16 de enero de 2010

Jane Ambigüity

Al leer a Jane Austen hemos partido todos de una autora victoriana, más bien meapilas, beatona y tradicional, una aburrida rollera y romántica que asume el papel de la mujer a la sombra de un marido, que razonaba con justificación el sistema de dotes y rentas propio del antiguo régimen; que, en una palabra, perpetuaba el falocentrismo a mayor gloria de un hombre (el inglés) que ostentaba un imperio económico, político y sexual.

Al terminar con ella sin embargo hemos llegado a una precursora del feminismo en sus heroínas protagonistas, que con su formación humanitaria comprenden mejor que los hombre la condición humana y buscan con mayor ética y ternura una pasión verdadera en que vivir una vida con la que sentirse plenas. Son mujeres que asumiendo el mundo en que viven lo subvierten internamente y sin revoluciones, impidiendo la injusticia social y pautando un rechazo sutil del modelo masculino del poder absoluto ¿O tal vez, a la larga, fomentándolo a base de ‘sutilezas’?

¿Cómo ha sucedido esto, en cualquier caso?

No lo sé. Asumiendo que este cambio de punto de vista trasciende el interés puramente literario o artístico, entiendo que el feminismo, considerado también como fenómeno psicológico subconsciente que todos hemos interiorizado en nuestra época, ha cambiado de interpretación, o ha ampliado el punto de vista, comprendiendo más a mujeres de otra época (también a determinadas lecturas de la época actual), sin categorizarlas desde una perspectiva histórica actual y por ello injusta.
Mansfield Park es la cuarta novela que leo de Jane Austen, de las seis que escribió. Cada novela de Jane Austen leída, la última novela de Jane Austen que leo en cualquier caso, se convierte para mí siempre en su mejor libro. Quedan borrados los anteriores, incluso los personajes. Tras Mansfield Park ya no recuerdo a Mr. Darcy, o a Anne Elliot. Ahora todo es Fanny Price ingeniandóselas para rechazar las atenciones (y los dineros) del solícito Mr. Crawford, y obtener en cambio las de su querido primo y futuro clérigo Edmund Bertram mientras se esfuerza por adaptarse a la alta sociedad de la familia de sus primos una vez que estos la escogen para eludir el arroyo de su propia familia, debido a un ‘mal casamiento’ de su madre. Todo ello sin mencionar los consabido escarceos e intereses matrimoniales, inmobiliarios y económicos de la situación. Por lo que recuerdo, Fanny Price viene a ser el personaje austeniano más ‘puro’, el que pobre, sin educación y sin aspiraciones sigue siempre el dictado de un corazón limpio y una cabeza lúcida; temerosa siempre de personajes aparentemente más poderosos (en inteligencia, en posición, en dinero, en aptitudes sociales) que ella, las convicciones de Fanny rompen los muros que los tres personajes masculinos principales construyen a su alrededor. Todo ello sucede con la gloriosa sintaxis austeniana, llena de intenciones y aparentes dobles sentidos, y dentro de una estructura férrea, legible como folletín decimonónico en un santiamén.

¿Pero hay o no hay un feminismo austeniano? Esas convicciones de Fanny Price… ¿no son tal vez pensamientos reaccionarios por moralistas? ¿O son justas consideraciones al aplicar una categoría moral sin fisuras? Las relaciones en la época de Jane Austen eran sin duda retorcidas e injustas hacia la mujer, pero, mira por donde, este pensamiento aparente es especialmente contestado en Lady Susan, el relato epistolar que conseguí en colección un tanto infame de un diario de amplia tirada, y que abre esta entrada.

Lady Susan muestra que Jane Austen ha leído Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos. Es una novela epistolar con un personaje femenino central sorprendentemente (en Austen) casquivano y libertario. Susan Vernon es una viuda alegre que después de seducir al novio de su hija para impedir el matrimonio inminente –e inadecuado- de ésta, se ve obligada tras el múltiple escándalo a refugiarse en casa de su hermano. Susan no duda en usar sus encantos con los hombres, en describirlo y explicitarlo así en sus cartas a su amiga íntima, y Austen la entiende y la ve positivamente. Susan Vernon debe sobrevivir en un mundo de hombres, y en su situación, para asegurar su bienestar y el de su hija, Austen la bendice dándole una palabra sin censurar que además no es sojuzgada. La lástima de este relato es su sensación de haber pretendido ser una novela inacabada, en la que después de 70 páginas de cartas cruzadas aparece un último capítulo narrativo a modo de epílogo explicativo y frustrante. Austen suele introducir cartas en sus novelas, como es lógico dado que se trataba de un modo esencial de comunicación en su época, pero demuestra que el formato se le adapta bien a su maestría habitual. No sé, eso sí, si será un texto fácil de encontrar.

Una no muy alegre Jane Austen, via Abebooks



2 de enero de 2010

Diciembre de desconcierto

En diciembre, con la entrega de los Nobel, proliferan los artículos alrededor del dichoso premio; mayoritariamente hablan del premio actual, pero siempre hay mención a premios anteriores. Así, en menos de una semana, he leído a Fernando Savater decir que a veces el premio descubre alegrías que nunca hubiéramos conocido (Szymborska, que tiene libros nuevos publicados en castellano), a Iñaki Ezkerra que Herta Müller se hizo hipócritamente la sorprendida al recibirlo en 2009 ya que llevaba décadas trabajando las debidas relaciones públicas en Estocolmo como en su día lo hizo por ejemplo Camilo José Cela, y, finalmente, a Rosa Montero decir que no entendía para nada el premio al escritor francés J.M.G. Le Clézio, concedido en 2008.

Cuando se entrega un Nobel a un autor de una literatura que como lector me resulta desconocida, o a una figura de la que nunca había oído hablar, muestro precaución; no se trata de ir más allá de la desconfianza hacia los premios y todo eso, que en efecto es algo con lo que estoy de acuerdo, aunque también tenga su punto snob que puede impedirte descubrir buenas joyas. Se trata de escuchar las crónicas periodísticas y rechazar cosas como Elfriede Jelinek, por poner un caso. Pero… ¿y Le Clézio? Para mí era un autor desconocido de una literatura cercana, en la que podían seguramente haberse escogido otros autores más conocidos. Tal vez se tratara de uno de esos intrigantes que decía Ezkerra, aunque sin duda el criterio de alguien generalmente poco consistente como Montero no era un obstáculo para intentarlo. Le Clézio es un novelista de gran recorrido en Francia, con cierto éxito editorial, modestamente traducido al castellano, cuya biografía wikipédica resulta cuando menos apasionante por un lado, y responsable por otro de la etiqueta de exotismo peculiar que el autor tiene en Francia, y que él rechaza como ejemplo de eurocentrismo de la crítica literaria francesa.

Compré dos novelas recomendadas entre sus mejores obras: El pez dorado, La cuarentena.

Bueno, pues el desconcierto que insinuaba en el primer párrafo no se me ha pasado.


He leído hasta ahora sólo El pez dorado, que hace referencia a un pececillo ágil y bello que siempre consigue librarse a última hora de las situaciones comprometidas. Es la historia de Laila, una niña norteafricana raptada y llevada a vivir a la ciudad. A partir de ahí mil peripecias la llevan entre la familia que la ‘adopta’ (ejerce de nieta de una mujer mayor que la educa), las prostitutas de un burdel que la acogen cuando la abuela muere, su viaje como ilegal a París, y su vida allí en sótanos y pisos patera, con problemas con hombres y policías pero también con la ayuda de algunas mujeres, hasta llegar a los EE.UU., hacer inesperados pinitos en el mundo de la música, rechazar una vida mejor y volver a su país, en un final aún más utópico que tópico.

Sí, lo sé, suena fatal. Un argumento de folletín neoprogresista. Pero, como de costumbre, el estilo es el mensaje, si es que lo hay. El tono muestra cierto desafecto en una exposición aparentemente neutral de hechos, con descripciones realistas tipo nouveau roman, y en el que no hay juicio moral subrayado alguno, y la protagonista no es un dechado de valores. Suspendemos nuestra moral en su favor como protagonista que es, pero me temo que esto responde a un esquema mental del lector más que a una intención del autor.

La novela consume episodios con una rotundidad pasmosa, sin preocuparse más de sus personajes secundarios, y sin interés por la construcción que cierre con precisión las historias secundarias que giran alrededor de la tiránica trama central. La falta de una supuesta emoción sensible, que la descripción de los ambientes exóticos o de los hechos sórdidos sea idéntica a la de la vida en las grandes plazas y apartamentos del primer mundo, eliminan el tono best-seller. Pero, claro, el precio es la frialdad, el desapego tras la lectura, la extrañeza ante el uso de algunos tópicos (el final, la protagonista exótica, el rollete literario afrancesado, la aparición del talento en el lumpen), el desconcierto ante la falta de aparente denuncia: no hay juicio, hay hechos, hay sucesos. Y tal vez no sea frialdad, sino una sensibilidad desarrollada en un plano estético e intertextual, una novela pensada con la cabeza pero no escrita con las tripas, una emoción intelectual alrededor del drama de la modernidad de Occidente frente a la inmigración.

Dicho lo cual, es posible que me pase lo que a Rosa Montero, que no entienda bien por qué le han dado el premio. Pero tal vez eso sea un valor, y no lo contrario.



17 de diciembre de 2009

Fabulando


Dos libros dos leyó el joven Borge escritos por Italo Calvino, y le fascinaron. De ello hace muchos años, y, por razones que él mismo desconoce, abandonó al autor. Tal vez no encontró más libros. Tal vez no le interesó lo que veía, o simplemente fijó su mirada en otros árboles, ya no lo recuerda. El caso es que muchos años después (y sin encontrarse delante de ningún pelotón de fusilamiento sino fuera ya de las paredes en que se forjaba su juventud primera), descubrió en una librería de la capital otro libro del mismo autor. Pertenecía a su conocida trilogía fantástica, estaba editada (siempre con gusto) por la Siruela de Jacobo Fitz-James Stuart, y esa librería cinéfila en un lado (Ocho y Medio) y cuidadosamente romántica (El Gatopardo) en el otro, le tentaba como lugar donde el trabajo de, esta vez sí, un librero verdadero, merecía la pena dejarse los cuartos.

Aquellos dos libros eran El barón rampante (leído hace 22 años) y Los amores difíciles (hace 19). A pesar de los libros pasados y las historias olvidadas, es francamente difícil no recordar la anécdota que da lugar a la metáfora del primer libro, la historia del barón Cósimo que un buen día decide rebelarse contra su familia (y la sociedad y el mundo, ya que estamos) y pasar toda su vida sin bajar de los árboles. Atención a la horrible coda pedante que escribí en el volumen: ‘el orgullo de un hombre nunca debe suponer el final de su vida, aunque ésta se le haga insoportable sin él’. Semejante sermón sólo es disculpable porque me lo debí dirigir a mí mismo, que, por lo que recuerdo, debería haber estado por lo demás encantado con la historia del personaje francamente individualista que no quiere perder ni vida ni opiniones en la masa adocenada que ‘decide’ andar por la vida con los pies en la tierra. Debe ser cosa de la vida que el hombre modifique la memoria al gusto, claro está. En las novelas no pasa, suelen estar mejor construidas.


El vizconde demediado me ha devuelto dos décadas después, por tanto, al universo alegórico y fabulador de Italo Calvino. En las breves 92 páginas que forman la historia, Calvino cuenta la historia del vizconde Medardo de Terralba, que, batallando contra los turcos en Bohemia recibió un cañonazo que lo demedió, es decir, le partió por la mitad. Pero cada una de las mitades fue milagrosamente curada y ambas acabaron volviendo por separado a su tierra, que pasa a tener dos vizcondes Medardos en vez de uno. Una de las mitades es malvada y deja tras de sí un rastro de destrucción. La otra es tan decorosa que resulta indigesta. La obvia referencia al mito de Jekyll y Hyde tiene el valor añadido del tono fabulador y la ligereza de la ironía, no sólo sobre la condición humana, sino de algunos de los temas sociales que como buen (ex)comunista le preocupaban: la religión y sus conflictos representados por un grupo de hugonotes que habitan en la zona pero que ya no recuerdan por qué están separados del resto de cristianos, la solidaridad con los enfermos a partir de la leprosería cercana, o las condiciones en que vivían mujeres y niños desfavorecidos. Calvino logra una de estas cuadraturas del círculo que tan difícil resultan: hablar de temas serios usando el neorrealismo de manera ligera, sin ser necesario pensar en ellos para disfrutar ‘mecánicamente’ de la historia, y acentuando así su conocimiento del comportamiento humano.

Es un deber y una obligación procurar leer esta nivola, así como la más larga, ambiciosa y densa El barón rampante. De mientras, este blog se apunta como deber conseguir una copia de El caballero inexistente, para completar esta trilogía fantástica de Calvino, que, dicen las biografías, surgió de esa Italia que luchó contra el fascio, y se volvió gloriosa y artísticamente comunista (¿podríamos imaginar un país donde creadores como Fo, Passolini, Berlusconi, Calvino, Pavese… eran comunistas confesos?), y que tras arruinarse en la discusión moral imposible de un terrorismo loco acabó arrasada por el desencanto y la televisión (y la mafia, esa prima vieja).




19 de noviembre de 2009

¡Hija de Sodoma!

Para ser verdaderamente medieval no debiera tener uno cuerpo.
Para ser verdaderamente moderno no debiera tener uno alma.
Para ser verdaderamente griego no debiera tener uno ropa.


‘¡Qué maravilla!’, me dije al saber de una reedición aparentemente decente de las cartas de Oscar Wilde. Un libro que contiene unas 400 misivas de las 1400 que se conservan de él. ¿Y por qué estas expectativas? Porque es difícil leer algo nuevo de la pluma de Oscar, y porque tengo una visión romántica de las cartas. Pero antes de explicarme, un poco de dandismo:

Siempre he creído que un escritor puede dar lo mejor de sí en una carta, cuando conoce perfectamente al receptor de la misma y sabe lo que debe contarle de manera individual y específica. Sería una forma incluso más pura de literatura que la destinada a publicarse, pues no se preocupa por el efecto causado en personas anónimas, sino que conoce de manera personal los resortes del lector. Son las mejores condiciones, aunque no descarto que escritores de renombre ya cuiden sus cartas sabiendo que un día formaran parte de su obra publicada. Obviamente hoy no se escriben cartas; los nostálgicos siempre sospecharemos que el efecto de recibir noticias por carta es superior al del correo electrónico, pero esto no es sino un juicio trasnochado que acabará cuando termine la generación que no conoció los ordenadores desde niños.
Lord Alfred Douglas (‘sé que Jacinto, a quien Apolo amó hasta la locura, fuiste tú en días griegos’)

A finales del siglo XIX, sin embargo, no había otro modo para comunicarse a distancia que el papel y el servicio de correos. Así que la tradición epistolar, además del aura romántica que yo le veo desde este 2009, tenía también un sentido evidentemente práctico.

El volumen Oscar Wilde. Una vida en cartas está editado por el nieto de Oscar, Merlin Holland –quien conserva el apellido que adoptó su madre después del escándalo-, y es un volumen satisfactorio, autobiográfico y sorprendente.

Es satisfactorio porque cumple la expectativa de una literatura por momentos de altísimo nivel, coherente con su autor y su adscripción al movimiento literario esteticista y sus toques de decadentismo del fin de siglo, del que Oscar acabó siendo culmen y epítome trágico. Incluye además las suficientes reflexiones sobre su obra y su vida como para descubrir la bondad de carácter y las motivaciones de sus actos, además de su fascinación por la belleza y la actitud artística.

Es autobiográfico porque nadie como Oscar unió vida y obra, hasta el punto de que su helenismo acabó en la tragedia anunciada que ni siquiera quiso evitar cuando pudo. No tuvo oportunidad por motivos obvios de escribir una autobiografía, de modo que sus cartas son el documento que reflejan de viva letra prácticamente toda su vida, excepto por los huecos dejados por aquellos que las destruyeron en tiempos en que Oscar Wilde era veneno. No hay otro modo de saber cómo fue la cárcel para Oscar, o porque no podía dejar de ver a Lord Alfred Douglas, Bosie, su amante-perdición-mantis, nombre tan indisociable del de Wilde que incluso su nieto opta por una fotografía de ambos en la portada de esta recopilación.
Lord Alfred Douglas (‘Le dejé hacer lo que le pareció. Estaba ciego, era incapaz de juicio. Di un paso fatal. Y ahora… aquí estoy en un banco de mi celda en prisión. En toda tragedia hay un elemento grotesco. Él es el elemento grotesco de la mía (…) Si estas paredes tuvieran eco, se oiría en ellas gritar ‘Idiota’ eternamente’)

Es finalmente, sorprendente, porque las cartas de Wilde revelan que los modos y costumbres cambian, pero que las pasiones y necesidades se revelan siguiendo formatos similares. Oscar escribe a varios interlocutores jóvenes pequeñas cartas aduladoras de su belleza e intelecto y solicita grácil y elegante que le envíen una foto a cambio de la que él ofrece. Vale que no es exactamente Gaydar, pero parece imposible no ver el paralelismo. O bien reflejan un sentido del humor moderno, adulador de la superficialidad de las clases superiores a las que necesitaba pero cuyos modos tradicionales negaba con su vida –y así le fue-, que aúna a la vez vanidad e ironía autocrítica. O, cambiando de tercio, negociaba toda cuestión económica que tuviera que ver con lo que hoy llamaríamos propiedad intelectual y que en aquellos años se basaba en vender sus piezas de literatura o de teatro para conseguir sus ingresos adecuadamente, actividad en la que Oscar fue también brillante y que ni siquiera dejó en sus tiempos en la cárcel o en los años que malvivió al salir de prisión.

Robbie Ross, su supuesto primer amante, estuvo junto a Oscar al morir, y fue su albacea literario

¿Qué puedo añadir? Que la carta que Oscar Wilde escribió al Ministro del Interior desde la cárcel de Reading intentando una mejora de sus condiciones de reclusión es uno de los textos más emotivos que recuerdo, y que me dejó al borde de las lágrimas. Todo el poderío de un escritor sobresaliente puesto al servicio de explicar su situación, manejando la inculpación y la conmiseración de manera magistrales, mostrando arrepentimiento y solicitando piedad con un realismo lírico inigualable.

Wilde es siempre bello, en general muy divertido, en ocasiones sublime, y un gran observador social. No hay obra de él que no me haya convencido. Siempre pueden descifrar su increíble y apasionante vida y obra de la mano de un analista de estetas y modernos tan competente como Luis Antonio de Villena en su breve ensayo Wilde total, que además tiene una estructura a lo Rayuela y contiene los aforismos publicados por Oscar en vida. Lo último que he leído de Wilde, que no conocía aún, es Salomé, en una bellísima edición de Círculo de Lectores, traducida por Pere Gimferrer e inquietantemente ilustrada por Gino Rubert (¿no les recuerda el estilo gráfico? Es lógico, este señor es el autor de las portadas para Lisbeth Salander). La única de sus obras teatrales que fue tragedia definitiva, que escribió en francés, que no pudo ser estrenada en Londres por tener personajes bíblicos como protagonistas, y con varios de cuyos inquietantes versos dejo esta entrada de hoy.
Salomé
No me gustan tus cabellos. Es tu boca la causa de
Mi amor, Iokanaán. Tu boca es como
Una cinta escarlata sobre una torre de marfil.
Como una granada cortada por un cuchillo
De marfil. Las granadas que florecen en los
Jardines de Tiro y son más rojas que las rosas
No son tan rojas como tu boca. El rojo griterío
De las trompetas que anuncian la llegada
De los reyes y amedrentan al enemigo
No es tan rojo como tu boca. Tu boca es
Más roja que los pies de los que
Pisan el vino en los lagares. Es más roja
Que los pies de las palomas que habitan
En los templos y son alimentadas por
los sacerdotes. Es más roja que los pies
del hombre que viene de un bosque donde
ha dado muerte a un león y ha visto tigres dorados.
Tu boca es como una rama de coral
Que han hallado unos pescadores
En el crepúsculo marítimo y que reservan
Para los reyes. Tu boca es como el bermellón
Que los moabitas encuentran en
Las minas de Moab y que les es arrebatado
Por los reyes. Tu boca es como
El arco del rey de los persas, pintado
De bermellón y con cuernos de coral.
Nada en el mundo es tan rojo como tu boca…
Déjame besar tu boca.

Iokanáan
¡Jamás! ¡Hija de Babilonia! ¡Hija de Sodoma! ¡Jamás!

Salomé
Besaré tu boca, Iokanaán. Besaré tu boca.


7 de noviembre de 2009

La monja y el hombre

Quizá cada generación crea que ha llegado a un momento decisivo de la historia, pero nuestros problemas parecen particularmente intratables, y nuestro futuro cada vez más incierto.
Tengo un gran recuerdo de la asignatura de Religión que recibí en el curso de tercero de BUP. Contra todo pronóstico, en lugar de la enésima revisión del catecismo y los clásicos misterios católicos que llevaba estudiando sin renovación desde la infancia (y que dado mi militante agnosticismo adolescente me resultaban puro humo), me encontré con un curso sobre historia de la religión, humanismo cristiano y filosofía moral, en el que interpretábamos textos de Bergson o Teilhard de Chardin, o veíamos el sentido social del cristianismo.

Si ahora retomara mis apuntes de aquel curso seguramente no los entendería, y me parecerían obra de un marciano, apasionado eso sí. Aquel curso de Religión no me devolvió al redil de la Iglesia –que fue fácil dejar completamente al dejar a fin de aquel año escolar el colegio católico en que me eduqué-, pero además de enseñarme que alrededor del cristianismo no todo tenía el negro color que mi juventud le daba, me hizo curioso en el tema, algo que además se aliñaba con los incipientes cursos de filosofía, que todo el mundo veía como inútiles. A mí me dejaron cierto sello, aunque con el tiempo, los estudios, y la dedicación a las ciencias me convirtieron en un aficionado que a veces se da el pego de leer algo de filosofía clásica y siente que, en alguna neurona arriconada, algo crepita.

Y entre estas lecturas, de repente, aparece este libro, La gran transformación, de Karen Armstrong, con portada pelín esotérica. La misma autora requiere parar un poquito, aunque para biografías ya saben ustedes que tienen la wikipedia: ¿un libro escrito por una ex monja? ¿Cuándo he leído algo escrito por una monja, no digamos ya una ex de Dios? Sólo se me ocurren Teresa de Ávila ó Helen Prejean, pero ninguna dejó –o ha dejado- los hábitos a pesar de su activismo. Karen Armstrong se salió de monja, dio clases de literatura y se puso a escribir libros reconocidísimos sobre las tradiciones religiosas, con una visión alejada del centralismo occidental, y con loas agradecidas por parte de las diferentes religiones estudiadas.

La gran transformación es un libro excelente en el que Armstrong estudia con tino el paralelismo en el nacimiento entre hace 2200 y 2900 años de cuatro tradiciones filosógico-religiosas de la antigüedad, centrándose en lo que da en llamar la ‘era axial’, el período en que sabios procedentes de lugares muy diferentes dieron en desarrollar edificios morales de comportamiento ético a partir de distintos puntos de partida. Un comportamiento resumible en una ‘regla de oro’ formulada como ‘no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti’ (y variaciones), válida para construir una vida, pero también un imperio. Resumiendo, estudia las tradiciones religiosas buscando los puntos de unión basados especialmente en la compasión, en lugar de las divisiones generadas por una militancia impuesta por quienes siguieron y sacaron beneficio de aquellos sabios.

Las cuatro tradiciones son la israelí, la griega, la hindú y la china. De un modo u otro, cada zona dio lugar a personalidades sensibles a la maldad, ignorancia y crueldad que observaban a su alrededor, y decidieron responder éticamente. Usaron métodos distintos, bien una meditación que permitiera aprehender el verdadero ego, bien una entrega que buscara la comprensión del contrario, bien una introspección racional que llevara al conocimiento. Y con ello también desarrollaron diferentes teologías, gnoseologías, y formas de experimentar a Dios, que bien podía ser experiencia mística resultado de una vida de sacrificio y devoción, un ser que proclamara su dominio sobre un pueblo y su propia perfección, o un ente utilizado políticamente para mantener la unión de la polis.

La comparación es apasionante: resume con precisión las tareas de Sócrates, Platón, Confucio, Las Tse, el Buda, Jeremías y muchos otros, y, cronológicamente, encuentra los fascinantes espejos en el pensamiento de los sabios así como las diferencias culturales, políticas, sociales y económicas que los separaban. Todo ello ha creado las condiciones de progreso y vida que hoy conocemos y que intuimos en esa noche de los tiempos en que nació cada tradición, por lo que el valor del libro es mayor. Lo encumbra una prosa limpia, matemática en la exactitud racional del discurso comprensible pero sin simplificaciones, que unifica los estilos culturales de los diferentes sabios en una belleza textual interna propia, en un libro final atractivo y muy disfrutable, sí, aunque no se tenga por costumbre leer sobre filosofía o religión.

Absolutamente desbordado por el enorme conocimiento adquirido gracias a la lucidez que la autora muestra y reclama, me da pena saber que olvidaré pronto (esta cabeza no piensa ni recuerda igual de bien que hace años), y me pregunto qué efecto tendría La gran transformación como libro de texto, tanto ahora como en la época en que estudié. Y pienso que, como en todo libro brillante que analice un conflicto complejo, el secreto está en el estilo: poéticamente neutro, pero fascinado por la pasión de los hombres de que habla, el análisis de Armstrong contribuye a dejar un mundo mejor, y a hacer que sus lectores no sólo se diviertan sino que sean conocedores de por qué muchos lucharon por ser mejores personas.

Si no se convencen del todo, pero por otro lado tienen ganas de leer más después de este tochazo y ver si este es uno de mis desparrames habituales, en este blog pueden leer la introducción del libro escrita por su misma autora. No les garantizo que no se enganchen…

19 de octubre de 2009

Film the legend!

Con Soy leyenda, la novela de Richard Matheson, vuelvo a una de las manidas discusiones cinematográficas: la validez de las adaptaciones de las grandes obras literarias al cine. Me pasó con esta película algo que hacía tiempo que no me sucedía: leer una novela de reputación tras haber visto una película que me ha interesado lo suficiente para hacerlo. Como cualquier aficionado, yo he tenido de todo: películas que he adorado, cuyo libro, leído después, me ha encantado, dándose el caso de novelas y películas que se complementan maravillosamente (El nombre de la rosa, La insoportable levedad del ser, o, si nos ponemos más clásicos, Lawrence de Arabia, son ejemplos magníficos); libros que he odiado después de haber disfrutado enormemente de su adaptación (Entrevista con el vampiro), y, por supuesto, muchas películas vistas después del libro, además del especialmente extraño único caso (Expiación) en que vi la película justo cuando estaba leyendo el libro. Fue… raro.
No había leído Soy leyenda ni había visto las películas con Vincent Price, The Last Man On Earth, dirigida por el ignoto italiano Ubaldo D. Ragona, o con Charlton Heston (The Omega Man), de Boris Sagal. Pero sí había visto la película con Will Smith dirigida por Francis Lawrence y me había parecido correcta, adscrita al interés actual por los zombis/infectados y su pararelismo con los miedos sociales actuales, y a las tiranías de las grandes superproducciones americanas. Pero me pareció una buena oportunidad para solventar una falla: no haber leído el libro, no haber leído nada de Matheson, a pesar de ser el escritor del que surgieron textos de películas tan interesantes como El increíble hombre menguante o la primera película de Steven Spielberg (Duel). Localizada una edición del libro con el inevitable Will Smith en la portada (algo que sé que molestará a muchos), y, una vez emocionadamente leída, no concluyo nada nuevo de lo que sé sobre Hollywood, pero, en este caso, me ha parecido que los cambios son un tanto perversos y que no siempre responden a necesidades estrictamente dramáticas.
La trama de Soy leyenda es conocida: un único hombre que ha sobrevivido a una infección generalizada de la humanidad vive sólo en su casa. Los infectados no soportan la luz del sol, pero de noche dominan la ciudad y el mundo. De día, nuestro hombre sale de casa, se aprovisiona de lo que necesita, y trata de investigar sobre una vacuna para curar el mal de las personas infectadas. Obviamente, a partir de este punto voy a contar cosas más fundamentales de la trama de ambas obras –peli y libro-, avisados quedan.

Neville
El carácter del personaje principal, Robert Neville, es francamente diferente. Frente al muy derrotado personaje del libro, prácticamente alcohólico y con tendencias destructivas que apenas da importancia al hecho de matar de continuo a infectados, el Neville de Will Smith es hombre modélico en su aguante y soporte, un baluarte de la resistencia y, por supuesto, de los valores que Hollywood da a la masculinidad, a la familia (que perdió), a la casa, etc…

Abby
El papel del perro también es dramáticamente distinto. Mientras en la película es un compañero, un animal agradable y valiente que está con Neville desde un principio, en el libro es una víctima esquiva que da esperanza a Neville inicialmente, y una gran frustración después, en uno de los episodios más desoladores de la novela.

Los otros ‘vivos’
En la película, por supuesto, acaba resultando que Neville no es el único hombre todavía en la Tierra. Hay otros como él, que también se conservan estupendamente, y que permiten un final de esperanza fácil que roza el ridículo; frente a eso, la novela muestra infectados que conservan el raciocinio y la humanidad, y que sufren la violencia indiscriminadamente asesina de un Neville encerrado en sí mismo, incapaz de comunicación o de asumir que una situación diferente a la suya también es posible y no censurable, no digamos ya ‘no asesinable’.

El final
Por supuesto, lo más criticado en el momento de su estreno: de la esperanza de la curación gracias a las investigaciones y los sacrificios de Neville, a la esperanza de que una nueva especie necesite deshacerse de ese ermitaño asesino, Neville, para sobrevivir, aunque sea enferma.

Resumiendo
Soy leyenda, el libro, es una historia mucho más desesperanzada pero más lúcida sobre la condición humana; esto convierte a la adaptación en superficial, en un juguete técnico, con sólo algunos puntos no incluídos en el original que resultan de interés, más allá de cambiar los años 50 por la época actual: cambiar el Los Ángeles de la novela por Manhattan contribuye mejor al aislamiento de Neville; refuerza además la escena de la muerte de la familia en la evacuación, aunque esto escamotea la vuelta de la mujer de Neville a la casa para infectarle, lo cual sin duda era una escena más potente…); las expediciones diurnas encuentran muchos hallazgos visuales en los maniquíes con los que Neville habla, o con los encuentros con infectados a plena luz del día.

Por lo que leo, Richard Matheson es un hombre que aún vive, a sus 83 años, y era joven cuando ideó su revisión de los vampiros/zombis que tan bien encaja con los gustos del fantastique actual, en el que él ha seguido trabajando de continuo. No es de extrañar, dados que los miedos colectivos son psicológicamente los mismos que hace cincuenta años. Soy leyenda es una novela emotiva y apabullante. El volumen tenía además varios relatos cortos, varios de ellos algo superados cuando no bastante mediocres, si bien también hay otras historias inquietantes con desarrollo relevante.
Richard Matheson, vía vjbooks



10 de octubre de 2009

En la cabeza del facha

Monsieur Jonathan Littell fue sensación literaria hace dos años por la publicación de su multipremiada novela Las Benévolas, su primer trabajo, reconocido mundialmente, y cuya fama fue subrayada por el hecho de ser norteamericano, vivir en España y escribir con éxito en francés una historia sobre la Alemania nazi.

Las Benévolas era sutilmente revisionista en un tema donde ya no resulta novedoso (pero sí por tanto complicado) serlo. A mí me pareció innovadora en la introspección psicológico-fisiológica de su personaje principal, el SS-Hauptstumpführer Dr. Herr Maximilian Aue, un cultísimo y brillante nazi que se adapta al parecer ‘bien’ a su entorno y que en su gloriosa carrera pasa por la aplicación de la solución final en Ucrania, el asedio de Stalingrado, la organización de la logística de los campos, el cierre y desmantelamiento de Auschwitz y la caída de Berlín. Aue cree en la necesidad de eliminar a los judíos de la vida germana; su lógica acepta, observa y a veces ejecuta, pero su cuerpo se rebela ante el exterminio: las pesadillas le atrapan, vomita, sufre diarreas infinitas y la mierda le rodea de continuo. Su psique además sufre por ser homosexual y disfrutar de tomar decisiones 'con el culo lleno de esperma' en un momento y lugar donde tal hecho supone acabar en los campos. Por no hablar de su tendencia al incesto... Es un traidor y un asesino, y no es simpático, pero tampoco es el mal irracional que no sepa ponderar lo que pasa a su alrededor. Atrapado en el contexto, hace cosas medias esperables en el mismo (bueno, no todas), y responde a la lógica de la propia cárcel en que vive. Pero, no obstante, he leído en las redes que esto ha sido visto como una descripción simplista de la psicología nazi. Ya saben, de nuevo un brillante reprimido que no puede desarrollarse y encauza su furia hacia el odio racial y la entronización de la supremacía aria. Yo no obstante veo más textura a la falta de remordimiento alguno de Aue en el plano consciente, que se acompaña de la rebeldía física, emocional, interiorizada de un cuerpo más atento a la deshumanización de su entorno que su lógica.

La parte digamos más histórica de la novela me resulta espléndida. No es que sea un manual de historia clarificadora, ya que los hechos en sí son directos, Aue participa en ellos de manera directa, y al lector necesitado de seguirlo todo pueden parecerle confusos (profusión de nombres y cargos, muchos términos en alemán, miles de lugares en la trama). Pero la visión sobre la horrible y tan mal organizada (para mi sorpresa, aunque tal vez sea lógico por la falta de medios que desde mediados de la guerra tuvieron) burocracia alemana, la lamentable cadena de decisiones ilógicas, la ejecución de la endlösung y su dificultad y estupidez prácticas -impagables los conciliábulos para decidir exterminar a los bergjuden del cáucaso, por ejemplo-, la visión de los pueblos que son conquistados, la comparación de regímenes que se da al salir Aue, superviviente siempre, de Stalingrado, y el desencanto generalizado, parecen confluir en un magnífico bosque de razones para que el Reich de los mil años durará lo que duró. La combinación de la vida personal de Aue con estos hechos resulta especialmente atractiva: Alemania se folla al continente, pero este se venga haciendo que cague toda su mierda sobre sí misma. Suena obvio, lo sé. Pero Littell lo hace con estilo, colando el folleteo y folletín personales en las rendijas del grandilocuente compromiso con el Reich, junto con la hez de la sangre y barro de la guerra. Hoy todavía vemos inesperadas (por lo aparentemente involuntarias) fascinaciones por la estética y organización supremas del estado nazi (un ejemplo reciente es el Valkiria de Bryan Singer), y aunque es más común incluso en los espectáculos mainstream (el Schindler de Spielberg, para entendernos) ver que la eliminación del judaísmo no era sólo cosa de odio (¿envidia de pueblo elegido?) racial sino de financiación extraordinaria del esfuerzo bélico, que los nazis pudieran no estar bien organizados ni ser cuadriculados y cumplidores sino corruptos e ineficaces parece algo difícil de sacar del acervo colectivo.
El caso es que un libraco de mil páginas como este, centrado en hechos históricos, y con vocación grandilocuente de obra que se quiere casi definitiva, requería de una documentación previa enorme, de la que el autor ha hecho gala incluso públicamente (su confesión de que documentarse fue mucho más largo que escribir, un proceso según él más corto y directo, le ha supuesto más de una crítica) con la edición de Lo seco y lo húmedo. Este libro ya no es ficción, sino un ensayo articulado alrededor de los textos de León Dégrelle y en especial de su obra La campaña de Rusia, y resulta muy revelador no ya de los mecanismos psicológicos del fascismo, sino también de los mecanismos literarios de construcción de personajes.

Léon Dégrelle fue el líder de la Legión Valona, un batallón de nazis de origen belga que combatieron junto a los nazis en el frente de Rusia. Dégrelle sobrevivió casi milagrosamente a varios años en el infierno, para acabar con una vida más o menos regalada en el exilio en Málaga. Se trata de un prototipo de fascista europeo fascinado por el régimen nazi, que en este caso acaba integrándose en él y siendo reconocido como integrante del Reich. Su facción fascista, el Rex, no fue exitosamente política en Bélgica, y fue incluso muy denostada cuando ya no ocultó su adscripción al nacionalsocialismo alemán. Llegó a dividirse con la invasión nazi y siempre tuvo un encaje difícil por su origen ultracatólico. Wikipedia les da una biografía recompleta al respecto.

El interés de los textos de Dégrelle (un hombre por lo demás compulsivamente mentiroso e intelectualmente vulgar) está en sus formas lingüísticas y en sus metáforas, en las que, a juicio de Littell, Dégrelle muestra las estructuras falsarias del pensamiento fascista sin, obviamente, pretenderlo ya que a fin de cuentas, creía en lo que escribía. Ahí se recoge desde el miedo y estereotipación de la tradición cristiana a la mujer (bien santa enfermera blanca y nazi, bien soldado bolchevique asilvestrada casquivana y prostituida), a la necesidad de estructurar una necesidad rígida, fálica (‘lo seco’) frente a la informe ‘humedad’ de las masas comunistas, la marea roja de su sangre y el barro ruso que consigue dinamitar los mil años del Reich con su constante ataque amorfo e incontrolado. Como si la vieja polémica entre Parménides y Heráclito se rehiciera a la luz del fascismo europeo del siglo pasado. Hay sitio para más: el doble rasero lingüístico en la descripción de los ejércitos nazis o soviéticos en su lucha, en su forma de morir, o en las razas que lo componen; o las ínfulas de estrella que se postula como modelo de Tintín para Hergé; o la participación en la estética homófila tan apegada a la representación visual del joven soldado ario (aunque sin ‘concretar’, ya que lo homo también forma parte de lo amorfo y húmedo).

Degrelle se lleva a sus hijos de desfile (via el blog de Pierre Assoline)
Más allá de la fascinante experiencia vital de Dégrelle (que fue un facha de mierda, pero que sobrevivió a lo indecible, que fue protegido por el franquismo y acabó siendo un español no extraditable), y del desenmascaramiento de una psique traducida en sintagmas y metáforas, Lo seco y lo húmedo muestra paralelamente, aunque esto sí sea intencionado en el metaanálisis del autor, algunas de las claves del diseño de Maximilian Aue, y da notas suficientes sobre el lenguaje buscado por Littell para Las Benévolas. También me produce curiosidad que un análisis anterior necesario para una novela se publique tras el éxito de la misma, obligando a una lectura invertida del proceso literario. La tarea de documentación que permite la creación psicológica de profundidad, es, por su parte, posiblemente ingente y casi inabarcable, y me hace preguntar cómo se decide terminar (¿cuántas autobiografías de fascistoides así puede haber? ¿cuántas websites podrían hoy servir de documentación del neofascismo actual?) y cómo puede acabar uno de salud mental por esas lecturas y análisis antes de (o durante) la escritura de una novela de este tema.
Jonathan Littell (via Portugal dos Pequeninos)