17 de agosto de 2023

Del canon a la doxa

 


Recuerdo el impacto de la lectura de Miradas insumisas hace quince años: un voluminoso ensayo sobre cómo a lo largo de la historia del cine los homosexuales habían mirado el séptimo arte, se habían reconocido en él, lo habían creado con la intención (o no, a veces) de que espectadores pares se reconocieran en él, dejando pistas implícitas pero suficientes o siendo claramente explícitos... El libro tenía vocación de compendio casi enciclopédico y es un lugar necesario de consulta del cine que hoy llamamos LGTBI previo a 2005.


En
Miradas insumisas, el autor, Alberto Mira, manejaba con frecuencia el concepto del canon para explicar aquellas reglas que salvo excepciones se imponían en el cine de o con personajes homosexuales o lésbicos, fundamentalmente: el final no podía ser feliz y la potencial pareja -de existir- acababa debido a la muerte de, al menos, uno de sus miembros. Las lecturas políticas de los formatos culturales así creados son obvias, tienen su anclaje histórico en las diferentes épocas en que se rodaban las películas, y el libro lo diseccionaba bien.


Un lector atento de Miradas insumisas que caiga en las páginas de Entre la cámara y la carne indudablemente entiende bien la relevante evolución del autor como analista cultural, pero también como escritor, y, no es baladí dado el tema, como nadador avezado en las aguas de la batalla cultural performativo-identitaria. El concepto que señala esta evolución es la doxa, que

implica un sistema de convenciones impuestas y aceptadas generalmente, una hegemonía cultural que va más allá del contenido ideológico para incluir aspectos de forma o de preferencias por ciertos motivos narrativos. La doxa actúa en silencio, sin tener que imponer a la fuerza el sistema de convenciones, fijadas y pensadas a través de la censura, que estaba por encima de cualquier película y que dominaba su sentido, pero también su estética y su puesta en escena.

A aquel cine que transgredeo al menos interpela a la doxa (que casi parece el poder definido por Michel Foucalt) se dedica Entre la cámara y la carne, analizando los tres elementos que para el autor dan cuerpo a la mirada (homo)erótica en el cine: espectador, cámara, y actor/personaje. Cámara aquí hace mención a todo lo necesario, excepto el actor, para la puesta en escena: director, guion, vestuario, música, producción, etc.


El libro se subtitula
El cine homoerótico en 25 películas, acotando ya desde la cubierta el ámbito específico de estudio. Tan relevante como homoerótico es 25, dado que frente al casi inabarcable ensayo que es Miradas insumisas, Entre la cámara y la carne decide centrarse en solo 25 filmes, que, aunque abarcan 91 años de cine y por tanto inevitablemente acompañan el devenir de la historia de este arte, lógicamente permiten al autor respirar con más libertad y profundidad que en una historia cronológica de carácter casi completista.


Por supuesto, la adopción de una lista supone una cierta arbitrariedad. Es además un mecanismo
clickbait: ¿qué películas ha escogido? ¿por qué estas y no otras? ¿cómo se atreve a no estudiar tal filme que tan importante fue para mí? Lógicamente cualquier lector (antes espectador) tendrá sus discrepancias iniciales; en mi caso alguna película me parece algo repetitiva con otras ya estudiadas más o menos similares, e, inevitablemente, las últimas películas constituyen un riesgo necesario pues su conocimiento general es menor y el lector encontrará menor identificación experiencial. Pero, francamente, la reflexión final es que el libro es más que una selección cinéfila, y que encierra una historia de la mirada específicamente homoerótica, de la evolución de la manifestación de este deseo en pantalla, y de los cuerpos masculinos no ya en el cine sino en la cultura e incluso la sociedad del siglo XX. De qué película se trata en cada caso es relevante para esa historia y en ese sentido probablemente no tendría sentido, una vez completado el libro, eliminar nada de la lista, porque está bien engarzada.


Cada una de las 25 películas, desde
Alas de William A. Wellman a Beach Rats, de Eliza Hittman, se estudia en un breve ensayo de diez páginas, y además hay una introducción, un epílogo, e incluso dos intermedios menores. No tiene sentido aquí, no es posible además, entrar en cada uno de esos veinticinco opúsculos, pero todos ellos están trabajados con excelencia, son agudos y penetrantes, contextualizan con precisión el momento histórico y cultural si es necesario, no rehúyen las polémicas que generaron en su tiempo ni cómo serían las interpretaciones más presentistas desde nuestro punto de vista actual, y, para un cinéfilo, son una fuente incansable de criterios con frecuencia novedosos que permiten ampliar la mirada propia hacia películas que casi obligadamente forman parte de nuestra educación emocional. Sin afán de verdaderamente destacar algún ensayo por lo que puede suponer en dejar atrás otros, me parecen muy estimulantes los dedicados a películas heterosexuales (Alas, Picnic, Ricas y famosas, Point Break) con mirada o clausura homoerótica, los dedicados a películas dirigidas por mujeres (de nuevo Point Break, Beau Travail, Beach Rats) y puedo sentir debilidad personal por alguna en las que coincido tanto con sus impresiones (Muerte en Venecia, Querelle, El mar, La mala educación) que casi me asusto.


Por eso tal vez parece más interesante fijarse en algunas de las reflexiones culturales que marcan la historia de la mirada y del cuerpo, e incluso en la validez de esta opción de análisis cultural que se reivindica a sí misma como indisoluble del sociopolítico (para Mira, con frecuencia como enfrentamiento o contradicción). Así... ¿El deseo nos libera o nos esclaviza? ¿La historia de las relaciones de deseo homoerótico es la de opresiones continuas de edad y clase o puede ser entre iguales? ¿Deseo y política se matan, como reflejo de que lo performativo y lo identitario/LGTBI se enfrentan? La postura de Alberto Mira en general en este último dualismo, resumible a la manera de Nietzsche entre lo dionisiaco y lo apolíneo, se inclina por

lo estético, con su afirmación de la perspectiva, la precariedad, la experiencia, es lo que nos hace diferentes y, por lo tanto, lo que proporciona fuerzas y miradas de resistencia frente a la ideología, que se repite insistentemente para actuar sobre nosotros.

Aquí en “ideología” Mira no se refiere necesariamente al patriarcado (al que también le aplica, pero que en cierto modo no merece ya el esfuerzo) sino a los formatos identitarios LGTBI en su vertiente más politizada en que no se admite visión menor alguna de una persona, actuación o condición LGTBI bajo pena de cancelación. En general, creo que resulta necesario añadir el factor de la represión para considerar tanto el deseo como la identidad como factores más liberadores que lo contrario.



Mira ha visto recientemente sus 25 películas (y muchas más, probablemente) y eso le permite observar la evolución del cuerpo masculino en pantalla, y los factores biológicos y culturales que apoyan un tipo de mirada u otra. La mirada homoerótica tradicional queda dividida entre el efebo y el atleta, prácticamente desde Grecia, y es un canon al que se ciñen durante décadas varias películas, si bien Mira también estudia la construcción de los cuerpos masculinos pensados para la mirada de la mujer (el panorama suele ser poco erótico, de hecho) y la espectacularización del
péplum y el neoculturismo de fin del siglo XX. Pero es precisamente el final del siglo XX cuando la aparición de la metrosexualidad en primer lugar, y la capitalización del cuerpo como activo personal resultado de intervenciones personales y tecnológicas, junto a la eclosión de Internet como escaparate individual, que el cuerpo se pornifica, se multiplica en unidades (perdiendo por ello cada cuerpo significancia individual), y la mirada homoerótica también se democratiza (incluso en el sentido de que su existencia es aceptada por el demos), y llegamos así hasta Only Fans. Mira insiste en los textos entre películas en estas evoluciones, directamente relacionadas con lo que era aceptable ser mostrado en cada momento, y con la transgresión y su pérdida por la actual omnipresencia de imágenes homoeróticas. 300 es posiblemente el análisis más distintivo en este tema, con su fascismo corporal reivindicado a la vez como discurso homófobo y homoerótico, según para quienes, claro.



He mencionado la mirada de la mujer. Es un tema de cierta relevancia para Mira, que ha leído mucho sobre análisis cultural feminista, en cierto modo por su premisa de necesidad de lo cultural (del relato, de lo estético, de lo dionisiaco) para no ya explicar sino predecir lo sociopolítico. La aportación de la mirada feminista hacia lo homoerótico es inevitable porque abre múltiples aristas problemáticas relacionadas: el ejercicio de la mirada femenina hacia el cuerpo masculino en el cine siempre fue castigado por la doxa; porque el feminismo, aunque sin ser su objetivo, ha provocado que las mujeres puedan tener y proyectar una mirada erótica consolidada;  porque hay directoras entre las 25 películas que han rodado filmes "desde dinámicas homoeróticas"  como forma de "articular una fascinación sin exponerse a los riesgos" del hombre como objeto de deseo heterosexual; porque el análisis de Eve Kosofsky Sedgwick sobre el carácter falocrático de lo homosocial ayuda a argumentar la osadía de películas como Alas y su impensable beso final; o porque el libro y las películas que lo componen se han de enfrentar a la diferencia entre mirar el cuerpo de un hombre o una mujer. El abismo entre ambas miradas niega el tópico de que ambos desnudos sean los mismos, recordando que la cosificación del cuerpo masculino ha tenido tintes de liberación que el femenino no tiene, lo que Mira atribuye a la fuerza e inercia del patriarcado. Cuya afección llega al porno y sus representaciones del dominio, sensiblemente diferentes en el porno gay.


 

Y, casi finalmente, otra línea de interés que aparece en el libro y que Mira ya observó en Crónica de un devenir, y que de una manera relevante se relaciona con el cine como negocio, tiene que ver con el capitalismo como fuerza de visibilidad del deseo, o como mecanismo coadyuvador a la posibilidad de lo erótico. Hay un reflejo de este pensamiento al hablar de Navajeros, de Eloy de la Iglesia, y confirmar que tanto el director guipuzcoano como su teórico mentor, Pier Paolo Pasolini, eran homosexuales con conciencia social (el ensayo de Navajeros hace referencia al cuerpo proletario como objeto de deseo), pero representaban lo peor del comportamiento burgués al explotar chaperos para satisfacer su deseo. Pues bien, esta presencia de las mecánicas capitalistas de las que no se libran ni "los comunistas", ni la desigualdad de la que suelen partir las narrativas o homoeróticas, ni la inversión en los cuerpos pornificados de hoy en día, tiene interpretaciones liberadoras recuperadas en autores como Dennis Altman ("una de las ironías del capitalismo estadounidense es que ha sido una enorme fuerza a la hora de crear y mantener un sentido de la identidad entre homosexuales") al hablar de los años cuarenta, o David K. Jonhson, argumentando que en los Estados Unidos el mercado es más importante que la moralidad, lo que deriva en productos que contravenían al puritanismo, y que explican la eclosión de la cultura homosexual en los Estados Unidos de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX, tras la Segunda Guerra Mundial.


En fin, como colofón, estas apasionantes líneas de análisis cultural lo son porque el autor escribe apasionadamente de su objeto de estudio. Pudiera parecer por esta reseña que tal vez el cine no sea lo más importante del libro. Pues sí y no... El cine, las 25 películas, soportan excelentemente el edificio de revisión histórica de la representación del cuerpo masculino y sus formas de búsqueda del deseo del espectador, y son desde luego el alma del libro. Pero, tras tres volúmenes leídos de Alberto Mira, es indudable que tiene un interés significativo en el análisis histórico de los procesos culturales y políticos en relación al
nosotros que describía en Crónica de un devenir como término de consenso histórico entre homosexual, gay, queer y LGTBI. Es casi imposible añadir más a la particular sabiduría cinéfilo-cultural de Alberto Mira con el nosotros. ¿Tal vez, en este caso, el análisis del deseo y la atracción desde la sexología moderna? ¿Y en relación a estos periodos históricos y al fenómeno de representación? ¿Lo que anteriormente mencionaba de la represión y las formas de superarla? No lo sé; Mira menciona alguna vez que estos mecanismos no son relevantes frente a lo incontestable de la materialización del deseo de forma en ocasiones ineludible en el inestable triángulo que forman cámara, personaje/actor y espectador.

Alberto Mira ha vuelto a rendir un libro estupendo, dinámico pero profundo, rompedor y amplio a la vez, muy consciente del estado de la discusión cultural, y trabajado también con su método de escucha en redes sociales a quienes participan de la discusión abierta con él, una escucha que aporta pareceres también relevantes. La edición del libro, a manos de Editorial Egales, es también excelente. Un lujo a vuestro alcance…

Alberto Mira (foto de la web de la Oxford Brookes University)


5 de agosto de 2023

La imprecisa melancolía

 


La imprecisa melancolía

PORTADA

Dos cosas que tienen muchas ediciones de poemarios y que no son exclusivamente su contenido pero que siempre siempre siempre causan un atractivo se encuentran en este volumen de Luís Quintais titulado La imprecisa melancolía: es una edición bilingüe de un idioma original que puedo entender -y sentir su sonoridad- al leerlo, y… necesitó cortar sus páginas con un abrecartas, ya que las resmas estaban sin cortar a partir de la edición del libro (Editorial Lumen, 1995). Busqué obras de Quintais en castellano tras leer unos poemas suyos en la Revista de Occidente #497 (octubre de 2022) y sólo encontré este libro en Iberlibro. Es un poemario dividido en cinco partes sin título, y cuyo viaje o línea parece más difícil de definir que en los libros de las entradas anteriores (de Xavier Guillén y Luis Felipe Fabre), por ser más oscuro o parabólico. La idea del progreso de una vida parece de todos modos implícita, pues las partes iniciales están dedicadas a la celebración de la belleza y la poesía (aunque no se trata de un entusiasmo desbordado, sino de, precisamente, una melancolía compleja, como cuando escribe un poema que ya desde el título habla De la dificultad de la belleza) y la exaltación de la ciudad-río que es Lisboa, posible mirada a la vida adulta en la metáfora del estuario, que no obstante termina ya con una referencia inquietante a Caronte. Llegan después unas invocaciones a las sombras de la vida, que incluyen un poema deslumbrante sobre la ruptura amorosa:


Y también una petición de regreso a los mitos y máscaras, rechazando el logos y abrazando la hybrys. Termina, en su quinta parte, con tres fantásticos y demoledores poemas mortuorios, que invocan a W. H. Auden, al final del lenguaje y sus soportes, aunque sin tratarse de una devastación dado que Quintais siempre se mantiene en esa tristeza controlada, casi racional, que parece impedir el exceso de los sentimientos. El título de este poemario se antoja así muy exacto en su indefinición, pero es profundo el sentimiento que deja.

Luís Quintais (foto de publico.pt)


2 de agosto de 2023

Retablo de sodomitas novohispanos

 


La Sodomía en la Nueva España, de Luis Felipe Fabre, es un resumen en forma de auto sacramental, con dos anexos, del ajusticiamiento de 14 hombres homosexuales por la Santa Inquisición en 1658 en el actual México. El auto sacramental, bajo el título fabuloso de Retablo de sodomitas novohispanos, narra el juicio a que Juan de la Vega, apodado “Cotita”, y 14 compañeros sodomitas más, uno de los cuales se libra del fuego por ser menor, usando para ello los personajes habituales de un auto: hablan la Carne, la Fortuna, la Santa Doctrina, la Justicia… La blasfemia está servida al ser la quema de los reos una forma de Eucaristía. Pero el tono de Fabre es doblemente irónico, pues escribiendo aparentemente desde el punto de vista de los inquisidores, la dignidad de los ajusticiados por crímenes tan vacuos queda siempre por encima de los valores eternos declamados con la formalidad de la ortodoxia en el lenguaje del Siglo de Oro. Fabre explica al final del libro la documentación empleada, y es entonces cuando la labor se antoja más grande, por la magnitud del resumen, lo certero del tono y ritmo -se lee de un tirón y con cierta devoción interna por la osadía del propio libro-, las citas, y las referencias de lo nefando. Sin olvidar la negación ontológica del sodomita (y de varios más, de paso): “Nada es lo que nada engendra”. El conjunto consigue una comunicación superlativa de la estupidez histórica de la homofobia, y demuestra que existe una forma artística de combinar la justicia histórica (tan a menudo exclusivamente presentista) con las formas culturales del momento retratado. Este retablo le deja a uno patidifuso.



31 de julio de 2023

Xavier, amo de casa

 


Qué buen libro es Amo de casa, de Xavier Guillén. El principal valor es aunar lo poético de cada poema, con una buena elección de metáforas y emociones familiares, con el relato narrativo de fondo más bien prosaico de la vida de un hombre hasta completar su divorcio. Poemas que hablan progresivamente de un abuelo, de una madre que fue gemela de una tía, de conocer a una chica, y que lo hacen sin subrayar que esto va a ser el relato de un amor acabado en desgarro. Odile se convierte en una musa efímera y temporal, una vez que la contemporaneidad vence al poeta, que no la entiende pero percibe sus signos, y así queda desarmado, en soledad, y con un hijo cuya gestión de horarios realiza con diligencia. Es especialmente destacable la visión irónica de determinados iconos de la postmodernidad, como la naturaleza (devenida en ‘temática’), o la excursión para observar estrellas (‘todas con la misma ropa de montaña comprada cada una en su polígono’), aunque pueda ser algo arrogante, como en En la Feria Medieval. Pero entre el buen sentido general de todo el poemario, el excelente mirar a la especie y sus miserias, lo conseguido del avance temporal en las elipsis (los poemas que no existen), y el tono de asombro melancólico, sin duda es un gran libro.


 

 

 

 

 

 

22 de julio de 2023

Maricas del Poble (Nou)



Que el fin del mundo nos encuentre bailando es el largo y algo discursivo título de este sin embargo muy estimulante cómic de Sebas Martín, un trabajo sobre una pareja de hombres que se conocen a finales de 1935 y que termina en julio de1936. Ambos trabajan para una empresa de una familia acaudalada de Barcelona, Tomaset en las oficinas y Basilio como mozo de carga, aunque aspira a ser boxeador. Tomaset es joven e inexperto, alrededor de 20 años, pero cultivado y educado, aunque su familia no tiene dinero; Basilio ronda los 35, vive solo en un cuchitril, y dice de sí mismo que es un tarugo. La historia oscila entre el Poble Nou y el Paralelo, donde Basilio arrastra con frecuencia a Tomaset para disfrutar de los locales de la noche barceloní más atrevida y canalla.


Subiendo al tranvía (o al arcoíris, claro)


Proponer historias de amor homosexual antes de Stonewall y de la visibilización política del movimiento LGTBI es llenar un hueco de narraciones ocultas por el tiempo y por el distinto punto de vista de la construcción de la historia social y cultural. Para bien el cómic no recoge modos presentistas, sino que se muestra con las dosis adecuadas de realismo en cuanto a persecución y violencia policial, o incomprensión cuando no franco rechazo familiar. Tal vez los personajes, especialmente Tomaset (pues Basilio ya viene experimentado) aceptan psicológicamente de modo muy sencillo su orientación sexual, sin apenas represiones internas ni subterfugios sociales (aunque tal vez aquí el que peque de presentismo sea yo mismo). Un logro destacado de la historia es el retrato más social que geográfico de los barrios de Barcelona donde tiene lugar la acción. La mítica del Paralelo barcelonés es probablemente conocida, y Sebas Martín se afana en mencionar y presentar locales que dada la bibliografía que ha usado (recogida en las páginas finales) se basan en descripciones reales. Esos lugares de diversión donde Tomaset se confunde de continuo con el transformismo y donde se vive un microcosmos de libertad contrastan con el Poble Nou, donde vive y trabaja. El piso de su familia es especialmente relevante en la historia pues funciona también como reflejo del deterioro de la situación política antes del golpe de Estado, con la abuela ultracatólica y pertinaz moralista insultante de toda la familia, y el cuñado sindicalista e hipócrita. Aunque es escaso el dibujo de la fisonomía del barrio, que el Poble Nou fuera llamado el Manchester español, como indica el primer rótulo del libro, parece un pequeño guiño a Queer as Folk.


En casa de Tomaset


Que el fin del mundo nos pille bailando es un cómic amigable y escrito en positivo de manera general, con unas negatividades digamos controladas ante la inevitable noche de 40 años que se avecinaba y que el autor lógicamente conoce mejor que sus protagonistas. El dibujo es blanco y negro y realista, centrado en los personajes casi por completo, con hombres robustos casi crumbianos, pero naturales. Su sensualidad homo está muy bien conseguida, así como la naturalidad sexual en sí, y la interrelaciona bien con el momento exacerbado de definición vital por clases económicas y culturales, discurso que nunca se olvida en el libro. El retrato de modos olvidados de vida "dialoga" con el drama intenso de El violeta, ambientada treinta y cinco años después, pero dibujada también en este siglo; pero Martín se decide por la alegría a pesar de todo desde el título, desde la bonhomía humilde de sus personajes, y desde un tono narrativo elegante y disfrutable. Más obras así, por favor.

(Y un aplauso, claro está, a la labor editorial de la Editorial La Cúpula para la recuperación y creación de historias LGTBI)



13 de julio de 2023

María sobre Eva

 

María Deraismes es una feminista francesa del siglo XIX, luchadora especialmente por el sufragio universal y la igualdad de derechos en el matrimonio, fundadora de una obediencia masónica llamada "El derecho humano", y la persona de la que este volumen, Eva en la Humanidad, recoge varios discursos que pronunció desde 1870 hasta su muerte en 1894. 1870 no es una fecha casual: su compromiso con los derechos de la mujer se hizo especialmente público y notorio cuando el fracaso de la Comuna de París le pareció decepcionante una vez más para las mujeres, cuyos derechos nunca avanzaban a pesar de las promesas, las revoluciones liberales y el continuado movimiento social del siglo.


El principal problema de este libro es literario: los discursos con frecuencia repiten argumentos, y no están editados para su lectura, sino que, supongo, respetan la literalidad de los discursos, que no es especialmente cuidadosa. La lectura por ello resulta algo cansada, dado que además no existe una variación relevante de temas entre los diferentes discursos. Deraismes es una mujer erudita, que conoce los clásicos, la novela y el teatro, y usa con frecuencia en los discursos referencias literarias abundantes, para defender su tesis principal: el desprecio de la historia y las artes hacia el papel de la mujer en el mundo es reflejo de la dominación política, educativa, familiar y social del hombre sobre la mujer.

En su argumentación Deraismes encuentra hallazgos de validez elevada en la actualidad: describe el mansplaining masivo de la época, se fijan el hecho de que los historiadores o escritores son hombres, con lo que la contribución de las mujeres al bien común o a la representación de las mismas en las artes solo tienen punto de vista masculino, lo cual deriva en amantes devotas, seres de luz delicada, o varias villanas psicóticas con muy pocas excepciones -Lisístrata- verdaderamente independientes y políticas. Sin embargo, en otras cuestiones parece incluso por detrás de su antecesora Mary Wollstonecraft. Deraismes no sueña con discutir la existencia de Dios y tiene en un pedestal social a la familia natural, sin un ápice de de construcción de estas estructuras de poder cuya existencia no entiende como tal y en las que modificaría el sufragio universal sin más. En su época esto era mucho, pero debería ser obvio que llevaría a más cambios. Los argumentos de Deraismes son hijos de su tiempo, y aunque comentarlo así desde 2023 pueda ser presentismo (ya se meterán con nuestra época en unas décadas, en las que los valores serán otros), están repletos de un lenguaje cientificista sin datos ni referencias ni comprobaciones por el medio. No me refiero a la credibilidad sobre la discriminación de la mujer, sino a apuntalar continuamente visiones del mundo con expresiones tipo 'ha quedado demostrado...', 'está claro que solo así...' para afirmar casi cualquier cosa. Es patente que el uso refinado, no digamos ya preciso, del lenguaje científico no es su fuerte, como por otro lado sucedía con muchísimos pensadores de una época fascinada por los progresos tecnológicos que vivía.

Deraismes comparte con Wollstonecraft y con Concepción Arenal la obsesión por el acceso a la educación. Su discurso en favor del sufragio universal le da mayor compromiso que a las otras dos autoras. Sin embargo, le falta carácter social, sobre el que Wollstonecraft reflexionó introduciendo incluso algunas visiones de clase, y que Arenal practicó de modo directo y personal. Deraismes es más elitista culturalmente (si bien su reflexión es menos epistémica que la de Wollstonecraft, más cercana al pensamiento filosófico), pero representa un evidente paso hacia la significación pública. Sí comparten Wollstonecraft y Deraismes en sus dos volúmenes una imperiosa necesidad de edición. Deraismes con seguridad no buscaba esta publicación que hoy nos ocupa, tal vez no le habría gustado el formato. No obstante, la impresión es que su actitud es un eslabón muy relevante para el feminismo y el sufragismo que se estaba fraguando y que en pocas décadas estallaría, y que es así precisamente por ser élite, una mujer admitida en los discursos masculinos e incluso fundadora de una logia mixta.

María Deraismes


 

2 de julio de 2023

Ganarse las alas

 


Alas, este libro de Mijaíl Kuzmín es tan luminoso como anuncia su portada, aunque menos explícito de lo que pudiera sospecharse. Afamado por ser ejemplo pionero de literatura rusa claramente homosexual, publicado en 1905, llegué a él gracias a Wagnerismo, de Alex Ross, que lo menciona como una de las obras de arte de contenido homosexual con inspiración en la obra de Wagner (ciertamente hay una escena en que los personajes discuten una representación de Tannhäuser que acaban de ver, y se trata de una seducción soterrada hacia el protagonista basada en la 'potencia' wagneriana). Después me fasciné un poquito con la figura y vida del autor, miembro de la élite artística rusa y soviética, que tuvo una bonita lista de amigos amantes, incluido un ministro del primer gobierno bolchevique.

Pero si en Alas hay un aire que prevalece de la literatura rusa que conozco (poca, desgraciadamente) es el chejoviano. Porque esta alusión a la búsqueda del crecimiento de las alas de Vania (el protagonista), como metáfora sublime de una salida del armario, transcurre en la primavera de Petersburgo, en el verano del Volga, y en Italia, siempre con luz, con calor, con cuitas de amor entre malentendidos a los que añadir con naturalidad pasmosa la amistad masculina (la femenina no sucede pero entre líneas sería adivinable), con sus dramas (uno severo en forma de suicidio de dama no comprendida), y los volubles azares de la familia primero y el grupo después que rodean a Vania, un adolescente espigado y bello que va fluyendo entre escenas hasta consentir que la amante que le busca le consiga, bajo el patrocinio ambos de, cómo no, un profesor común de griego.

El estilo es ligero, evanescente, casi siempre dialogado en escenas que nunca parecen las decisivas. Técnica impresionista, dicen las reseñas con aparente precisión. Cumpliendo lo que decía Joyce de Chéjov:

En las obras de Chéjov, sin embargo, no hay planteamiento ni nudo ni desenlace, y no se va preparando ningún clímax; la acción es un continuo, pues la vida fluye hacia dentro y hacia fuera del escenario sin que nada se resuelva: tenemos la sensación de que todos los personajes han vivido antes de la obra y seguirán viviendo de manera igualmente dramática después

Pero este estilo es una decisión bastante inteligente, ya que por un lado quita gravedad al "elefante en la habitación" y por otro produce un avance de la narración al dejar en elipsis todo aquello que pudiera verse como aparentemente descriptivo o un punto de vista más explicito del narrador. Así, entre escenas de familiares que discuten, pequeños vodeviles en palcos de un teatro, o amigos que visitan de continuo, se cuela una visita aparentemente formativa con el profesor de griego, o incluso una escena en un burdel de chicos, con sus disgustos en forma de despechos e impagos menores. Además, el lenguaje de subtexto es habitual. Así por ejemplo defiende un personaje estudiar la "verdadera gramática" de cada idioma en vez de leer simples "traducciones":

En lugar de una persona de carne y hueso, que se ríe o se enfada, a quien se puede amar, besar, odiar, en la que se ve la sangre fluir por las venas; en lugar de la belleza natural de un cuerpo desnudo, usted prefiere tener un muñeco sin alma, fabricado casi siempre por las manos de un artesano. Eso es lo que son las traducciones. Y el tiempo que se necesita para aprender la gramática no es mucho. Solo hay que leer, leer y leer. Leer consultando cada palabra en el diccionario es como andar a través de la espesura de un bosque. Y le ofrecería placeres desconocidos.

Hay más ejemplos, y probablemente varios que pasan desapercibidos porque los códigos de reconocimiento actuales han cambiado respecto a la Rusia de 1905.

En este link el traductor de la novela da algunas claves interesantes de la misma: su inserción entre las primeras novelas de contenido homosexual de varias literaturas, sucedidas todas a caballo del cambio de siglo, la opción naturalista pero simbolista del autor, sin drama ni metáforas opresivas (pensemos que una de las primeras novelas de contenido homosexual escrita en su idioma que menciona es Muerte de Venecia, escrita en alemán por Thomas Mann), y el juego de inserción en el entorno y el paisaje que Kuzmín resuelve con facilidad, gracias muy probablemente a ser él también un hombre de mundo, en un círculo de relaciones libre para relacionarse sin represión. El caso es que parece inevitable sentir simpatía por esta pieza leve y breve, pero cuya construcción implacable es evidente al terminarse, que refleja un autor de alma liberada y consciente de la forja del vínculo amoroso (con la figura hoy peculiar del mentor, y, sobre todo, con el tono luminoso y sensual), que se termina en un santiamén, y que en su negación por definición de "ser una novela de tesis" consigue posiblemente más eficacia en el reconocimiento. Eso es el poder del arte, desde luego.

Mijaíl Kuzmín (vía)