8 de abril de 2014

El reescritor


Karoo es una novela de 1998 (de producción anterior, pues su autor murió en 1996), que ha sido traducida al castellano en 2013 y que no conoció distribución internacional en su día a pesar de las críticas excelentes que recibió.

Se trata de un libro mimetizable en una corriente novelística anglosajona que retrata personajes maduros, casi siempre profesionales de éxito, en pleno desconcierto familiar, cuyos altibajos vitales son el punto de partida para una radiografía postcínica de la modernidad, con uso de ironía y un reflejo de la psicología en fuga de lo masculino del mundo actual. Casi invariablemente aparece una mujer joven y determinada forma de folletín. Sin ser lector exhuastivo de novela de este tipo, no es difícil dar ejemplos de este mismo blog: Solar, de Ian McEwan; Diario de un mal año, de J.M. Coetzee, El legado de Humboldt, de Saul Bellow. Y si pensamos en vacas sagradas como Updike o Roth encontraremos más y más ejemplos. Cmo puede verse, casi todos estos autores juegan, o han jugado, en primera división.

No desprecio el subgénero, que tiene variantes maravillosas (pensemos por ejemplo en Richard Ford), pero jugar en terreno tan trillado y pelín ególatra de escritor maduro y autoproclamado persona-de-interés-general tiene peligros. Steve Tesich murió joven (53 años), y su protagonista (Saul Karoo) es un prototipo: separado de su mujer, con un hijo adoptado con quien no quiere relacionarse, es un escritor de guiones de cine para las grandes productoras de Hollywood, que le llaman para modificar guiones que piensan que no funcionarán, o para reeditar películas ya terminadas. Afectado por la imposibilidad de emborracharse a pesar de beber como un cosaco, y plenamente consciente de lo canallesco hacia la profesión artística de su particular trabajo, Karoo pasa la vida en egoísmo continuo sumado a las perplejidades de su edad y trabajo. Hasta que su productor preferido le encarga reeditar la última película de un viejo maestro moribundo para que la reedite. El vídeo le trae dos revelaciones: saber que tendrá que destrozar una obra maestra, y descubrir en la cinta un personaje inesperado de su pasado.

La novela sale entonces del círculo de la ciudad de Nueva York en que se desenvolvía con naturalidad y se convierte en una peripecia que busca razón de ser en la evolución del personaje, pero alargando sus circunstancias de manera obvia hasta terminar en un incomprensible capítulo de mitología griega más aburrido que marciano (que lo es bastante). De la cierta precisión humorística del principio, con sus apreciaciones sociales del NYC snob de los noventa, se pasa a un desconcierto de personajes y situaciones, y a la aparición de subrayados (como explicitar que Karoo es consciente de hacer con la vida de los demás lo que hace con los guiones de los demás) que le restan claros logros al libro. Tal vez este volumen publicado póstumamente fue poco trabajado por su autor en su tercera parte, y hubiese necesitado más tiempo para reeditarlo y conseguir el buen libro que anuncia su inicio y que se encuentra agazapado. O, más irónicamente, tal vez hubiera necesitado un reescritor que le echara un ojo al texto y cambiara todo aquello que no funciona...

Steve Tesich (fotografiado por Dejan Stojanovic, vía


28 de marzo de 2014

La primera novela gráfica



Desde su portada, El cuarto de Lautréamont, de Edith & Corcal, anuncia que se trata de La primera novela gráfica, publicada en 1874, por fin en su edición íntegra. Una obra encontrada más de 100 años después de su primera edición y que llegó a manos del hijo de la dibujante Edith, quien ha reconstruido la historia junto con el guionista Corcal, y editado la novela gráfica de nuevo.

O mejor dicho, una obra que se habría encontrado, que llegaría a manos del hijo, quien reconstruiría y editaría… Porque, lógicamente, es todo mentira. El cómic es moderno, tiene viñetas y bocadillos, y un concepto narrativo que en 1874 no existía, además de una representación estética de lo histórico muy propia de nuestros años. La historia mezcla personajes reales y ficticios, y encierra un bonito homenaje a la literatura y a una época concreta especialmente relevante para la misma.

El protagonista en el satánico cuarto del título (vía)

El protagonista de El cuarto de Lautréamont es Auguste de Bretagne, un hombre que vive en París en la habitación que un año antes pertenecía al conde de Lautréamont, el autor de Los Cantos de Maldoror, un libro satánico y brutal del que sólo se editaron 10 volúmenes en vida del autor, y que décadas más tarde fueron fuente de inspiración para los surrealistas. Estamos en 1871, tras los sucesos de la Comuna de París, y Bretagne asiste a las reuniones poéticas con Rimbaud y Verlaine, mientras va descubriendo diferentes misterios que Lautréamont dejó en su cuarto, tal vez reales o tal vez fantásticos y procedentes de otros mundos.

Rimbaud y el peyote (vía)

En realidad, el lector no necesita saber dónde acaba la realidad y dónde termina la ficción, pues ese es el juego del libro, que todo pueda encajar pero que se note la construcción a pesar de todo. Por ejemplo: para explicar por qué la historia terminó publicada en forma de cómic en aquellos años, los autores introducen como personaje a un dibujante que lee planchas gráficas llenas de onomatopeyas a los poetas zutistas a los que pertenecía Rimbaud, obviamente con un gran éxito, en un episodio que por fantástico que sea es completamente verosímil además de divertidísimo. Este personaje, trasunto físico y artístico de Toulouse-Lautrec, realizará la ilustración de la historia que Bretagne escribe sobre Lautréamont y sus horrores, jugando con la idea de un libro ficticio perdido en la historia, frente a un libro real y maldito que apenas conoció diez ejemplares de edición.

Y el cómic quedó inventado... (vía)

El cuarto de Lautréamont es un cómic ejemplar que retrata una época recogiendo mejor el momento psicológico y vital de sus modernos protagonistas que muchos textos puramente históricos. Y una vez más, esto lo consigue la edad de oro del cómic que estamos viviendo.

Edith y Corcal (vía)


17 de marzo de 2014

El mundo perdido


Como, imagino, la mayoría de los lectores, nunca había leído nada de Arthur Conan Doyle que no fueran las historias de Sherlock Holmes, el mítico personaje que se vio obligado a perpetuar durante su carrera literaria. Por ello, cuando vi la elogiosa reseña que de Un mundo perdido hacía Fernando Savater en Misterio, emoción y riesgo , pensé que era una buena oportunidad.

En esta web dicen que Conan Doyle se inspiró en La Gran Sabana de Venezuela para su meseta perdida (y jurásica)

Sin ser un gran fan de Sherlock Holmes, creo que debido sobre todo a su reiteración dramática, siempre he disfrutado en sus relatos su sintaxis portentosamente envolvente, descriptiva y narrativa al mismo tiempo. Ello convierte cualquier texto suyo en un placer para la lectura, incluso aunque la historia no resulte convincente. Un mundo perdido es una obra canónica de la ciencia ficción, subgénero mundos prehistóricos, y una base obvia para el Parque Jurásico de Michael Crichton y Steven Spielberg. En la novela, cuatro aventureros (dos científicos, los profesores Challenger y Summerlee, el periodista E.D. Malone, y el aventurero aristócrata Lord John Roxton) viajan a Sudamérica en misión encomendada por el Instituto Zoológico de Londres para comprobar si las afirmaciones del indómito profesor Challenge sobre la existencia de vida característica del periodo jurásico en un recóndito paraje del continente son ciertas o no. Malone, joven deseoso de destacar profesionalmente y ante la chica que quiere, es el narrador de la novela, en forma de crónicas periodísticas que envía al periódico durante el viaje cuando hay ocasión para ello. por supuesto, tras un viaje largo y cansado, los cuatro hombres alcanzan su objetivo y además de comprobar y observar las maravillas de una vida que ya se creía extinguida, viven una gran aventura de descubrimiento y supervivencia. La novela es breve e intensa, se cierra bien, es una pieza literaria estupenda, nada que objetar al maestro.

Choque de eras, versión Spielberg)

¿O sí? En mi peculiaridad lectora del año pasado, la que reunió en breves meses la lectura de los ensayos de Savater y Sarrionaindía encuentro la contradicción de la que no he podido librarme durante esta lectura: el hombre blanco, preferentemente sajón, de finales del siglo XIX, dotado de mejores atributos físicos y morales, cumbre de la civilización humana, es quien ejerce el derecho de investigar y colonizar, con el viril paternalismo debido, las lejanas (en el espacio y en el tiempo) tierras de los demás continentes. La aventura, canónica como es, tiene sus momentos morales, porque sin ellos la aventura como tal no existe, según decía el propio Savater. Tenemos algunos ejemplos en determinados momentos,

Hasta el hombre más vulgar esconde en el alma extraños abismos sanguinarios

Hacía falta una robusta fe en los fines para justificar medios tan trágicos

que aparecen cuando nuestros héroes se ven obligados, como mal defensivo menor o como deriva darwinista, a ejercer la violencia. En las novelas de Sherlock Holmes el mal casi siempre proviene de fuera de Inglaterra. Puede ser un inglés al que los años en colonias confundieron, o un oriundo de ultramar, o un objeto valioso de imperio el que desate el crimen en la apacible (pero deseosa de historias) vida británica. Algo así se aprecia también en Un mundo perdido, aunque no diría que Arthur Conan Doyle es impasible ante la huella que Europa dejaba en el mundo. No parecía querer que su expresión en ese sentido fuera más clara, dejando el conflicto en las mentes y personalidades de los cuatro protagonistas, especialmente en el escéptico Sumerlee, que a la vez que el más humanista, resulta siempre el más crítico de los cuatro viajeros ante la presencia del grupo en ese mundo virgen… pero siempre porque la misión encomendada varía de los objetivos iniciales pactados en Londres. En las grietas de ese debate, y en ponerlo a la altura del actual colonialismo económico, encuentro un inesperado interés en alguno de estos libros que fundaron la aventura como la conocemos, y que, bien mirados, en su concepción completa, no sean tan evasivos como parecen. Ni inocentes, aunque esto ya lo sabemos cuando se los damos a nuestros hijos para que los lean…

Arthur Conan Doyle (vía)



8 de marzo de 2014

Nada es algo



La principal pregunta que me ha surgido durante la lectura de este libro de física que es Un universo de la nada, de Lawrence M. Krauss, es por qué existe semejante necesidad de hablar de Dios en un libro de ciencia. Las cuestiones científicas que afronta, la creación y el final del universo, sus características, y la existencia en sí de la materia (y en consecuencia del hombre) son las mismas que la religión ha intentado responder, pero me temo que la sombra del poder de las religiones en el país de origen del autor, los EE.UU., su potencia como lobby, y la presencia continuada en los medios de las facciones más conservadoras, obligan a cierta militancia científica contra la idea no demostrable de Dios. Aunque tal vez sea que la poesía que pueden alcanzar los descubrimientos astronómicos sólo pueda compararse a lo divino.

Si es necesario postular una materia oscura que mantenga aún unidas a las galaxias pero que no podemos detectar –de ahí ese nombre-, ¿debemos dar altavoz a quienes ya afirman, clavo ardiendo, que Dios es ese indetectable éter, o esperar más años de ciencia?

Hace veinte años yo entendía (bien) la mecánica cuántica y entendía (algo) la teoría de la relatividad general. Ahora tengo problemas para seguir ambas, no digamos ya sus novedades y evoluciones, o las superteorías que pretenden unificarlas en un único marco físico común, algo que está llevándose actualmente muchas horas de trabajo. El caso es que no he podido seguir completamente este volumen, a pesar de tener una formación no completamente lejana a lo que trata. El libro tiene gráficas explicativas, pero en varios momentos hubiera agradecido más, y, lo que me resulta más juzgable literariamente, no son pocos los momentos en que el autor admite que existen más pruebas de las que se explican, de un modo algo frustrante para el esforzado lector, que tal vez las esperara para una comprensión mejor.

Es una la lástima, porque la física actual sigue encerrando revelaciones apasionantes en relación a conceptos filosóficos que llevan siglos preocupando a los hombres, y que suponen visiones trasladables a otros campos, que este libro atesora entre sus páginas. Hablamos por ejemplo de cómo la nada es inestable, y cómo de ella surge algo necesariamente. O cómo los físicos han llegado a determinar que estamos en el único momento de la existencia del universo en que podemos disponer de la información necesaria para ver el universo desde el momento del bigbang y poder predecir su expansión (mientras que si la vida y el hombre hubieran surgido en otro momento de la existencia del universo determinada información para estas conclusiones ya no estaría disponible) y que, del mismo modo que el universo surgió de la nada, seguramente acabará en nada. Mientras, la existencia de materia y energía oscuras, de antimateria, y la posibilidad de la existencia teórica de multiversos, nos sumen en implicaciones apasionantes.

Lawrence M. Krauss fotografiado por Nancy Dahl Taconi (vía)





28 de febrero de 2014

El genio y la bestia


Shakespeare y la ballena blanca especula con la idea, culturalmente tan atractiva, de que Shakespeare hubiera ideado Moby Dick 250 años antes de que Melville escribiera su novela. Un dramaturgo isabelino de éxito se embarca por orden de la reina en el Nimrod, camino de Dinamarca, en compañía de nobles, soldados, regalos para el rey danés, todo ello en representación de Inglaterra ante la corte de Copenhague. En el viaje cae sobre el barco una siniestra niebla tras la cual llega una pertinaz calma chicha en que una enorme ballena blanca nada amenazadoramente alrededor del barco…

La ballena, según la película de John Huston

Mientras los hombres prácticos a bordo del Nimrod buscan cómo librarse del leviatán, el dramaturgo se dedica a pensar en cómo representar en el Globe una obra basada en un capitán obsesionado por cazar la ballena blanca que un día hundió su barco y mató a su tripulación. Shakespeare reflexiona sobre las dificultades técnicas de llevar un barco y una ballena gigante al escenario, sobre su obra anterior, sus limitaciones y aptitudes, y la capacidad de la poesía y el teatro frente a la prosa para crear emoción. También sobre su propia vida, el abandono en que tiene a su mujer, su amada vida en Londres… Toma como modelo de su futuro capitán a Lord Henry Wriothesley, que también viaja en el barco, y que es históricamente uno de los candidatos a ser el Mr W.H. a quien Shakespeare dedicó los sonetos de amor que escribió.

El bello de impronunciable nombre Lord Henry Wriothesley (vía)

Shakespeare es la figura mítica de la literatura con la obra más maleable y maleada de la historia. Su persona, tan sometida a especulaciones infinitas, raras veces ha sido representada, e incluso recuerdo cómo cuando John Madden se atrevió a rodar Shakespearein Love se recibió con cierto asombro la osadía de representar el mito. Esta novela de Jon Bilbao propone un crossover peculiar del que surge una reflexión sobre las formas del arte para conseguir llegar al corazón del espectador, sin dejar de lado una mirada a las diferentes naturalezas del poder en un barco que no es sino un estado (en miniatura) amenazado, ni la encarnación de Shakespeare en una persona real (no es el tópico salido de sus obras que interpreta Joseph Fiennes en Shakespeare in Love, ni el secundario prescindible que niega su genio de Anonymous). Bilbao combina en tensión creciente los capítulos del pasado de Shakespeare con los angustiosos días en el barco asediados por la gran ballena blanca, en un ejercicio literario de estupenda resolución, en el que encajan bien incluso las asonancias de un autor que escribe desde un tiempo en que conoce el poder de la novela, el futuro del teatro, y el peso intemporal de su protagonista. Existen también puntos curiosos de conexión con el otro libro del autor que he leído, Padres, hijos y primates: la sociedad amenazada por un elemento exterior no controlable, o la pulsión del mundo animal sobre los humanos.

Jon Bilbao no escribe sólo desde un tiempo distinto, sino desde un país y un idioma diferentes. Se atreve a asimilar dos autores míticos de otra literatura, con la osadía de hacer idear a Shakespeare una obra basándose no en un texto pasado –como solía hacer- sino en un texto futuro. Hace breves apuntes históricos aparentemente correctos y sólo modificados en función de la historia, y propone sin ambigüedades la bisexualidad de Shakespeare, superando el carácter pop de este cruce de alta cultura con una historia verosímil. Lo hace además en una obra breve y ligera, como si fuera sólo una obra concebida como aparente entretenimiento (que funciona como tal), pero con la tragedia del creador como fondo amargo de sus páginas.

Jon Bilbao (vía)



19 de febrero de 2014

Sal en familia

(Reseña previamente publicada en la revista cultural Factor Crítico)


Para quienes quedamos deslumbrados con el talento que Jean-Baptiste Del Amo demostraba en Unaeducación libertina, una primera novela absolutamente brillante, La sal, su segunda novela, es un libro esperado. Era improbable que su prosa de desmesurada fisicidad siguiera centrada en un contexto histórico, pero, ¿alcanzaría el mismo tono descarnado en una historia actual? Ha resultado que sí.

La historia de La sal intenta transcurrir en un día. Una familia (madre viuda, tres hijos y sus parejas, cuatro nietos), traumatizada por el recuerdo del padre tirano fallecido recientemente, se va a reunir para cenar una noche de verano. Tanto la madre (Louise) como los tres hijos (Fanny, Albin, Jonas), según su desarrolla su día camino de esa cena, recuerdan escenas de su infancia, la vida cuando el padre estaba presente, y las relaciones entre ellos. La familia vive en Sète, una villa marítima cercana a Montpellier, en la que el padre trabajó toda su vida. El título hace referencia a la sal marina como elemento sensorial del omnipresente mar que dominó su vida.

No es fácil abstraerse del mar en Sète

La sal comienza con una cita de Virginia Woolf y un diseño de personaje central, estructura y método que recuerdan a La señora Dalloway. Los secretos de familia son el eje de la novela: la callada y reprimida Louise aún alimenta los escasos recuerdos buenos de la vida en común con su marido Armand, pero siempre prefirió al pequeño Jonas, cuya sensibilidad era rechazada por su padre, un hombre militantemente viril que emigró de Italia al final de la II Guerra Mundial. Armand prefiere a Albin, que perpetúa el incontestado modelo masculino de su padre también con su propia mujer e hijos, y que rechaza la homosexualidad de Jonas. Fanny, contrariada siempre por no gozar del favor principal de ninguno de sus padres, vive amargada por la pérdida de una hija, hecho que la mantiene paralizada también ante su hijo y su marido, con los que vive una existencia sin alicientes. El secreto principal es sin duda la sexualidad, la aceptación de sus formas, dominios y deseos, y su papel en la jerarquía y construcción de la familia.

Las virtudes de la prosa de Jean-Baptiste Del Amo siguen intactas: su capacidad para describir lo sensitivo, la aparición de imágenes de gran poder que aprovechan el entorno físico que envuelve en luz, sal y agua asfixiantes a los personajes, la penetración piscológica que acompaña lo físico y lo sensual, dan lugar a momentos de gran lirismo, aunque sea un lirismo de lo sórdido que anima en la intimidad de los personajes, y que puede deshacerse en sentimientos o en secreciones, tan fascinantes como repulsivas. Arriesga también el autor en la estructura: la novela está dividida en tres partes que apelan a un ritual (Nona, Décima, Morta), y la primera está especialmente conseguida. Cada personaje tiene para sí pequeños capítulos dobles, uno actual y uno pasado, que van dibujando la madeja de hechos que hacen la familia de Louise y Armand un pozo de sentimientos enfrentados. Los episodios se hilan uniendo literariamente las edades e intereses de cada personaje, supurando poco a poco un sentimiento profundo de desazón y soledad, y rizando las historias familiares en un rico juego de puntos de vista que consigue, en apenas cien páginas, definir con profundidad a nada menos que cuatro personajes principales en una apasionante estructura cerrada y sin fisuras.

El peligro, no obstante, es la rigidez del modelo, o ser víctima del propio drama agigantado. La necesidad de resolución de la tragedia planteada y lo envolvente de la prosa (traducida con abundantes galicismos) llevan a leer con frenesí, y la novela no tiene puntos de fuga: si Jonas vive su vida en París será para convivir con un enfermo de SIDA (una historia secundaria en exceso determinista), o si recordamos la infancia de Armand, ésta será en la guerra y bajo un padre del que aprendió todas las violencias. La felicidad puntual de los personajes es un viento fugaz, una ilusión de los sentidos, y el drama es por ello el terreno sin salida de La sal, como si esta familia proyectara sobre sus miembros una sombra ominosa de la que el autor no consigue librarse ni con una mínima concesión al humor o, al menos, a la ironía. Jean-Baptiste Del Amo procede de la misma zona de Francia, también es nieto de emigrantes, esperemos al menos que la novela no sea autobiográfica; y que, aunque su obra parezca ya tener temáticas (el poder del sexo, la paternidad ausente o errada, la potencia de elementos físicos como el agua), que descubra terrenos nuevos, aunque deba reconocerse que sus dos hipnóticas novelas hasta el día de hoy revelan no sólo ambición sino también maestría.



 Jean-Baptiste Del Amo en Barcelona en 2011 (vía)




8 de febrero de 2014

Colapso

Aunque estas relaciones con las grandes empresas me han reportado perspectivas detalladas del devastador deterioro medioambiental que con frecuencia originan, también he contemplado de cerca situaciones en que a las grandes empresas les interesaba adoptar garantías medioambientales más draconianas y efectivas que las que he visto aplicar incluso en los bosques nacionales de Estados Unidos. Estoy interesado en lo que motiva estas diferentes políticas medioambientales de las distintas empresas (...)

En realidad, las grandes empresas no me han contratado y describo francamente lo que veo que sucede en sus instalaciones, aun cuando las visito como invitado suyo. En algunas instalaciones he visto compañías petroleras y empresas madereras que están siendo destructivas, y lo he dicho; en otras las he visto ser cuidadosas, y eso fue lo que dije. Mi punto de vista es que mientras los ecologistas no estén dispuestos a involucrarse con las grandes empresas, que son algunas de las fuerzas más poderosas del mundo moderno, no se podrán resolver los problemas medioambientales del mundo.'


Cuando leí el excelente Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond, éste ya había escrito Colapso. Ahora que he leído este libro, resulta que Diamond ya ha publicado el siguiente. Siete años de distancia están bien ante un escritor como éste, que por momentos parece acercarse al estatus de sabio, cuyos libros son un torrente de conocimiento (nótese que no digo información), y ante cuyo estilo, falta de dogmatismo, precisión científica, visión histórica y capacidad divulgativa me vuelvo a quitar el sombrero.

Colapso habla de las civilizaciones que se derrumban y de las causas para ello. Su tesis, lo suficientemente repetida en el libro para poder recordarla bien, se basa en que las civilizaciones se terminan por hechos relacionados siempre con la interacción entre el hombre y su entorno natural; es decir, por efectos medioambientales relacionados o producidos por el hombre. Diamond dice que estas causas medioambientales se convierten en determinantes según sean cuatro factores más: los cambios climáticos, la presencia de una civilización amistosa, la presencia de una hostil, y la respuesta de los hombres ante el impacto medioambiental, si son capaces de detectarlo.

La producción en aumento de moais por cuestiones políticas acabó por causar la desforestación de la Isla de Pascua (vía)

Jared Diamond huye científicamente de tópicos y dogmatismos: las civilizaciones antiguas no fueron mejores que las actuales. Varias destrozaron su medio ambiente y por ello se quedaron sin recursos y desaparecieron. El mito del hombre primitivo en conexión ecológica con la naturaleza no existe: lo demuestran los casos de los mayas, la isla de Pascua, la isla de Pitcairn, los indios anasazi o incluso los noruegos que tras cuatrocientos años desaparecieron de Groenlandia. Su método parte de abundantes documentación y bibliografía; un conocimiento extenso del medio natural (agricultura, silvicultura); de los estudios de datación y sus resultados, que son, en ocasiones, apasionantes (el registro del hielo en el Ártico, el de los árboles usados en construcción en la Norteamérica indígena, el polen…); muy poca especulación, siempre dirigida por el sentido común y siempre bien advertida al lector. Por supuesto que hay ejemplos de sociedades primitivas muy distintas que sí supieron sobrevivir a sus propios efectos medioambientales, y que tomaron decisiones complejas, a veces inaceptables para nuestro punto de vista actual (como según qué controles de natalidad), y que han llegado felizmente a nuestros días, aunque siempre con factores enmarcados en los puntos que mencionaba más arriba. Es muy revelador, además, cómo explica la existencia de soluciones arriba-abajo y abajo-arriba que hayan sido útiles en ese camino, mostrando también la variedad de metodologías de gobernanza que debemos considerar. Diamond se centra en los colapsos como fuente de aprendizaje hacia el futuro, con el objetivo de que el planeta no se convierta en una isla de Pascua que se desforesta en una espiral de búsqueda de poder, sino más bien como un Japón capaz de regular (en el siglo XVIII) sus bosques ante su pérdida de recursos. Y aunque su objetivo sea el planeta, sus casos de estudio modernos son concretos: Australia (país sobre el que su estudio ha recibido mucha contestación), China, Montana, Ruanda/Burundi, y Haití/República Dominicana, con explicación de causas del pasado y del potencial de futuro.

En el siglo XVIII, en Japón, llegaron a identificar cada árbol de sus bosques. Claro que los japoneses empezaron a importar madera de otros países a los que llevaron a serios problemas de deforestación (vía)

Hay dos capítulos que me gustaría destacar especialmente. Uno es el dedicado a la gestión empresarial, a la que obviamente Diamond es lejano, y su demonización por defecto por los movimientos ecologistas, que rara vez elogian un comportamiento medioambiental adecuado de una compañía, sobre todo si pertenece a un sector polémico. Su explicación de las implicaciones históricas de estos sectores en la renovación de recursos, o cómo la capacidad de repercutir costes a los consumidores permite un mejor comportamiento medioambiental de la empresa, es brillante, aunque sus conclusiones sean polémicas y discutibles (y él mismo es consciente). La frase que abre este post es el resumen del pensamiento de Diamond en este punto, y no puedo sino pensar en la razón que tiene. A ello se suma su apelación a las conciencias ciudadanas como presión siempre necesaria ante gobiernos y empresas para su cambio de actitud.

El segundo capítulo a destacar tiene que ver con el hecho de que las civilizaciones que se desmoronan no tomen acciones inteligentes para evitarlo. Dado que los errores cometidos por anterioridad con la principal fuente de enseñanza para nosotros, resulta necesario destacarlos: la incapacidad física o técnica para prever o, una vez producido, detectar el problema (con conceptos como la lejanía de los responsables, la normalidad progresiva, la amnesia del paisaje), las conductas racionales pero moralmente reprensibles (el egoísmo, la tragedia de lo común, los choques de intereses, el anhelo de poder), o las irracionales (la persistencia en el error por culpa de valores culturales o religiosos, las necesidades a corto plazo, o los engaños del pensamiento colectivo), o, por supuesto, el hecho de tomar las decisiones tarde o ser éstas equivocadas.

Tikal. La civilización maya tiene varios colapsos registrados durante siglos (foto de soyignatius)

Para terminar, una discrepancia y una ausencia. La discrepancia procede de la desconfianza de Jared Diamond hacia la tecnología, a la que cree complejo esperar en busca de soluciones, ya que sus implantaciones son lentas y el planeta necesita resultados inmediatos. Me sorprende que despache el tema con cierta rapidez, como si redujera el campo a los grandes aventuras tecnológicas (quizá, por ejemplo, sustituir las energías fósiles por el hidrógeno), y renunciando a las soluciones abajo-arriba que también puede darse en ciencia.

La ausencia es la falta de mención a la economía circular, que es un concepto que nace tímidamente en los setenta y que ya es ampliamente conocido como propuesta en 2006, aunque su eclosión sea posterior, con la crisis o la labor de la Ellen MacArthur Foundation. Un camino que abre muchas posibilidades, con cambios conceptuales esenciales, y nuevas estrategias necesarias ante el desafío medioambiental.

Jared Diamond (vía)