15 de abril de 2015

La ciencia es el nuevo rocanrol



Nowhere Men es un título beatlémano que cuenta la historia de una banda de brillantes, jóvenes y elegantes científicos que bajo el lema ‘La ciencia es el nuevo rock and roll’ fundan la corporación tecnológica World Corp., que desarrolla productos de gran consumo e impacto mundial, con objetivos médicos, industriales o comerciales. Situado en un futuro postmoderno, y bebiendo de referentes dramáticas y visuales como La Patrulla X, Watchmen o Stanley Kubrick, el cómic cuenta la decadencia de la empresa/banda, con miembros fundadores apartados de ella, y recuerda sus inicios además del crítico momento actual, con conspiraciones y proyectos secretos en marcha. Nowhere Men mezcla cómic convencional, brillantemente dibujado y –sobre todo- excelentemente coloreado por Nate Bellegarde y Jordie Bellaire, con noticias y entrevistas en medios periodísticos que siguen a los científicos como nuevas estrellas, anuncios publicitarios de los productos de World Corp., etc… El guión de Eric Stephenson dosifica estos lugares, tiempos y medios de narración. Esta supuesta modernidad narrativa le confiere ritmo, pero también confusión dramática, que se resuelve en menor interés por los personajes –de enorme potencial pero un tanto tópicos- en beneficio de un artificio espectacular potenciado por episodios narrativos breves y algo manidos, al que no hay que negar cierto poder de horror e inquietud y gran excelencia visual.

Jordie Bellaire, Nate Bellegarde, Eric Stephenson (vía)

Reseña previamente publicada en Aux Magazine


4 de abril de 2015

La trama del arte vasco


Entiendo que trama tiene varios de sus diversos significados en el título de este libro, aunque sea el más físico (el que alude a una red) el que verdaderamente aplique a este histórico ensayo. Escrito en 1919, La trama del arte vasco es un estudio de las primeras generaciones de la en aquel entonces incipiente pintura vasca, representada por varios autores que entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX vivieron en París y que trajeron ideas renovadas e inspiradoras al arte nacional, y rompieron con la tradición hispana oficial que, anclada en la larga sombra de Goya, sólo pintores vascos y catalanes fueron capaces de cuestionar, según el autor, un crítico bilbaíno apodado Juan De La Encina.

Retrato de la Condesa Mathieu de Noailles (Ignacio Zuloaga)

Este volumen es un facsímil editado en 1998 de la primera edición impresa en 1920, e incluye al final las láminas, casi todas en blanco y negro (lo cual debo confesar me parece algo delito en estos tiempos tratándose de autores que trabajaron el impresionismo por mucha pureza del libro que se quiera conservar), de varios cuadros de los autores estudiados por el autor: los hermanos Zubiaurre, Zuloaga, Regoyos, Guiard, Losada, Arrúe, Arteta, etc… El texto consta de 20 pequeños capítulos en los que De La Encina opina libremente sobre los autores, el movimiento que constituían, y su relación con el arte español del momento y el histórico, destacando en parte su rupturismo y en parte la vuelta a determinados autores clásicos que habían sido olvidados.

La siega, de Adolfo Guiard

La trama del arte vasco debía ser un primer volumen de una serie que se malogró en parte por la crisis económica que se inició a principios de los años 20 al paralizarse la Gran Guerra, que debilitó a los mecenas de una escena artística bilbaína que, habiendo salido de la nada, por un momento pareció competir con las de Madrid y Barcelona. Recogía en sus capítulos el lenguaje de la época, definitorio de las cualidades de los vascos como pueblo, y deudor de un momento literario un tanto sentencioso. Su vehemencia verbal unida a la pompa de un plural más mayestático que modesto parece hoy en efecto más sentencia que crítica, aunque obviamente los criterios no pueden ser los mismos que hace un siglo, cuando apenas existía tradición crítica artística en el País Vasco. Eso sí, como buen periodista de aquellos años, su prosa en gran parte es fascinante, su caudal de conocimientos importante, y su análisis del objeto de estudio es completo, relacionándolo con las corrientes de los últimos 50 años en pintura y literatura, y utilizando argumentos de una incipiente psicología en su análisis. Se me antoja que debió ser un texto imprescindible, hasta el punto de que sospecho que visitar el Museo de Bellas Artes de Bilbao bajo su guía debe mejorar notablemente la experiencia, situar los cuadros en su época, y comprenderlos con una debida conexión con cómo se vivían las vanguardias en provincias.


Juan de la Encina, pintado por Alberto Arrúe

25 de marzo de 2015

¿Pornografía?



Aunque pueda resultar sorprendente por su uso indiscriminado en las últimas décadas, el significado original de la palabra pornografía significa ilustración, estudio o representación de la prostitución. Tanto pornografía como pornógrafo mantienen en castellano esa acepción, y es a ella a la que se refiere Jean-Baptiste Del Amo en su tercera novela, pornographia, un retrato onírico y desplazado de la prostitución en La Habana, que se acompaña de una serie de fotografías de Antoine D’Agata al final del texto, que lo complementan y visualizan, al menos en parte. El libro se concibió como reunión de texto e imágenes, pero no se publicó en este formato en Francia, mientras que Cabaret Voltaire recuperó para alegría de los autores esta posibilidad en el título en castellano. Eso sí, las fotografías se han adaptado al formato de una novela de edición convencional, y no al revés.

pornographia cuenta la historia de un hombre cubano que vuelve a La Habana al funeral de su madre y que después deambula por el malecón y los callejones de la ciudad, hasta acostarse con un chapero cuyo recuerdo y búsqueda le obsesionarán el resto del libro. Su búsqueda permite que vivamos el paisaje de la prostitución de La Habana en un estado de peculiar ensoñación entre sensual y sórdida, donde cada esquina y cada cuneta remiten a una historia de intercambio sexual, y donde el protagonista se siente a la vez turista (cliente) y oriundo (pues en su juventud también fue chapero) mientras observa a las putas y chaperos empobrecidos, a los extranjeros enardecidos por el clima y el desplazamiento más moral que geográfico, o se observa semiposeído por el embrujo de los santeros caribeños. Del Amo utiliza la impresionante fisicidad de su prosa descriptiva para, al igual que en sus obras anteriores, sumergir al lector en una atmósfera de sensaciones tangibles que se hacen presentes de una manera muy vivaz, gracias a la precisión de adjetivos y comparaciones, y a la construcción del relato, que desciende desde la concreción de la primera –y única- escena sexual hasta el marasmo de voces y cuerpos de un intercambio pansexista. Antoine D’Agata contribuye a la emoción con su universo de cuerpos borrosos en pleno éxtasis –al parecer, compone sus fotografías de prostitución para ser realizadas por terceros mientras él se acuesta con la prostituta en cuestión-, aunque creo que su impacto hubiera sido mayor de estar intercaladas las imágenes con el texto.

Jineteros en La Habana (vía)

Del Amo se sigue posicionando en la literatura francesa, colocando su obra entre referentes obvios utilizados con inteligencia pero adecuadamente, aunque sea en beneficio de su propia escritura personal: el hermoso verso de Arthur Rimbaud para el chapero que muere y se transfigura en la cuneta; el universo querelliano general del libro; la cita del tratado de Quignard El sexo y el espanto que abre el relato…, y encuentra un camino poco convencional pero muy atractivo tras sus dos novelas anteriores para expresar su prosa apabullante. pornographia es más descriptiva de un estado físico y mental que una historia narrativa y como tal debe leerse y vivirse, y Del Amo parece el tipo de autor necesitado de encontrar nuevos espacios y no repetir género ni tipo de novela.


El volumen se completa con dos entrevistas al escritor y al fotógrafo realizadas por la traductora, seguramente demasiado entregada a sus autores. No obstante, estos dan claves interesantes de su trabajo y de la concepción de la obra y ayudan así a disfrutarla.

Jean-Baptiste Del Amo

Publicación original en la revista cultural Factor Crítico



14 de marzo de 2015

La Historia que no osa decir su nombre


Los piratas son uno de los iconos de la literatura de aventuras. En este mismo blog no hace mucho reseñé un libro de John Steinbeck sobre la vida de Henry Morgan, donde se hacía énfasis sobre la búsqueda de aventura de un muchacho inglés que acaba de gran capitán pirata, gobernador de Jamaica y… probablemente, aunque esto no lo cuenta Steinbeck, sodomita perdido.

Errol Flynn, El Capitán Blood, sin tocados.

Sodomy and the Pirate Tradition es un libro de historia imposible. O, formulándolo de otra manera, es un libro que construye un pedazo de Prehistoria, en el sentido en que ésta trata de los acontecimientos previos a la escritura, a la escritura en este caso de algo de lo que no se podía escribir. El autor, el historiador B. R. Burg, recompone e interpreta los indicios existentes, aparentemente más que suficientes, para concluir no ya la tolerancia sino la predominancia de la homosexualidad –el autor prefiere usar la palabra sodomía para ser más fiel al tiempo que retrata- entre los piratas caribeños de la segunda mitad del siglo XVII y primera mitad del siglo XVIII. Algo de lo que obviamente no se podía hablar ni escribir. De hecho, nominalmente, se trataba de un delito.

Un delito que sin embargo no se tipificaba en la legislación como el peor de los delitos sexuales y que no era tan castigado como lo sería en las centurias venideras. Los registros indican muchísima menor frecuencia de castigo de los delitos de sodomía, y un castigo mucho menos violento que en las décadas siguientes. Los registros también indican una gran escasez de mujeres en los barcos y colonias incipientes que los británicos fletaban hacia el Caribe –en contraste con lo que pasaba con las colonias españolas enemigas-, y la literatura de piratas ya de aquel tiempo (el clásico de Alexander Exquemelin) exalta la aventura entre amigos, la alegría de embarcar sin excesiva pena al dejar mujeres en puerto, o la costumbre de que cada capitán tuviera su cabin boy propio. Muchos testimonios recogen pasiones que resultan inexplicables sin un lazo afectivo y sexual, desde luego.

"Cabin boy ou mousse 1799" por Rowlandson Thomas – (vía)

Burg es consciente de la imposibilidad de hacer lo que llamamos canónicamente Historia con estos mimbres, y admite las críticas al libro desde su nueva introducción (la edición original del libro es de 1983 y el libro se reeditó 12 años más tarde con esta nueva introducción), y siempre se muestra prudente ante la aplicación de técnicas de interpretación histórica modernas, incluidas las psicológicas, para estudiar el comportamiento sexual de los hombres de los barcos piratas. Pero su marco histórico es indudable: la Inglaterra del siglo XVII tiene una alta sociedad más o menos tolerante por defecto dada la actitud personal de Jacobo I o los vaivenes entre puritanos y anglicanos; su baja sociedad está repleta de bandas de niños asilvestrados, echados de sus casas a los doce o trece años por no poder ser alimentados por sus padres, que vagaban por las ciudades no sólo robando –preparándose así para una vida de bucanero- sino mostrando un comportamiento de continuo indecente; existía una literatura y dramaturgia frívola al respecto… y el propio carácter bucanero que no admite precisamente leyes como modo de vida pero sí un código personal de honor…

Tyrone Power, El Cisne Negro, con bandana. El pirata es el mismo personaje que el de Errol Flynn, el mismísimo Henry Morgan

La interpretación llega a partir de este instante: Burg compara los indicios mencionados con el comportamiento de otras sociedades masculinas sin acceso al sexo femenino de manera prolongada que sí han sido estudiadas y registradas, con el principal ejemplo de los prisioneros de las cárceles en el siglo XX, y establece conclusiones con ello. También entiende la validez de lo no registrado para apoyar su tesis (los crímenes no castigados, las detenciones no realizadas, los escándalos no publicados… todo lo que refuerza la comparación con otros tiempos que enseguida llegarían y no serían tan benévolos). La pregunta es qué debe hacer el lector. ¿Aceptar el mito de la eterna amistad masculina en la aventura sin mariconadas, o dudar de la formulación clásica de la Historia otorgada por los poderes fácticos interesados, entre los que están en este caso ejército, religión y monarquía? Si dudamos del relato creado en muchos ámbitos, ¿por qué no éste?

Johnny Depp, el pirata que no desperdicia el botín: se lo lleva puesto

Más allá de esto (que no es poco), el texto de Burg es excelente en la contextualización: su introducción sobre sociedades masculinas es un sopapo continuo: marineros, piratas, soldados en trincheras, samuráis, monjes, boy scouts… y su pequeña Historia de la Inglaterra del siglo XVII que abarca desde los modos reales a la baja sociedad sin perder el punto de vista de la influencia de lo sexual en lo político –y al revés- resulta una auténtica maravilla de pieza. Es muy preciso en la acotación del tema bajo estudio y dispone de una bibliografía detallada y explicada, y su formulación prudente revela no ser un autor dogmático, aunque sí firme en su tesis. El libro recoge también la vida general de la sociedad pirata y un retrato del Caribe de aquellos años. Y, desde luego, ayuda a pensar y mirar más allá, o, si lo prefieren, de manera insumisa.

El profesor Barry Richard Burg (vía)





5 de marzo de 2015

¿Quién puede matar a un niño?


Furia feroz no es una de las novelas más conocidas de J. G. Ballard, el autor precursor del cyberpunk, rey de las distopías, y afortunado en sus adaptaciones cinematográficas (como el Crash de David Cronenberg basado en su novela). Es una novela con un interés importante en la educación infantil escrita poco después del libro que le hizo famoso entre todo tipo de lector, la autobiografía de sus años de infancia durante la II Guerra Mundial en China que Steven Spielberg convirtió en una de sus mejores películas, El imperio del sol. Es inevitable leerla a la luz de ese éxito precedente.

En Furia feroz, Ballard nos traslada los apuntes de un famoso psiquiatra forense de Londres, quien ha realizado una investigación sobre el asesinato de 32 personas en una lujosa urbanización en apenas unos minutos de una mañana de junio de 1988. Todos los asesinados son adultos, residentes o trabajadores en la urbanización, mientras que los 17 menores, casi todos adolescentes, han desaparecido. La crónica del psiquiatra sigue su investigación desde que le piden ayuda para el caso: el estudio de los informes policiales, los videos que recogen los resultados de la masacre, las declaraciones de los supervivientes, las visitas al lugar de los hechos, las teorías policiales y mediáticas sobre los causantes de la masacre y el paradero de los niños… hasta que los acontecimientos se desatan y una de las niñas desaparecidas reaparece en estado de shock y tiene que ser ingresada a la espera de poder obtener información.

Furia feroz es una novela corta cuya trama enseguida se hace bastante evidente, aunque el propio Ballard es consciente y especifica la causa obvia de los asesinatos para luego dejar constancia de su posición moral sobre la educación infantil y la sobreprotección de los niños. El libro es de 1988 pero tiene ecos reconocibles: Los cuclillos de Midwich (1957, la novela de John Wyndham que inspira las dos películas de El pueblo de los malditos), ¿Quién puede matar a un niño? (1976, la película de Narciso Ibáñez Serrador), o incluso, aunque sea de años más tarde, de The Village (2004, la película de M. Night Shyamalan). Su propio escenario con un asesinato múltiple y una escasa presencia de pruebas no es extraño a cualquier lector de novela negra, y su mejor logro está en su realización en forma de diario de investigación: una eficaz presentación de hechos y personajes favorecido por el carácter del personaje que los escribe, un científico frío y observador, un ritmo ascendente pero cuyos clímax se narran con cierta obsesión analítica, y un final abrupto pero necesario ante el agotamiento de los recursos posibles de los géneros que utiliza el libro.

Jim (vía)



20 de febrero de 2015

Una literatura tolerada


Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo es un estudio completo y prolijo de las acciones de la censura sobre la novela escrita en España durante los cuarenta años del franquismo. El autor, Fernando Larraz, acota el objeto de su estudio de manera clara y aboga por un objetivo fundamental: reescribir la historia de la literatura española del siglo pasado a la luz de la influencia que el régimen franquista supuso en la misma y del que parece que ni siquiera tantos años después somos totalmente conscientes, y que por ello se convierte en necesario: no es normal que demos por buena tanta creación literaria que ha llegado mutilada a nuestras manos y que cuarenta años después del fin de la censura, aunque haya excepciones, no estén reeditadas las versiones originales sino aquellas que los censores admitieron.


Pero el paso del tiempo sí beneficia al menos al libro como tal de Larraz: su trabajo impresionante parte de estudiar los informes del Archivo General de la Administración, en Alcalá de Henares, que recogen los informes de censores sobre la multitud de novelas que leyeron, la correspondencia entre los autores y los censores, y en ocasiones con los responsables políticos (pues los autores y editores podían recurrir las decisiones de denegar las novelas dañosas), y, especialmente, la ingente cantidad de proposiciones de tachaduras que realizaron a los textos originales, que son una formidable fuente de gazmoñería. El estudio incluye también las fases legales por las que pasó la censura, los objetivos iniciales que tenía y los cambios que sufrió (especialmente la ley de Fraga de 1966) y cómo estos respondieron a los variables intereses del régimen  -muy relacionado con la evolución de la IIGM al principio, y posteriormente a la mejora de imagen del régimen en el exterior-. Existían diferentes tipos de censor (religiosos, miltares, civiles) a los que el Ministerio recurría según las características del texto, pero el carácter, motivaciones y personalidad de cada uno suponían una heterogeneidad de criterios que creó una profunda confusión y desconocimiento entre los escritores. La mayor consecuencia psicológica para ellos a la hora de ejecutar obras que sabían que serían examinadas y susceptibles de ser corregidas fue la autocensura, que resulta imposible de cuantificar, y el posibilismo literario, que resulta muy evidente en este trabajo al poder comparar las correcciones que los autores se veían obligados a realizar. Aunque también existían artimañas de presión sobre la censura: la publicación en el extranjero, la presentación a premios y su consecución, las incuantificables consecuencias que podría tener para el franquismo en su imagen exterior que una novela se censurase, etc… Toda esta casuística se recoge en este libro, que, en este apartado, dedica un capítulo entero a las interesadas relaciones de Camilo José Cela con la censura.


Larraz también realiza estudio y ensayo literario sobre las características dramáticas y estilísticas de la novela española de esos años. Lo hace sin olvidar nunca que la existencia de la censura tutelaba las formas literarias, aunque constata su fracaso: durante cuarenta años, los escritores cultivaron un tipo de novela que en general desagradaba estéticamente a los responsables del régimen, ávidos de lecturas edificantes sobre las bondades de la patria instaurada y su moral. Sin embargo, el miserabilismo rural, el realismo social, la novela de corte existencial, o la novela simbólica experimental, se fueron imponiendo como corrientes literarias, dejando en realidad pocas obras –que también existieron- en comparación para que los censores disfrutaran y pudieran calificar de ejemplarizantes.


Muchas de los novelas mencionadas por Larraz en su trabajo están inéditas. Otras no se han publicado de nuevo, y muchas mantienen las versiones aprobadas por la censura, algunas muy diferentes a la original. Hay otras que sí han conocido versiones críticas, o con notas explicativas suficientes sobre la mutilación a que fueron sometidas. Desde este punto de vista, este libro cumple una primera función de reconocimiento y visibilidad de estas obras, y lo hace usando un recurso hábil: tachar los textos que en efecto los censores recomendaron suprimir de las novelas que leían. Además de permitir localizar visualmente los textos prohibidos, existe en ello una intención de denuncia ante el olvido histórico ejercido. Los comentarios de los censores a todas esas tachaduras, o el simple ejercicio de tachar por su parte determinadas frases, encierran una carga tal de estupidez del propio régimen censor que creo que podría escribirse una historia en forma de farsa de cuarenta años de moralina e hipocresía sólo con esos apuntes.


Hay un aporte final del libro de libros que es también Letricidio español: la ingente cantidad de propuestas literarias interesantes a descubrir que contiene. Esto podría parecer contradictorio con el hecho de que la censura durante cuarenta años tuteló esa literatura, pero además de no poder evitarlo como lector, Larraz aporta un valor histórico que en muchas ocasiones no aprecié mientras leía alguno de los libros publicado en esos años. Obviamente todos los grandes escritores de la segunda mitad del siglo pasado están en estas páginas: Delibes, Cela, Goytisolo, Martín Santos, Laforet, Matute, Sender, Vázquez Montalbán, Benet, etc… pero también he visto autores que no conocía y otros que resultan un recuerdo difuso y que a la luz de lo leído pueden empezar a leerse de otro modo.

Fernando Larraz (vía)

Reseña previamente publicada en la Revista Cultural Factor Crítico

11 de febrero de 2015

Los guiris nunca se enteran de nada


Me pregunto si en unos años se leerá Mataré a vuestros muertos pensando en su año de publicación, 2014, en la situación catalana, y en el muy peculiar hecho, aparentemente inocente, de que las víctimas de su libro pertenezcan todas a estratos no catalanistas. Resumo la historia: el mal, que anida en los pasadizos y alcantarillas de la ciudad condal desde hace siglos, y de vez en cuando despierta sediento de sangre y vida, ha vuelto a asomarse, y se alimenta de aquellos pobres que se aventuran por los callejones y pasadizos de las casas más viejas de la ciudad, y sólo ratas, cucarachas, palomas y piedras saben de él. No distingue razas, puede ser una fan dominicana del reggaetón, una estudiante de Erasmus, una niña gitana… cualquiera de las posibilidades multiétnicas que Barcelona ofrece hoy a su monstruo lovecraftiano. Pero, ¿simboliza algo el monstruo?

Donde el mal se esconde (foto de Albert Puntí)

Daniel Ausente es un fantástico interpretador de la realidad que subyace bajo la subcultura pop. Defiende –creo que con sentido- en su premiado blog que cuando una realidad (un país, una comunidad, lo que sea) se expresa en términos no esperados por el stablishment, la subcultura en general ya lo ha adelantado con las lecturas digresivas propias del underground y en un lenguaje que las masas asumen. Espero por ello que me permita esta interpretación que se abría camino en mí como un gusano inquietante mientras devoraba las páginas de esta pequeña pieza maestra en ritmo e intenciones.

Mataré a vuestros muertos asume con gozo los modos de la novela de serie B y realiza un crossover tan inesperado como placentero entre, como dice su contraportada, Perros Callejeros y el universo de Lovecraft. A esto hay que sumarle el retrato de ciudad, ya presente en su primera obra de tipo autobiográfico, Mentiré si es necesario, aportando para ello elementos históricos que Ausente utiliza en forma de epístolas que recuerdan las visitas de Heinrich Himmler o Buffalo Bill, por ejemplo, a la ciudad. Estructurado en ágiles pequeños capítulos sin un personaje central –salvo la ciudad-, que presenta no sólo a las víctimas sino su entorno social, generalmente degradado, usa un costumbrismo desbordante de humor que nunca llega a la condescendencia, con una mirada mucho más cariñosa que cruel, para avanzar en la resolución con las pinceladas de presentación del héroe, los orígenes del nuevo aparecer del mal, y una segura devoción romántica por lo insano, pútrido e innombrable.

No soy yo lector de relatos de monstruosidades y evisceraciones. Me suele molestar su apelación adormecedora a lo primario y su aire de producción en cadena para el consumo literario. Entre lo más interesante de Mataré a vuestros muertos está el equilibrio en la ejecución sin complejos de ese modelo narrativo, en un ejercicio que posiblemente está más admitido incluso por determinada crítica en cómic o cine que en literatura, que ni carga su metáfora con subrayados que le sacarían del género ni se encierra en éste como si su cadena de acción no fuera consciente que en realidad disecciona la ciudad en su falsa modernidad, como si de un Mendoza en su laberinto se tratara.

Daniel Ausente, en la foto personal de su blog, preparado para luchar contra el monstruo (es decir, justo antes de llevar a los niños al colegio)