25 de febrero de 2010

Esta soy yo cuando tenía 10 años

Me queda seguramente muy poco que aportar a lo que ya se ha dicho en foros que leen antes (mucho antes) que yo sobre Persépolis, una de las cumbres del cómic autobiográfico.

He llegado tan tarde a Persépolis que no sólo vi su adaptación cinematográfica antes, sino que encima leí una edición en tamaño bolsillo y en inglés, comprada en un aeropuerto de la aldea global. En su día consideré la película un trabajo muy bueno, que aparentemente recogía bien la estética gráfica (blanco y negro, contrastes cara/ropa, habilidad en el dibujo de masas) y la dramática del cómic (incluida la estructura episódica), aunque no puede esperarse otra cosa dado que la autora del cómic, Marjane Satrapi, es codirectora del film. Era sorprendente su sentido del humor al describir situaciones dramáticas sin por ello caer en la astracanada o la exageración. De todos modos, los lectores anteriores del cómic no parecen poder evitar que sus expectativas no se cumplan bien, y sin embargo son aquellos críticos que no han leído el libro los que disfrutan más la película; fíjense si ha pasado tiempo: Boyero aún escribía en El Mundo)

Leído el cómic lo entiendo, y veo claros los parabienes que hacen de él un libro magnífico, y eso siempre acaba suponiendo frustración en quien lo conoce al afrontar su adaptación. Persépolis, la historia de una niña iraní nacida bajo el régimen del Sha en una familia progresista de la oposición, que se ve obligada después a vivir la revolución islamista, la dictadura de los ayatollahs, la guerra con Irak, el exilio a Europa y el retorno a su país, no es sólo una crónica personal de crecimiento y descubrimiento llevada con lucidez y ternura, ni se queda simplemente en una denuncia sociopolítica de una cadena de sistemas políticos lamentables, sino que es sobre todo una ‘aventura’ excelentemente narrada, con personajes estupendamente definidos y diseñados, secundarios dosificados excelentemente alrededor de la niña y adolescente protagonista, y con soluciones narrativas que muestran con perfecta ejecución de sus dosis de rabia, realismo y (sin embargo) contención, cómo son los efectos de una guerra sobre la población civil, o cómo es la vida de un inmigrante en Europa.
La familia de Persépolis atiende a la revolución en casa, vía El Norte de Castilla
Leyendo Persépolis me notaba peculiarmente sereno. Conocer cómo terminaría la historia, descubrir aquellos elementos que no están en el libro y sí en la película no dejaron de influirme sobre mi visión de los personajes más justos que tiene (la abuela y el padre de Marjane). Su madurez y serenidad vitales, su convencimiento de la bondad de la lucha por las causas justas, su esfuerzo por dejar un mundo más ecuánime en las peores circuntancias… Perdonen ustedes tanta ñoñería, pues el cómic no lo es, pero la historia no me indignaba en realidad por la confianza extrema en los valores de la familia de Marjane, y porque pensaba que por grandes que fueran los contratiempos, no era posible que su pensamiento no sobreviviera y se reflejara en la propia Marjane. Parte de esa serenidad se rompía en la película (de idéntica estética, codirigida por Vincent Parannaud, también autor de cómics) con el uso obvio del sonido, la música y los diálogos… Parece muy obvio, una película tiene estas cosas a pesar de tener imágenes muy parecidas y una narración que se asemeja mucho a la de una novela gráfica. Sin embargo, Persépolis la película es más ligera y divertida que el cómic gracias a que los diálogos tienen mayor relevancia al ser escuchados con una voz que les inyecta drama, ironía, o sutileza (dado el caso). ¿Puede eso frivolizar el drama de fondo? ¿O resulta inevitable que suceda? Un efecto más extraño me sucede con el uso de las canciones que se mencionan en el cómic, que Marjane escucha, algo que inevitablemente debemos pensar que es un ‘recurso’ adecuado a usar en la película. Pero no es lo mismo que Marjane escuche Eye of the Tiger en el tranquilo silencio de la página que en un sistema dolby a volumen completo.
Punk is not ded, vía Juan Pablo Andrade
No sé si esta emoción se repite en otros lectores del cómic y espectadores de la película. Pero, francamente, esto me ha dado por pensar en las tecnologías que avanzan hoy tanto, y por si en un futuro será inevitable leer cosas como Persépolis en un ebook o un iPad que incorporen directamente la música que se menciona mediante una descarga, o un streaming. No sé si la opción me agrada.
Marjane Satrapi, vía thinkspire



31 de enero de 2010

Biskind & Biskind

Peter Biskind no tiene buena suerte con la traducción del título de sus libros al castellano. Si Easy Riders, Raging Bulls (How the Sex-Drugs-and-rock’n’roll Generation Saved Hollywood), su libro publicado en 1998, se tradujo como Moteros tranquilos, toros salvajes, su más reciente publicación, Down & Dirty Pictures (Miramax, Sundance and The Rise of the Independent Film) ha acabado siendo Sexo, mentiras y Hollywood. El primer título es desgraciado, y resultado de la traición de la traducción de los títulos de las películas al castellano. Easy Rider, el film de Dennis Hopper, se conoce como tal entre nosotros; sin embargo, Raging Bull, la biografía de Jake La Motta dirigida por Martin Scorsese con la que Robert De Niro ganara su segundo Oscar, se tradujo como Toro salvaje. Pero, claro, dejar la mitad del título de un libro en castellano y la otra en inglés… El segundo título es directamente equívoco: Sexo, mentiras y Hollywood es un guiño a uno de los primeros films independientes de los 90, la ópera prima de Steven Soderbergh Sexo, mentiras y cintas de vídeo, que pasó por manos de los dos principales protagonistas del libro (Robert Redford y Harvey Weinstein), pero ‘Hollywood’ es la partícula que precisamente sobra de toda la historia, porque es precisamente el cine principalmente norteamericano hecho fuera de Hollywood el objeto de estudio. Se ve que la vieja ciénaga sigue vendiendo más…
James Spacer y la masturbación, vía UGO

No cuenta mucho Internet sobre Peter Biskind, y casi todo lo que dice coincide con la solapa de sus libros. Que si editor de revistas de cine norteamericanas, que si periodista cinematográfico autor de libros polémicos… Sus libros se venden muy bien, pero no se trata de las biografías no autorizadas al uso –el mismo concepto de escandalosa biografía no autorizada me parece un camelo rosa-, sino de radiografías de la cultura cinematográfica norteamericana. Curiosamente, parece que tiene un regusto por las décadas impares del siglo XX, ya que además de los dos libros mencionados, que se centran en el cine de los setenta y noventa, Biskind es autor de Seeing is Believing: How Hollywood Taught Us to Stop Worrying and Love the Fifties, un título obviamente referencia de Stanley Kubrick que trata del cine norteamericano de los 50.
El empeño de historiar el cine con rigor y visión históricos es grande y difícil. Easy Riders, Raging Bulls lo consiguió bien, dando una visión amplia del cine norteamericano de los años setenta, encuadrándolo socialmente y sin olvidar las miserias cotidianas que a pesar de todo hicieron del libro un auténtico superventas, especialmente en el género. El libro, publicado veinte años después de la década que estudia, tiene la suficiente visión histórica para enmarcar aquellos años. Recordemos: una generación de jóvenes directores de cine recibió la confianza inesperada de los estudios de Hollywood, cuyo sistema clásico se había derrumbado económica y artísticamente durante los años sesenta. La mayoría de estos jóvenes tomaron varios postulados de la nouvelle vague y del freecinema, y se produjo una quiebra estética, narrativa, y dramática con el cine clásico –resumámoslo en una frase: todo se puede contar, todo se puede mostrar. Así, estos nuevos talentos (Spielberg, Coppola, Lucas, Friedkin, Polansky, Bogdanovich, y un larguísimo etcétera) y algunos veteranos que se sumaron al carro (Altman, Ashby, Pakula, Penn y otro etcétera de interés), vivieron una década loca, ganaron Oscars a cascoporro, hicieron que los estudios revivieran, y, desde la década de las crisis del petróleo, Nixon, Vietnam, dieron paso –o iniciaron en algún caso- al merchandising y al marketing desatados como ingrediente necesario de la distribución cinematográfica para lograr el éxito, cercenando precisamente los valores que les permitieron introducirse al obligar a rentabilizar la inversión de películas carísimas con una estrategia que limitaba a autores diferentes, y haciendo que la serie B se convirtiera desapareciendo como opción económica en favor de superproducciones que durante los reaganianos años 80 dominaron el panorama normalizando las divergencias estéticas hasta un punto vulgar en el cine norteamericano ‘de primer orden’.
El éxito de Easy Riders, Raging Bulls tenía razones: a la crónica exhaustiva y el buen análisis contextual, acompañados de sus dosis de chismes necesarios y anecdotario escandaloso de vidas al límite en época sin freno, se une la nostalgia de los setenta y el hecho de que para las nuevas generaciones, en efecto, el cine empieza en El Padrino, en 2001 Una odisea del espacio, o en Star Wars y Tiburón. Para Biskind, este éxito era una puerta a su nuevo libro. Sexo, mentiras y Hollywood es la crónica del nacimiento y venta del cine independiente norteamericano tal y como lo conocemos. En los años noventa el contexto es otro: se vive la democracia ecónomica y alegremente liberal de Clinton, el fenómeno grunge invade la música y las ONG proliferan por el mundo, y las nuevas tecnologías ya permiten hacer películas muy baratas, aunque aún no es posible intercambiarlas por P2P. Y la Web 2.0 no existe. Aún es necesario el boca a oreja, todavía no hay marketing viral, los móviles aún no son democráticos. En el cine sigue la crisis artística de los 80. Algunos nombres han nacido ya, no obstante. Ahí están Jarmusch, los Coen… Pero desde la película de Soderbergh, tanto el Instituto Sundance con su festival de cine como los estudios Miramax en la distribución y luego coproducción de películas, aprovecharon la aparición de cineastas con intereses artísticos que ni encajaban en el sistema de estudios ni querían hacerlo… y tuvieron éxito.
Cosas con las no que se atrevían en Hollywood, pero sí los Weinstein, vía bedbugbubble
Lamentablemente, Biskind no triunfa del mismo modo en este libro que en el anterior. La tentación clara es pensar que le ha faltado perspectiva, que su multitud de datos históricos es demasiado reciente (el libro se publicó en 2004) y que entre todos los árboles no ha sabido poner fronteras al bosque. Algo por otro lado comprensible en quien ha recolectado miles de testimonios de estrellas y directores en pleno éxito artístico; eliminar alguno (o más) de estos testimonios no ha de resultar fácil, también intentando seguir la visión comercial que debe tener el libro. El libro además es fundamentalmente la historia de Miramax, el estudio que Harvey y Bob Weinstein hicieron crecer de la nada, comprando pequeñas películas independientes y extranjeras, y distribuyéndolas con un marketing agresivo mientras obligaban a sus creadores a aceptar cambios comerciales en los montajes. Su pasión por las películas que ningún estudio hubiera querido producir o distribuir les avalaba. Su actitud arrogante cuando no directamente amenazante hacia los autores y su desastre de gestión a pesar de su visión de negocio les hizo figuras míticas, especialmente a Harvey, que si tuvo veleidades de director y productor a la usanza del Hollywood clásico, al final, en cierto modo, lo logró: los últimos años de la década son pródigos en ejemplos de su presión indecente para conseguir premios de la Academia con cuya posibilidad convencía a grandes estrellas para trabajar con salarios reducidos. Los Weinstein, cuando su negocio creció lo suficiente, se asociaron con Disney a la mitad de la década y comenzaron también a producir con una gran soporte económico. Bob Weinstein fundó y dirigió Dimension Films, dedicada a películas directamente comerciales que les hicieron ganar mucho dinero. Y diez años más tarde se vieron obligados a dejar completamente Miramax por diferencias con Disney, fundaron TWC (The Weinstein Company, que ahora mismo tiene varias películas en cartel), y Miramax acaba de anunciar su cierre. El libro cuenta prácticamente el día a día de la compañía desde que lanzaron Sexo, mentiras y cintas de vídeo en 1989 hasta 2002. Además de Soderbergh, consiguieron un sitio para Kevin Smith (Clerks, Dogma), Larry Clark (Kids), Darren Aronofsky (Pi), Quentin Tarantino (Reservoir Dogs y, por supuesto, Pulp Fiction), Alexander Payne (About Schmidt, Election), Billy Bob Thornton (El otro lado de la vida), Todd Haynes (Veneno, Velvet Goldmine)… Distribuyeron en los Estados Unidos a Neil Jordan, Danny Boyle, Almodóvar, Benigni… Cuando acabó la década, Chicago, El indomable Will Hunting, Gangs of New York o Shakespeare in Love, películas mucho más adocenadas, algunas con directores de encargo y todas dependientes de grandes estrellas, les subieron a la cima de los Oscar. Dimension por su lado produjo cosas como Scream o Scary Movie y ganó millones. Y el libro lo cuenta todo, casi sin descanso, hasta el agotamiento posiblemente innecesario. Los Weinstein tienen un perfil psicológico muy obvio desde un principio y ciertamente el libro ahonda en él de una manera que al final resulta cansadísima. Llena eso sí de una exhaustiva recolección de películas y de un innumerable anecdotario que aligera la función, pero…
Tarantino vendía sus películas como más gustaba a Harvey y Bob, via El País y France Presse
Hay sitio en el libro para otras productoras como October y también para la historia de Sundance, como instituto y como festival de cine independiente. El modelo del libro de nuevo se centra en la figura central del mismo, Robert Redford, que se negó a hablar con Peter Biskind para darle su visión de aquella década (los Weinstein sí que lo han hecho). Y de nuevo, el carácter incoherente, quijotesco dice la solapa del libro, de Redford, es claro desde un principio y prima toda la historia de su marca indie. Un hombre gustoso de poner dinero y dejar que el cine independiente crezca, se pueda producir y exhibir, que no quiere controlar nada del proceso, pero que respalda con ello sus negocios privados, que nombra y cesa de continuo al equipo, y que quiere saberlo todo pero sin hacer demasiado caso, en una actitud desquiciante como pocas.
Él, vía Fred Vidal
Al final, uno puede comparar las dos décadas de estos dos libros y los dos libros en sí, y verse sorprendido. En ambos casos, parece que el éxito individual de varios de los autores implicados acabó con su propia visión inicial del arte del cine. Y si en ambos casos existe la conjunción de talentos más o menos extraordinarios que en un momento concreto desarrollaron un modo de producción peculiar en la historia del cine, con obvias diferencias en los intereses estéticos y dramáticos, el éxito del ‘movimiento’ supuso en ambos casos su perdición. Tal vez sea ley de vida, que el éxito adocene, mate la creatividad, u obligue a adaptarse a una madurez no ya individual sino generacional en la que no apetecen ya demasiado las aventuras, y en la que, asombrados, se debe observar cómo crece una nueva colección de autores que hacen rodar la rueda una y otra vez.

El autor, vía Cencom










16 de enero de 2010

Jane Ambigüity

Al leer a Jane Austen hemos partido todos de una autora victoriana, más bien meapilas, beatona y tradicional, una aburrida rollera y romántica que asume el papel de la mujer a la sombra de un marido, que razonaba con justificación el sistema de dotes y rentas propio del antiguo régimen; que, en una palabra, perpetuaba el falocentrismo a mayor gloria de un hombre (el inglés) que ostentaba un imperio económico, político y sexual.

Al terminar con ella sin embargo hemos llegado a una precursora del feminismo en sus heroínas protagonistas, que con su formación humanitaria comprenden mejor que los hombre la condición humana y buscan con mayor ética y ternura una pasión verdadera en que vivir una vida con la que sentirse plenas. Son mujeres que asumiendo el mundo en que viven lo subvierten internamente y sin revoluciones, impidiendo la injusticia social y pautando un rechazo sutil del modelo masculino del poder absoluto ¿O tal vez, a la larga, fomentándolo a base de ‘sutilezas’?

¿Cómo ha sucedido esto, en cualquier caso?

No lo sé. Asumiendo que este cambio de punto de vista trasciende el interés puramente literario o artístico, entiendo que el feminismo, considerado también como fenómeno psicológico subconsciente que todos hemos interiorizado en nuestra época, ha cambiado de interpretación, o ha ampliado el punto de vista, comprendiendo más a mujeres de otra época (también a determinadas lecturas de la época actual), sin categorizarlas desde una perspectiva histórica actual y por ello injusta.
Mansfield Park es la cuarta novela que leo de Jane Austen, de las seis que escribió. Cada novela de Jane Austen leída, la última novela de Jane Austen que leo en cualquier caso, se convierte para mí siempre en su mejor libro. Quedan borrados los anteriores, incluso los personajes. Tras Mansfield Park ya no recuerdo a Mr. Darcy, o a Anne Elliot. Ahora todo es Fanny Price ingeniandóselas para rechazar las atenciones (y los dineros) del solícito Mr. Crawford, y obtener en cambio las de su querido primo y futuro clérigo Edmund Bertram mientras se esfuerza por adaptarse a la alta sociedad de la familia de sus primos una vez que estos la escogen para eludir el arroyo de su propia familia, debido a un ‘mal casamiento’ de su madre. Todo ello sin mencionar los consabido escarceos e intereses matrimoniales, inmobiliarios y económicos de la situación. Por lo que recuerdo, Fanny Price viene a ser el personaje austeniano más ‘puro’, el que pobre, sin educación y sin aspiraciones sigue siempre el dictado de un corazón limpio y una cabeza lúcida; temerosa siempre de personajes aparentemente más poderosos (en inteligencia, en posición, en dinero, en aptitudes sociales) que ella, las convicciones de Fanny rompen los muros que los tres personajes masculinos principales construyen a su alrededor. Todo ello sucede con la gloriosa sintaxis austeniana, llena de intenciones y aparentes dobles sentidos, y dentro de una estructura férrea, legible como folletín decimonónico en un santiamén.

¿Pero hay o no hay un feminismo austeniano? Esas convicciones de Fanny Price… ¿no son tal vez pensamientos reaccionarios por moralistas? ¿O son justas consideraciones al aplicar una categoría moral sin fisuras? Las relaciones en la época de Jane Austen eran sin duda retorcidas e injustas hacia la mujer, pero, mira por donde, este pensamiento aparente es especialmente contestado en Lady Susan, el relato epistolar que conseguí en colección un tanto infame de un diario de amplia tirada, y que abre esta entrada.

Lady Susan muestra que Jane Austen ha leído Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos. Es una novela epistolar con un personaje femenino central sorprendentemente (en Austen) casquivano y libertario. Susan Vernon es una viuda alegre que después de seducir al novio de su hija para impedir el matrimonio inminente –e inadecuado- de ésta, se ve obligada tras el múltiple escándalo a refugiarse en casa de su hermano. Susan no duda en usar sus encantos con los hombres, en describirlo y explicitarlo así en sus cartas a su amiga íntima, y Austen la entiende y la ve positivamente. Susan Vernon debe sobrevivir en un mundo de hombres, y en su situación, para asegurar su bienestar y el de su hija, Austen la bendice dándole una palabra sin censurar que además no es sojuzgada. La lástima de este relato es su sensación de haber pretendido ser una novela inacabada, en la que después de 70 páginas de cartas cruzadas aparece un último capítulo narrativo a modo de epílogo explicativo y frustrante. Austen suele introducir cartas en sus novelas, como es lógico dado que se trataba de un modo esencial de comunicación en su época, pero demuestra que el formato se le adapta bien a su maestría habitual. No sé, eso sí, si será un texto fácil de encontrar.

Una no muy alegre Jane Austen, via Abebooks



2 de enero de 2010

Diciembre de desconcierto

En diciembre, con la entrega de los Nobel, proliferan los artículos alrededor del dichoso premio; mayoritariamente hablan del premio actual, pero siempre hay mención a premios anteriores. Así, en menos de una semana, he leído a Fernando Savater decir que a veces el premio descubre alegrías que nunca hubiéramos conocido (Szymborska, que tiene libros nuevos publicados en castellano), a Iñaki Ezkerra que Herta Müller se hizo hipócritamente la sorprendida al recibirlo en 2009 ya que llevaba décadas trabajando las debidas relaciones públicas en Estocolmo como en su día lo hizo por ejemplo Camilo José Cela, y, finalmente, a Rosa Montero decir que no entendía para nada el premio al escritor francés J.M.G. Le Clézio, concedido en 2008.

Cuando se entrega un Nobel a un autor de una literatura que como lector me resulta desconocida, o a una figura de la que nunca había oído hablar, muestro precaución; no se trata de ir más allá de la desconfianza hacia los premios y todo eso, que en efecto es algo con lo que estoy de acuerdo, aunque también tenga su punto snob que puede impedirte descubrir buenas joyas. Se trata de escuchar las crónicas periodísticas y rechazar cosas como Elfriede Jelinek, por poner un caso. Pero… ¿y Le Clézio? Para mí era un autor desconocido de una literatura cercana, en la que podían seguramente haberse escogido otros autores más conocidos. Tal vez se tratara de uno de esos intrigantes que decía Ezkerra, aunque sin duda el criterio de alguien generalmente poco consistente como Montero no era un obstáculo para intentarlo. Le Clézio es un novelista de gran recorrido en Francia, con cierto éxito editorial, modestamente traducido al castellano, cuya biografía wikipédica resulta cuando menos apasionante por un lado, y responsable por otro de la etiqueta de exotismo peculiar que el autor tiene en Francia, y que él rechaza como ejemplo de eurocentrismo de la crítica literaria francesa.

Compré dos novelas recomendadas entre sus mejores obras: El pez dorado, La cuarentena.

Bueno, pues el desconcierto que insinuaba en el primer párrafo no se me ha pasado.


He leído hasta ahora sólo El pez dorado, que hace referencia a un pececillo ágil y bello que siempre consigue librarse a última hora de las situaciones comprometidas. Es la historia de Laila, una niña norteafricana raptada y llevada a vivir a la ciudad. A partir de ahí mil peripecias la llevan entre la familia que la ‘adopta’ (ejerce de nieta de una mujer mayor que la educa), las prostitutas de un burdel que la acogen cuando la abuela muere, su viaje como ilegal a París, y su vida allí en sótanos y pisos patera, con problemas con hombres y policías pero también con la ayuda de algunas mujeres, hasta llegar a los EE.UU., hacer inesperados pinitos en el mundo de la música, rechazar una vida mejor y volver a su país, en un final aún más utópico que tópico.

Sí, lo sé, suena fatal. Un argumento de folletín neoprogresista. Pero, como de costumbre, el estilo es el mensaje, si es que lo hay. El tono muestra cierto desafecto en una exposición aparentemente neutral de hechos, con descripciones realistas tipo nouveau roman, y en el que no hay juicio moral subrayado alguno, y la protagonista no es un dechado de valores. Suspendemos nuestra moral en su favor como protagonista que es, pero me temo que esto responde a un esquema mental del lector más que a una intención del autor.

La novela consume episodios con una rotundidad pasmosa, sin preocuparse más de sus personajes secundarios, y sin interés por la construcción que cierre con precisión las historias secundarias que giran alrededor de la tiránica trama central. La falta de una supuesta emoción sensible, que la descripción de los ambientes exóticos o de los hechos sórdidos sea idéntica a la de la vida en las grandes plazas y apartamentos del primer mundo, eliminan el tono best-seller. Pero, claro, el precio es la frialdad, el desapego tras la lectura, la extrañeza ante el uso de algunos tópicos (el final, la protagonista exótica, el rollete literario afrancesado, la aparición del talento en el lumpen), el desconcierto ante la falta de aparente denuncia: no hay juicio, hay hechos, hay sucesos. Y tal vez no sea frialdad, sino una sensibilidad desarrollada en un plano estético e intertextual, una novela pensada con la cabeza pero no escrita con las tripas, una emoción intelectual alrededor del drama de la modernidad de Occidente frente a la inmigración.

Dicho lo cual, es posible que me pase lo que a Rosa Montero, que no entienda bien por qué le han dado el premio. Pero tal vez eso sea un valor, y no lo contrario.



17 de diciembre de 2009

Fabulando


Dos libros dos leyó el joven Borge escritos por Italo Calvino, y le fascinaron. De ello hace muchos años, y, por razones que él mismo desconoce, abandonó al autor. Tal vez no encontró más libros. Tal vez no le interesó lo que veía, o simplemente fijó su mirada en otros árboles, ya no lo recuerda. El caso es que muchos años después (y sin encontrarse delante de ningún pelotón de fusilamiento sino fuera ya de las paredes en que se forjaba su juventud primera), descubrió en una librería de la capital otro libro del mismo autor. Pertenecía a su conocida trilogía fantástica, estaba editada (siempre con gusto) por la Siruela de Jacobo Fitz-James Stuart, y esa librería cinéfila en un lado (Ocho y Medio) y cuidadosamente romántica (El Gatopardo) en el otro, le tentaba como lugar donde el trabajo de, esta vez sí, un librero verdadero, merecía la pena dejarse los cuartos.

Aquellos dos libros eran El barón rampante (leído hace 22 años) y Los amores difíciles (hace 19). A pesar de los libros pasados y las historias olvidadas, es francamente difícil no recordar la anécdota que da lugar a la metáfora del primer libro, la historia del barón Cósimo que un buen día decide rebelarse contra su familia (y la sociedad y el mundo, ya que estamos) y pasar toda su vida sin bajar de los árboles. Atención a la horrible coda pedante que escribí en el volumen: ‘el orgullo de un hombre nunca debe suponer el final de su vida, aunque ésta se le haga insoportable sin él’. Semejante sermón sólo es disculpable porque me lo debí dirigir a mí mismo, que, por lo que recuerdo, debería haber estado por lo demás encantado con la historia del personaje francamente individualista que no quiere perder ni vida ni opiniones en la masa adocenada que ‘decide’ andar por la vida con los pies en la tierra. Debe ser cosa de la vida que el hombre modifique la memoria al gusto, claro está. En las novelas no pasa, suelen estar mejor construidas.


El vizconde demediado me ha devuelto dos décadas después, por tanto, al universo alegórico y fabulador de Italo Calvino. En las breves 92 páginas que forman la historia, Calvino cuenta la historia del vizconde Medardo de Terralba, que, batallando contra los turcos en Bohemia recibió un cañonazo que lo demedió, es decir, le partió por la mitad. Pero cada una de las mitades fue milagrosamente curada y ambas acabaron volviendo por separado a su tierra, que pasa a tener dos vizcondes Medardos en vez de uno. Una de las mitades es malvada y deja tras de sí un rastro de destrucción. La otra es tan decorosa que resulta indigesta. La obvia referencia al mito de Jekyll y Hyde tiene el valor añadido del tono fabulador y la ligereza de la ironía, no sólo sobre la condición humana, sino de algunos de los temas sociales que como buen (ex)comunista le preocupaban: la religión y sus conflictos representados por un grupo de hugonotes que habitan en la zona pero que ya no recuerdan por qué están separados del resto de cristianos, la solidaridad con los enfermos a partir de la leprosería cercana, o las condiciones en que vivían mujeres y niños desfavorecidos. Calvino logra una de estas cuadraturas del círculo que tan difícil resultan: hablar de temas serios usando el neorrealismo de manera ligera, sin ser necesario pensar en ellos para disfrutar ‘mecánicamente’ de la historia, y acentuando así su conocimiento del comportamiento humano.

Es un deber y una obligación procurar leer esta nivola, así como la más larga, ambiciosa y densa El barón rampante. De mientras, este blog se apunta como deber conseguir una copia de El caballero inexistente, para completar esta trilogía fantástica de Calvino, que, dicen las biografías, surgió de esa Italia que luchó contra el fascio, y se volvió gloriosa y artísticamente comunista (¿podríamos imaginar un país donde creadores como Fo, Passolini, Berlusconi, Calvino, Pavese… eran comunistas confesos?), y que tras arruinarse en la discusión moral imposible de un terrorismo loco acabó arrasada por el desencanto y la televisión (y la mafia, esa prima vieja).




19 de noviembre de 2009

¡Hija de Sodoma!

Para ser verdaderamente medieval no debiera tener uno cuerpo.
Para ser verdaderamente moderno no debiera tener uno alma.
Para ser verdaderamente griego no debiera tener uno ropa.


‘¡Qué maravilla!’, me dije al saber de una reedición aparentemente decente de las cartas de Oscar Wilde. Un libro que contiene unas 400 misivas de las 1400 que se conservan de él. ¿Y por qué estas expectativas? Porque es difícil leer algo nuevo de la pluma de Oscar, y porque tengo una visión romántica de las cartas. Pero antes de explicarme, un poco de dandismo:

Siempre he creído que un escritor puede dar lo mejor de sí en una carta, cuando conoce perfectamente al receptor de la misma y sabe lo que debe contarle de manera individual y específica. Sería una forma incluso más pura de literatura que la destinada a publicarse, pues no se preocupa por el efecto causado en personas anónimas, sino que conoce de manera personal los resortes del lector. Son las mejores condiciones, aunque no descarto que escritores de renombre ya cuiden sus cartas sabiendo que un día formaran parte de su obra publicada. Obviamente hoy no se escriben cartas; los nostálgicos siempre sospecharemos que el efecto de recibir noticias por carta es superior al del correo electrónico, pero esto no es sino un juicio trasnochado que acabará cuando termine la generación que no conoció los ordenadores desde niños.
Lord Alfred Douglas (‘sé que Jacinto, a quien Apolo amó hasta la locura, fuiste tú en días griegos’)

A finales del siglo XIX, sin embargo, no había otro modo para comunicarse a distancia que el papel y el servicio de correos. Así que la tradición epistolar, además del aura romántica que yo le veo desde este 2009, tenía también un sentido evidentemente práctico.

El volumen Oscar Wilde. Una vida en cartas está editado por el nieto de Oscar, Merlin Holland –quien conserva el apellido que adoptó su madre después del escándalo-, y es un volumen satisfactorio, autobiográfico y sorprendente.

Es satisfactorio porque cumple la expectativa de una literatura por momentos de altísimo nivel, coherente con su autor y su adscripción al movimiento literario esteticista y sus toques de decadentismo del fin de siglo, del que Oscar acabó siendo culmen y epítome trágico. Incluye además las suficientes reflexiones sobre su obra y su vida como para descubrir la bondad de carácter y las motivaciones de sus actos, además de su fascinación por la belleza y la actitud artística.

Es autobiográfico porque nadie como Oscar unió vida y obra, hasta el punto de que su helenismo acabó en la tragedia anunciada que ni siquiera quiso evitar cuando pudo. No tuvo oportunidad por motivos obvios de escribir una autobiografía, de modo que sus cartas son el documento que reflejan de viva letra prácticamente toda su vida, excepto por los huecos dejados por aquellos que las destruyeron en tiempos en que Oscar Wilde era veneno. No hay otro modo de saber cómo fue la cárcel para Oscar, o porque no podía dejar de ver a Lord Alfred Douglas, Bosie, su amante-perdición-mantis, nombre tan indisociable del de Wilde que incluso su nieto opta por una fotografía de ambos en la portada de esta recopilación.
Lord Alfred Douglas (‘Le dejé hacer lo que le pareció. Estaba ciego, era incapaz de juicio. Di un paso fatal. Y ahora… aquí estoy en un banco de mi celda en prisión. En toda tragedia hay un elemento grotesco. Él es el elemento grotesco de la mía (…) Si estas paredes tuvieran eco, se oiría en ellas gritar ‘Idiota’ eternamente’)

Es finalmente, sorprendente, porque las cartas de Wilde revelan que los modos y costumbres cambian, pero que las pasiones y necesidades se revelan siguiendo formatos similares. Oscar escribe a varios interlocutores jóvenes pequeñas cartas aduladoras de su belleza e intelecto y solicita grácil y elegante que le envíen una foto a cambio de la que él ofrece. Vale que no es exactamente Gaydar, pero parece imposible no ver el paralelismo. O bien reflejan un sentido del humor moderno, adulador de la superficialidad de las clases superiores a las que necesitaba pero cuyos modos tradicionales negaba con su vida –y así le fue-, que aúna a la vez vanidad e ironía autocrítica. O, cambiando de tercio, negociaba toda cuestión económica que tuviera que ver con lo que hoy llamaríamos propiedad intelectual y que en aquellos años se basaba en vender sus piezas de literatura o de teatro para conseguir sus ingresos adecuadamente, actividad en la que Oscar fue también brillante y que ni siquiera dejó en sus tiempos en la cárcel o en los años que malvivió al salir de prisión.

Robbie Ross, su supuesto primer amante, estuvo junto a Oscar al morir, y fue su albacea literario

¿Qué puedo añadir? Que la carta que Oscar Wilde escribió al Ministro del Interior desde la cárcel de Reading intentando una mejora de sus condiciones de reclusión es uno de los textos más emotivos que recuerdo, y que me dejó al borde de las lágrimas. Todo el poderío de un escritor sobresaliente puesto al servicio de explicar su situación, manejando la inculpación y la conmiseración de manera magistrales, mostrando arrepentimiento y solicitando piedad con un realismo lírico inigualable.

Wilde es siempre bello, en general muy divertido, en ocasiones sublime, y un gran observador social. No hay obra de él que no me haya convencido. Siempre pueden descifrar su increíble y apasionante vida y obra de la mano de un analista de estetas y modernos tan competente como Luis Antonio de Villena en su breve ensayo Wilde total, que además tiene una estructura a lo Rayuela y contiene los aforismos publicados por Oscar en vida. Lo último que he leído de Wilde, que no conocía aún, es Salomé, en una bellísima edición de Círculo de Lectores, traducida por Pere Gimferrer e inquietantemente ilustrada por Gino Rubert (¿no les recuerda el estilo gráfico? Es lógico, este señor es el autor de las portadas para Lisbeth Salander). La única de sus obras teatrales que fue tragedia definitiva, que escribió en francés, que no pudo ser estrenada en Londres por tener personajes bíblicos como protagonistas, y con varios de cuyos inquietantes versos dejo esta entrada de hoy.
Salomé
No me gustan tus cabellos. Es tu boca la causa de
Mi amor, Iokanaán. Tu boca es como
Una cinta escarlata sobre una torre de marfil.
Como una granada cortada por un cuchillo
De marfil. Las granadas que florecen en los
Jardines de Tiro y son más rojas que las rosas
No son tan rojas como tu boca. El rojo griterío
De las trompetas que anuncian la llegada
De los reyes y amedrentan al enemigo
No es tan rojo como tu boca. Tu boca es
Más roja que los pies de los que
Pisan el vino en los lagares. Es más roja
Que los pies de las palomas que habitan
En los templos y son alimentadas por
los sacerdotes. Es más roja que los pies
del hombre que viene de un bosque donde
ha dado muerte a un león y ha visto tigres dorados.
Tu boca es como una rama de coral
Que han hallado unos pescadores
En el crepúsculo marítimo y que reservan
Para los reyes. Tu boca es como el bermellón
Que los moabitas encuentran en
Las minas de Moab y que les es arrebatado
Por los reyes. Tu boca es como
El arco del rey de los persas, pintado
De bermellón y con cuernos de coral.
Nada en el mundo es tan rojo como tu boca…
Déjame besar tu boca.

Iokanáan
¡Jamás! ¡Hija de Babilonia! ¡Hija de Sodoma! ¡Jamás!

Salomé
Besaré tu boca, Iokanaán. Besaré tu boca.


7 de noviembre de 2009

La monja y el hombre

Quizá cada generación crea que ha llegado a un momento decisivo de la historia, pero nuestros problemas parecen particularmente intratables, y nuestro futuro cada vez más incierto.
Tengo un gran recuerdo de la asignatura de Religión que recibí en el curso de tercero de BUP. Contra todo pronóstico, en lugar de la enésima revisión del catecismo y los clásicos misterios católicos que llevaba estudiando sin renovación desde la infancia (y que dado mi militante agnosticismo adolescente me resultaban puro humo), me encontré con un curso sobre historia de la religión, humanismo cristiano y filosofía moral, en el que interpretábamos textos de Bergson o Teilhard de Chardin, o veíamos el sentido social del cristianismo.

Si ahora retomara mis apuntes de aquel curso seguramente no los entendería, y me parecerían obra de un marciano, apasionado eso sí. Aquel curso de Religión no me devolvió al redil de la Iglesia –que fue fácil dejar completamente al dejar a fin de aquel año escolar el colegio católico en que me eduqué-, pero además de enseñarme que alrededor del cristianismo no todo tenía el negro color que mi juventud le daba, me hizo curioso en el tema, algo que además se aliñaba con los incipientes cursos de filosofía, que todo el mundo veía como inútiles. A mí me dejaron cierto sello, aunque con el tiempo, los estudios, y la dedicación a las ciencias me convirtieron en un aficionado que a veces se da el pego de leer algo de filosofía clásica y siente que, en alguna neurona arriconada, algo crepita.

Y entre estas lecturas, de repente, aparece este libro, La gran transformación, de Karen Armstrong, con portada pelín esotérica. La misma autora requiere parar un poquito, aunque para biografías ya saben ustedes que tienen la wikipedia: ¿un libro escrito por una ex monja? ¿Cuándo he leído algo escrito por una monja, no digamos ya una ex de Dios? Sólo se me ocurren Teresa de Ávila ó Helen Prejean, pero ninguna dejó –o ha dejado- los hábitos a pesar de su activismo. Karen Armstrong se salió de monja, dio clases de literatura y se puso a escribir libros reconocidísimos sobre las tradiciones religiosas, con una visión alejada del centralismo occidental, y con loas agradecidas por parte de las diferentes religiones estudiadas.

La gran transformación es un libro excelente en el que Armstrong estudia con tino el paralelismo en el nacimiento entre hace 2200 y 2900 años de cuatro tradiciones filosógico-religiosas de la antigüedad, centrándose en lo que da en llamar la ‘era axial’, el período en que sabios procedentes de lugares muy diferentes dieron en desarrollar edificios morales de comportamiento ético a partir de distintos puntos de partida. Un comportamiento resumible en una ‘regla de oro’ formulada como ‘no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti’ (y variaciones), válida para construir una vida, pero también un imperio. Resumiendo, estudia las tradiciones religiosas buscando los puntos de unión basados especialmente en la compasión, en lugar de las divisiones generadas por una militancia impuesta por quienes siguieron y sacaron beneficio de aquellos sabios.

Las cuatro tradiciones son la israelí, la griega, la hindú y la china. De un modo u otro, cada zona dio lugar a personalidades sensibles a la maldad, ignorancia y crueldad que observaban a su alrededor, y decidieron responder éticamente. Usaron métodos distintos, bien una meditación que permitiera aprehender el verdadero ego, bien una entrega que buscara la comprensión del contrario, bien una introspección racional que llevara al conocimiento. Y con ello también desarrollaron diferentes teologías, gnoseologías, y formas de experimentar a Dios, que bien podía ser experiencia mística resultado de una vida de sacrificio y devoción, un ser que proclamara su dominio sobre un pueblo y su propia perfección, o un ente utilizado políticamente para mantener la unión de la polis.

La comparación es apasionante: resume con precisión las tareas de Sócrates, Platón, Confucio, Las Tse, el Buda, Jeremías y muchos otros, y, cronológicamente, encuentra los fascinantes espejos en el pensamiento de los sabios así como las diferencias culturales, políticas, sociales y económicas que los separaban. Todo ello ha creado las condiciones de progreso y vida que hoy conocemos y que intuimos en esa noche de los tiempos en que nació cada tradición, por lo que el valor del libro es mayor. Lo encumbra una prosa limpia, matemática en la exactitud racional del discurso comprensible pero sin simplificaciones, que unifica los estilos culturales de los diferentes sabios en una belleza textual interna propia, en un libro final atractivo y muy disfrutable, sí, aunque no se tenga por costumbre leer sobre filosofía o religión.

Absolutamente desbordado por el enorme conocimiento adquirido gracias a la lucidez que la autora muestra y reclama, me da pena saber que olvidaré pronto (esta cabeza no piensa ni recuerda igual de bien que hace años), y me pregunto qué efecto tendría La gran transformación como libro de texto, tanto ahora como en la época en que estudié. Y pienso que, como en todo libro brillante que analice un conflicto complejo, el secreto está en el estilo: poéticamente neutro, pero fascinado por la pasión de los hombres de que habla, el análisis de Armstrong contribuye a dejar un mundo mejor, y a hacer que sus lectores no sólo se diviertan sino que sean conocedores de por qué muchos lucharon por ser mejores personas.

Si no se convencen del todo, pero por otro lado tienen ganas de leer más después de este tochazo y ver si este es uno de mis desparrames habituales, en este blog pueden leer la introducción del libro escrita por su misma autora. No les garantizo que no se enganchen…