29 de mayo de 2021

¡Pantera!


Un lugar equivocado es uno de los cómics más fabulosos de la última década, al menos en mi ya limitada lectura de publicaciones gráficas. El nuevo libro de su autor, Brecht Evens, se titula Pantera, y aunque conserva su estilo visual y su técnica de dibujo (acuarela), presenta referentes más conocidos en literatura y cómic (una fábula para niños como historia) y temáticamente tiene poco que ver, salvo, tal vez, la necesidad de los solitarios por un poco de diversión.

A Cristina, la niña del cuento, que vive con su padre separado, se le aparece desde su cómoda una pantera justo después de morir su gata, a la que adoraba. La pantera tiene un nombre aristocrático rebuscado, porque es el príncipe heredero del país del que viene, y es un animal grande, de apariencia fiera en ocasiones, pero muy educado y formal, que cambia (fascinantemente) de forma y color en casi cada dibujo, y cuyos miles de caras revelan ya sombras en su comportamiento o intereses. Prefiere ser llamado Pantera…


Pantera Polimorfo

Pantera aparece desde la cómoda de Cristina; a veces le acompañan otros animales, sobre los que Pantera gusta de mandar. Las alusiones a un reino mágico disfuncional con sus bestias acercan el texto a Donde viven los monstruos, por supuesto, que parece referencia ineludible. También lo es Alicia en el país de las Maravillas, claro, por ser la obra fundacional de este subgénero. También es inevitable pensar en Calvin y Hobbes, porque la pantera que hace compañía a la niña solitaria es una imagen demasiado cercana al tigre de peluche que cobraba vida cuando se encontraba sólo con el niño de las tiras de Bill Watterson; además, Evens refleja el mundo familiar en que vive Cristina, con su padre triste, pero presente y preocupado.

No es posible saber qué quiere Pantera, tan ególatra como Hobbes pero mucho menos achuchable. Es adulador, elegante -casi dandy- y ocurrente. A la vez también es acaparador, protagonista y manipulador. Cristina ha perdido dos afectos cercanos (su madre, su gata) y su tristeza es un buen bocado para este depredador que prepara una fiesta con elementos crueles para su cumpleaños, presentándose luego como salvador. El cómic queda sin resolución final, entre lo ficcional y lo real, representado también en la pérdida del figurativismo, tal vez de la inocencia, como si la protagonista tuviera que luchar para aferrarse a una realidad buena pero aburrida (su padre) frente a una fantasía que le muestra los demonios del mundo.

Pantera en negro

Visualmente, Pantera es una maravilla de composición, color y dibujo.  Tiene un efecto envolvente magnífico, conseguido con su animal polimorfo e inimitable, que no para quieto alrededor de Cristina. En Pantera es obvio que Brecht Evens no quiere definir un discurso; ¿es Pantera un acosador? ¿una figura del subconsciente de Cristina para enseñarle los peligros de la vida? ¿es un indicio de una depresión vital? Lo es todo sin ser nada seguro ni concreto, el logro es llegar a transmitir esta inquietud con este baile de lo divertido a lo oscuro entre tanto color y diversión aparentemente infantiles.



 

15 de mayo de 2021

La Cosa

Como si todo hubiera pasado es la edición en castellano de un volumen de relatos escritos originalmente en euskera durante varias décadas por su autor, el historiador Iban Zaldua. Son todos ellos relatos cuya inspiración nace en la situación política vasca, a la que el autor, a falta de un mejor nombre, llama La Cosa, según confiesa Edurne Portela en el prólogo del libro. Son más de cuarenta relatos, y el resultado no es uniforme, pero su continuidad permite ver el paso del tiempo y la evolución de La Cosa, siendo probablemente el mayor valor en común de toda la colección: los mecanismos de la ficción subrayan la psicología de cada momento con una precisión válida para conocer el impacto en la sociedad.

Es obvio que Zaldua es un autor deseoso de utilizar la paradoja y la ironía, probablemente como catarsis cercana al humor, ante las situaciones dramáticas. Una constante en el conjunto de los relatos es el uso de elementos fantásticos para envolver este humor: desapariciones por desvanecimiento (incluso menciona a Pertur…), viajes en el tiempo, o incluso zombis que regresan a la vida perdidos en un mundo nuevo o para reclamar su alma o su vida truncadas. El resultado es epatante, pues el terrorismo político y sus consecuencias es un subgénero dramático -especialmente en lo literario- apegado a un estricto realismo y donde la verdad histórica es motivo de controversia y apropiación. También es una opción excelente en cuanto explicación: sólo desde lo irreal, lo absurdo y lo imposible es concebible que haya existido La Cosa. Y esa es obviamente la función del fantástico: devolver la imagen de lo real mediante la metáfora que lo suspende.


Además del fantástico, el autor no olvida cierto costumbrismo cotidiano que, enganchado al estilo irónico, permite también la comicidad de lo rutinario en situaciones anómalas. El mejor ejemplo es el relato sobre el comando que, por avatares varios, no se entera en cinco años del fin de ETA en 2011, en una opción narrativa que se acerca al modelo de los guiones de Borja Cobeaga. Otras cuestiones cotidianas se engarzan en la acción con naturalidad, aunque su apariencia casual me hace reflexionar con más precaución: desde el policía que tiene un novio funcionario de prisiones a la empresaria que contrata a la chica que trabaja en una oficina de seguros constantemente atacada, pasando por la militante de ETA que, víctima de un flechazo con una recién llegada a la Herriko, le cuenta su nueva misión… La proliferación de relaciones del mismo sexo en La Cosa y sus alrededores forma parte obvia de las experiencias que Zaldua quiere destacar. No hay militancia LGBTI ni lectura política en ello, pero no me atrevo del todo a afirmar si se trata de naturalismo, de ironía ante los estereotipos (de los que La Cosa es reina), de metáfora de armarios vitales, o incluso por espejo de situaciones de derechos humanos que, reflexionados tan seriamente como la cotidianeidad permite, todo el mundo debería poder asumir.

Como si todo hubiera pasado revela entre líneas para el lector local más lecturas matizadas, pero creo que el formato manda mucho: el relato es cuestión de estilo y conflicto más que de estructura y profundidad, y al autor le interesa más la paradoja de las situaciones absurdas, no necesariamente reflejo de un todo cerrado, como forma de análisis. O de expresión, mejor. El tono general es ampliamente constructivo y capaz de reflejar las contradicciones de vivir en una sociedad atacada que necesita sobrevivir. Su enfrentamiento a la Memoria es distinto, inevitablemente, al de las oficialidades, y por ello peculiarmente aporta otra clarividencia.

Supongo que seguiré leyendo al autor, no puedo obviar un libro titulado Ese idioma raro y poderoso: once decisiones cruciales que un escritor vasco está obligado a tomar.


Iban Zaldua (vía


 

1 de mayo de 2021

Capitalismo y vigilancia

La era del capitalismo de la vigilancia es un libro escrito por la profesora norteamericana Shoshana Zuboff con clara vocación fundacional, tanto en lo profundo del estudio como en la creación de conceptos y definiciones nuevos, y que además ha sido saludado así tanto por la crítica literaria como por la económica. Zuboff analiza veinte años de estrategias y acciones de las grandes empresas tecnológicas para, a partir de dicha observación empírica, construir el edificio teórico que define los fundamentos de un nuevo capitalismo surgido como consecuencia del descubrimiento del potencial económico del conocimiento y control de la conducta que ofrece el excedente de datos que las empresas tecnológicas obtienen de los usuarios de sus servicios. Dentro de este marco teórico, Zuboff encuentra paralelismos y diferencias con las anteriores formas del capitalismo, advierte de los peligros a los que nos lleva la desregulación del mismo, y ofrece una explicación tanto histórica como económica sobre ‘por qué hemos llegado hasta aquí’, basándose en las herramientas de análisis social y económicas de autores como Marx, Piketty, Durkheim y Weber. El resultado es fascinante, apabullante, y revelador.

Larry Page y Sergey Brin, fundadores de Google (vía)

El trabajo de Zuboff sigue y obtiene sus datos y se construye a partir fundamentalmente de la historia de Google y el descubrimiento por parte de la compañía del llamado excedente conductual en un momento clave de su trayectoria empresarial. El excedente conductual es el caudal de información añadido que cada usuario de Google deja al realizar sus búsquedas, y cuya utilización Google modificó al necesitar monetizar de alguna manera y no perder sus inversores, ya que la compañía perdía dinero. Refinada, discreta, e incluso sorprendentemente para sí misma -con cierta serendipia-, Google fue descubriendo la capacidad comercial que atesoraba, y que podía ir completando con más aplicaciones generadoras de datos para obtener más excedente conductual que ofrecer a anunciantes y empresas que enseguida entendieron el valor de una segmentación comercial tan precisa: Street View, Maps, Google Glass, Android… la compañía desarrolló estrategias de conversión de esos datos, y de repliegue ante reveses legales por cuestiones de privacidad, que combatió creando una inevitabilidad de uso de las aplicaciones, con falta de transferencia, y con la imposición del contrato al usuario, además de una connivencia importante con los políticos generada por los condicionantes de control y seguridad surgidos tras el 11-S.

Mark Zuckerberg, fundador y propietario 'de calidad' de Facebook (vía)

Así, Google tomó posesión de un terreno inexplorado y sin ley (un paralelismo con el capitalismo industrial del siglo XIX e inicios del XX antes de iniciarse su regulación) y, acompañado de otras tecnológicas posteriores (sobre todo Facebook, en menor medida Microsoft, y luego Amazon y Apple), conformó este vertiginoso capitalismo de la vigilancia en apenas veinte años. Para Zuboff, el capitalismo de la vigilancia ha evolucionado desde un punto de partida exclusivamente virtual (usar los datos dejados al navegar en Internet para recomendaciones comerciales dirigidas a un usuario cuya conducta se predice según su comportamiento en la red), a un punto real/personal (en el que generamos los datos de manera inadvertida mediante wearables, domótica, o equipos de cuya funcionalidad informadora no somos conscientes), para terminar en un punto político/social, donde la influencia de la casta tecnológica que diseña y comprende los algoritmos acaba influyendo incluso en decisiones políticas y se acerca peligrosamente a una nueva forma de totalitarismo.

Entre las ideas destacables (innumerables) que maneja y expone Zuboff hay varias que resultan visionarias. La autora propone por ejemplo que para adivinar los consumos futuros de las clases medias actuales basta con estudiar los consumos actuales de las clases altas, porque ha sido siempre así en el pasado con cada bien de lujo que ha sido democratizado (el agua corriente, el automóvil, el turismo, incluso la cultura). El bien de lujo actual que pasará a las clases medias serán los asistentes personales de compra, que es la funcionalidad ofrecida por las grandes tecnológicas a sus usuarios, aunque estos no lo hayan pedido.

Esta libertad conculcada al eliminar la privacidad de los datos personales es otro punto crucial para Zuboff, que resalta, de nuevo de manera fundacional, una diferencia esencial con el capitalismo industrial, que confiaba en el mercado basado en el liberalismo individual de manera casi ciega para que las tensiones del mercado se regularan solas. Los capitalistas de la vigilancia sin embargo sólo confían en la propia libertad empresarial, pero su negocio apunta paso a paso no ya a observar la conducta de sus usuarios, sino a dirigirla. Zuboff encuentra paralelismos jugosos con las teorías conductistas (que centra en la obra de B. F. Skinner), que, defendiendo que la libertad de elección no es sino una ignorancia por parte de la ciencia de los mecanismos del comportamiento, habrían encontrado para su sorpresa una herramienta insospechadamente eficaz en el aprovechamiento del excedente conductual frente a sus anteriores metodologías, que buscaban el interés de los gobiernos para la atracción y control de la voluntad. Y aquí aparece otra comparación lúcida: ninguno esperábamos a principios de siglo esta evolución perversa de la vida en y con Internet, a la que creíamos liberadora y democratizadora, y que puede acabar en un mecanismo totalitario de control de voluntades; igualmente, nadie esperaba antes de la I Guerra Mundial la aparición de los totalitarismos políticos que acabarían arrastrando a la II Guerra Mundial, por motivos similares: resultaba inconcebible que sucediera en un mundo que se creía racional, educado e iluminado por el progreso y la razón. La sociedad no pudo reaccionar ante algo inexplicable y desconocido, del mismo modo que hoy mismo la sociedad civil no consigue reaccionar ante el poder instrumentario del capitalismo de la vigilancia, ya que está aturdida por su velocidad vertiginosa de reacción y la habilidad de presentación de sus servicios y ofertas. Ambas formas de totalitarismo (el político/estatal y el conductual/vigilante) dan lugar a distopías diferentes en sus características y modos de control, aunque Zuboff recuerda que hay, de manera tal vez decisiva, un país -de momento- en que ambos totalitarismos están conviviendo: China.

En su análisis histórico, Zuboff le reconoce al capitalismo industrial su capacidad de adaptación y negociación, hasta la admisión de que le resultaba conveniente una regulación que favoreciera (si bien lentamente y rara vez con entusiasmo) los derechos laborales y una vida más digna de los trabajadores y de la sociedad en general; sin embargo, no observa este potencial en los capitalistas de la vigilancia, a los que cree instalados en una indiferencia radical y desapasionada, donde no importan la aceptación y la ética, sino sólo la capacidad de provocar que los usuarios, una masa cada vez más lejana, generen excedente conductual y consuma, convenientemente dirigidos. Zuboff renombra al Gran Hermano de Orwell como el Gran Otro, indicando así su lejanía definitiva. Es un momento interesante en el libro, porque de los matices de análisis histórico/dialéctico, Zuboff abraza el reformismo con más alegría, y cierta ingenuidad histórica, que la regulación que subyace a todo el discurso.

La regulación, sí, sería la potencial solución. Se lee claramente entre líneas, a partir del estudio de los intentos legales en ocasiones pacatos y en ocasiones hábilmente superados por las grandes tecnológicas, que Zuboff aspira a que el capitalismo de la vigilancia sea finalmente regulado y que el excedente conductual sea con ello destinado a fines adecuados, o, cuando menos, conocidos conscientemente por el usuario. No es objeto del libro profundizar en el cómo, que probablemente necesitaría un volumen de mayor base legal y con propuestas regulatorias complejas. Sí que describe no obstante varios aciertos legales en este camino, pero muchos más intentos fracasados de regulación.

La era del capitalismo de la vigilancia es un libro apasionante. Insistente, casi machacón en sus conceptos, prolijamente documentado (200 páginas de notas), crítico y acumulativo desde la racionalidad, con continuos ejemplos humanos que permiten no perder pie, y dotado de cierto análisis materialista que hace ya tiempo que no leía, en un estudio útil de una estructura económica incipiente. Recomiendo mucho su pedagógica y reveladora lectura, que, a pesar de todo, por momentos me resulta más fascinante que aterradora, por cuanto existe una lectura potencial del texto basada en una mirada maravillada ante unas inteligencias (y voluntades) excepcionales capaces de unas propuestas asombrosas que han cambiado definitivamente nuestras vidas.

Shoshana Zuboff (vía su propia web)


14 de abril de 2021

Relatos totales

Como me ha pasado con Sapiens, de Yuval Noah Harari, o Imitación y experiencia, de Javier Gomá, en Historia del pensamiento social, este texto clásico de la Sociología escrito y múltiples veces revisado y reeditado durante 50 años por su autor, Salvador Giner, me he visto de nuevo atrapado por una historia de la humanidad con un relato en continuidad, que en este caso se centra en la evolución del pensamiento social, el camino a la Sociología como ciencia, y las filosofías políticas que fueron conformando tanto las características del poder político como las de la sociedad que dicho poder gobernaba. Las tres son eurocéntricas y comparten, desde su propia estructura, el relato de un progreso, de un camino hacia un futuro que, en el caso de Giner, se especifica muy bien en su capítulo sobre San Agustín:

'A esta visión agustiniana cósmica y general, coherente, de la historia de la raza humana a través del tiempo le cupo una enorme influencia en la cultura occidental posterior. Todas las teorías del progreso (de la Ilustración, en el siglo XVIII, a las hegeliana y marxistas posteriores) han asumido que la historia posee una dirección y sentido, y que en ella acaece un despliegue creciente de la conciencia humana y de su libertad. El contenido de cada teoría puede ser diverso (el marxismo, forjado en el siglo XIX, por ejemplo, no es cristiano), pero el enfoque agustiniano es detectable en todas ellas, por lo menos en el providencialismo, sea o no religioso. La concepción agustiniana de la historia ha sido revestida por cada pensador providencialista con rasgos distintos, pero constituye el fundamento de cuantos han sostenido que la historia de nuestra especie posee un sentido y estructura, un lugar de origen y otro de destino que son cognoscibles con la información que poseemos'

El recorrido de Salvador Giner por el pensamiento social se estructura en seis grandes libros: La era clásica; Cristianismo y Edad Media; Renacimiento, Reforma e Ilustración; el Liberalismo; el Socialismo; y Ciencia y pensamiento social en el mundo contemporáneo. Su repaso es ambicioso y completista, dudo que se haya olvidado de pensador o escuela relevante en sus 800 páginas, y funciona como magnífico libro de cabecera en cuanto a introducción a las ideas sociales y políticas, y a los que fueron sus autores. Y este magnífico como calificativo no procede sólo del conocimiento adquirible (enciclopédico), o de la capacidad de resumir y administrar la información y el análisis relevantes (un ejercicio de evaluación, síntesis y concreción ímprobo), sino, sobre todo y para mi gusto, del tono, del carácter objetivo, amplio de miras y neutral de ese análisis, de la habilidad para explicar con precisión la conexión entre cada idea o escuela de pensamiento con su tiempo, los motivos de su aparición, y sus influencias en su tiempo y posteriores, fueran éstas buenas o malas para la humanidad. Esta ecuanimidad, combinada con una sintaxis y una semántica ricas, pero de vocación denotativa, apoya el carácter pedagógico del texto y lo eleva a lectura adictiva y apasionante, en mi caso durante un mes. Antes lo habría terminado si no fuera por los avatares extraños de la vida en tiempos convulsos.

Agustín, Immanuel, Alexis, Karl

No es fácil, ni probablemente justo, intuir el pensamiento propio de Giner bajo el texto; hay pensadores por los que se le nota cierta debilidad, pero parece proceder más del reconocimiento de su clarividencia en un momento dado, de su renovación del análisis social, o de su compromiso con su tiempo. De las extensas páginas dedicadas tanto al liberalismo como al socialismo le deduzco partidario del esquema de democracia liberal con estado de derecho, y más cerca de los reformismos prácticos y reales que de los mecanismos revolucionarios. A Giner, aunque editó la última revisión de su obra en 2017, no le da tiempo a analizar con perspectiva las derivas actuales de los sistemas democráticos, y ya no lo veremos, porque falleció en 2019.

Nicolás, Thomas, Friedrich, Antonio

Además del aprendizaje, conocimiento y visión adquiridos, confieso el disfrute que me producen todos aquellos pasajes en que Giner desmonta tópicos o permite vislumbrar paradigmas nuevos. Dejo varios más abajo, que no pude reprimir tuitear durante la lectura. También confieso como lego en politología el descubrimiento de autores de nuestro tiempo (o casi: Isaiah Berlin, John Rawls) a los que leer o conocer más a fondo, aunque sus obras fundacionales tengan algunos años; y, por supuesto, el de autores clásicos con los que ponerse las pilas, aunque de algunos ya supiera que tenía esos deberes (Montaigne, Tocqueville) y otros hayan sido una sorpresa (Kropotkin). Ay, el tiempo tan escaso…

Jean-Jacques, John Stuart, Georg

LOS TÓPICOS DE MAQUIAVELO, HOBBES Y MARX

'Como Maquiavelo antes que él, el gran pecado de Hobbes consistió en declarar la verdad. No sorprende que merced a la aspereza y absoluta franqueza de sus expresiones, ambos fundadores de la teoría política moderna hayan sido los pensadores más tergiversados en toda su historia. Hay un escándalo en torno a Maquiavelo como hay un escándalo en torno a Hobbes. Por ello, cada vez que se usa el vocablo maquiavélico o el vocablo hobbesiano se hace injusticia a uno y a otro. En realidad hay un trío de incomprendidos puesto que marxista es un adjetivo que se refiere invariablemente a posiciones con las que Marx poco o nada tuvo que ver'

 

KANT Y LA EDUCACIÓN UNIVERSAL PARA LA PAZ DE LOS PUEBLOS

'La seguridad con la que Kant ve el futuro establecimiento de la paz en el mundo difiere de la manera con que diplomáticos y juristas habían enfocado hasta entonces. En su "Proyecto para llegar a la paz perpetua en Europa', el abate de Saint-Pierre había ya sugerido la fundación de una organización internacional de estados. Esto es lo que sugiere Kant, pero yendo más allá. Kant no ve la paz perpetua como un acto multilateral de voluntad entre gobiernos, sino como un evento histórico fruto de la paulatina generalización de la educación entre los hombres. Kant se da cuenta de que el mismo acuerdo internacional puede parecer utópico, y no digamos ya la paz espontánea, sin educación. Además, se opone a la actitud desdeñosa de Rousseau y de Federico II de Prusia contra el escrito de Saint-Pierre’

 

JOHN STUART MILL Y LA INTELECTUALIDAD PÚBLICA

'John Stuart Mill abogó por las manifestaciones pacíficas en la vía pública, en las que tomó parte. Esta actividad, así como sus discursos al aire libre en Hyde Park, son algo nuevo en la historia de la filosofía social. Aparece con él el intelectual que no se contenta con publicar sus ideas sino que considera su deber pasar a la acción pública y cívica, junto a otros ciudadanos que piensan como él, y todo ello sin aspiración alguna a ocupar cargos públicos. La actividad del intelectual como agente moral cívico no se inaugura enteramente con Mill, pero su vigor y militancia le han deparado un lugar muy destacado en la historia de la participación de los pensadores, científicos y artistas en la vida pública'

 

TOCQUEVILLE Y EL PAPEL DEL ASOCIACIONISMO EN LA DEMOCRACIA

‘Alexis de Tocqueville en su estudio de la sociedad norteamericana descubrió cómo el pluralismo asociativo era el soporte del político y cómo el desmoronamiento del primero significaría el fin inevitable del segundo. Al mismo tiempo, le interesaba investigar los procesos por los cuales se mantiene el pluralismo en una sociedad democrática sometida a las tendencias niveladoras y homogeneizadoras. Tales procesos son el federalismo y la descentralización. Ambos son esquemas políticos, los cuales, por sí solos, no pueden producir los efectos deseados por Tocqueville. Para que exista un verdadero pluralismo social tienen que medrar toda clase de asociaciones espontáneas, con propósitos diversos -comerciales, recreativos, industriales, científicos- y con un alto grado de autonomía y sin injerencia estatal. Merced a ello se creará en una sociedad civil fuerte una densa capa intermedia entre el estado y el individuo, que protegerá a éste, pues el estado no podrá manipular al individuo sin tenérselas que haber antes con las asociaciones de que sea miembro. En una sociedad aristocrática, el individuo está protegido por sus propios privilegios o por su propio señor (en caso de no ser víctima de sus desafueros), pero en una sociedad democrática no hay otra garantía que la del pluralismo social, el cual, a su vez, implica y presupone el político'

 

ENGELS Y EL USO DE ESTRATEGIAS BÉLICAS EN LA REVOLUCIÓN

'Friedrich Engels se alza contra los “quijotes y sanchopanzas” de las revoluciones, que creen que éstas pueden triunfar de un golpe, sin tener en cuenta los inmensos recursos de la reacción. Esto, naturalmente, no es desaconsejar la revolución, sino introducir en ella la estrategia, arte marcial del que Engels era gran admirador. Sus descripciones y análisis de los grandes conflictos armados del siglo XIX son de los más sobresalientes de la época. Dentro de este espíritu, Engels recomienda a las fuerzas proletarias la lectura atenta de la obra clásica sobre la estrategia del general prusiano Karl von Clausewitz (1780-1831), autor del célebre tratado <Sobre la guerra>’

 

¿ES EL FASCISMO UN SOCIALISMO?

'Lo que todos los fascismos tienen en común con el alemán y el italiano es el nacionalismo fanatizado y cierta forma de “socialismo” de estado [...] En Alemania, el nazismo incluía la alianza del estado con los grandes monopolios y con la gran burguesía. Parte de ella financió el partido de Hitler durante su subida al poder. El socialismo fascista, pues, no es genuino, por cuanto supone sólo una regimentación del pueblo a través de la máquina burocrática de un estado que todo lo abarca y no rompe con la propiedad privada. (...) El fascismo engloba la corrupción del socialismo, desprovisto de su fenómeno fundamental de antagonismo de clase, que está presente hasta en el mismo reformismo, y que degenera en un sistema de alianzas con la gran finanza y con los monopolios y oligopolios, amén de la creación de empresas orientadas hacia la autarquía económica de la nación fascistizada. La autarquía a toda costa es la doctrina económica del fascismo'

 

LAS LIMITACIONES DE LA TEORÍA MARXISTA DE LA ECONOMÍA

'La aportación marxista fue menguada en el campo de la teoría general de la planificación socialista. En su lucha contra la sociedad burguesa, los primeros autores marxistas no se preocuparon por elaborarla, de modo que la revolución bolchevique les cogió por sorpresa: el partido soviético se vio forzado a improvisar pragmáticamente, con lo cual creó un estrato gerencial tecnocrático. Hubo aportaciones de varios autores (Enrico Barones, Oskar Lange, Charles Bettelheim) que intentarían paliar algo el problema con mayor éxito, momentáneo, de seguidores académicos que de realizaciones palpables. En todo caso, el contraste entre la riqueza de la actividad crítica anticapitalista con las limitaciones, por no decir pobreza, de la teoría marxista de la economía socialista, fue, a todas luces, notable.'

 

LUKÁCS Y LA CONCIENCIA REVOLUCIONARIA DEL PROLETARIADO

'Georg Lukács estudia la cuestión, crucial para los marxistas, de la conciencia proletaria. Para él, el proletario no sólo posee conciencia de los objetos sino que por su condición explotada posee una conciencia práctica que pide su transformación. Por lo tanto, es en el proletariado donde la unión de teoría y práctica se realiza y sólo en él pueden realizarse, puesto que únicamente la clase obrera es a la vez sujeto y objeto de la historia en condiciones de capitalismo industrial. Estas ideas, a primera vista nada explosivas para el progreso del movimiento comunista, le valieron a Lukács una inmediata repulsa. La acusación de propugnar la espontaneidad proletaria inspirada por un romanticismo aburguesado cayó pronto sobre él. Para la naciente ortodoxia soviética era el partido, y no la clase obrera, el depositario único de la conciencia revolucionaria del proletariado: éste por sí solo era incapaz de elaborar estrategias eficaces. Cualquier desviación de esta noción oficial debía extirparse. Los ataques oficiales contra Lukács no poseían a la sazón el poder exterminador que alcanzarían años más tarde, durante el triunfo pleno del estalinismo'

 

GRAMSCI Y LAS DIFERENCIAS ENTRE MARXISMO ORIENTAL Y OCCIDENTAL

'Un aspecto que atraería la atención del marxismo occidental tras la Segunda Guerra Mundial hacia Antonio Gramsci fue su noción de que la estrategia revolucionaria occidental debía diferir de la del este europeo. Ello es así porque la relación entre estado y sociedad civil difiere también entre ambas latitudes. “En el este el estado lo era todo, y la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en el oeste se producía una relación apropiada entre estado y sociedad civil, y cuando temblaba el estado una sólida estructura de sociedad civil aparecía inmediatamente”. En consecuencia, lo adecuado para Europa occidental era una “guerra de posiciones”, ganando poco a poco terreno en la sociedad civil y hasta en la política, mientras que en la oriental, como en Rusia con los bolcheviques, era la “guerra de movimiento”, es decir, el asalto frontal a las instituciones opresoras. Gramsci pedía “paciencia y tenacidad infinita” a los comunistas occidentales, así como la creación de un “bloque histórico” o alianza de fuerzas progresivas varias, en lucha contra las clases burguesas y sus aliados. Gramsci no cayó en el reformismo en el sentido de que nunca imaginó que la “guerra de posiciones” por la que abogaba excluiría el enfrentamiento final revolucionario, pero ciertamente su doctrina al respecto, cuando se conocieron sus escritos carcelarios, fue interpretada por muchos comunistas occidentales como una legitimación de su propia política reformista'

 

Salvador Giner, por Amadalvarez (vía)


 

 

31 de marzo de 2021

Desmontando a Murnau


Era pertinente ver Tabú, la película de Friedrich W. Murnau, antes de comentar Noche y océano, la novel de Raquel Taranilla que ganó el Biblioteca Breve del año pasado, y en la que Murnau tiene un papel relevante. Bueno, en realidad su cabeza, que es la que lo desencadena todo. La protagonista es Bea, una profesora solitaria de Sociología que vive de alquiler en un caserón destartalado de Barcelona, que decide escribir su relato al conocer que alguien ha robado la cabeza de Murnau de su tumba. Bea sabe quién es el autor de la profanación: un antiguo compañero de alquiler, Quirós, que le impuso su casera, y que vivía obsesionado con realizar un documental sobre Murnau y el rodaje de Tabú en la Polinesia. La noticia, por cierto, es un hecho real.

Friedrich Wilhelm Murnau, director de películas como Nosferatu, El último, Fausto, Amanecer, o Tabú

Murnau como figura y Tabú como película permiten a Taranilla construir un libro no sé si decir polifacético o incluso multidisciplinar, de mil intereses culturales y riquísimo en referencias, que viaja de la apropiación cultural al análisis crítico, parando en la descripción a veces comprensiva a veces irónica de varias miserias humanas. Bea se ve obligada a convivir con Quirós y poco a poco se sumerge en sus obsesiones y en sus toneladas de documentación. Mientras, va definiendo su propio personaje insatisfecho con su trabajo (el desprecio hacia la actividad universitaria es profundo), su vida, su época, y hasta con su propia intelectualidad. Sabemos desde el principio que Quirós ha robado la cabeza del genio (del que el propio Quirós carece), y hay un interés en saber cómo y por qué, pero, más allá de lo remarcable y osado de la acción, y más allá incluso del enjambre de anécdotas y lecturas alrededor de Murnau (sin ser estas menores, dado su carácter y figura), son las opciones estilísticas y dramáticas que la autora escoge y ejecuta las que hacen de Noche y océano un libro tan interesante, tan brillante por momentos, y tan divertido como inteligente.


Tabú, película de 1931, que empezó a dirigir conjuntamente con Robert Flaherty, director del documental pionero Nanuk, el esquimal.

¿Ejemplos? La cinefilia de Taranilla, su sentido digamos cinéfilo del humor, tan reconocible por cualquiera que lo haya practicado en los límites artísticos en que la autora los ejecuta y que incluyen matices desde el desencanto cínico al detalle enciclopédico. Otro ejemplo, literariamente más curioso, es el uso de los pies de página, que son parte de la ficción del libro, y que contraponen un humor algo más absurdo y desatado que el texto general, y hasta constituyen por momentos una línea literaria distinta a la principal, que resulta natural y que informa de manera indirecta sobre el carácter de la protagonista. He leído luego, no sé dónde, que la autora admira a David Foster Wallace (¿quién no?), y ciertamente por momentos pensé en Hablemos de langostas, algunos de cuyos capítulos alcanzaban el barroquismo retorciendo este recurso. Me gusta mucho también la obsesión de la protagonista con su edad, presente a lo largo de la novela y usado como contrapunto de su ánimo, más bien estático y de cierto espíritu estoico, al describir la vida de muchos de los personajes reales referenciados en el libro a sus 32 años, los que Bea tiene al narrar esta historia.

Todo esto y varios apuntes más contribuyen a un ejercicio en ocasiones arrollador de cultura y memoria usados con una ligereza evasiva, como si la protagonista, agotada de que su pasión por la cultura le haya rendido una vida gastada, superara su malestar mediante un espejo satírico, más que crítico, del arte, sus practicantes, y sus hermeneutas. En cualquier caso, es una obra que habla un lenguaje que me resulta muy cercano, y que por ello probablemente me ha enamorado.

Raquel Taranilla (vía), fotografiada por Abel García Roure.

 

16 de marzo de 2021

Conocer a Federico

Si entre los delirios de Friedrich Nietzsche estuvo el superar su estado de humanidad y alcanzar una posteridad, no hay duda de que ha sido así. Pocos filósofos han dejado varias ideas que sean reconocidas con planteamientos relativamente entendibles, que en su caso además adquirían un tono profético o visionario. Dios ha muerto, la popularización de la idea del eterno retorno, y el concepto del Superhombre sobrevuelan el siglo XX, y sus interpretaciones han sido múltiples. La diferencia entre lo apolíneo y lo dionisíaco es menos generalista, pero conocida e inevitable en el mundo del pensamiento. En una competición entre filósofos, Nietzsche estaría bastante arriba en influencia y recuerdo. Aunque es cierto que es relativamente reciente, y otras generaciones dirán.

Friedrich Nietzsche

Aun conociendo (parcialmente, por supuesto) su filosofía, no he leído nunca a Nietzsche; cuando vi esta biografía, que se presenta más bien como una iniciación a los libros de Nietzsche, me resultó atractivo porque además partía del seguimiento de una correspondencia inmensa donde el filósofo analizaba su vida, obra y repercusión en una pulsión escritora aparentemente sin fin. El título, Vidas de Nietzsche es sin duda adecuado para alguien que tuvo etapas vitales muy diferenciadas, al menos tres muy distinguibles en su madurez: su actividad como cátedro y profesor en la Universidad de Basilea durante su juventud, su vida de escritor libre y nómada tras renunciar a ese puesto (en la que va publicando su obra y ganando más reputación que dinero), y su incapacidad final tras caer en la demencia durante la década final de su vida, que termina en 1900 con 56 años.

Miguel Morey transmite una considerable pasión por su biografiado, en un texto descriptivo pero ágil, que se detiene en el pensamiento de las obras de Nietzsche pero también en su contexto, las dificultades o no de su publicación, y su impacto notable, tanto en el autor como en la sociedad intelectual a la que se dirigía. Fue protagonista de polémicas culturales, como su cambio de posición respecto a Wagner por los posicionamientos religiosos de madurez de éste, y un viajero continuado entre varias plazas centroeuropeas (Basilea, Génova, Turín, Bayreuth, Sils María…) en busca continua de reposo para sus dolores, de concentración para su pensamiento, y de alojamiento barato o gratuito. No es posible resumir lo que desgrana Morey sobre Nietzsche, porque desentrañar su vida y pensamiento es a fin de cuentas a lo que se dedica Vidas de Nietzsche. Pero sí que hay apuntes sobre el filósofo que me quiero llevar, y por ello prefiero dejarlos escritos. Por ejemplo, su distinción entre su formación científica como filólogo y su vocación poética como filósofo (consecuencia de la dicotomía entre lo apolíneo y lo dionisíaco), y cómo desarrolló su exigencia profesional como escritor en el campo de la filosofía, tema sobre el que reflexionó con lucidez:

También es especialmente interesante su acercamiento a las disciplinas científicas que hoy llamaríamos puras, en las que apoya partes de su múltiple ideario, con conclusiones muchas veces erróneas que la ciencia desmentiría más adelante; hace pensar en cómo habrían sido determinados planteamientos si esa atención a la ciencia se hubiera producido caso de nacer Nietzsche en época más reciente, o de haber reconocido más lúcidamente la esencia del método científico, que parece el problema de muchos pensadores del cambio de siglo fascinados por los avances del progreso y decididos a teorizarlos.

También es de interés ineludible el entorno de cultura pangermánica y antisemita en que vive Nietzsche. Él era apátrida, no era antisemita, ni creía en el estado. Fue en ese sentido un adalid de libertad individual frente al poder estatal o frente a las masas adocenadoras, pero el continuo establecido entre los filósofos y la cultura de Grecia -que eran su especialidad académica- y la casi única cultura alemana como objeto de estudio contemporáneo es señal de los tiempos leída entre líneas para un hombre que, sin embargo, estableció barreras claras ante la construcción del nacionalismo germánico: seguramente le sería muy dolorosa la lectura que el nazismo hizo de su obra.

Finalmente, ¿qué queda del propósito de Morey, servir de introducción a obras de Nietzsche? Pues el libro se antoja útil, aunque los títulos que me apetecen no son los más conocidos. Morey le dedica especiales atención y cariño a Así habló Zaratustra, analizado prolijamente, mayor exponente del filósofo como profeta y libro que sigue leyéndose y vendiéndose bien. El estilo aforístico de Nietzsche, por su lado, me produce cierto alejamiento, aunque los extractos muestran su gran fuerza parabólica, sin duda demostración de su inclinación por lo dionisíaco. Sucede también que determinados pensamientos radicales y controvertidos hoy son socialmente aceptados (pienso en El Anticristo, o en El nihilismo europeo) y por ello pierden cierta capacidad de asombro que debió ejercer con ellos muy destacadamente cuando escribía y publicaba el más impetuoso de los pensadores. Quizás, curiosamente, sea más interesante leer a los intérpretes de su obra, nótese por ejemplo aquí. Veremos…

Miguel Morey (vía)


17 de febrero de 2021

Casas en Madrid


La cabeza a pájaros es una biografía novelada de la familia de su autora, Marta Fernández Muro, actriz de varias películas clave allá por la transición, que ha devenido en avezada narradora. Depositaria de la memoria de varias mujeres de su familia, la autora comienza su relato desde su edad actual, al trasladarse a vivir cerca del piso en que creció, y rememorar cómo su bisabuelo llegó a la ciudad y supo trabajar bien y hacer dinero con una tienda de perfumería que dio de comer y disfrutar a varias generaciones de la familia. La épica de la familia Romero no se aleja de la de cualquier familiar bien instalada en el siglo XX español, pero no se trata de los hechos en sí, convencionales en general, como del tono, estructura y subtexto del libro.

La Carrera de San Jerónimo, entre 1916 y 1923 (vía)

Es facilón, pero me resulta inevitable pensar que el tono tierno, con toques de ingenuidad, para hablar de la combinación de personajes estrictos y tarambana de la familia, encaja bien con la imagen que recuerdo de las interpretaciones características de Marta Fernández Muro, cuya carrera interpretativa reciente no conozco. Más allá de este prejuicio, sobre la novela revolotea una gozosa mirada ligera, en la que Fernández Muro, niña en los últimos capítulos, parece incluso estar físicamente mirando entre sus tíos, abuelos y bisabuelos cuando aún no ha nacido. Es un acercamiento muy adecuado, porque evita el ajuste de cuentas típico de determinada literatura del yo, y porque, ternura mediante, permite al lector asombrarse con los hechos y detalles a la par que la narradora, y empatizar así con los personajes.

Calle de San Agustín, en 1945 (vía)

El presente se apunta brevemente en el inicio y final de la novela, y se puntea en algunos momentos, pero la trama central del libro sigue la línea desde sus bisabuelos hasta Marta a través sobre todo de su abuela y su madre, con su abuelo y su padre casi como personajes invitados. Hay una retahíla enorme de tíos, tías, primos y primas, y la demora en las peripecias de cada tí@ abuel@ detiene también el tiempo en una época agotada. Como saga familiar de un grupo realmente numeroso, las desapariciones y muertes van acompasando el relato y haciendo fronteras entre los cambios de vida y época. El servicio de esta familia bien sirve a lo largo del tiempo como contrapunto de realidad a unas protagonistas un tanto encerradas en sus familias y casas. Evita la autora hablar de lo que podría ser su faceta más reconocible por el público, su trabajo de actriz, y cierra el relato familiar en su primera juventud, cuando ya puede salir de su casa.

Y es que las casas, los dos pisos de Madrid en que vive la familia más la casa en El Escorial, son los grandes escenarios de la novela, y Marta Fernández Muro las describe con detalle e incluso mimo. La casa es zona de seguridad y a la vez el escenario de un encierro. Tal es así que una mudanza entre los pisos de la Carrera de San Jerónimo y San Agustín es una cuidadísima pieza de aventura descrita con finura psicológica admirable. También los escasos episodios en el exterior (la madre en Biarritz durante la Guerra Civil, o las vacaciones en un Benidorm primitivo) son contrapuntos de una vida un tanto ensimismada. Aunque entre tantos personajes caben muchos perfiles, la línea principal de mujeres españolas, creyentes y familiares, cuidadoras, pero también alegres, firmes, pero también resignadas, que lleva de la bisabuela a la niña, se asienta en el hogar que crean, que es acogedor y ningunea a quien lo abandona (que en general desaparece del hilo narrativo). No existen interpretaciones subrayadas en el libro a estas lecturas, pero pueden buscarse con facilidad en el país, en su historia, y sus mujeres. He leído en algún sitio que la novela es galdosiana, y puedo entenderlo, porque añade además a estos elementos la vida regalada de varios personajes que actúan un tanto como los rentistas, o incluso los funcionarios, de Galdós.

En cualquier caso, lo sorprendente podría ser el aire galdosiano desprovisto de la trascendencia con que igual le leemos ahora. El donaire con que la autora supera la Guerra Civil y el contexto de postguerra son un buen ejemplo. La cabeza a pájaros se lee con una sonrisa dibujada de reconocimiento tanto en las peripecias concretas como en una literatura que, aun con todo el sabor de un talento atento al detalle físico y psicológico, sabe esquivar tanto la gravedad como la frivolidad.

Marta Fernández Muro (vía)