19 de noviembre de 2009

¡Hija de Sodoma!

Para ser verdaderamente medieval no debiera tener uno cuerpo.
Para ser verdaderamente moderno no debiera tener uno alma.
Para ser verdaderamente griego no debiera tener uno ropa.


‘¡Qué maravilla!’, me dije al saber de una reedición aparentemente decente de las cartas de Oscar Wilde. Un libro que contiene unas 400 misivas de las 1400 que se conservan de él. ¿Y por qué estas expectativas? Porque es difícil leer algo nuevo de la pluma de Oscar, y porque tengo una visión romántica de las cartas. Pero antes de explicarme, un poco de dandismo:

Siempre he creído que un escritor puede dar lo mejor de sí en una carta, cuando conoce perfectamente al receptor de la misma y sabe lo que debe contarle de manera individual y específica. Sería una forma incluso más pura de literatura que la destinada a publicarse, pues no se preocupa por el efecto causado en personas anónimas, sino que conoce de manera personal los resortes del lector. Son las mejores condiciones, aunque no descarto que escritores de renombre ya cuiden sus cartas sabiendo que un día formaran parte de su obra publicada. Obviamente hoy no se escriben cartas; los nostálgicos siempre sospecharemos que el efecto de recibir noticias por carta es superior al del correo electrónico, pero esto no es sino un juicio trasnochado que acabará cuando termine la generación que no conoció los ordenadores desde niños.
Lord Alfred Douglas (‘sé que Jacinto, a quien Apolo amó hasta la locura, fuiste tú en días griegos’)

A finales del siglo XIX, sin embargo, no había otro modo para comunicarse a distancia que el papel y el servicio de correos. Así que la tradición epistolar, además del aura romántica que yo le veo desde este 2009, tenía también un sentido evidentemente práctico.

El volumen Oscar Wilde. Una vida en cartas está editado por el nieto de Oscar, Merlin Holland –quien conserva el apellido que adoptó su madre después del escándalo-, y es un volumen satisfactorio, autobiográfico y sorprendente.

Es satisfactorio porque cumple la expectativa de una literatura por momentos de altísimo nivel, coherente con su autor y su adscripción al movimiento literario esteticista y sus toques de decadentismo del fin de siglo, del que Oscar acabó siendo culmen y epítome trágico. Incluye además las suficientes reflexiones sobre su obra y su vida como para descubrir la bondad de carácter y las motivaciones de sus actos, además de su fascinación por la belleza y la actitud artística.

Es autobiográfico porque nadie como Oscar unió vida y obra, hasta el punto de que su helenismo acabó en la tragedia anunciada que ni siquiera quiso evitar cuando pudo. No tuvo oportunidad por motivos obvios de escribir una autobiografía, de modo que sus cartas son el documento que reflejan de viva letra prácticamente toda su vida, excepto por los huecos dejados por aquellos que las destruyeron en tiempos en que Oscar Wilde era veneno. No hay otro modo de saber cómo fue la cárcel para Oscar, o porque no podía dejar de ver a Lord Alfred Douglas, Bosie, su amante-perdición-mantis, nombre tan indisociable del de Wilde que incluso su nieto opta por una fotografía de ambos en la portada de esta recopilación.
Lord Alfred Douglas (‘Le dejé hacer lo que le pareció. Estaba ciego, era incapaz de juicio. Di un paso fatal. Y ahora… aquí estoy en un banco de mi celda en prisión. En toda tragedia hay un elemento grotesco. Él es el elemento grotesco de la mía (…) Si estas paredes tuvieran eco, se oiría en ellas gritar ‘Idiota’ eternamente’)

Es finalmente, sorprendente, porque las cartas de Wilde revelan que los modos y costumbres cambian, pero que las pasiones y necesidades se revelan siguiendo formatos similares. Oscar escribe a varios interlocutores jóvenes pequeñas cartas aduladoras de su belleza e intelecto y solicita grácil y elegante que le envíen una foto a cambio de la que él ofrece. Vale que no es exactamente Gaydar, pero parece imposible no ver el paralelismo. O bien reflejan un sentido del humor moderno, adulador de la superficialidad de las clases superiores a las que necesitaba pero cuyos modos tradicionales negaba con su vida –y así le fue-, que aúna a la vez vanidad e ironía autocrítica. O, cambiando de tercio, negociaba toda cuestión económica que tuviera que ver con lo que hoy llamaríamos propiedad intelectual y que en aquellos años se basaba en vender sus piezas de literatura o de teatro para conseguir sus ingresos adecuadamente, actividad en la que Oscar fue también brillante y que ni siquiera dejó en sus tiempos en la cárcel o en los años que malvivió al salir de prisión.

Robbie Ross, su supuesto primer amante, estuvo junto a Oscar al morir, y fue su albacea literario

¿Qué puedo añadir? Que la carta que Oscar Wilde escribió al Ministro del Interior desde la cárcel de Reading intentando una mejora de sus condiciones de reclusión es uno de los textos más emotivos que recuerdo, y que me dejó al borde de las lágrimas. Todo el poderío de un escritor sobresaliente puesto al servicio de explicar su situación, manejando la inculpación y la conmiseración de manera magistrales, mostrando arrepentimiento y solicitando piedad con un realismo lírico inigualable.

Wilde es siempre bello, en general muy divertido, en ocasiones sublime, y un gran observador social. No hay obra de él que no me haya convencido. Siempre pueden descifrar su increíble y apasionante vida y obra de la mano de un analista de estetas y modernos tan competente como Luis Antonio de Villena en su breve ensayo Wilde total, que además tiene una estructura a lo Rayuela y contiene los aforismos publicados por Oscar en vida. Lo último que he leído de Wilde, que no conocía aún, es Salomé, en una bellísima edición de Círculo de Lectores, traducida por Pere Gimferrer e inquietantemente ilustrada por Gino Rubert (¿no les recuerda el estilo gráfico? Es lógico, este señor es el autor de las portadas para Lisbeth Salander). La única de sus obras teatrales que fue tragedia definitiva, que escribió en francés, que no pudo ser estrenada en Londres por tener personajes bíblicos como protagonistas, y con varios de cuyos inquietantes versos dejo esta entrada de hoy.
Salomé
No me gustan tus cabellos. Es tu boca la causa de
Mi amor, Iokanaán. Tu boca es como
Una cinta escarlata sobre una torre de marfil.
Como una granada cortada por un cuchillo
De marfil. Las granadas que florecen en los
Jardines de Tiro y son más rojas que las rosas
No son tan rojas como tu boca. El rojo griterío
De las trompetas que anuncian la llegada
De los reyes y amedrentan al enemigo
No es tan rojo como tu boca. Tu boca es
Más roja que los pies de los que
Pisan el vino en los lagares. Es más roja
Que los pies de las palomas que habitan
En los templos y son alimentadas por
los sacerdotes. Es más roja que los pies
del hombre que viene de un bosque donde
ha dado muerte a un león y ha visto tigres dorados.
Tu boca es como una rama de coral
Que han hallado unos pescadores
En el crepúsculo marítimo y que reservan
Para los reyes. Tu boca es como el bermellón
Que los moabitas encuentran en
Las minas de Moab y que les es arrebatado
Por los reyes. Tu boca es como
El arco del rey de los persas, pintado
De bermellón y con cuernos de coral.
Nada en el mundo es tan rojo como tu boca…
Déjame besar tu boca.

Iokanáan
¡Jamás! ¡Hija de Babilonia! ¡Hija de Sodoma! ¡Jamás!

Salomé
Besaré tu boca, Iokanaán. Besaré tu boca.


7 de noviembre de 2009

La monja y el hombre

Quizá cada generación crea que ha llegado a un momento decisivo de la historia, pero nuestros problemas parecen particularmente intratables, y nuestro futuro cada vez más incierto.
Tengo un gran recuerdo de la asignatura de Religión que recibí en el curso de tercero de BUP. Contra todo pronóstico, en lugar de la enésima revisión del catecismo y los clásicos misterios católicos que llevaba estudiando sin renovación desde la infancia (y que dado mi militante agnosticismo adolescente me resultaban puro humo), me encontré con un curso sobre historia de la religión, humanismo cristiano y filosofía moral, en el que interpretábamos textos de Bergson o Teilhard de Chardin, o veíamos el sentido social del cristianismo.

Si ahora retomara mis apuntes de aquel curso seguramente no los entendería, y me parecerían obra de un marciano, apasionado eso sí. Aquel curso de Religión no me devolvió al redil de la Iglesia –que fue fácil dejar completamente al dejar a fin de aquel año escolar el colegio católico en que me eduqué-, pero además de enseñarme que alrededor del cristianismo no todo tenía el negro color que mi juventud le daba, me hizo curioso en el tema, algo que además se aliñaba con los incipientes cursos de filosofía, que todo el mundo veía como inútiles. A mí me dejaron cierto sello, aunque con el tiempo, los estudios, y la dedicación a las ciencias me convirtieron en un aficionado que a veces se da el pego de leer algo de filosofía clásica y siente que, en alguna neurona arriconada, algo crepita.

Y entre estas lecturas, de repente, aparece este libro, La gran transformación, de Karen Armstrong, con portada pelín esotérica. La misma autora requiere parar un poquito, aunque para biografías ya saben ustedes que tienen la wikipedia: ¿un libro escrito por una ex monja? ¿Cuándo he leído algo escrito por una monja, no digamos ya una ex de Dios? Sólo se me ocurren Teresa de Ávila ó Helen Prejean, pero ninguna dejó –o ha dejado- los hábitos a pesar de su activismo. Karen Armstrong se salió de monja, dio clases de literatura y se puso a escribir libros reconocidísimos sobre las tradiciones religiosas, con una visión alejada del centralismo occidental, y con loas agradecidas por parte de las diferentes religiones estudiadas.

La gran transformación es un libro excelente en el que Armstrong estudia con tino el paralelismo en el nacimiento entre hace 2200 y 2900 años de cuatro tradiciones filosógico-religiosas de la antigüedad, centrándose en lo que da en llamar la ‘era axial’, el período en que sabios procedentes de lugares muy diferentes dieron en desarrollar edificios morales de comportamiento ético a partir de distintos puntos de partida. Un comportamiento resumible en una ‘regla de oro’ formulada como ‘no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti’ (y variaciones), válida para construir una vida, pero también un imperio. Resumiendo, estudia las tradiciones religiosas buscando los puntos de unión basados especialmente en la compasión, en lugar de las divisiones generadas por una militancia impuesta por quienes siguieron y sacaron beneficio de aquellos sabios.

Las cuatro tradiciones son la israelí, la griega, la hindú y la china. De un modo u otro, cada zona dio lugar a personalidades sensibles a la maldad, ignorancia y crueldad que observaban a su alrededor, y decidieron responder éticamente. Usaron métodos distintos, bien una meditación que permitiera aprehender el verdadero ego, bien una entrega que buscara la comprensión del contrario, bien una introspección racional que llevara al conocimiento. Y con ello también desarrollaron diferentes teologías, gnoseologías, y formas de experimentar a Dios, que bien podía ser experiencia mística resultado de una vida de sacrificio y devoción, un ser que proclamara su dominio sobre un pueblo y su propia perfección, o un ente utilizado políticamente para mantener la unión de la polis.

La comparación es apasionante: resume con precisión las tareas de Sócrates, Platón, Confucio, Las Tse, el Buda, Jeremías y muchos otros, y, cronológicamente, encuentra los fascinantes espejos en el pensamiento de los sabios así como las diferencias culturales, políticas, sociales y económicas que los separaban. Todo ello ha creado las condiciones de progreso y vida que hoy conocemos y que intuimos en esa noche de los tiempos en que nació cada tradición, por lo que el valor del libro es mayor. Lo encumbra una prosa limpia, matemática en la exactitud racional del discurso comprensible pero sin simplificaciones, que unifica los estilos culturales de los diferentes sabios en una belleza textual interna propia, en un libro final atractivo y muy disfrutable, sí, aunque no se tenga por costumbre leer sobre filosofía o religión.

Absolutamente desbordado por el enorme conocimiento adquirido gracias a la lucidez que la autora muestra y reclama, me da pena saber que olvidaré pronto (esta cabeza no piensa ni recuerda igual de bien que hace años), y me pregunto qué efecto tendría La gran transformación como libro de texto, tanto ahora como en la época en que estudié. Y pienso que, como en todo libro brillante que analice un conflicto complejo, el secreto está en el estilo: poéticamente neutro, pero fascinado por la pasión de los hombres de que habla, el análisis de Armstrong contribuye a dejar un mundo mejor, y a hacer que sus lectores no sólo se diviertan sino que sean conocedores de por qué muchos lucharon por ser mejores personas.

Si no se convencen del todo, pero por otro lado tienen ganas de leer más después de este tochazo y ver si este es uno de mis desparrames habituales, en este blog pueden leer la introducción del libro escrita por su misma autora. No les garantizo que no se enganchen…

19 de octubre de 2009

Film the legend!

Con Soy leyenda, la novela de Richard Matheson, vuelvo a una de las manidas discusiones cinematográficas: la validez de las adaptaciones de las grandes obras literarias al cine. Me pasó con esta película algo que hacía tiempo que no me sucedía: leer una novela de reputación tras haber visto una película que me ha interesado lo suficiente para hacerlo. Como cualquier aficionado, yo he tenido de todo: películas que he adorado, cuyo libro, leído después, me ha encantado, dándose el caso de novelas y películas que se complementan maravillosamente (El nombre de la rosa, La insoportable levedad del ser, o, si nos ponemos más clásicos, Lawrence de Arabia, son ejemplos magníficos); libros que he odiado después de haber disfrutado enormemente de su adaptación (Entrevista con el vampiro), y, por supuesto, muchas películas vistas después del libro, además del especialmente extraño único caso (Expiación) en que vi la película justo cuando estaba leyendo el libro. Fue… raro.
No había leído Soy leyenda ni había visto las películas con Vincent Price, The Last Man On Earth, dirigida por el ignoto italiano Ubaldo D. Ragona, o con Charlton Heston (The Omega Man), de Boris Sagal. Pero sí había visto la película con Will Smith dirigida por Francis Lawrence y me había parecido correcta, adscrita al interés actual por los zombis/infectados y su pararelismo con los miedos sociales actuales, y a las tiranías de las grandes superproducciones americanas. Pero me pareció una buena oportunidad para solventar una falla: no haber leído el libro, no haber leído nada de Matheson, a pesar de ser el escritor del que surgieron textos de películas tan interesantes como El increíble hombre menguante o la primera película de Steven Spielberg (Duel). Localizada una edición del libro con el inevitable Will Smith en la portada (algo que sé que molestará a muchos), y, una vez emocionadamente leída, no concluyo nada nuevo de lo que sé sobre Hollywood, pero, en este caso, me ha parecido que los cambios son un tanto perversos y que no siempre responden a necesidades estrictamente dramáticas.
La trama de Soy leyenda es conocida: un único hombre que ha sobrevivido a una infección generalizada de la humanidad vive sólo en su casa. Los infectados no soportan la luz del sol, pero de noche dominan la ciudad y el mundo. De día, nuestro hombre sale de casa, se aprovisiona de lo que necesita, y trata de investigar sobre una vacuna para curar el mal de las personas infectadas. Obviamente, a partir de este punto voy a contar cosas más fundamentales de la trama de ambas obras –peli y libro-, avisados quedan.

Neville
El carácter del personaje principal, Robert Neville, es francamente diferente. Frente al muy derrotado personaje del libro, prácticamente alcohólico y con tendencias destructivas que apenas da importancia al hecho de matar de continuo a infectados, el Neville de Will Smith es hombre modélico en su aguante y soporte, un baluarte de la resistencia y, por supuesto, de los valores que Hollywood da a la masculinidad, a la familia (que perdió), a la casa, etc…

Abby
El papel del perro también es dramáticamente distinto. Mientras en la película es un compañero, un animal agradable y valiente que está con Neville desde un principio, en el libro es una víctima esquiva que da esperanza a Neville inicialmente, y una gran frustración después, en uno de los episodios más desoladores de la novela.

Los otros ‘vivos’
En la película, por supuesto, acaba resultando que Neville no es el único hombre todavía en la Tierra. Hay otros como él, que también se conservan estupendamente, y que permiten un final de esperanza fácil que roza el ridículo; frente a eso, la novela muestra infectados que conservan el raciocinio y la humanidad, y que sufren la violencia indiscriminadamente asesina de un Neville encerrado en sí mismo, incapaz de comunicación o de asumir que una situación diferente a la suya también es posible y no censurable, no digamos ya ‘no asesinable’.

El final
Por supuesto, lo más criticado en el momento de su estreno: de la esperanza de la curación gracias a las investigaciones y los sacrificios de Neville, a la esperanza de que una nueva especie necesite deshacerse de ese ermitaño asesino, Neville, para sobrevivir, aunque sea enferma.

Resumiendo
Soy leyenda, el libro, es una historia mucho más desesperanzada pero más lúcida sobre la condición humana; esto convierte a la adaptación en superficial, en un juguete técnico, con sólo algunos puntos no incluídos en el original que resultan de interés, más allá de cambiar los años 50 por la época actual: cambiar el Los Ángeles de la novela por Manhattan contribuye mejor al aislamiento de Neville; refuerza además la escena de la muerte de la familia en la evacuación, aunque esto escamotea la vuelta de la mujer de Neville a la casa para infectarle, lo cual sin duda era una escena más potente…); las expediciones diurnas encuentran muchos hallazgos visuales en los maniquíes con los que Neville habla, o con los encuentros con infectados a plena luz del día.

Por lo que leo, Richard Matheson es un hombre que aún vive, a sus 83 años, y era joven cuando ideó su revisión de los vampiros/zombis que tan bien encaja con los gustos del fantastique actual, en el que él ha seguido trabajando de continuo. No es de extrañar, dados que los miedos colectivos son psicológicamente los mismos que hace cincuenta años. Soy leyenda es una novela emotiva y apabullante. El volumen tenía además varios relatos cortos, varios de ellos algo superados cuando no bastante mediocres, si bien también hay otras historias inquietantes con desarrollo relevante.
Richard Matheson, vía vjbooks



10 de octubre de 2009

En la cabeza del facha

Monsieur Jonathan Littell fue sensación literaria hace dos años por la publicación de su multipremiada novela Las Benévolas, su primer trabajo, reconocido mundialmente, y cuya fama fue subrayada por el hecho de ser norteamericano, vivir en España y escribir con éxito en francés una historia sobre la Alemania nazi.

Las Benévolas era sutilmente revisionista en un tema donde ya no resulta novedoso (pero sí por tanto complicado) serlo. A mí me pareció innovadora en la introspección psicológico-fisiológica de su personaje principal, el SS-Hauptstumpführer Dr. Herr Maximilian Aue, un cultísimo y brillante nazi que se adapta al parecer ‘bien’ a su entorno y que en su gloriosa carrera pasa por la aplicación de la solución final en Ucrania, el asedio de Stalingrado, la organización de la logística de los campos, el cierre y desmantelamiento de Auschwitz y la caída de Berlín. Aue cree en la necesidad de eliminar a los judíos de la vida germana; su lógica acepta, observa y a veces ejecuta, pero su cuerpo se rebela ante el exterminio: las pesadillas le atrapan, vomita, sufre diarreas infinitas y la mierda le rodea de continuo. Su psique además sufre por ser homosexual y disfrutar de tomar decisiones 'con el culo lleno de esperma' en un momento y lugar donde tal hecho supone acabar en los campos. Por no hablar de su tendencia al incesto... Es un traidor y un asesino, y no es simpático, pero tampoco es el mal irracional que no sepa ponderar lo que pasa a su alrededor. Atrapado en el contexto, hace cosas medias esperables en el mismo (bueno, no todas), y responde a la lógica de la propia cárcel en que vive. Pero, no obstante, he leído en las redes que esto ha sido visto como una descripción simplista de la psicología nazi. Ya saben, de nuevo un brillante reprimido que no puede desarrollarse y encauza su furia hacia el odio racial y la entronización de la supremacía aria. Yo no obstante veo más textura a la falta de remordimiento alguno de Aue en el plano consciente, que se acompaña de la rebeldía física, emocional, interiorizada de un cuerpo más atento a la deshumanización de su entorno que su lógica.

La parte digamos más histórica de la novela me resulta espléndida. No es que sea un manual de historia clarificadora, ya que los hechos en sí son directos, Aue participa en ellos de manera directa, y al lector necesitado de seguirlo todo pueden parecerle confusos (profusión de nombres y cargos, muchos términos en alemán, miles de lugares en la trama). Pero la visión sobre la horrible y tan mal organizada (para mi sorpresa, aunque tal vez sea lógico por la falta de medios que desde mediados de la guerra tuvieron) burocracia alemana, la lamentable cadena de decisiones ilógicas, la ejecución de la endlösung y su dificultad y estupidez prácticas -impagables los conciliábulos para decidir exterminar a los bergjuden del cáucaso, por ejemplo-, la visión de los pueblos que son conquistados, la comparación de regímenes que se da al salir Aue, superviviente siempre, de Stalingrado, y el desencanto generalizado, parecen confluir en un magnífico bosque de razones para que el Reich de los mil años durará lo que duró. La combinación de la vida personal de Aue con estos hechos resulta especialmente atractiva: Alemania se folla al continente, pero este se venga haciendo que cague toda su mierda sobre sí misma. Suena obvio, lo sé. Pero Littell lo hace con estilo, colando el folleteo y folletín personales en las rendijas del grandilocuente compromiso con el Reich, junto con la hez de la sangre y barro de la guerra. Hoy todavía vemos inesperadas (por lo aparentemente involuntarias) fascinaciones por la estética y organización supremas del estado nazi (un ejemplo reciente es el Valkiria de Bryan Singer), y aunque es más común incluso en los espectáculos mainstream (el Schindler de Spielberg, para entendernos) ver que la eliminación del judaísmo no era sólo cosa de odio (¿envidia de pueblo elegido?) racial sino de financiación extraordinaria del esfuerzo bélico, que los nazis pudieran no estar bien organizados ni ser cuadriculados y cumplidores sino corruptos e ineficaces parece algo difícil de sacar del acervo colectivo.
El caso es que un libraco de mil páginas como este, centrado en hechos históricos, y con vocación grandilocuente de obra que se quiere casi definitiva, requería de una documentación previa enorme, de la que el autor ha hecho gala incluso públicamente (su confesión de que documentarse fue mucho más largo que escribir, un proceso según él más corto y directo, le ha supuesto más de una crítica) con la edición de Lo seco y lo húmedo. Este libro ya no es ficción, sino un ensayo articulado alrededor de los textos de León Dégrelle y en especial de su obra La campaña de Rusia, y resulta muy revelador no ya de los mecanismos psicológicos del fascismo, sino también de los mecanismos literarios de construcción de personajes.

Léon Dégrelle fue el líder de la Legión Valona, un batallón de nazis de origen belga que combatieron junto a los nazis en el frente de Rusia. Dégrelle sobrevivió casi milagrosamente a varios años en el infierno, para acabar con una vida más o menos regalada en el exilio en Málaga. Se trata de un prototipo de fascista europeo fascinado por el régimen nazi, que en este caso acaba integrándose en él y siendo reconocido como integrante del Reich. Su facción fascista, el Rex, no fue exitosamente política en Bélgica, y fue incluso muy denostada cuando ya no ocultó su adscripción al nacionalsocialismo alemán. Llegó a dividirse con la invasión nazi y siempre tuvo un encaje difícil por su origen ultracatólico. Wikipedia les da una biografía recompleta al respecto.

El interés de los textos de Dégrelle (un hombre por lo demás compulsivamente mentiroso e intelectualmente vulgar) está en sus formas lingüísticas y en sus metáforas, en las que, a juicio de Littell, Dégrelle muestra las estructuras falsarias del pensamiento fascista sin, obviamente, pretenderlo ya que a fin de cuentas, creía en lo que escribía. Ahí se recoge desde el miedo y estereotipación de la tradición cristiana a la mujer (bien santa enfermera blanca y nazi, bien soldado bolchevique asilvestrada casquivana y prostituida), a la necesidad de estructurar una necesidad rígida, fálica (‘lo seco’) frente a la informe ‘humedad’ de las masas comunistas, la marea roja de su sangre y el barro ruso que consigue dinamitar los mil años del Reich con su constante ataque amorfo e incontrolado. Como si la vieja polémica entre Parménides y Heráclito se rehiciera a la luz del fascismo europeo del siglo pasado. Hay sitio para más: el doble rasero lingüístico en la descripción de los ejércitos nazis o soviéticos en su lucha, en su forma de morir, o en las razas que lo componen; o las ínfulas de estrella que se postula como modelo de Tintín para Hergé; o la participación en la estética homófila tan apegada a la representación visual del joven soldado ario (aunque sin ‘concretar’, ya que lo homo también forma parte de lo amorfo y húmedo).

Degrelle se lleva a sus hijos de desfile (via el blog de Pierre Assoline)
Más allá de la fascinante experiencia vital de Dégrelle (que fue un facha de mierda, pero que sobrevivió a lo indecible, que fue protegido por el franquismo y acabó siendo un español no extraditable), y del desenmascaramiento de una psique traducida en sintagmas y metáforas, Lo seco y lo húmedo muestra paralelamente, aunque esto sí sea intencionado en el metaanálisis del autor, algunas de las claves del diseño de Maximilian Aue, y da notas suficientes sobre el lenguaje buscado por Littell para Las Benévolas. También me produce curiosidad que un análisis anterior necesario para una novela se publique tras el éxito de la misma, obligando a una lectura invertida del proceso literario. La tarea de documentación que permite la creación psicológica de profundidad, es, por su parte, posiblemente ingente y casi inabarcable, y me hace preguntar cómo se decide terminar (¿cuántas autobiografías de fascistoides así puede haber? ¿cuántas websites podrían hoy servir de documentación del neofascismo actual?) y cómo puede acabar uno de salud mental por esas lecturas y análisis antes de (o durante) la escritura de una novela de este tema.
Jonathan Littell (via Portugal dos Pequeninos)



23 de septiembre de 2009

¿Metacómic?

A mí la cosa ésta del cómic actualmente me desborda. Me resulta imposible escoger qué leer. Hay un exceso de oferta, mucha en géneros que a priori no me gustan: el manga o los superhéroes serían los mejores ejemplos. O que empiezo a considerar pesados: la ya cansina autobiografía catárquica, que sin pensar mucho incluye títulos como ¿Por qué he matado a Pierre? –Alfred & Olivier Ka-, Mis circunstancias –Lewis Trondheim-, Fun Home –Alison Bechdel-, Stuck Rubber Baby –Howard Cruse-, Shenzhen –Guy Delisle-, etc… Muchos de los cuales me encantan, pero ya empieza a abrumarme…

Siempre me parece que en cine o literatura me defiendo mejor. Pero, en fin, hay miles de informantes de cómics en la red, si bien el cómic es un medio dado a los fans de adhesiones sin fin, y hay que saber mirar. O pedir a quien sabe qué te gusta. Este es mi caso, en el que cuento con tres gurús que me hacen, cuando llega el caso, recomendaciones personales (gracias todas a Absence, Malarrama, y Malapeor). Ya no recuerdo quién fue de los tres el que me llevó hasta El bulevar de los sueños rotos, obra de Kim Deitch (con la colaboración de su hermano Simon y publicada gracias a las artes de Art Spiegelman, si bien desconozco la participación real de cada cual en que el libro tal y como es llegue a nuestras manos). No crean, algunas de estas recomendaciones no las sigo, simplemente las ojeo y me doy cuenta de que no me encajan. Y comprar cómics tontamente –ya que verlos en la web me parece un sinsentido- es un ejercicio caro: son buenas ediciones y volúmenes bellos, pero de lectura demasiado rápida. Y el libro de Deitch… Digamos que la estética underground y la presencia de un gato parlante me llevaban rápido a la obra de Robert Crumb, que me suele desagradar –perdón por la generalización sin más explicaciones- por su excesivo feísmo. Y, no obstante…

El bulevar de los sueños rotos cuenta la historia de un estudio de animación en el que trabaja el brillante animador Ted Mishkin, hermano de uno de los directivos de la casa, a su vez amante de la ilustradora a quien Ted ama platónicamente. Ted tiene visiones que canaliza en su obra. ¿Y qué ve? Un gato, de nombre Waldo, que le hace funciones de conciencia y de diablo. Waldo es en realidad el verdadero protagonista de la historia, una ensoñación paranoica encarnación de los deseos y de la locura creativa, en un delirio mental a medias entre la lucidez y la neurosis, que acaba siendo protagonista mediante un psicodrama creativo de los mejores cartoons de la productora.

Waldo y el protagonista
La historia de la animación como arte incluye un homenaje a sus inicios que para Deitch y hermanos debe ser emocionante por ser hijos de un pionero, Gene Deitch, pero da una vuelta de tuerca al mito de la misma. La animalización de caracteres es pesadillesca y resulta desagradable, la ‘disneyización’ del cartoon no es precisamente un hecho de criterios estéticos, y los personajes sufren también la caza de brujas. Y todo ello sobre el paralelismo continuo entre creación y locura, en que los mejores momentos suceden y las mejores obras se crean en un manicomio, y en que se incide en la incapacidad de un artista verdadero para tener una vida digamos saludable.

En efecto, la estética es la del comic feísta y abigarrado del underground; cada viñeta está llena de elementos, de la obra narrada en sí, de la obra que crean Mishkin y sus colegas, de los elementos del circo y la atracción de feria que rodean a Waldo como ensoñación surreal y a los inicios de la animación. El blanco y negro es una opción moral, que huye del color blandurrio sólo sospechable en el personaje que desea introducir los modos Disney en la productora.

Ante todo este carrusel, debo reconocer que me he acordado de Charlie Kaufman… ¿Se reflexiona el cómic a sí mismo? ¿Se retrata como arte como hacen o intentan hacer desde hace años los autores literarios o cinematográficos? ¿No está más acusado de falta de madurez por haber sido despreciado como medio/arte más (falsamente) infantil durante décadas? Ya sé que esto es cómic y lo que retrata es animación, no exactamente lo mismo, y que el cine como experiencia de masas da para otros discursos, y que... Bueno, que los artistas se retratan es claro, todas esas autobiografías lo demuestran. Uno puede ver rastros de dibujantes o animadores formando parte de la trama en ese Guy Delisle que va a Pyongyang a trabajar en lo suyo, o en Art Spiegelman dibujando sobre la montaña de cadáveres de Auschwitz que le dan éxito, dinero y un Pulitzer. Hasta en Harvey Pekar curándose un cáncer dibujándolo a diario. Pero la implicación emocional con el acto creativo no es tan compleja como aquí. Y por supuesto el cómic puede ser de profundidad superior a los otros artes, y no hay mejor ejemplo que Alan Moore para ello (que, a fin de cuentas, hizo algo con el final de Watchmen que tiene que ver con esto). Pero el de Kim Deitch es un retrato Kaufmaniano sobre la creación, que no veo tan frecuentemente trasladado al comic, o bien me faltan lecturas y formación para ello. Como si todavía no hubieran llegado el Fellini o el Joyce de este arte. En fin, interpelaré a mis gurús. Con un poco de suerte, puede que descubra más joyitas.
Waldo y el autor (vía The Daily Cross Hatch)


10 de septiembre de 2009

Miradas insumisas

Si algún éxito puede tener esta entrada es que consiga convencer a los cinéfilos heterosexuales de que le echen un ojo a este libro: Vale, ya han cerrado esta entrada más de la mitad de las visitas... ¿Por qué sería un éxito? Porque este libro, sobre todo, habla de cómo vemos el cine. De cómo lo entendemos, de cómo nos apropiamos de sus imágenes, de cómo el público mira una pantalla y da el sentido final a las películas que un director y su equipo hacen, y de cómo sucede esto según sus condicionantes biográficos y culturales. Eso, para un cinéfilo, un aficionado a la narración visual y al sentido de las imágenes, debiera ser de interés.
Pero, claro, el tema que interesa a Alberto Mira (un apellido que ni pintado) es el del subtítulo del libro ‘Gays y lesbianas en el cine’, y el libro incluye una muy documentada, prolija, y francamente interesante historia de la homosexualidad en el cine; entendida esta homosexualidad como explícita, implícita, oculta, armarizada, objeto de voyeurismo o de placer, inserta en la mirada del espectador, basada en una autoría gay de directores, guionistas, atrezzistas o coreógrafos, que fuera obvia o llena de simbolismos subculturales…
El caso es que esta historia que ocupa la segunda parte del libro es obviamente indisociable de la propia historia del cine, y de la representación de los tabúes sociales en el mismo. Es inseparable del carácter industrial del cine estadounidense, y del arte y ensayo europeos, como lo es del asociacinismo por la acción política tradicional de los EE.UU. frente a la privacidad intelectual como actitud de Europa. Me pregunto si Alberto Mira consideraba al escribir lo normalizador del enfoque en sí, aquel que toma hitos cinematográficos e históricos y ve su influencia en el cine de cada época: el código Hays, el fin del sistema de grandes estudios, la nouvelle vague y el movimiento de Derechos Civiles, Stonewall y la muerte de Judy Garland, o el conservadurismo reaccionario de los ochenta y la aparición del SIDA.
No obstante, a pesar de la contundencia de esta historia en la que no falta nada relevante de los cines norteamericano y europeo, creo que lo más disfrutable y adecuado del libro sucede en la primera parte, que Mira dedica a describir la mirada insumisa, la que permite ver, reconocer y apropiarse de códigos, la que luego permite ‘entender’ por qué el musical, o Disney, o los melodramas de Sara Montiel, o Top Gun, pueden mirarse como algo más de lo que parecen.
Reivindicar la libertad de mirar e interpretar no es cosa tonta. Mira ha escrito su ensayo-río escuchando en un blog a todos los que querían dejarle su opinión, y ha constatado las diferencias en la mirada de los homosxuales que han participado. Ha estudiado la evolución (escasa) de la crítica oficial, y la del activismo gay (poco cinéfila) hacia lo que llama la ‘mirada queer’, menos militante y más reivindicativa de opciones más abiertas y positivas. Ha mirado todo y ha intentado comprender con moderación que no hay mirada que no deba escucharse o intentar explicar, huyendo de la confrontación dialéctica tan del gusto de todocinéfilo.
En resumen, todo un gusto (y un apetito) en el que está casi todo lo que es (hasta 2005), que gana frente a los abundantes estudios americanos por el completo análisis del cine español, y que se convierte en fuente bibliográfica fundamental (por lo comentada con criterio) en la búsqueda de cine desconocido que, horror, me queda por ver en grandes cantidades.
Pero, por supuesto, la mirada insumisa que ejerce el autor es en este caso homosexual, homosocial, homoerótica. Por tradición e historia, es una mirada no permitida, que se activaba según la posibilidad y los códigos que había en cada momento. El reto se cifre en que habiendo estado obligado el homo a mirar como hetero, ¿puede suceder al revés? Yo conozco casos gloriosos, aunque no sean frecuentes. De ahí el reto planteado al principio: ¿algún hetero cinéfilo en la sala? Digánmelo, ¡hagan feliz al autor!








2 de septiembre de 2009

En la boca del lobo

¡Qué libro apasionante este! Crónicas desde Berlín (1930-1936) es el conjunto de crónicas que durante esos años envió desde Berlín para su publicación en el diario madrileño ‘Ahora’ el periodista catalán Eugenio Xammar.
Xammar fue coetáneo, amigo y colega de varios hombres de oro del periodismo español de los treinta: Chaves Nogales (su editor en ‘Ahora’ y que ha sido recientemente reeditado en España), Pla (con quien compartía algo que podemos llamar ‘catalanismo’), Maeztu, Camba, etc… Hombres de prosa abundante y fluída, de una lectura sencilla, directa y denotativa. Algo que Xammar, figura reverenciada por varios de ellos, y que cayó en el olvido como varios de sus colegas por no adscribirse con devación y sin análisis a ninguno de los bandos de la Guerra Civil, cumple con creces.

El conjunto de reseñas o columnas periodísticas no es género que precisamente me haya apasionado cuando lo he podido hojear. Incluso me parece aconsejable huir de los libros que usando este modelo publican Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte, recopilando sus tantas veces falsarias e histriónicas columnas de suplemento dominical. Pero en este libro de Eugenio Xammar se conjuran varios hechos que hacen de su lectura una experiencia apabullante:

- Xammar está en y escribe desde la verdadera boca del lobo de la Historia del siglo XX. Y lo hace sin saber lo que viene después, sin tener la representación del nazismo y sus consecuencias en la cabeza. Mediante crónicas objetivas, Xammar asiste a la desintegración progresiva de un régimen democrático por una dictadura ascendida electoralmente al poder, y cuya ideología nacionalista racial y expansiva va infiltrando sin pausa el fantasma de la guerra en Europa

- las crónicas son un modelo de prosa objetiva sin artificio ni aparatosidad, a pesar del control sobre la prensa extranjera que ejerce el régimen, y de que Xammar entiende bien los mecanismos de censura del sistema. No por ello se deja la ironía en el camino, sutil y acertada, ni un estilo que en verdad traiciona los objetivos que él mismo da a su profesión: la ‘descripción de los hechos’ que aparentemente explicita. Más que un estilo descriptivo o neutral, se trata de dar el mensaje verdadero entre las líneas que reflejan calma y reflexión, frente a la grandilocuencia exaltada nazi (o la marxista, que también comparece)

- Xammar escribe para España, para la España de la República que tenía fresca la experiencia de la absurda dictadura de Miguel Primo de Rivera. Sus crónicas terminan obviamente en julio de 1936, unos días antes del golpe franquista. Pero la ironía de analizar Alemania como dictadura desde la perspectiva ‘demócrata liberal’ de España es una impresión fuerte de la Historia para el lector.

- las abstrusas maniobras políticas para acaparar el poder internamente en Alemania (noche de los cuchillos largos, legislación contra judíos, eugenesia, incendio del Reichstag, control de prensa, anulación ‘legalista’ de la Constitución de Weimar, y la constante labor del Ministerio de Propaganda reforzando los anunciados y esperados discursos del Führer) se alternan con la entrada brutal de la Alemania de entreguerras en la política internacional (abandono de la Sociedad de Naciones, denuncia del Pacto de Locarno y petición de igualdad de los derechos militares decididos en Versalles, para acabara en la primavera del 36 con la militarización de Renania, dando lugar a un relato histórico arrollador, del que sólo se pueden esperar más páginas, lamentando que éstas tuvieran que acabar en 1936, cuando desde el futuro sabemos que empezaba lo más crudo del invierno. Xammar era el hombre adecuado en el momento justo, pero la Historia (en general, y el franquismo en particular) nos escamoteó que pudiera seguir siéndolo, y que nos contara la mayor de las guerras desde su epicentro.