23 de septiembre de 2009

¿Metacómic?

A mí la cosa ésta del cómic actualmente me desborda. Me resulta imposible escoger qué leer. Hay un exceso de oferta, mucha en géneros que a priori no me gustan: el manga o los superhéroes serían los mejores ejemplos. O que empiezo a considerar pesados: la ya cansina autobiografía catárquica, que sin pensar mucho incluye títulos como ¿Por qué he matado a Pierre? –Alfred & Olivier Ka-, Mis circunstancias –Lewis Trondheim-, Fun Home –Alison Bechdel-, Stuck Rubber Baby –Howard Cruse-, Shenzhen –Guy Delisle-, etc… Muchos de los cuales me encantan, pero ya empieza a abrumarme…

Siempre me parece que en cine o literatura me defiendo mejor. Pero, en fin, hay miles de informantes de cómics en la red, si bien el cómic es un medio dado a los fans de adhesiones sin fin, y hay que saber mirar. O pedir a quien sabe qué te gusta. Este es mi caso, en el que cuento con tres gurús que me hacen, cuando llega el caso, recomendaciones personales (gracias todas a Absence, Malarrama, y Malapeor). Ya no recuerdo quién fue de los tres el que me llevó hasta El bulevar de los sueños rotos, obra de Kim Deitch (con la colaboración de su hermano Simon y publicada gracias a las artes de Art Spiegelman, si bien desconozco la participación real de cada cual en que el libro tal y como es llegue a nuestras manos). No crean, algunas de estas recomendaciones no las sigo, simplemente las ojeo y me doy cuenta de que no me encajan. Y comprar cómics tontamente –ya que verlos en la web me parece un sinsentido- es un ejercicio caro: son buenas ediciones y volúmenes bellos, pero de lectura demasiado rápida. Y el libro de Deitch… Digamos que la estética underground y la presencia de un gato parlante me llevaban rápido a la obra de Robert Crumb, que me suele desagradar –perdón por la generalización sin más explicaciones- por su excesivo feísmo. Y, no obstante…

El bulevar de los sueños rotos cuenta la historia de un estudio de animación en el que trabaja el brillante animador Ted Mishkin, hermano de uno de los directivos de la casa, a su vez amante de la ilustradora a quien Ted ama platónicamente. Ted tiene visiones que canaliza en su obra. ¿Y qué ve? Un gato, de nombre Waldo, que le hace funciones de conciencia y de diablo. Waldo es en realidad el verdadero protagonista de la historia, una ensoñación paranoica encarnación de los deseos y de la locura creativa, en un delirio mental a medias entre la lucidez y la neurosis, que acaba siendo protagonista mediante un psicodrama creativo de los mejores cartoons de la productora.

Waldo y el protagonista
La historia de la animación como arte incluye un homenaje a sus inicios que para Deitch y hermanos debe ser emocionante por ser hijos de un pionero, Gene Deitch, pero da una vuelta de tuerca al mito de la misma. La animalización de caracteres es pesadillesca y resulta desagradable, la ‘disneyización’ del cartoon no es precisamente un hecho de criterios estéticos, y los personajes sufren también la caza de brujas. Y todo ello sobre el paralelismo continuo entre creación y locura, en que los mejores momentos suceden y las mejores obras se crean en un manicomio, y en que se incide en la incapacidad de un artista verdadero para tener una vida digamos saludable.

En efecto, la estética es la del comic feísta y abigarrado del underground; cada viñeta está llena de elementos, de la obra narrada en sí, de la obra que crean Mishkin y sus colegas, de los elementos del circo y la atracción de feria que rodean a Waldo como ensoñación surreal y a los inicios de la animación. El blanco y negro es una opción moral, que huye del color blandurrio sólo sospechable en el personaje que desea introducir los modos Disney en la productora.

Ante todo este carrusel, debo reconocer que me he acordado de Charlie Kaufman… ¿Se reflexiona el cómic a sí mismo? ¿Se retrata como arte como hacen o intentan hacer desde hace años los autores literarios o cinematográficos? ¿No está más acusado de falta de madurez por haber sido despreciado como medio/arte más (falsamente) infantil durante décadas? Ya sé que esto es cómic y lo que retrata es animación, no exactamente lo mismo, y que el cine como experiencia de masas da para otros discursos, y que... Bueno, que los artistas se retratan es claro, todas esas autobiografías lo demuestran. Uno puede ver rastros de dibujantes o animadores formando parte de la trama en ese Guy Delisle que va a Pyongyang a trabajar en lo suyo, o en Art Spiegelman dibujando sobre la montaña de cadáveres de Auschwitz que le dan éxito, dinero y un Pulitzer. Hasta en Harvey Pekar curándose un cáncer dibujándolo a diario. Pero la implicación emocional con el acto creativo no es tan compleja como aquí. Y por supuesto el cómic puede ser de profundidad superior a los otros artes, y no hay mejor ejemplo que Alan Moore para ello (que, a fin de cuentas, hizo algo con el final de Watchmen que tiene que ver con esto). Pero el de Kim Deitch es un retrato Kaufmaniano sobre la creación, que no veo tan frecuentemente trasladado al comic, o bien me faltan lecturas y formación para ello. Como si todavía no hubieran llegado el Fellini o el Joyce de este arte. En fin, interpelaré a mis gurús. Con un poco de suerte, puede que descubra más joyitas.
Waldo y el autor (vía The Daily Cross Hatch)


10 de septiembre de 2009

Miradas insumisas

Si algún éxito puede tener esta entrada es que consiga convencer a los cinéfilos heterosexuales de que le echen un ojo a este libro: Vale, ya han cerrado esta entrada más de la mitad de las visitas... ¿Por qué sería un éxito? Porque este libro, sobre todo, habla de cómo vemos el cine. De cómo lo entendemos, de cómo nos apropiamos de sus imágenes, de cómo el público mira una pantalla y da el sentido final a las películas que un director y su equipo hacen, y de cómo sucede esto según sus condicionantes biográficos y culturales. Eso, para un cinéfilo, un aficionado a la narración visual y al sentido de las imágenes, debiera ser de interés.
Pero, claro, el tema que interesa a Alberto Mira (un apellido que ni pintado) es el del subtítulo del libro ‘Gays y lesbianas en el cine’, y el libro incluye una muy documentada, prolija, y francamente interesante historia de la homosexualidad en el cine; entendida esta homosexualidad como explícita, implícita, oculta, armarizada, objeto de voyeurismo o de placer, inserta en la mirada del espectador, basada en una autoría gay de directores, guionistas, atrezzistas o coreógrafos, que fuera obvia o llena de simbolismos subculturales…
El caso es que esta historia que ocupa la segunda parte del libro es obviamente indisociable de la propia historia del cine, y de la representación de los tabúes sociales en el mismo. Es inseparable del carácter industrial del cine estadounidense, y del arte y ensayo europeos, como lo es del asociacinismo por la acción política tradicional de los EE.UU. frente a la privacidad intelectual como actitud de Europa. Me pregunto si Alberto Mira consideraba al escribir lo normalizador del enfoque en sí, aquel que toma hitos cinematográficos e históricos y ve su influencia en el cine de cada época: el código Hays, el fin del sistema de grandes estudios, la nouvelle vague y el movimiento de Derechos Civiles, Stonewall y la muerte de Judy Garland, o el conservadurismo reaccionario de los ochenta y la aparición del SIDA.
No obstante, a pesar de la contundencia de esta historia en la que no falta nada relevante de los cines norteamericano y europeo, creo que lo más disfrutable y adecuado del libro sucede en la primera parte, que Mira dedica a describir la mirada insumisa, la que permite ver, reconocer y apropiarse de códigos, la que luego permite ‘entender’ por qué el musical, o Disney, o los melodramas de Sara Montiel, o Top Gun, pueden mirarse como algo más de lo que parecen.
Reivindicar la libertad de mirar e interpretar no es cosa tonta. Mira ha escrito su ensayo-río escuchando en un blog a todos los que querían dejarle su opinión, y ha constatado las diferencias en la mirada de los homosxuales que han participado. Ha estudiado la evolución (escasa) de la crítica oficial, y la del activismo gay (poco cinéfila) hacia lo que llama la ‘mirada queer’, menos militante y más reivindicativa de opciones más abiertas y positivas. Ha mirado todo y ha intentado comprender con moderación que no hay mirada que no deba escucharse o intentar explicar, huyendo de la confrontación dialéctica tan del gusto de todocinéfilo.
En resumen, todo un gusto (y un apetito) en el que está casi todo lo que es (hasta 2005), que gana frente a los abundantes estudios americanos por el completo análisis del cine español, y que se convierte en fuente bibliográfica fundamental (por lo comentada con criterio) en la búsqueda de cine desconocido que, horror, me queda por ver en grandes cantidades.
Pero, por supuesto, la mirada insumisa que ejerce el autor es en este caso homosexual, homosocial, homoerótica. Por tradición e historia, es una mirada no permitida, que se activaba según la posibilidad y los códigos que había en cada momento. El reto se cifre en que habiendo estado obligado el homo a mirar como hetero, ¿puede suceder al revés? Yo conozco casos gloriosos, aunque no sean frecuentes. De ahí el reto planteado al principio: ¿algún hetero cinéfilo en la sala? Digánmelo, ¡hagan feliz al autor!








2 de septiembre de 2009

En la boca del lobo

¡Qué libro apasionante este! Crónicas desde Berlín (1930-1936) es el conjunto de crónicas que durante esos años envió desde Berlín para su publicación en el diario madrileño ‘Ahora’ el periodista catalán Eugenio Xammar.
Xammar fue coetáneo, amigo y colega de varios hombres de oro del periodismo español de los treinta: Chaves Nogales (su editor en ‘Ahora’ y que ha sido recientemente reeditado en España), Pla (con quien compartía algo que podemos llamar ‘catalanismo’), Maeztu, Camba, etc… Hombres de prosa abundante y fluída, de una lectura sencilla, directa y denotativa. Algo que Xammar, figura reverenciada por varios de ellos, y que cayó en el olvido como varios de sus colegas por no adscribirse con devación y sin análisis a ninguno de los bandos de la Guerra Civil, cumple con creces.

El conjunto de reseñas o columnas periodísticas no es género que precisamente me haya apasionado cuando lo he podido hojear. Incluso me parece aconsejable huir de los libros que usando este modelo publican Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte, recopilando sus tantas veces falsarias e histriónicas columnas de suplemento dominical. Pero en este libro de Eugenio Xammar se conjuran varios hechos que hacen de su lectura una experiencia apabullante:

- Xammar está en y escribe desde la verdadera boca del lobo de la Historia del siglo XX. Y lo hace sin saber lo que viene después, sin tener la representación del nazismo y sus consecuencias en la cabeza. Mediante crónicas objetivas, Xammar asiste a la desintegración progresiva de un régimen democrático por una dictadura ascendida electoralmente al poder, y cuya ideología nacionalista racial y expansiva va infiltrando sin pausa el fantasma de la guerra en Europa

- las crónicas son un modelo de prosa objetiva sin artificio ni aparatosidad, a pesar del control sobre la prensa extranjera que ejerce el régimen, y de que Xammar entiende bien los mecanismos de censura del sistema. No por ello se deja la ironía en el camino, sutil y acertada, ni un estilo que en verdad traiciona los objetivos que él mismo da a su profesión: la ‘descripción de los hechos’ que aparentemente explicita. Más que un estilo descriptivo o neutral, se trata de dar el mensaje verdadero entre las líneas que reflejan calma y reflexión, frente a la grandilocuencia exaltada nazi (o la marxista, que también comparece)

- Xammar escribe para España, para la España de la República que tenía fresca la experiencia de la absurda dictadura de Miguel Primo de Rivera. Sus crónicas terminan obviamente en julio de 1936, unos días antes del golpe franquista. Pero la ironía de analizar Alemania como dictadura desde la perspectiva ‘demócrata liberal’ de España es una impresión fuerte de la Historia para el lector.

- las abstrusas maniobras políticas para acaparar el poder internamente en Alemania (noche de los cuchillos largos, legislación contra judíos, eugenesia, incendio del Reichstag, control de prensa, anulación ‘legalista’ de la Constitución de Weimar, y la constante labor del Ministerio de Propaganda reforzando los anunciados y esperados discursos del Führer) se alternan con la entrada brutal de la Alemania de entreguerras en la política internacional (abandono de la Sociedad de Naciones, denuncia del Pacto de Locarno y petición de igualdad de los derechos militares decididos en Versalles, para acabara en la primavera del 36 con la militarización de Renania, dando lugar a un relato histórico arrollador, del que sólo se pueden esperar más páginas, lamentando que éstas tuvieran que acabar en 1936, cuando desde el futuro sabemos que empezaba lo más crudo del invierno. Xammar era el hombre adecuado en el momento justo, pero la Historia (en general, y el franquismo en particular) nos escamoteó que pudiera seguir siéndolo, y que nos contara la mayor de las guerras desde su epicentro.



15 de agosto de 2009

El profesor en la trinchera

¡¡No es justo!!

Supongo que por egoísmo, o por saber que no voy a ser padre, o porque, otros temas, simplemente, me han gustado más o parecido más interesantes, nunca he puesto demasiado interés en las cuestiones educativas. Aunque como ciudadano sea consciente de las situaciones que pasan profesores, alumnos y padres dentro de nuestra sociedad cambiante a la que los gobiernos han regalado también muy cambiantes leyes educativas.

¿Por qué me duelen los ojos?

Sin embargo, el hecho de que un amigo muy querido sea profesor de adolescentes en un centro escolar en un entorno algo difícil me ha llevado a conocer algunas situaciones tan estrambóticas (alumnos que utilizan Fotolog para acosar a otros alumnos, alumnos que insultan a sus profesores por Facebook, hijos de traficantes que hacen trapicheos en la escuela, amenazas públicas de palizas que hacen intervenir a la Ertzaintza, etc…) que cuando supe de la publicación de este libro de título tan denotativo como aparentemente real, no pude sino agenciármelo.

Un gran poder supone una gran responsabilidad

El profesor en la trinchera, obra de José Sánchez Tortosa, utiliza buscadamente referentes de la cultura audiovisual actual para exponer sus tesis y describir la situación en la aulas. Es decir, referentes que entenderían los que son el objeto central de la situación, los alumnos: Matrix, Los Simpson, Spiderman… Claro que el autor es profesor de Filosofía y muestra los clásicos de donde proceden estas obras y su aplicación en la educación, con preferencia por la caverna platónica y su cariz gnoseológico: el aprendizaje es recuerdo y el alumno es un esclavo que sólo ve sombras del mundo real y al que hay que liberar porque para él es más fácil seguir siendo un esclavo tranquilo y hacer caso de su naturaleza más primaria (ver sombras, o comportarse como un energúmeno, si se prefiere). Vencer esa resistencia es lo que convierte a la educación en una ‘guerra’.

Multiplícate por cero

El libro describe cómo anda esta ‘guerra’ en la actualidad: muy malamente, porque los alumnos tienen acorralados a los profesores y secuestrado el juicio de los padres, sin que las autoridades educativas sean capaces de romper este cerco (e incluso a veces parece que lo alimenten). Una situación que posiblemente es dada al derrotismo, y que el autor presenta con todas sus dificultades y fracasos, no por ello perdiendo ni el humor ni la lucidez ante las complejidades que un proceso como la educación objetivamente supone.

Aunque el libro no tiene un destinatario único claro, parece improbable que los alumnos puedan serlo. A los profesores posiblemente les guste el enfoque, pues seguramente les retroalimente su visión propia tratada con justicia exquisita. Para los padres, no obstante, debiera ser un libro muy útil. Para los legos en la materia como yo… he disfrutado con la aplicación sencilla de modelos filosóficas a una situación social directa, y con el hecho de haber sido capaz de ‘recordar’ (aprender, claro) los viejos mitos platónicos. Que los mitos modernos desciendan de ellos no es sorpresa, y que un filósofo utilice su saber en empresa literaria práctica y educativa no es novedad. Pero no por ello esta obra pierde interés o su ejecución es banal.

12 de agosto de 2009

Placeres de lenguaje nuevo

He leído Drown (traducido al castellano como Los Boys) después de admirar el gran éxito que ha sido La maravillosa vida breve de Oscar Wao, ambos libros obra de Junot Díaz; Drown es un libro de relatos que adelanta varios de los espacios que conforman Wao, novela que se publicara diez años después que Drown.

Wao es una saga familiar que sucede entre Nueva Jersey y la República Dominicana. Cuenta cómo la desgracia (el fukú, una maldición omnívora que destroza a la República Dominicana, a sus habitantes y a sus descendientes) se ceba con una familia. Wao novela es una gloria en muchos aspectos, que apetece analizar:
Lengua
Aunque me informan de que su traducción es admirable, me parece que en verdad esta novela traducida tiene que ser otra obra. Lo más destacado de Wao es posiblemente que por muchos premios de la literatura norteamericana que reciba, no es un texto escrito en inglés, sino en un spanglish desatado. O al menos me resulta desatado porque la mezcla de lenguajes adquiere un humor e ironías imagino que poco alcanzables para quien no domine los dos idiomas de partida. En cierto modo, esta nueva realidad es inquietante, porque me hace preguntarme si acaso este nuevo idioma está abocado a producirnos risas de reconocimiento en la mixtura cultural, o si es una impresión por la potencia casi pionera de Wao. Casi parece difícil imaginar una obra distinta escrita en esta misma lengua.

Ambiente
Wao se desarrolla en los dos espacios vitales del autor, la República Dominicana y los Estados Unidos, más concretamente Nueva Jersey, donde la familia emigró huyendo de la maldición. Junot Díaz juega admirablemente con los tópicos dominicanos (sus machos seductores, la nigromancia/santería y las maldiciones eternas, o los crímenes de la mafia trujillista –Rafael Leónidas Trujillo acaso sea el patriarca sudamericano que por carácter, por lo surreal de su familia y por la acumulación de barbaridades y derechos de pernada variopintos, más literatura ha inspirado-). Díaz dibuja los avatares de sus personajes en una sociedad llevada por el fatalismo a una infancia eterna y controlada. Pero, es importante decirlo, esto no tiene tono de drama, sino de comedia negra que roza el costumbrismo y a veces el realismo mágico. Más cerca de Fellini que de Coetzee, para entendernos.

Personaje
A ese humor contribuye al diseño de su magnífico protagonista, Oscar Wao. Este ilustre pagafantas, este incalificable friqui devorador de cómics y futuro Tolkien caribeño en potencia, que no se jama un rosco en una sociedad donde se es macho o no se es, invade de ternura patética y de valor inmenso las páginas de la novela. Él permite el uso de referentes de la subcultura pop en la narración, en un aparente desenfado que va más allá del homenaje, agilizando el acercamiento al personaje (y el intento de éste de acercarse a la realidad) por parte también de un público que ya acepta estas referencias en este formato, ya que conoce tanto a Lee o Kirby como a Proust y Vargas Llosa, fácilmente confundibles en esta novela que es fronteriza también entre las vanidosamente autoproclamadas culturas alta y underground.
Drown / Los Boys no deja de ser un anticipo sabroso. Es un libro de relatos ambientados bien en la República Dominicana, bien en Nueva Jersey, y que en cada parte tienen cierta hilazón. En la República Dominicana seguimos diferentes vicisitudes de dos hermanos (uno de ellos se llama Yunior, como el narrador de Wao), cuyo padre ausente está en Nueva Jersey. Sin embargo, en los relatos ambientados en Estados Unidos el protagonista parece ser un camello postadolescente (¿el mismo Yunior?) en un entorno yanqui degradado. El relato final (el más logrado para mi gusto) se reserva para el padre de ambos hermanos, que se marchó al norte para trabajar y hacer dinero y llevarse a la familia de la isla y que acabo siendo bígamo. Aunque en la lectura me pesó mucho la sombra de Wao (demasiado inmensa como para colmar expectaivas), se adivina una mayor ternura en el retrato infantil, no desprovista de las crueldades de los niños pero sin el determinismo de una maldición oscura sobre ellos y su futuro. Los episodios adultos encierran alguna joya muy divertida (con posible homenaje a Cortázar), pero también una poética del desencanto tomado con la filosofía del fracasado.


24 de julio de 2009

Manual de literatura para caníbales




La trama de este libro de título estupendo es metafórica: una familia, los Belinchón, se convierten en saga de escritores frustrados durante doscientos años. Desde el primer movimiento literario que se autorreconoce como tal, el romanticismo, los Belinchón colocan siempre ‘en la vanguardia de las letras’ a un miembro de la familia, invariablemente un mindundi de ínfulas literarias que siempre se encuentra retrasado respecto a las nuevas tendencias artísticas, y siempre está, diletante y procrastrinador, a la espera de escribir la obra maestra definitiva en un estilo ya pasado de moda. Por supuesto, cada Belinchón acaba codeándose con las grandes figuras de la literatura hispánica: Espronceda, Galdós, Darío, Valle, Lorca, García Márquez, etc…


¿He entendido bien el propósito del autor con este libro? ¿Ha querido acercarnos (dígase sin pomposidad alguna) a la historia de la literatura reciente en español, o más bien quiere hacer un ajuste de cuentas? ¿Es sólo un divertimento profesional, un intento de significarse ante los ilustres con un aldabonazo, o un clásico continuar del lado canalla (envidioso, a veces rastrero) de los literatos españoles hacia sus congéneres?

¿No lo será todo?

Del humor escrito de Reig me disgusta parte del tono, que por momentos resulta desagradablemente cercana a lo que yo entiendo como ‘humor ABC’. Esa corriente que puede ir desde el ilustre Camba al actual Mingote pasando por ramas podridamente Ussía. Esas frases y expresiones que recuerdan con poca elegancia que, aunque hable de Belinchones de hace siglo y medio, el autor escribe desde un hoy cañí parecen mecanos burdos, casi indignos, de acercarse al lector.

Pero el caso es que con las páginas se adquiere familiaridad.


Y entonces, casi como el propio Reig, me pregunto si el lector no se convierte necesariamente en lo que acabo de comentar (¿acaso no he llamado podrido a alguien?) Miserias de escritores, cotilleos de famosos, una cierta excusa culta con referencias a personajes más nombrados que leídos, parecen sucederse en busca de carnaza de las letras para los lectores caníbales, futuros autores que se comerán a los actuales en coherencia con el título del libro. Una lástima, porque no faltan las páginas lúcidas de ensayo sobre la literatura como arte, como oficio, o, sobre todo, como actitud, y porque determinados perfiles parecen a veces sinceros reconocimientos sin atisbo de cinismo.

Al final de cada capítulo, Reig incluye un irónico apartado de ejercicios y lecturas obligadas y recomendadas para el lector. Un sitio estupendo donde comprobar la cantidad de literatura de aparente interés que uno se ha dejado por el camino, o de lo mal que escogió los libros por los que empezar con un autor consagrado del parnaso literario en castellano.

De lectura imprescindible para camilófobos…

15 de julio de 2009

El escritor y los políticos


Hasta la cocina

La carrera de Javier Cercas como escritor tiene un punto de inflexión obvio: el éxito literario inmenso de Soldados de Salamina, su libro editado en 2001. Parecía una novela en la que su principal protagonista, el personaje real ‘Javier Cercas’ contaba cuánto le costó y cómo pudo narrar el episodio real de la fuga y superviviencia de Rafael Sánchez Mazas (bilbaino, escritor, número tres de la Falange, padre de Rafael Sánchez Ferlosio), a quien un soldado republicano que lo buscaba por el bosque, tras escaparse de un fusilamiento colectivo, encuentra y salva la vida. La mezcla de experiencia personal, ficción de ensayo y de un tema de actualidad continuada en la España actual como la memoria histórica fue novedosa en aquel entonces, ha sido muy imitada hasta hoy, pero posiblemente nunca resultó tan brillante y emotiva, y el exitazo literario fue apabullante. Hubo premios, película…


¿Fotos de Sánchez Mazas? Sólo en foros de política excesiva
Aparentemente, Anatomía de un instante parte de premisas similares, de nuevo el escritor obsesionado con un hecho histórico de las Españas (aquí el 23F, allí un suceso de la Guerra Civil), confiesa haber querido escribir algo al respecto (una novela en este caso, un artículo en Salamina), y tras no quedar satisfecho, aborda un ensayo histórico con estructura novelística y ambiciones históricas. Lo hace en un momento de superación, ahora en 2009, cuando la época en que sucedió el 23F es más bien objeto de nostalgias para varias generaciones, para dar una versión desmitificadora (la transición se basó en que varios de sus protagonistas traicionaron a sus hasta entonces compañeros e ideas) pero reivindicativa (esas traiciones fueron necesarias para consolidar un sistema frágil en un momento muy débil) de la transición.


El instante
El instante que Cercas disecciona es la Guardia Civil entrando en el Congreso: gritos, Gutiérrez Mellado zarandeado, balas, todos los diputados se echan al suelo excepto tres… La estructura del relato avanza por las simetrías de los personajes centrales del instante, Suárez –traidor del movimiento-, Carrillo –traidor del comunismo- y Gutiérrez Mellado –traidor del ejército-, entre sí y con los tres golpistas principales, Armada, Milans del Bosch y Tejero, en el contexto histórico concreto y el de las diferentes asonadas españolas. Hay dos líneas de investigación central, una mantenida a lo largo de todo el libro y aún sin resolver, referida a la participación o no del CESID como organismo en el golpe, y otra referida al Rey, sus aciertos, errores y coyunturas en la resolución de la intriga. El conjunto se cierra en un bonito círculo novelístico completo, el que dan los años pasados y la reflexión organizadora a pesar de tratarse de hechos oscuros cuyos detalles nunca se conocerán totalmente.


Cercas se obsesionó con la grabación televisiva


Tal vez el gran acierto del Cercas que juega a historiador sea la objetividad en un hecho deudor del enfrentamiento histórico de las dos Españas. Creo que este acierto viene de su profesión: escribir novelas, y tal vez esté, sorprendentemente, vedado a los historiadores. ¿Por qué? Por su necesidad de comprender –más que describir- razones y psicologías de todos los protagonistas de un relato que escriba, y por dar más importancia a esta necesidad objetiva de la novela que a su (presumible) ideología. Así, Cercas humaniza la posición de todos los protagonistas, sus intereses grandes y pequeños, para recuperar un espíritu hoy manipulado: que el 23F no triunfara no se debió a los desvelos de partidos, sindicatos, organizaciones, o prensa, que nadie de los que vivimos aquel día somos capaces de recordar aunque parezca que nuestra clase política actual sí, sino más bien a un conjunto de casualidades que dieron al traste con una acción cutre y caótica. Ver escribir sobre política e historia recientes españolas y mostrar dudas, mostrar no lo que los personajes piensan, sino lo que parece que pudieron creer y pensar, y buscar sus motivaciones, no es pan habitual. Las reflexiones añadidas sobre la ética en la política (y al revés), que remiten a Max Weber y a su excelente El político y el científico, que recomiendo mucho incluso (o sobre todo) si no se es político ni científico, son de calado para una sociedad acostumbrada a gritar la necesidad de la pureza política sin tener en cuenta sus consecuencias ni, encima, aplicarla como tal.

Que la disfruten...