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9 de noviembre de 2012

Últimos días con Lorenzo




Más de treinta años después de traer de vuelta a España a suemigrante Lorenzo, Delibes escribió el Diario de un jubilado, que cerraba la trilogía biográfica, y que, publicado en 1995, se inscribe entre las novelas de madurez que Delibes escribió sobre la tercera edad (como Señora de rojo sobre fondo gris, 1991, o Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, 1983). Tal vez en este contexto podemos entender el interés de Delibes por repasar y finiquitar a su criatura, que le ofrecía la posibilidad de dar una visión metodológicamente cercana de los dos anteriores diarios (Lorenzo y su vida como reflejo del entorno, que en última instancia era el país), y de narrar sus obsesiones del momento.

Creo que es la primera vez que veo escrito en una novela el término sursuncorda , y hacía mucho que estos ojos no veían bóbilis, bóbilis escrito en un libro. Son el ejemplo simple de que Delibes escribe no sólo con la debida libertad, sino con la (que llamé en las anterioresentradas sobre sus diarios) recuperación de un lenguaje castellano olvidado, el de la Castilla La Vieja tan rural y pobre en dineros como rica en palabras. Lorenzo sigue expresándose igual, y Delibes lo recoge con la maestría de la complicada simplicidad que se extiende a toda su obra.


Lorenzo ha decidido jubilarse anticipadamente, y para combatir el tedio y ganar un dinerillo extra, entra al servicio de un viejo poeta de la ciudad al que ayuda a dar sus paseos matinales. Se reúne con algunos antiguos compadres, observa los tiempos (su hijo derrochador, su hija liberada, su mujer enganchada al bingo y a los concursos de la tele) y acaba involucrado en un episodio oscuro de extorsión y prostitución.  La mirada de Delibes presenta desazón ante los tiempos, que tanto su personaje como él mismo ven cambiados, aunque queden vestigios de un pasado anterior, como muestra el anacrónico personaje del anciano poeta. En esta peculiar relación se encuentran los mejores momentos del diario, en su descripción sensorial de los impedimentos y anhelos de un poeta reprimido que vive en un mundo marchito del que no quiere desgajarse por nada. Suena testamentario, claro.

Delibes cierra con un ciclo su trilogía, pues los finales del primer y tercer diarios son formalmente muy similares en su desarrollo, y en su abrupta llegada. Una llegada que indica que el diario podría seguir aunque ya nunca lo haría, o que la vida, a pesar de los cambios exteriores, tiene ciclos que siempre cumple y ante los que el hombre debe ceder su voluntad. Un pensamiento que se antoja coherente con la mirada a la naturaleza que siempre rindió Miguel Delibes.

Miguel Delibes (vía)

24 de julio de 2011

Lealmente




Cuando Lorenzo, el protagonista del Diario de un cazador que reaparece tres años después en el Diario de un emigrante, quiere decir algo con sinceridad, suele comentar que le dije lealmente, lealmente le respondí

Ese lealmente encierra para mí parte del genio de Delibes: su aproximación honesta al lenguaje de los menos letrados, pero también la profundidad de una mirada psicológica de un país maltratado y por necesidad pícaro. Sin el lealmente, Lorenzo parece libre de manejar su comunicación para obtener un mísero rédito profesional, social, o familiar.

Lorenzo viaja con su mujer embarazada a Chile, por presión de la familia política, y ante el escaso progreso que se vive en España. Allí empieza a trabajar con su tío político, conoce amigos nuevos y otros emigrantes, nace su hijo, tiene variadas disputas matrimoniales, e incluso abre un negocio. Este Diario de un emigrante tiene los valores literarios del volumen anterior que ya reseñé, con un añadido: la extrañeza de Lorenzo (pero reconocimiento del autor) hacia el idioma español distinto al hablado en España, aunque Lorenzo la vive y Delibes la muestra paralelamente a otras diferencias no literarias, ya sean paisajísticas o estacionales.

Portada de la mítica edición de Destinolibro del libro de Delibes. Qué gloria esto de la red. Procede de entrelectores

Sin embargo, yo he conseguido empatizar menos con el personaje que en el primer diario. No se trata de no congeniar con lo que suponen las diferencias temporales e históricas en parte del comportamiento y pensamiento de Lorenzo, sino posiblemente de un acercamiento emocional más frío al protagonista. Tal vez, al estar descontextualizado por su presencia en tierras extrañas, su actitud me resulta menos reconocible y, por momentos, la visión del escritor hacia él también me parece más incomprensible.

Delibes incluye (en 1958) un emigrante político (casi anecdótico) en un libro que es la segunda parte de un volumen que fuer Premio Nacional de Literatura. Sé que fue un hombre con problemas con el régimen, y que su lucha contra el mismo, casi siempre próxima a los problemas de la libertad de expresión, sobrevuela su obra. Lo hace de manera sutil en Diario  de un cazador, donde el fondo implícito impregna toda moral. En Chile eso se pierde, y la batalla era, sin duda, más complicada. Se lo digo tan lealmente como que en Chile, al cine, le dicen biógrafo.

Delibes de perfil, vía proyecto integrado 

29 de enero de 2011

Paisaje con hombres y aves


¡Qué solo me ha dejado el final abrupto del Diario de un cazador, la siguiente novela de Miguel Delibes con la que continúo la tarea de completar su obra principal tras su muerte hace unos meses!

No es del todo sencillo acostumbrarse al devenir y a las palabras de Lorenzo, el modesto bedel de instituto que escribe un diario en que además de hablar de su trabajo, de los avances con la chica que le gusta, o de su familia y amigos y sus vicisitudes, relata con esmero y cariño de apasionado su afición por la caza. No es fácil por mi parte porque ni aprecio la caza como actividad ni niego que por ello psicológicamente haya negado la posibilidad de leer este libro durante años, aunque supiera bien que 1955 no es 1995, por ejemplo en ninguna parte del mundo. Pero el libro, en mi opinión y para subrayar mi esperable error, no debe leerse dogmáticamente como si fuera una apología de la actividad cinegética, puesto que no lo es. Para las reseñas, la caza es el sueño e ilusión de liberación de un hombre nacido en un entorno y momento opresivos, que se traducen en problemas continuos en sus relaciones laborales, familiares y sentimentales. Pero yo discrepo, la caza no deja de ser otra lucha (pero no contra los animales), pues Lorenzo no entiende esta afición del mismo modo que varios de sus amigos cazadores, lo que en ocasiones supera el enfrentamiento dialéctico, y llega a conflictos morales con consecuencias. Lorenzo es un hombre sencillo y sin formación que se busca la vida y racionaliza con justicia los conflictos a su alrededor, siempre en la medida que las estrecheces se lo permiten. Si trasciende, y con él lo hace Delibes, es por no caer en tremendismo o desesperación, siendo la caza, sus preparativos, lugares, avatares, estilos y periodos los motivos de superación a los que el envolvente lenguaje acaba también por incorporar al lector.


Como es frecuente en Delibes, la grandeza de adoptar el idioma ‘ajeno’ (en este caso el de un hombre común que escribe para sí mismo, al que su trabajo permite apreciar el valor de expresarse lo mejor posible), se combina con un lenguaje que en parte hemos olvidado y cuya sencilla sonoridad me emociona como reflejo no ya de un idioma rico y ‘antiguo’, sino como de una vida con aspectos por otro lado superados (¡y menos mal!). El diario me trae palabras de infancia y juventud, las que mi padre, castellano viejo, solía decir antes mucho más que ahora. Párrafos fascinantes como el que cierra esta entrada lo corroboran. Y demuestran cómo Delibes mira de frente a su personaje y le trata de igual a igual. Aunque, en efecto, el lector actual pueda encontrar una barrera en este lenguaje de otra sociedad y época, por mucho que seamos sus hijos, además de los obviamente presentes términos de caza, a veces técnicos, a veces recuerdo de otros tiempos.

No leer este Diario de un cazador también me frenó la lectura de los dos siguientes, el Diario de un emigrante y el Diario de un jubilado, que serán los siguientes libros de Delibes que ahora sí lea. De este modo me reintegraré a la vida de Lorenzo, que me ha echado de ella en un momento de pudorosa superación que reúne, en magnífica elipsis, varios años –creo- de vida.

Cuando se largaron me despaché a mi gusto con Aquilino. No tengo pepita en la lengua y por primera providencia le dije que me había empatado, ya que me prometió que la Jabalí [*] sería mía por cuatro cuartos. Él me preguntó por el dinero que llevaba y le dije lealmente que quinientas. El cipote se echó a reir y me salió con que qué quería hacer con esa miseria. ¡No te giba! Ya le dije que no lo echase a barato, porque me había hecho la santísima. Él se atocinó y se puso a voces, que lo que no podía hacer era colocar un guardia a la puerta, y que yo había visto lo mismo que él, que el individuo ese vino por ella por derecho. Le dije lealmente que en ese plan no podíamos entendernos. El tío cambió de tono y me salió con que si no me iba esquinado con él y que cómo estaba la madre. Labia no le falta al marrajo, pero lo cierto es que me ha hecho la tana. Mejor le pintaría si no se le fuera toda la fuerza por la boca. En vista del éxito me haré un traje con los cuartos de la Jabalí.

[*] nombre de una escopeta a subasta


Foto de Miguel Delibes escopeta al hombro realizada por Chema Conesa


16 de julio de 2010

Rojo y Gris

Un autor anciano y consagrado muere, sus obras se reeditan, y los lectores nos entristecemos por lo primero y alegramos por lo segundo. No haber leído a Delibes, no haber leído El camino, era casi imposible para mi generación, pues era lectura obligada en el bachillerato. Pero de ahí a conocer toda su larga obra hay un trecho. Muchas veces fue trecho salvado por el teatro, o por el cine, pero, a decir verdad, tengo grandes lagunas en la lectura de un autor que siempre me ha parecido irreprochable.

La primera laguna que vadeo tras la muerte de Miguel Delibes es Señora de rojo sobre fondo gris. A Delibes, como a muchos escritores, le pasa que aunque no sean protagonistas aparentes de sus novelas, sus afinidades/simpatías son claras con los protagonistas. Y que los intereses de sus protagonistas cambian con el tiempo. En el caso de Delibes Señora de rojo sobre fondo gris es un título de clara madurez, inspirado por la figura de su mujer muerta antes de tiempo (a mediados de los setenta), a la que retrata y homenajea desde el título. Un título obvio, metafórico y muy cumplidor.

La novela toma la forma de una única carta que un padre escribe a una hija después de que esta le visitara. La mujer de él y madre de ella ha muerto recientemente de enfermedad inesperada, sumiendo al hombre en una profunda crisis. La carta es sobre todo una evocación de la figura de esta mujer, realizada desde el sentimiento de pérdida y la necesidad de reconocimiento propio de la dependencia hacia ella. Es una señora de rojo, actividad y compromiso, acción y pasión, entrega y generosidad. La hija, por su parte, ha estado presa del franquismo, por motivos que se desconocen, y que movilizaron a toda la familia. Es un fondo gris que resalta la vulgaridad de un medio social infectado por un poder injusto y mediocre, contra el que la señora de rojo actúa con dignidad pero sin éxito. Exactamente igual que el cáncer contra el que su cuerpo no puede hacer nada.

La maestría de Delibes se subraya sobre todo en la sencillez de la ejecución. Su lenguaje está extremadamente cuidado, y nos vendrá bien para recuperar vocablos como estiaje o atrabiliario, pero la sintaxis es simple (que no poco trabajada), el discurso es claro y emocional sin subrayado y la duración es breve, concreta y concisa. El uso de los recuerdos, de los objetos sentimentales, de las relaciones profesionales, o de las casas de la familia como símbolos de una mujer que convertía en arte su vida y su convivencia (frente al artista profesional que es el marido, pintor en la novela) es magistral. Delibes escribía novelas más bien cortas, pero dado que Señora de rojo sobre fondo gris se publicó en 1991, quince años después de que Delibes enviudara, no cabe duda que se trata de un libro exquisitamente pensado, que, obviamente, me invita a continuar con más.

El joven Delibes, vía que.es