6 de noviembre de 2017

Wapshot



 

Entre los autores pendientes que como arena escurrida entre los dedos nunca había leído está –estaba- John Cheever, y creo que eso me ha pasado por no ser un lector preferente de relatos cortos. ¿Puede incluso que el momento de su fama coincidiera con otro cuentista al que sí leí, Raymond Carver, que me decepcionó? Es posible. En estos casos uno siempre puede confiar en la Biblioteca Constante, cuya titular acudió a mi rescate por iniciativa propia, insistió en que debía leer a Cheever, y me cedió este volumen doble que incluye dos novelas: Crónica de los Wapshot, publicada en 1957, y El escándalo de los Wapshot, de 1964, su secuela. Tal vez una saga familiar de 600 páginas en total no sea la mejor forma de empezar a apreciar a un autor conocido como el Chejov de los suburbios, pero en el préstamo se incluye también un libro de relatos del que ya daré cuenta más adelante.

 
Pintoreso pueblecito marino típico de Nueva Inglaterra (vía)

Crónica de los Wapshot y El escándalo de los Wapshot narran la historia de la familia Wapshot. El padre, la madre, los dos hijos varones y la excéntrica tía Honora son los descendientes de una familia asentada en Saint Botolphs, un pueblo costero de Nueva Inglaterra que actúa como mágico lugar de retorno a la tierra para los Wapshot, que se aferran a ella bíblicamente como el lucidísimo árbol genealógico y pseudobíblico de los primeros episodios da a entender. La impresión se corrobora con el apego a las costumbres marinas de la familia, ahora degradadas a un barco de servicio privado de transporte de pasajeros, o con la participación de la madre en el desarrollo de la comunidad. La novela obviamente contiene descripción de costumbres y psicología de personajes, ambos muy apegados a la época y no sólo centrados en la Nueva Inglaterra. Si supera el posible tópico de estas narraciones es por el estilo del autor, que es peculiar, muy rítmico y atractivo, y dotado de cinismo rayano en el sarcasmo. Por un lado, sus descripciones de episodios cotidianos quedan simplificadas hasta el absurdo y construyen la frustración de las varias generaciones descritas. Por otro, se produce una cierta universalización al trabajar de fondo con varios arquetipos que trabaja probablemente desde cierto reconocimiento. Finalmente, se permite la licencia de alternar su narración omnisciente con el diario del padre, cuya sintaxis imposible de frases yuxtapuestas incompletas dan una visión irónica no ya del relato en sí sino del propio acto de construcción de la narración de una saga familiar.

No conozco lo suficiente para afirmar que los Wapshot pudieron ser la primera ficción que desmitificaba los EE.UU. de los años cincuenta mientras sucedían, atacando su misma concepción: los valores familiares incapaces de mantener un rico legado histórico por el cambio de vida debido al progreso posterior a la II GM, unos jóvenes pre-revolución del 68 frustrados y aburridos sexual y vitalmente, una vida laboral gris que confina a sus practicantes en no-lugares sin vida. El retrato sin clímax de unas vidas sin clímax, que desprende una profunda melancolía por los lugares, los trabajos o las personas que se soñaba que debían ser, pero resultaron que no podían ser.

 
John Cheever (vía)


15 de octubre de 2017

Bartual / Kirby


 
  
Roberto Bartual, guionista de un cómic bizarro como Los Ángeles de Santa María, y autor de un interesante corpus sobre teoría del cómic, nos regala antes de su previsible salto a la narración novelística convenientemente pop, este insólito ensayo sobre la obra del autor de cómics de superhéroes Jack Kirby desde el inédito punto de vista del análisis piscodélico. Jack Kirby. Una odisea psicodélica no es una biografía ni un ensayo completista sobre su obra. Contiene los datos biográficos, políticos y sociolaborales necesarios para comprender los posicionamientos del objeto de estudio, pero se somete enseguida al yugo de su tesis: comprobar la conexión que la obra de Kirby tuvo en relación al arte y la experiencia psicodélicos.

Bartual es consciente del atrevimiento, e indica cómo no hay registros de que Kirby consumiera nunca alucinógenos, y muestra la sorpresa de encontrar dibujos de Kirby anteriores a la eclosión y consiguiente popularidad general de la psicodelia que pudieron adelantarse a la misma sin utilizar su mecanismo primario de generación. Para aumentar la sorpresa, otros autores más adscritos a la contracultura y consumidores aparentes de LSD no dieron lugar a cómics que reflejaran especialmente bien los mejores resultados de la experiencia psicodélica.

 
Los cuatro fantásticos, de Jack Kirby y Stan Lee

Aunque este enigma ya había sido apuntado por algún colega, es Bartual en principio quien primero analiza en profundidad las razones para inscribir a Kirby dentro del arte psicodélico, y para ello repasa el desarrollo de su obra, centrada inicialmente en el cómic de superhéroes y posteriormente en sagas de fantasía, donde Kirby indagaba en aspectos de su interés (y son amplias, varias décadas en el negocio le sirvieron para hablar de aventuras bélicas, de superhéroes con problemas de matrimonio o laborales, de la relación entre la humanidad y la divinidad, de los héroes modernos y antiguos, la mitología y sus límites…). La hipótesis que permite a Bartual comprender la psicodelia en quien de manera alguna conocía qué era eso es la teoría del inconsciente colectivo y los arquetipos jungianos, que, según el autor, atraviesan la obra de Kirby encarnándose en los múltiples clichés que reproducen sus personajes, y que bien pueden incluir en la psicodelia una forma de manifestación incluida en el cableado duro de la mente. Al menos, de la de Jack Kirby.

 
Estela plateada, de Jack Kirby y Stan Lee

El texto de Jack Kirby. Una odisea psicodélica es singularmente modesto en el subrayado de su tesis. No es que no alcance momentos de brillantez y diversión, que lo hace, pero Bartual rebaja de continuo la afirmación o la necesidad de sus ideas permitiendo la aparición de la duda sobre sus aseveraciones, aunque demostrando con profusión de análisis pormenorizado de estética y temáticas lo ajustado de la asombrosa coherencia de Kirby con los rasgos de la cultura psicodélica. Todo ello sin obviar ni despreciar, más bien lo contrario, la obra más crematítisca del trabajador estajanovista que fue Kirby.

Henry Kissinger, el Capitán América y el Halcón, Jack Kirby

Nunca he sido un lector excesivo de cómic de superhéroes ni de las sagas fantásticas del tipo que Kirby cultivó, en aplicación de unos intereses propios tamizados por los de una industria que le ignoró y subestimó (aunque puede insluso discutirse que esto sucedía al revés). El libro de Bartual tampoco me ha convencido de leer a Kirby, pues sé que se favorece de la selección de viñetas únicas, y porque a pesar de que lo describe, en realidad no puede recoger el espíritu alargado y repetitivo de estos tebeos, que me resultaron francamente aburridos ya en mi juventud. En las viñetas seleccionadas puede bien observarse los subrayados enfáticos de los bocadillos explicativos, con sus letras en negrita o mayúsculas remarcando lo que ya el dibujo era capaz de expresar. El diseño de superhéroes y aventureros tiene lógicamente un mayor interés, un apego cultural con aire de catarsis que atraviesa Occidente desde Grecia y sus mitos, pero también se afecta de psicologías planas que se superan rápidamente cuando el éxito convierte a las obras en un bucle engorrosamente infinito de publicaciones. ¿Quizás en otra estructura de mercado el genio visual de Kirby y su capacidad de materializar arquetipos habría desarrollado obras más concretas y mejor narradas? No lo sé.

Pero de lo que sí me ha convencido Jack Kirby. Una odisea piscodélica es de seguir leyendo a Roberto Bartual, ya que estamos ante uno de esos casos poco frecuentes en que la calidad y esfuerzo de análisis e interpretación superan, para mi gusto –y escaso toque comercial, me temo- a la calidad del objeto.

 

 
 Jack Kirby (vía) y Roberto Bartual

25 de septiembre de 2017

La tierra para quien la trabaja


Levantado del suelo es una novela de José Saramago publicada en 1980, que precede a sus obras más conocidas, y que supuso su primer éxito editorial. Es una novela de corte realista y apegada al miserabilismo, que decidí leer durante un viaje de verano a Portugal este año a la misma región en que se desarrolla, el Alentejo. He sido lector bastante fiel de Saramago, aunque no conste en este blog, ya que hace más de diez años que no había tenido un libro suyo entre manos. Sucedía que en efecto había prácticamente terminado toda su obra principal y que alguno de sus últimos libros daban la sensación de una fórmula no diré agotada pero sí necesitada del mayor vigor de sus obras cumbre. 

Alentejo, azul y amarillo (vía)

El tema y los hechos narrados sobre todo en la primera parte de Levantado del suelo recuerdan al lector español al tremendismo que se extendió por gran parte de la literatura española de la postguerra y parte del desarrollismo, de Cela a Delibes, donde un destino cruel y determinista de pobreza, ignorancia y sumisión a los latifundistas, que aparentemente no tiene salida y se eterniza durante décadas, atenaza las vidas de los habitantes de los pequeños pueblos alejados de las ciudades. Pero, en el caso de Levantado del suelo, en la novela va apareciendo y desarrollándose una conciencia política y sindical por parte de los personajes, que se materializa en acción contra el poder, la debida reacción posterior mediante detenciones, torturas y cárcel, para terminar con las consecuencias del final de la dictadura portuguesa y la reforma agraria portuguesa, una moderada colectivización de la tierra en el Alentejo de finales de los setenta que finalmente acabó derogada. La Historia dialéctica, pues, aparece en la historia costumbrista, para romperla y otorgar poder y dignidad a los parias de la tierra. Esta segunda parte no existe en el tremendismo español porque éste en general se escribe antes del final de la dictadura española y, obviamente, no se lo puede permitir (Delibes por ejemplo escribió Los santos inocentes en 1981, y ahí el punto de vista crítico del narrador resulta más evidente; la novela no llega a la democracia y no puede tener el final feliz de Levantado del suelo, pero al menos el opresor recibe su merecido moral además de físico y no es sólo una fuerza invencible).

El reconocible estilo de Saramago está gozosamente presente en el texto, con una maravillosa brillantez y fluidez narrativas: la inserción de los diálogos en el párrafo sin líneas específicas, su aparentemente sencilla mezcla de voces narrativas -del narrador omnisciente al monólogo interior-, el uso de figuras sencillas como la reiteración irónica, la precisión de lugares y psicologías, y, especialmente, la ternura con que el autor comprende –creo que conseguida con la combinación de voces narrativas- a sus criaturas incluso en los casos más miserables, consiguen una inmersión algo alucinada del lector en una historia que no es precisamente novedosa, aunque probablemente resultó muy necesaria para el autor como forma de despegar a otros relatos en los que siguió usando este peculiar estilo literario. De hecho, la principal diferencia frente a la obra más conocida de Saramago, toda ella posterior a Levantado del suelo, es la ausencia de una parábola de carácter fantástico que muestre, desde el inicio de la trama, la condición humana, histórica o actual, bajo el prisma social y político de Saramago, un comunista de corte humanista.

Reconozco que el final optimista de una novela de esta temática me ha resultado esperanzador, a pesar de convertirse en una historia de tesis con un final que en realidad la historia portuguesa no corrobora. Pero la comparación con las novelas que retratan mundos similares en la literatura española me suponía una sombra importante que la segunda parte borra por completo. Que la novela encuentre el equilibrio del buenismo ideológico frente al uso del tremendismo es digno de un narrador con el genio preparado para arquitecturas más complejas. 



 
José Saramago (vía)




10 de septiembre de 2017

En el país de los Soviets


Svetlana Aleksiévich ganó el Premio Nobel de Literatura en 2015, y fue entonces masivamente traducida al castellano, e inmediatamente supimos de ella y de sus escritos sobre los desastres del final de la era soviética. Su libro más reciente al recibir el Premio era éste que traigo hoy aquí, El fin del ‘Homo sovieticus’, publicado en 2013, y que al parecer emplea la misma técnica periodístico-literaria que en toda su obra anterior: recoger testimonios personales de personas que vivieron determinados acontecimientos y a partir de ahí construir a través de ese conjunto literario una visión del asunto bajo estudio: la guerra, la industria soviética, Chernóbil, el fin de la URSS, etc…


Sabía que Aleksiévich era periodista, pero no que sus libros consistían en este tipo de relatos recogidos, historias de vida, o incluso novelas orales, en el que, por así decir, el esfuerzo de la documentación parece incluso superado por el del seguimiento y obtención de testimonios. Comprobar que las voces del libro no son en sí las de Aleksiévich me hizo ser escéptico ante el carácter de un premio dedicado a una carrera de creación literaria. Pero obviamente este escepticismo inicial parte de una reserva algo reaccionaria ante las nuevas formas de literatura que debemos considerar. Y la sola sospecha de que Aleksiévich no es voz presente y original en el texto fue ridícula por mi parte y la lectura del volumen así lo desmiente: existe una estructura no subrayada que articula los testimonios, que mantienen también cierta homogeneidad lingüística (que supongo es potenciada por la imprescindible traducción que no puede captar modismos generacionales o geográficos) que consigue que cada testigo individual no pierda su voz única, pero sin que la lectura global sea incoherente, deslavazada, o desoriente al lector. Al contrario.


Aunque el libro no lo sigue estrictamente, existe una cierta cronología de acontecimientos en las referencias de cada historia recogida y unida al relato común. También una cierta clasificación de problemas engarzados que conectan los relatos y permiten que los que el lector encuentra avanzado el libro sean más seguibles, incluso apetecibles, que los iniciales, en principio más cercanos a noticias que en su día todos pudimos seguir por los medios. Y Aleksiévich permite, por supuesto, un anecdotario generalmente emocional en cada entrevista que ayuda a fijar la psicología de cada personaje y actúa como fuga del drama generalizado retratado.


El fin del ‘Homo sovieticus’ tiene dos partes principales. La primera se dedica a la caída del régimen soviético en el segundo semestre de 1991, pero a partir del hecho en sí, los testigos hablan necesariamente del pasado. La añoranza de la patria que los nostálgicos dan por perdida tras lo que consideran traición de Gorbachov se centra sobre todo en la IIGM y la salvación de la nación ante la invasión alemana; también por supuesto en el logro de haber conseguido imponer la en 1991 recién perdida ideología comunista y en la obligación de su pervivencia hasta el punto claramente ideologizado de que los perseguidos y enviados al gulag no rechazan en gran medida al régimen, sino que consideran que sus equivocaciones –las deportaciones injustas- no emanaban del liderazgo de Stalin, al que creían engañado por la burocracia del estado/partido. Este estaba corrupto y todos lo admitían, pero no haber sido engañados en dicha construcción ideológica o nacional. Lamentan haber dejado atrás un mundo en que los parias de la tierra lograron al fin su dignidad, o una educación que primaba la lectura y la discusión, disculpando casi siempre el precio a pagar por millones de ellos o culpando a los demás. Aunque el internacionalismo comunista no les importa demasiado: el peso de la patria resulta sorprendentemente fuerte en la construcción sentimental de la pérdida que les desampara, y la narración de horrores superados se realiza en función de un valor mayor que el de su vida como individuos. Aunque cada ejemplo particular en general suela desmentirlo con los hechos, con, por ejemplo, la frecuencia de las delaciones interesadas o envidiosas a vecinos, amigos e incluso familiares.


La segunda parte se dedica a la vida en la nueva Rusia, la que definitivamente desmantela al homo soviéticus. La percepción del gobierno de Yeltsin como un desastre que desmonta los valores de la etapa anterior y convierte al dinero en el principal valor del país en apenas unos meses supone una gran frustración para la mayoría de los testigos. Tampoco los nuevos ricos, también voces orales del libro, resultan especialmente felices, refugiados en la autocomplacencia egoísta de un capitalismo frenético y desbordado en lucha frenética continua, pero sufriendo el miedo de la corrupción política arbitraria que ellos mismos ejercen. Aparecen datos inesperados, como la percepción de que el campo sigue manteniendo valores y formas soviéticas mientras que las ciudades se someten al más feroz mercado, con los más jóvenes emigrando en masa ante la facilidad aparente de vivir una vida más cómoda y con sus mayores no entendiendo los nuevos ritmos de vida ni la explotación de los viejos símbolos nacionales, un día sagrados y ahora objeto de negocio a diferentes niveles. Las diferentes guerras en las repúblicas periféricas, el envío de soldados a las mismas, los horrores del pasado de nuevo cometidos en ellas, o la inmigración ilegal interior y su represión en Moscú completan un panorama que asoma su sombra al presente…


El resultado es un retrato apasionante, quiero pensar que preciso, de un país terrible, muy poco cohesionado y de múltiples contradicciones, que no ha encontrado un relato común constructivo, pero en el que sus habitantes han sido educados en una dureza tremenda que gustan de practicar tanto en el juicio verbal realizado en privado como en el seguimiento a las corrientes del poder, sin capacidad para crear una sociedad de auténticos derechos civiles, o para que una mínima moral del individuo y sus derechos prevalezca. La impresión obtenida es cruel, siempre trágica, incluso tétrica, y la tentación es pensar que el conjunto de sistemas que las diferentes revoluciones han impuesto a sus habitantes es una red de trampas contra los propios habitantes que estos mismos incluso conscientemente gustan muchas veces de alimentar incluso sufriéndolas... No, El fin del ‘Homo soviéticus’ no es un libro edificante; no muestra una salida posible que pudiera dar esperanza, sino que más bien es un retrato de miseria humana engarzado y practicado en una parte demasiado importante del mundo, en el que hablar de las inefables características del alma rusa lleva a la desazón y las lágrimas. Y, en cierto modo, sólo el valor literario del libro permite respirar algo al terminarlo, aunque no he podido alimentar las ganas de leer más obras de la autora, al menos en breve.

(Aquí y aquí algunas indicaciones simples y encontradas sin más en la web de cómo ejecutar la metodología de la historia de vida en las ciencias sociales)

Svetlana Aleksiévich, fotografiada por Elke Weltzig (vía)

28 de agosto de 2017

La línea de la belleza


La etiqueta de la multinacional francesa en que compré este volumen de The Line of Beauty está fechada en diciembre de 2004, el mismo año en que la novela fue publicada y ganó el premio Man Booker. Yo había leído con cierta continuidad otras novelas anteriores de Alan Hollinghurst, como The Spell (publicada en 1998 y que leí en 2000), La estrella de la guarda (publicada en 1994 y que leí en 1998), y La biblioteca de la piscina (publicada en 1988 y que leí en 1999). Creo que las fechas son importantes porque durante años se dijo que si Hollinghurst (1954) no había ganado antes el Man Booker frente a algunos contemporáneos como Ian McEwan (1948) o Kazuo Ishiguro (1954) se debía al contenido homoerótico de sus novelas. Las fechas también importan porque se trata de una novela histórica que retrata el thatcherismo desde un observatorio privilegiado –el interior de una familia conservadora- así como el inicio de la plaga del VIH en la Inglaterra de los ochenta. La visión del VIH, su tratamiento social y mediático, su estigmatización y su (relativa) normalización actual, son asuntos que han evolucionado con tal rapidez que sólo trece años de tiempo se convierten en un abismo. También me sucedió recientemente con Dorian, aunque afortunadamente Hollinghurst es un escritor con muchos más valores.

La línea de la belleza a que hace referencia el título no es más que una S suave, que podría ser la que conforma las aberturas de resonancia de un violín, o, como se menciona en la novela, las curvas de un arco conopial. El protagonista de la novela es Nick Guest (con ese gusto por los apellidos fácilmente simbólicos de Paul Auster) un estudiante de arte que vive como invitado en casa de los Fedden, a cuyo hijo conoció en Oxford. En Oxford Nick también conoció a Wani, el hijo de un libanés millonario gracias a un negocio de tiendas minoristas. Wani está armarizado –incluso tiene novia oficial- y es ocioso, promiscuo y cocainómano, pero también millonario y bello. Tan millonario que se permite regalar un coche a su amante (Nick) y dejarse un dineral en editar con él una revista de arte condenada al fracaso. Pero tan bello que la línea de la belleza anida en él, y el carácter sublime de lo bello puede borrar todo entendimiento. Sucede por otro lado que el padre de los Fedden es un parlamentario tory con deseos de medrar en el Reino Unido thatcheriano, y que la promiscuidad sin protección no era una buena idea en los ochenta. Se adivina al menos una parte del escándalo, claro.

 
Diseño y ejemplos del arco conupial (u ogee-arch, en el original)

La metáfora artística dentro de la obra literaria es una línea que atraviesa toda la obra de Hollinghurst hasta al menos The Line of Beauty (tiene dos novelas más recientes que no he leído), y que sirve para definir las paradojas de las pulsiones sexuales (primordiales en los protagonistas del autor) mediante el deseo de expresión (por emplear un término de Oscar Wilde) de una obra de arte. También sus personajes protagonistas suelen encajar en el arquetipo del joven inglés blanco acomodado o al menos de clase media pero de excelente educación y gusto artístico, homosexual y personalmente liberado, que entabla relaciones poco normativas en las que generalmente conoce una pasión sublime (expresable mediante arte, digamos), y que aunque resultan imposibles como amor duradero dejan en él un conocimiento vital o remarcan la ironía del destino personal. El tono en cualquier caso puede ser erudito pero no elitista, ya que Hollinghurst no define a sus protagonistas (por los que siente una franca simpatía que imagino cercana a una identificación o proyección personales), y así pasa también con Nick Guest, como pedantes culturales o resabiados de su alta cultura, y la novela es accesible, ágil, pícara pero sabia, y divertida. Tal vez Nick sea más avezado sexualmente de lo debido, considerando que en la novela incluso vivimos su pérdida de la virginidad en un episodio que podría bien ser una descripción de una exitosa sesión de bolsa o una sencilla receta de cocina.

Alex Wyndham, quien también fue Cayo Mecenas en Romainterpreta a Wani Ouradi en la adaptación televisiva de la BBC (vía). 

The Line of Beauty resulta muy interesante como retrato familiar de derechas en la Inglaterra en que  esa derecha estaba desmantelando el estado del bienestar. Hollinghurst no hace (del todo, las ironías son implícitas) política social pero sí construye la hipocresía sexual que el VIH obligó a mirar de frente con dramatismo cuando una sociedad adscrita a la doble moral se ve retratada públicamente. Mientras la década va avanzando en el libro, la presencia del virus en la historia va asentándose hasta manchar posiblemente sin remedio la tradicional vida familiar, pero no la libertad con que los personajes jóvenes vivieron su sexualidad (o sus adicciones). Guest en cierto modo actúa como vigilante implicado en las diferentes caras de una vida social en un momento convulso.

Me gusta que Hollinghurst, aunque publica en 2004, no deja que el futuro se cuele en la historia, aunque conocer el final del thatcherismo o los tratamientos médicos actuales sean tentaciones para que el autor muestre un conocimiento superior que el que sus personajes necesitan. También su capacidad de reflejar la combinación de miserias personales, familiares y profesionales que supone la cotidianidad de la vida, para lo que construye episodios domésticos de corte clásico pero hábilmente dialogados y con precisión psicológica. Ha rebajado cierta aunque no totalmente la carga sexual de algunos episodios (que, no obstante, en sus anteriores novelas resultaban excelentemente encajados incluso por su carácter explícito), y tal vez por ello pudo ganar un premio. Él probablemente sabría contar bien las aristas sociales, literarias, artísticas, que algo así tendría.

Alan Hollinghurst (vía)


26 de junio de 2017

El diablo alemán


Perseguía hace años la posibilidad de leer el Doktor Faustus, una de las últimas grandes obras de Thomas Mann. Me lo había encontrado descrito con pasión como ejemplo en El ruido eterno, el magnífico ensayo de Alex Ross que explicaba política e historia del siglo XX a través de la música compuesta y estrenada durante el mismo; ejemplo en realidad del objetivo del propio Ross, que Thomas Mann focaliza especialmente en el nacionalsocialismo, canalizando la historia a través de Adrián Leverkühn, el músico que tal y como sugiere el título vende su alma al diablo a cambio de conseguir componer con la perfección que perseguía. Alex Ross ha llegado incluso a especular sobre la música imaginaria de Leverkühn, de completa que es su descripción en las páginas de Mann.

Y al final encontré el libro en la vieja colección de clásicos en tapa dura de Seix Barral de @anitalorite, y, para mi alegría, a pesar de ser una colección editada en 1984, la traducción corría a cargo de Eugenio Xammar, uno de los excelentes periodistas españoles de entreguerras, y de cuyos conocimientos para el alemán y su capacidad de prosa no podía dudar tras leer sus Crónicas desde Berlín. Más que no dudar, tuve una alegría inmensa.

Serenus Zeitblom, amigo de infancia y seguidor durante toda su vida del compositor Adrián Leverkühn, narra su vida basándose en el trato personal que tuvo con él y en los cuadernos y notas que recibe a su muerte. Escribe en los últimos años de la II Guerra Mundial y aunque no menciona acontecimientos bélicos concretos, el desmoronamiento del régimen nazi está ya sucediendo literalmente, tal y como esperaba el propio Zeitblom. Mann escribe desde su exilio norteamericano, y describe con desapego la frustración de la historia alemana desde el inicio del siglo XX, lleno de ilusiones germánicas tal y como ilusionante era la amistad del narrador con el joven Leverkühn, hasta la caída tanto del régimen nazi como de todas las posibilidades de felicidad que nunca pudiera tener el músico autor de las composiciones más brillantes de su tiempo. En el centro del libro, su capítulo más famoso, adoptando una simetría crítica y consciente de su relevancia (y con un mecanismo dramático que ya empleaba en La montaña mágica), Zeitblom relata la visita intensa y terrorífica del diablo, recogida de  los cuadernos de Leverkühn, como un episodio que pudiera ser onírico o real, pero cuya fuerza es demoledora en una novela de corte realista a pesar de la tradición romántica, gracias a la ausencia de subrayado, a la presencia del razonamiento filosófico previo, y a una fisicidad desasosegante. Fausto es uno de los mitos germánicos más conocidos, el que anhelaba el máximo de conocimiento y reconocimiento, desde los que el salto al máximo de poder es cuestión de dialéctica histórica mediante el nacionalismo racial. Que el nazismo sea la consecuencia de tanta ambición germánica pareció obvio una vez que se destruye el sueño, pero Mann ya lo anticipa en su estudio histórico implícito, que incluye el despropósito de autoengaño en que se inundó Alemania en la I Guerra Mundial, y que indica un formidable cambio de opinión respecto a su visión anterior del conflicto, que quedaba recogido en La montaña mágica con una visión aún idealizadora de la guerra.

Doktor Faustus es un libro que al igual que otros de Mann habla de arte como metáfora de vida. Se nota su autoría por un hombre alejado ya de la modernidad, donde la alta cultura es el concepto predominante y justificado (cierto es que en contra de las formas dictatoriales de la cultura que emanaba del comunismo estalinista de la época), pero la brillantez del discurso oblicuo de las formas armarizadas de entender al personaje solitario y de homosexualidad latente y enmascarada sigue presente. También las dicotomías de los personajes en la descripción del mundo, que en este caso se centra en Alemania y el germanismo. Y frente a la filosofía de la anterior opus magna, aquí el mecanismo principal es la música. Al parecer, una buena parte de las ideas musicales que Mann describe a través de su narrador están recogidas de textos que Adorno preparó para él y lo cierto es que frente al libro de Alex Ross que mencionaba más arriba, han resultado mucho más complicadas para un profano, posiblemente por un salto de época evidente en formación cultural, por la propia exigencia al melómano que suponían los tiempos anteriores a la guerra, los de esa alta cultura que también arrastró a un pueblo entero.

Thomas Mann (vía)




27 de mayo de 2017

Crítica de la crítica crítica


Me prometía algo distinto a lo ofrecido este libro de ensayos literarios de la crítica americana Cynthia Ozick que llegó a mis manos de los siempre generosos @Happyoutcast y @Jonatandodo, tal vez por su título (Critics, Monsters, Fanatics, & Other Literary Essays), que apela sin duda a lo pop y a la subcultura, que permitía intuir que una personalidad de la alta literatura bajaba a las ciénagas de monstruos y vestidos de mallas para discernir la realidad, pero que… resulta ser casi todo lo contrario. El ensayo principal es sin duda el eje central del libro. De título un tanto largo y aparentemente críptico (The Boys in the Alley, the Dissapearing Readers, and the Novel’s Ghostly Twin), este ensayo reivindica el papel del crítico como figura analítica fundamental en la literatura, y denuesta las actuales reseñas vacuas de gran repercusión accesibles a todo tipo de lector gracias a las redes sociales y nuevas tecnologías.

No es que le falte razón a Ozick (admite, por supuesto, excepciones), no es que argumente sin brillantez (y es convincente, y estoy de acuerdo con ella en muchos momentos), y no es que obvie o desconozca las circunstancias de la influencia de la tecnología en el mundo literario actual (de la escritura a la publicación), pero las concesiones a los nuevos medios son demasiado escasas, considerando su potencia actual, su potencial de difusión, y que incluso los grandes críticos pueden actualmente ser tan leídos (o más) en estos medios como en los tradicionales. Seguramente, entiendo, no tendría nada contra esto, dado que son los contenidos (y la capacidad para crearlos) los que le parecen relevantes, pero no puedo evitar enmarcar a Ozick en un tipo de opinión que demoniza el medio sin, tal vez, aprovechar sus posibilidades para los objetivos buscados, y sin pensar que los fallos educativos en los nuevos tiempos no se entienden en relación a este factor.

El libro, posteriormente, utiliza los nombres metafóricos de los monstruos y los fanáticos para hablar de la época de oro de la crítica literaria, de episodios literarios peculiares y algo olvidados (como la poesía hebrea en los EE.UU.), y de un numeroso conjunto de grandes autores, desde Bellow a Amis, que en general muestran un gran interés por la tragedia judía del siglo XX y su influencia en la ética y pensamiento de la literatura. Ozick pertenece a ambas comunidades: es de origen judío y de familia de escritores; su juicio suele ser preciso, y su ritmo nunca decae (argumentando tal vez en contra de su propia percepción de la crítica como género literario, aunque aquí Ozick evite apelar de facto a lo imprescindible de su subjetividad). Pero tal vez la extensión en el tema de estudio sea excesiva para un lector no avisado.

Cynthia Ozick (vía)