15 de agosto de 2018

El feminismo en España




Los congresos actuales del PSOE son más tranquilos que los del PP, supongo que por la naturaleza diferente de sus primarias: el Secretario General viene decidido de antemano por un cuerpo electoral coherente y la pasión queda reducida a las acaloradas discusiones ideológicas (las hubo) o a esperar el porcentaje de aprobación de la nueva ejecutiva para saber con cuántos cuchillos especulará la prensa a partir del resultado. Así que, seas delegado o invitado, te da tiempo suficiente a deambular entre sesiones, y, para mi gusto, descubrir con tranquilidad las ofertas de la tienda de publicaciones, donde hay libros baratos (¡5 euros!) y muy educativos como éste, El feminismo en España. Dos siglos de historia, editado por Pilar Folguera, que recoge las conferencias de un curso sobre feminismo que, de modo pionero a pesar de celebrarse hace treinta años escasos, organizó la Fundación Pablo Iglesias. No es el único libro que compré, algunos para regalar, y desconozco si otros partidos apuestan tan fuerte por este tipo de publicaciones.


Artículo 14 de la Constitución Española
Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Hace apenas treinta años sólo llevábamos diez años de una Constitución que consagraba el principio de igualdad ante la ley. Partíamos de un régimen dictatorial que no respetaba este principio, y que había trabajado activamente por borrar cualquier atisbo de liberación o emancipación femenina, y cuya visión del tema era unívoca y vertical, de ideología ultracatólica y profundamente conservadora, según la dirección de la Sección Femenina. Sólo las necesidades socioeconómicas (de las que el régimen franquista no podía escaparse) y no precisamente el convencimiento ideológico habían permitido una tímida introducción de la mujer en el mercado laboral más allá de las labores tradicionalmente femeninas.

María de Zayas

Como buen libro histórico, El feminismo en España. Dos siglos de historia tiene descubrimientos para el lego, como la personalidad de la sorprendente María de Zayas, o la curiosa inversión de la historia del sufragismo en las primeras décadas del siglo XX entre España y varios países de referencia en Europa. Por momentos el fresco histórico apasiona, como en la II República Española, o en las circunstancias digamos clásicas en que se enfrentan los movimientos obrero y feminista, o en la explicación de los conceptos hoy en día paternalistas que se discutían en los primigenios congresos sobre la cuestión femenina. Por otro lado, como libro escrito por varias autoras y además procedente de un curso, se producen repeticiones y capítulos de diferente interés.

Emilia Pardo Bazán

No obstante, el volumen y muy especialmente las primeras contribuciones, son muy disfrutables en cuanto a la profundización en los objetivos del movimiento feminista según las épocas, reflejando también a la propia sociedad española y sus momentos políticos en los dos últimos siglos. El feminismo en España. Dos siglos de historia es también, lógicamente, una historia implícita de los modos sociales, públicos y privados de nuestro país.

Pilar Folguera (vía)


22 de julio de 2018

Del lado de allá

 

Un crítico de arte acomodado en el pinochetismo acude a una cena aparentemente progre en una villa rural. Al buscar el baño en un momento determinado y, por culpa de los apagones de luz que la casa sufre con frecuencia, se confunde y descubre así en los sótanos del edificio un centro de tortura. El lector del primer capítulo de la novela gráfica Pinturas de guerra, titulado Del lado de Santiago de Chile (una primera referencia a Rayuela, que es una presencia sentimental permanente en el libro), queda sobrecogido, con el ánimo destrozado e impactado brutalmente. No se trata sólo del choque dramático o narrativo, el visual es importante: las viñetas detalle, la edición visual del momento, el contraste entre estar vestido –civilizado- y estar desnudo y despojado de dignidad… La fuerza metafórica no es poca: la luz que alumbra al dueño de la villa y sus invitados no es estable, ni permanente, ni moral, debido a las descargas eléctricas que los torturados sufren en el sótano. La luz es importante en una novela gráfica dedicada a la pintura.

 
El título del libro es también un juego de palabras. En el traslado de la acción al lado de acá, a París por supuesto, un grupo de pintores latinoamericanos son el fondo en que se integra el protagonista, un novel aspirante a escritor español que ha venido a París, donde quiere documentarse y escribir un libro sobre Jean Seberg. Nadie le hace caso en este propósito, pero sin desearlo y por su ingenua incapacidad de negarse a los favores que le piden, a su alrededor se va tejiendo una red de exiliados, espías y policías. La narración no llega al thriller completo en el sentido de que no se preocupa tanto por hechos materiales concretos que afectan a los personajes, pero utiliza sus mecanismos para aflorar la denuncia política y la reflexión sobre el papel del artista en la misma, con la ironía del torturador amante y tratante de las artes plásticas como sádico motor añadido de la acción.

 

Parte del impacto que el libro consigue tiene que ver, en mi opinión, con la recuperación de un contenido que pienso que durante tiempo ha sido un tanto desplazado en la narración visual, incluyendo también la cinematográfica, y no sin razones, entre otras la dificultad de mostrar visualmente una tortura desmedida y que dramáticamente una historia pueda seguir teniendo personajes viables (más complicado cuando los torturados son estrellas de cine). En el caso de las dictaduras del cono sur ha habido casi un subgénero dedicado a ello que, varios años después de la recuperación de las democracias en Argentina y Chile e incluso de los juicios condenatorios a dirigentes y sicarios parece, a la luz del infinitamente rápido y compartido mundo político actual, algo desfasado como narración dramática. Acostumbrados en España a un bombardeo conservador que cataloga a la creación artística como izquierda inútil y que prasctica la demonización de la memoria histórica (para algunos incluso es cara y no merece gastar un euro), el libro de Ángel de la Calle es un sopapo a estas desgraciadas convenciones en materia de recuperación histórica.

 

Pinturas de guerra juega en una liga superior en este tema por su concepción y resolución: los protagonistas permiten al autor usar un plano artístico referencial: el uso del contenido metafórico es continuo, las multinarraciones paralelas y sus detalles son adecuadas a la historia y lugares físicos y sentimentales narrados, el poder simbólico de lugares (París) y sus iconos (Seberg) incluye los cuadros allí pintados y los países reunidos. Todo ello infinitamente más útil que la denuncia subrayada, a la que de todos modos el autor mismo no puede resistirse en el epílogo.

 
Ángel de la Calle, director de contenidos de la Semana Negra de Gijón


11 de junio de 2018

Intelectualidad rural

 


Los Hermanos Coen es un libro francamente bonito. La edición de Cúpula tiene tapa dura, la foto de la bola de bolos roja en medio de la nieve (que es referencia múltiple) como portada, y una caja de protección de lo más elegante. El producto es apetecible como regalo (gracias, @palmeiroricardo), y un vistazo en diagonal permite ver fotografías de alta calidad, maquetación cuidada, y una secuencia cronológica esperable de la filmografía de los dos hermanos. Ante un producto así yo suelo tener algo de escepticismo porque la imagen del mismo pueda ser más importante que el contenido, y que estemos ante una operación estética más que ante un análisis interesante de la obra coeniana, dado que por otro lado no soy un mitómano. El libro es grande pero no enorme, y sin duda aspira a que los seguidores de los Coen pudiéramos al menos recordar parte de la experiencia visual de su cine, lo cual está muy bien para alguien que como yo ha visto TODAS sus películas en las salas. No obstante, el tamaño no es lo que importa, ya hablé de esto al comentar sobre El Bosco.

 
En el rodaje de Arizona Baby (vía)

El resultado deja un poco a medias: el libro recoge en efecto la suficiente biografía como para rastrear el inicio de sus intereses y analiza las características de su estilo, aunque sobre todo pretende definir los puntos principales de su formalismo y apunta con cierta reiteración a su intelectualidad rural, sin un desarrollo más profundo de esto, como motor de su sentido del humor. El libro repasa la filmografía completa de los Coen hasta ahora, con más páginas para sus películas más famosas o de más culto. Así que he podido disfrutar con el recuerdo de joyas como El Gran Lebowsky, Quemar después de leer, The Hudsucker Proxy, Arizona Baby, o Inside Llewyn Davis. Y recordar por qué Miller’s Crossing, Fargo, u Oh, Brother nunca me convencieron. El análisis de cada película tiene puntos de interés, pero suele resultar algo superficial en cuanto al análisis cinematográfico. También creo que al libro le falta contexto en el análisis: por peculiares en el panorama cinematográfico que sean los Coen, el libro los particulariza como figuras alejadas de la realidad artística y su universo es retratado como un mundo exclusivo y cerrado, casi inconexo con su tiempo y sociedad. Me parece un error conceptual que parte probablemente del apego excesivo a las figuras biografiadas.

 

Hay un problema añadido además terrible para cualquier edición, pero que en este caso es imperdonable por tratarse de casi un beau livre. Se trata de una edición con errores de corrección importantes. Que a veces escribe los Coen y a veces los Coens. Que comete errores de correspondencia en el número dentro de una frase. Que incluso se permite dejar un párrafo en inglés (en la página 72). Una pena.

 
Ian Nathan, según su cuenta de Twitter

21 de mayo de 2018

Multiplícate por cero




Simon Singh es un físico especializado en divulgación científica por medios escritos y audiovisuales. Así, Los Simpson y las matemáticas revela los secretos matemáticos de la serie de animación, entre cuyos guionistas han abundado matemáticos y apasionados de esta ciencia. El resultado es un anecdotario de, normalmente, chistes simples introducidos en los diálogos o coletillas del guion, y, en ocasiones, estructuras de capítulos basados en teoremas –o también en obsesiones- matemáticos, ocultos en todos los casos en los muchos capítulos que la serie ha tenido.




El libro es en sí sencillo y fácilmente seguible, un tanto superficial en la aproximación (aunque igual es más justo decir que lo superficial es el sesgo matemático en los guiones simpsonianos), pero probablemente útil para un interés educativo informal de esta disciplina en general odiada por alumnos de escuelas e institutos. Más allá del anecdotario, que en sí parece un listado con ligero perfil de los guionistas implicados cuyo interés se esfuma pronto, el libro no da más alimento e incluso se ve obligado a ser rellenado con capítulos dedicados a Futurama, que en mi opinión deberían ser otra historia.
 
 



Imagino que el libro gustará al fan de Los Simpson, pero no sé si a los matemáticos les dirá mucho. Yo creo que la tendencia un poco más general a mostrar chiste, ironía y parodia científicas en la cultura popular es más bien reciente y que en general hemos pasado del estereotipo aburrido o del científico loco al racional, brillantemente divertido y tendente al aislamiento social, que pueden encarnar series como The Big Bang Theory ó The IT Crowd. Que también está cargado de tópicos, claro. El caso es que, desde el punto de vista del atractivo pedagógico es una pena que una formación más abstracta no resulte de interés directo, y, de hecho, encuentro cierta contradicción entre pensar que este acercamiento académico (si acaso el interés de Los Simpson fuera ese, que lo dudo, aunque no lo dudo tanto en el caso del libro) es útil y que se pueda proponer por matemáticos enseñados con métodos digamos tradicionales. Pero posiblemente en esta contradicción pueda tener valor el libro, que, en el fondo, me ha parecido un cotilleo banal sobre p o los números e ó i.

 
Simon Singh (vía)

2 de mayo de 2018

En el medio



Middlesex es la segunda novela de Jeffrey Eugenides, que fue un éxito enorme tras la primera, Las vírgenes suicidas, que ya comenté hace un tiempo, y que goza también de amplísima fama apoyada en su caso por la película de Sofia Coppola. Middlesex es una novela cercana al gran relato tipo Americana en su concepción de saga familiar, de aventura pionera, y de retrato de comunidad. La cercanía está presente en estructura y ambiciones, pero no es tanta cuando miramos los dos detalles centrales: la emigración griega a los EE.UU. y la intersexualidad. Dado que la novela tiene ya dieciséis años, y lo que en este tiempo ha cambiado la sociedad, es interesante intentar analizarla.

El protagonista de la novela, Cal, que al nacer fue llamado Calliope (musa de la poesía y de la elocuencia), se define desde la primera página y explica que su condición hermafrodita (un vocablo ahora desaconsejado) se debe a motivos genéticos por relaciones de consanguinidad entre sus antepasados. Cal, como narrador, debe entonces narrar la historia de su familia, a la que se desplaza completamente el relato. Desdemona y Elephterios, los abuelos de Cal, fueron griegos de Turquía que tras el incendio y evacuación de Esmirna en 1922 (como consecuencia de la guerra entre Grecia y Turquía) se instalaron en EE.UU. en casa de una prima de ambos. La historia muestra cómo, los abuelos de Cal, eran hermanos; la consanguinidad no acaba ahí, pues sus padres, criados endogámicamente en la comunidad griega asentada en Detroit, eran primos.

Incendio de Esmirna en 1922

Eugenides es un narrador estupendo: muy divertido en la narración de situaciones cotidianas, aprovecha de manera excelente las tradiciones en el marco de la historia (como esa abuela que adivina el sexo del feto según la forma de la barriga de la mujer embarazada), por no hablar de los acontecimientos históricos y sus ironías (desde la guerra greco turca a los disturbios de Detroit en 1967), y es hábilmente desmitificador sin estar exento de reflexión honda disfrazada en un ritmo ligero y atractivo. La reflexión de Cal respecto a su situación es siempre liviana, fresca y positiva. Cal es un personaje lógico, rebelde acorde con la edad, y fuerte. Eugenides, obviamente, le quiere y describe con ternura.

Mi problema con esta novela de más de 500 páginas es la comparación obvia, apenas explicitada una vez, entre la doble identidad (nacional, cultural, social) del inmigrante y la doble identidad del protagonista (de asignación de género, de órganos sexuales físicos). No son escenarios conceptualmente iguales, y en cierto modo eso afecta, en mi opinión, al resultado desigual de los conflictos. La fortaleza mental de Cal es formidable, pero no se puede basar en los mismos constructos sociales y familiares en que su abuela –un personaje extraordinario, todo sea dicho- sobrevivió al exilio, a la pobreza, y a la ley seca, y donde la ocultación del incesto sería el fenómeno más cercano a la armarización y ofuscación del adolescente intersexual. El paso del conflicto colectivo al individual parte de la opción para mí política que toma Eugenides respecto a que Cal sea un personaje positivo, que entronca bien con la capacidad demostrada del autor en su primera novela para retratar universos adolescentes, pero confunde la naturaleza y consecuencias del secreto, en favor de un tratamiento racionalista algo ventajoso que permita explicar que el carácter, algo tan subjetivo, lo es todo. También existe una cierta pérdida de anclaje del espectador cuando Eugenides decide apartar a Desdemona del primer plano de la historia para centrarse en Cal, dejando un hueco difícil de llenar ante un personaje tan formidable.

 
Jeffrey Eugenides (vía)




4 de febrero de 2018

Sobre el volcán




El título del último relato de Estrómboli da título al volumen de cuentos que Jon Bilbao publicó en 2016, su (creo) última publicación hasta la fecha. Son relatos en los que su voz es reconocible, pero que cada vez parecen mejor terminados. Y, como suele suceder con los autores que se leen con frecuencia, resulta interesante adivinar si existe evolución, cambios significativos o continuidad.

 
Stromboli (vía). Isla, volcán y película de Rossellini.

En Estrómboli hay una menor presencia de lo telúrico que cuestiona la civilización. No por supuesto que esté borrado del todo, hay presencias animales, o imágenes del pasado, capaces de llevar a los personajes al conflicto o la desazón. En cierto modo, parece imponerse una de las obsesiones importantes de Bilbao: los momentos vitales de transición, esos en los que cualquier persona se cuestiona la vida y los parámetros por los que la ha llevado o la va a llevar. Así, los protagonistas son personas que dejan su trabajo, que pierden su pareja, que inician su primer trabajo, o que se casan… En esa transición, que les sitúa en un estado de confusión, aparece el nudo del relato, que parte de lo aparentemente rutinario pero que no lo es y viaja enseguida a la extrañeza de un elemento perturbador: un fresco inesperado en un sótano, un portero que encubre una organización mafiosa, un despechado que acaba refugiándose en una isla con un volcán, o la desgraciada pérdida de un hijo en un accidente absurdo. Esta habilidad es inicialmente estructural, pasa de la presentación de la cotidianeidad a la del conflicto y su ritmo va en aumento camino de la paradoja. Sucede desde lo general a lo particular. Ejemplo:

Eché a correr, confesó. Fue algo involuntario. No di orden a mis piernas para que empezaran a moverse. Lo decidieron por sí mismas, como si supieran mejor que yo lo que había que hacer. Cuando me di cuenta había soltado mi arma reglamentaria y estaba corriendo, alejándome todo lo rápido que podía de mis compañeros, los cuales se mantuvieron en sus posiciones. Y yo corriendo como un cobarde. Pero recuerda: las cosas siempre pueden empeorar. Eso es algo que no debemos olvidar nunca. Oí un estampido a mi espalda. El coche de los sospechosos se había estrellado contra los nuestros. Seguí corriendo. Y fue entonces cuando hizo aparición la cabeza. Los sospechosos conducían un descapotable. En el choque, el que ocupaba el asiento trasero salió proyectado hacia delante y el borde superior del parabrisas le cortó de cuajo la cabeza, que continuó su trayectoria volando por encima del capó y por encima de los coches patrulla y todavía unos cuantos metros más allá, hacia mí. Pasó casi rozándome. Llegamos a intercambiar una mirada. Y te juro… te juro por mi hija que aquella cabeza estaba gritando. Volaba por el aire con los ojos desorbitados y gritaba. Solo se calló cuando por fin chocó contra el asfalto. Entonces enmudeció al instante, como si con el golpe se hubiera mordido la lengua. Rebotó como una pelota y volvió a caer y rodó unos metros más, hasta detenerse en mitad de uno de los carriles, con los ojos abiertos de par en par, mirando al cielo.
Pero no por ello Bilbao es un escritor sometido férreamente a una estructura o que sea un determinista. No le falta tampoco gran capacidad de observación y visión de los absurdos de la vida. Un ejemplo es esta descripción por un personaje femenino del stripper contratado en una despedida de soltero:

No me podía imaginar que caminara por la calle, ni que entrara en supermercados, ni que viviera en una casa normal. Cuando no estaba bailando permanecía encerrado en un almacén y ocupaba el tiempo en masturbarse, una y otra vez, sin descanso, tumbado en un catre pegajoso de semen. No comía ni bebía ni dormía. Al masturbarse se daba cuerda a sí mismo, violando alguna ley de la termodinámica, o todas. No tenía nombre, sólo un número de serie tatuado en el escroto.
Me gusta Jon Bilbao porque exhibe una rabia contenida pero inevitable con esa civilización que cuestiona, donde civilización es la organización laboral, social y familiar occidental actual. Sufro porque no se dedica más a la novela, pues soy mal lector de relatos y rara vez soy capaz de recordarlos frente al mayor tiempo que acabo dedicando a una novela. Pero mientras tanto tengo Estrómboli y una bonita dedicatoria. Recomendable es poco.


 
Jon Bilbao, por Xavier González (vía)

15 de enero de 2018

El extraterrestre


 

 


David Bowie protagonizó en 1976 la película El hombre que cayó en la Tierra, basada en este libro que en la reedición de la Editorial Contra aprovecha la imagen de Bowie para ilustrar portada, contraportada y sobrecubierta. Nicolas Roeg sin duda le escogió porque entonces no había actor con aspecto y maneras más extraterrestres. Bueno, Bowie apenas había interpretado vídeos entonces, este fue su primer papel en un largo, fue un protagonista, y abrió una peculiar carrera de actor que nunca despegó del todo. Que Bowie parezca –aún- un ser de otro planeta es tal vez algo tópico, pero seguramente gracias a las numerosas fotos de Bowie recordamos aún una buena cantidad de imágenes de esta película. No obstante, el autor de la novela, Walter Tevis, escribió nada menos que las novelas en que se basan El buscavidas y El color del dinero.

 

Vi la película joven y la recuerdo vagamente como algo larga y premiosa, lo cual me despertaba poca confianza en el libro (conseguido gracias a @rosaborgeb). Pero, ¡oh, sorpresa!, a pesar de su protagonista lánguido, débil y enfermizo, la novela es dinámica y maneja muy bien el ritmo y las elipsis, que son abundantes al inicio y hacen avanzar rápido la acción, pero que desaparecen al final, cuando ya tenemos una conexión emocional con el protagonista. La metáfora es clara desde el título, se trata de un hombre caído a la tierra, y como tal recuerda al ángel caído en desgracia por un lado, y por otro anticipa el trato que los terráqueos dispensamos a los extraños. El argumento parecería algo más habitual unas décadas antes: extraterrestres que nos observan y disponen de tecnologías más avanzadas acuden a la Tierra ante la alarmante carrera armamentística capaz de destruir el planeta para advertirnos de que debemos frenar nuestras luchas fratricidas y buscar la paz. La advertencia ante los peligros de la Guerra Fría en la era nuclear era el mensaje principal. El hombre que cayó en la Tierra, de todos modos, no es altruista: en su planeta hay una situación terminal, sus congéneres se mueren, y él ha sido enviado a la Tierra utilizando los últimos recursos disponibles para luego poder organizar un rescate. Una vez en la Tierra, el protagonista, de aspecto humanoide, hace algo muy lógico: forrarse gracias a su conocimiento más avanzado para financiar la construcción de un ingenio espacial que pueda rescatar a su especie. Pero no considera todas las fuerzas de la especie humana y el gobierno estadounidense acaba interviniendo…

 

La novela transmite bien la sensación de extrañeza que el extraterrestre tiene en la Tierra, y sus sensaciones físicas son vívidas, y, aunque mantenga una cierta distancia, crea un vínculo con el protagonista gracias a la extremada educación de éste, su comprensión ante los problemas de los humanos con que se cruza, y el profundo pesimismo compartido entre autor y protagonista sobre el futuro inevitable de nuestra especie, que es la idea principal del libro, ante el que las mentes más brillantes no pueden luchar: la impotencia ante el entorno es uno de los temas del libro. Mantiene además un grado de ternura en una pareja de secundarios que Bowie encuentra y contrata en su camino en la Tierra. ¿He dicho Bowie? Es que… ¡observad las fotos, observad!


 Walter Tevis (vía)