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20 de noviembre de 2025

Recibir cartas de Séneca

 


¿Quién no quisiera recibir una o dos cartas a diario de Séneca? Probablemente el propio Lucilio, receptor de las letras recogidas en este volumen de las Cartas a Lucilio, no las recibía con semejante frecuencia. Pero el lector actual puede hacerse a una ilusión así, leyendo pausadamente una carta a la mañana y otra al anochecer. Es, más o menos, el ritmo que he seguido, consiguiendo al mismo tiempo no abrumarme por el peso de este volumen (124 cartas en más de 600 páginas) e imbuirme paulatinamente del pensamiento del filósofo romano.

Descubrí la existencia de las Cartas a Lucilio gracias a Javier Gomá y su capítulo sobre Séneca en El estoicismo romano, donde ensalza este volumen frente, especialmente, a las varias Consolaciones que escribió décadas antes. Yo había leído ya hacía mucho Sobre la felicidad, y más recientemente algunos conocidos fragmentos de De ira y De otio. Pero ciertamente las Cartas a Lucilio son una obra singular, de un encanto diferente.

Séneca escribe sus cartas en la vejez, con un reconocimiento continuo de achaques y dolores de un cuerpo ya escombro que no le da demasiado descanso. Esta asunción le proporciona una ternura especial al texto, donde es fácil adivinar un deseo irrefrenable de vencer la futilidad del cuerpo con la virtud de la sabiduría aquí ofrecida al amigo y alumno al que escribe de continuo. Desconozco si abundan los legados de filósofos clásicos sobre la vejez escritos desde la experiencia propia (varios filósofos griegos alcanzaron una edad venerable, sabemos que hay casos obvios -Platón- en los que la experiencia pesó especialmente al escribir), pero éste es un manual casi definitivo al respecto.

Séneca sin duda abandera y parece apadrinar a Lucilio como un alumno aventajado, al que anima de continuo, especialmente en las primeras cartas, donde existen más referencias a los avances en sabiduría del receptor, aunque no sean infrecuentes las pequeñas regañinas ante posicionamientos o quejas vitales de Lucilio que Séneca censura sin problema al recibirlas. Poco a poco en las cartas van añadiéndose capas de filosofía estoica, pero también del pensamiento de maestros anteriores (Platón, Aristóteles y especialmente Epicuro, pero se multiplican las menciones a otros hasta la saciedad, incluso hoy desconocidos), y desapareciendo las menciones a Lucilio y las referencias personales, que se recuperan en las cartas finales. Las cartas, de los dos párrafos a las veinte páginas de extensión, van poco a poco aumentando de volumen.

Séneca se define como miembro (‘nosotros pensamos que…’) de la escuela estoica, pero hace un reconocimiento muy elevado de Epicuro. En las primeras decenas de cartas se despide invariablemente con una sentencia de Epicuro, al que reconoce cercanía y cierta paternidad filosófica. Esto, unido a los resúmenes que Séneca ofrece del pensamiento de autores clásicos y varios de filosofía, le permite no ya predicar su escuela, sino describir las de los grandes de la filosofía clásica, en resúmenes que incluye en sus propias cartas. La carta 76 incluye un excelente apunte sobre la virtud, las pasiones del cuerpo y los deberes de la razón en el estoicismo. La 58 recoge la metafísica de Platón como ejemplo de utilidad en llegar a la vejez. La 65 compara las teorías de la causa en Aristóteles, Platón y los estoicos... El libro es un pozo de conocimiento de la cultura que hoy llamamos clásica, con infinidad de referencias.

¿Y qué predica Séneca? Aunque en las diferentes cartas poco a poco se desgrana su filosofía (mejor: un pensamiento destilado en toda una vida) y esto significa que las cartas son una fuente estupenda de estudio del estoicismo romano hasta su tiempo, son dos las obsesiones centrales continuamente repetidas: la apología de la virtud como cumbre de la vida humana (con la consiguiente descripción continuada de cómo se comporta quien la posee, es decir, el sabio); y la preparación a la muerte, a la que Séneca en parte minimiza y en parte glorifica, como modos de reducir la angustia anticipatoria con la que atenaza al ser humano, y en la que se encuentra parte de su pensamiento más chocante: aquel que aconseja olvidar pronto al amigo o al hijo muertos, alegrándose de que han cumplido con la vida que el Logos les tenía reservada, y buscar sustituto pronto. Las cartas 70 y 76 son imprescindibles para ello.

Un tercer punto también polémico en Séneca es su fijación en lo inútil (para la sabiduría, es decir, para la verdadera vida) de las riquezas, que sin embargo él mismo poseía en inmensidad. Las riquezas no aseguran nada, dice Séneca, pero tampoco deben rechazarse; así, es muy hermosa la brevísima carta sobre su admirado amigo Demetrio (62), vestido de manera andrajosa pero dotado de excelente virtud. En la 55 censura la buena vida que se dan los ricos confundiendo pereza con ocio. Pero no faltan tampoco justificaciones por su riqueza (porque una cosa es que la riqueza no sea significante y otra despreciarla si es que viene dada; en la carta 108 denuesta a quien alaba la pobreza per se), ni interpretaciones de su otro gran pecado, el no enfrentarse a Nerón dejando que el monstruo creciera en poder y crueldad.

Como edificio ético que es el estoicismo romano, y como resultado natural del envío de cartas de cierto carácter pedagógico, el volumen es además un resumen de costumbres romanas y anteriores, y un catálogo moral de Séneca al respecto. En este sentido, su interés alcanza también lo histórico por su descripción de usos, costumbres, clases, dichos y opiniones. Como buen filósofo moral, cree que su sociedad no cumple bien las exigencias de vida que propone, que en algunos casos contradicen determinadas visiones que tenemos del mundo clásico, como su defensa hoy diríamos humanista de la dignidad de los esclavos (carta 47). Su formulación antiutilitarista de lo bueno (120) es casi prekantiana. Séneca aconseja un control debido de las pasiones para poder llegar a la virtud y lo ejemplifican los desmanes a que llevan el exceso de vino y placeres (95), contrarios al esfuerzo laborioso que supone alcanzar la virtud (84).

Con todo, resultan especialmente disfrutable sus críticas digamos culturales al mundo intelectual y filosófico, al que ya mira con la distancia que le dan los años y el prestigio alcanzado, desde el retiro “que le ha permitido el poder” (probablemente una laudatio a Nerón para que le permita dejar su puesto de consejero).  Séneca se manifiesta contra la palabrería en el ejercicio de la filosofía (108), contra la floritura en el estilo literario (114), pues es ejemplo de falta de virtud, o indica que las útiles profesiones liberales no garantizan la virtud (la carta 88 atesora una descripción completa de esas artes y su relación con la virtud).

La fuerza expresiva de Séneca es enorme, muy envolvente en su convicción, y sus capacidades literarias superan la inevitable repetición de conceptos en 124 cartas. Su mirada desde una vida completa otorga cierta serenidad al alma lectora. La completa edición de Francisco Socas, con múltiples notas explicativas de modismos y giros solo comprensibles a la luz de detalles históricos y sociales de Roma y Grecia, ayuda a percibir el volumen como una obra magna. Sin duda, la conversión del lector en alumno y receptor gracias a la segunda persona a que obligan la amistad y el estilo epistolar ayudan a esa recepción, hasta cierta conmoción. Lo cual no significa comunión completa de ideas, imposible con un señor que vivió en parámetros tan distintos a los nuestros. Pero, lógicamente, no se trata de eso en este disfrute histórico, ético y literario.

Estatua de Séneca, obra de Amadeo Ruiz Olmos. Fotografía de Harvey Barrison recogida en Wikipedia


 

 

 

8 de julio de 2025

Los viejos estoicos nunca mueren



De hecho, los viejos estoicos parecen más vivos que nunca. Protagonistas de reediciones de sus textos, de libros monográficos, de conferencias, ejemplos para unos tiempos en que la interpretación de sus teorías parece por momentos interesada, o, cuando menos, un tanto reducida a parte de sus consignas éticas reinterpretadas desde el individualismo postmoderno. No es el caso de este libro, El estoicismo romano, dedicado no a dar recetas directas sobre la vida de hoy sino al estudio de los grandes representantes de esa corriente del pensamiento: Séneca, estudiado por Javier Gomá; Epicteto, por Carlos García Gual; y Marco Aurelio, por David Hernández de la Fuente. Publicado por Arpa Editorial, el libro es el resultado por escrito de tres conferencias previamente ofrecidas por cada autor en la Fundación March. La aproximación es especialmente sensible a avatares biográficos de cada autor en relación con el desarrollo de su pensamiento dentro de su propio devenir personal.

El estoicismo romano es la etapa final de esta escuela en la filosofía antigua, y la penúltima de esta filosofía antigua cuando se estudia como conjunto, aunque se desarrollaría por personajes como el consejero de un emperador e incluso un mismísimo emperador. A estas alturas de esta corriente filosófica, y bajo el poder absoluto de los emperadores romanos, la práctica filosófica había perdido gran parte de su capacidad política, y estos autores tampoco se muestran especialmente interesados por las patas de la Lógica y la Física que tan relevantes fueron para los estoicos primeros a la hora de apuntalar su visión cósmica completa. De Séneca a Marco Aurelio no es que hayan olvidado poner a la naturaleza en el centro de todo principio, norma o decisión, pero el Logos y su discusión no es omnipresente. Los consejos para proceder en las situaciones de la vida, el consuelo ofrecido cuando la fortuna no sonríe, incluso las instrucciones para una vida resignadamente feliz, ocuparon su interés.


De los tres filósofos, Séneca es probablemente el más discutido por la pluma del autor de su estudio. No es que no le colme de buenos elogios, pues empieza su texto con un decálogo de los notabilísimos méritos del filósofo que le convierten ‘en un gigante’. Pero Gomá coincide con otros estudiosos de la obra de Séneca al mostrar la contradicción de su pensamiento moral con su servicio durante años a Nerón, con el que hizo inmensa fortuna, y al que buscó influir positivamente con sus consejos sobre la clemencia a practicar por el emperador, pero al cual no discutió cuando empezó con las crueldades de su etapa final, sino que consintió callando y mirando a otro lado. Él, que era autor de un corpus ético ya relevante cuando le encargan ser el tutor del joven Nerón. Entre esto y el desapego emocional, interpretable desde un rigorismo extremo de resignación estoica, con el que Séneca responde a las necesidades de consuelo de una madre marcando la futilidad de la vida, lo inútil de la misma, o la oportunidad dada por la naturaleza de resignarse sabiamente a su designio, molesta profundamente a Gomá, que se reconcilia, sin embargo, en la época final de Séneca con las Cartas a Lucilio, y al que siempre le reconoce la fuerza emocional y la pulsión dramática que impone a sus escritos.


El menos discutible de los estoicos romanos es sin duda Epicteto, que frente a sus dos ilustres compañeros de escuela no tuvo aspiraciones ni momentos de poder político: era un esclavo liberto que fundó su propia escuela de filosofía y que nunca escribió nada. García Gual hace un retrato amable en que el momento clave en que, sin queja, se dejó fracturar una pierna y quedó cojo de por vida, es especialmente subrayado como aplicación de la libre aceptación estoica de lo que en la naturaleza nos proporciona y por tanto nos conviene. El momento sirve para definir una vida dedicada a la enseñanza, que permite además a García Gual dar pinceladas sobre el estoicismo como enseñanza que nos extraña y fascina a la par. Sólo sobreviven textos escritos por sus alumnos, y se sospecha que existieron clases y disertaciones sobre lógica y física, pero, o no se escribieron o no se conservaron.


Para mí, personalmente, Marco Aurelio es el personaje de perfil más fascinante de los tres. Emperador de dos décadas turbulentas, escribía para su propio consumo unos textos melancólicos que rebosan sentimientos agotados de un mundo trágico y absurdo, abogando por un retiro interior y una aceptación resignada de lo que la naturaleza traiga. Su contradicción es aún mayor, si cabe, que la de Séneca. Y su vida es un debate entre su pulsión filosófica y su formación para alcanzar la cabeza del Imperio, algo que aceptó como inevitable y, estoicamente, dado por la naturaleza. David Hernández de la Fuente también se aferra a un episodio biográfico muy peculiar: el sueño que tuvo siendo adolescente la noche anterior a ser nombrado heredero, en el que sus hombros eran de marfil, frágiles, pero parecía que aguantaban, con la mala salud de hierro de los enfermos que también le caracterizó. Marco Aurelio ordenó campañas bélicas cruentas a la par que fue un hombre de familia - algo a lo que los estoicos suelen recomendar desapego, y de ahí parte del enfado de Gomá con el primer Séneca - y un joven bondadoso e inteligente. Para Hernández de la Fuente, este "emperador de marfil" es un filósofo de sinceridad total, pues era inconcebible que el emperador publicara sus Meditaciones, y ahí reside una fuerza interna que apela en sus humanos consejos a todas las épocas y oficios. Pero, por otro lado, si incluso el emperador de Roma, todavía en el siglo II después de Cristo, muestra este desapego por el mundo y este desánimo para el que receta el retiro interior, pero en el que no es imposible leer también un fracaso de la humanidad en el que vida social y política no tienen sentido, ¿que quedará si no pedir un rescate, una luz, una guía, a nuestra alma por parte de lo más alto?

Los tres textos se benefician a mi entender de la agilidad del lenguaje oral del que proceden, la conferencia previa, y fluyen con ritmo y gran claridad expositiva. Mantienen también una coherencia estructural y completan un libro que no es académico en sí, pero resultaría muy útil como tal.

Bueno. Aquí las consecuencias del libro, que ya están en casa: