19 de mayo de 2013

Nacido rifeño


(Reseña previamente publicada en la Revista Cultural Factor Crítico)


El pan a secas es la primera novela de Mohamed Chukri, fue escrita en 1973 y narra sus experiencias infantiles y juveniles en el Marruecos del Protectorado Español de los años 40 y 50 del siglo pasado. Cercana al retrato picaresco, con aspectos sociopolíticos y de clase obvios, la novela es ágil y cruda, con el punto de vista en el marginado (por tres o cuatro razones) protagonista principal, y se antoja más cercana a las tradiciones de la literatura occidental que árabe; en Marruecos, su publicación fue prohibida hasta 2000 en teoría por su mirada directa a las drogas y el sexo (hoy aún válida), pero sin duda la descripción del poder gratuito del patriarcado musulmán -y el uso del árabe culto para describir hechos escabrosos-debió ser parte importante de esta censura de tan escandaloso texto: Mohamed es un niño golpeado por su padre, un hombre expulsado del ejército, eterno parado alcohólico, violento y abusador que llega a matar al hermano pequeño de Mohamed. Mohamed crece creyendo que el estado natural del hombre es casarse, no trabajar y pegar a su mujer. Desde joven, el chico se ve obligado a sobrevivir en las calles de Tetuán y Tánger, donde tiene que prostituirse y dedicarse al contrabando, y gasta su dinero en kif, alcohol y mujeres, hasta que a los 20 años, la posibilidad de leer y escribir le apunta a la salida de la cloaca en la que la vida le sumerge.


Mohamed, el personaje, vive toda su existencia con una importante rabia interior, consciente de su falta de oportunidades por rifeño, analfabeto y pobre. El dibujo es acertado porque sus acciones son con frecuencia moralmente muy reprobables. El contexto y la necesidad de supervivencia permiten exculparle en parte, y sin duda su desatino moral es reflejo del de una sociedad oprimida por las armas, tradiciones y religión. Chukri no ruega ningún perdón en su ejercicio de desnudez física y moral, que el autor opone hábilmente a una sociedad en que todo se oculta y es imposible entender la vida.

La estrategia literaria es el arma más potente del libro, porque implica un análisis del individuo y supone alcanzar mediante catarsis un grado de redención por la narración: una novela despejada de manierismo, con frases cortas y directas, que usa un lenguaje real que mezcla castellano y bereber con el árabe dominante, diálogos rápidos y eficaces, y una acción que es trepidante en sus momentos más violentos, pero a la vez describe con fisicidad sensual estancias, sensaciones y cuerpos. El libro está sin duda influenciado por la cohorte de escritores extranjeros que vivían en Tánger en los 60 y con los que Chukri se relacionó, pero es un retrato que en parte les niega, y se convierte en necesario en un sentido literal, porque posiblemente sin la rara avis que fue este escritor, no habría existido siquiera como testimonio.

Mohamed Chukri (vía)


7 de mayo de 2013

Los regalos de mi amiga




Una amiga un tanto puñetera me regaló este librito, El arte de tener siempre razón, en que Arthur Schopenhauer explica hasta 38 estratagemas para hacer prevalecer la opinión propia en una discusión. Estratagemas para confundir, para avergonzar, para defenderse o para atacar al rival dialéctico, considerando tanto nuestra y su capacidad como la de la audiencia que sigue la discusión, con el único objetivo de triunfar en la discusión, independientemente de si nos asiste la verdad o no. De hecho, esto es irrelevante para la dialéctica (frente a la lógica), y es más, se trata también de dar herramientas a aquellos que teniendo razón son incapaces de defender sus ideas con argumentos frente a oponentes dialécticamente superiores. A continuación, unos ejemplos gratuitos:

Hacer muchas preguntas a la vez y ampliar el contexto para ocultar lo que verdaderamente se quiere admitir

Hacer enfurecer al adversario

Si se trata de un concepto general que no tenga designación propia y que deba ser denominado alegóricamente con un tropo, escoger de modo que sea favorable a nuestra tesis […] Esta es la estratagema que se usa más a menudo, instintivamente. Proselitismo = fanatismo. Desliz o tontería = adulterio. Equívocos = obscenidades. En una situación delicada = arruinado. Influencia y relaciones = corrupción y nepotismo. Sincero agradecimiento = buena remuneración.

En caso de argumento especioso o sofístico del adversario por el que no nos hemos dejado engañar, podemos sin duda echarlo por tierra lo que tiene de insidioso y falaz. Pero es preferible oponerle un contraargumento igual de especioso y sofístico a fin de ajustarle las cuentas.

Una estrategia brillante es la retorsio argumenti: cuando el argumento que el adversario quiere utilizar para sus fines puede ser aún mejor si se vuelve contra él. Por ejemplo, dice: Es un niño, hay que ser indulgente con él, retorsio: Precisamente porque es un niño hay que castigarle, para que no se encierre en sus malos hábitos.

…alegar la propia autoridad en lugar de dar razones válidas. El contraataque consiste en decir: Permítame, pero dada su gran capacidad de penetración, debe serle fácil comprenderlo; todo esto se debe a la mala calidad de mi exposición, y en repetirle machaconamente la cosa de modo que se vea obligado, nolens volens (de grado o por fuerza), a comprenderla y resulte claro que antes efectivamente no comprendía nada. Así hemos replicado. Quería insinuar que decíamos sandeces y le hemos demostrado su necedad. Todo ello con la cortesía más perfecta.

Si uno se da cuenta de que el adversario es superior y de que uno no va a ganar, hay que decir cosas descorteses, ofensivas y groseras. Ser descortés consiste en abandonar el objeto de la disputa (puesto que se ha perdido la partida) y atacarle de una manera o de otra en lo que él es: a esto se le podría llamar argumento ad personam para distinguirlo del argumento ad hominem. […] Esta regla es muy apreciada, pues todo el mundo es capaz de aplicarla, y por lo tanto se utiliza a menudo. Ahora se plantea la cuestión de saber qué respuesta puede usar el adversario. […] Sería un grave error pensar que basta con no ser uno mismo descortés, pues al demostrar tranquilamente a alguien que está equivocado y que por consiguiente juzga y piensa de forma errónea, lo que sucede en toda victoria dialéctica, se le hiere aún más que con palabras groseras y ofensivas […]. También en eso una sangre fría puede ser saludable. En cuanto el adversario pasa a los ataques personales, hay que responder entonces tranquilamente que eso no tiene nada que ver con el objeto del debate, volver a éste inmediatamente y seguir demostrándole que se equivoca sin prestar atención a sus palabras ofensivas, o sea, en cierto modo, como dice Temístocles a Euribíades: golpea, pero escucha. Pero esto no puede hacerlo todo el mundo.

Este disfrutable librito, lleno de gozosos latinajos y expresiones ad rem y ad hominem, es lúcido, irónico y francamente revelador, por no decir que muy útil para quien guste de enredarse en discusiones. Su cinismo no es tal pues como ensayo científico acota excelentemente su estudio de objeto, que no es la verdad ni la manera de alcanzarla. Pero obviamente supura cierto desencanto personal ante la condición humana, centrado en el pensamiento, nuestra relación con él, y su influencia en los que nos rodean y su manera de pensar.

Soy consciente de lo que me quería decir mi amiga con el regalo del libro. A fin de cuentas, desde hace catorce años participamos en foros de discusión donde peleamos por nuestras posiciones respecto a muy variopintos temas entre nosotros y con más amigos (aka oponentes dialécticos) en ocasiones con fervor digno de mejores causas. Este libro recoge estratagemas que he usado y que he visto usar, posiblemente sin el grado de consciencia que expone Schopenhauer, pero que, a pesar de todo, creo que nos han ayudado más de una vez a encontrar las distintas facetas de la verdad de lo que Schopenhauer sospecha. Tal vez su libro tiene más peligro si se expone junto a las tertulias gratuitas, políticas o del corazón, con que nos obsequian en los medios, probablemente por no cumplirse esta regla casi última:

La única respuesta segura es, pues, la que Aristóteles indicó en el último capítulo de los Tópicos: no debatir con el primero que llega, sino únicamente con las personas que uno conoce y de las que sabe que son suficientemente razonables para no ponerse a soltar absurdidades y a cubrirse de ridículo.

 El mayor de los pesimistas, el más libre de los peinados



28 de abril de 2013

Entrecómix



Pepe González fue uno de los principales dibujantes de Vampirella, mito mundial del cómic en los setenta, y personaje que dio fama internacional definitiva a su autor. Carlos Giménez, el autor de Paracuellos o Los Profesionales, ha escrito una biografía de su colega en 4 tomos, el primero de los cuales es el comentado aquí, a pesar de que comentar una obra incompleta no me agrada del todo.

Pepe González (vía)

Pepe se ambienta en la Barcelona del franquismo, de la postguerra al desarrollismo, y narra, tras un breve prólogo sobre su infancia, la primera juventud de Pepe González, y especialmente sus inicios y primeros años en Selecciones Ilustradas, una empresa de historietistas españoles que trabajaba casi exclusivamente para el extranjero. Pepe González, homosexual y transformista ocasional, imitador divertido y showman innato, tenía un talento aún mayor para el dibujo, que fue enseguida reconocido por colegas y editores; pero, resultaba, como suele suceder en los caracteres geniales, un hombre errático y caprichoso.

Aunque son compañeros generacionales y participaron en el llamado boom del cómic adulto en España, a Carlos Giménez le han llegado las anécdotas del mito de juventud de Pepe González parece que especialmente a través de Josep María Beà, quien compartió con Pepe González aquellos años en Selecciones Ilustradas. Giménez narra con brío que no decae la historia, en la que no es difícil reconocer su estilo: viñetas de retratos grupales con un entintado en blanco y negro muy directo, y un tratamiento algo paródico del rostro humano, sin olvidar la denuncia (que aquí es más bien un trasfondo brillante por la concreción impresionante de la vida en la Barceloneta) de la exclusión de los oprimidos en el régimen franquista.


Confieso que Carlos Giménez no es un autor que me guste mucho, precisamente por esto último, que me hace ver con cierto desagrado parte de su obra más descarnada y que en ocasiones me parece muy subrayada. Pero sus dotes narrativas son estupendas, y Pepe se contagia además del entusiasmo de los jóvenes dibujantes que se abrían camino, en un tono diametralmente opuesto al de El invierno del dibujante, de Paco Roca, con el que bien podría formar un díptico en varios puntos: sociolaboral, generacional, y sectorial.

No es fácil juzgar la obra por su primera parte, aunque se adivina que el tono casi hagiográfico hacia los talentos de Pepe González prevalecerá (o bien será un canto a una juventud entusiasta tanto por ingenuidad como por necesidad), lo cual puede hacer el plato completo algo difícil. Tampoco tengo claro por qué Giménez ha cambiado el nombre real de los protagonistas para luego agradecerles el testimonio e incluso publicar fotos de sus archivos al final del volumen, cuando varios son reconocidos personajes de la historieta española. Ello, no obstante, no le resta valor al volumen, que tiene ya disponible en las tiendas su segunda parte.

Carlos Giménez (vía)


19 de abril de 2013

Canción de cuna


 

Hoy empezaré con un tópico: es increíble que una persona que en el trato cercano parece tan adorable como Chuck Palahniuk escriba novelas como las suyas. La postmodernidad cínica y la imposibilidad de salvación, sumados a sus pequeños apocalipsis sin asomo de ternura, pero sí cierto sadismo irónico, se antojan incompatibles con un hombre que en sus firmas de libros se encarga de hacerse fotos con los fans que se lo piden… ¡abrazándose a ellos! Así al menos lo hizo justo hace un año en el festival Gutun Zuria de Bilbao, donde conseguí bonitas dedicatorias de mis ejemplares de Fight Club y Survivor.


Lullaby es la tercera novela de Chuck Palahinuk que leo. Mientras que Fight Club me pareció un libro excelente, Survivor sin embargo me dejó más frío, como si en realidad Palahniuk repitiera casi completamente el discurso, el método y la técnica, sustituyendo los acontecimientos, que son originales sin duda, trepidantes de continuo, socialmente amenazadores siempre, y… un tanto agotadores. Por ello acuñamos entre Daniel Figuero y un servidor el término efecto Palahniuk-Nothomb para referirnos a estos autores prolíficos (tanto Palahniuk como Amelie Nothomb escriben una novela al año), que buscan y encuentras tramas originales con que subrayar mediante metafóras irónicas y a veces impactantes, no exentas de carácter parabólico, los males de la sociedad actual.


En Lullaby, un periodista que investiga la muerte súbita de bebés descubre que todos los niños murieron tras haberles leído un poema concreto, una especie de hechizo capaz de matar inmediatamente a quien lo oye, o a aquel en quien se piensa cuando se recita. Conoce a una mujer que trabaja en una inmobiliaria extrañamente especializada en casas encantadas, que también conoce el hechizo y lo maneja para enriquecerse. En compañía de ella, de la ayudante de la mujer en la inmobiliaria, y del novio de ésta (un neohippy que publica anuncios en periódicos para fomentar demandas contra empresas), viajan por los Estados Unidos intentando localizar todas las copias del libro para destruirlas, además del libro original, que acaba conteniendo diferentes hechizos añadidos con diferentes formas de poder…

No diré que el conjunto de ideas no pueda ser atractivo, pero el plato y su presentación son indigestos: la excesiva repetición de situaciones, una machacona reiteración de frases, y un esfuerzo continuado por lo chocante, acaban siendo subrayados y estropean momentos excelentes, que existen, por su carga irónica y su lucidez social. Tal vez sea un libro excesivamente largo, que se habría beneficiado de un recorte de páginas e incluso de una narración menos asumidamente provocadora, y habría ganado efectividad. Las 300 páginas de Lullaby se antojan excesivas frente a las 210 de Fight Club, que, sin embargo, aspiraba a narrar más cosas de mayor calado, con un mejor personaje y metáforas más efectivas. Claro que Fight Club es una primera novela, tal vez trabajada durante años, y las demás pueden estar afectadas de la falta de pulido que tienen las obras de temporada, y que supuestamente la experiencia debería ayudar a combatir.

Chuck Palahniuk en Bilbao

(Las fotos de Chuck Palahniuk de esta entrada están realizadas por Javier Bellido)

(La dedicatoria de Fight Club fue provocada: el autor no quería poner una frase desagradable para el lector, sino que sólo lo hizo tras petición expresa de éste)




9 de abril de 2013

¡Zetas!



Max Brooks, hijo del director y productor de cine Mel Brooks, sorprendió en 2006 con la publicación de Guerra Mundial Z, novela cuya sinopsis se recoge bien en el subtítulo: Una historia oral de la Guerra Zombi. La novela está inspirada por un libro de Richard Holmes sobrela II Guerra Mundial y en ella, un periodista, cuyo nombre no se conoce, entrevista a varios personajes repartidos por todo el planeta que explican su experiencia personal durante los años que la tierra estuvo en conflicto con los muertos vivientes. En un brillante ejercicio de distopia, Brooks imagina el escenario dantesco de un conflicto global y sus consecuencias, y va narrando las fases de ese conflicto desde su inicio al final, a partir de esos testimonios más o menos cronológicos con el conflicto, y que incluyen personas de diferentes países: dirigentes de la lucha, líderes políticos, soldados de a pie, así como civiles supervivientes.

Lo mejor del libro es que Brooks consigue reflejar en la lucha contra los zombis las limitaciones de la humanidad. La excusa de un enemigo como los zetas deja en evidencia a los ejércitos y sus estrategias de lucha; fomenta la presencia de refugiados y crea conflictos entre e intra países; supone cuarentenas, muros y planes crueles que sacrifican vidas con objetivos necesariamente superiores; hace que humanos sanos quieran imitar a los zombis; crea problemas por el tráfico ilegal de órganos infectados… y así una casuística sin límites. Brooks convierte al monstro de la subcultura contemporánea en la semilla de un análisis sobre la alta política mundial, y los bajos modos socioeconómicos, mostrando un mundo, el nuestro, incapaz de informarse y organizarse con la honestidad suficiente ante un enemigo global (no digamos ya ante situaciones menores).

En junio se estrena en todo el mundo la adaptación de la novela dirigida por Marc Forster, con Brad Pitt como improbable protagonista, y lo que parece un total cambio de punto de vista del guión.

La novela a través de las entrevistas es por tanto un conjunto de decenas de episodios que hacen avanzar la acción de la guerra cambiando escenarios y casi todos los personajes, bajo la premisa de un realismo completo una vez admitida la existencia del muerto viviente. Tiene un gran dinamismo dada su deslocalización y usa con lógica y sin subrayados los tópicos de la política nacional e internacional de los varios países que aparecen. Está bien cerrada y concebida, pero se aferra a su opción de estructura, y esto la lleva también a algunos problemas en la ejecución: una cierta uniformidad en la voz y la visión de personajes; la ausencia –aunque es buscada- de continuidad en el relato y de héroe identificativo; y la sensación, en el último tercio de la novela, de haber agotado la fórmula. Con la resolución ya conocida, y las escenas de pavor habiendo ya hundido sus garras en el ánimo del lector, las revelaciones que añadan capas a la lectura y a la interpretación política de la novela se reducen.

Guerra Mundial Z transcurre a principios del siglo XXI. No puedo resistirme a subrayar que Brooks ha sido visionario al entrever la desorganización social y política frente a la situación global de crisis económica que se inició en 2008 y que aún disfrutamos. Estoy seguro que hoy escribiría una novela distinta, en la que los matices políticos de esta nuestra crisis habrían agrandado las lecturas de su trabajo.

Gracias Jonathan por la info bibliográfica.

(para quien tenga el tiempo, en mi rollo radiofónico del 21de marzo de 2013, me atreví a comparar este libro con Continente Salvaje, del que hablé aquí hace poco. Alguna idea nueva hay...)

Max Brooks (vía)



29 de marzo de 2013

Sólo Feynman



Amigos de los que me quedan en la ciencia me regalaron este cómic que narra la vida de Richard Feynman, un físico teórico ganador del Premio Nobel de Física en 1965 y que, para mi vergüenza, no conocía. Digo mi vergüenza porque después me he ido enterando de que se trata de un hombre casi venerado en l sector, no sólo por sus estudios reveladores en Electrodinámica Cuántica, sino por su capacidad educativa y divulgativa, que dio lugar a exitosas giras de conferencias y diferentes publicaciones de las mismas, además de ser uno de los más jóvenes jefes de equipo del laboratorio de Los Álamos que desarrolló la bomba atómica en los años 40, o de participar en la mediática investigación de las causas del accidente de Challenger en 1986. Su vida está llena de múltiples anécdotas más, arrastrada por una gran curiosidad y su capacidad de visión diferenciada de cualquier situación bajo estudio.

Richard Feynman (vía)

Feynman es un cómic biográfico que alcanza cotas hagiográficas de pura admiración que destila el guión, que dulcifica los puntos oscuros del personaje, convierte de continuo cierta arrogancia en humildad, pero que tampoco rehúye las explicaciones científicas del trabajo del biografiado. Para ello escoge una estructura algo cáotica, de pequeños capítulos de 2 ó 3 hojas por término medio, que pueden transcurrir en diferentes décadas (dentro del mismo capítulo), aunque existe una línea general que parte de su infancia y juventud (al principio) hasta su muerte. La opción del salto en el tiempo quiere reflejar que este es una dimensión en que las partículas estudiadas por Feynman pueden moverse libremente. Los capítulos además no vienen divididos en páginas, sino que pueden empezar en cualquier momento, incluso en medio de una viñeta. La idea es brillante, incluso desde el punto de vista de teoría del cómic pero también agotadora, y deja un poso algo deslavazado.


Feynman, el personaje, no me ha agradado en exceso. Tal vez la unanimidad de autores y personajes (incluido el propio Feynman, que es el narrador del libro) hacia él sea tan excesiva que convierte su brillantez en pesadez, por no decir solipsismo y falsa modestia. Hay un momento de lectura avanzada la primera parte del cómic en que se produce algo de confusión añadida por causa del dibujo poco definido que no distingue entre varios de los científicos protagonistas (algunos muy reputados y conocidos) que comparecen en varias coyunturas que resultan anodinas por falta de concreción dramática y de integración en la narración. Son situaciones yuxtapuestas que merecían un mejor acabado general y un mejor aprovechamiento dramático. El pulso mejora, brevemente, en la presentación de algunas conferencias (casi) completas de Feynman al final del libro. Pero da la sensación de que si hay algún mérito en ello es de Feynman y no de los autores del cómic.

Jim Ottaviani (en la foto vía) es el guonista del cómic. El dibujo es obra de Leland Myrick y el color de Hilary Sycamore


18 de marzo de 2013

Paisaje después de la batalla


(reseña previamente publicada en la Revista Cultural Factor Crítico


Oficialmente, la Segunda Guerra Mundial (IIGM) empieza en 1939 y termina en 1945. La tesis principal de este libro es que la capitulación nazi del mes de mayo de 1945 fue un capítulo esencial de un conflicto que permaneció en Europa con gran intensidad al menos cinco años más. El autor señala que hay lugares en los que, hasta que no se recuperó la independencia en la década de los noventa, no consideran que el conflicto histórico del que la IIGM fue el episodio más violento estuviera terminado. Los países bálticos son un ejemplo.
Keith Lowe es un joven historiador británico que, heredero de una larga tradición, siente pasión por la historia europea de la primera mitad del siglo XX. Su esfuerzo en Continente Salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial es encomiable: resumir en 400 páginas el paisaje europeo tras el final de la IIGM, un periodo en que los consensos históricos se reducen cuando se comparan con los lugares comunes de la lucha contra los nazis, pero en el que el continente devastado repitió en varios lugares pautas de actuación política y comportamiento social que definieron de manera decisiva la historia de los países implicados durante las siguientes décadas, con más influencia incluso que los mismísimos años de la guerra en sí.

Berlín, 1945. La destrucción física era sólo la destrucción más visible (vía

El libro se estructura en cuatro partes (cuyos títulos ya asustan: El legado de la guerra, Venganza, Limpieza étnica, y Guerra Civil), y, personalmente, me han gustado más las dos primeras, porque la mirada del autor se centra más claramente en el drama colectivo, general y comparable de la situación del continente tras la guerra, que es posiblemente el mayor valor del libro (mostrar cómo incluso en la barbarie todos los países de Europa se parecen). La tercera y cuarta partes, aunque no pierden de vista al conjunto del continente, resumen los casos particulares. Para un lego en la materia lo consiguen de manera impecable en lo narrativo y en lo objetivo de la visión ética: si comparamos el trato diferente que da el autor a los comunistas en Grecia o Rumanía encontramos un ejemplo, pero salir airoso de la limpieza étnica entre polacos y ucranianos manejando el orden y el tiempo en que se describen las matanzas étnicas entre ambos pueblos tras el fin de la guerra es una jugada literaria de nivel. Sin embargo, en ocasiones da la sensación de que cada uno de esos episodios necesita de un libro en sí mismo, entre los cuales el caso yugoslavo es el más relevante. Muchos libros que sin duda están en mente de Lowe (hace cinco años ya publicó un libro sobre los bombardeos de Hamburgo), que se ve obligado a resumir con el objeto de lograr con éxito llegar al público.

Para este libro llegar al público es esencial. Esos años olvidados, aunque lo fueron con un objetivo tan encomiable como manipulador, son clarificadores en la búsqueda de claves históricas. Por supuesto, el caudal de información es enorme, pero se canaliza con sentido narrativo, los mapas son suficientes y claros, y las numerosas referencias bibliográficas no molestan. Sortea las guerras de cifras, sabe combinar testimonio personal con político ala manera de Antony Beevor (aunque sin el prurito dramático de éste, más centrado en lo bélico), y se aprenden hechos espeluznantes. Un acierto sobre todo al principio del libro es el continuado cambio de escenario: de Grecia (hambruna y guerra civil) a Noruega (persecución de los hijos de alemanes), de Saló (triple guerra en el norte de Italia) a Bucarest (desmantelamiento de una democracia por el estalinismo), de Vichy (ajustes de cuentas a las mujeres francesas que mantuvieron relaciones con los invasores) a Vilnius (guerrilla que combatió al Ejército Rojo hasta los años cincuenta), de Varsovia (cuatro limpiezas étnicas tras la guerra hasta dejar un país étnicamente puro como quería Hitler) a Zagreb (sucesivos ajustes de cuentas entre ustachas, chetniks y partisanos), y, por supuesto, Alemania y sus múltiples tipos de prisioneros, desplazados, refugiados y venganzas… En todos estos escenarios el autor imprime un personal carácter constructivo en su búsqueda del entendimiento del horror tras el horror. Esa sería la única ideología del libro, y el objetivo de su uso de la verdad.
Guárdense pues, amigos, del final de las batallas. La lección es que en la IIGM, las balas perdidas del mayor espanto conocido y documentado por la humanidad mataron más que muchas guerras. Yo no creo que olvide varios de los episodios de este libro hipnótico en mucho tiempo.

Keith Lowe también es novelista (vía)