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13 de junio de 2021

La mala luz

 

En uno de los escasos textos de autoría específica propia de Svetlana Alexiévich en Voces de Chernóbil, la autora afirma que

Los héroes de Chernóbil tienen un monumento. Es el sarcófago que han construido con sus propias manos y en el que han depositado la llama nuclear. Una pirámide del siglo XX

Como cualquier gran acontecimiento mundial, el accidente nuclear de Chernóbil, sucedido en abril de 1986 en Ucrania junto a la frontera bielorrusa y dentro de la antigua URSS, proyecta una fuerza histórica sobre el pasado y sobre el futuro, y atesora enseñanzas paradójicas y metafóricas por doquier. La cita anterior de Alexiévich es una de las más interesantes, ya que la luz, símbolo del progreso racional y origen de la Ilustración y germen simbólico de la Ciencia cuyo devenir llevó al progreso atómico, es aquí no sólo cegadora, sino tóxica y venenosa. Sucede porque la luz en la era cuántica es otro paradigma, y es función del poeta subrayar su nuevo poder.


Primer sarcófago de Chernóbil (vía)

Voces de Chernóbil, como El fin del Homo Sovieticus, es un libro resumen de relatos de vida. Diez años después del accidente, Alexiévich entrevista a una gran cantidad de personas que vivieron o sufrieron (ellos o sus familiares) el accidente y/o sus consecuencias. La nómina es enorme: bomberos, ejército, liquidadores de diferente tipo -desde los encargados de desmantelar instalaciones a los cazadores que mataron a los animales de granja y domésticos-, científicos, políticos, vecinos, y más… Con los relatos de vida se conforma una visión histórica valiosa, que pone el acento en las personas y su, en este caso, sufrimiento en ocasiones inimaginable, y que permite rebajar la escala de los grandes acontecimientos a lo humano. Para cuando Alexiévich investiga y escribe su libro, la URSS ya ha desaparecido, y el desencanto de la población es enorme, vinculándose ambos acontecimientos de modo directo:

El gran imperio se ha hecho pedazos. Se ha desmoronado. Primero Afganistán, luego Chernóbil. El imperio se ha derrumbado y nos hemos quedado solos. Me cuesta decirlo, pero nosotros... Nosotros amamos Chernóbil. Lo queremos. Representa un sentido para nuestra vida, que hemos reencontrado. El sentido de nuestro sufrimiento. Da miedo decirlo. Lo he comprendido hace poco. (Natalia Arsénievna Roslova, presidenta del Comité de Mujeres de Moguiliov 'Niños de Chernóbil')

Así, parece lógico que Alexiévich acabara escribiendo El fin del Homo Sovieticus, claro, un libro que con el tiempo deja mejor recuerdo que Voces de Chernóbil, donde Alexiévich parece más cómoda en un papel de retransmisora (el propio título lo avanza), y la estructura de monólogos no parece implicar una línea argumental, o una división analítica, a pesar de la existencia de tres partes de títulos parabólicos. O es tan sutil que al menos yo no he conseguido encontrarla. En esto se diferencia de su libro sobre el fin de la URSS, y, en ese sentido, son más entendibles las críticas sobre el Nóbel concedido en 2015 a Alexiévich, en el sentido de dudar sobre la autenticidad de una autoría verdadera. Ello no obsta a que Voces de Chernóbil cuente con numerosos episodios de profundidad humanista y alto valor literario en sí, de gran capacidad emotiva y, como decía antes, metafórica. Un ejemplo:

Entre la gente que trabajaba en la central de Chernóbil había mucho campesino. Por la mañana trabajaba en el reactor y por la tarde, en su huerta, o en la de sus padres en la aldea vecina, donde las patatas todavía se plantan con la pala, y el estiércol se esparce con la horca. Extraen la cosecha también a mano. Su mente existía en estos dos ámbitos, en estas dos eras: en la de piedra y en la atómica. En dos épocas. Y el hombre, como un péndulo, se movía constantemente de un extremo al otro. (Alexander Revalski, historiador)

¿Algunas parábolas pueden incluso superar las intenciones de Alexiévich? Esta llamada a lo primitivo (no exenta de discurso en lo que fue la Revolución Soviética, por aquello de alcanzar el comunismo en un país agrícola no demasiado industrial que no había pasado por una revolución liberal) se relaciona con la tierra -hay más referencias, una constante: las cantidades de superficie que fueron extraídas para evitar la contaminación de la agricultura-, el átomo y la radiación son la llama nuclear (el fuego), el agua participa de manera clave en los reactores, y el aire… bueno, el aire en que residen los radionúclidos invisibles es el agente finalmente asesino. Que los cuatro elementos de la mitología y del misticismo alquímico aparezcan en el mayor accidente tecnológico conocido es una figura literaria de impacto.

Otra reflexión cultural de interés a partir de Voces de Chernóbil surge para mí en Chernóbil, la miniserie de televisión de 5 capítulos estrenada en 2019, que vi antes de leer el libro. La información sobre la serie dice que se basa en gran parte en Voces de Chernóbil, y aun siendo cierto que en el texto se reconocen claramente varios episodios y momentos retratados en la serie (la historia del bombero y su mujer, los liquidadores de animales, etc…), en el libro hay muy escasa mención a las causas técnicas del accidente, o a la gestión directa del mismo tanto en el momento en que se produce como posteriormente. El personaje principal de la serie, Valeri Legasov (coordinador científico del comité investigador del accidente), apenas se menciona en un par de ocasiones en el libro. La serie lógicamente cuenta con otros informes para su dramatización, y otorga un mayor peso a la explicación técnica y al impacto político a escala mundial que supuso. Curiosamente, los protagonistas de Alexiévich ya mencionan eso sin, por así decir, conocer las intimidades del reactor nuclear soviético tipo. Es muy peculiar como artefacto cultural porque en cierto modo Chernóbil, la serie, es un epítome del cine de catástrofes que tanto triunfara en los años setenta del siglo pasado pero que ha seguido estrenando productos desde entonces, virando un tanto de los desastres producidos por una ingeniería humana ambiciosa y defectuosa -El coloso en llamas, Aeropuerto- a las catástrofes ambientales y/o climáticas -2012, El día de mañana-, pero usando un texto muy adecuado para mejorar el habitualmente mediocre dibujo psicológico de los personajes de las dramatizaciones de estas catástrofes. Mi tesis es que la aproximación de la serie es más acertada que la del cine arquetípico de catástrofes gracias en parte al tratamiento humano de Alexiévich en su libro, que es más reflexivo que narrativo, pero sin obviar que el guion ha sido hábil en la representación del dolor y su relación con la política, con sus ambiciones, e incluso con el destino humano. Y eso está todo en este libro, al que el calificativo de impresionante le resulta muy literal.

Svetlana Alexiévich en 2016 (vía)


 

 

 

 

 

 

10 de septiembre de 2017

En el país de los Soviets


Svetlana Aleksiévich ganó el Premio Nobel de Literatura en 2015, y fue entonces masivamente traducida al castellano, e inmediatamente supimos de ella y de sus escritos sobre los desastres del final de la era soviética. Su libro más reciente al recibir el Premio era éste que traigo hoy aquí, El fin del ‘Homo sovieticus’, publicado en 2013, y que al parecer emplea la misma técnica periodístico-literaria que en toda su obra anterior: recoger testimonios personales de personas que vivieron determinados acontecimientos y a partir de ahí construir a través de ese conjunto literario una visión del asunto bajo estudio: la guerra, la industria soviética, Chernóbil, el fin de la URSS, etc…


Sabía que Aleksiévich era periodista, pero no que sus libros consistían en este tipo de relatos recogidos, historias de vida, o incluso novelas orales, en el que, por así decir, el esfuerzo de la documentación parece incluso superado por el del seguimiento y obtención de testimonios. Comprobar que las voces del libro no son en sí las de Aleksiévich me hizo ser escéptico ante el carácter de un premio dedicado a una carrera de creación literaria. Pero obviamente este escepticismo inicial parte de una reserva algo reaccionaria ante las nuevas formas de literatura que debemos considerar. Y la sola sospecha de que Aleksiévich no es voz presente y original en el texto fue ridícula por mi parte y la lectura del volumen así lo desmiente: existe una estructura no subrayada que articula los testimonios, que mantienen también cierta homogeneidad lingüística (que supongo es potenciada por la imprescindible traducción que no puede captar modismos generacionales o geográficos) que consigue que cada testigo individual no pierda su voz única, pero sin que la lectura global sea incoherente, deslavazada, o desoriente al lector. Al contrario.


Aunque el libro no lo sigue estrictamente, existe una cierta cronología de acontecimientos en las referencias de cada historia recogida y unida al relato común. También una cierta clasificación de problemas engarzados que conectan los relatos y permiten que los que el lector encuentra avanzado el libro sean más seguibles, incluso apetecibles, que los iniciales, en principio más cercanos a noticias que en su día todos pudimos seguir por los medios. Y Aleksiévich permite, por supuesto, un anecdotario generalmente emocional en cada entrevista que ayuda a fijar la psicología de cada personaje y actúa como fuga del drama generalizado retratado.


El fin del ‘Homo sovieticus’ tiene dos partes principales. La primera se dedica a la caída del régimen soviético en el segundo semestre de 1991, pero a partir del hecho en sí, los testigos hablan necesariamente del pasado. La añoranza de la patria que los nostálgicos dan por perdida tras lo que consideran traición de Gorbachov se centra sobre todo en la IIGM y la salvación de la nación ante la invasión alemana; también por supuesto en el logro de haber conseguido imponer la en 1991 recién perdida ideología comunista y en la obligación de su pervivencia hasta el punto claramente ideologizado de que los perseguidos y enviados al gulag no rechazan en gran medida al régimen, sino que consideran que sus equivocaciones –las deportaciones injustas- no emanaban del liderazgo de Stalin, al que creían engañado por la burocracia del estado/partido. Este estaba corrupto y todos lo admitían, pero no haber sido engañados en dicha construcción ideológica o nacional. Lamentan haber dejado atrás un mundo en que los parias de la tierra lograron al fin su dignidad, o una educación que primaba la lectura y la discusión, disculpando casi siempre el precio a pagar por millones de ellos o culpando a los demás. Aunque el internacionalismo comunista no les importa demasiado: el peso de la patria resulta sorprendentemente fuerte en la construcción sentimental de la pérdida que les desampara, y la narración de horrores superados se realiza en función de un valor mayor que el de su vida como individuos. Aunque cada ejemplo particular en general suela desmentirlo con los hechos, con, por ejemplo, la frecuencia de las delaciones interesadas o envidiosas a vecinos, amigos e incluso familiares.


La segunda parte se dedica a la vida en la nueva Rusia, la que definitivamente desmantela al homo soviéticus. La percepción del gobierno de Yeltsin como un desastre que desmonta los valores de la etapa anterior y convierte al dinero en el principal valor del país en apenas unos meses supone una gran frustración para la mayoría de los testigos. Tampoco los nuevos ricos, también voces orales del libro, resultan especialmente felices, refugiados en la autocomplacencia egoísta de un capitalismo frenético y desbordado en lucha frenética continua, pero sufriendo el miedo de la corrupción política arbitraria que ellos mismos ejercen. Aparecen datos inesperados, como la percepción de que el campo sigue manteniendo valores y formas soviéticas mientras que las ciudades se someten al más feroz mercado, con los más jóvenes emigrando en masa ante la facilidad aparente de vivir una vida más cómoda y con sus mayores no entendiendo los nuevos ritmos de vida ni la explotación de los viejos símbolos nacionales, un día sagrados y ahora objeto de negocio a diferentes niveles. Las diferentes guerras en las repúblicas periféricas, el envío de soldados a las mismas, los horrores del pasado de nuevo cometidos en ellas, o la inmigración ilegal interior y su represión en Moscú completan un panorama que asoma su sombra al presente…


El resultado es un retrato apasionante, quiero pensar que preciso, de un país terrible, muy poco cohesionado y de múltiples contradicciones, que no ha encontrado un relato común constructivo, pero en el que sus habitantes han sido educados en una dureza tremenda que gustan de practicar tanto en el juicio verbal realizado en privado como en el seguimiento a las corrientes del poder, sin capacidad para crear una sociedad de auténticos derechos civiles, o para que una mínima moral del individuo y sus derechos prevalezca. La impresión obtenida es cruel, siempre trágica, incluso tétrica, y la tentación es pensar que el conjunto de sistemas que las diferentes revoluciones han impuesto a sus habitantes es una red de trampas contra los propios habitantes que estos mismos incluso conscientemente gustan muchas veces de alimentar incluso sufriéndolas... No, El fin del ‘Homo soviéticus’ no es un libro edificante; no muestra una salida posible que pudiera dar esperanza, sino que más bien es un retrato de miseria humana engarzado y practicado en una parte demasiado importante del mundo, en el que hablar de las inefables características del alma rusa lleva a la desazón y las lágrimas. Y, en cierto modo, sólo el valor literario del libro permite respirar algo al terminarlo, aunque no he podido alimentar las ganas de leer más obras de la autora, al menos en breve.

(Aquí y aquí algunas indicaciones simples y encontradas sin más en la web de cómo ejecutar la metodología de la historia de vida en las ciencias sociales)

Svetlana Aleksiévich, fotografiada por Elke Weltzig (vía)