, personales, familiares y laborales, el entorno social e histórico en que vivió, y también sus obras.



A veces parece que los orígenes en el comix underground de Robert Crumb pueden ser válidos para ilustrar cualquier tipo de obra, y que de un modo u otro, Crumb siempre encuentra camino para reflejar sus obsesiones. El dibujo en blanco y negro, los tormentos del alma humana, los personajes neuróticos, las obsesiones sexuales, en este caso con mujeres grandes e inalcanzables a la vez que prostíbulos cercanos, reaparecen en Kafka sin reparo ni disonancia. Es tentador calificar el diseño visual del libro de kafkiano, pero el texto de Mairowitz toma como primer objetivo desactivar el lugar común en que se ha convertido este calificativo, que al reflejar lo tenebroso y absurdo de las obras de Kafka se olvida de su drama interno: la broma judía que supone una educación represora basada en siglos de tradición, que además en Franz Kafka se combina con un padre autoritario y egoísta, el advenimiento del antisemitismo brutal del siglo XX, la aparición de la burocracia a gran escala, y una imaginación visionaria.



Este no es un libro para principiantes, en el sentido de que los conocedores de la obra de Kafka pueden disfrutarlo bien. Es un volumen claro y bien estructurado, donde las imágenes tienen una fuerza innegable, y donde se combinan el realismo de una vida y su entorno con las fantasías íntimas de una personalidad única.



De menos interés me ha resultado La metamorfosis, novela gráfica de Peter Kuper que toma como base el cuento más famoso salido de la pluma de Franz Kafka. Como el libro de Mairowitz y Crumb también incluye un resumen del mismo cuento se pueden comparar los resultados, con victoria de Crumb aunque la historia esté resumida (si bien esto puede ser parte del mejor resultado, más abajo me explico). Crumb opta por no dar un rostro humano al escarabajo, y creo que esto es más eficaz para mostrar el horror que éste causa en su familia, que en el trabajo de Kuper me resulta algo más mecánico. Ambos tienen el problema de enganchar al lector con el desgarro familiar continuo, con esta familia que reprocha a su hijo no sólo levantarse convertido en bicho sino dejar de trabajar y de pagarles la vida. Y obviamente, el sufrimiento del escarabajo, al ver su imposibilidad de dar felicidad y bienestar es terrible. El reto de ilustrar este texto (en cuya lectura yo no recuerdo estos problemas, si bien hace ya un par de décadas que lo leí) es grande, probablemente por ser anterior (premonitorio, metafórico) a todos los horrores del siglo, que los lectores ahora ya conocemos y visualizamos. Kuper es más asfixiante, sus personajes más gritones e histriónicos, tal vez más literal. Pero los lectores y su relación con la narración visual es otra respecto a la que Kafka podía imaginar.



Y ya que estamos con ilustraciones sobre Kafka, podemos ir al origen con este volumen, que recoge los Dibujos hechos por el propio Kafka. Se trata de una edición muy bonita, en principio la primera completa que incluye todos los dibujos del escritor, que añade a los títulos de los dibujos (algunos dados por el propio Kafka) un texto del propio escritor para explicarlos, o, por inversión, me gustaría decir que para ilustrarlos, en una jugada inversa a la ilustración tradicional de textos.



Siete de estos dibujos, conocidos como Marionetas negras de hilos invisibles, son relativamente conocidos. Casi siempre parecen variaciones de la letra K, y han sido utilizados más de una vez para ilustrar las portadas de las reediciones de los propios libros del escritor. Kafka no daba la más mínima importancia a estos dibujos aparentemente sencillos y de estilo expresionista, y tampoco los quiso exponer nunca, más o menos como sucedía con la publicación de la mayoría de sus escritos, salvados por su albacea traidor. Kafka no obstante sí admiraba a algunos pintores, como al atormentado como él Vincent Van Gogh. Sin duda los dibujos de Kafka producen una extrañeza similar al de sus obras, una disonancia entre el hombre y su mente que siempre resulta inquietante y que creo se encuentra muchas veces en el fundamento de lo que solemos llamar, Mairowitz me perdone, kafkiano…


13 de enero de 2012

Viudas preñadas y recuerdos extraños


Como buen intelectual sesentón, Martin Amis fue un joven progresista que disfrutó del movimiento de liberación sexual de finales de los 60 y principios de los 70 en casi todo el mundo occidental. Hace unos meses el titular de una entrevista a Roman Polanski subrayaba que el director francés afirmaba, en lo que parecía un extracto interesado, que el sexo en los 70 noera algo tan importante como ahora. Y no hace ni un año, en el festival literario Gutun Zuria de Bilbao, asistí a un diálogo entre Antonio Altarriba y Catherine Millet en el que esta, autora del best-seller La vida sexual de Catherine M., afirmaba que, en realidad, el sexo que tenían en los 60 las comunidades jóvenes liberadas se acercaba más a un ingenuo juego infantil de descubrimiento mutuo (o a varias bandas) que a conceptos de morbo o cualesquiera otros más maduros o perspicaces que se les quiera dar.

¿El sexo en los sesenta? (vía)

En fin, no sé. Aunque sí sé que la nostalgia y la justificación histórica tienen estas cosas mitificadoras del pasado, obviamente no fui uno de estos escasos avanzados sexuales de aquellos años, que a veces hablan de esos tiempos como si no conocieran que había una sociedad mucho más numerosa que no vivía así, y a la que en cierto modo arrastraron.
Amis retrata en The Pregnant Widow su propia visión, y no puedo evitar compararla con su primera novela, la divertida y fresca El libro de Rachel, de 1973, con lo acartonado de los resultados aquí. El protagonista, escritor y literato y tres veces casado, recuerda desde 2006 del verano de su juventud que le marcó sexual y emocionalmente, 1970, pasado en una casona italiana en compañía de otros amigos británicos, su novia, y algunos personajes locales. La conversación y la divagación ganan a la escasa acción, que cuando llega resulta más interesante. La estructura de recuerdo + flashback/representación no es novedosa e introduce una tensión que no encuentro correspondida en los acontecimientos de un verano no tan tórrido.

Sólo el personaje de Gloria, la joven gorda a la que todos desprecian pero que resulta ser una devoradora inesperada introduce algo de alegría a una ficción intelectualizada en la que a Amis parecen sobrarle personajes y retratos innecesarios (el amigo homosexual, por ejemplo, de improbable aceptación tácita como se sugiere) y faltarle, salvo episodios, cierta alegría y vivacidad. El recuerdo cerebral de juventud que supone la novela puede parecer en sí una autocrítica, pero creo que esta es una interpretación amable. Este joven protagonista de simbólico nombre, Keith Nearing, lleva a tal racionalización su vida sexual que uno llega a pensar que resulta incapaz de disfrutar. Perseguir por tanto un placer inútil podría ser el mensaje de la novela. Tal vez eso desmonta más el mito sexual de aquellos años, pero cuando pienso en quienes siendo contemporáneos no lo vivieron o no lo pudieron vivir así me dan ganas de reprender al viejo Martin, que cuando se pone serio suele rendir bostezos.

Martin Amis (vía)


2 de enero de 2012

Monos salvajes



Personas brillantes como Roberto Bartual o Miguel Carreira llevan tiempo recomendando la lectura de Jon Bilbao, que a pesar de su nombre resulta ser un señor de Asturias. Y las reseñas de su último libro eran tan positivas que me llevé de viaje su último libro, Padres, hijos y primates, dejando para otra ocasión el penúltimo, Bajo el influjo del cometa.

¡Qué excelente título tiene esta novela! Metafórico, con resonancias bíblicas, su formación familiar alude a las relaciones etnológicas del hombre con el reino animal, y avanza la estructura trina, carretera-hotel-barracón, de la novela. Joanes, el protagonista, está de vacaciones en México con su mujer e hija, aunque necesita estar en contacto continuo con España debido a la negociación de un contrato esencial para el futuro de su empresa de instalaciones de aire acondicionado. Pero esta actividad, que pretende regular la naturaleza, contrasta con el huracán que se desata en la Riviera Maya, que obliga a evacuar la zona. Por circunstancias de la evacuación y de su trabajo, Joanes no es evacuado con su familia sino que se retrasa. En la carretera atropella a un mono que cruza delante del coche, y más tarde recoge a una pareja de ancianos, y el hombre resulta ser un antiguo profesor de Joanes, quien sospecha que en su último acto universitario tuvo influencia en que no consiguiera trabajo en una empresa importante.

No tan monos
(Andy Serkis es César en El origen del planeta de los monos, vía)

Reconozco que este momento Fresas salvajes me gustó mucho. Y me gusta mucho como Bilbao va construyendo la tragedia con la acumulación progresiva de elementos hasta un clímax cercano a lo terrorífico que resuelve la acción y devuelve al hombre a la naturaleza animal de la que pretende haber salido. Y aunque el tema no sea novedoso (la civilización es una farsa que basta con tensar para que se derrumbe), los recursos literarios y dramáticos son excelentes y se resuelven muy bien: los espacios se describen bien, pero además no existe lugar que no tenga sentido en la historia global; el uso de un personaje estático (una mujer impedida) frente a un entorno que exige movimiento y un par de hombres que la mueven de continuo en un ejercicio de civismo hipócrita; el paralelismo entre el crecimiento del resentimiento y el odio entre humanos y el estallido de violencia de un mono herido; o la angustiosa incapacidad de la tecnología (un coche, un portátil, sobre todo un móvil) para ayudarnos en las situaciones límite.

Supongo que ya confirmaré si Bilbao gusta de mostrar los cimientos de barro de la convivencia, o si simplemente es el tema de un interés del autor por la acción con buenos personajes y buena historia. Supongo que no son excluyentes, pero me inclino más por el primer caso, dada la infelicidad patente de sus personajes y la comodidad con que el autor llega al caos y se desenvuelve (uno diría que placenteramente) en su construcción y éxtasis.

Jon Bilbao (vía)

18 de diciembre de 2011

Hombres de costumbres


Este ha sido mi primer acercamiento a Cees Nooteboom, escritor al que he llegado sin prejuicios, sabiendo sólo que es otro de esos eternos candidatos al Nobel, y que es holandés. Luego he leído en las redes que es existencialista, paneuropeísta, hispanista, toda una ensalada de ismos varios.

Nooteboom, de serlo, es un existencialista tardío. Nacido en 1933, tiene edad suficiente para haber vivido los principales horrores del siglo XX y haber desarrollado la angustia existencial básica del movimiento que tuvo sus epígonos en Camus y Sartre bien entrados el siglo. Rituales, publicado en 1980, recoge la vida de tres personajes en tres episodios desarrollados en torno a Inni Wintrop, el principal de estos personajes. El primero está ambientado en 1963 y cuenta el vacío personal de Inni por la ruptura con su mujer, y es un magnífico relato del miedo al fracaso personal (que además empieza con una frase que parece homenaje a Camus). El segundo, 10 años antes, muestra cómo en su juventud Inni Wintrop  recibió la ayuda de Arnold Taads, un prohombre solitario, arrogante, ex-amante de una familiar de Inni, ateo feroz misántropo y ermitaño, que se refugia con su perro en una casona alejada de todo. El tercer episodio viaja a 1973  y narra el encuentro fortuito de Inni con Philip Taads, el hijo de Arnold, que vive en pleno Amsterdam una vida de absoluto retiro zen que sólo rompe para ir a contemplar viejos cuencos japoneses a una tienda de antigüedades.

Cuenco japonés, vía.

Con la distancia que da el tiempo y aún a riesgo de expresarme mal, diré que el existencialismo me parece una filosofía necesaria pero algo adolescente. Es fascinante su lucidez para mostrar los problemas de nuestra soledad cósmica y de la pasión inútil que vivimos, y la creo útil para ayudar a construir una moral individual que supere los errores interesados de las prácticas religiosas colectivas. Pero el impacto sobre el alma (post)adolescente puede ser grande y, en mi opinión, debe superarse para no caer en una concepción equivocada de la vida, que acabe en una solución personal con que todo existencialista de pro coquetea: el suicidio. Los existencialistas como Camus y, si me apuran, incluso Woody Allen, también predican la confianza en el hombre concreto para superar la angustiosa ausencia filosófica de Dios. Yo no sé cómo me sentarían ahora aquellas lecturas de juventud. Esos Dostoievski, Hesse, Unamuno o Kierkegaard que se asoman al vacío con lucidez y valentía. Pero las recuerdo como obras clarividentes, y, hasta cierto punto, plenas de pasión desgarrada.

Existe en el libro erudición sobre el origen de los diferentes tipos de cuenco japonés (vía)

En Rituales encuentro por momentos ese tono, aunque tiendo a pensar más en las frustraciones de la postmodernidad burguesa que en el horror de vivir en sí. Al libro tal vez le pesan algo las teorías que lo dirigen. La conversación entre Arnold Taads y el obispo, con Inni de fondo, sobre la existencia de Dios aporta más por la referencia a La montaña mágica que porque la historia la necesite. Pero la extraña alucinación de la ceremonia del té en un holandés retraído refleja literariamente con brillantez un momento de quietud del alma en que sí encuentro la sombra de la angustia en la ficción. Ahora bien, la capacidad del existencialismo para reflejar lo más frío de nuestra sociedad me sigue deslumbrando, como cuando el protagonista siente el escalofrío de la separación asumiendo que caso de seguir juntos también acabarían separados al enfermar y morir malcuidados en hospitales por enfermeras aún no nacidas.

El paneuropeísmo se le nota a Nooteboom en el rico subtexto cultural (que por otro lado se presenta con ligereza), en las referencias sutiles, y en una buena observación psicológica de algunos personajes secundarios. De hispanismo no he notado nada, aunque veo que entre sus obras de referencia está una titulada El desvío a Santiago, que tal vez intente en un futuro.

Cees Nooteboom (vía)


3 de diciembre de 2011

Cuidado con Paloma



Cuando muchos años después de la emisión de la serie de televisión que protagonizara Silvia Munt pisé por primera vez, en el barrio de Gràcia, la Plaça del Diamant, me sorprendió su discreción, que no respondía a mi mito infantil de teleserie que no podía ver. A Silvia Munt el personaje de Colometa le marcó durante tiempo, cosa lógica en época de canal único, y en un momento (1981) en que la producción audiovisual española no trataba aún la guerra civil y la postguerra con la profusión posterior. Siempre tuve esta novela de Mercè Rodoreda entre las lecturas pendientes, y por fin le encontré un hueco.

Una discreta plaza barcelonesa, vía mundofotos

La Plaza del Diamante merece el prestigio crítico que la precede, pues es un estupendo compendio de personajes, lugares y situaciones que permite mil análisis apasionantes, que, sin embargo, se ocultan bajo una narrativa fluida, el monólogo interior de un personaje frágil y resignado a lo largo del siglo XX en Barcelona. Y, sin embargo, yo creo que algunos de los lugares comunes sobre esta novela no son tales: por ejemplo, la ambientación en Barcelona no me parece tan fundamental (dicho sea con el atrevimiento de haberla leído en un idioma que no es su catalán original). La plaza del título apenas aparece en el baile inicial en que Colometa conoce a Quimet, y en el capítulo final. Y aunque la historia rara vez se aleja del barrio, yo creo que Gràcia no es esencial para entender el libro. Tal vez la traducción haga perder algo este sentido, pero en Colometa y su Gràcia no me resulta extraño ver a mujeres de la generación de mi abuela y el barrio de Rekalde en Bilbao, por poner un ejemplo.

Silvia Munt como la protagonista en la serie/película de Françesc Betriú, vía el festival de cine español de Nantes

Más allá de eso, incluso diría que la ambientación histórica tampoco es tan fundamental. Supongo que esto resulta más discutible, pues la Guerra Civil y las divisiones social y familiar que supusieron son barreras que la vida pone a Colometa para que su combinación mágica de resignación e ingenuidad las supere. Aparentes resignación e ingenuidad, claro, pues el diseño del personaje y sobre todo de su lenguaje es un trabajo excepcional que hace parecer a Colometa a veces una sabia estoica, a veces una sinsorga muy limitada. La guerra es un contexto necesario que Rodoreda usa para perfilar un entorno enloquecido que afecte profundamente la capacidad de supervivencia de su personaje. Ahora bien, ¿son esenciales los acontecimientos de esa guerra? Más allá de lo que supone que se trata de una guerra civil que la protagonista no entiende –o no quiere entender- y que su marido milita en el bando perdedor –dato que sí es importante-, pienso que no. En la visión que no me atrevo a llamar del todo naturalista (o costumbrista, o realista) de Colometa puede haber aromas de lo español de esa guerra, que dan verosimilitud a libro y protagonista, pero el mundo del personaje se sobrepone a ellos claramente de manera intencionada y universaliza la propuesta.

Un animal que representa la paz. Un animal que lo ensucia todo.

Colometa en realidad se llama Natalia, y tras el baile en la plaza fatídica se hace amiga de Quimet, un ebanista egoísta y aficionado (malo) a la colombofilia. Quimet encerrará a su mujer como hará con las palomas que decide malcriar en su terraza. Y Natalia, que se deja cambiar el nombre, encerrarse, engañarse, preñarse, etc… y sólo se queja interiormente de no haber tenido madre que le aconseje. Cuando llega la guerra y Quimet marcha al frente, ella tiene que quedarse en la ciudad y afrontar el hambre con dos niños a su cargo.

Aunque existe intención metafórica en muchos pasajes (esa Colometa puede ser el zarandeado pueblo español, huérfano, aplastado y dispuesto a matar a sus hijos por desesperación) y el retrato social está presente, en realidad es el lenguaje que revela la psicología de Colometa el logro extraordinario del libro. No sé si estamos ante una recuperación lingüística como las de Delibes, pero el manejo sutil del doble sentido, la ironía soterrada, y el fluir natural de los hechos vitales que Rodoreda entreteje magistralmente con los pensamientos de alguien que aparentemente no piensa demuestran que además de conocer muy bien las condiciones de su narración, la autora es capaz de superarlas y simplificarlas (y esto no es fácil), para dejar que sean la sombra que explique la vida de una mujer concreta.


Mercè Rodoreda, vía biografías y vidas






23 de noviembre de 2011

Some Blues...



Fun Home. Una familia tragicómica, de Alison Bechdel, se publicó 10 años después de Stuck Rubber Baby, aunque en España ambos libros se publicaron casi a la vez. En los agradecimientos de la edición en castellano aparece la figura de Howard Cruse como inspiradora, y es cierto que es muy difícil no pensar en Stuck Rubber Baby al leer Fun Home. Hasta es posible pensar en trayectorias paralelas de los dos autores.


De hecho, Alison Bechdel también escribió una tira cómica anterior a su cómic serio, protagonizado por lesbianas desenfadadas que hablan de todo lo que les concierne. Aquí se conoce como Unas bollos de cuidado. Pareciera que, al menos en cómic, antes de llegar al tratamiento serio de la propia condición sexual (en novela gráfica), es necesario pasar por una representación más humorística de la asunción de la homosexualidad, en un formato más ligero. Curiosamente, ambos autores reproducirían la propia historia del cómic como arte hasta su actual buena consideración en las artes. 


Ya la primera página de Fun Home anticipa uno de sus temas principales (la conexión entre padre e hija), y el color, que en este caso añade un verde azulado apagado al B/N. Fun Home es una historia más intimista que Stuck Rubber Baby, y su contexto social, aunque importante, no es tan decisivo o espectacular. Cuenta la historia de la familia Bechdel, cinco almas creativas separadas ya desde la portada de la primera imagen. La autora narra en primera persona, y en la historia sale del armario para enterarse de que su padre era un homosexual reprimido que aparentemente se suicidó tras una acusación de acoso a un joven. Esto desencadena un torrente psicológico en la hija, que, basándose en sus diarios, construye un libro estupendo y multipremiado con justicia.


El afán de autobiografía se expande desde los diarios hasta la novela gráfica entre manos. Y la liberación sexual es más intelectual que social: padre e hija se reconocen en los libros que leen. Fun Home se convierte así en una de las obras más metaliterarias e intertextuales que conozco.



Esta brillante página compagina por ejemplo:

-confesiones personales (en bocadillos blancos) con pensamientos intelectuales de la hija (en fondo negro)
-toma de conciencia mutua a partir de una referencia literaria de alto nivel cultural sobre la paternidad (el Ulises de Joyce y su flujo de conciencia)
-una composición repetida también heredera del pop y signo del duro inmovilismo paterno, pero que también iguala a los personajes (lo están en orientación sexual, en interiorización, en disposición creativa...)


El color es otro elemento de los que emplea Bechdel en su narración, aunque quizás menos destacable que en la obra de Cruse, más obvia al respecto. Pero además de la estética decadente del triste azulón del color, el padre de Alison llega a negar el color que su hija propone para un dibujo, y ella lo abandona en sus diarios . Las connotaciones respecto a la salida del armario son obvias.



La relación entre este padre lector y su hija alcanza momentos de una intensidad autorreconocida difícilmente superable, y el color, o mejor dicho, la ausencia de matices en el mismo, es un apoyo estético frente a la potencia emocional del guión.

Pero, para el lector especialmente literario, la imbricación de alta cultura, educación, y sentimiento resulta de gran riqueza. Así, Proust, su evasiva armarización pública, y su manierismo que explica a la vez que oculta el alma, define bien al padre:


Mientras que Alison vive la liberación por la literatura desde otro punto de vista: el de la interpretación lúdica del subtexto posible, aunque se trate de un libro supuestamente infantil de un autor supuestamente de cuentos, Roald Dahl.


Un contraste que nos lleva a una imagen que fuera objeto de las iras de algún grupo ultraderechista norteamericano. No hay casi azul en esta imagen que celebra los cuerpos -en un blanco inmaculado- y las palabras, como forma de construir la identidad de una persona


(Segunda y última parte de la conferencia anunciada en la entrada anterior; quiero dar las gracias a Roberto Bartual y Esther Claudio por la oportunidad de participar en este congreso del cómic)

16 de noviembre de 2011

La vida sin colores



Stuck Rubber Baby es un cómic de título intraducible (Mundos diferentes fue el subtítulo en España), publicado en EE.UU. en 1995 (diez años más tarde en España), tras 4 años de preparación. El contexto de su publicación es importante para el autor: tres años después de Maus y su Pulitzer, Howard Cruse es consciente de la sombra que esa obra ejerce sobre la suya, y ambiciona hacer algo similar: conseguir interesar a un público general sobre una historia de influencia universal. Pero Cruse tampoco era un recién llegado.




Durante los 80 alcanzó fama con la publicación de las tiras de Wendel en The Advocate, y ya había trabajado en la ‘tradición’ del underground, y fundado incluso una revista titulada Gay Comix
Wendel es personaje urbano, desenfadado, abiertamente gay, pero la tira trataba también los problemas de la comunidad en los ochenta, como el SIDA y la homofobia. Predominaba el humor.




El tono ha cambiado en Stuck Rubber Baby. Que, aunque por partes sí muestra celebración de la vida gay, es sobre todo un melodrama de aceptación personal en el contexto de la lucha por los derechos civiles.

La historia narra las dudas para aceptarse como homosexual de Toland Polk, un muchacho de un pueblo del sur de los Estados Unidos durante el mandato de Kennedy, en plena eclosión de los movmientos de derechos civiles de los negros.




Pero, ciertamente, puede rastrearse el peso de Maus en páginas como esta: Toland Polk narra su juventud desde un futuro, y en su recuerdo aparecen de continuo personajes (él mismo sobre todo) que también recuerdan. Aparece la existencia del recuerdo junto a su representación, dentando el marco de las viñetas.

Esta página sirve también para mostrar lo importante del blanco y negro (B/N) en el libro, en el aislamiento de las figuras. El protagonista  es ridiculizado en el ejército por marcar la casilla de homosexual. Y a partir de ahí dedicará su juventud a que no se vuelvan a reir de él e intentar ser heterosexual con todas sus fuerzas.




Sammy Noone es un personaje abiertamente gay que en su primera aparición piropea a Toland; la página juega con el contraste irónico del color. Sammy viste de oscuro, de marinero, frente a la recia camisa blanca del sur de Toland. Pero, ¿es el negro el color que indica maldad en este cómic?




Rotundamente no, y menos en un cómic en que sale el KKK. Uno de los análisis es que el uso del B/N en Stuck Rubber Baby sirve para aunar los diferentes derechos civiles alrededor de cuya lucha por ser reconocido se estructura el libro, en el que la toma de conciencia de Toland por los problemas raciales no se diferencia tanto de su propia lucha interna por su sexualidad.




La diferenciación estética y narrativa por el color se produce en varios momentos del comic, y se aprovecha en varios contextos. Un ejemplo especial es la conversación de varias páginas de Toland con el reverendo pacifista de la ciudad, que actúa como resumen de la actitud de los religiosos negros en el movimiento de derechos civiles, y al que además Cruse hace padre de un hijo negro gay




Alcanza también al travestismo, por medio del personaje de Esmeraldus, que se empeña en salir al escenario caracterizado como Doris Day. Es además la mariquita escandalizadora, que hace que la actitud armarizada de Toland sea más evidente.



Cuando llega su transformación, Esmeraldus también traviste el color blanco de la piel de Doris Day.



Y por supuesto, llega a las relaciones sexuales interraciales, que en este caso (sur de los EE.UU, en los años 50 del siglo pasado) son algo así como llevar al máximo la provocación para la sociedad en que se produce.





Las dos direcciones de la posible reivindicación se mezclan a la puerta de un servicio: si usted me lo pide, doctor Martin Luther King, dejaré de ser gay tan pronto como usted deje de ser negro.





Y llegando a la esperada cumbre con las relaciones sexuales. 






El uso del B/N no es, por ello, sólo un elemento estético, o un apoyo melodramático a una historia, sino una opción ética (el muchacho blanco tiene mucho que aprender de la sociedad negra, que merece mucho más llenar el cuadro de la viñeta) que forma parte de la narración




No es obviamente el único valor narrativo visual del libro, porque otros también tienen una interpretación válida a la luz de lo que supone salir del armario. Por ejemplo, el uso de viñetas muy cerradas con algunas grandes apariciones de escenas tumultuosas o paisajes urbanos .


O el uso del espacio y el ritmo en las varias fiestas que aparecen en el texto .

(Primera parte de la conferencia que con el título Salir del armario en B/N: una lectura de Stuck Rubber Baby  (Howard Cruse) y Fun Home (Alison Bechdel) impartí el 12 de noviembre de 2011 en el Instituto Franklin de la Universidad de Alcalá de Henares dentro del 1er Congreso Internacional sobre Cómic y Novela Gráfica)