29 de abril de 2016

El eslabón perdido y el plan quinquenal


Dado que los libros llaman a los libros, los escritores también llaman a los escritores. Que Slawomir Mrozek fuera uno de los escritores amigos de Wislawa Szymborska fue una de las revelaciones de la biografía de la poeta polaca. Creo recordar que Szymborska afirmaba que era el más brillante y divertido de todos, y dado que no era mujer pródiga en vacuidades, apunté el nombre, conseguí esta novela ilustrada en una librería de Barcelona, y… bueno, no, Szymborska, como casi siempre con los libros y los autores, no se equivocaba.


Huida hacia el sur es una sátira divertidísima con una premisa absurda: un inteligentísimo simio, que se reconoce a sí mismo como el eslabón perdido de la evolución (además de primo carnal del Yeti) vive secuestrado en la Polonia del socialismo real por un pérfido feriante que se aprovecha de él. Llega a un pueblo donde tres adolescentes le descubren, pero el simio les convence de que le ayuden en su huida por el país para intentar regresar a sus amadas islas del sur. Pero los trámites propios del país, la persecución del feriante, y el propio aspecto del simio  no lo van a hacer fácil.


La novela es una profunda burla al sistema comunista y su implantación en Polonia, que trabaja a varios niveles. Tenemos los dirigentes paralizados por temor a cualquier decisión equivocada en los pueblos que recorren los protagonistas, pero también un absurdo sistema de transporte, una fábrica comenzada por la chimenea (para dar más moral al pueblo), o un fabricante de zapatos izquierdos que desecha los derechos por un concepto equivocado de aumento de demanda. Pero, más sutilmente, está el secuestro del pueblo, la aceptación de los diferentes, la pérdida del progreso y el pensamiento científico, y la mordacidad respecto a la vanguardia cultural. El ritmo es vertiginoso, y la aceptación satírica de los hechos se da de modo directo, con arquetipos cómicos a veces absurdos, y sin demasiadas concesiones al realismo (aunque si tu novela está protagonizada por un simio disfrazado de folklórica que diserta sobre filosofía, el realismo o el naturalismo seguramente te importan poco).


El libro tiene además ilustraciones propias del autor, prácticamente una por página, con aspecto de borrador a rotulador negro pero francamente simpáticas. La brevedad del volumen es también un valor, dado que la anécdota queda definida en un tamaño justo y efectivo. El primer espectáculo anunciado del feriante en la novela llega con un evidente ‘Godot ha llegado’, que introduce genialmente la trama en el absurdo, y muestra en una sola declaración cómo veía Mrozek Polonia y su futuro. Por intenciones, momentos, y capacidad cómica sobre el tema, esta genialidad me ha recordado al también muy divertido Vladimir Voinóvich.

Slawomir Mrozek (vía)

19 de abril de 2016

La soledad del enamorado


Austerlitz (además del título de un buen libro de W.G. Sebald, y, por supuesto, una batalla napoleónica) es la estación de París de la que salen y a la que llegan los trenes de España. A esa estación llegaría algún día el protagonista de esta novela, a finales de los ochenta o principio de los noventa probablemente, un joven homosexual de buena familia que desea románticamente hacerse pintor, pero también romper con la presión familiar en Madrid. Este protagonista sin nombre, años después, recuerda que su fracaso le llevó a ser acogido en casa de un maduro obrero normando, Michel, que, treinta años mayor y de clase social más baja, le aloja en su estrecha habitación durante unos meses. Recuerda la historia de amor y pasión de esos breves meses, interrumpida porque el joven consigue mínimamente prosperar y prefiere tener una habitación propia, y, sobre todo, Michel contrae el mal (que, como el protagonista, tampoco se menciona con su nombre en la novela).

Estación de Austerlitz en París (vía)

Es difícil alrededor de este libro despojarse de un carácter literario tópico, pero supongo que es necesario mencionarlo: París-Austerlitz es la novela póstuma de Rafael Chirbes, un autor del que leo mi primer libro, aunque curiosamente he regalado algún que otro ejemplar de En la orilla, novela que junto a Crematorio (de la que hubo serie de TV), figuran como crónicas imprescindibles de los años de fiesta de corrupción y burbujas inmobiliarias que ha vivido España, y que le han dado fama al autor. Dicen las reseñas que el estilo es diferente, que Chirbes llevaba veinte años escribiendo París-Austerlitz, y que la novela tiene referencias autobiográficas; su localización coincide con años que Chirbes pasó en París. La novela es corta, 150 páginas, pero está finalizada (su alucinado párrafo final no deja lugar a dudas).

Me gustaría interpretar esta historia en los varios niveles que tiene, varios de los cuales son apuntes bien integrados en su núcleo central, que es el recuerdo de la pasión cercenado por la enfermedad. El tema, publicado y escrito en 2016, resulta algo anticuado en cuanto a la desgraciada vivencia del SIDA en los ochenta, lo cual obviamente no invalida el posible testimonio, pero, en un tiempo en que el encaje del VIH en la sociedad ha cambiado, la percepción parece un salto atrás. No es un libro de denuncia, puesto que Michel tiene su mayor integración en su barrio y en su fábrica por obrero. Pero la relación desmonta todos los tópicos: la diferencia de edad, la diferencia de clases (con la inversión económica en el momento justo del protagonista), el gusto de Michel por los inmigrantes… El canon aún sigue diciendo que esto no puede salir bien, como si nos sumáramos no con alegría pero sí con resignación al fracaso de lo poco normativo.

En Chemsex, el documental sobre la vida actual de comunidades gays en Londres, algunos hombres prefieren estar contagiados del VIH para poder tener relaciones sin prejuicios con parejas desconocidas posiblemente también infectadas

En el retrato de la tormenta de sentimientos del protagonista encuentra especialmente Chirbes sus mejores momentos. El significado de la posesión homosexual –acompañémosle el dominio de clase social-, de la imagen espejo en una pareja de hombres, y la degradación de la carne acompañada de la degradación del amor y de la solidaridad, se describen con excelentes imágenes de amargura mortuoria, espero que más debida a la coherencia del estilo que a la cercanía de la propia muerte del autor (aunque será imposible saberlo), y al menos a mí me han transmitido una profunda visión de la soledad en que se encuentra, sin pensarlo, el enamorado. La continuidad en los tiempos de la novela es ágil, las claves de la historia se conocen desde un principio, y, no dejando de ser un tema trillado, la novela resulta impactante y novedosa. No, no tiene escenas eróticas, y, como único comentario complicado, destacaría que no tiene demasiado sentido el uso del francés en las frases sueltas de Michel en que se emplea, aunque a un joven español le resulte imposible no utilizarlas. Literariamente, claro.

Rafael Chirbes, fotografiado por Mikel Ponce (vía)



8 de abril de 2016

Cronista


Siempre es un placer recuperar libros de Will Eisner. Un placer completo, que siempre supera la expectativa, que acaba ganándote el intelecto o el corazón en la esquina menos esperada. Este volumen, Nueva York, La vida en la gran ciudad, se compone a su vez de otros cuatro libros escritos entre 1981 y 2000: Nueva York: La gran ciudad, El edificio, Apuntes sobre la gente de ciudad, y Gente invisible, y, cada uno de ellos cuenta con una línea argumental de cierta fragilidad pero que sirve de excusa para articular historias cortas en general de unas pocas páginas, aunque también hay páginas únicas o simples retratos de las calles. Eisner de vez en cuando aparece retratado con su abrigo y gorra a pie de calle, registrando en su cuaderno apuntes del natural, alimentando su papel de cronista de la vida de la ciudad, y su interés en mostrarla en su medio de expresión.


Dedicadas casi por completo a historias costumbristas de Nueva York, aunque no necesariamente ligadas a la ciudad y su propia historia o particularidades, Eisner describe en general una ciudad oscura y melancólica, con personajes que se decantan entre ruines y desamparados, pero casi siempre individualidades aplastadas por la vida y los acontecimientos a su alrededor. En muchos casos, cada historia personal comienza con el entusiasmo vital que dan los pequeños deseos y retos que alientan a estos personajes, diríase que imbuidos de la propia vitalidad de la ciudad, para intentar superar sus problemas. No obstante, Eisner casi siempre impone una visión realista, y rara vez el destino de los personajes es la felicidad, como mucho puede existir una continuidad del estatus y poco más.


Al magnífico –por preciso, por agudo- uso del retrato y del gesto por pequeño que sea el dibujo se une el juego del blanco y negro con el entintado utilizado para encuadrar o para contrastar a la hora de subrayar la emoción de cada relato específico. En su trabajo están además muchísimos recursos del lenguaje que contribuyó a crear, y es fascinante observar que tantos relatos diferentes pueden adoptar la forma adecuada a partir de varias técnicas narrativas, sin subrayados ni supuesta brillantez de autor. Eisner tiene derecho a colocarse como observador, pues casi todas las historias participan de su interés por indagar en los motivos de sus personajes.


Ahora que todos hemos leído muchas más novelas gráficas y sabemos que es un medio que puede narrarlo todo, Eisner se revela como un Cervantes o un Hitchcock de su arte. Eisner fue a la vez inventor y descubridor de su medio, dejó una obra aparentemente ligera –y por ello encantadora- pero reflexiva, en la que además indaga sobre el lenguaje. Disponemos, sí, de una crónica de una ciudad tan alegre como dura, pero sobre todo de un mayor conocimiento de la condición humana en un hábitat complejo, entregado por un observador del hombre concreto que se preocupa por transmitirlo en forma de arte.


Will Eisner (vía)

28 de marzo de 2016

Y mientras tanto, en Euskadi… Capítulo II


No es fácil decidir qué libro escoger si se quiere leer una historia del nacionalismo en Euskadi, lo que en gran parte equivale a una historia de su partido central y principal protagonista, el EAJ-PNV. No es fácil por sobreabundancia y porque escribirse y propagarse por escrito ha sido una de las mejores y más lúcidas herramientas de este partido, hasta el punto de que una inmensa literatura está disponible en las bibliotecas municipales bilbaínas, en serio contraste con lo que comentaba respecto al socialismo vasco.

El primer Aberri Eguna celebraba el cincuentenario del día en que Luis Arana reveló el carácter de la patria vasca a su hermano Sabino

Este libro de Santiago de Pablo, Ludger Mees y José Antonio Rodríguez Ranz se divide en dos tomos, y el primero –este que he leído, publicado en 1999- cubre de 1895 (fundación del partido por Sabino Arana) a 1936, con el inicio de la Guerra Civil. Existe un segundo tomo de 1936 a 1979 e incluso una edición que los reúne todos y alcanza a 2005. El libro se favorece de la triple autoría, que se ha dividido los capítulos a tratar sin que ello suponga cambios de estilo reconocibles (tal vez encuentro diferentes estilos en ocasiones en el tipo de notas), y que tal vez haya influido en su análisis objetivo de hechos y circunstancias que aún levantan polémica, a los propios autores también, como bien pensado no podía ser de otro modo. El péndulo patriótico es de todos modos un libro considerado referente: parte de una bibliografía inmensa entre la que se incluye los propios archivos del nacionalismo vasco, su tono moderado es más que aconsejable, y el encaje de las vicisitudes del partido en la maraña histórica española de finales del XIX y primeras décadas del XX es estupendo.

Sabino Arana, según la estatua en Jardines de Albia, Bilbao, cerca de la casa donde nació (foto de Juan Mesa, vía)

Entender el nacimiento, crecimiento y posicionamiento del PNV en la historia vasca y española de los últimos 150 años no es una tarea tan sencilla como pudiera parecer. En términos históricos, los autores abogan por el fracaso por múltiples motivos de las políticas nacionales españolas del XIX, que, a diferencia de las practicadas en otros países europeos, supusieron una fractura por la que se pudieron colar los nacionalismos periféricos. En la particularidad vasca, además, la aparición de las masas obreras inmigrantes resultaban una amenaza para la cultura y tradiciones. El carácter mesiánico de los Arana Goiri aunó conceptos e impregnó la llama en el momento histórico preciso: Sabino es probablemente un personaje más despreciado de lo debido por motivo de su obsesión con razas, apellidos y orígenes, pero su obra es ingente en cuanto a creación de un concepto político de éxito, con clara expansión en muy diferentes clases, y con el concepto JEL (Jaungoikoa Eta Legezarra, es decir, Dios y Fuero) como lema fundamental, obviando la falta de ideología con la adscripción casi furiosa al catolicismo, y manteniendo la relación con España, fuera el Fuero abolido en 1839 y su devolución, el carácter del Concierto aprobado en 1876, o la petición de independencia genérica, como necesario germen de discusión y avance político.

Luis Arana (vía)

El caso es que ya Sabino Arana, normalmente adscrito a la radicalidad más completa del nacionalismo del PNV, ya intentó practicar un acercamiento a vías menos rupturistas por pragmatismo, y consiguió que se sumaran al partido empresarios adinerados (gracias en muchos casos al trabajo de esos inmigrantes despreciados, por cierto) y de alma vasquista más moderada, y ello ya trajo al seno del nacionalismo las dos tendencias en que el péndulo empieza a moverse, la rupturista y la pactista, y su camino común: avanzar mediante el pacto hacia la ruptura. Ya en sus primeros treinta años esto produjo cambios de nombre (la Comunión Nacionalista Vasca), escisiones (el llamado PNV aberriano, Acción Nacionalista Vasca), reunificaciones, dimisiones y expulsiones (las más reconocidas las del mismo Luis Arana, el hermano que revelara a Sabino el secreto de la nación oprimida), pero, en los momentos de consenso, acabó derivando en importantes triunfos electorales, que ya en la Segunda República se tradujeron en mayorías incluso absolutas. No es tampoco que su camino fuera fácil más allá de sus propios planteamientos, ya que el PNV sufrió censura, detenciones, ataques injustos a sus planteamientos, etc… No es lejano en esto al PSOE de aquellos mismos tiempos, un tanto más duros con los partidos emergentes que los actuales, probablemente.

José Antonio Aguirre (vía)

De los propios planteamientos sabinianos parte una excelente organización increíblemente afecta al territorio y trabajada posteriormente con una constancia encomiable. El PNV unificó valores mediante la Iglesia (a través de la cual, con el tiempo, consiguió en gran parte y en un proceso de décadas adueñarse del catolicismo adscrito al antiguo carlismo y sus variantes, al menos en Bizkaia y Gipuzkoa), pero publicó multitud de periódicos de opinión y deportivos, expandió y apoyó el deporte rural vasco, realizaba giras teatrales, inició una decidida campaña en favor del euskera, disponía de una organización femenina (aunque las mujeres no participaban en la vida política del partido) y organizó una expansión territorial que salvo en Navarra llevó a una implantación masiva del partido: creó, en definitiva, el país dentro de su propia estructura como método para que el país se adaptara a ella. Además, salvo en algunos episodios, tuvo una organización interna de elección de cargos razonablemente democrática, a pesar de sus barreras de entrada. Según los autores, le faltó durante muchos años una política económica reconocible, a pesar de contar con un sindicato con el que se atisbaban problemas más que pendulares, pero sin llegar a ello ante los avatares de la historia de los años treinta.

Engracio Aranzadi, Kizkitza (vía). El moderado guipuzcoano hoy un tanto olvidado, pero padre de la prensa nacionalista y constructor del partido en Gipuzkoa, contra el integrismo de la provincia, y el ya secular bizkaitarrismo dominante del PNV.

Este primer volumen desarrolla todos estos elementos con precisión, sin repeticiones innecesarias, y con un buen lenguaje, descriptivo pero dotado de ritmo, aprovechando el que daban los acontecimientos, que en algunos momentos se ponen incluso apasionantes (como en la revolución de octubre de 1934, por ejemplo), o las propias particularidades del sistema electoral español de la época, que influían decisivamente en los propios partidos. La del PNV es tal vez una lucha en mi opinión menos trascendente por el peso continuado, especialmente en aquellos años, del catolicismo más rancio, y porque determinados valores esencialistas de su inicio son difícilmente aceptables (especialmente por comparación), pero el volumen contextualiza motivos y analiza la evolución del partido de manera clara e interesante. Posiblemente he dado con un excelente material de partida para seguir con esta serie, y si tiene alguna falta, esta puede ser la ausencia de perfiles más claros de determinados protagonistas, un tanto ausentes a excepción de Sabino Arana y los un tanto moderados de Luis Arana o Engracio Aranzadi, extraídos más de la abundancia de referencias a ellos. El volumen, también falto de documentos gráficos, tal vez se habría agigantado demasiado, ciertamente.

No es tiempo aún de comentar paralelismos con la época actual, pues quedan muchas páginas por leer…

Santiago de Pablo (vía), Ludger Mees (vía) y José Antonio Rodríguez Ranz (vía)


19 de marzo de 2016

Un paseo por el lado salvaje


Tiene la edición de este libro una pequeña etiqueta con un precio en libras, y una fecha, 09/08/11, que podría corresponder a agosto o septiembre del 2011, y que me explica que aunque no lo recuerde, lo traje de un viaje por Inglaterra. La película de Spike Jonze, que vi en su estreno, es de 2009 y  fue el acicate para comprar el libro, que, vergüenza de quien no lee casi nada de literatura destinada a niños, no conocía. Años ha estado en la estantería, aunque cinco minutos cueste leerlo. Su impacto dura mucho más, desde luego.


Where the Wild Things Are consta de 18 láminas y apenas 25 frases. Cuenta cómo Max, vestido con su pijama de lobo, después de una noche de travesuras en la que su madre le castiga sin cenar, imagina su huida a una isla poblada de monstruos, donde consigue ser el rey de todos ellos, para finalmente volver a su casa, donde la cena, todavía caliente, le espera en su habitación.


El cálido resumen de la furia infantil que hace Sendak es no sólo concreto y directo, sino emotivo. El niño Max, irónico ante la amenaza de no cenar, construye una jungla y un océano, y alcanza la libertad que las reglas del mundo real no le permiten. En esa libertad consigue dominar a las criaturas que pueblan la isla, unos monstruos que estaban basados en los propios familiares de Sendak. Aunque amenacen con comerse a Max, son monstruos inofensivos, que gruñen pero que prefieren retozar y bailar, y su enorme tamaño, garras y rugidos se desmienten ante sus caras bondadosas y un aspecto sedoso y adorable y achuchable y… ay, todo parece tan bonito...


La ira liberadora de Max también resulta formal. Los pequeños dibujos de las primeras páginas crecen en tamaño a la par que la jungla transforma las paredes. Sendak rompe las viñetas para ir llenando primero la página impar, y luego incluso hasta empujar al texto y hacerlo desaparecer, llenando las dos páginas cuando la fiesta alcanza su cénit, y no creo que ese desplazamiento de la literatura formal sea casual. Después, Max vuelve al redil. Morriña y hambre parecen ser los motivos. Sendak ofrece en mi opinión una lectura redentora de la imaginación desatada como paliativo de una vida normalizada, a cuyos valores no obstante siempre gustamos de retornar. Su novedad, si se puede en campo tan trabajado, tal vez sea lo feroz del deseo de la ruptura y de la vida imaginada. Pero el paseo por el lado salvaje, ay, no es sólo cosa de niños. Seguramente ese atractivo hace de él un libro en el que es tan fácil reconocerse no importa qué edad se tenga.

Maurice Sendak (vía)

9 de marzo de 2016

Ábrete de orejas


Ábrete de orejas, o Prick Up Your Ears, es una maravillosa película de los años ochenta en la que Stephen Frears relataba el último año de vida de Joe Orton, un dramaturgo contemporáneo de los airados, que murió joven, asesinado por su amante, y del que nunca había oído hablar cuando vi la película en su estreno. Orton había vivido un éxito fugaz con dos obras de teatro con un humor negro y desafiante, y con un gran talento para la sátira social y el enredo de comedia. La película se basaba en gran parte en los diarios, además de en una biografía del autor John Lahr, que el editor de esta edición del Diario que he leído. La película era sexualmente atrevida en lenguaje e imágenes, y formó parte de esa trilogía social que Stephen Frears rodó en la Inglaterra thatcheriana, con Mi hermosa lavandería y Sammy y Rosie se lo montan. Aunque Ábrete de orejas se ambientaba en 1967. A veces el cine europeo tiene estas cosas maravillosas: en medio de la epidemia de SIDA desatándose por todo el mundo, abriendo la discriminación mediante el silencio de los personajes homosexuales en las pantallas norteamericanas, aparece esta película donde un personaje hace de la promiscuidad motivo tanto de provocación como de inspiración.

Gary Oldman y Alfred Molina están deslumbrantes como Joe Orton y Kenneth Halliwell

Aunque Orton no sea una maravilla de hombre precisamente. Felizmente infiel, frecuentador de urinarios y gustoso de ambientes sórdidos, coqueteaba con la pederastia y la prostitución, especialmente en los viajes de placer que hacía a Marruecos, y mantenía aun sabiendo que no era conveniente una relación que había mutado en destructiva. Fue asesinado por Kenneth Halliwell, con quien vivía en un rutinario régimen matrimonial, y quien le había ayudado a formarse como escritor. Orton tuvo éxito, y la frustración personal, profesional y sexual de Halliwell estalló un día de agosto, cuando Orton negociaba un guión para los Beatles (en que los Beatles perseguían a la misma chica y se acostaban los cuatro a la vez con ella, ejem). Orton era un tipo brillante y divertido, seguramente hemos perdido muchas obras de talento con su muerte temprana.

El Diario de Joe Orton apenas dura nueve meses, el tiempo que tuvo desde que se decidió a escribirlos por consejo de su editora. Es un libro maravilloso en observación, divertido, procaz, con una coherencia estilística plena y un ritmo continuado e irresistible, que resulta sorprendente no siendo una construcción literaria buscada: a Orton le salía así. La introducción en la intimidad que un diario promete es aquí directa, transparente y auténtica, donde el autor no concede importancia alguna a desnudar cuando menos su cuerpo, puede que con su mente tuviera más problema ante la sospecha de que Halliwell pudiera leer los textos. John Lahr ayuda mucho con sus notas describiendo a la cantidad de personajes con que Orton se cruzaba en su vida vecinal, familiar y profesional, donde estaba viviendo precisamente el éxito de Loot (El botín), una obra que tuve ocasión de ver hace años interpretada por el ministérido Jaume Blanch, y que traía recuerdos de la brillantez de Oscar Wilde al Londres mitad rancio mitad swinging pop de la época. Los episodios sexuales en Marruecos o en los urinarios de Londres, en el metro o en un descanso del funeral de su madre pueden ser la parte más superficial de su capacidad para practicar el escándalo (cuando éste aún te llevaba a la cárcel), pero muestran cómo Orton vivía ese escándalo no únicamente como morbo, sino como método de conocimiento (provocación) social y humano en sus obras, al ser el arma que combinado con la pulsión sexual hacía surgir las pasiones verdaderas de la clase media a la que adoraba ridiculizar. El documento vital sobre la vida homosexual en el Londres de los setenta, además, no puede ser más contundente, supongo que casi antropológico.

Kenneth Halliwell (vía)

Gary Oldman y Alfred Molina estaban deslumbrantes en la película, que entendía a ambos personajes, y supo mostrar sus razones, y sus encantos, que ambos tenían pero que Orton siguió desarrollando frente al cada vez más hosco y frustrado Halliwell. Se trata probablemente del primer matrimonio –con todas sus implicaciones- gay realmente representado en pantalla, y ni siquiera es una película demasiado reivindicada por el movimiento LGTB (que, de aquella época, prefiere Maurice, Mi Idaho privado, incluso Mi hermosa lavandería, la película anterior de Frears, que estaba probablemente en su época más inspirada). Creo que en parte se debe a que la película no adquiere nunca un tono asimilable a lo reivindicativo. Curiosamente, su naturalismo resulta muy creíble. Y como adaptación, recoge muy ajustadamente el sentimiento que se desprende del Diario, que es un libro difícilmente olvidable.

Joe Orton (vía)

Gracias todas al Lector Constante por prestarme el ejemplar.



28 de febrero de 2016

Historias de pares


Desde mi infancia no había caído en mis manos un texto de Dickens, y, por lo que recuerdo, nunca fue una versión completa como esta Historia de dos ciudades, que con demasiada valentía me he atrevido a leer en inglés, engañado seguramente por la musicalidad de su archifamoso primer párrafo:

It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of Light, it was the season of Darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair, we had everything before us, we had nothing before us…
El maravilloso juego de dicotomías, paralelismos y contraposiciones binarias de la novela comienza desde luego en el título, sigue en este párrafo que describe las maravillas y los temores de la Ilustración y su hija la Revolución, y se expande con sutileza en toda la novela, donde hay doppelgangers, un principio y un final metafóricamente similares, y una sutil comparación de tipos y lugares (incluso aventuraría una curiosa visión preeuropeísta). Dickens no es aquí, al menos predominantemente, el autor que denuncia las condiciones infames de la dura vida de las clases bajas en la Inglaterra del XIX, sino que viaja al siglo XVIII, desde los preludios de la Revolución Francesa hasta la época del Terror, para describir una historia familiar con ribetes de folletín, en el que los abusos de la aristocracia francesa contra el pueblo constituyen el espejo de sus disquisiciones morales. Dickens viste a sus personajes con equipajes como la ternura, el humanismo, y la ironía, aunque su arquetipo psicológico sea un tanto unívoco para nuestros gustos actuales, a la vez que describe una lucha de clases incipiente, cuando esta eclosionó y abrió el campo de batalla del siglo XIX. La novela no es ni diez años anterior a El Capital.

Dirigida por Jack Conway en 1935

Historia de dos ciudades es además una de estas novelas decimonónicas publicada por capítulos en una revista, que los lectores consumían compulsivamente, y por ello precursoras de formas narrativas modernas. No es un texto largo, pero sí goza de un avance en progresión hacia un clímax irresistible, donde existen sacrificios personales, revelación de secretos, y un progreso dinámico que avanza entre las buenas voluntades y los intereses mezquinos, entre la bondad generosa y la maldad enquistada, entre el odio y el amor, que, muy sabiamente, en la novela no entienden de clases aunque Dickens no sea un ingenuo; está inventando la novela social lúcida. El avance de la novela oscila entre las dos ciudades: cuando la acción está en una, se escucha el rumor que llama a la otra y viceversa. Ese amor y ese odio no significan necesariamente Londres y París, pero me pregunto qué entendieron, en su día, los lectores. Aunque Inglaterra ya había tenido su revolución y decapitado a su rey.


Charles Dickens (vía)