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5 de noviembre de 2020

El universo propio del escritor homosexual cubano


Sólo lo difícil es estimulante, dice, en una famosa sentencia, José Lezama Lima. Su libro estrella, Paradiso, publicado en 1966, una de las joyas del boom latinoamericano, y cuyo barroquismo y contenido homosexual le condenaron al ostracismo en Cuba, es, desde luego, difícil. O difícil en muchos tramos. También es estimulante, sí, y divertido, y muy bello e imaginativo.

Paradiso es un libro autobiográfico. Cuenta la vida de José Cemí (trasunto del autor) y sus antepasados, en una saga familiar no estrictamente cronológica que evoluciona más o menos desde la infancia a la juventud de Cemí. Con los nombres modificados, los pasajes son los mismos o muy similares, según afirma la hermana del autor en las notas a pie de página y en el prólogo de esta edición.

Lezama Lima, que como literato fue poeta antes que novelista, escribe con un manierismo desatado, donde toda frase encierra una, dos, o las metáforas que hagan falta, de manera multirreferencial, y con un bagaje cultural enorme, que incorpora un conocimiento profundo de la cultura grecorromana, de la filosofía y literatura occidentales, de las religiones orientales, del Evangelio, y de las tradiciones mágicas y santeras del Caribe. Todo este bullir de elementos explota en unas páginas donde en muchas ocasiones los hechos son lo de menos, y la belleza de las expresiones literarias, su ritmo, la expresividad de las imágenes evocadas, o la enorme creatividad connotativa asombran el lector. Paradiso es bastante inabarcable, y el lector puede abrumarse ante ello. Aunque Lezama Lima afirmaba que para comprender no hacía falta entender, y que Paradiso podía seguirse en su conjunto sin que cada frase tuviera que ser comprendida o interpretada, el lector debe aportar cierta suspensión no ya de la realidad sino de su experiencia lectora habitual para poder continuar, y poder también seguir disfrutando. No es sólo cuestión de cultura o de manierismo estilístico, sino de que Paradiso usa modismos y metáforas propias de la familia Lezama Lima, también locales e incluso ideas personales que envuelven en una capa de escritura nueva al texto y se escapan al exégeta más avezado (que los tuvo, como Julio Cortázar). Así, los primeros capítulos, dedicados sobre todo al Cemí niño, son un rico paraje surreal, donde el lector mira asombrado lo incomprensible de la vida. Con la adolescencia y el entendimiento de las relaciones familiares, el fulgor mágico se apaga, hasta llegar al Capítulo VIII, que, por lo que he visto, es famosísimo por sus descripciones fálicas, que abren la puerta nada menos que a tres capítulos sorprendentes que describen y discuten la condición homosexual. Poco a poco, cada cierto número de capítulos, se va produciendo una muerte en la familia de Cemí: el padre, el tío… y, al final del Capítulo XI, la abuela Doña Augusta. La conmoción de la muerte de la matriarca paraliza tanto la vida como la acción. Quedan tres alucinados capítulos de exacerbación poética y episodios históricos, ya impenetrables, con detención del tiempo y apenas un personaje conductor prácticamente nuevo, Oppiano Licario, a quien Lezama Lima dedicó su novela inconclusa continuación y explicación de los cabos sueltos de Paradiso.

Paradiso es una novela archicomentada. A ello ayudan tanto el ser admirada muchísimo por el conjunto de escritores del boom como la propia personalidad de José Lezama Lima, un hombre aparentemente bonachón y tranquilo, de inquietud y pasión culturales irrefrenables, bon-vivant y resignado, que no quiso a su edad aceptar el exilio y abandonar su hogar y los referentes que abundan en su Paradiso, aceptando así las imposiciones del régimen. Es también uno de los libros más difíciles que me he encontrado, al nivel de Ferdydurke, Ulises, o Las Olas, por poner uno de lectura reciente. Su complejo y riquísimo barroquismo excede a otros del boom (en mi opinión supera por mucho incluso al de Carpentier), sus relaciones entre imágenes paralelas son gozosísimas cuando se conocen los resortes que abren sus puertas; si no, forman parte de un continuo que cuando destella es disfrutable pero supone un reto sin fin. He leído, y el propio Lezama Lima hizo referencia a ello, comparaciones con Marcel Proust. No son pocos los paralelismos: Cemí es un heterosexual trasunto de un autor homosexual armarizado, o discreto, si preferimos. Es la historia de una familia y sus allegados principales, con grandes apuntes del pasado familiar. El protagonista tiene una relación especial con la madre. Se realizan discusiones intelectuales sobre las relaciones homosexuales y su sentido, hoy día superadas y trasladadas a otros conceptos y ámbitos en lo LGTBI. Pero, como dice Lezama Lima, el tema de Proust es el tiempo, y el mío es la imagen. Sí, bien, por supuesto, pero a ambos les resulta imposible esquivar el peso de la represión de su orientación sexual al expresarse. Para ambos caracteres creativos, el retraimiento a lo familiar es también el miedo al exterior, o, cuando menos, a la narración directa de su pulsión, y, así, tanto en Lezama Lima como en Proust, nos encontramos con una obra maestra de la literatura analizada desde mil perspectivas pero incomprensible sin un punto de vista gay social, político y cultural, para una comprensión íntima y completa. Obviamente, los exégetas (y Paradiso es Biblia), no entran en ello, al menos en los principales análisis en la red. No al menos como causa principal del manierismo, de la búsqueda del subterfugio parabólico, de la necesidad de las mil historias imposibles que disfracen, que limpien, que desvíen la atención de la eterna mancha homosexual que el autor no puede compartir de manera directa (aunque quiere) pero que persiste, y perdura, y, en contra de lo esperado, resulta ser lo más definitivo. Lezama Lima podría haber huido de Cuba, pero no de esto.

Entiéndase: no es, ¡faltaría más!, un reproche al autor o autores (puede incluirse a Mann entre estos grandes sufridores, incluso un tanto a Lorca, menos a Wilde, mucho menos a Rimbaud), es más bien un reproche a la crítica cultural mojigata de las élites capaces de lidiar con Paradiso. Que habría sido diferente de ser realmente su autor un hombre no mediatizado por las represiones de su tiempo. Preguntarse cómo habría sido la literatura de estos grandes nombres en tiempos más permisivos no es lícito. ¿Tal vez poder ser explícitos les habría paralizado el genio? Nadie lo sabe, pero sus obras habrían sido diferentes, claro, más allá de la distancia temporal. Un universo de obras distinto, con quién sabe qué resultados, maravilla de lo especulable, realismo no tan mágico.

José Lezama Lima (vía)

 

 

 

 

4 de agosto de 2020

La polis literaria



La polis literaria es un libro de magnífico título, que se acompaña de un subtítulo explicativo: El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría, que centra mucho más el tema. La polis literaria, con su metafórica alusión a la polis como lugar de encuentro y diálogo, es fundamentalmente la historia de un desencanto: el de la gran mayoría de los escritores del boom latinoamericano con la deriva autoritaria de la Revolución Cubana, a la que mayoritariamente apoyaron en un principio, y de la que fueron desligándose paulatinamente, sobre todo tras el apoyo de Cuba a la invasión de Checoslovaquia en 1968, y, especialmente, tras la detención del poeta Heberto Padilla, el ostracismo al que fue sometido José Lezama Lima, y los exilios de Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy. Este proceso fue diferente y matizado para cada una de las grandes figuras del boom. El libro, en cualquier caso, es una muestra del relevante peso que la política latinoamericana en general, y el proceso revolucionario cubano de manera específica y central, tuvo en la posición literaria y en la postura pública de hombres como Octavio Paz, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, o Julio Cortázar.

Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, 2008 (vía)

Rafael Rojas estructura el libro basándose en cada una de estas personalidades fascinantes, en lugar de hacerlo siguiendo una cronología de hechos. Ello hace que algunos hechos concretos se repitan en varios capítulos pero que la visión sea la de cada autor, y cada uno ofrece el suficiente interés significativo y distintivo. El viraje al liberalismo de Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, uno desde la idealización del concepto de Revolución como exorcismo y catarsis nacido en el papel de la Revolución Mexicana, y otro desde su juvenil ideología marxista, o los lábiles desligamientos justificados por Cortázar o García Márquez, abrumado uno por las críticas recibidas por su vida en París o su barroquismo poco revolucionario, y refugiado otro en su idea de la estirpe autoritaria encarnada casi genéticamente en las dictaduras latinoamericanas de manera determinista e inevitable (además de en su amistad con Fidel Castro), para no romper con el régimen a pesar de su horror por las purgas culturales… Los cinco primeros capítulos se dedican a estos cinco autores mencionados, muestran sus derivaciones intelectuales alrededor de la Revolución, pero también el acoso del poder que ésta acumuló y que sufrieron en el boom. Son cinco brillantes muestras de crítica literaria mezclada con evolución de pensamiento político y apuntes biográficos que recuerdan de continuo, para quien haya sido lector de estos autores, el caudal enorme de talento que fluye por sus libros. La tesis de La polis literaria es, por tanto, esta centralidad que desde Cuba se pretendía tener del boom y que el autor asume en su consecuencia final: por un lado fue Cuba, fue la Revolución, la que dio entidad al boom, y fue también Cuba, con su deriva dictatorial (o burocrática, como el eufemismo que empleaban con frecuencia), la que lo rompió. Sin olvidar el impacto, poco reconocido en la élite cultural revolucionaria cubana, de la victoria de Salvador Allende en Chile, primero, y de Mitterrand y González en Francia y España después, como muestra de que un socialismo reformista podía llegar al poder y mantenerse durante años en su labor con victorias democráticas, sin armas y sin represión.

Octavio Paz y Mario Vargas Llosa (vía)

Rojas dedica un capítulo necesario al subgénero de la novela de dictadores (es clarividente cómo recoge el paso del estilo barroco justificativo como defensa laxa del dictador letrado, culto, o, al menos, plenamente identificado con el cuerpo de la nación, al realismo dramático con que Vargas Llosa prácticamente finiquita estas veleidades en La fiesta del Chivo), hace un viaje a Chile –que se aparenta algo menor- con Donoso y Edwards, y finalmente dedica tres capítulos a los tres represaliados cubanos de la Revolución arriba mencionados (Lezama Lima, Cabrera Infante y Sarduy) con los que completa un espectro amplio de diferentes actitudes vitales de los escritores cubanos. Rojas admira sin disimulo a Lezama Lima y su Paradiso despreciado por la Revolución, cuyo ídolo literario nacional era el (excelente, por otro lado) Alejo Carpentier.

Julio Cortázar y José Lezama Lima, 1968 (vía)

La polis literaria encierra muchas claves de interés sobre cada autor y sus reflexiones sobre la Revolución en un sentido general, sobre su sentido, origen, conclusiones y derivas, con el caso latinoamericano como foco, que en los años sesenta y setenta fue amenazado de facto por la Guerra Fría alentada por dos países cuyos estados habían nacido precisamente de sendas revoluciones que ahora habían pervertido sus ideales de partida. Encierra también un ensayo literario, una lectura política de la acción cultural de autores comprometidos a un nivel supranacional de gran intensidad con su propio continente como unidad de reflexión política. Está además excelentemente escrito, con un lenguaje rico y con una exposición sencilla de las implicaciones políticas en lo literario y viceversa. Hay elementos especialmente llamativos que probablemente ahora el tiempo permite encajar: el interés político por apropiarse del favor del genio intelectual (ahora parece impensable, el genio intelectual en general es despreciado por los gestores políticos), la importancia de los padrinazgos de las revistas literarias principales del continente y lo que suponían políticamente como modo de diálogo a distancia o al negarse interesadamente a la publicación en las mismas de las contribuciones de determinados autores, y la capacidad continuada y mantenida en autores de varios países para la metáfora política en su obra artística. Finalmente, por supuesto, está el placer del recuerdo de tantas obras del boom leídas. No todas, obviamente, y por ello el libro es también una fuente de ideas de lectura a aprovechar adecuadamente. ¿Algo más placentero que un libro bueno que llame a la lectura de otros libros buenos?

Rafael Rojas (vía)