28 de mayo de 2019

Hume & Smith, Frtiends Inc.


 

Desde un principio intuí que El infiel y el profesor. David Hume y Adam Smith, la amistad que forjó el pensamiento moderno podía tener un encanto especial, como así ha sido. Hace veinte     años que leí mi único libro de David Hume (Investigación sobre los principios de la moral), pero nunca a Adam Smith, y desconocía que además de contemporáneos habían sido amigos. Recordaba a Hume por algo más que por su anticlericalismo y sus postulados empiristas: por cierta fama de bonhomía y carácter de bon vivant, que este libro corrobora con un montón de valores más: empatía, cercanía, generosidad, amistad. Un libro sobre la amistad primera de un filósofo precursor del positivismo que afirma más de una vez a lo largo de su vida que

‘leer, pensar, gandulear y dormitar, actividades a las que yo llamo meditar, me aportan la felicidad suprema’

puede ser una joya, y, ¡boom!, resulta que sí.


Hume y Smith son miembros prominentes de la llamada ilustración escocesa. Nacidos con doce años de experiencia en las primeras décadas del siglo XVIII y muertos uno con la independencia americana y otro con el inicio de la Revolución Francesa, se profesaron admiración y amistad, y este libro lo describe con gozo sin olvidar por supuesto que ambos son figuras indiscutibles da la historia de la filosofía y la economía, respectivamente, aunque cada uno escribiera también sobre el campo del otro (añadamos a esto que ambos son coetáneos también de varios ilustres escritores y pensadores escoceses, y entre ellos es especialmente destacable una tercera figura que también, a su manera, forjó el pensamiento moderno desde otro ámbito: James Watt).

 ‘(En realidad, sorprende la cantidad de filósofos canónicos que nunca contrajeron matrimonio: Platón, Tomás de Aquino, Hobbes, Descartes, Locke, Spinoza, Newton, Leibniz, Voltaire, Kant, Gibbon, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche y Wittgenstein son algunos otros nombres ilustres que podrían añadirse a la lista)’



 
David Hume según el retrato de Allan Ramsey

Hume y Smith tenían carácter y actitudes vitales completamente distintos, expansivo uno y comedido el otro, generoso uno y austero el otro, escritor compulsivo uno y minucioso el otro. Su amistad mutua es por ello sorprendente, y Dennis C. Rasmussen disfruta cochinamente de ello, frente a los libros gustosos de describir los problemas personales de escritores o pensadores y sus enfrentamientos (el autor llega a mencionar El atizador de Witggenstein, del que tengo un recuerdo estupendo, pero que se construye alrededor de una bronca discusión entre Ludwig Wittgenstein y Karl Popper durante la postguerra). Rasmussen describe amenamente el pensamiento de ambos, es ágil en la comparación de ambos, y tiene incluso cierta gracilidad en el empleo inteligente de la biografía de ambos en relación con sus postulados filosóficos y sociales. Consigue así una gran eficacia narrativa, sin caer en el folletín ni en el escarnio personal.


‘Cuenta la historia que un día Hume resbaló mientras cruzaba por el estrecho paso y cayó al lodazal, sin poder salir por su propio pie. Al final, consiguió llamar la atención de un grupo de pescaderas, pero las mujeres le reconocieron como ‘el malvado e incrédulo David Hume’, y se negaron a ayudarle hasta que recitara devotamente el padrenuestro. Lo hizo en menos que canta un gallo y ellas, fieles a su palabra, procedieron a rescatar al filósofo. Según la fuente de esta historia, Hume mismo lo relataba con gran júbilo, afirmando que las pescaderas de Edimburgo eran las teólogas más espabiladas que jamás había conocido’


 
Estatua de Adam Smith en Edimburgo (vía)

La Ilustración inaugura los valores del mundo moderno como lo conocemos, y Hume y Smith son dos de los pensadores que lo adelantan y prediseñan. Probablemente por eso se hace tan atractivo al lector moderno: Hume es un anticlerical irónico y divertido; ambos abrieron las puertas a los mercados de libre cambio cuando las relaciones económicas aún seguían principios derivados de los regímenes feudales, y aborrecen de la idea de que una nación es rica si sus vecinas están en la pobreza. Creen en el valor de los sentidos y el empirismo, en ayudar a las capas de la sociedad que sufren, y, especialmente David Hume, disfrutan de la vida con una concepción moderna del hedonismo. Desbrozando su amistad, también cierto carácter de maestría que Hume pudo ejercer sobre el joven Smith, y sumando el conjunto de avatares vitales (basándose en todos sus libros, y en sus cartas personales, algunas rayando la genialidad), el entretenimiento conseguido por Rasmussen alcanza un total coherente, con un libro que conecta con el espíritu de los biografiados, a los que respeta y mira con cercanía y amabilidad, y resulta altamente comunicativo y pedagógico, lo cual, en un texto que en gran parte describe la obra incluso con cierta profundidad, de un filósofo y un economista, es digno de elogio. Hasta el punto de que me ha entrado el apetito por leer La riqueza de las naciones y ver en la fuente lo que realmente contaba el profesor.


‘Con respecto a lo que produce la mano de obra de una gran sociedad, la distribución justa y equitativa nunca ha existido, puesto que los que más trabajan son los que menos reciben, y el trabajador pobre sostiene, por así decirlo, la estructura de toda la sociedad. Es cierto que la desigualdad causada por el comercio no acarrea una dependencia personal absoluta como la que sufrían los siervos en la época feudal. […] Pero sí deforma la afinidad de las personas, dado que hace que admiren e imiten a los ricos y se olviden, e incluso desprecien, a los pobres. En consecuencia, los segundos padecen, no solo la escasez material que comporta la pobreza, sino también los sentimientos de invisibilidad y vergüenza que la suelen acompañar. Nuestra admiración por los ricos es particularmente problemática porque, de hecho, no acostumbran a ser personas ejemplares. Al contrario, los estamentos elevados de la sociedad están carcomidos por el vicio y la locura, la arrogancia y la vanidad, la zalamería y la falsedad, la ambición sobercia y la avidez ostentosa. La disposición a admirar a los ricos y los poderosos, y a menospreciar o ignorar a las personas pobres o de origen humilde es la causa principal y más extendida de la corrupción de nuestros sentimientos morales’

 

Portada de Investigación sobre la naturaleza y las razones de La riqueza de las naciones, libro fundador de la economía moderna y del liberalismo

El sentimiento obtenido en una lectura antigua se ha confirmado. Así que tal vez me queden más lecturas recomendables. Hume y Smith son aparentemente escritores muy lúcidos, que mantienen una actitud sanamente escéptica en no dar nada por sentado sin someterlo a discusión, y su visión en tiempos en que la religión dominaba la definición, del mundo físico, espiritual y moral, es sencillamente titánica y creo que no podemos ni imaginarla. Me ha sorprendido Smith por ser en cierto sentido un pensador más preocupado por un sentido más completo de una justicia que incluso pudiéramos llamar social, y una visión mejorada de los conceptos de utilidad y simpatía, aunque su expresión fuese siempre más prudente (o cobarde, según fuentes) que la de Hume. Aunque relativamente, porque es sorprendente cómo intuye la aporofobia y la desprecia. Si pensamos que hablan de un mundo en que las formas feudales aún no eran lejanas, pero que están a menos de cien años de las categorías de Marx, el posicionamiento crucial en la historia del pensamiento es evidente.


‘El bien y el mal dependen de los sentimientos que tenemos al adoptar la perspectiva adecuada, es decir, aquella que tiene en cuenta los prejuicios particulares y la desinformación. […] Para juzgar bien una acción o un atributo de la personalidad, debemos sobreponernos a nuestras circunstancias y adoptar un punto de vista general o común […] Los sentimientos de un espectador imparcial son los que determinan el criterio moral básico. Los actos y rasgos que obtengan la aprobación de un espectador de este tipo serán moralmente correctos, y los que no, serán moralmente incorrectos’

En fin. Créanme: disfrutarán plenamente de esta lectura aunque eso de la economía y la filosofía les suene a un pasado de estudios obligatorios a los que no volver. Puede afirmarse que Rasmussen ha escrito el libro que a Hume y Smith les hubiera gustado leer.


‘Aquel que disfruta genuinamente con un buen libro o charlando con un buen amigo, por ejemplo, tiene muchas más posibilidades de encontrar la felicidad que aquel que desea fama y riquezas en abundancia’

Dennis C. Rasmussen (vía)







5 de mayo de 2019

El mar primitivo, el primitivo mar


 

Le tenía algo de miedo a The Sea, The Sea, la novela de Iris Murdoch, un miedo injusto porque entre la compra de la novela (que ya no recuerdo cuándo hice) y el momento de la lectura pasó el rodaje y el estreno de Iris, la película sobre la escritora, que se centraba en su enfermedad terminal basándose en los recuerdos de su marido y cuidador. Es un subgénero cinematográfico que detesto bastante, pero la autora no tenía culpa alguna de decaer en la elección entre la excesiva cantidad de libros que me quedan en casa por leer. The Sea, The Sea ganó en su día (1978) el Booker Prize, Iris Murdoch trabajó como filósofa con Ludwig Wittgenstein y Elias Canetti, y todo sonaba bien. Pero, estas estupideces del alma, al final la he leído por la terrible falta de libros de inglés en las estanterías, y porque quiero mantener la buena costumbre de leer literatura en inglés en la medida que pueda.

El protagonista de The Sea, The Sea se llama Charles Arrowby; es un exitoso director de teatro que decide retirarse en su jubilación a una casa sin electricidad junto al mar, en un pueblo alejado del mundo, donde poder dedicarse a escribir, nadar desnudo, y dar rienda suelta a su peculiar estilo de cocina. Hombre de personalidad fuerte, solitario y soltero con historial de relaciones amorosas entrecruzadas con amistades, aparentemente tiránico en su trabajo, ve frustrada su aspiración de soledad porque, por supuesto, los diferentes personajes de su vida van poco a poco apareciendo por el desolador paisaje que ha escogido, e incluso acaba encontrándose con su primer amor, que había desaparecido de su vida cuarenta y cinco años atrás después de haberse jurado amor eterno. Este encuentro convulsiona de manera definitiva su estancia y desata un destacable conjunto de acciones de sentido moral que atormentan al protagonista y derivan incluso al terreno de la tragedia, anunciada por la obsesión shakespeariana del protagonista.

The Sea, The Sea posee además un subtexto fantastique que resulta muy atractivo, desde el aire gótico de la casa aquejada de extraños ruidos interiores y exteriores, azotada por la furia del viento y sin acceso directo al mar si no es mediante el descenso y ascenso por escarpadas rocas, al desfile de fantasmas del pasado que toma la narración. Está además potenciado por alguna estremecedora visión del protagonista en plena observación extasiada del paisaje que le rodea. Hábilmente, este subtexto no se impone al realismo estricto, sino que queda como trasfondo de complicidad entre el protagonista (que es narrador) y el espectador, que puede interpretar también que el entendimiento de Arrowby puede estar fallando.

Arrowby es un hombre arrogante, orgulloso y satisfecho de sí mismo que no abandona en ningún momento todos estos rasgos de su carácter, a pesar de las dificultades de las situaciones que el deus ex machina armado por Murdoch pone en su camino de continuo, hasta el final de la novela. Murdoch imprime de intensidad sus reflexiones, y consigue un aire de intriga profunda a la peculiar red de sentimientos y actitudes morales implicados. El ritmo implacable y la dosificación de personajes aparecidos en el pueblo y en la casa están estructurados y funcionan muy bien, pero probablemente serían poco interesantes sin la reflexión también ética a la que llevan a los personajes, especialmente Arrowby, en lo que además parece un ajuste de cuentas a algún macho alfa de la vida de Murdoch, que es tentador relacionar con Canetti. No obstante, la profundidad del texto sobre temas como el dolor, la pérdida, la resignación ante la soledad, le da un valor universal. Unido a la facilidad en que lo he podido leer en inglés, me hace pensar en que hay que volver a esta autora en su v.o. Sin dejar también de preguntarse por la circunstancia de los filósofos narradores y el éxito en la transmisión de sus ideas que tiene el formato novelístico.

(Entre la lectura del libro y la escritura de esta reseña, Laura Barrachina realizó este programa sobre Iris Murdoch en el estupendo Efecto Doppler de Radio 3. De su escucha, que recomiendo realizar de manera atenta, y de la búsqueda de información sobre la autora, extraje como textos a buscar para hacerse una idea de la variedad de Iris Murdoch The Black Prince, La soberanía del bien, y El unicornio. Veremos…)

Iris Murdoch (vía)


23 de abril de 2019

Mi querida España

 




La fascinación de los historiadores británicos por España es casi legendaria. No sé si se debe a que Gran Bretaña sea un pozo inagotable de historiadores y en realidad España sea sólo un objeto de estudio entre muchos, pero la cantidad de ellos impresiona. Ahí están Hugh Thomas, Ian Gibson (irlandés, eso sí), Henry Kamen, Gerald Brenan, o Raymond Carr… Todos ellos han escrito sobre la Guerra Civil. 

 
Santiago Casares Quiroga (vía), presidente del gobierno republicano el 18 de julio de 1936.

En general, cuando alguien habla de un hispanista, casi siempre pensamos en un británico, o, a lo sumo, un estadounidense. Sospecho, no obstante, que el objeto de estudio del libro que hoy traigo al blog pueda tener una mayor relación con este fenómeno de interés británico por lo español: por un lado, de manera general, el enorme peso que la Guerra Civil española tuvo en la ideologizada sociedad mundial de los años treinta del siglo pasado, en un momento histórico caracterizado por una dinámica de bloques que presagiaba una confrontación cuyo espejo premonitorio sucedió en nuestro país; por otro, de manera particular, el error histórico continuado de la democracia británica al no ayudar al gobierno de la República (que entre otras consecuencias pudo haber acabado con el Reino Unido en manos de los nazis que utilizaron militarmente su apoyo a Franco para prepararse), y la importante cantidad de brigadistas británicos que llegaron al país a hacer la guerra en defensa de la legalidad republicana

 
Manuel Azaña, presidente de la República durante la Guerra

El libro de Paul Preston, La Guerra Civil española, es, probablemente, de los más revisados y editados. No es un libro excesivamente largo (por tanto, no es exhaustivo), ni especialmente interesado en la campaña militar; de hecho la política en ambos bandos, sus elementos organizativos en relación a la ayuda exterior, y el desarrollo de las alianzas y rupturas ocupan más páginas que las batallas de la guerra, que Preston despacha con cierta diligencia y sensación de que no fueron una experiencia principal en los casi tres años de contienda. Preston, sin embargo, sí se interesa por las diferentes formas de represión en ambos bandos, reconociendo la especial virulencia ejercida en el bando nacional (estratégica, organizada y mayor cuanto más al sur del país) y el establecimiento de conflictos civiles propios dentro del bando republicano, al menos dos, durante la guerra.

 
José Calvo Sotelo (vía), líder de Renovación Española, asesinado cinco días antes del golpe militar

Es la primera vez que leo una historia de intención global del episodio histórico que aún se encuentra, junto con la Segunda República, en el suelo histórico de nuestra realidad actual; porque supuso una ruptura total de la continuidad histórica del país, porque rompió familias y tradiciones con tremenda furia, y porque el país heredó una dictadura fundada en una represión incapaz de cualquier desarrollo crítico racional. Tampoco, peculiarmente, he acudido a esta lectura para descubrir muchas novedades, pues múltiples lecturas, algo de mis estudios escolares, el cine, el interés político e histórico que se desató en la transición y que me tocó de lleno, los viajes por el país, o la continuada lectura de diferentes episodios de la Guerra Civil, me habían sido suficiente para no sorprenderme ante, por ejemplo, los Hechos de Mayo, Belchite, Gernika, el Alcázar de Toledo, la masacre de Badajoz, Paracuellos, la desbandá, o los sermones radiofónicos de Queipo de Llano.

 
Masacre de Badajoz (vía). Cadáveres a la espera de ser carbonizados

En Preston me gusta mucho el extraordinario ritmo narrativo, y el lúcido análisis de los momentos políticos, la claridad de la exposición de las relaciones e intereses internacionales, y el estupendo resumen histórico que introduce la guerra a partir de los sucedido en las dos décadas anteriores; también algunos hallazgos desconocidos, como la hipótesis de que a largo plazo la represión franquista, al esquilmar a las clases populares especialmente en los primeros años del régimen y favorecer así la acumulación de grandes capitales, potenciaron con el tiempo las grandes inversiones interiores y exteriores que necesariamente acabarían constituyendo clases medias y formadas que acabarían con el régimen.

 
Barcelona en mayo de 1937 (vía)

Sin embargo, no me parece del todo adecuado que Preston no mantenga menos implicación en su presentación en principio científica del tema bajo estudio, sobre todo por ser innecesario. Supongo que esta implicación parte del interés en romper la falsa similitud entre las atrocidades cometidas en el nombre de la guerra en cada bando, que Preston combate tanto cuantitativamente, con cifras, como cualitativamente, desde la diferencia entre el terror meticulosamente diseñado e implacablemente ejecutado en el interior del bando nacional, y los asesinatos producidos por el estallido revolucionario y el ansia de venganza de las noticias del frente en el bando republicano, cuyo apoyo por parte del poder fue mucho menor. Pero Preston, por ello mismo, no necesitaría una autodefinición tan clara desde el punto de partida: los hechos ya hablan por sí mismos. También he echado de menos mayor foco en el frente del norte, claro. La falta de detalle hace que sólo el episodio de Gernika tenga profundización, pero un tanto desligado del resto del relato, y falto del entorno de la peculiar campaña vasca, con parte del clero actuando en favor de la República, y su inferior represión en términos relativos en lo humano y casi completos en lo industrial.

 
Bilbao, 1937 (vía)

Ahora que encontramos paralelismos políticos entre nuestra época y los años treinta del siglo XX con facilidad sorprendente, no es de extrañar que La Guerra Civil española vuelva a reeditarse, aunque probablemente los archivos del franquismo aún no accesibles volverán a forzar una nueva reedición. No se me ocurre mejor argumento para leer estos libros sobre nuestra historia común que precisamente la presencia de dichos paralelismos. A Preston le debemos un libro que, cuando menos, se lee rapidísimo y con unos inmejorables ritmo y entendimiento.

Paul Preston (vía)

7 de abril de 2019

En el país de los indios



Dorothy M. Johnson ha sido probablemente el mayor impacto lector en el formato de ‘descubrimiento inesperado’ que he tenido en los últimos años. Descubrimiento de una escritora clásica de los años cincuenta y como revelación artística que escribe desde el género, alejado de la explotación que éste suele tener y en el que es difícil rascar calidad, salvo que una rastreadora como Lectora Constante te lo revele, como ha sido el caso. Gracias a ella y su gusto formidable.

El hombre que mató a Liberty Valance (vía)

Estos dos bonitos volúmenes han sido editados por Valdemar en su colección Frontera; en Indian Country, el prólogo adelanta el prestigio histórico que acompaña a Dorothy M. Johnson como autora de relatos del Oeste. Johnson encabeza los listados críticos históricos del género de manera apabullante, y es autora a su vez de las historias en que se basan una selecta cantidad de clásicos del cine como El hombre que mató a Liberty Valance, El árbol del ahorcado, o Un hombre llamado caballo. Curiosamente, a través del cine y del recuerdo cinéfilo se produce una primera inmersión familiar en las historias de Johnson, la del espectador que recupera determinados universos visuales clásicos previos a la decadencia o a las revisiones europeas del género.

El árbol del ahorcado (vía)

Johnson es una narradora fabulosa: su tono es directo, sus frases son breves y contundentes como la acción que describe, y su visión es aparentemente limpia y despojada de moralinas; su descripción de un mundo violento y práctico en el afán de supervivencia de sus protagonistas es cruda y aparentemente aséptica. Tiende a centrarse en personajes que obviamente se encuentran en una frontera geográfica, que es normalmente trasunto de una frontera vital, y con ello de algún tipo de rito de paso: de niñas raptadas por indios para ser criadas como ellos, a viejos jefes indios que afrontan sus últimas batallas antes de, probablemente, morir, pasando por chicos prepúberes obligados a madurar repentinamente ante la brutalidad del entorno o por mujeres indias devueltas a sus familias blancas tras pasar décadas con los indios.

 
Un hombre llamado caballo (vía)

No hay rastro del buen salvaje en la descripción de los usos y costumbres, o en el apego a la tierra, los animales o los ritos de los indios. Al contrario, la supervivencia y el escaso desarrollo retratan una vida durísima y llena de clases. Y, no obstante, la dignidad del pueblo indio queda claramente defendida en el punto de vista respetuoso con sus ritos que Johnson muestra, desde el momento en que les adopta como personajes completos que desarrollar, y hasta alcanzar un humanismo antropológico que literariamente se refleja en determinismo vital. El respeto de Johnson se observa en la mirada al conflicto despiadado (entre blancos e indios, pero también entre indios y entre blancos) surgido del choque inevitable de culturas y las anomalías fronterizas que surgen del mismo. Una mirada literaria en que impresionan mucho la facilidad en usar recursos como el recuerdo de personajes mayores y su historia casi olvidada que alcanza carácter legendario, las elipsis que resumen años en un único párrafo, la ausencia de metáforas recurrentes, un manejo hábil y sorprendente de las situaciones de tensión, y la falta de sensiblería (que no emoción, porque esta suele desbordarse especialmente al resolver las situaciones dramáticas que construye la autora), sin olvidar además el subtexto que siempre subyace al oeste como género: la construcción de un país, ya cuestionado en Johnson por la mítica del relato con que debe justificarse a sí mismo.

Tanto en Indian Country como en El árbol del ahorcado hay varias joyas. Casi todos los relatos me han parecido excelentes, como La frontera en llamas, La hermana perdida, El chico de la predera, El regalo junto a la carreta, Viaje al fuerte… Hay dos que me emocionan especialmente, centrados en dos viejos jefes indios que por diferentes razones familiares deben afrontar su pasado y su futuro, que son La camisa de guerra y Marcas de honor, porque ponen la mirada en personajes normalmente fuera del foco, y el uso del recuerdo en ambos alcanza momentos de profunda tensión interna. Para mí es bastante inevitable mencionar el relato que dio lugar a la película de John Ford, El hombre que mató a Liberty Balance, por ser una de las joyas cinematográficas de la historia del cine, una película en la que Ford depuró su estilo hasta cierta abstracción en las lecturas sobre política, familia, justicia y territorio que aúna. Es milagroso que todos esos temas y prácticamente todas las relaciones personales y sociales que Ford representa con inspiración y emoción en dos horas estén ya contenidas en las 23 páginas del relato de Johnson. Quizás esta inversión no es el mejor ejemplo canónico para subrayar la capacidad de concreción de la autora, pero sí para indicar su habilidad para la precisión y la sugerencia a partir de situaciones y personajes aparentemente sólo narrativos. Como pretendida y falsamente le suponemos al género.

Tuve la oportunidad de hablar de estos dos libros en la radio, junto con Weldon Penderton, Roberto Bartual y Paz Olivares gracias al podcast de niñosgratis*. El podcast está disponible en ivoox, pinchando aquí. Nos quedó muy bonito y con mucha medicina.

 
Dorothy M. Johnson



17 de marzo de 2019

Ay, Basilio


El primo Basilio es una novela del siglo XIX escrita por José María Eça de Queiroz, que he podido leer en traducción al castellano de Ramón María del Valle-Inclán. Eça es uno de los grandes nombres de la literatura portuguesa, y, por lo que tenía entendido y esta novela confirma, un escritor encuadrable en su tiempo de novela tanto realista como romántica (a saber dónde lo enmarcaría Chus Lampreave), incluso con su punto de exaltación patriótica también típica del nacionalismo europeo del XIX.

El primo Basilio narra un adulterio y sus consecuencias trágicas con un tono distendido e irónico, y con un atrevimiento inesperado. Luisa es una joven esposa burguesa de Lisboa cuyo marido tiene que trasladarse una temporada al Alentejo por trabajo. En ese momento regresa a la ciudad Basilio, el primo de Luisa, tras años de ausencia, que ahora es un hombre rico y desocupado, que desea retomar con ella una relación ya olvidada que años atrás les llevó al compromiso matrimonial. Eça juega con todas las posibilidades del folletín que se puede entrever: las habladurías de los vecinos, los amigos de la pareja que conforman una tertulia cada domingo, las criadas de la casa y las posibilidades que les da el conocimiento de las relaciones de su ama, el chantaje sobre la esposa, etc…

Lisboa en 1880

En El primo Basilio hay una construcción mecánica de la historia casi perfecta en la que Eça incluso reclama su oficio: desde el diseño de la trama partiendo de una obra de teatro escrita por otro familiar de Luisa, los diferentes tópicos van apareciendo sin posibilidad de escapar al destino. Para ello también utiliza varios espejos narrativos para la protagonista: la criada que recibe al mozo de los vecinos, la amiga de vida liberal, o la amiga piadosa locamente enamorada de un prócer. Eça se atreve además con pasajes de acaloramiento sexual, afrontados con un placer disfrutable exento de culpabilidades religiosas. Una rama de la trama tiene una visión social, que Eça intuye pero no acaba de desarrollar, en la figura de Juliana, criada harta de servir y de alma marxista incipiente, pero cuya revolución posible queda cercenada. También la propia revolución de Luisa, visible en un punto de vista libertino pero finalmente deudora de Madame Bovary. Eça, en el momento clave del libro, pone en voz de un personaje masculino que las mujeres no son culpables de estas situaciones, sino que lo son los hombres. Lo dice Sebastián, amigo de toda la vida del marido, que nunca ha tenido novia y que siempre fue ese confidente seguro que todo hombre requiere, y que al discurso decimonónico de la mujer burguesa encerrada en una vida anodina añade una relación homoerótica clara (para quien quiera leer), por platónica que fuera y obviamente armarizado que estuviera Sebastián.

El primo Basilio recupera también para mí la magia de los novelistas decimonónicos que crearon la novela moderna como producto, que la popularizaron, y que denunciaban el tópico según el cual las mujeres eran débiles por caer en el vicio de su lectura. Esa magia se traduce en claridad literaria: ritmo narrativo, prosa limpia aparentemente simple, supuesta ausencia del narrador. Claro que todo esto claro puede aplicar  a muchas obras que han perdurado de los autores que ciertamente lo merecían, pero, independientemente de eso, El primo Basilio brilla por sí misma, y la fama de Eça, de quien hasta ahora no había leído nada, parece muy justificada.

José María Eça de Queiroz (vía)