15 de noviembre de 2020

Gabinete de maravillas

 


Olga Tokarczuk es la escritora polaca ganadora del Nobel en la extraña edición doble de 2019, junto a Peter Handke. Cumpliendo esa función maravillosa de descubrir escritoras de literaturas menos publicadas, el Nobel ha permitido edición y publicidad. Los errantes se publica originalmente en 2007, y su traducción al inglés gana el International Booker en 2018, pero se publica en castellano tras conocerse el Nobel, en noviembre de 2019, y ya le da tiempo a ser uno de los libros más valorados del año.


Tumba de Chopin en París (vía)

Y con motivos: Los errantes es un libro estupendo, experimental en forma y fondo, con una aguda capacidad de observación del mundo moderno globalizado y sus habitantes, y una habilidad peculiar para relacionar la vida presente con el pasado que, en la visión particular de Tokarczuk, siempre ha venido anunciando lo que nos sucedería.


Estudios anatómicos de Philip Verheyen (vía)

Una idea general aparentemente autobiográfica recorre la novela: Tokarczuk es una errante profesional, alguien que no puede dejar de moverse, que encuentra en el movimiento su razón de ser, y a la que obsesionan los límites del mismo, en el espacio y en  el tiempo. A partir de esta idea, Tokarczuk ofrece apuntes que pudieran ser el diario de una viajera anónima, e intercala pasajes más largos, en parte relatos autónomos, alguno dividido en partes separadas por otros subcapítulos del libro, y que en conjunto podrían ser incluso pequeñas novelas. Todo ello, creo, intenta crear una atmósfera algo descreída de la vida, apegada por un lado a las curiosidades de la Historia, y, por otro, a las contradicciones de la modernidad. La autora hace referencia más de una vez a las Wunderkammer, los gabinetes de piezas maravillosas de coleccionismo populares en las cortes y aristocracia europeas desde el siglo XVI, que son protagonistas de dos relatos y a la par funcionan como parábola general de libro, una obra preparada a partir de piezas individuales para gozo y conocimiento de su audiencia (el lector), pues cada uno encierra su maravilla particular, y al que el dueño del gabinete (Tokarczuk) consigue con su personalidad dar una distinción y seguimiento único y particulares.


Angelo Soliman (vía)

Mi experiencia lectora de Los errantes, no obstante, ha tenido que luchar contra mi escepticismo por este formato aparentemente experimentador, con este encaje forma/fondo aparentemente atractivo aunque no especialmente original, cuya construcción me decepciona un poco, por cuanto veo que le subyace cierto interés en coser un libro a partir de retazos literarios, de entradas previas, de historias cortas de vínculo débil. Un libro que en el pasado partiría de relatos olvidados en un cajón, y que hoy parecería construido a partir de entradas de Facebook (es curioso haber tenido esta misma sensación con Ordesa, que precisamente ha compartido el reconocimiento alto de la crítica junto con Los errantes en 2019). Con Tokarczuk he vencido esta resistencia por la calidad literaria, por el dominio en la observación de la constancia del sentimiento con el tiempo. Sus relatos históricos son reales y bastante fascinantes: cómo llegó el corazón de Chopin a Polonia a pesar de haber sido enterrado en Père Lachaise, los escritos que Philip Verheyen, un anatomista holandés del siglo XVI, dedicó a su pierna (que le amputaron de joven y que viajó con él durante toda su vida conservada en mezclas alcohólicas), o las cartas de la hija de Angelo Soliman, un cortesano negro de los príncipes de Liechtenstein, al emperador de Austria para que le deje enterrarlo en lugar de mantenerlo disecado en su gabinete de maravillas para deleite de los amiguetes de la realeza. La taxidermia es objeto del interés de Tokarczuk, tanto técnica como simbólicamente, aunque creo que la metáfora que le interesa no es tanto la perpetuación tras la muerte, sino la posibilidad de seguir vagando por el mundo. La taxidermia ocupa también algunos de los relatos de ficción de la novela, pero éstos son numerosos y su nexo se produce en un tono alrededor de la extrañeza y la pérdida en los lugares y situaciones fronterizas.

Los errantes, como buen libro de y para nómadas, se acompaña de varios mapas fascinantes, de ilustraciones con matices perturbadores, en blanco y negro, más o menos relacionados con el texto, pero mantenidos a los márgenes del mismo, extraídos de un libro peculiar de mapas, The Agile Rabbit Book of Historial and Curious Maps. Estos mapas contribuyen a conseguir, junto con el tono evasivo general del texto, una sensación sin embargo única para la novela, como texto amante del desarraigo y nómada incluso de sí mismo, probablemente más profunda y trabajada que mi impresión inicial del libro. Me quedo con la duda de hasta qué punto esto es una maestría genial o un hallazgo afortunado, y por ello probablemente lea más de este talento llegado del este. Por cierto, la edición contiene una mención indicando que el libro se ha traducido con la ayuda del Poland Translation Program, que suena a esfuerzo público por conseguir que la literatura polaca llegue a más lenguas, cosa que suena muy bien.


Olga Tokarczuk (vía)


5 de noviembre de 2020

El universo propio del escritor homosexual cubano


Sólo lo difícil es estimulante, dice, en una famosa sentencia, José Lezama Lima. Su libro estrella, Paradiso, publicado en 1966, una de las joyas del boom latinoamericano, y cuyo barroquismo y contenido homosexual le condenaron al ostracismo en Cuba, es, desde luego, difícil. O difícil en muchos tramos. También es estimulante, sí, y divertido, y muy bello e imaginativo.

Paradiso es un libro autobiográfico. Cuenta la vida de José Cemí (trasunto del autor) y sus antepasados, en una saga familiar no estrictamente cronológica que evoluciona más o menos desde la infancia a la juventud de Cemí. Con los nombres modificados, los pasajes son los mismos o muy similares, según afirma la hermana del autor en las notas a pie de página y en el prólogo de esta edición.

Lezama Lima, que como literato fue poeta antes que novelista, escribe con un manierismo desatado, donde toda frase encierra una, dos, o las metáforas que hagan falta, de manera multirreferencial, y con un bagaje cultural enorme, que incorpora un conocimiento profundo de la cultura grecorromana, de la filosofía y literatura occidentales, de las religiones orientales, del Evangelio, y de las tradiciones mágicas y santeras del Caribe. Todo este bullir de elementos explota en unas páginas donde en muchas ocasiones los hechos son lo de menos, y la belleza de las expresiones literarias, su ritmo, la expresividad de las imágenes evocadas, o la enorme creatividad connotativa asombran el lector. Paradiso es bastante inabarcable, y el lector puede abrumarse ante ello. Aunque Lezama Lima afirmaba que para comprender no hacía falta entender, y que Paradiso podía seguirse en su conjunto sin que cada frase tuviera que ser comprendida o interpretada, el lector debe aportar cierta suspensión no ya de la realidad sino de su experiencia lectora habitual para poder continuar, y poder también seguir disfrutando. No es sólo cuestión de cultura o de manierismo estilístico, sino de que Paradiso usa modismos y metáforas propias de la familia Lezama Lima, también locales e incluso ideas personales que envuelven en una capa de escritura nueva al texto y se escapan al exégeta más avezado (que los tuvo, como Julio Cortázar). Así, los primeros capítulos, dedicados sobre todo al Cemí niño, son un rico paraje surreal, donde el lector mira asombrado lo incomprensible de la vida. Con la adolescencia y el entendimiento de las relaciones familiares, el fulgor mágico se apaga, hasta llegar al Capítulo VIII, que, por lo que he visto, es famosísimo por sus descripciones fálicas, que abren la puerta nada menos que a tres capítulos sorprendentes que describen y discuten la condición homosexual. Poco a poco, cada cierto número de capítulos, se va produciendo una muerte en la familia de Cemí: el padre, el tío… y, al final del Capítulo XI, la abuela Doña Augusta. La conmoción de la muerte de la matriarca paraliza tanto la vida como la acción. Quedan tres alucinados capítulos de exacerbación poética y episodios históricos, ya impenetrables, con detención del tiempo y apenas un personaje conductor prácticamente nuevo, Oppiano Licario, a quien Lezama Lima dedicó su novela inconclusa continuación y explicación de los cabos sueltos de Paradiso.

Paradiso es una novela archicomentada. A ello ayudan tanto el ser admirada muchísimo por el conjunto de escritores del boom como la propia personalidad de José Lezama Lima, un hombre aparentemente bonachón y tranquilo, de inquietud y pasión culturales irrefrenables, bon-vivant y resignado, que no quiso a su edad aceptar el exilio y abandonar su hogar y los referentes que abundan en su Paradiso, aceptando así las imposiciones del régimen. Es también uno de los libros más difíciles que me he encontrado, al nivel de Ferdydurke, Ulises, o Las Olas, por poner uno de lectura reciente. Su complejo y riquísimo barroquismo excede a otros del boom (en mi opinión supera por mucho incluso al de Carpentier), sus relaciones entre imágenes paralelas son gozosísimas cuando se conocen los resortes que abren sus puertas; si no, forman parte de un continuo que cuando destella es disfrutable pero supone un reto sin fin. He leído, y el propio Lezama Lima hizo referencia a ello, comparaciones con Marcel Proust. No son pocos los paralelismos: Cemí es un heterosexual trasunto de un autor homosexual armarizado, o discreto, si preferimos. Es la historia de una familia y sus allegados principales, con grandes apuntes del pasado familiar. El protagonista tiene una relación especial con la madre. Se realizan discusiones intelectuales sobre las relaciones homosexuales y su sentido, hoy día superadas y trasladadas a otros conceptos y ámbitos en lo LGTBI. Pero, como dice Lezama Lima, el tema de Proust es el tiempo, y el mío es la imagen. Sí, bien, por supuesto, pero a ambos les resulta imposible esquivar el peso de la represión de su orientación sexual al expresarse. Para ambos caracteres creativos, el retraimiento a lo familiar es también el miedo al exterior, o, cuando menos, a la narración directa de su pulsión, y, así, tanto en Lezama Lima como en Proust, nos encontramos con una obra maestra de la literatura analizada desde mil perspectivas pero incomprensible sin un punto de vista gay social, político y cultural, para una comprensión íntima y completa. Obviamente, los exégetas (y Paradiso es Biblia), no entran en ello, al menos en los principales análisis en la red. No al menos como causa principal del manierismo, de la búsqueda del subterfugio parabólico, de la necesidad de las mil historias imposibles que disfracen, que limpien, que desvíen la atención de la eterna mancha homosexual que el autor no puede compartir de manera directa (aunque quiere) pero que persiste, y perdura, y, en contra de lo esperado, resulta ser lo más definitivo. Lezama Lima podría haber huido de Cuba, pero no de esto.

Entiéndase: no es, ¡faltaría más!, un reproche al autor o autores (puede incluirse a Mann entre estos grandes sufridores, incluso un tanto a Lorca, menos a Wilde, mucho menos a Rimbaud), es más bien un reproche a la crítica cultural mojigata de las élites capaces de lidiar con Paradiso. Que habría sido diferente de ser realmente su autor un hombre no mediatizado por las represiones de su tiempo. Preguntarse cómo habría sido la literatura de estos grandes nombres en tiempos más permisivos no es lícito. ¿Tal vez poder ser explícitos les habría paralizado el genio? Nadie lo sabe, pero sus obras habrían sido diferentes, claro, más allá de la distancia temporal. Un universo de obras distinto, con quién sabe qué resultados, maravilla de lo especulable, realismo no tan mágico.

José Lezama Lima (vía)

 

 

 

 

22 de octubre de 2020

La tierra no prometida


Canadá es el país donde transcurre algo menos de la mitad, en su parte final, de esta novela de Richard Ford publicada en 2013 y titulada precisamente así, Canadá. En toda su parte inicial, Canadá ni siquiera tiene presencia: los personajes no son canadienses, no sueñan con vivir en Canadá, nadie llega de Canadá con promesas de una vida mejor, o con un reflejo de algo que temer. Nada. Lo que luego sucede en Canadá tampoco es significativamente distinto a lo que sucede en EE.UU. Canadá no es una catarsis, no hay ninguna epifanía, como mucho una continuidad en el carácter vulgar del crimen. ¿Por qué Richard Ford, novelista que se sabe de éxito crítico y público titula Canadá su novela? Pienso que tiene que ver con su peculiar modo de narración anticlimático, que a su vez procede del diseño de personajes dominados por la resignación e incluso sumisión a reglas o sucesos externos que no controlan. Canadá, el país, es una promesa que el lector convencionalmente quiere construir al leer Canadá, la novela, y Ford le da de bofetadas con la realidad.

Entrar en Saskatchewan, Canadá (vía), no supone demasiadas diferencias en el paisaje para el protagonista de Canadá.

Canadá cuenta la adolescencia de Dell Parsons en Montana y Saskatchewan de 1960 a 1961, y se inicia con esta frase:

Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después… Nuestros padres eran de las personas que menos se podría pensar que atracarían un banco. No eran gente rara, ni evidentemente criminales.

Los lectores de Ford ya sabemos que es un narrador de lo cotidiano, a partir de cuya descripción alcanza reflexión profunda sobre la condición del hombre corriente, con un estilo claro y capacidad emotiva. Eso no es diferente en Canadá. También sabemos que es un escritor que introduce rupturas violentas (o tal vez no sean tan rupturas, tratándose de un país en que la violencia cotidiana parece estructural), que afectan a la rutina de la vida media. Asimilar o no esa afección como forma de aceptar una vida estoica parece uno de sus leitmotiv. En Canadá además aparece un eje educativo y un punto de vista distinto en Ford, el de un adolescente al inicio de los años sesenta, que se encuentra un tanto al inicio de todo: diríase que es un personaje de transición entre la edad de oro de la juventud de finales de los sesenta y los fantasmas de la II Guerra Mundial que aún le llegan a través de sus padres.

Los padres de Dell son dos personas que se van convirtiendo poco a poco y sin darse cuenta en disfuncionales y en white trash. El padre, en la práctica expulsado del ejército, contrae una deuda por un tráfico ilegal de carne con el que intenta ganarse la vida ya que sus intentos de negocios no funcionan nunca. La madre, hija de inmigrantes judíos, es retraída y altiva, cuando no directamente asocial, y se ve arrastrada por su marido a la única salida que les parece, absurdamente, plausible para salir del atolladero: atracar un banco. Dell lo cuenta todo desde su madurez, narrando unos hechos a los que asiste y que modifican decisivamente su vida y la de su hermana sin decidirlos ni participar en ellos. El azar acaba dejándole en una localidad de Canadá cercana a la frontera bajo la custodia no reconocida de un norteamericano joven, dandy y aparentemente enriquecido, dueño de un negocio de caza y un hotel, al que un pasado oscuro acaba alcanzando. Canadá, por ello, sorprendentemente reitera una huida de su personaje narrador dentro de un proceso que sin aventura ni aprendizaje moral explícito (lo cual es un valor, al menos por la falta de subrayado) apenas podríamos llamar Bildungsroman. En EE.UU. Dell espera entrar en el instituto local, quiere formarse y desarrollar su afición por la apicultura. Sin embargo, en Canadá se ve obligado a trabajar en la limpieza del hotel y a vivir en un cuartucho, esperando de todos modos un futuro mejor. La reflexión madura de Dell, no obstante, no traiciona a su yo adolescente, cuya inocencia perpleja no se abandona casi nunca, y no cae en el miserabilismo al que no obstante se acerca. A Ford no le interesa tanto la temática social y sus causas sino las relaciones paternofiliales.

Canadá dedica páginas a intentar describir, incluso comprender, la psicología de personas no preparadas para la paternidad. Todo ello con sensibilidad conmovedora y una capacidad de profundidad psicológica brillante que por momentos es adictiva. Quién sabe, tal vez sea el libro de Ford que más me ha gustado porque voy envejeciendo y entendiendo mejor el mundo resignadamente maduro de este autor. Ford no es un novelista innovador en las formas, y su clasicismo fluido e intenso retrata los males de un país para el que no existe capacidad de escape, ni siquiera a Canadá.

Richard Ford, fotografiado por Edu Bayer (vía)

 

8 de octubre de 2020

Tres mujeres, 1962

 


Tres mujeres es un libro de poemas de Sylvia Plath, concebido alrededor de la maternidad como tema central. Su curiosidad y valor principal es su concepto: la autora asume tres voces distintas (que llama así: Primera, Segunda y Tercera Voz), que representan tres posturas diferentes ante la maternidad. Una mujer que centra su realización en ser madre, una que intenta serlo sin conseguirlo, y una tercera que detesta serlo. Este volumen es una bonita edición bilingüe editada por Nørdica y está ilustrada con acuarela y carboncillo (me parece) por Anuska Allepuz.

Ilustración de Anuska Allepuz

Es fácil e inevitable recurrir al tópico de la vida desgraciada de Sylvia Plath, incluyendo su suicidio, para explicar la angustia que recorre varios pasajes de Tres mujeres, especialmente en la Segunda y Tercera Voz, si bien la Primera Voz no está exenta, véase un ejemplo:

A power is growing on me, an old tenacity.

I am breaking apart like the world. There is this blackness,

This ram of blackness. I fold my hands on a mountain.

The air is thick. It is thick with this working.

I am used. I am drummed into use.

My eyes are squeezed by this blackness.

I see nothing.

 

La Primera Voz no obstante sí encuentra momentos de belleza y dedicación amorosa en su bebé, pero se muestra encadenada a un destino determinado. De Plath se recuerda una cita famosa, mi gran tragedia es haber nacido mujer, resultado de sus expectativas no cumplidas, de los avatares de la vida familiar, y, aunque Tres mujeres no lo explicita pero obviamente lo describe, una condición social que somete la psicología de la mujer a la procreación, un factor que entre otros hizo aparentemente sucumbir a la escritora.

Plath escribía poesía confesional, es una de las representantes del subgénero, que en Tres mujeres adopta tres puntos de vista, aunque el tono no cambia, ya que no estamos ante heterónimos sino ante una reflexión unívoca que se presenta desdoblada, que apunta a que las tres voces pueden estar en una misma mujer. La crudeza de su angustia es a la par deudora de un existencialismo individualista y pionera de un feminismo empírico actual. La maternidad como fenómeno reflexionado, como mecanismo ciclotímico entre lo opresor y lo realizador, es un punto recurrente de la discusión feminista, que aunque en realidad nunca dejó de hacerlo, hoy se despliega en conceptos políticos expresos. En Plath no hay planteamiento fuera del individuo: la maternidad es dependencia mental y carnal, es sensualidad literal, una carnalidad que con sus fluidos y respuestas físicas crea una humanidad dolorosa, sin felicidad posible, aparentemente incompartible (no sólo socialmente, sino también con un padre ausente o irrelevante), vivida en desasosiego y desvinculada del destino de los hijos.

Sylvia Plath (vía)

 

 

 

23 de septiembre de 2020

Oscar siempre

 

La divina comedia de Oscar Wilde es un cómic de Javier de Isusi que tiene la virtud primera de mirar con detalle donde raramente lo hace nadie: la vida de Oscar Wilde, principalmente en París, tras salir de la cárcel de Reading y exiliarse en Francia. Son años oscuros, donde no es tan agradable fijarse porque la gras estrella que fue Wilde, el esteta y dandi brillante conversador y magnífico autor, el dominador del teatro inglés durante un lustro de gloria, se dedicó con profesionalidad al despilfarro, la autodestrucción, y las compañías tóxicas; y lo hizo de manera consciente, como acto vital (que ahora hasta parece de carácter político en su afirmación de personalidad), consciente de que el trabajo, indisociable de la vida que le encumbró, ya era imposible para él.

La segunda virtud del libro de de Isusi es el excelente uso del medio empleado, el cómic, para la narración de los últimos años de Wilde. El inicio es espectacular, ‘montando los escenarios’ de los acontecimientos que vamos a leer en un teatro de 1900 de París, con Wilde como espectador ilusionado por contemplar la obra que se va a desarrollar. El cómic usa acuarela en blanco y negro, no enmarca las viñetas, introduce los testimonio de los personajes que estuvieron con Wilde aquellos años en formato entrevista, y hasta se permite elementos fantásticos que juegan con sus coetáneos, con especial mención a su encuentro imposible con Arthur Rimbaud, y a los paseos oníricos de absenta al otro lado del espejo.

El conjunto está francamente conseguido, es sensible y profundo al mismo tiempo, respetuoso y admirador, pero humano y tierno incluso en los episodios de carácter más patético que también protagonizó Wilde en aquellos años. Es también doloroso hacia la condición humana, desde luego. Y es muy bello, estéticamente deslumbrante: el uso de la humanidad física de Wilde llena la viñeta y su admiración (la de Wilde) por la belleza de los cuerpos, el lenguaje, y la vida está recogida con dignidad infinita. Wilde no fue un idiota, aunque se lo llamara a sí mismo, fue un hombre bueno, moral y coherente que prefirió beber la cicuta a exiliarse a la mentira llena de fealdad que hoy llamaríamos heteropatriarcado.

Pensaba que no leería otra biografía de Oscar Wilde. Me he asomado a su vida en ocasiones diversas, desde mi armario, cuando las menciones a su homosexualidad aún pensaban en su imprudencia, en que su demanda primero, su cárcel después, y su vida en París finalmente fueron una manera de suicidarse ineludiblemente, incluso canónicamente como a cualquier homosexual visible en entorno hostil le correspondía. He visto su vida en el cine (Wilde, con Stephen Fry y Jude Law), he leído biografías (Luis Antonio de Villena es probablemente su mayor experto en España) y sus propias cartas personales (Oscar Wilde. Una vida en cartas). Por supuesto, en sus propios libros y obras están su carácter y pensamiento, no sólo en aquellos que podríamos llamar biográficos (De Profundis), o en sus ensayos (La decadencia de la mentira). Para alguien cuyo final extiende una capa explicativa sobre la vida entera, sus obras también adivinan su vida, claro. Para un autor que además pensaba que en la creación y en el arte estaban la verdadera realidad y la expresión de vida personal, biografía y obra no pueden sino formar un conjunto. Tal vez por ello sea inagotable el flujo de interesados en su vida que aparecen y probablemente aparecerán Ojalá con resultados tan buenos como en este cómic de Javier de Isusi.

Javier de Isusi (vía)

9 de septiembre de 2020

Poetas que usan faldas

Probablemente hoy sería inaceptable un nombre como Versos con faldas, usando un atributo de género tan obvio y tradicional, para una tertulia poética cuyas participantes fuesen mujeres. Sucedió en el Madrid de los años 50 del siglo XX, y, por supuesto, causó polémica. Gloria Fuertes, Adelaida Las Santas y Mª Dolores de Pablos fundaron esta tertulia literaria donde participaban mujeres poetas, y cuya conmoción no llegó a los dos años, en los que se celebró de manera irregular. No poder continuar en un local gratuito, tener que cobrar entrada para pagar el alquiler, la presencia de un futbolín donde se arremolinaban los hombres mientras las poetas leían sus versos, y el paternalismo esperable dieron al traste con la tertulia en sí, aunque muchas de sus participantes se incorporaron a la vida literaria ya para siempre. Este libro recupera su historia, y para ello parte de una edición previa, publicada por una de las fundadoras (Adelaida Las Santas), y añade reseñas biográficas, si están disponibles, de las autoras, y un buen archivo documental de recortes de prensa, programas de las tertulias, etc.

Portada de la edición de Versos con faldas de 1983, editada por Adelaida Las Santas.

 Una flor de poemas tan extensa, en la que muchas autoras aparecen apenas con dos o tres piezas, siempre rinde magníficas obras individuales, ya que en general el editor siempre escoge el poema más memorable. Se pierde lógicamente en continuidad o progresión del libro, y en atmósfera, y los poemas no se acompañan unos a otros, algo por lo que las antologías son tantas veces libros frustrantes aunque contengan mucha belleza. Aquí pasa de continuo, porque el orden de las autoras es alfabético y no hay clasificación estilística o temática. No obstante, hay determinadas generalidades dramáticas interesantes, como una visión entre resignada y entregada del amor, la sutil crítica de la situación de las mujeres en el régimen, y cierta conexión con la naturaleza. Veo poco tema religioso y algo de desarraigo, que entiendo conecta lógicamente con la época, pero puede ser circunstancial según la fuerte selección para que entraran muchas mujeres en el libro. Hay poemas deslumbrantes, como las obras de Ángela Figuera o Acacia Uceta, autoras reconocidas y con cierta cantidad de obra publicada, pero también de autoras casi sin biografía o datos, sacados sus poemas y sus nombres de registros de folletos o manuscritos de unas tertulias, y que se entregarían al olvido caso de no aparecer aquí.

Adelaida Las Santas (vía)

Esta edición realizada por Fran Garcerá y Marta Porpetta, con sus recortes de prensa y sus notas manuscritas, es también una fotografía de las mujeres españolas del siglo XX, a través de biografías que muestran algunas vidas plenas y otras mutiladas, de las dificultades que atravesaban aquellas que osaban ser creativas, y que por tanto entraban en el campo de los hombres, y devuelve, a partir de un suceso tal vez menor (una tertulia literaria algo efímera, a fin de cuentas) un espejo pionero, a veces heroico, de las mujeres de las generaciones que nos precedieron, sin necesidad de subrayados, y simplemente con los hechos y, sobre todo, los poemas.

Maria Dolores de Pablos (vía)

 

 

29 de agosto de 2020

Orson comiendo

Orson Welles y su amigo de sus últimos años Henry Jaglom estuvieron de acuerdo en grabar las conversaciones que mantenían durante sus almuerzos en el restaurante Ma Maison de Hollywood (que tiene su propia página de Wikipedia: aquí). Jaglom, también director de cine, intentaba ayudar a Welles para sacar adelante sus últimos proyectos, aunque con escaso éxito. Acordaron que llevaría una grabadora en su mochila o chaqueta para que Welles no se sintiera presionado, y pudiera hablar olvidándose de ese registro. Todo terminó en su muerte inesperada en 1985. Con el tiempo, esas cintas acabaron en manos de Peter Biskind, historiador del cine norteamericano conocido por sus crónicas apasioandas del Hollywood de los 70 y de los 90 que son Easy Riders, Raging Bulls y Sexo,Mentiras y Hollywood, que las ha escuchado, editado, y publicado en formato libro: Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles.

Orson Welles y Henry Jaglom (vía)

Un libro así obviamente no puede ser en exceso coherente, aunque en cierto modo parezca un diario testamentario. Welles y su inmenso bagaje son obviamente el centro de todo (la edición habrá probablemente ayudado a eliminar posibles focos sobre Jaglom), que contiene desde cotilleos del Hollywood clásico a reflexiones culturales y sociales del desatado genio de Welles, pasando por el calvario continuado de su estigma como cineasta inconstante, incapaz de terminar sus obras. Contiene un anecdotario inmenso, alrededor de un cine y cultura norteamericanos que Welles vivió en su juventud, pero completado con la riqueza cultural de un hombre que viajó y que se interesó por todos los países del mundo que quiso. El libro complementa la imagen de Welles como creador, y le permite opinar sobre los tópicos de que era acusado y, con mayor interés, de su camino investigador en la narración fílmica, sobre todo a partir de su experiencia en Fraude (F for Fake) y sus proyectos de los setenta. La incapacidad de ambos para conseguir financiación para los últimos proyectos de Welles (sobre todo su versión de El Rey Lear) ocupan muchas páginas, y suponen un desencanto continuo que leído sabiendo de la inminente muerte de Welles sobrecoge un tanto. Welles tenía 70 años, era un hombre obeso y que había castigado su cuerpo, que tenía dolores y pequeñas incapacidades, pero que no sabía que moriría tan pronto.

Fraude es la última película de Orson Welles oficialmente terminada. Es brillante, innovadora –preludio claro del falso documental-, y, lamentablemente, poco conocida

Tal vez sea este el valor literario mayor del libro. Menos interés tienen sus reflexiones sociales y políticas (con frecuencia poco afortunadas, esa escasa fortuna de los señores que se reafirman a sí mismos en su vanidad), y muy poco (para mi gusto) el mundo de estrellas de los años 40 que a veces describe como un universo paralelo insospechado. El valor histórico en el estudio del carácter del genio es relevante, claro está, para el análisis especialista de su obra. Y en ocasiones es divertido, locuaz, penetrante y agudo. Piénsese en él como figura pop sobresaliente, amargamente consciente de su propia explotación, y puede disfrutarse mejor.

Peter Biskind (vía)