4 de julio de 2020

Ulises en Gallarta



Defienden algunos que Homero ya escribió todas las leyendas y todas las historias, y que desde entonces la historia de la literatura es sólo reescritura. Son varios los autores que se han echado en manos del mítico escritor ciego padre de la mitología griega y narrador del fin de Troya y del viaje de regreso de Ulises a la lejana Ítaca tras aquella batalla. A esa nómina se suma ahora Gaztea Ruiz Martínez con una opción inesperada, la narración oral de las huelgas mineras en la Bizkaia de mayo de 1890, acontecidas tras la celebración del primer Día Internacional de los Trabajadores, por boca de un militante socialista moribundo en vísperas de que el ejército franquista entre en Bilbao en junio de 1937. Luciano, natural de Bermeo, le cuenta su experiencia a Nito, inmigrante de Zamora que llega a Bizkaia en 1910, y que compartió en el pasado lucha política y sindical con Luciano y que ahora organiza suministros para los milicianos que defienden Bilbao. Nito además es consciente desde la primera frase del libro de que su amistad por Luciano encierra sentimientos amorosos que mantiene reprimidos.

Transporte de mineral desde la cuenca minera a la ría (vía)

Ruiz Martínez encabeza con citas de los versos de La Odisea cada capítulo de Dos pájaros de hierro, encajando los diferentes matices del tiempo narrado por Luciano en un marco épico pero también mitológico, dado lo peculiarmente olvidados que están los hechos que narra el libro. Los mejores momentos del libro están en mi opinión en un primer capítulo arrollador, lleno de dolor arrebatado, que prologa el viaje de miserias y batallas que leeremos, y la recuperación del lenguaje hablado de los obreros del país, porque, en general, son lenguajes y voces ninguneados en la literatura por su supuesta vulgaridad, incluso en la obra de quien escribiera en su nombre. Pero Ruiz Martínez lo recupera con una frescura llena de modismos, algunos localistas, de mucho encanto. Luciano, en su veteranía obrera y su ceguera heterosexual, domina así el libro frente al intelectual Nito, que, a pesar de algunos arrebatos, se lo cede gustosamente como último acto de amor.

Trabajadores de las minas (vía)

Es una osadía importante el elemento homosexual en Dos pájaros de hierro. Nito tiene una psicología tal vez demasiado moderna, pues se conoce y se acepta, además entiende el mundo en que vive y que no puede ni hablar. No tiene pares, no hay mención a posibles alivios o escarceos, y se nos presenta con una estabilidad mental, devota en su amor por Luciano, digna de, en efecto, un héroe trágico griego. La suya es una odisea en solitario a la que se niega el fin, pues no alcanzará el amor además de perder la tierra vía invasión fascista. La diversidad sexual desde luego no era un factor político en las décadas y situaciones retratadas en el libro, y mi sensación como lector es que requiere un desarrollo más profundo que no encajaba en la obra. La II República trajo algunas libertades y derechos, pero la falta de memoria histórica LGTBI reduce el imaginario temática de la época a los ambientes intelectuales y sórdidos de las grandes ciudades (Madrid, Barcelona) también nos falta literatura al respecto, al contrario de países como Inglaterra o Francia, seguramente porque no es lo mismo que Wilde o Rimbaud escribieran ya en el siglo XIX, frente a Lorca y Cernuda, que podrían ser los primeros grandes referentes españoles entreabiertos al mundo, décadas más tarde.

Facundo Perezagua, histórico líder sindical de las huelgas mineras (vía)

Pero sin duda el episodio que interesa recuperar al autor es el del movimiento obrero bizkaino, como respuesta a las condiciones inhumanas de vida en la cuenca minera (y que en parte se puede leer también en la biografía del Dr. Areilza escrita por Josu Montalbán). Al unir el autor en el relato (y en la lucha militante) a un trabajador bizkaino (que en general solían ser capataces más que mineros) y uno zamorano ya hace declaración de intenciones respecto al valor de sus convicciones en un entorno en que, aunque parezca increíble, el nacionalismo aún no estaba organizado políticamente. La narración de la vida minera y la organización de la huelga se produce casi siempre de manera oral (a la griega, diríamos), aunque hay también memoria del propio Nito y algún informe escrito. El ejercicio de memoria viene punteado por la enfermedad de Luciano, que acecha como los bombardeos de los nacionales, y, en cierto modo, mantiene así la agilidad en pasajes en que la miseria minera, vista desde la memoria, alcanza un carácter entre mito y nostalgia. La verdad es que, como el mismo Luciano expresa, tengo mis dudas con esta elección del autor, como si el conflicto minero (y su influencia social, política y económica) necesitara del anclaje en el mito/recuerdo como valor literario, en lugar de la acción o narración directa. Pero por su lado el ritmo creado por los acontecimientos del presente de 1937 es elevado, y el libro prácticamente se devora. Quedan, en mi opinión, algunos subrayados sociopolíticos probablemente innecesarios a pulir por un autor que entrega su primera novela, pero que tiene pulso de narrador sensible. Quien le haya seguido en las redes sociales durante el confinamiento verá una importante vocación poética (confirmada por varios libros de poesía publicados con anterioridad), pero, además, una significativa fuerza humorística en lo cultural que, espero, pueda explotar en futuras obras.

Gaztea Ruiz Mertínez, en foto extraída de su cuenta de Twitter



17 de junio de 2020

España y federalismo



Este libro (Tres maneras de entender el federalismo. Pi y Margall, Salmerón y Almirall. La teoría de la federación en la España del siglo XIX) del profesor Jorge Cagiao y Conde es una mirada precisa, exhaustiva y de capacidad académica sobre cómo entendieron el federalismo sus principales mentores españoles en el siglo XIX, obviamente concentrados en los años del Sexenio democrático y en la I República Española. El siglo XIX es un momento espléndido para las teorías políticas, pues tuvo que lidiar con la construcción de nuevos modelos de organización política. La Revolución Francesa terminó con el Antiguo Régimen pero obviamente no impuso uno nuevo con claridad. Pasarían décadas de revoluciones y guerras para que tal vez podamos considerar que su proceso terminó. En 1945, o incluso en 1989. Ahora el paradigma, creo, ya es otro.

Retrato de Pi y Margall por Sánchez Pescador recogido en Wikipedia

Bueno: el federalismo, no se cansa este libro de repetirlo, es una teoría política para la organización de un conjunto de territorios soberanos, basado principalmente y definitoriamente en que estos llegan a un pacto entre ellos con el objetivo de, mediante una federación y una organización de esa federación, puedan optimizar su capacidad, recursos y fuerza. Organizarse así entre territorios soberanos puede dar lugar a problemas competenciales, que afecten a la soberanía de cada estado singular y a la de la propia Federación en sí, para lo cual es necesario ordenamiento jurídico claro que solucione los conflictos de acuerdo al pacto de la federación (que puede ser un tratado o una Constitución). Algunos estados soberanos, no obstante, se han organizado posteriormente siguiendo una organización federal pero sin partir de territorios soberanos anteriores.

Retrato de Nicolás Salmerón por Federico Madrazo recogido en la Wikipedia

Cagiao y Conde tiene en su estudio un interés muy específico: estudiar las diferentes propuestas federalistas de la España del siglo XIX, y que incluso pudieron llegar a realizarse ya que varios de sus protagonistas llegaron a gobernar el país. Este libro, que casi tiene tres títulos federados, personaliza además en tres personas su estudio: Francisco Pi y Margall, Nicolás Salmerón y Valentí Almirall, aunque hay notables diferencias entre los estudios de cada uno de ellos. Pi y Margall, que viene a ser el nombre que todos los legos reconocemos como el padre del (breve, brevísimo) federalismo español, fue Presidente de la República y escribió sobre el federalismo partiendo de posiciones originalmente libertarias, casi anarquistas, hasta proponer en realidad un sistema de descentralización de España, en un federalismo que Cagiao y Conde considera enmarcable entre los federalismos blandos pero al que además ve, en este caso, incongruencias. Blando por no admitir de manera alguna soberanía en los territorios e imponerles un pacto federal antinatura (por impuesto), e incoherente por perderse en los derechos de circunscripciones pequeñas (ciudades, provincias) y confundir así la naturaleza de los territorios federables. El capítulo es revelador por poner a Pi y Margall en su contexto: no le niega carácter pionero ni supervivencia política propia, pero lamenta que no mirara más a los federalismos ya existentes (Suiza, EE.UU.), que en el siglo XIX ya interpretaban de origen el pacto entre soberanos. Pi y Margall, abandonada por primera vez la monarquía en España, es el primero que se enfrenta, o lo intenta, a la diversidad del país frente al argumento de que su federalismo real es imposible al querer hacer federal una entidad, España, que no tenía entidades originalmente soberanas.

Valentí Almirall

Salmerón sustituyó a Pi y Margall como Presidente de la República, pero no fue un teórico directo de la federación; pertenecía al krausismo, que triunfó como teoría filosófica en buena parte de las clases intelectuales españolas, aunque no fuera un movimiento que perdurara en el tiempo, ni Krause un filósofo especialmente reconocido hoy en día. Casi es más interesante el capítulo dedicado a Salmerón por la explicación del krausismo y sus ideas místico-liberales que por la figura de Salmerón, bastante ausente como autor verdadero y que casi no merece por parte del autor ni un acercamiento a la figura en sí. El krausismo también proponía un federalismo centralizado, en una teoría que Cagiao y Conde ve más coherente y formada que la de Pi y Margall, pero cuya aplicación adolece de la pureza, o esencia, federal que Cagiao y Conde busca en su libro. En su caso, esto sucede también debido al elitismo social del krausismo y su postulado de que el progreso debe ser necesariamente traccionado por élites burguesas, que obviamente no comprendían la realidad social del pueblo al que pretendían liderar, y, sobre todo, no lo reconocían como sujeto político activo.

Karl Krause. El libro recoge una cita de Fernández de la Mora, que afirmaba que el krausismo fue muy perjudicial para España, dado que los krausistas combatieron fieramente el positivismo (Comte) y ahondaron así en el atraso científico español, pero también el idealismo (Hegel), imposibilitando una recepción adecuada del marxismo y empujando así las ideologías de las clases proletarias a un anarquismo inútil

La búsqueda del autor tiene su fruto casi totalmente satisfactorio en el estudio del tercer autor, Valentí Almirall, al que el autor reconoce mayores peso teórico y capacidad de análisis. Almirall no fue Presidente de la República, pero en cierto modo Cagiao y Conde hace implícito –en un suave devenir temporal que acompaña al estudio teórico, aunque el autor no pone el objeto de estudio en los hechos históricos que estaban sucediendo- que sus ideas llegan después de las de Pi y Margall y el krausismo, en los atropellados años finales del Sexenio, y que además se van asentando después, cuando república y federalismo han resultado ya sistemas de aplicación decepcionante (o imposible) en la compleja política española. Almirall estudia entonces los federalismos estadounidense y suizo, considera necesariamente originaria la soberanía de los estados a federar, y propone un pacto federal que implicara la posibilidad de ruptura. Para la resolución de los inevitables conflictos competenciales el sistema debe tener un sólido ordenamiento jurídico en el que se intenten evitar las soluciones políticas, que en su siglo se traducían en guerras (la de Secesión es el mejor ejemplo). Almirall también escribe de las cesiones de soberanía que necesariamente deben hacer los estados a la Federación para que ésta tenga sentido, y algunos son complejos: la deuda pública, la acuñación de moneda, el ejército y la marina, el comercio internacional… En cada uno de los territorios quedarían la hacienda, el código civil y la justicia.

Cagiao y Conde escribe en mi opinión sus mejores páginas, lúcidas y también entusiasmadas, con el estudio de Almirall y en sus conclusiones generales. Me ha gustado especialmente cómo describe los federalismos suizo y norteamericano en relación a los conceptos de libertad (la de los antiguos y la de los modernos), y sus defectos de desarrollo respecto a la igualdad por el particular exceso de democracia directa en Suiza, o el conflicto particularmente gradual de parecidos culturales necesarios para conseguir una federación real, o, tal vez mejor, útil. El autor no esconde su preferencia por el federalismo puro de Almirall. También cree que las democracias occidentales deberían ser suficientemente maduras para admitir soberanías territoriales completas una vez que durante el siglo XIX y el siglo XX el desarrollo de los estados nación ya ha cumplido su función de crear estados del bienestar con instituciones lo bastante fuertes como para jugar en el mundo globalizado. Y esto lo dice porque el camino de las federaciones suiza y estadounidense, a pesar de su inicio puramente federal, ha sido en estos dos siglos reforzar las instituciones federales y recortar paulatinamente las competencias de los estados federados, utilizando como recurso en general las instituciones jurídicas federales, que Cagiao y Conde censura (incluso a Almirall) porque crea derecho en favor de los órganos centrales casi siempre. Esto tampoco debe extrañarnos: que un aparato o institución tienda a estabilizar o perpetuar su poder es una ley de hierro que supongo es casi imposible de romper si, en este caso, el federalismo no viene acompañado de personas federalistas verdaderas. A eso dedica el autor también un subcapítulo (con conflictos que en parte no comparto, como el que enfrenta a igualdad con libertad, al menos en conciencia). Pero las competencias que el mismo Almirall propone ya son lo suficientemente envenenadas para pensar que la ruptura es factible con sencillez: ¿la deuda pública? ¿el comercio internacional? Va a ser difícil…

Por supuesto, España y Cataluña revolotean inevitablemente en todo el libro. Las de hoy, o, quizá siendo más precisos, las de 2014, fecha del libro. El federalismo intentado de la I República y sus varias opciones teóricas y no definidas es el objeto principal del libro, pero su sombra se extiende en el tiempo. ¿Y es útil para nuestro hoy? Sí, claro, si uno cree en una perspectiva federal para el país (yo lo hago a través de mi militancia en @federalistak), en las posibilidades de sus asimetrías, y en los logros obvios por un lado y cercenados por otros, de las autonomías (¿son sus fallos resultado de un federalismo incompleto, o un avance de que España es fallida e imposible ni centralizada ni federada?). Pero no del todo útil, porque desde 2014 han crecido en grado sumo opciones independentistas que rechazan la opción federal por insuficiente, pero también de modo importante hábiles opciones fascistas que hacen de la pervivencia democrática un matiz incluso en duda, lo cual es un peligro para la libertad como valor inherente al federalismo. Éste tiene por tanto nuevos enemigos hiperdesarrollados tanto a nivel nacional (y no es que en 2014 o antes tuviera una gran corriente afectuosa) e internacional, y la opción de entrega de soberanía a territorios potencialmente parte de una nueva federación es una ilusión en el momento actual.

Pero Cagiao y Conde tampoco explora este asunto. En parte porque aún no había sucedido el terremoto de 2017, cuyas ondas aún llegan, y que tan interesante sería en términos académicos a la luz de lo que un federalismo podría ofrecer como solución verdadera, hoy negada. En cualquier caso, Tres maneras de entender el federalismo es un libro ágil y una introducción profunda en el tema, escrito con gran soltura y hábil capacidad expositiva, muy disfrutable por ello. Si el lector tiene interés en el federalismo o en la organización territorial, o simplemente en la Historia política, lo va a devorar fácil y probablemente encuentre una base académica de interés. Obviamente, interesados en general en el apasionante siglo XIX español también tienen aquí muchas páginas de interés.

Jorge Cagiao y Conde (vía)










30 de mayo de 2020

Elementos químicos



Primo Levi es un escritor singular. Químico de formación, pero con una gran carga humanística entiendo que autodidacta, su vida viene determinada por su paso por Auschwitz, donde fue deportado por su condición de judío. Levi sobrevivió y consiguió volver a su Turín natal, donde ejerció su profesión y siguió escribiendo hasta que en 1987, con 68 años, aparentemente se suicidó. En la historia de la literatura Levi tiene el peculiar honor de inaugurar la narrativa del Holocausto, con Si esto es un hombre, publicada ya en 1947 y que cuenta su paso por el horror. También, en cierto modo, es literatura del yo décadas antes de su popularización, y, sin duda, literatura existencialista, acorde con los tiempos de moda de esa filosofía, con tiempos en que otra cosa no era posible.

Al día siguiente mismo me despedí de la mina, y me trasladé a Milán con las pocas cosas que me parecían indispensables: las bicicletas, Rabelais, las Macaronae, la traducción de Pavese de Moby Dick, y unos pocos libros más, el pico, la soga de montañero, la tabla de logaritmos y una flauta.
El sistema periódico no se libra de este paso. Es también un libro singular, una memoria de episodios de la vida del autor desde los orígenes de su familia hasta su madurez, cada uno de los cuales se relaciona con un elemento químico, a veces por haber tenido que trabajar en algún aspecto del mismo o a veces por puro simbolismo del mismo, venga de la tradición, de su nomenclatura, o de los lugares comunes sobre el elemento en cuestión. Entre estos episodios personales es inevitable que aparezcan los problemas de segregación que Levi sufrió al acabar sus estudios y buscar trabajo en la Italia fascista, y, obviamente, su paso por los laboratorios del campo de concentración. Incluso un relato, dedicado al vanadio, en que narra su encuentro epistolar con un antiguo encargado alemán del campo que trabajaba años después de la guerra como químico en una empresa alemana proveedora de la compañía italiana en que trabajaba Levi.

Factoría Buna,en el campo de trabajo de Monowitz, que formaba parte del complejo Auschwitz. Buna debía fabricar caucho sintético haciendo uso de la mano de obra esclava. Levi, como químico, fue derivado a Buna.

Aprecio la singularidad en literatura, pero los valores de Levi no terminan ahí. Conocer su historia personal no es necesario para disfrutar del libro pero sin ella se producirá, supongo, un enfrentamiento enorme con la realidad. Pienso por ejemplo en un lector principalmente interesado en los elementos químicos, incluso en el simbolismo alquimista, enfrentándose repentinamente al hecho de ser judío en la Europa de la mitad del siglo XX (aunque la portada de esta edición le va avisando del tema). En Levi, como en otros autores supervivientes (Kertesz, por ejemplo) hay un profundo humanismo pacifista exento de anhelos de venganza y un deseo de conocimiento de las razones. En El sistema periódico prima también la aceptación de la situación mediante la descripción de los hechos, que a Levi le coincidieron con la necesidad de primero intentar construir una vida en la represión, y luego ya sobrevivir. Levi es un escritor culto y agudo, con reflexiones de intimidad personal y calado humano que orlan los relatos hasta hacerlos profundamente conmovedores, sin nunca perder la compostura ni, especialmente, la fraternidad, y sin dar lugar a un texto cultista, sino lo contrario: directo, sobrio y emotivo.

A un químico como yo, obviamente el libro le encuentra más apetito. Levi tiene un concepto materialista de los elementos y del poder de transformación racional de la materia que otorga esta disciplina científica, y resulta clarificador verle exponerlo con suvaidad y en relación a los tiempos que vivió. Su pasión como químico es además enorme, una devoción de elegido, que Leviasume con cariño y resignación hacia una ciencia que le daba alegrías en sus búsquedas, algunas resueltas conbrillantez, o bien le suponía frustrante fracasos en otros avances.

Como el propio genio de Mendeleiev, (quien debiera estar al nivel de Newton o Einstein en reconocimiento popular), este libro de Primo Levi tiene un carácter infinito. Es una maravilla.

Primo Levi (vía)


18 de mayo de 2020

En el camino nos encontraremos



Aunque en su día fui seguidor acérrimo de Michael Chabon, no sé bien por qué dejé de seguirle. Tal vez porque tras sus dos novelas más conocidas (Chicos prodigiosos, que le dio fama por su divertidísima adaptación cinematográfica, y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay) no publicó durante años y le perdí la pista. Para cuando llegó la policía yiddish yo debía estar en otros intereses porque no me acerqué a ella. En fin. Sin conocerla, encontré esta novelita, en un ejemplar en inglés, recordé que había leído en inglés Kavalier and Clay y Los misterios de Pittsburgh, y, bueno, ¿por qué no?


Gentleman of the Road es una novela de aventuras que transcurre en la Edad Media en el reino de los jázaros (khazars en inglés), cuya memoria se perdió en el tiempo. Allí coinciden dos aventureros, un franco y un africano, que deciden apoyar a un muchacho desterrado en la recuperación de sus bienes y en la venganza contra un sátrapa que se deshizo de su familia. La novela incluye actos de picaresca de estos dos personajes, que también asaltan campamentos y palacios enemigos, rescatan caballos y príncipes secuestrados por enemigos malvados, e incluso pueden quitar y poner rey, antes de desaparecer en busca de nuevos avatares que sufrir. Obviamente, ambos están diseñados complementariamente: del solitario, debilucho y huraño franco miembro de una estirpe de médicos cuyo conocimiento heredó y que aplica con éxito por el mundo, al afable pero duro luchador gigantón africano que perdió a su hija y desde entonces vaga por los mundos en su recuerdo, apoyando las causas justas y perdidas de los débiles.


Gentlemen of the Road es una aventura muy blanca con algunos asuntos ya superados (las inocentes ambigüedades sexuales y de género, por ejemplo) para una obra consciente de ser escrita en 2007 y con una mirada moderna. El ritmo y la simpatía argumental son inapelables, y Chabon recurre a un estilo barroco irónico en su escritura, cuya lectura es complicada para un lector no nativo (por sintaxis y por vocabulario). Aunque resulte exótica, parece que ha usado suficientes fuentes de documentación para que la ambientación y los asuntos políticos, sociales y religiosos sean adecuados al tiempo y lugar retratados, aunque es imposible estudiar hasta qué detalle.



Como buena aventura, la de Chabon también tiene sus fines morales: la fraternidad, la justicia, la bondad. Le falta tal vez el aprendizaje, ya que el muchacho centro de la disputa política central de la novela resulta tener un peso menor en el interés del escritor a pesar de la importancia de sus revelaciones. Es obvio que Chabon quiere rendir un producto nostálgico del género de aventuras, desde una mirada amable que obvia la crueldad de los tiempos con sus elipsis caballerosas, y se aleja también del peso de la ficción histórica, solucionando sus situaciones con brevedad y desparpajo. El libro se acompaña de ilustraciones al carboncillo (las mostradas en esta entrada, entre otras, obra de Gary Gianni) y de títulos largos y explicativos de cada capítulo. Todo ello resulta encantador y un entretenimiento muy asumible, aunque, tal vez, inesperadamente sencillo para un escritor que buscaba grandes complejidades y lecturas como Chabon, que, obviamente, ya no parece el autor que fue. ¡Incluso en el sorprendente epílogo que escribe al final de Gentleman of the Road parece disculparse al respecto!

Michael Chabon, fotografiado por Gage Skidmore (vía)

30 de abril de 2020

El desgarro y los compositores




Ordesa es la novela de Manuel Vilas que ‘rompió’ la literatura española en 2019. Convertida en superventas, aclamada por la crítica, la compré y leí con unas expectativas enormes que sin embargo no he acabado de cumplir, o que, mejor expresado, se me fueron modestamente relajando una vez entendidas las claves principales del libro y comprendido que era improbable que cambiaran. Unas claves que en mi opinión dan lugar a unas páginas iniciales epatantes y brillantes, profundamente dolidas de experiencia humana y que describen un conjunto de situaciones y reflexiones cuyo retrato atípico acaba abrumando estéticamente.

Ordesa, el parque (vía)

He oído a Manuel Vilas, que es personaje mediático gracias a sus intervenciones radiofónicas, que, frente a otras novelas de la literatura del yo en que Ordesa se inscribe, su libro parte del reconocimiento y agradecimiento a sus padres más que de la rendición de cuentas habitual. Pero si bien es cierto que su postura respecto a la relación con sus padres recién fallecidos intenta y consigue en parte comprender las actitudes de ambos, el gran aliento de Vilas hacia ellos tiene capas densas de remordimiento y un profundo desgarro. Al hacerlo paralelo a su propia experiencia como padre divorciado de dos adolescentes, y al percibir el autor una continuidad evidente entre los sentimientos de sus dos momentos vitales, convierte estos sentimientos en deterministas, al menos de su concepción existencial de la familia, pero con cierta intención globalizadora hacia otros ámbitos, también llevado de matices nihilistas.

El desgarro de Vilas se amplía con su visión del país, España, y el sistema capitalista actual, con focos intensos en la alienación laboral moderna, en el desarrollo político de la democracia española (los comentarios le acercan a los postulados del 15M diáfanamente), y en el inmovilismo de la derecha española (que describe así: ‘se mueve menos que la catedral de Burgos’). Las imágenes de Vilas son así de potentes, y a ello le ayuda sin duda su anterior vocación poética. Su obra anterior también puede explicar la estructura: Vilas escribe lo que parecen entradas de diario, o estados de redes sociales, que tengo tentación de recalcar porque el autor ya publicó un libro con sus propias entradas de Facebook hace unos años. Eso proporciona frescura al desarrollo y unido a la capacidad metafórica del autor alcanza los mejores momentos de Ordesa. Y probablemente no le impediría un desarrollo narrativo mayor, pero obviamente no es su interés. Para mí, una prueba del agotamiento de la fórmula es el uso, iniciado antes de la mitad del libro, de nombres de grandes compositores e intérpretes de música clásica para referirse a los protagonistas de la vida del autor. La opción tiene su particular homenaje a las personas, y un aliento a veces espiritual reconocible, creando emoción y una pizca de perplejidad. Todas estas sensaciones, que además me parecen muy veraces, asemejan un encuentro literario feliz pero que tampoco aporta evolución. El lector puede esperar en parte esa evolución en el aliento evocador del título, Ordesa tal vez como lugar puro, inmaculado, promesa de retorno a la naturaleza, incluso superación de las estructuras sociales, laborales y políticas. Vilas con coherencia y brillantez juega al anticlímax. Y yo como lector quedo instalado en el desgarro, atrapado en él cual mito griego, incapacitado para salir, dominado desde la biología y desde la cultura. Más allá de que filosóficamente no lo comparta, tampoco estéticamente me resulta fascinante, al menos superada la mitad del libro.

He tenido algunos recuerdos de Cioran y Houellebecq leyendo el libro. Ambos son autores interesados en estos temas y usan ese tono desgarrado y nihilista, que se extiende también a los distintos hábitos de la vida humana. En mi despacho veo ahora una cita de Cioran que viene a cuento, que escribí en un papelito siendo jovencito y aún conservo, que dice ‘Bach en su tumba. Lo vi, como tantos otros, por una de esas indiscreciones a las que los enterradores y los periodistas nos tienen acostumbrados, y desde entonces pienso sin cesar en las órbitas de su calavera, que no tienen nada de original, a no ser que proclaman la nada que él negó’. El libro de Vilas tiene una mayor cercanía sentimental, tal vez una proximidad lingüística y geográfica con más capacidad emotiva y evocadora para un lector del mismo país. Desde luego, resulta también una aproximación de interés al proceso de descomposición de la edad en la familia, en todos los sentidos. También recomiendo cautela, pues no es libro que emocionalmente deje al lector lleno de… ¿alegría?.

Manuel Vilas (vía)







16 de abril de 2020

Griegos



Isaac Asimov fue un escritor prolífico y, aunque es conocido sobre todo por su obra de ciencia ficción, fue también un reconocido autor de libros de Historia, que publicaba bajo un epígrafe tan personalista como Historia Universal Asimov. A esta colección cuyo conjunto de obras impresiona (especialmente si se considera el inabarcable conjunto de obras y actividades que realizaba Asimov en su vida) pertenece este volumen: Los griegos. Una gran aventura, que compré después de mi primer viaje a Grecia, algo tardío en la vida, pero que a pesar de tener un origen laboral tuvo la oportunidad de visitar brevemente la antigua Atenas (Acrópolis y Ágora) y la cercana isla de Egina. Y, bueno, una experiencia tan breve, tan poco preparada, sin documentación viajera, resultó ser impactante. Aunque tarde, aunque obviamente ya arrastrara mis lecturas y conocimientos sobre la vieja Grecia, que en mí no se produjera el diletante efecto de la desolación que las ruinas tienen en algunos estetas victimistas, me impulsó a leer más. Buscando una Historia de Grecia asumible en tamaño y seriedad me encontré con que el mejor volumen en librerías era el de Asimov. ¿Asimov? Hacía más de treinta años que no leía a Asimov, cuando creo que en uno o dos años me devoré los libros de la Fundación, los relatos de robots, y la ciencia ficción que cayó en mis manos.

Templo de Afaya en la isla de Egina

La Historia de Asimov se centra completamente en el objeto definido su título: los griegos. Qué les dio origen y hasta cuándo su cultura fue hegemónica; los pueblos que la heredaron, e incluso su estado actual. Los años gloriosos de Atenas, Tebas, Esparta, Alejando y el periodo helenístico ocupan el mayor volumen de páginas, dedicado especialmente a la historia política y a las numerosas confrontaciones internas y externas que acompañaron a sus periodos de formación, de esplendor, y de decadencia. Tan inevitable es este poso que Asimov cierra el libro en los años sesenta del pasado siglo con el conflicto chipriota.

Partenon, Acrópolis, Atenas

No es que el autor no reconozca el peso de las demás características de la civilización griega: el desarrollo filosófico, la aparición de la democracia frente a las monarquías (incluso las diarquías, como la espartana), y los avances científicos forman parte del libro, junto con el peso del mito confundido con la Historia, o las cuestiones económicas y sociales, aunque estas últimas aparecen relacionadas generalmente con las decisiones de carácter militar debido a las políticas expansivas que las polis podían necesitar para asegurar sus suministros o su comercio. Pero el eje principal del libro es político-militar, y la continuidad casi interminable de luchas legendarias que conocemos o nos resultan familiares (Troya, Maratón, Termópilas, Salamina, y un larguísimo etcétera).

Hefestión, Ágora, Atenas

Asimov lo asume con un ritmo implacable y una capacidad de resumen y simplificación tan efectivos como deslumbrantes. El efecto hipnótico de las sucesiones militares se va enriqueciendo con explicaciones sociales y culturales variadas. Asimov disfruta especialmente las lingüísticas, las que han permanecido en las lenguas que hablamos hoy (y no sólo las muy conocidas, como platónico o pírrico, sino otras  que al menos yo tenía olvidadas o que nunca relacioné con un origen griego, como sibarita, lacónico, mausoleo, draconiano u ostracismo). Además, tiene un encanto particular en la descripción de episodios bizarros, en un anecdotario fascinante que ayuda a construir  en el lector un corpus por el que sentirse irremediablemente atraído. Hay muchos ejemplos: de la derrota de Sibaris a mano de Cretona a la interpretación correcta del oráculo de Delfos sobre la última muralla de madera que defendería Atenas de los persas; de la aversión de los espartanos sentían por el mar, el comercio, y por cualquier forma de progreso, a la emancipación de la falange tebana y la posterior falange macedonia que les derrotaron. Y un etcétera inmenso.

Erecteión, Acrópolis, Atenas

Asimov, obviamente, elude entrar en profundidad en la historia del pensamiento y, sobre todo, del arte griegos, así como en la descripción de usos y costumbres. De todos hay pinceladas, puede pensarse que suficientes para alimentar el eje principal de la historia, pero son escasas para mi gusto y búsqueda. Obviamente, esto tendré que hacerlo en otros libros. No hay por supuesto mención alguna a las relaciones entre hombres, aunque se describan varios episodios en que fueron determinantes.

Así, este libro me deja una sensación peculiar: Asimov asume en un determinado pasaje (la batalla de Maratón), que la potencial destrucción de Atenas en ese momento habría sido letal para el progreso occidenta, como lo conocemos, incluso aunque otros griegos, especialmente los espartanos, hubieran resistido. Esparta tenía capacidad para ello, lo habría hecho, pero era una dictadura militar de marcado carácter esclavista por encima del que ya era propio a las demás polis, y ‘no tenía nada que ofrecer al mundo’, a diferencia de lo que Atenas nos tenía reservado. Sin emabargo, Asimov centra su libro en el discurrir continuo de lo militar de los griegos, y esa ‘oferta al mundo’ es sólo un aderezo apenas vislumbrable en su narración. Hay un valor de interpretación histórica que se intuye bajo el mecanismo al que sucumbe Asimov: para defender la cultura, el conocimiento, las formas de vida no tiránicas, la libertad en última instancia, se necesita una (fascinante, narrable, dramática) espada fuerte que defienda tu templo de los enemigos exteriores. Fuerte, bien llevada, inteligente y decidida: sin una guardia militar no hay libertad verdadera. Me parece que en el fondo, a pesar de su carácter guerrero –que también era obligado-, no era ésta la inigualable y distintiva ‘oferta al mundo’ que tenían los atenienses, los griegos, que darnos. Al propio Asimov le pueden los hechos más que las, por otro lado excelentes, palabras.

Isaac Asimov (vía)







4 de abril de 2020

Un simposio



20 años después he vuelto a leer El banquete, de Platón. Fue un regalo de boda de mi marido, una edición nueva del antiguo volumen de Alianza Editorial, con la misma introducción y notas de Carlos García Gual. La portada es distinta, pero yo también, claro. Del simpático simposio sobre las diferentes formas del amor y el interés erótico y sexual sobre los muchachos que leí en 1999 (y yo no era un muchacho tampoco) a este libro leído en madurez y estabilidad, con los 20 años de cambios sociales y legales en España en particular y en el mundo en general, seguro que mis impresiones son distintas. No había blogs en aquel entonces, por lo que no puedo comparar.

El banquete (Symposio en griego) es uno de los Diálogos de Platón, en los que explicaba su filosofía usando como personaje a su maestro Sócrates, filósofo ateniense que no dejó nada por escrito. Los estudiosos de los Diálogos discuten clásicamente qué opiniones pertenecen realmente a cada uno de ellos, y en general se suele admitir que los primeros diálogos expresan más posiblemente la opinión verdadera de Sócrates, mientras que con el tiempo y el desarrollo de su pensamiento propio, Sócrates como personaje acabó en realidad exponiendo el pensamiento de su alumno Platón. Al conjunto se le reconoce en general este nombre de Diálogos, o incluso Diálogos Socráticos, en los que Platón utiliza el conocido como método socrático, que Sócrates usaba realmente en vida, y que consiste en realizar preguntas sencillas que buscan contradicciones en los razonamientos de sus interlocutores (y contrincantes) para acabar extrayendo de ellos mismos el razonamiento que el propio Sócrates consideraba verdadero.

Sócrates (vía)

Creo que la primera diferencia de criterios con mi lectura anterior tiene que ver precisamente con este diseño de personaje, a quien en su día no di más importancia como tal. Parece que Sócrates era de por sí una persona peculiar y extravagante, poco dado a las convenciones sociales, pero Platón lo convierte en un personaje formidable sobre el papel, utilizando su reputación social y filosófica, otorgándole un carácter estelar subrayado con sencillez y eficacia, dotándole de una íntima cercanía con su autor, y desatando las líneas de pensamiento con una agilidad y eficacia inapelables. La escritura es brillante y limpia, los ejemplos sencillos y el diálogo es un método rápido e incisivo para avanzar en el razonamiento. Platón, y probablemente este punto es esencial en su éxito e influencia, era un escritor magnífico.

Alcibíades (vía)

El banquete es uno de los diálogos más conocidos y a la par, curiosamente, uno de los menos socráticos. El método apenas se utiliza, y aunque Sócrates es el personaje más reconocido que participa para nosotros, lo hace en relativa igualdad de condiciones y acompañado de otros grandes de la sociedad griega pero que no eran filósofos (lo habitual era que Sócrates confrontara con sofistas), sino un dramaturgo como Aristófanes, o un político como Alcibíades. Probablemente el tema del diálogo, el amor, lo hace un texto universal, aunque se dé una de esas particulares negaciones de la historia de la literatura (más que de la filosofía, diría yo) en reconocer que semejantes razonamientos que acabarían siendo canónicos sobre el amor partían del estudio de relaciones homosexuales en que además había una gran diferencia de edad en la pareja (hay un ejemplo estupendo de esta negación en Maurice, la novela de E. M. Forster que James Ivory llevó al cine: el decano que lee con sus alumnos un libro en griego en sus habitaciones de Cambridge a principios del siglo XX pide en un momento concreto al alumno lector que omita la referencia al pecado inefable de los griegos).

Maurice

El banquete es en realidad una sobremesa, y es un relato narrado por un tercero al que se lo contó una persona presente. Tras una cena entre amigos, los comensales –muy disciplinadamente sin duda- deciden un tema de conversación y cuánto alcohol beberán durante la misma, además del orden de palabra, que toman Fedro, Pausanias, Erixímaco, Aristófanes, Agatón y Sócrates. El diálogo termina con la interrupción brusca de Alcibíades, que rompe con todas las normas con su exaltación de Sócrates, en paralelismo de lo que hizo con la política ateniense. Fedro y Erixímaco son pareja, lo mismo que Agatón y Pausanias. También Sócrates y Alcibíades, aunque su relación es platónica (precisamente). Aristófanes no tiene amado, aparentemente no aprobaba tenerlo. Los personajes, reales, están hablando por tanto de sus propias relaciones.

Aristófanes (vía)

El tema es honrar a Eros mejor de lo que, afirman, se hacía en su tiempo. Fedro loa su poder en la batalla por los afectos irrompibles que consigue en los soldados. Pausanias y Erixímaco ahondan en diferenciar Eros de Afrodita, el amor de la pasión y el deseo. Aristófanes expone la teoría de las mitades que necesitan encontrarse, en un pasaje que remite más a la mitología y francamente surreal y divertido. Agatón opta por describir los valores de Eros en relación a los aspectos de la virtud, y lo rodea de grandes palabras y oratoria. Sócrates termina hablando del camino que lleva del amor al de la verdad y la belleza en todos los aspectos de la vida, en una explicación diáfana del concepto del amor que se impondría también en el cristianismo, también del porqué del concepto del amor platónico, y que no por brillante deja de augurar, leído más de 2.000 años después, tantas justificaciones en contra del erotismo y la sensualidad.

En fin. El banquete es también literatura fundacional homosexual (aunque esto tal desagrade a filósofos o historiadores canónicos). En Maurice, precisamente, los estudiantes comparten el libro y se preguntan si lo han leído y si les ha gustado para reconocerse. Encierra en sí mismo (aunque obviamente no es la única obra) el cómo de la homosexualidad en la Grecia clásica, y resulta casi un texto histórico en las costumbres, pero paradójico en su influencia y resultados.

Pero, como afirmaba, a pesar de la lejanía de los referentes, Platón se revela como un excelente narrador, conocedor de que una estructura narrativa y un ritmo ágiles permiten una penetración superior de las ideas, y un autor incluso juguetón: con sus prólogo y epílogo extraños, alejados y evasivos casi deja su bloque central en un mundo nebuloso, fantástico, algo que pudo ser o no, que pudo ser de esta manera u otra, según lo que esa noche dijera el oráculo, o dictara el vino.

Platón (vía)