17 de septiembre de 2021

La primera vuelta

Estamos en los años del quinto centenario de la primera vuelta al mundo, y se reedita la biografía que Stefan Zweig dedicó al almirante de esa gesta, Fernando de Magallanes. Biografía que lógicamente habla sobre todo de aquella empresa que el marino portugués no pudo acabar, y que el vasco Juan Sebastián Elcano acabó rematando. Desde nuestra perspectiva, con la sobrepresencia mítica de la figura de Elcano en la cabeza, en la que hemos sido educados y de la que hemos bebido, Magallanes. El hombre y su gesta, es una buena bofetada. Vamos, que esa calle céntrica de Bilbao que compite con Ercilla, Rekalde y Lope de Haro es más merecida por ser del terruño que por méritos reconocidos demasiado alegremente.

Portada de la edición de 1922 del libro de Antonio Pigafetta, que era miembro superviviente de la expedición y autor de un diario de la misma

Zweig es un biógrafo maravilloso. No sólo lo digo por este libro, también su autobiografía amarga, El mundo de ayer, es un libro estupendo. Pero Magallanes. El hombre y su gesta es además entusiasta, una obra extasiada ante lo inimaginable de lo narrado, aunque narrada con objetividad, ecuanimidad y un tono comprensivo hacia todas las partes, todo ello mientras con prosa sencilla pero intensa va depositando conocimiento histórico documentado sin añadir carga a un texto de apariencia ligera, pero reflexión y sabiduría profundas.

La expedición de busca de la especiería por la ruta occidental que lideró Magallanes para Carlos V fue un polvorín desde su preparación. Magallanes, hombre tosco y experimentado navegador, ninguneado por su patria, se ofrece al rey de la potencia rival para encontrar el paso hacia Oriente, basándose en expediciones que habían llegado al Río de la Plata y que confiaban en que ahí se estaba dicho paso. Su expedición de cinco barcos, construida y diseñada por recelosos marineros y armadores españoles y boicoteada desde Portugal, se vio tensionada desde el principio por el mantenimiento del poder que se dirimía entre Magallanes y sus lugartenientes españoles. Diferencias en la ruta a tomar y desplantes varios acabaron en un motín que terminó con algunos ajusticiados y un barco que abandona la expedición precisamente mientras por fin bordean el estrecho que luego será de Magallanes. Después sigue el hambre en la ruta del Pacífico, y la mala política de Magallanes en Filipinas, que paga con la vida y el cuerpo -cuyo destino se desconoce-. Elcano, uno de los traidores iniciales que fue perdonado, toma el mando debido a la suerte de ser el capitán del único barco superviviente. Hasta la página 138 su nombre no se menciona. Tres años después llega a España, con dieciocho hombres de los casi 300 que salieron. Toda la gloria en vida fue para él, y todas las luchas intestinas de la expedición fueron ninguneadas por el peso de la historia oficial de las naciones y sus dificultades ante los hechos deshonrosos de sus héroes. Tres vascos más llegaron en ese barco, Juan de Acurio, Juan de Arratia, y Juan de Zubileta: nadie les recuerda.


Mapamundi de Abraham Ortelius, de 1574

La admiración de Zweig por la figura de Magallanes es máxima, pero eso no le evita ser justo con sus errores, su cerrazón orgullosa y su crueldad en algunos momentos entre ellos. También entiende los motivos de los marineros españoles. En ambos casos es muy atractivo como se sitúa en la psicología de la época, subrayando los valores de prestigio (o gloria), honor y patria como estandartes, ejes de la acción de los personajes en una disputa continua en la que decae el mito de gran expedición internacional que literalmente era. Pero estos valores no se subrayan desde una nostalgia rancia o reivindicadora del pasado, como es habitual en algunos escritores de novela histórica, sino que es una fascinación por describir y comprender semejante arrojo en circunstancias tan inverosímiles. Zweig construye la vida anterior de Magallanes hasta que cruza la frontera y visita a Carlos V como una especie de telaraña de intereses y hechos cruzados que crean casi mágicamente un talento organizador e innovador como el de Magallanes, ante el cual el autor se rinde en reconocimiento y desea otorgarle parabienes admirables que luego ve desmentir por la realidad. Este conflicto, que es también el del mundo ideal frente al mundo real, o incluso el de Dios y el alma frente al hombre y el cuerpo, se pasea de continuo por el libro, escrito desde la Ciencia y la historia tal y como el Zweig positivista las concebía, y de ahí el acierto al interpretar el anhelo de gloria de hombres del Antiguo Régimen -pero ya renacentistas- cuando por fin se abre ante ellos el Océano Pacífico, o cuando llegan a Cebú, o cuando, tan debilitados, son capaces aún de navegar el Índico sin poder entrar en puerto alguno.

Pinceladas del europeísmo de Stefan Zweig se observan desde luego en esta primera constatación de la globalización. Y un reconocimiento inesperado, aunque sea breve: que el honor de la primera vuelta al mundo literalmente realizada y conocida corresponde en realidad al esclavo de Magallanes, originario de las Molucas, desde las que viajó a Portugal, donde vivió, hasta que embarcó en la expedición y siguió en ella hasta alcanzar su tierra, aunque ya su dueño había muerto. Su nombre es Enrique, Enrique el Negro

Únicamente llega la emoción a las cumbres de la bienaventuranza cuando logra remontarse desde las hondonadas del desasosiego

Stefan Zweig (vía)

 

25 de agosto de 2021

Hacia una ejemplaridad pública (3)

 

El tercer ensayo de la Tetralogía de la Ejemplaridad aparenta una centralidad importante en la serie dado que su título mismo, Ejemplaridad pública, subraya el concepto central de la misma. Esa misma sensación se tiene al cerrar el libro, que es un tratado (como decían los antiguos) completo sobre la posibilidad real de una moral ejemplar en nuestros tiempos. Para llegar a ello, Gomá necesita describir cuáles son los conceptos que influyen en el comportamiento ejemplar de hoy en día, por qué se ha evolucionado a ellos desde anteriores estructuras sociales y políticas, y cómo unas y otras afectan al individuo y su posibilidad de ejemplaridad. Todo ello tiene un enfoque filosófico: no se trata de una guía de la ejemplaridad pública, sino de un edificio conceptual que también quiere definir el ser (una ontología) y su comportamiento (una moral). 

Tocqueville: “La igualdad es quizá menos elevada, pero sí más justa, y su justicia constituye su grandeza y su belleza”

Y este enfoque ‘poco moderno’ es muy atractivo, y si está escrito con la intensidad y precisión de Gomá (plenamente consciente de que hace literatura, con libros como Imitación y experiencia, o Aquiles en el gineceo, que tienen clara estructura de tipo dramático) es muy disfrutable. En primer lugar, porque se sale del canon del ensayo actual: el autor no habla de sí mismo ni se pone de ejemplo, apenas hay hechos sociopolíticos concretos utilizados como ejemplo relevante, y el autor no desea romper (infructuosamente) con la tradición del pensamiento de la que bebe, sino que se enraíza en ella para dar su propia visión, que es en concepto rupturista, pero no desea epatar mediante el formato.


Marcuse: “El campo de la necesidad, del trabajo, es un campo de ausencia de libertad porque en él la existencia humana está determinada por objetivos y funciones que no le son propios y que no permiten el libre juego de las facultades y los deseos humanos”

Para Gomá, la democracia igualitaria en que vivimos actualmente en Occidente es tanto un triunfo como una frustración. Se trata de un sistema que se sabe finito porque ha roto con todas las tradiciones seculares que gustaban de proclamar su eternidad, desde las religiones a las patrias identitarias. En su lugar, está habitada por individuos cuya libertad está consagrada por principios legales, y cuya subjetividad es inamovible. Ello lleva a que, por un lado, se sientan únicos, pero, por otro, altamente vulnerables al descubrir que su acción exclusivamente individual no les permite sobrevivir, con la frustración que eso supone a un ego ahora subrayado de continuo. Pero no es casual que este experimento (de apenas 60 años de duración en la historia de la humanidad) sea un éxito en múltiples campos, resumibles cuando menos en que nunca han existido estos repartos de bienes y riqueza, o estos niveles de salud. No obstante, lo cree frágil, fundamentalmente porque, aunque ha sustituido a Dios y a la Patria por leyes y Estado de derecho, éstos no son de momento suficientes para garantizar que la democracia sobreviva. A ésta le faltan modelos, prototipos de ejemplaridad que antes proporcionaban los poderes establecidos que negaban al individuo. A su vez, la igualdad ha traído una normalización educativa extendida al conjunto de la población, que, peculiarmente, en lugar de ser aprovechada para fines que los antiguos considerarían elevados, han creado una cultura de la vulgaridad, síntoma respetable e incluso defendible, por ineludible, del sistema, pero que dificulta la aparición de prototipos ejemplares. Cómo pasar de la cultura de la vulgaridad a la disposición de prototipos ejemplares es una lucha paralela a la que, en Aquiles en el gineceo, Gomá planteaba al respecto del proceso individual de paso del estado estético/adolescente de pureza mental y política al estado ético/maduro de compromiso y madurez ante la negatividad que devuelven la vida y la sociedad.


Nietzsche: “Vosotros, hombres superiores, ese Dios era vuestro máximo peligro. Sólo desde que él yace en la tumba habéis vuelto vosotros a resucitar’

El prototipo de ejemplaridad es un ideal individual inalcanzable plenamente, y sólo puede apreciarse en una vida completa, pero Gomá advierte que no es el perfil público el que necesariamente conforma lo ejemplar, sino que es el privado el que, con su compromiso con las obligaciones de la madurez (resumibles de manera tradicional en la fundación de un hogar y el cumplimiento de un oficio para su mantenimiento) da los indicios del prototipo, que es una tarea en progreso continuo, que debe ser consciente de la finitud del sistema y, por lo tanto, de la esencialidad del ejemplo continuado de cada uno hacia su entorno, pero que tampoco ha de ser de carácter antipático o absolutista, lo que eliminaría claramente el carácter ejemplar del prototipo.

Max Weber: “El destino de nuestro tiempo, racionalizado e intelectualizado y, sobre todo, desmitificador del mundo, es el de que precisamente los valores últimos y más sublimes han desaparecido de la vida pública”

Con este entramado, Gomá construye un nuevo viaje filosófico (más similar en su estructura al primer libro de la serie –si bien más ligero en ambición histórica- que el segundo, que trabajaba en torno a un mito reconocible) en el que he disfrutado mucho sus refutaciones a varios pensadores anteriores. Discrepa plenamente del Ortega y Gasset que también reconoce la vulgaridad igualadora de las masas pero que se lamenta de ello y sólo ve un futuro en unas élites ejemplares que deban regirlo; Gomá define ese modelo como ejemplaridad aristocrática. También discrepa de la distinción radical entre las esferas pública y privada de la vida que Hannah Arendt predica, reservando los comportamientos y vindicaciones vulgares a un ámbito privado en el que no deban considerarse apreciables ni interesantes. Hay también matices de peso para otros: Tocqueville, Weber, o Nietzsche, manejados con soltura espléndida. Me ha gustado mucho leer su proposición de inserción del nihilismo en la modernidad con el subrayado de su clasicismo en las formas (comparando el eterno retorno con la dialéctica hegeliana/marxista y a la vez con la resurrección cristiana), y, en varios pasajes, por la casualidad de haber leído hace poco Brujería y contracultura gay, he sentido que Gomá rebatía directamente la militancia animista idealizada de Arthur Evans:

La drástica desvitalización y des-animación del mundo desencadenada por la ‘distinción real’, que desmonta la unio mystica de la ontología arcaica y clásica entre el cielo y la tierra, dejaron franco el camino para el racionalismo científico positivo, y para el estudio, transformación y dominio de la naturaleza.


Habermas: “El hecho de que con el Estado social y la democracia de masas el conflicto que caracterizó a las sociedades capitalistas en la fase de su despliegue haya sido institucionalizado y con ello paralizado no significa la inmovilizacióin de toda suerte de potenciales de protesta, que surgen en otras líneas de conflicto (…) Los nuevos conflictos se desencadenan no en torno a problemas de distribución, sino en torno a cuestiones relativas a la gramática de las formas de la vida.”

Tengo de todos modos una sensación particular con el lenguaje empleado en Ejemplaridad Pública. No es un tema menor, creo, primero porque desde el primer libro Gomá habla del lenguaje como problema filosófico del siglo XX, y porque aquí lo enfatiza así en el contexto entre lo individual y lo comunitario (esencial también en definir el alcance de la libertad):

El ‘giro lingüístico’ de la filosofía en el siglo XX, el descubrimiento del carácter constitutivo y previo del lenguaje común o natural no formalizado, es una manifestación de esa vuelta a una realidad lingüística presubjetiva, sobre la que han insistido en particular la hermenéutica y últimamente el comunitarismo.  Cuando el yo autónomo piensa, lo hace usando un lenguaje y, como el lenguaje es un producto social, su pensamiento, aun el más íntimo, se expresa forzosamente con palabras prestadas, nunca propias; a través del lenguaje, pues, la sociedad se cuela hasta en los momentos de mayor autoconsciencia del yo.

Mi circunstancia es el uso por parte del autor de expresiones como vulgaridad, buenas costumbres, virtud, barbarie, buen gusto… que le obligan con frecuencia a explicar que no se trata de insultar o de reconocer costumbres conservadoras o gazmoñas. Pero los términos usados presentan también una carga moral por su propia historia de uso anterior. Cierto que Gomá usa científicamente un arsenal razonado de definiciones, y no es autor al que espere hollar el camino del lenguaje inclusivo o políticamente correcto (es más: es francamente magnífico el dominio de la terminología filosófica clásica, hasta el punto de que considero que, junto a su sentido del ritmo narrativo, le convierten en un literato de primer orden). Por ejemplo:

No ha sabido destacarse hasta ahora hasta qué punto la vulgaridad ambiente es el final de un largo y costoso proceso de refinamiento ético colectivo, de un nuevo humanismo, en suma, que se toma en serio y lleva a sus últimas consecuencias la universalización de los derechos de la subjetividad a todo ser humano.

Pero, será prejuicio de activista o de postmoderno, no dejo de preguntarme si estos términos no ayudan precisamente a una lectura simplificada de sus ideas, por parte de la vulgaridad mayoritaria, bajo el paraguas de lo que el mismo autor llama la ejemplaridad antipática. A esa sensación contribuye una lucha soterrada que aprecio entre los logros de nuestra época escéptica y relativista, finita y cientifista, y cierta nostalgia de la seguridad de un mundo de valores fácilmente diagnosticables, a pesar de las mayores desigualdad e injusticia que suponían (¿podría entenderse como un añorar la adolescencia, siguiendo la analogía de este análisis con el del anterior libro?). Este punto nostálgico se revela con más pasión en un punto determinado: la visión del arte moderno, al que Gomá recibe con una breve invectiva (espléndidamente escrita y divertida, por otro lado) sobre los males que el individualismo centrado en la experiencia y el ego estéticos han impuesto en la expresión artística, que temo necesitaría más desarrollo y análisis profundo, porque, aunque tiene su reflejo no cuestionable en la realidad, me resulta difícil compartirla de manera general ante el infinitamente diverso universo artístico actual.

En fin, el prototipo de ejemplaridad y su actuación están definidos. El ciudadano ejerce ejemplo incluso sin querer, y que sea positivo resulta en su interés y el de su descendencia y especie. De la existencia de prototipos depende el futuro de la experimental democracia actual como sistema, ya que está sometida a la asunción propia de que puede desaparecer ya que no la sustenta ningún valor eterno, y porque es nacida de un nihilismo entre cuyas vertientes las hay que la desacreditan sistemáticamente. Gomá parece confiar en que existirá este grupo de ciudadanos ejemplares (nunca élites, sino recrecidos de su vulgaridad asumida) que construirá los valores del futuro de la democracia, apelando sin entrar en ello a una especie de comunidad de ejemplaridades. Pero, ¿cómo pasar de la ejemplaridad del prototipo al valor social o comunitario respetado o imitable por el grupo? ¿Cuál es la metodología? No es, al menos solo, la educación (pues su normalización lleva a la vulgarización, y además tiene límites ya expuestos en Aquiles en el gineceo), tampoco es una red conexa de prototipos (que inocularía un gen de elitismo), y la existencia de ejemplos concretos y discretos en círculos de influencia reducidos se antoja azarosa. ¿Quizá en Necesario pero imposible, el último volumen de la tetralogía? La aventura sigue; veremos… De momento, Ejemplaridad pública explica de manera impecable la realidad política, enlazándola con el ser moderno y su moral, describiendo sus peligros profundos y las causas últimas de nuestra situación… ¡sin mencionar la actualidad! Eso es no ya inaudito, es grandioso.


 Javier Gomá (vía)

 

 

 

 

 

 

 

 

12 de agosto de 2021

Exotismo y modernidad



El imaginario español en las Exposiciones Universales del siglo XIX es un libro que estudia la imagen de España desde la perspectiva peculiar que da el estudio de su presencia en las Exposiciones Universales celebradas en la segunda mitad del siglo XIX, desde 1851 (en Londres) a 1900 (en París). La imagen tanto dentro como fuera del país, que se retroalimentaron convenientemente. Se trata de un libro bello, con multitud de fotografías e ilustraciones, lleno de situaciones sorprendentes, y que supone un conjunto revelador de la construcción identitaria española en primer lugar, pero también del resto de naciones, especialmente europeas. También está muy documentado: las crónicas e informaciones originales de dichas Exposiciones son lógicamente la base del trabajo, que, por lo que aparece en la bibliografía, parece la edición de una tesis doctoral.

 

Andalucía en el tiempo de los moros fue una atracción de París 1900 en la que ‘se reconstruyeron la Giralda, la Alhambra, el Real Alcázar, una villa toledana -donde se fabricaban panderetas y guitarras- y un gourbi, “uno de esos pueblos árabes, tal y como existían en la Edad Media en el mismo corazón de Andalucía”’

Las buenas voluntades de los hombres y países que organizaban las Exposiciones Universales del siglo XIX eran en realidad reflejo de una concepción del mundo profundamente equivocada. El siglo fue profuso en declaraciones de la inapelabilidad del progreso y del triunfo de la razón universales, pero las grandes potencias sin embargo usaban las Exposiciones como escaparate de la competencia de sus industrias, utilizadas (con las convenientes críticas autóctonas de carácter nacionalista en ocasiones, y racistas o xenófobas en la mayoría), para subrayar una posición de poder o privilegio, pero no de colaboración. En ese contexto, a España le resultaba imposible zafarse de la imagen de retraso, de imperio venido a menos, y de decadencia académica y científica, en la que sólo parte del arte, el folklore, y la imagen exótica (la reiterada asociación superficial a la cultura árabe) obtenían el reconocimiento de la crítica internacional. Y aunque en el tópico del retraso había verdad, el país se veía forzado -con gusto, por otro lado- a ofrecer la imagen que le era demandada.


Fiesta marítima en la inauguración de la Exposición de Barcelona de 1888, en La Ilustración Española y Americana

 

Las Exposiciones eran altavoces de los países exhibidores, y un conjunto de galerías de maravillas del mundo. Ayudaron a crear un fenómeno masivo como el turismo, descubriendo países a sus visitantes, que, aún lejos en el arte de interpretar exposiciones o el trabajo de sus comisarios, creían con fe ciega que los pabellones de cada país los representaban verazmente, fomentando probablemente así mucho más las diferencias basadas en estereotipos que las conexiones entre países, sociedades, no digamos ya clases. Eran en teoría lugares donde las naciones se reunían pacíficamente a la par que exhibían su cada vez más desarrolladas armas de guerra, que a veces usaban en conflictos entre ellas en los períodos entre Exposiciones. También podían cambiar definitivamente las ciudades en que se alojaban, con edificios e instalaciones emblemáticas que permanecían, como la Torre Eiffel o el Parque de la Ciudadela.


Flamenco en Hondarribia: ‘Dos pasos más… y estamos en España. El pueblo que vemos es Fuenterrabía, dominado por la torre de (…) Y en primer plano, ruido de guitarras y de castañuelas. Las manolas ejecutan sus bailes hechiceros’. Foto de los hermanos Neurdein y Maurice Baschet publicada en Le Panorama. Exposition Universelle 1900), era la imagen de España en una atracción sobre una Vuelta al mundo, que ofrecía la Exposición.

 

Las Exposiciones son una especie de negativo de la fotografía que nos da el siglo XIX en aspectos históricos, científicos o filosóficos. Un espejo de lo que sobre todo Occidente deseaba ser sin notar la propia arrogancia colonial, o el monstruo de las guerras tecnológico-nacionalistas que estaba germinando en su seno. El libro estudia estos aspectos entre la utopía y el desastre, trabaja en profundidad los conceptos del poder que alentaban la organización de los eventos, y, lógicamente, atesora una cantidad de bizarrías por otro lado muy reconocibles, adscritas al acervo cultural que hemos estudiado, en ocasiones para nuestro propio horror. Eso sí, es una lectura exigente entre las innumerables referencias y el análisis académico, si bien entrado éste en materia, resulta rico y múltiple, combinado además con el gozo estético de las muchas y estupendas ilustraciones.

3 de agosto de 2021

Perdona, ¿que lees qué?

 




He recuperado la lectura de poesía tras años de abandono. ¿Por qué dejé de leer poesía? He intentado buscar razones y algunas han resultado ser prosaicas:

1.- Me deshice de una bicicleta estática en que tomé la costumbre de leer poemas declamándolos en voz alta mientras pedaleaba. Era una excentricidad, pero también la poesía lo es. Nadie me creía cuando lo contaba, o bien se reían mucho. Bueno, en los entornos industriales en que trabajaba, claro, allí donde me respondían ‘perdona, ¿que lees qué?’

2.- Me enamoré perdidamente. El enamorado no debe leer poemas, pues ya está tocado por los dioses. O, incluso, debiera ser musa y no poeta.

3.- No superé el efecto de leer con detenimiento, admiración, devoción e ironía a una poeta grande como pocas: Wislawa Szymborska. Derrumbó mi tópico principal con la poesía: leerla en su idioma original si es que lo puedes entender. Con ella me dio igual, brilla por encima de las traducciones, las licencias, los truenos, los gatos y los superhéroes, y sus libros se cierran cantando oh dulce misterio de la vida, por fin te he encontrado.

4.- Cometí el error de confiar en las antologías. Lector de poesías, créeme, sobre todo si (ya) no aspiras a crear versos: las antologías, especialmente las seleccionadas, son un fraude al autor y al lector. Son agotadoras, pesan mucho (y no es lo mismo soportar un kilo de libro para leer endecasílabos sinecdóquicos que para seguir la pista de arqueros elfos de inaplazable puntería), y se traiciona el sentido cerrado de un libro controlado de poemas, pensado para una publicación y una emoción únicas y concretas.

5.- Me enfangué en una lectura de los Sonetos de amor de Shakespeare, en castellano e inglés, llevado un poco por el deseo de mirar su deseo, recordando siempre al santo mártir Oscar Wilde, pero también por admiración infinita por el autor. Los sonetos son estupendos, la traducción de Agustín García Calvo es un trabajo inmenso en busca de recoger el sentido, respetar el formato y encajar rimas (por encima de respetar el verso en sí), pero cada soneto me costaba un kilo de peso. A veces retomo el libro y leo el Soneto XX y escucho a Rufus Wainwright, aunque sin vestirme de Isabel I.

Recientemente he vuelto a leer poemas de manera continuada, pero ya con otra estrategia, que resulta más ligera, y que espero cumplir. Ha habido no obstante alguna caída esporádica en este interregno lector. Un poco de Sylvia Plath, que reseñé aquí y al que llegué por su temática incorrecta (básicamente, para Plath la maternidad es un horror irresoluble), y de Herberto Helder, al que erróneamente no reseñé y que consecuentemente he olvidado. También los Versos con faldas, claro. Pero ésta era antología de autoras y me dejó con la miel en los labios de buscar libros de varias de ellas, sin éxito… La nueva estrategia ha tenido hechos favorecedores y acciones que se van revelando atractivas:

1.- Me regaló @JaniGV cuatro libritos de poesía contemporánea vasca, de autores que nos circundan, pero en los que no caigo, quizás por prudencia injusta por la interpretación localista, que sucede demasiado en la vida diaria. El caso es que son obras ligeras en peso, cerradas en sentido, libros que pueden releerse, y que, colocada su lectura entre los tochos ensayísticos que últimamente me da por leer, aportan frescura (locura, desatino, sorpresa) al destino de una vida como lector.

2.- Las bofetadas continuas de una pandemia alucinante me ha colocado, como a tantos, en el precipicio tan atractivo de las emociones profundas. La sensibilidad poética por diversa que sea parece también explicarnos más en momentos puramente motivos. Tal vez porque el lenguaje que busca sus propios límites conecta con nuestras cabezas y cuerpos desesperados, tal vez por aquello de que la revelación epifánica también es un modo de conocimiento.

3.- Me avergüenza un poco, pero me resulta más fácil seguir poetas en las redes que visitar tertulias poéticas o asistir a lecturas de poemas; cuando lo he hecho, esporádicamente, la seriedad de los entornos y declamaciones me excluían, tal vez también por pudor ante la desnudez emocional del prójimo observada en público, o tal vez porque queriendo desencorsetar la literatura de la intimidad lectora se consigue encorsetarla en cierta veneración impostada. El caso es que Twitter es un altavoz peculiar entre lo público y lo privado que me ha hecho levantar un poco la pestaña.

4.- Entre la pila de libros a leer que la vida me ha ido almacenando hay una ración de poesía esperando su turno, heterogénea y fuera de toda intención de selección racional. Incorporarlos a las listas de lecturas era un deber, aunque hay algunas antologías cuyo manejo me provocará disensiones. No obstante, debe hacerse.

En fin, vayan unos breves:

1.- Las voces de la nada, de Beñat Arginzoniz, está atravesado de angst y desamor extremos; me resulta reconocible por las ansias de pasión de intensidad postadolescente y la tentación romántico-existencialista. Arginzoniz es figura cultural de la ciudad, editor -de El Gallo de Oro, editorial bilbaína de poemarios-, traductor y ensayista. Junto al caos que atraviesa estos versos, también me impresionan que el prólogo sea de Panero y que la foto del autor sea un retrato de Ameztoy.

2.- De Javier Aguirre Gandarias he leído dos libros (los dos en El Gallo de Oro), y uno de ellos contiene una sorpresa increíble, que recoge esta foto:

En la dedicatoria veo una pluma inestable y temblorosa; es la (pen)última obra del poeta, titulada La playa vacía, y la verdad es que me emocionó, porque además de que regalar un libro dedicado nominalmente por el autor es currárselo mucho (aplausos por ello para Jani), el autor murió mientras tenía el libro en espera... Aguirre Gandarias escribe poesía muy limpia, observa una realidad aparentemente plana con la que juega a la paradoja y la ironía, y que transmite una sencillez desarboladora. Claro, recuerda a Pessoa, pero también a Szymborska, que son poetas que conozco, tanto aquí como en Nube y cuchara (de 2002). Es inevitable siempre ver un tono testamentario en las últimas obras de un autor. La playa vacía contiene poemas cortos, y la depuración termina con el último poema del libro, La playa:

No hay gritos más altos que los de las nubes en la playa vacía


3.- ¿Por qué tenía yo un libro de Eugénio de Andrade en las estanterías? No lo sé, conserva la etiqueta de compra (2011) y supongo que la portada explícita sobre el pecado inefable de los griegos y algún comentario me llevaron a comprar Oscuro dominio, de la ya más extendida editorial Hiperión (¿dónde si no, considerando que dedica el último verso a Hölderlin?). Aparte de su fama en la poesía portuguesa, lo cierto es que no conocía más de de Andrade, y el libro ofrece lo que promete: sensualidad, sentido de deseo que debe ocultarse, claro subtexto homosexual, aunque sea por omisión: de Andrade describe sexualidad frente a un contrario corpóreo, físico, sexual, pero sin sexo definido. La lectura añade tanto el placer de las ediciones bilingües con un idioma tan hermoso como el portugués, como la aventura de pedir al autor que en cada poema ilumine más esa oscuridad en la que se desarrolla tanto ardor. No es extraño que conociera y visitara a Cernuda.


4.- Quedaban, sí, libros de Szymborska sin leer en casa. Ediciones nuevas de poemarios menos conocidos, como Canción negra, en el que Szymborska escribe sobre la postguerra, y, claro, salvo algunas excepciones, son sus versos de una negritud inesperada en ella, sin ironía apenas, de una profunda desesperanza.

En fin, hay que seguir. Lo malo es que lo siguiente es una antología completísima de Joan Margarit. A dividir por libros, espero…

 

Javier Aguirre Gandarias (vía)


Eugénio de Andrade (vía)


Wislawa Szymborska (vía)


Beñat Arginzoniz (vía)

 

 

 

 

 

15 de julio de 2021

Brujería y contracultura gay



Brujería y contracultura gay desarrolla en sus varios capítulos la tesis de que paganismo y homosexualidad tienen una relación de milenios, que esa asociación fue la causa principal de la persecución que la Iglesia sostuvo, especialmente en la Edad Media, contra brujas, hechiceros y otros herejes.

Sostiene su autor, el filósofo y activista Arthur Evans, que, desde las creencias animistas prehistóricas, homosexuales y mujeres dominaban los grupos humanos, crearon divinidades relacionadas con la naturaleza (con dos figuras principales más o menos perpetuadas en las diferentes culturas, la madre y el dios cornudo), que se practicaba en ellas una magia naturalista de respeto a la naturaleza, con sexo libre, amor comunitario y aborto natural; esta Arcadia potente y duradera, basada en los instintos humanos, fue combatida poco a poco por la llegada del raciocinio filosófico, encarnado ya en Grecia y Roma (sociedades que para sostener sus instituciones desarrollaron entidades militares masculinizadas que negaban los valores naturales anteriores y comenzaron con su paulatina destrucción), y cae definitivamente con la oficialidad del cristianismo, que cuando toma las armas asocia las herejías al antiguo paganismo y acusa a sus practicantes de sodomía y así los ajusticia. El paganismo y la magia naturales no obstante perviven con fuerza en los ambientes rurales (las tradiciones célticas serían el mejor ejemplo en Europa, mientras que en otros continentes pueden rastrearse muchos más), y la Iglesia debe aplicarse con constancia a esta lucha de poder que podría destruir su estatus. Evans no encuentra institución que pueda salvarse: la universidad, la ciencia ilustrada, el liberalismo, el estado absolutista, el industrialismo, o el socialismo marxista clásico, son instrumentos de un progresivo dominio de una sociedad blanca, heterosexual, y reproductora, obsesionada con aplastar el poder de la magia sexual pagana. No, en efecto, el marxismo no se salva pues es origen de un industrialismo explotador en el que el capitalista es sustituido por el Estado. La fábrica (y con ella la modernidad, la ciencia y la medicina científica), como antes la Iglesia y antes la agricultura, fomentan una superpoblación inmanejable que obliga a disponer de estructuras coactivas y se refugia en estos argumentos para impedir el desarrollo de nuestra naturaleza real.


Antes de analizar el libro necesitaba realizar este resumen para poder situar al lector, dada la evidente controversia que busca, con una pasión encomiable, el autor, claramente deseoso de reinterpretar la Historia convencional de la humanidad, y darle un nuevo sentido general. Esa pasión no se respira sólo en las ideas, sino también en la escritura, vertiginosa y taxativa, cuando no arrolladora, sin espacio a la duda o a asumir contradicciones, salvo alguna pequeña excepción, y con un aliento visionario cercano a la profecía. En este sentido, el texto es adictivo y está construido con enormes pulso y determinación.

Cierto es que en las ideas expuestas hay más problemas. Uno de los más importantes ya se menciona en el epílogo del editor en castellano, Josep Guardenyes, y tiene que ver con la idealización de las sociedades humanas prehistóricas, donde Evans interpreta los indicios arqueológicos o artísticos con una exaltación excesiva que niega hambrunas, luchas de poder entre tribus, problemas médicos, migraciones dolorosas, etc. Pero se pueden añadir más: categorías modernas para definir situaciones no ya premodernas sino prehistóricas, acercamiento histórico a los acontecimientos mediante una tesis original a la que ajustar los hechos, e interpretación unívoca de los testimonios. El desprecio por la razón y la ciencia podría justificar la discursividad del texto, pero también es cierto que el autor se preocupa de utilizar múltiples fuentes y de añadir una cronología prolija -especialmente abundante en cuanto a edictos y declaraciones eclesiásticas de herejía, sodomía y brujería, con frecuencia compartiendo dos o tres de estos parámetros-, lo cual indica que no se encuentra liberado del propio método occidental de trabajo crítico. Cierto es que al libro no le hacen gran favor sus prólogos, que le afean el lenguaje (poco inclusivo para nuestros tiempos), aunque lo disculpan contextualizándolo a su época; muestran así su propia arrogancia paternalista y su interés en interpretar un libro escrito en 1978 bajo el contexto de 2015. Uno de estos prólogos llega a afirmar que da hasta cierto punto igual que la historia narrada sea falsa, si es que acaso es justa… Cuando al final del libro el autor aboga por una salida enfocada a la economía de la magia (algo que ciertamente en los años setenta, cuando está escrito el libro, podía tener más predicamento en, por ejemplo, la aún implantada contracultura hippy), y pide también una necesaria revolución cruenta en beneficio de una mayoría que ha de desear luchar contra el régimen establecido, como lector ya comprendes el desatino.

Es una pena. El texto es lúcido en la interpretación de indicios, y su discurso de luchas conceptuales entre magia y razón/religión es vibrante. También es valiente en su adscripción del marxismo a los modos de opresión occidental. La historia de la caída de la comunidad gay-lésbico-trans, junto a las mujeres, de una poderosísima veneración primigenia, es sorprendente, pero me resulta inverosímil, en parte porque el autor parece verdaderamente creyente en las fuerzas del animismo. La aproximación procede en parte del discurso de clase: ésta es la historia del ninguneo activo de la memoria LGTBI, que nunca supo constituirse y fue exterminada.

Hace años leí un libro sobre la homosexualidad de los piratas británicos de los siglos XVII y XVIII, un libro de historia titulado Sodomy and the Pirate Tradition, de B. R. Burg, que incidía con asumida modestia en subrayar la relajación de costumbres de un periodo determinado gracias a datos indirectos (ausencia de penas, reyes de vida alegre, presencia de cartas, factores demográficos, etc.) que no permitían afirmar categóricamente los hechos recogidos de modo inconexo de aquel tiempo, pero sí observar una realidad a descubrir y explicar. La aproximación, la metodología, es de una diferencia abrumadora, claro. Supongo que, para Evans, Burg sería un historiador abducido o cómplice. El caso es preguntarse si la causa justa (fácilmente demostrable por ejemplo en todas las estúpidas sentencias de sodomía de la Iglesia) requiere este tipo de discurso (otro tipo de conexión divina, en verdad) para su movilización. Si este modo es el mejor para hacer consciente a la sociedad de la persecución histórica de una comunidad que no existía como tal. A mí me deja frustrado, en verdad.

Arthur Evans (vía)

 

 

 

 

 

 

 

26 de junio de 2021

Sobre los libros

 

La biblioteca en llamas es un libro de Susan Orlean (autora de El ladrón de orquídeas)que cuenta la historia de la Biblioteca Central de Los Ángeles tomando como foco el incendio que sufrió en abril de 1986, un acontecimiento casi olvidado porque compitió en los informativos con la explosión del reactor nuclear de Chernóbil. Orlean escribe un libro con dos ejes entrecruzados que convierten la lectura en un ramillete de géneros: por un lado, el incendio en sí, su juicio y la investigación, que deriva también en el estudio del único imputado que tuvo el caso; esta parte tiene un matiz de historia policial y jurídica. En segundo lugar, Orlean presenta una historia de la Biblioteca de Los Ángeles: su fundación, sus directores y directoras (no son menores las cuestiones de género explicadas en el libro sobre la dirección y la plantilla de la biblioteca a lo largo de las décadas), la construcción en 1925 del edificio central diseñado por Bertrand Goodhue que sufrió el incendio de 1986, y las diferentes políticas y avances técnicos que la biblioteca ha tenido, además del anecdotario histórico de trabajadores, donaciones, visitantes y situaciones.

El incendio de la Biblioteca Central de Los Ángeles, en foto de Ben Martin (vía)

Ambas líneas se relacionan en algunos puntos, lógicamente: la recuperación de los libros tras el incendio, el impacto en la ciudad, etc.… y tienen fugas digamos narrativas y emocionales hacia la historia -voluntaria o no- de la destrucción de libros, la relación sentimental de la autora y su familia hacia los libros y las bibliotecas, o el funcionamiento diario en sí de la biblioteca, sus actividades y competencias, en un marco similar al apasionante documental de Frederick Wiseman Ex Libris, centrado en la Biblioteca de Nueva York.

La estructura es, desde el punto de vista literario, lo más apasionante de este libro, donde es visible la capacidad de una novelista actual para desarrollar estas líneas comentadas, además de cierta maestría aparentemente casual para definir la piscología de los protagonistas, sin que ninguno asuma un protagonismo central (que es en realidad para el edificio). El relato avanza con una agilidad enorme, y relaciona tal cantidad de hechos históricos y personajes particulares que, junto al tono comprensivo e incluso tierno de la autora, por momentos profundamente humanista, la lectura es adictiva, casi irresistible. Nótese por ejemplo un recurso tan sencillo como iniciar cada capítulo con cuatro referencias bibliográficas de la propia biblioteca, que sustituyen al título potencial del capítulo, proponen así lectura adicional, y establecen un nivel metafórico imaginativo sobre el contenido del mismo.

En este marco tan exitoso mi reflexión tiene de todos modos alguna duda, una vez pasado el fuego pasional de la lectura y observadas las cenizas que deja en el ánimo. Una tiene que ver con la inabarcabilidad real del trabajo de la biblioteca, que creo que se le escapa algo de las manos a Orlean en el último cuarto del libro, cuando ya los capítulos son más cortos y el anecdotario tiene una relación más difusa con las líneas centrales del relato. La sensación es que el libro debía haber tenido bien cien páginas menos, bien cuatrocientas más, para honrar realmente el tema (un apunte: el título original del libro es The Library Book y no hace referencia al incendio). Por otro, aunque el libro esté repleto de amor y no falto de cultura, y aunque es un logro que los conceptos profundos que contiene se presenten de manera asequible, el mismo caudal de temas deja tantas materias apuntadas o inacabadas, que es fácil sentir frustración lectora. Con múltiples apuntes: la historia del Dust Bowl, el VIH en los años ochenta en Los Ángeles, la integración racial y la exclusión social, etc… En favor de una emotividad en general bien transmitida se acaba sacrificando foco o rigor en asuntos que reclaman su concentración, y que se diluyen en la amplitud digamos renacentista de los intereses de la autora.

A este libro llegué gracias al documentalista constante Ismael Alonso, a quien se lo agradezco con las reverencias habituales que sabe que le hago.


Susan Orlean (foto de su propia web)


 

 

 

 

13 de junio de 2021

La mala luz

 

En uno de los escasos textos de autoría específica propia de Svetlana Alexiévich en Voces de Chernóbil, la autora afirma que

Los héroes de Chernóbil tienen un monumento. Es el sarcófago que han construido con sus propias manos y en el que han depositado la llama nuclear. Una pirámide del siglo XX

Como cualquier gran acontecimiento mundial, el accidente nuclear de Chernóbil, sucedido en abril de 1986 en Ucrania junto a la frontera bielorrusa y dentro de la antigua URSS, proyecta una fuerza histórica sobre el pasado y sobre el futuro, y atesora enseñanzas paradójicas y metafóricas por doquier. La cita anterior de Alexiévich es una de las más interesantes, ya que la luz, símbolo del progreso racional y origen de la Ilustración y germen simbólico de la Ciencia cuyo devenir llevó al progreso atómico, es aquí no sólo cegadora, sino tóxica y venenosa. Sucede porque la luz en la era cuántica es otro paradigma, y es función del poeta subrayar su nuevo poder.


Primer sarcófago de Chernóbil (vía)

Voces de Chernóbil, como El fin del Homo Sovieticus, es un libro resumen de relatos de vida. Diez años después del accidente, Alexiévich entrevista a una gran cantidad de personas que vivieron o sufrieron (ellos o sus familiares) el accidente y/o sus consecuencias. La nómina es enorme: bomberos, ejército, liquidadores de diferente tipo -desde los encargados de desmantelar instalaciones a los cazadores que mataron a los animales de granja y domésticos-, científicos, políticos, vecinos, y más… Con los relatos de vida se conforma una visión histórica valiosa, que pone el acento en las personas y su, en este caso, sufrimiento en ocasiones inimaginable, y que permite rebajar la escala de los grandes acontecimientos a lo humano. Para cuando Alexiévich investiga y escribe su libro, la URSS ya ha desaparecido, y el desencanto de la población es enorme, vinculándose ambos acontecimientos de modo directo:

El gran imperio se ha hecho pedazos. Se ha desmoronado. Primero Afganistán, luego Chernóbil. El imperio se ha derrumbado y nos hemos quedado solos. Me cuesta decirlo, pero nosotros... Nosotros amamos Chernóbil. Lo queremos. Representa un sentido para nuestra vida, que hemos reencontrado. El sentido de nuestro sufrimiento. Da miedo decirlo. Lo he comprendido hace poco. (Natalia Arsénievna Roslova, presidenta del Comité de Mujeres de Moguiliov 'Niños de Chernóbil')

Así, parece lógico que Alexiévich acabara escribiendo El fin del Homo Sovieticus, claro, un libro que con el tiempo deja mejor recuerdo que Voces de Chernóbil, donde Alexiévich parece más cómoda en un papel de retransmisora (el propio título lo avanza), y la estructura de monólogos no parece implicar una línea argumental, o una división analítica, a pesar de la existencia de tres partes de títulos parabólicos. O es tan sutil que al menos yo no he conseguido encontrarla. En esto se diferencia de su libro sobre el fin de la URSS, y, en ese sentido, son más entendibles las críticas sobre el Nóbel concedido en 2015 a Alexiévich, en el sentido de dudar sobre la autenticidad de una autoría verdadera. Ello no obsta a que Voces de Chernóbil cuente con numerosos episodios de profundidad humanista y alto valor literario en sí, de gran capacidad emotiva y, como decía antes, metafórica. Un ejemplo:

Entre la gente que trabajaba en la central de Chernóbil había mucho campesino. Por la mañana trabajaba en el reactor y por la tarde, en su huerta, o en la de sus padres en la aldea vecina, donde las patatas todavía se plantan con la pala, y el estiércol se esparce con la horca. Extraen la cosecha también a mano. Su mente existía en estos dos ámbitos, en estas dos eras: en la de piedra y en la atómica. En dos épocas. Y el hombre, como un péndulo, se movía constantemente de un extremo al otro. (Alexander Revalski, historiador)

¿Algunas parábolas pueden incluso superar las intenciones de Alexiévich? Esta llamada a lo primitivo (no exenta de discurso en lo que fue la Revolución Soviética, por aquello de alcanzar el comunismo en un país agrícola no demasiado industrial que no había pasado por una revolución liberal) se relaciona con la tierra -hay más referencias, una constante: las cantidades de superficie que fueron extraídas para evitar la contaminación de la agricultura-, el átomo y la radiación son la llama nuclear (el fuego), el agua participa de manera clave en los reactores, y el aire… bueno, el aire en que residen los radionúclidos invisibles es el agente finalmente asesino. Que los cuatro elementos de la mitología y del misticismo alquímico aparezcan en el mayor accidente tecnológico conocido es una figura literaria de impacto.

Otra reflexión cultural de interés a partir de Voces de Chernóbil surge para mí en Chernóbil, la miniserie de televisión de 5 capítulos estrenada en 2019, que vi antes de leer el libro. La información sobre la serie dice que se basa en gran parte en Voces de Chernóbil, y aun siendo cierto que en el texto se reconocen claramente varios episodios y momentos retratados en la serie (la historia del bombero y su mujer, los liquidadores de animales, etc…), en el libro hay muy escasa mención a las causas técnicas del accidente, o a la gestión directa del mismo tanto en el momento en que se produce como posteriormente. El personaje principal de la serie, Valeri Legasov (coordinador científico del comité investigador del accidente), apenas se menciona en un par de ocasiones en el libro. La serie lógicamente cuenta con otros informes para su dramatización, y otorga un mayor peso a la explicación técnica y al impacto político a escala mundial que supuso. Curiosamente, los protagonistas de Alexiévich ya mencionan eso sin, por así decir, conocer las intimidades del reactor nuclear soviético tipo. Es muy peculiar como artefacto cultural porque en cierto modo Chernóbil, la serie, es un epítome del cine de catástrofes que tanto triunfara en los años setenta del siglo pasado pero que ha seguido estrenando productos desde entonces, virando un tanto de los desastres producidos por una ingeniería humana ambiciosa y defectuosa -El coloso en llamas, Aeropuerto- a las catástrofes ambientales y/o climáticas -2012, El día de mañana-, pero usando un texto muy adecuado para mejorar el habitualmente mediocre dibujo psicológico de los personajes de las dramatizaciones de estas catástrofes. Mi tesis es que la aproximación de la serie es más acertada que la del cine arquetípico de catástrofes gracias en parte al tratamiento humano de Alexiévich en su libro, que es más reflexivo que narrativo, pero sin obviar que el guion ha sido hábil en la representación del dolor y su relación con la política, con sus ambiciones, e incluso con el destino humano. Y eso está todo en este libro, al que el calificativo de impresionante le resulta muy literal.

Svetlana Alexiévich en 2016 (vía)