18 de agosto de 2019

Pero yo soy manantial



Pero yo soy manantial, y necesito expresarme, responde Federico García Lorca en una viñeta de Vida y muerte de Federico García Lorca a un amigo que le pregunta por qué está escribiendo, ya que él apuntaba para músico. Lorca se queja de que sus padres no apoyan su carrera musical. Pero él necesita expresarse, claro.
 
Vida y muerte de Federico García Lorca es un cómic de Quique Palomo que utiliza la biografía de García Lorca escrita por Ian Gibson hace 20 años como base. Ian Gibson, de hecho, figura como autor principal, en letras más grandes. El libro plantea una estructura lineal con capítulos divididos por los lugares en que vivió Lorca, subrayando así el valor del entorno, el poder psicológico que cada lugar y sus habitantes causaban en él, y usando los viajes como desarrollo de una vida. Soy manantial es una frase pronunciada mientras aún vive en Granada pero tiene la oportunidad de viajar por Castilla y Galicia con un profesor ejemplo de la fortuna que Lorca tuvo al cruzarse en su vida con una importante cantidad de reformadores cultos y comprometidos con la educación. No puedo destacar, para quien haya estado interesado en la figura de Lorca, demasiadas novedades de interés en el libro, salvo quizás el naturalismo con que se muestra la vida sexual de Lorca, novedosa en el tratamiento ficcionado de la vida del mayor mártir homosexual de la historia española, que hasta ahora se nos había más o menos negado.

 
La biografía de Ian Gibson

Lorca es un mártir de la causa homosexual asimilable o comparable, con las diferencias de época y lugar, a Oscar Wilde, y en este caso me interesa la necesidad de expresarse de ambos, como símbolo también de la desarmarización artística, y de la reinvención del deseo por parte del homosexual en tiempos oscuros. Para Wilde, la vida también era deseo de expresión (así lo dice en La decadencia de la mentira, su ensayo sobre el sentido del arte), para él la naturaleza imitaba al arte y el arte naturalista, reflejo de la realidad y sin aparente artificio no sólo era más aburrido, sino incluso menos verdadero. En la obra de Lorca sin embargo veo el reflejo de prejuicios sociales y familiares, realistas y profundos, cuyo peso personal en la vida íntima me parecen difícilmente evitables; pero, a la vez, pudo vivir la máxima modernidad que al menos España podía ofrecer en aquel tiempo, y ya existen registros que indican amantes y experiencias suficientes, hoy en día narrables (y hace veinte años, por ejemplo, aún no). Aún así, la naturalidad con que se acerca a los hombres, la naturalidad y desinhibición especialmente de los momentos con Salvador Dalí, me resulta, posiblemente por mi propio prejuicio cultural, difícil de asimilar. Mi educación heteropatriarcal y judeocristiana está seguramente demasiado enraizada y le imagina e incluso prefiere reprimido y doliente, como también se reconoce alguna vez en el libro. La peculiar contradicción psicológica me abrumaría como autor de la biografía, la verdad. Tampoco tiene que ver necesariamente con la época: podría creerlo en Cernuda sin problemas, por ejemplo.

 
Lorca y Dalí en la playa

Lo explícito en lo sexual puede ser lo único que resta de ver al dibujar la figura del divino Lorca. Tal vez más que la ausencia de su cadáver, hecho que pesa irremediablemente sobre cualquier análisis de su figura. Este cómic es empático y naturalista, un excelente resumen narrativo de una vida compleja, con una elección estética adecuada en mi opinión (un entintado negro simple sobre fondo blanco y azul muy bien usados y un buen pulso emotivo en encuadres, paisajes y primeros planos), devoto de la evidente alegría lorquiana, pero es también víctima de esta inevitabilidad impuesta por el desgarro franquista. Creo que la mayoría de gente, incluso lo suficientemente leída, conoce más a Lorca por unas fascinantes aunque terribles vida y muerte que por su lectura directa, o incluso sus influencias futuras. Hoy Lorca sería una figura gozosamente pop en muchas culturas cercanas, como Wilde, como Proust, como obviamente Warhol y Bowie. Su muerte, el carácter político que añade su vida cultural y su homosexualidad, parece impedirlo, y un sesgo de grave severidad le domina y probablemente le niega (el cómic en cierto modo lo sabe, pero escoge para su portada un momento terrible, de rodillas delante de su fosa). Creo que él mismo estaría más cerca de la visión irónica del tótem en que su memoria se ha convertido en Granada (que tan bien describe Weldon Penderton en Salvemos la Jarapa), que de este recuerdo dramático, inapelable en su hecho, pero sólo manidamente tratable en su desgracia permanente.

 
Quique Palomo (vía Tebeosfera)


8 de agosto de 2019

Optimismo, volumen 2


 


Factfulness arrastra una leyenda moderna: haber sido regalado por Bll Gates nada menos que a todos los universitarios estadounidenses graduados en 2017. No sé (no quiero saber) cómo accedería Gates a semejante cantidad de datos, pero aplaudo el gesto. También Barack Obama, convertido ya en famosos que recomienda listas, puso a Factfulness en un pedestal. Bueno, pues sí, el libro lo merece mucho, muchísimo incluso.

Los subtítulos de Factfulness (un título intraducible por sí mismo: ¿factualidad? ¿factualización?) presenta en su portada son reveladores: Cómo los prejuicios y un mal uso de los datos condicionan la visión de los problemas del mundo, y Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo y por qué las cosas están mejor de lo que piensas. Normalmente titulares con este aire de autoayuda me hacen huir de un libro, pero se produce una inversión curiosa: los autores (uno principal, el ya fallecido Hans Rosling, su hijo Ola Rosling y su nuera Anna Rosling Rönnlund, quienes ejecutaron gran parte del análisis gráfico esencial en la presentación de datos e hicieron la revisión final del libro debido a la enfermedad de Hans Rosling) usan presentación, lenguaje y escritura cercanos a la literatura de autoayuda para presentar resultados obtenidos mediante una aproximación científica a datos económicos y sociales de la humanidad. En realidad el libro no es interesante por sus valores literarios (algunos pasajes me han parecido infantilmente redactados), pero los autores no tienen interés obvio en el ensayo como arte. Creo que estamos ante un libro de texto, de contenido y presentación sencillos y amenos, con alto valor pedagógico, para un consumo generalizado, que asume su posición con una agradecible modestia expositiva, y que sabe apelar primariamente a nuestra inteligencia. No es, sin embargo, un trabajo simple, encierra en sí mismo un resumen de la vida y obra de Hans Rosling, incluye ejemplos depurados devenidos en demostraciones sencillas, y no presenta teorías arrogantes. Y, por supuesto, su metodología gráfica da algunos resultados brillantes.

 
Esperanza de vida frente al ingreso anual por países y continentes, en 2018. Este gráfico está sacado de la web de GapMinder, fundación creada por la familia Rosling, que trabaja en estudios de datos, y que contiene diferentes herramientas para obtener los gráficos incluidos en Factfulness. Se puede trabajar con estas herramientas fuera de la web, y todos los datos están disponibles.

El método de Factfulness parte de una encuesta con una serie de preguntas sencillas sobre el estado de algunas cuestiones globales, que, en general e independientemente de la formación, situación económica y estatus social, tendemos a responder mucho más negativamente que lo que corresponde a la realidad (con una excepción, la pregunta sobre el cambio climático). Rosling analiza después cada pregunta en un capítulo específico, que relaciona con un instinto humano primario, en varias ocasiones adscribible a una psicología elemental de supervivencia, que el autor considera que produce una contradicción elemental entre nuestra sensibilidad subjetiva individual y nuestros logros sociales como colectivo. El análisis antropológico (por ejemplo: ya no somos animales de caza pero mantenemos aún emociones similares) resulta un tanto simplón, así como el ejemplo personal que Rosling describe en cada capítulo, pero está exento de paternalismo y lleno de humildad ante el aprendizaje. Incluye además instintos peculiares que hacen perder criterio a personas que en otros ámbitos puedan ser racionales en su observación y deducciones: los militantes de cualquier causa, incapaces de juzgar objetivamente los resultados de su lucha por el hecho de convertir esa lucha en un objetivo más que en un medio, podría ser el mejor ejemplo. Veo un mayor logro en la simplicidad de la segmentación económica que Rosling aplica a toda la humanidad, con una separación por rangos de ingresos, que determinan necesariamente el estilo de vida, y que dividen claramente la forma de ver el mundo. Es esclarecedor porque además Rosling lo compara en el tiempo y en el espacio, elimina con clarividencia cualquier tópico nacional o racial en la consideración del progreso humano, y articula un cambio lógico, comprensible y alejado de las generalizaciones en el punto de vista sobre la situación económica de cada país.

Los métodos y resultados de Factfulness me han recordado mucho a los de un libro que leí hace cinco años, The Rational Optimist, que reseñé con cierto entusiasmo contenido. El autor, Matt Ridley, tenía un tono más triunfalista (algo que Rosling evita explícitamente) ante los problemas individuales y teorizaba sobre las bondades del libre comercio y la innovación, con confianza plena en ambos, para sustentar el progreso y superar el cambio climático, lo que en cierto modo también parecía una excusa política (Ridley es un Lord del Partido Conservador, además de científico y excelente divulgador, al menos por los dos libros que he leído de ñel, el mencionado y el estupendo Genoma), que en Rosling claramente no existe. Pero también incluye su mención política y económica sobre el papel del estado frente al de la iniciativa individual, y la necesidad de equilibrio entre los valores positivos de ambos.

Pero no es este subtexto político el destacable en Factfulness, claro. El libro tiene un punto de clarividencia asombrada y de honestidad expositiva que es atractivo y aplaudible. Dan ganas de llevárselo a las reuniones de cuñados, de explicárselo a los analistas inmediatos de webs y noticias, a los agoreros del apocalipsis, porque bajo su modestia late un encomiable trabajo y un humanismo moral que desarman cualquier tertulianismo estúpido.

 
Hans Rosling, por David Shankbone (vía)



26 de julio de 2019

Don Miguel

 


Habría sido probablemente más adecuado leer más libros de Unamuno antes de afrontar este volumen que me llevaba tiempo esperando entre las lecturas pendientes. No se trata en cualquier caso de una biografía, sino de una serie de ensayos escritos por María Zambrano desde el exilio a principios de los años 40 sobre uno de sus principales maestros filosóficos (el otro, profusamente nombrado en el texto, es José Ortega y Gasset). Algo repetitivos y deslavazados, estos ensayos no tuvieron continuidad y no fueron publicados; algunos llegaron a ser conferencias, pero el hecho es que la autora no los revisó críticamente para preparar una edición adecuada, y, finalmente, la Fundación María Zambrano los reunió, dotó de cierto orden, e imagino que con el prurito preservador que se le supone a las fundaciones, no sometió a edición crítica el texto. Un texto que, no obstante, brinda elementos de análisis de alto interés sobre la personalidad intelectual de Unamuno y su desarrollo en su obra y expresión vital y literaria general, que parte obviamente de alguien que le conoció y estudió, y con quien compartía intereses filosóficos.

 
Miguel de Unamuno en los años 30 (vía)

La personalidad fundamentalmente disidente y contradictoria de Unamuno es aún recordada. Su afán por la controversia, sus cambios de opinión debidos a avatares de su vida y su profesión, y su capacidad de expresión para apuntalar sus opiniones, con un dominio de la palabra que le hacía genio en el arte de la réplica, forman parte de una convulsión hoy paradójica que Zambrano achaca a una personalidad alineada con el romanticismo y el idealismo alemanes, que hicieron del yo la realidad radical, trascendental por excelencia. La convicción de Unamuno era además que ser escritor consistía también en ser original, lo cual, junto a dicha permisibilidad de su tiempo para hablar desde el extremo personal, le dieron forma. Según Zambrano no es por tanto de extrañar que a personalidad tan arrolladora el ansia de vivir y la posibilidad de inmortalidad le amargaran la vida, y, dado el tiempo que le tocó vivir, le llevaran al debate religioso como caso único de su tiempo, al ser según la autora el único pensador de su tiempo que no practica la inhibición religiosa. En un tiempo en que las ideologías se afanaban en sustituir el espacio hueco que Dios había dejado, Unamuno aún discutía del combate entre la fe y la razón, resumido como ensayo en el sentido, emotivo, poético, Del sentimiento trágico de la vida.

Muy peculiarmente, tanto el debate religioso como la exacerbación del yo encajan con una visión particular de la filosofía como especialidad que Zambrano observa al contrastar su práctica en España como una filosofía alejada del abstraccionismo germánico, y modulada por el poder de lo metafórico y lo poético en el pensamiento, con un apego incluso amoroso a las cosas. Zambrano no puede sino escribir desde su exilio de 1940 con la lágrima aún viva por la España perdida, y todavía impregnada de una necesidad no ya filosófica sino esencial, ontológica, por definir el carácter de lo español como categoría. Una época en que ni los enemigos vencidos por el ultranacionalismo franquista podían despejarse de otorgar un carácter trascendente, sin duda también romántico en origen, a la tradición nacional, a la definición del comportamiento según circunstancias identitarias. Esta retórica se hace a veces cuesta arriba en el libro, porque se acompaña de cierto carácter discursivo en la redacción. Es una lástima, porque en ocasiones Zambrano enfoca el problema con habilidad certera en el detalle y en la definición histórica, como en el capítulo sobre la envidia española y su raíz religiosa.

Unamuno es un bilbaíno inabarcable, paradójico y ciclotímico, al que si he leído más de lo habitual en escritores de su tiempo es sin duda por su origen. No siempre me ha parecido un escritor tan brillante como Zambrano afirma, pero algunos de sus libros son lúcidos especialmente en el desgarro de caracteres sesgados por la irracionalidad religiosa. El libro de Zambrano, si se pondera la prosopopeya de la época, es un viaje estupendo a varias de las caras de Don Miguel.

 
María Zambrano (vía)

16 de julio de 2019

¡Marica!



Wiliam S. Burroughs, legendario escritor de la generación beat, drogadicto, homosexual y homicida, autor del que hace muchos años y en realidad por influencia de David Cronenberg, leí El almuerzo desnudo (1959), apenas tiene libros verdaderamente conocidos, y diría que un título tan explícito como Marica no lo es. Marica es una novela publicada tardíamente, bajo el título en inglés Queer, en 1985, apenas doce años antes de la muerte de Burroughs y cuando ya era una figura casi legendaria. Marica tiene el mismo tono extrañado y alucinado de Burroughs que ya se ve en El almuerzo desnudo, el ritmo premioso de la cotidianeidad, y el retrato de una marginalidad situada entre la contracultura provocadora y un individualismo furibundo. Qué duda cabe que las connotaciones de Queer pueden ser mucho más adecuadas para el título.

David Cronenberg dirigió El almuerzo desnudo en 1991

Pero Marica, sobre todo, recupera a Lee, el protagonista de Yonqui, el otro clásico conocido de Burroughs, novela autobiográfica en la práctica, firmada con el nombre ficticio de Bill Lee, y de título una vez más explícito. En Marica, Lee vive en México en la extraña busca del amor físico en cuerpos jóvenes. No extraña obviamente por la homosexualidad, sino por la distancia del individualismo conceptualizado desde la armarización que supone que el comportamiento de los homosexuales deba ser contracultural o provocador, acompañado aquí de las varias adicciones de Lee y sus amigos. Marica me resulta a la vez testimonio poético y vindicación sociopolítica de unas maneras de relacionarse ya superadas en Occidente (si la Historia no lo revierte). El libro corresponde a una generación dolida y orgullosa, y, en cierto modo, es sorprendente que se publique en 1985, cuando la supervivencia de la contracultura gay tenía matices muy distintos. No es que su lenguaje suene rancio 35 años después, sin duda tiene el mismo aliento irónico beatnik de los cincuenta, cuando Burroughs lo escribió en realidad. Pero los tiempos y los lectores cambiamos: la naturalidad del sexo, por ejemplo, sugiere una liberación taciturna incluso más que un propósito burlesco.

Burroughs maneja muy hábilmente dos elementos literarios que me agradan: la figura del observador lúcido instalado en el solipsismo narcisista (negado para ver el avance del mundo, teórico estricto instalado en el convencimiento de una visión superior, pero necesitado de la carne y la realidad), y la fuga poética en este caso altamente lisérgica. Lee se desenvuelve por América Latina en compañía de otros norteamericanos cual diáspora sexual que en territorios exóticos para el Occidente rico es (era) comportamiento liberal de sociedad adinerada. Lee vive de una pensión sin nombre, y viaja en busca de una ayahuasca mítica, lo que hace al relato aparente díptico/dupla/secuela con/de Yonqui, y así no puedo juzgar bien nuevos logros o posibles continuidades entre los textos. Burroughs posee sin duda eso que llaman universo propio, y su escritura es reconocible, su personalidad rastreable en los textos. El desapego de sus protagonistas por la vida, las descripciones premiosas, la frialdad a veces cruel de sus impresiones, el escaso humanismo o solidaridad… hacen de él un autor poco cálido y alejado de un éxito que a él ciertamente puede no importarle, pero también es cierto que pierde capacidad empática sin ninguna perspectiva emocional, o sin ternura alguna por sus criaturas.

William S. Burroughs (vía)




27 de junio de 2019

El franquismo y la apropiación del pasado








Desde la presentación, este libro recopilatorio de una serie de trabajos sobre historiografía, arqueología y estudio del arte durante el franquismo, quiere responder y explicar si el régimen se apropió del pasado histórico para apuntalarse y justificarse. La respuesta es tan esperada como conocida, claro. Lo fabuloso de entrar al detalle, casi 45 años después de la muerte del dictador, es el delirio que alcanzó el franquismo en su invención del pasado y en la necesidad de equiparación de su líder con los nombres que le interesaban del pasado histórico español: la necesidad moral de que la cruzada fuera justa, leída así en su conjunto, deja un poso de tremendo complejo de inferioridad por parte del franquismo, que no sólo se sabía usurpador del poder y el destino del país, sino que se también se sentía así.

Yo nací en el tardofranquismo, y recibí obviamente su educación durante mi infancia. No son lo mismo desde luego los años cuarenta o cincuenta que los setenta, el régimen también mutó en sus formas, y combinó su necesidad de adoctrinamiento con la imagen exterior precisa para el desarrollismo que impregnó a las clases medias alrededor de los 25 años de paz. Pero tengo el recuerdo, anclado en el implacable País Vasco de los setenta, de una percepción continuada de la falacia en las historias de la Historia que el régimen utilizaba y había utilizado durante décadas, a la que contribuía también el acceso torrencial y liberador a informaciones que lo contradecían de continuo. La equiparación de Franco y su régimen a los Reyes Católicos o a Felipe II y sus imperios. La Reconquista y sus batallas, de Pelayo a Boabdil. La colonización y el papel de España en defensa de la religión verdadera en el mundo. Todo sonaba tan enmohecido, todo era tan moralmente inaceptable, tan emocionalmente ineficaz, que redundaba en un rechazo directo, incredulidad ante las supuestas glorias del pasado, y una desconfianza profunda ante la encarnación de las esencias de lo español. En aquel entonces, yo me lo tomaba en un aspecto general también inadecuado, porque mezclaba lo español con lo franquista; luego me vi obligado a diferenciar los matices, claro.

El franquismo y la apropiación del pasado, subtitulado El uso de la historia, de la arqueología y de la historia del arte para la legitimación de la dictadura, sigue un orden cronológico, el correspondiente a las diferentes épocas históricas en la península ibérica, que, en varios casos, corre peculiarmente en paralelo con el cambiante interés de los diferentes períodos cronológicos del franquismo. El libro no subraya, salvo algún caso particular, la psicología de la cobardía vergonzosa que supone que el régimen no pudiera afrontar la verdad histórica que negaba de continuo su legitimidad. Pero el listado de delirios es, no obstante, memorable, y creo útil recuperarlo. No hace tanto tiempo que se decían cosas tan absurdas como éstas:

1.- Los gestos de salutación de varios exvotos ibéricos de bronce (…) eran considerados como los antecedentes del saludo fascista nacional, y no sólo eso, sino que además lo consideraban como una cesión del pueblo español al Imperio Romano:

 
Exvoto ibérico de Collado de los Jardines, Jaén (vía)


Se saludaba así a los romanos para anunciarlos que, después de las luchas enconadas con que Iberia había desafiado a las legiones de Ro ma se sometía y se casaba con su cultura superior; y, además, para indicar en ademán de paz, tendida al aire, la palma abierta de la mano su saludo a las legiones cesáreas que se acercaban. El gesto noble y caro ganó espacio. Repetido por las legiones romanas llegó a Roma y encontró pronto resonancia y extensión mundial (ABC, 25/04/1942)
 (mencionado por Juan Pedro Bellón Ruiz, en su capítulo Los otros exiliados del franquismo: los íberos)

2.- Trajano y Adriano fueron figuras presentadas en la educación y propaganda franquistas como esenciales en la regeneración política y moral del imperio (…) sobre todo por un concepto providencialista del español (…) que habría servido para preparar la difusión del cristianismo

Adriano (sin Antinoo) (vía)


La primacía natural de los españoles hace que en el siglo segundo después de Cristo sean desplazados los emperadores de origen romano por la serie hispanizante de los Antoninos (…) Todo está ya dispuesto para que arraigue la predicación cristiana en el Imperio. Así es como los españoles cumplen la alta misión de preparar la siembra del cristianismo al transformar el poder de Roma y al hacer sentir a todos los hombres de su imperio la intensa sed de un Dios al que pudieran llamar padre. (Antonio Almagro, Constantes de lo español en la historia y en el arte, en Francisco Pina Polo, El estudio de la Historia Antigua en España bajo el Franquismo, Anales de Historia Antigua, Medieval y Moderna, 41, 2009)

(mencionado por Irene Mañas Romero en su capítulo La historia de Roma y la España romana como elementos de la identidad española durante el período franquista)

3.- La forja de la cultura ibérica tendría en los visigodos, por su carácter germánico, un importante punto de apoyo (…) La desintegración del gran Imperio romano había generado una falta de coherencia espiritual, debido principalmente a la heterogeneidad religiosa, racial y cultural que únicamente pudo resolverse con la creación de una unidad nacional lograda (…) por la labor de Leovigildo, de sangre germánica pero de nacimiento español, que le hizo unificador nacional


(mencionado por Carlos Tejerizo García en su capítulo Nazis, visigodos y Franco: la arqueología visigoda durante el primer franquismo, basándose en textos de Julio Martínez Santa-Olalla, Esquema paletnológico de la Península Ibérica, 1946, y Wilhelm Reinhart, El Rey Leovigildo, unificador nacional, 1945).


4.- Para mostrar la profunda españolidad de Al-Andalus, el más frecuente de los expedientes consiste en mostrar la plena compatibilidad de ciertas realidades de la España musulmana con la de otros períodos de la historia nacional, mediante el establecimiento de paralelismos:

Abderramán III, fundador del Califato de Córdoba (vía)


Esta característica fundamental del Estado omeya casa perfectamente con las de casi todos los períodos de la accidentada historia hispánica. El mismo fervor que los españoles del Siglo de Oro habían de poner en la defensa de la doctrina católica frente a las herejías luteranas, lo ponían estos musulmanes ibéricos en opugnar, aferrados a la tradición y a los argumentos de autoridad, las innovaciones heréticas y las audacias intelectuales que fermentaban en la Mesopotamia de los abbasíes (Emilio García Gómez, La trayectoria Omeya y la civilización de Córdoba, volumen IV Historia de España Ramón Menéndez Pidal, 1950)

(mencionado por Alejandro García Sanjuán en su capítulo Al-Andalus en el nacionalcatolicismo español: la historiografía de época franquista (1939-1960))

 
Los Reyes Católicos de la Wikipedia

5.- El imaginario medieval vinculado a los Reyes Católicos, hábilmente manipulado por el Régimen, fue manifestándose en múltiples facetas de la vida cotidiana, ya fuera de manera evidente o subliminal. A modo de ejemplo, en 1951, una pareja podía ir al cine a ver Alba de América, no sin antes participar de las loas propagandísticas del NODO, salir y fumarse unos cigarrillos de la marca “Tres Carabelas” o beber una copa de vino “Reyes Católicos”.


(mencionado por Daniel Ortiz Pradas en su capítulo Tanto monta. Apropiación de los símbolos e imagen de los Reyes Católicos durante el franquismo)

Los protagonistas de El Jabato (vía)

Y no termina aquí: la Dama de Elche representando el casto y generoso carácter español, los musulmanes de Bagdad presentados como heréticos frente al ortodoxo y justo Islam de Córdoba (¡!), Franco representado como el Cid, o construyéndose su propio Escorial (del que ya se había apropiado como ejemplo glorioso) en el Valle de los Caídos, el ejemplo estupendo de los tebeos, con incongruencias como presentar a protagonistas íberos del siglo I a.C. pero ya cristianos, como Jabato; o, por añadir uno especialmente doloroso al ser resultado de la volubilidad del régimen durante la postguerra, el sorprendente movimiento entre la preferencia por íberos o celtas como antecesores del pueblo y carácter españoles según les fuera a los nazis en la IIGM, ya que éstos se veían más justificados por el carácter ario de las culturas celtas que por las culturas procedentes del sur del continente.

En fin, El franquismo y la apropiación del pasado va más allá de ser un catálogo de locuras sinsorgas y su tono es científico y racional, sin olvidar el apunte político general continuado que resulta bastante inevitable ante al abrumador aporte de pruebas. El análisis del discurso apropiador , sus metodologías y sus en general claras conclusiones son resultados del análisis historiográfico que se detiene también en las figuras personales de interés (Santa-Olalla, Sánchez Albornoz, Menéndez Pelayo), entronca con la apropiación nacionalista ya procedente del siglo XIX (y de carácter también europeo), que en el caso español se quiebra con el derrotismo noventayochista, detalla con mimo la dirección política de la arqueología nacional, y, en cierto modo, otorga un perfil al franquismo cercano al ridículo. Que era la sensación que anteriormente comentaba como propia al recibir su educación.

Algunos capítulos merecen ser especialmente destacados por serme más novedosos, probablemente por no ser ya los ejes dominantes de la apropiación franquista cuando estudié, y por ello su lectura me ha supuesto más aprendizaje. Desde luego, está la preferencia nacionalsocialista por el carácter celta de los españoles para que Franco pudiera aportar algo a la mítica germánica en los primeros años de la IIGM. También está la sorprendente inversión del discurso oficial sobre la Reconquista que el escaso cuerpo de historiadores arabistas construyó, que se inicia con el intento de reconocimiento de la contribución a la españolidad de la presencia árabe en la Península para acabar mutándolo dando por imposible que los árabes, escaso en número, pudieran conquistar a toda la población cristiana existente, que en realidad los moldeó y adaptó a su carácter, de modo que su resistencia al califato de Bagdad o los reinos de Taifas no fueran sino muestra de carácter español. También ha sido instructivo repasar la presencia visigoda como primera unidad política española tan discutible como independiente, porque en mi educación los mitos godos ya estaban más diluidos frente a la Reconquista, los Reyes Católicos y los primeros Austrias. Y, por supuesto, el Escorial y su historiografía, en un capítulo que muestra cómo los hermeneutas del monumento caían en el odio profundo de cualquier debilidad antiespañola, con querencia especial hacia las reinas extranjeras que se asentaban en el país fruto de la política de alianzas matrimoniales.

En general, todo el libro se lee estupendamente, sin grandes variaciones de tono a pesar de los múltiples autores, un mérito importante del editor, Francisco J. Moreno Martín, de la Universidad Complutense de Madrid, que incluye también un capítulo dedicado al Estado Novo de Salazar. El libro es tan divertido y adictivo como absurdo, pero dispone de una bibliografía seria de interés. Echo de menos, eso sí, un índice de personajes y temas, y, tal vez, mayor extensión a la cultura popular (en este caso basada en la Historia, claro) creada durante aquellos años imposibles.



28 de mayo de 2019

Hume & Smith, Frtiends Inc.


 

Desde un principio intuí que El infiel y el profesor. David Hume y Adam Smith, la amistad que forjó el pensamiento moderno podía tener un encanto especial, como así ha sido. Hace veinte     años que leí mi único libro de David Hume (Investigación sobre los principios de la moral), pero nunca a Adam Smith, y desconocía que además de contemporáneos habían sido amigos. Recordaba a Hume por algo más que por su anticlericalismo y sus postulados empiristas: por cierta fama de bonhomía y carácter de bon vivant, que este libro corrobora con un montón de valores más: empatía, cercanía, generosidad, amistad. Un libro sobre la amistad primera de un filósofo precursor del positivismo que afirma más de una vez a lo largo de su vida que

‘leer, pensar, gandulear y dormitar, actividades a las que yo llamo meditar, me aportan la felicidad suprema’

puede ser una joya, y, ¡boom!, resulta que sí.


Hume y Smith son miembros prominentes de la llamada ilustración escocesa. Nacidos con doce años de experiencia en las primeras décadas del siglo XVIII y muertos uno con la independencia americana y otro con el inicio de la Revolución Francesa, se profesaron admiración y amistad, y este libro lo describe con gozo sin olvidar por supuesto que ambos son figuras indiscutibles da la historia de la filosofía y la economía, respectivamente, aunque cada uno escribiera también sobre el campo del otro (añadamos a esto que ambos son coetáneos también de varios ilustres escritores y pensadores escoceses, y entre ellos es especialmente destacable una tercera figura que también, a su manera, forjó el pensamiento moderno desde otro ámbito: James Watt).

 ‘(En realidad, sorprende la cantidad de filósofos canónicos que nunca contrajeron matrimonio: Platón, Tomás de Aquino, Hobbes, Descartes, Locke, Spinoza, Newton, Leibniz, Voltaire, Kant, Gibbon, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche y Wittgenstein son algunos otros nombres ilustres que podrían añadirse a la lista)’



 
David Hume según el retrato de Allan Ramsey

Hume y Smith tenían carácter y actitudes vitales completamente distintos, expansivo uno y comedido el otro, generoso uno y austero el otro, escritor compulsivo uno y minucioso el otro. Su amistad mutua es por ello sorprendente, y Dennis C. Rasmussen disfruta cochinamente de ello, frente a los libros gustosos de describir los problemas personales de escritores o pensadores y sus enfrentamientos (el autor llega a mencionar El atizador de Witggenstein, del que tengo un recuerdo estupendo, pero que se construye alrededor de una bronca discusión entre Ludwig Wittgenstein y Karl Popper durante la postguerra). Rasmussen describe amenamente el pensamiento de ambos, es ágil en la comparación de ambos, y tiene incluso cierta gracilidad en el empleo inteligente de la biografía de ambos en relación con sus postulados filosóficos y sociales. Consigue así una gran eficacia narrativa, sin caer en el folletín ni en el escarnio personal.


‘Cuenta la historia que un día Hume resbaló mientras cruzaba por el estrecho paso y cayó al lodazal, sin poder salir por su propio pie. Al final, consiguió llamar la atención de un grupo de pescaderas, pero las mujeres le reconocieron como ‘el malvado e incrédulo David Hume’, y se negaron a ayudarle hasta que recitara devotamente el padrenuestro. Lo hizo en menos que canta un gallo y ellas, fieles a su palabra, procedieron a rescatar al filósofo. Según la fuente de esta historia, Hume mismo lo relataba con gran júbilo, afirmando que las pescaderas de Edimburgo eran las teólogas más espabiladas que jamás había conocido’


 
Estatua de Adam Smith en Edimburgo (vía)

La Ilustración inaugura los valores del mundo moderno como lo conocemos, y Hume y Smith son dos de los pensadores que lo adelantan y prediseñan. Probablemente por eso se hace tan atractivo al lector moderno: Hume es un anticlerical irónico y divertido; ambos abrieron las puertas a los mercados de libre cambio cuando las relaciones económicas aún seguían principios derivados de los regímenes feudales, y aborrecen de la idea de que una nación es rica si sus vecinas están en la pobreza. Creen en el valor de los sentidos y el empirismo, en ayudar a las capas de la sociedad que sufren, y, especialmente David Hume, disfrutan de la vida con una concepción moderna del hedonismo. Desbrozando su amistad, también cierto carácter de maestría que Hume pudo ejercer sobre el joven Smith, y sumando el conjunto de avatares vitales (basándose en todos sus libros, y en sus cartas personales, algunas rayando la genialidad), el entretenimiento conseguido por Rasmussen alcanza un total coherente, con un libro que conecta con el espíritu de los biografiados, a los que respeta y mira con cercanía y amabilidad, y resulta altamente comunicativo y pedagógico, lo cual, en un texto que en gran parte describe la obra incluso con cierta profundidad, de un filósofo y un economista, es digno de elogio. Hasta el punto de que me ha entrado el apetito por leer La riqueza de las naciones y ver en la fuente lo que realmente contaba el profesor.


‘Con respecto a lo que produce la mano de obra de una gran sociedad, la distribución justa y equitativa nunca ha existido, puesto que los que más trabajan son los que menos reciben, y el trabajador pobre sostiene, por así decirlo, la estructura de toda la sociedad. Es cierto que la desigualdad causada por el comercio no acarrea una dependencia personal absoluta como la que sufrían los siervos en la época feudal. […] Pero sí deforma la afinidad de las personas, dado que hace que admiren e imiten a los ricos y se olviden, e incluso desprecien, a los pobres. En consecuencia, los segundos padecen, no solo la escasez material que comporta la pobreza, sino también los sentimientos de invisibilidad y vergüenza que la suelen acompañar. Nuestra admiración por los ricos es particularmente problemática porque, de hecho, no acostumbran a ser personas ejemplares. Al contrario, los estamentos elevados de la sociedad están carcomidos por el vicio y la locura, la arrogancia y la vanidad, la zalamería y la falsedad, la ambición sobercia y la avidez ostentosa. La disposición a admirar a los ricos y los poderosos, y a menospreciar o ignorar a las personas pobres o de origen humilde es la causa principal y más extendida de la corrupción de nuestros sentimientos morales’

 

Portada de Investigación sobre la naturaleza y las razones de La riqueza de las naciones, libro fundador de la economía moderna y del liberalismo

El sentimiento obtenido en una lectura antigua se ha confirmado. Así que tal vez me queden más lecturas recomendables. Hume y Smith son aparentemente escritores muy lúcidos, que mantienen una actitud sanamente escéptica en no dar nada por sentado sin someterlo a discusión, y su visión en tiempos en que la religión dominaba la definición, del mundo físico, espiritual y moral, es sencillamente titánica y creo que no podemos ni imaginarla. Me ha sorprendido Smith por ser en cierto sentido un pensador más preocupado por un sentido más completo de una justicia que incluso pudiéramos llamar social, y una visión mejorada de los conceptos de utilidad y simpatía, aunque su expresión fuese siempre más prudente (o cobarde, según fuentes) que la de Hume. Aunque relativamente, porque es sorprendente cómo intuye la aporofobia y la desprecia. Si pensamos que hablan de un mundo en que las formas feudales aún no eran lejanas, pero que están a menos de cien años de las categorías de Marx, el posicionamiento crucial en la historia del pensamiento es evidente.


‘El bien y el mal dependen de los sentimientos que tenemos al adoptar la perspectiva adecuada, es decir, aquella que tiene en cuenta los prejuicios particulares y la desinformación. […] Para juzgar bien una acción o un atributo de la personalidad, debemos sobreponernos a nuestras circunstancias y adoptar un punto de vista general o común […] Los sentimientos de un espectador imparcial son los que determinan el criterio moral básico. Los actos y rasgos que obtengan la aprobación de un espectador de este tipo serán moralmente correctos, y los que no, serán moralmente incorrectos’

En fin. Créanme: disfrutarán plenamente de esta lectura aunque eso de la economía y la filosofía les suene a un pasado de estudios obligatorios a los que no volver. Puede afirmarse que Rasmussen ha escrito el libro que a Hume y Smith les hubiera gustado leer.


‘Aquel que disfruta genuinamente con un buen libro o charlando con un buen amigo, por ejemplo, tiene muchas más posibilidades de encontrar la felicidad que aquel que desea fama y riquezas en abundancia’

Dennis C. Rasmussen (vía)