18 de enero de 2015

Señor cocodrilo


Pensar en Joann Sfar como un clásico y comprobar en la pestaña de este libro que es más joven que yo ha sido un pequeño mazazo… compensado por este fresco librito dibujado y escrito por él, El señor cocodrilo está muerto de hambre, donde un cocodrilo que debe buscarse el sustento es un maravilloso protagonista que se mueve en el mundo moderno.


En la aventura del cocodrilo en busca de alimento, Sfar juguetea a la vez con un planteamiento lúdico basado en la humanización imposible del animal –comportándose con la educación dada por sus padres, o vistiendo a la moda según el ambiente- y un somero dibujo social sobre las dificultades de un individuo hambriento. Ciertamente es predominante el primer aspecto, entiendo que por la colección de publicación original (Gallimard Jeunesse) este es un libro para niños y jóvenes. Pero claro, a este cocodrilo un tanto primario pero colega honesto (sobre todo de una niña que le ayuda y le quiere civilizar consiguiéndolo a medias), que necesita ir a la ciudad porque en el campo todo son dificultades, al que un cerdo vestido de traje ofrece alimento para salvar sus propias carnes en perjuicio de una piara cercana, y que acaba en una cárcel porque la policía le detiene por salir a comer (humanos, claro), explica, como en las antiguas parábolas a los niños, determinados peligros y modelos de la vida actual. Viajamos un tanto de Samaniego al George Orwell de Rebelión en la granja.

Sfar no fuerza esta parábola, ni pretende cerrar una lección moral, ni hace, menos mal, discursos. El divertimento y la alegría destacan con esa facilidad que en efecto tienen los que conocen con maestría su oficio. Por ello hay un gozo vital en el dibujo y entusiasmo de este cocodrilo emprendedor que hace que este libro sea encantador. ¡Aunque se tengan más años que el autor y ya no se sea un niño!

(Encantadores seres son también los que me regalaron este volumen, aunque sólo uno tenga una web en la que debiera prodigar más sus talentos. ¡Gracias!)


Joann Sfar (vía)

8 de enero de 2015

Destripador


Aunque Colin Wilson es un miembro (que no conocía) de los Angry Young Men, reconozco que debo esforzarme en encontrar en Ritual in the Dark las características del movimiento que más o menos conocía. Leo en la Wikipedia que Colin Wilson fue un filósofo existencialista autodidacta y un escritor prolífico, y que Ritual in the Dark es la primera de sus novelas que claramente indaga en la psicología del asesino en serie.

El protagonista de Ritual in the Dark es George, un joven solitario no rico pero sí ocioso que durante una exposición sobre Nijinsky conoce en Londres a Austin, un homosexual de tendencias sádicas, indecentemente rico y bebedor, viajero y fascinante. Ambos entablan conversación y descubren en cada uno cierto espejo de sí mismos, especialmente en su mirada misántropa e individualista contrastada con la religión, especialmente la católica, y la comprensión de las debilidades humanas. La vida de George da un vuelco al empezar a relacionarse con los círculos de Austin, pero no necesariamente los perversos de los bajos fondos, prácticamente ocultos en la novela, sino algunas de sus amigas de infancia e incluso un enfermo sacerdote católico que le conoce hace años. Todo ello coincide con una especie de reedición en 1956 de los asesinatos del Destripador, pues un desalmado está asesinando prostitutas por Whitechapel mientras la policía le persigue.

Jack el Destripador según Eddie Campbell para From Hell

Creo que Colin Wilson retrata bien la sociedad de los años cincuenta británica, que aún anda despertándose del shock de la guerra, en la que aún la religión pesa en el pensamiento y en la vida juveniles antes de la explosión social que está a punto de llegar, pero en la que ya existe cierta libertad sexual, la posibilidad de discutir valores tradicionales, y algunas psicologías más liberadas que las retratadas por Ian McEwan en Chesil Beach. La sensación es extraña: los protagonistas se tratan en todo momento con una educación exquisita, tienen conversaciones cultas sobre los crímenes, el arte, la función de Dios, y las pasiones humanas, en un educado y correctísimo inglés académico, mientras la modernidad se cuela en forma de horror y asesinato, perversión, y apuntes de pederastia y homosexualidad.

Lo que debía ser un perfil arriesgado de personajes hace cincuenta y cuatro años ahora queda dibujado sólo en forma de valor histórico. George es un heterosexual que acepta en igualdad la tendencia de su amigo Austin, pero la novela hace al homosexual perverso y sospechoso, y fuente de todo el problema existencial a discutir. George no es un joven airado, ni es crítico hacia la vida de millonario disipado que Austin lleva; la relación entre ambos no es lejana a tantas otras que ha dado la literatura inglesa (Retorno a Brideshead sería un ejemplo canónico), tensión sexual no resuelta incluida, y puede que la mayor disonancia de la novela sea ver un carácter taciturno pero fuertemente asentado como el suyo dejarse llevar por una vida ajena, si bien esto se explica por su aburrimiento vital y el hecho de que ese arrastre viene sembrado de cultura y arte. La historia de thriller, por su lado, es correcta y clara, aunque para llegar a la resolución hay quizá demasiadas reiteraciones en los hechos.


Colin Wilson (vía)

28 de diciembre de 2014

Camisas viejas



Durante muchos años, en la estantería de libros de historia de la familia, estuvo este libro de Stanley G. Payne, Falange. Historia del fascismo español. Un libro que yo sabía histórico (se publicó en París en 1965 en una editorial del exilio cuando el autor tenía sólo 31 años, aunque la edición en casa pertenecía a una colección de libros de historia editada en 1985, donde compartía autoría con gente como Claudio Sánchez Albornoz, Hernán Cortés, Alfred J. Toynbee o Leon Trotsky), y que imaginaba revisionista dadas las peculiaridades de la Falange como movimiento fascista de los años treinta. Con los años no he seguido la pista de este hispanista norteamericano, hasta que hace poco oí que había hablado o escrito en favor de Pío Moa. Sí, resulta ser uno de los historiadores que no ha denostado todas sus conclusiones, en una especie de competición en la que otros hispanistas como Henry Kamen o Hugh Thomas parecen coincidir en parte, pero no así Paul Preston y la gran mayoría de historiadores españoles, que es público y notorio que han denunciado no sólo sus trabajos, sino también sus formas. Wikipedia lo explica así al día de hoy. Payne publica en ABC y El Mundo.

Dionisio Ridruejo (vía)

Una polémica como esta podría enturbiar el juicio que este libro estupendo merece. Pienso en Stanley G. Payne viajando a España a finales de los cincuenta y entrevistándose con los camisas viejas de la Falange que aún vivían y además querían hablar del nacimiento, crecimiento y vampirización del fascismo ideológico en España, recogiendo las demás fuentes de interés y escribiendo esta tesis doctoral, y denoto un gran interés en el proceso. Las conclusiones de su libro no son precisamente favorables para el franquismo, en todos los sentidos debidos, pero sí una explicación de las razones de su triunfo no ya en la Guerra Civil contra la República, sino en el propio sindiós que eran las fuerzas políticas de la derecha, que, contrariamente a lo que suponemos, ni estaban monolíticamente unidas en lo político ni en lo social, ni se tenían un especial respeto que digamos. El franquismo diluyó todas esas facciones bajo la necesidad de la guerra contra el enemigo común (ya saben, el comunismo, el anticlericalismo, los nacionalismos disgregadores) y con la fuerza militar de un ejército que tuvo la suerte de que su ayuda exterior se inmiscuyó menos en la política de su facción que en el otro bando, y salió de ella en un vacío ideológico que sin dar lugar a un régimen monárquico ni nacionalsindicalista, ni mucho menos carlista, agotó a todos ellos en el esfuerzo bélico, prescindió de los mismos cuando fue necesario (por ejemplo, cuando el nazismo decayó en Europa), y aplicó una tabla rasa común de Iglesia Católica y unidad nacional sin más que sobrevivió cuarenta años bajo una represión militar aferrada a un hombre sin atributos.

Ramón Serrano Suñer (vía)

Aunque el libro no lo exprese así, la Falange en toda esta historia parece un tonto útil. Un partido surgido de varias personalidades que aunaron una ideología fuertemente nacionalista, que preconizaba la necesidad de un carácter autoritario del poder para asegurar la continuidad de la nación favoreciendo un sindicalismo nacional que impidiera a las fuerzas obreras caer en la lucha de clases, pero eliminando los privilegios de las clases económicas desarrolladas, incluyendo el poder económico, la monarquía, y la derecha de clase tradicional que se aprovechaba de las estructuras políticas y económicas. Y del mismo modo que la personalidad inexistente de Franco delimita en la Historia el alcance de las opciones nacionalistas y totalitarias en la postguerra europea, la figura de Jose Antonio Primo de Rivera, dibujado como un personaje contradictorio, define con su personalidad las características de estos movimientos imposibles. Él era hijo del dictador Miguel Primo de Rivera, por lo que no soportaba personalmente a los monárquicos ni a las fuerzas de la derecha que le dejaron caer y le despreciaron. A la vez, creía en un destino histórico nacional e intentó con denuedo acercarse a las fuerzas obreras a explicar su visión del sindicalismo (el libro recoge sus buenas relaciones con Indalecio Prieto, por ejemplo, que no obstante rechazó pactar con la Falange), puesto que sin ellas no podría realizarse dicha construcción. Mantenía además un círculo literario, era brillante en sus discursos, y, para la buena suerte del franquismo, murió en el momento adecuado para ser convertido en mártir de una nación y no de un partido que estaba en construcción en medio de una guerra (a cuyo desatamiento había contribuido, pero no menos que otros), que crecía como la espuma en afiliados que no sabían siquiera explicar su propia ideología. Algo que resulta si uno lo piensa razonable, dado lo demencial que por momentos era semejante pensamiento.

Onésimo Redondo (víafue fundador de las JONS. Murió en la Guerra Civil en una emboscada tras confundir (según Wikipedia) a militantes falangistas con anarquistas de la CNT por el parecido de sus banderas

Sin duda, la historia española de los años treinta del año pasado es apasionante, por cruda y terrible que en efecto fuera –o tal vez por eso, claro-. Este libro no es una historia de la república ni de la guerra civil en sí, pero sí un espejo de las mismas a través de los manejos que la Falange intentó y que sobre ella se realizaron. Tiene lo que creo un valor histórico indudable, al recoger personalmente los testimonios directos de varios de los participantes en los hechos en un momento en que aún era posible, y aplicando lo que parece debida objetividad a los intereses encontrados de reconocimiento histórico que tales personajes se atribuyen. A la vez es un libro ameno, con profusión de acontecimientos y puntos de vista, un repaso pormenorizado de facciones y posicionamientos que acabaron bajo la bandera falangista, y un continuado interés en los perfiles psicológicos de los personajes principales de la función: Jose Antonio, Franco, Serrano Suñer, Manuel Hedilla o Dionisio Ridruejo, etc... Creo que es un logro conseguir mantener la intensidad en sus tres partes principales (República, Guerra Civil, Franquismo) al hablar del movimiento falangista, y que el libro contiene en sí todo lo necesario para entender mejor cincuenta años de historia de la derecha española.

Stanley G. Payne (vía)






18 de diciembre de 2014

Viñetas


Han caído en mis manos recientemente dos volúmenes de viñetas obra de diferentes humoristas gráficos de periódico. Uno pertenece a Idígoras y Pachi (los hermanos Ángel y Francisco Javier Rodríguez Idígoras), colaboradores de El Mundo, y se titula El decimotercer mundo y otros pobres. El otro es obra de El Roto (Andrés Rábago García), que publica diariamente en El País, y se titula A cada uno lo suyo. Ambos son libros de denuncia social y política, tal vez más irónico el de Idígoras y Pachi, algo más cínico y negro el de El Roto.


Idígoras y Pachi son dibujantes estupendos, que caricaturizan el rostro humano pero saben dotarlo de ternura y humanidad, con sus bocas enormes y sus narices redondeadas. Su libro no viene datado, pero se antoja mayoritariamente anterior a la crisis. Los principales protagonistas de El decimotercer mundo y otros pobres son pobres e inmigrantes, y la reacción de las clases medias y pudientes ante ellos, sea en un comportamiento diario, sea en lo absurdo de sus leyes. Muchas viñetas son diálogos incisivos sobre pateras cruzando el estrecho, y su método es la sátira, aunque tengan capacidad para el humor blanco. Sí, es un tanto desgraciado que tengamos que usar términos como humor blanco y negro precisamente en este contexto, perdón por ello.

El Roto toca también estos temas, aunque A cada uno lo suyo, un volumen publicado en 2013, sí refleja los efectos de la crisis económica. El Roto tiene un humor más negro que Idígoras y Pachi, y rara vez da lugar a una sonrisa sino que es especialista en que el lector congele cualquier muesca que se le pueda dibujar en la cara. Sus personajes y situaciones son en ocasiones agresivos, y también alcanza ciertos grados de abstracción, en el dibujo y en el tema, que le conceden un valor metafórico que para algunos lectores puede ser críptico. Un tipo más pesimista con algún rasgo nihilista, que parece más desconfiado aún en la raza humana, no digamos ya en las relaciones entre clases o mercados, aunque algunas viñetas dejen lugar a la esperanza en una posible revolución que permita que el mundo no se autodestruya.

Andrés García Rábago, El Roto (vía)

En ambos libros he tenido la sensación de volúmenes que agotan demasiado pronto sus posibilidades, creo que debido al hecho de que la acumulación continuada de viñetas deja poco espacio a la reflexión que abre cada una de ellas, que es más posible cuando es observada en un periódico rodeado de noticias o textos editoriales, y sin tener la reincidencia en el tema tan cercana en la experiencia lectora. Una viñeta sirve perfectamente para expresar pensamientos y desatar sensaciones de manera que puede ser más efectiva que una columna de opinión, y en efecto esto sucede en ambas recopilaciones, que son obra de unos humoristas gráficos brillantes y dignos del buen momento creativo del sector en este momento.

Angel Idígoras y Pachi Idígoras, es decir, Idígoras y Pachi (vía)






8 de diciembre de 2014

Quieto parado


Hace casi cuatro años que tuve mi primera experiencia con Jean-Marie Gustave Le Clézio, el premio Nobel francés de 2008, y acabé algo desconcertado. La segunda oportunidad tras El pez dorado ha sido  La cuarentena, un libro que en varios aspectos funciona como un espejo de El pez dorado, que curiosamente me ha parecido mejor construido y más coherente… a cambio sin embargo de resultar más aburrido. Les cuento:

La cuarentena es la historia de una familia (un joven médico, su mujer, y el hermano adolescente del doctor) que viaja de Europa a la Isla Mauricio a finales del siglo XIX. Tras una escala en Adén, donde conocen a un Arthur Rimbaud ya postrado en la cama con su rodilla enferma, deben refugiarse en la isla de Plate, al norte de Mauricio, para pasar la cuarentena al haber subido pasajeros enfermos en Zanzíbar. La novela describe la rutina en los días en la isla, y se centra especialmente en Léon, el hermano pequeño. Los rastros de Léon son buscados por su sobrino nieto, llamado igual, que cien años más tarde viaja a Mauricio y Plate, ya que Léon desapareció tras los días de reclusión en el crudo islote de Plate.

Mauricio, lejos (vía)

Sin duda Le Clézio quería conseguir una inmersión profunda del lector en el tedio que supone la vida en un islote descarnado a la espera de una ayuda que nunca acaba de llegar, mientras se desatan conflictos entre blancos, que son señores fuera de la isla, y culis, y entre los propios blancos. Hay escasez de alimentos y agua, y la muerte y locura acechan a los protagonistas de una manera progresiva y naturalista. El reto es tener la valentía de plantearlo en su extensa longitud, con descripciones reiteradas pero coherentes –a fin de cuentas, al protagonista principal le pasa casi todos los días lo mismo en los mismos paisajes con los mismos personajes-, apenas punteando la acción con la historia paralela de la infancia de la futura suegra de Léon, las breves notas de botánica que escribe un pasajero del barco sobre las plantas de la isla, y con el prólogo sobre Rimbaud y el epílogo actual.

En El pez dorado, la protagonista viajaba inesperadamente por medio mundo, vivía ilegalmente en todo tipo de lugares opresivos, conseguía salir de la pobreza, pero decidía regresar a sus orígenes. En La cuarentena, personajes que viajan al principio a sus orígenes (pues Mauricio es su casa a pesar de que lo es porque sus antepasados la colonizaron) son encerrados en un paisaje abierto, sin posibilidad de evolución (aunque sucede, pues Léon tiene su propia trama de novela de formación sucedida en apenas unas pocas semanas de asilvestramiento) y el viaje sucede desde la supuesta civilización hacia la naturaleza. En ambas hay carga metafórica, en el movimiento de masas e individuos, y en la relación delos individuos con el sistema impenetrable de poder, aquí la sinarquía de la colonia. Ambos tienen también excusa literaria algo tópica, que aquí lleva a ese Arthur Rimbaud convertido en inspirador postmoderno de historias. La cuarentena sabe sin embargo mantener más carga misteriosa; en las esquinas del relato están esos animales propios de Mauricio y su archipiélago que luchan por su propio espacio, la hostilidad de la situación que une y desune a la vez a culís y señores, y la conexión de un adolescente con la tierra en forma de sorprendente inseminación. Son momentos de intensidad conseguidos también gracias a la progresión meticulosa de la narración descriptiva, que perduran en un recuerdo incluso visual

Pero advierto que es un hueso duro de roer…


Jean-Marie Gustave Le Clézio (vía)

28 de noviembre de 2014

¿Intruso?


El pensador intruso, este libro del físico Jorge Wagensberg, camuflado en una colección de ciencia, es un ensayo epistemológico que bien podría estar en una colección de filosofía. Su tesis inicial es que existen tres métodos clásicos para que se consiga producir el fenómeno del conocimiento: la ciencia, el arte y la revelación. Wagensberg define y compara estos aspectos, juega con ellos y encuentra en las fronteras de cada uno el origen de la interdisciplinariedad que permite avanzar y progresar al conocimiento humano.

¡Científico!

Wagensberg escribe muy claro y ameno. Sus ejemplos y formas se alejan de las normalmente abstrusas explicaciones filosóficas, aunque recurra en varios puntos a los clásicos y exponga su importancia histórica. Me apetece destacar entre toda la brillantez de pensamientos de Wagensberg su definición digamos científica del arte, algo que suele estar tan sometido a la subjetividad. Wagensberg propone que

Arte es conocimiento obtenido usando el método del arte, donde el método del arte es cualquier método que respete un único principio: el de la comunicabilidad de pensamientos (incluidos los ininteligibles) que extienden o amplían una experiencia de la realidad.
Y en el contexto de método de conocimiento que para Wagensberg supone el arte resulta una definición a recordar.

¡Artista!

El encomiable carácter divulgador del libro de Wagensberg demuestra que puede hablarse de temas relevantes del pensamiento sin rechazar a ningún lector, y su propio talante cuasirrenacentista le hace estar cómodo en todos los campos que toca. Wagensberg es físico y museólogo, y es esta disciplina necesariamente interdisciplinaria (si es que se quiere desarrollar plenamente) una de las que utiliza vehicularmente para defender sus tesis. Su tono es además gozoso y entusiasta, humilde ante el conocimiento adquirido, y asombrado ante el que se va a adquirir.

¡Revelador!

Todo esto se recoge en las 100 páginas excelentes que abren El pensador intruso. El espíritu interdisciplinario en el mapa del conocimiento. El volumen contiene una segunda parte, llamada Delicias interdisciplinares, un conjunto de decenas de artículos breves, publicados previamente en revistas y periódicos y en la que se recogen sobre todo las observaciones de la realidad en que Wagensberg se ha basado para definir sus ideas. Hay de todo en ellos, pero muchas veces son sólo apuntes fugaces más o menos bien desarrollados, que a veces son demasiado preliminares, o muy obvios como borrador del propio libro. Posiblemente no eran necesarios como tal para la comprensión y agilidad de éste, y debo reconocer que la lectura de esta parte me ha pesado. ¿Podrían haberse integrado varios de estos ejemplos en el cuerpo del ensayo largo inicial y obtener así un volumen más coherente y definitivo?

Jorge Wagensberg (vía)



18 de noviembre de 2014

Los diamantes son los mejores amigos de un contable


William M. Thackeray es conocido sobre todo por La feria de las vanidades y Barry Lindon. Es un escritor victoriano contemporáneo de y casi tan célebre como Dickens, del que Periférica recupera ahora La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty, una pieza pequeña, sutil e irónica cuyo tema central es la construcción y explosión de una burbuja financiera de una empresa de seguros en la City de Londres. A través del personaje central, un voluntarioso joven contable tan honesto como ingenuo asistimos a la gestación del engaño, a las malas artes para captar las propiedades ajenas a que lleva la avaricia, y al fracaso de las pirámides financiera sin provisiones ni regulación. Todo esto, bien lo sabemos, no ha cambiado tanto en más de 150 años, y es un argumento de actualidad obvio que la novela posee y por la que su reedición merece más eco.

La bolsa de Londres a mediados del siglo XIX

El estilo de Thackeray, no obstante, llega más allá de esto y lo trasciende, especialmente por el dibujo del protagonista, Samuel Titmarsh, al que un supuesto golpe de suerte lleva a la cima sin desearlo: su tía le regala el diamante Hoggarty, de impagable descripción, y gracias a esa posesión el poder financiero y social le creen equívocamente alguien de más recursos y medios, y le introducen en una espiral de regalos, relaciones para convenir matrimonios, fiestas aristocráticas, falsas amistades y superfluosidades que, sin experiencia pero asombrado, cumple como hombre que cree bueno ser agradecido. Su aprendizaje se acompaña de su observación (obviamente la de Thackeray) sobre los personajes y las empresas que pueblan el submundo de la City, cuyas imposturas se revelan con el juego sutil de palabras, la metáfora ligera, y un tono alegre, entre desenfadado y burlón, de una juevntud inexperta y psicológicamente bien retratada.

La historia de Samuel Titmarsh y el gran diamante Hoggarty, es una novela moral que apela al individuo y su responsabilidad, pero también a la justicia y la regulación. Construye sutilmente la tela de araña del fraude y la decepción sin subrayados hasta el capítulo final, y lega una descripción casi documental de ambientes inesperados, como las cárceles de pago que la Inglaterra victoriana reservaba a los acusados de delitos financieros. Como novela moral, los calores que salvan al protagonista son el amor y la amistad, en los que Samuel Titmarsh no fracasa. La lección igual es algo obvia, pero el proceso para llegar a ella es estimulante.

Thackeray fue el actor victoriano más célebre en su tiempo, a excepción de Dickens


Publicación original: Factor Crítico