27 de mayo de 2017

Crítica de la crítica crítica


Me prometía algo distinto a lo ofrecido este libro de ensayos literarios de la crítica americana Cynthia Ozick que llegó a mis manos de los siempre generosos @Happyoutcast y @Jonatandodo, tal vez por su título (Critics, Monsters, Fanatics, & Other Literary Essays), que apela sin duda a lo pop y a la subcultura, que permitía intuir que una personalidad de la alta literatura bajaba a las ciénagas de monstruos y vestidos de mallas para discernir la realidad, pero que… resulta ser casi todo lo contrario. El ensayo principal es sin duda el eje central del libro. De título un tanto largo y aparentemente críptico (The Boys in the Alley, the Dissapearing Readers, and the Novel’s Ghostly Twin), este ensayo reivindica el papel del crítico como figura analítica fundamental en la literatura, y denuesta las actuales reseñas vacuas de gran repercusión accesibles a todo tipo de lector gracias a las redes sociales y nuevas tecnologías.

No es que le falte razón a Ozick (admite, por supuesto, excepciones), no es que argumente sin brillantez (y es convincente, y estoy de acuerdo con ella en muchos momentos), y no es que obvie o desconozca las circunstancias de la influencia de la tecnología en el mundo literario actual (de la escritura a la publicación), pero las concesiones a los nuevos medios son demasiado escasas, considerando su potencia actual, su potencial de difusión, y que incluso los grandes críticos pueden actualmente ser tan leídos (o más) en estos medios como en los tradicionales. Seguramente, entiendo, no tendría nada contra esto, dado que son los contenidos (y la capacidad para crearlos) los que le parecen relevantes, pero no puedo evitar enmarcar a Ozick en un tipo de opinión que demoniza el medio sin, tal vez, aprovechar sus posibilidades para los objetivos buscados, y sin pensar que los fallos educativos en los nuevos tiempos no se entienden en relación a este factor.

El libro, posteriormente, utiliza los nombres metafóricos de los monstruos y los fanáticos para hablar de la época de oro de la crítica literaria, de episodios literarios peculiares y algo olvidados (como la poesía hebrea en los EE.UU.), y de un numeroso conjunto de grandes autores, desde Bellow a Amis, que en general muestran un gran interés por la tragedia judía del siglo XX y su influencia en la ética y pensamiento de la literatura. Ozick pertenece a ambas comunidades: es de origen judío y de familia de escritores; su juicio suele ser preciso, y su ritmo nunca decae (argumentando tal vez en contra de su propia percepción de la crítica como género literario, aunque aquí Ozick evite apelar de facto a lo imprescindible de su subjetividad). Pero tal vez la extensión en el tema de estudio sea excesiva para un lector no avisado.

Cynthia Ozick (vía)





22 de febrero de 2017

Bosco, 2016

 

En 2016, una estupenda retrospectiva de El Bosco llegó al Museo del Prado. Rara vez me mueven ya las exposiciones como para viajar, pero dado que 2016 fue un año muy madrileño en mis devenires, aproveché para visitarla, aunque me sea profundamente molesto tener que comprar entradas anticipadas y andar por los museos como por los aeropuertos. La exposición cumplió las expectativas, y decidí comprar este libro, Visiones y pesadillas, que aparentemente estudiaba e interpretaba la obra de El Bosco a la luz de su vida y época.

FOTO El Bosco, según Cornelius Cort, en un grabado de varias décadas después de su muerte (vía)

Lo más interesante del libro de Nils Büttner, un profesor de la Universidad de Stuttgart, es a mi modo de entender cómo se pone en la piel y mentalidad de los contemporáneos del Bosco a la hora de apreciar su obra, entendiendo por apreciar tanto la parte moral que conllevaba su representación de los sucesos bíblicos o de metáforas religiosas, como el entretenimiento que le convirtió en artista tan masivo gracias sin duda a sus desnudos metafóricos y sus sorprendentes representaciones simbólicas del pecado y sus consecuencias. Büttner escribe además desde una saludable humildad que reconoce que hoy es imposible conocer todas las referencias del momento y lugar que se usaban también para entender el conjunto de una visión cósmica (y cosmogónica) que hemos heredado pero también racionalizado críticamente. Las que sí reconoce y explica Büttner son normalmente algunas referencias sociales, conocidas por documentación en general escasa de la época, y, obviamente, las religiosas, basadas en la propia vida y contactos de Hieronymus van Aken, y en las tradiciones e interpretaciones. El Bosco ayudó sin duda a aumentar el corpus de estas interpretaciones, añadiendo elementos imaginativos que no sabemos descifrar y que impiden disponer de una receta mágica para seguirle. Algo que puede especularse que sucederá también dentro de quinientos años con nuestros artistas más convulsos de hoy, aunque tal vez el exceso de información e interpretación de la era actual lo compense.

El jardín de las delicias

Desde hoy, sorprende que El Bosco no fuera censurado en vida, Büttner supone que gracias a su prestigio social y personal, que permitía que las enseñanzas morales de su pintura, donde monstruosos sacrificios esperaban a los hombres impuros, superaran las posibles reticencias por una indudable sensualidad, que alcanzaba también a un horror que hoy parece adelantado a su tiempo. Igual sorprende menos su éxito, sin duda fue inteligente a la hora de captar interés con un estilo que le proporcionó trabajo y prestigio, que se acumularon al dinero que ya poseía gracias a sus propias rentas personales. Tal vez esto, que llega a convertirle en un género pictórico propio, haya sin embargo tenido una mala consecuencia: la cantidad de plagios que han llegado a nuestra época, la cantidad de imitadores que han conseguido que muchos cuadros sean atribuidos falsamente al Bosco, y las dudas que hacen que algunos historiadores del arte sólo atribuyan realmente 6 cuadros actuales al pintor original. La exposición del Prado quedaría así francamente reducida.

El jardín de las delicias

Un elemento novedoso y peculiar del libro es su tipo de edición. En general, estos volúmenes dedicados a grandes figuras de la pintura suelen ser libros grandes, donde reproducciones de gran tamaño permiten apreciar más los detalles de las obras del autor estudiado. Es posible que la editorial (Reaktion en Londres, Alianza en España) haya pensado en este caso que dado el detallismo de la obra del Bosco, encerrado en obras de gran formato, esta empresa puede darse por fracasada desde un inicio, y opta por un formato manejable, de libro normal de lectura, obviamente ilustrado, que permite seguir mucho mejor la exposición de ideas, y cuyas reproducciones son reducidas pero fácilmente seguibles. La opción permite viajar con el libro, y consultarlo con inesperada comodidad, al no necesitar una mesa donde depositarlo, o unos brazos imponentes, como los que no gastaban los personajes del Bosco, para sostenerlo.

Nils Büttner, según su cuenta de Twitter @NilsBuettner



31 de enero de 2017

NeoDorian


Imagino que revisitar Dorian Gray una vez terminados sus derechos era demasiada tentación. Yo la tendría, probablemente con otros clásicos a los que una visión gay daría una lectura al menos distinta, no necesariamente más crítica o hábil que el original. Pero no con Dorian, que ya tiene el subtexto, la lectura, y el autor/mártir, y que es un libro de resultado casi sublime. ¿Qué necesidad?


¿Hay obra sublime sin musa adecuada? ¿Puede la de Wilde haber sido la mayor lucidez de la historia del arte respecto a su musa?

Pero en fin, metidos en harina, puede hacerse mejor o peor. Dorian, de Will Self, está publicado en 2002 aunque ambientada especialmente en los ochenta, y utiliza como metáfora el SIDA para acelerar la destrucción del entorno del protagonista, un muchacho malvado que se dedica a diseminar el virus a todo personaje que se le cruce mientras permanece inalterado a cambio de que las cintas que contienen grabado su cuerpo a los veinte años en una videoinstalación denominada Cathode Narcissus almacenen no ya el rastro de sus maldades morales sino obviamente el de la enfermedad desarrollada. Y… yo creo que tal vez por la época, o por la borrachera de la escritura, Self no se da cuenta de la comparación moral que realmente encierra esta premisa y que probablemente requiere que el escritor aclare su mirada real hacia el enfermo de SIDA (sólo comparado con un Henry Wotton postcínico y tecnologizado). Hay otras ideas que acompañan el cambio de los tiempos: cierta mención que a veces parece que se va a profundizar en ella, como la de la criogenización, la posibilidad de que a Self se le acabara la fuerza de la metáfora por la aparición de los retrovirales, apenas mencionados…


El retrato de Dorian Gray, de Albert Lewin, adaptación estupenda de la novela de Oscar Wilde. En el cuadro, Hurd Hatfield

Tal vez la mueca que se me dibujaba ante el significado de la trama narrativa me impidió disfrutar de sintaxis o estructura. Es verdad que Self a veces alcanza imágenes de cierta garra, pero también que está subyugado por una alta cultura anglosajona donde dominan el dinero, el clasismo y la agilidad dialéctica, de la que no consigue separarse ni dejar de empatzar, de modo que su fugaz brillantez resulta un tanto vacua. La novela se permite además un epílogo con relectura de todo lo anterior que tampoco ensalza lo aparentemente conseguido. Tal vez, quién sabe, hace quince años, cuando la perspectiva sobre la epidemia era menor, cuando la presión estigmatizadora también dentro de la comunidad gay era mayor, su mirada un tanto desde la torre de marfil de la pobre homosociedad adinerada de Londres tenía más fuerza. Hoy, al menos, no me ha convencido, y le he visto más arrugas morales, más achaques en sus páginas, que las del video de su personaje. Igual debería haber dejado el libro en la estantería una década más, por si se convertía en cenizas.


Will Self por Colin McPherson (vía)

15 de enero de 2017

Corvo by Symons



En busca del barón Corvo es un libro escrito en 1934 por A.J.A. Symons, que tiene un subtítulo evidente, Un experimento biográfico, y en el que un autor de por sí fascinante como Symons cuenta la vida de otro como Frederick Rolfe (quien se autodenominaba Barón Corvo), quien a su vez escribía novelas en clave en las que venía a explicar o justificar su vida errática y excéntrica. Esta colección metaliteraria de biografías parece un libro moderno de autoliteratura: Symons cuenta el progreso de su experimentación, cómo fue poco a poco recogiendo y consiguiendo información, cómo unas fuentes le llevaron a otras; añade a su texto las cartas que Rolfe y sus sucesivos mecenas, editores o amigos se escribían. Symons no llega a expresar sus propios cambios vitales durante el proceso (algo que Carrère o Cercas sí harían hoy mismo), pero es obvia su conexión personal con Corvo.


Frederick Rolfe (vía)

¿Y quién es Corvo? Alguien que hasta que este libro no llegó a mis manos de mi mejor proveedora de mandanga raruna (el Lector Constante) yo no conocía. Hijo irreverente de, pero imposible sin, la tradición cultural británica, Corvo/Rolfe fue un escritor autodidacta, cultista, fascinado por Italia, y homosexual (en Wikipedia dicen que no tan reprimido como podría parecer en el libro de Symons, claro que Symons escribe en 1934 y no puede contarlo todo) con un carácter orgulloso, cuya vanidad y soberbia le enfrentaron a todos aquellos colaboradores literarios, protectores y editores que cayeron inicialmente fascinados ante la calidad de sus escritos –aunque sólo fueran sus misivas personales, también suntuosas y hermosas- y la inmensidad de su cultura, y le llevaron a vivir una vida nómada y episodios de profunda miseria, lastrada también por su principal frustración, casi una fantasía dada su personalidad: no conseguir ordenarse sacerdote católico, un agravio que se sumaba a los agravios personales y sociales que consideraba que habían cercenado su vida y su talento. Cierto es que sufrió episodios injustos, pero su arrogancia intelectual no concebía comprensión hacia los demás.


Portada de Adriano VII, la novela más conocida del barón Corvo, en la que un hombre cuyo rechazado acceso al sacerdocio se compensa al ser nombrado papa inesperadamente.

En busca del barón Corvo se acerca a la genialidad por momentos. Symons aprovecha la peripecia vital y personal de Rolfe para también describir la vida cotidiana y profesional de las personas interesadas en la creación y el arte en el cambio de siglo. La psicología de Corvo no es precisamente un caso ejemplar, pero sí tremendamente atractivo. Escribe Symons con asombro de su personaje pero nunca olvida cierta ternura ante su carácter exagerado. También comprende a los que se relacionaron con él. Y es en sí mismo un escritor que no rehúye analizar a todos ellos a partir de las cartas y escritos que consiguió en el proceso, siempre con una gran racionalidad y aparentemente sin dejar su propia huella personal, cosa que no es obviamente posible. La estructura del libro, con su final conocido y su tono de investigación literario científica, es habilidosa y envolvente, y ciertamente un experimento que aunque no aparece en el gran canon parece muy inspiradora de la práctica actual de determinado género biográfico novelesco y algo complaciente.

Lógicamente, esto debería completarse con una lectura de una biografía de A.J.A. Symons. Lo estupendo es que existe y la escribió su propio hermano…


A.J.A. Symons (vía)