25 de julio de 2016

Chavs


Owen Jones es un columnista y activista político inglés que se ha hecho tremendamente popular en España. Al libro que toca hoy comentar, Chavs. La demonización de la clase obrera (publicado en 2010, con apenas 26 años), se unen sus actos de campaña en favor de Podemos (de cuyo apoyo exterior es un importante baluarte), o, para quien haya seguido los análisis del atentado de Orlando (12 de junio, hace sólo cinco semanas), su indignada respuesta a los sesgados análisis del mismo.

Chavs (aquí una descripción de lo que significa chav según Wikipedia) es un estupendo bofetón a la visión que sobre las clases bajas han impuesto ricos, clases medias, intelectuales, y clases políticas, a través de los medios y de decisiones gubernamentales que surgidas especialmente en el thatcherismo y refrendadas –menos vigorosamente, pero aun así- por el nuevo laborismo, ayudaron a que una clase trabajadora organizada y solidaria terminara en un conjunto actual degradado económica y socialmente. Jones estudia las acciones que Thatcher empleó para minar el poder sindical (al que se consideró a finales de los setenta el centro de los males del país como un poder en la sombra), para convertir la sociedad industrial inglesa en una de servicios, para pervertir la política de vivienda social y acumular en ella a la sociedad con más problemas económicos y sociales, y para desplazar la economía desde las industrias hacia las finanzas. La consecuencia fue la progresiva imposición de la cultura de la meritocracia individual, y la continua apelación a que los trabajadores se habían buscado su mala suerte ahora que en Gran Bretaña todos eran clases medias, con la connivencia mediática de periodistas, analistas políticos, clases intelectuales, y series de televisión donde esta clase trabajadora es ridiculizada desde hace décadas.

Vicky Pollard (vía). Jones acusa a la serie Little Britain de extender tópicos injustos sobre las madres solteras británicas a través de este personaje

El exhaustivo análisis de Jones, aunque lúcido y en ocasiones desgarrador, acaba siendo algo repetitivo, en un libro algo falto de estructura y al que le falta edición. Jones niega que se trate de una exaltación nostálgica de las viejas clases trabajadoras que ya sabe que no volverán como tales (y analiza bien para ello las nuevas características del empleo de baja cualificación en el servicio, los supermercados o los call center), pero apenas ofrece soluciones de futuro a partir del momento actual, siendo quizás la propuesta de empresas públicas tipo cooperativa la única de calado que no consista en la (im)posibilidad de volver a tener la industria pesada a Gran Bretaña, que pueda dar más sentido a la lucha sindical. A la vez que aboga por regresar al espíritu comunitario laboralista, se aferra a la imposibilidad de conseguir condiciones de vida de clase media real  para la población heredera de la clase trabajadora, lo cual resulta un tanto materialista en el sentido de la lucha de clases (y es un punto que no comparto), pero para lo que, al parecer, encuentra sentido en la desigualdad existente, de modo casi determinista, en la sociedad británica.

El foco de Chavs es exclusivamente la situación de Gran Bretaña, y resulta difícil juzgar si determinados edificios son completos o si ciertamente, la luz puesta en la demonización es tan intensa –y la deja en tal evidencia- que apenas se fija en otros elementos. Las críticas que Jones hace a series de televisión, películas, grupos de música, o al diseño de la Premier League, apenas recogen contratestimonios o contraejemplos, e incluso los de cineastas como Stephen Frears o Ken Loach aparecen de manera anecdótica. Cierto es que el punto de vista es político y no estético o artístico, y el reflejo de la denuncia en lo político queda claro, pero, al menos en cine, yo sé que existen ejemplos a discutir que no encajan con una animadversión de lo audiovisual hacia las clases trabajadoras. ¿Puedo extrapolar esto a otros puntos? No lo sé, y es casi seguro que no al campo político que Jones conoce bien. El libro fue obviamente criticado por muchos analistas, y en el epílogo Jones aprovecha para responder.

Chavs se publica en 2010, y, por tanto, determinadas consecuencias y responsabilidades de la crisis económica de la última década tienen cabida en el texto. La crisis y sus consecuencias para las clases bajas encuentran lógico acomodo en el discurso de Jones, que casi puede presentarla como un resultado lógico de la dialéctica perversa de la lucha de clases impuesta por las clases altas desde el thatcherismo. Así sucede con los disturbios de Londres en el verano de 2011 (comentados en el epílogo), o, un lustro más tarde, incluso con el Brexit (ante el que el propio Jones no supo ver el tipo de fuerzas que su euroescepticismo, como el del ala izquierdista del laborismo, ayudaba a consolidar). Ventajas del método dialéctico, supongo.

Owen Jones (vía)

8 de julio de 2016

Austriaco, judío, escritor, humanista y pacifista


Estos calificativos con los que Stefan Zweig se define en la introducción de su autobiografía, este fabuloso libro titulado El mundo de ayer. Memorias de un europeo, nos colocan inmediatamente en el centro del horror europeo de hace más de ochenta años, que es el momento y motivo por el que este hombre decide escribir su vida, como memoria de una Europa que ya no era y de una vida culturalmente riquísima, y antes de suicidarse en su exilio brasileño, unos meses antes de que la II Guerra Mundial diera un vuelco con el avance de la batalla de Stalingrado.


Palacio Imperial de Viena, de donde emanaba la seguridad 

Zweig escribió el libro desposeído de prácticamente todo, basándose en su memoria, y sin tener a su alcance sus recuerdos, libros ni apuntes, ni poder visitar los lugares que vio durante su vida. Fue un europeísta convencido en tiempos que ahora no imaginamos pero que él creía humanistas y progresistas, que vivió el final de un período de paz inusualmente largo en Europa (sólo superado por el actual), y, sobre todo, el final de un imperio caduco como el austriaco en la gran primera herida que rompe su vida, la Gran Guerra. 

Ofrece especialmente en sus primeros capítulos un fresco vivaz, dinámico y profundo de la sociedad vienesa del cambio de siglo, envidiable como ninguna en su potenciación y disfrute de lo cultural, pero rancia y moralista como correspondía a un gobierno milenario y decadente. Su análisis parte del rasgo psicológico personal, pasa por la descripción social y su moral burguesa, y la influencia en la vida cotidiana, y termina con la situación política y el aparente absurdo de las guerras que vivió, bajo una capa de amargura por los valores perdidos y un terrible pesimismo ante el futuro inmediato; la combinación es arrebatadoramente emotiva por momentos, aumentada por el recuerdo de sus inicios profesionales, y el hecho que nosotros sabemos y Zweig no: que acabaría suicidándose por todo ello. Resulta especialmente brillante, y entiendo que posiblemente de manera muy válida como testimonio histórico, en el periodo que va de su infancia a 1914, y en su descripción del estallido de la I Guerra Mundial. Zweig además fue de los pocos intelectuales de la cultura alemana que, a diferencia de lo que sucedió con muchos de ellos en la II Guerra Mundial, fue antibelicista durante el conflicto.


Secesión

La riqueza de la prosa y el ritmo del libro pueden tener parte de mérito en la traducción. Rara vez nombro aquí a los traductores que me veo obligado a leer, en este caso J. Fontcuberta y A. Orzeszek, que espero hayan disfrutado con su trabajo, al obtener la sensación de fluida literatura, comprometida, sentimental e intelectual que en castellano tenían coetáneos de Zweig que también sufrieron guerras como Eugenio Xammar o Manuel Chaves Nogales. ¿Sería cosa de los tiempos?


Stefan Zweig, a los 19 años (vía)

¡Mi debido agradecimiento a Jonathan y Eugenia por el libro!



27 de junio de 2016

Abracadabra


A pesar de tener El gen egoísta hace años en la estantería, sin haberlo siquiera abierto, he empezado a leer a Richard Dawkins con este libro más reciente, de 2011, titulado The Magic of Reality, que podría ser, en parte, su respuesta a las nuevas charlatanerías, su sopapo más reciente a los mitos religiosos y culturales históricos, y una declaración de amor por la realidad (o, de fondo, por la ciencia que la descubre y estudia) como forma de magia. Puedo alegar para ello que me da un poco de miedo pensar en que su obra clásica pueda estar algo obsoleta, también que últimamente he visto vehementes discusiones sobre la prevalencia de los elementos mágicos en el conocimiento personal, o incluso que algunos libros que bordean el tema han caído recientemente entre mis manos.

Islas Galápagos (vía)

Sin embargo… A Dawkins le falta realmente fascinación poética por la realidad, por la naturaleza y sus hechos, y por la ciencia como aventura descubridora más que desenmascadora. En ese sentido, título, autor y entradilla tal vez habían desatado mis expectativas. Cada capítulo se inicia con un mito determinado (incluso da la sensación de que cada capítulo se ha escogido más por la existencia del mito que por verdadera fascinación por la belleza de su explicación científica), sigue con la historia de la razón aplicada –y sus experimentos- al objeto de estudio, y suele terminar con un alegato simple a lo ‘bonito’ de la realidad. Demonios, Dawkins, ¡algo más de entusiasmo, soldado! ¡Esta lucha no se gana sin emoción verdadera, que es el arma del enemigo! Debemos transmitir amor por los millones de prismas refractores que crean del agua un arcoíris que saluda nuestra entrada en los cielos, otorgar vida a esas juguetonas placas tectónicas que manejan mi barca, fascinarnos por los pormenores estéticos de la selección natural que creó los magníficos ejemplares que revelan el cuerpo.

Arcoiris en Seattle (vía)

A estos casos sencillos, sin exceso de polémica actual real (apenas hay homeopatía o transgénicos, por poner dos ejemplos, en el libro) se dedica Dawkins, aumentando demasiado el tono pedagógico y perdiendo interés para un lector más versado en ciencia. Esta, la ciencia, no es cosa de broma: no abogo por convertirla en un show gritón de televisión, sino por vivirla con pasión, ya que nos rodea inimaginablemente en nuestra rutina, y su estudio es desbordantemente placentero. ¿Qué no? Ay, si la vieran con mis ojos…

Richard Dawkins (© Jeremy Sutton Hibbert, vía)

18 de junio de 2016

Quiero ser santa


Una idea tan gozosa como excepcional da aliento al cómic de Roberto Bartual y Julián Almazán: convertir en superhéroes del catolicismo a tres niños con superpoderes a los que se les aparece la virgen en Morata de Tajuña, el pueblo del sur de la provincia de Madrid. Certificados poderes y aparición por el padre Pilón, jesuita parapsicólogo y exorcista, y látigo de impostores de milagros y apariciones, los tres infantes reciben el esencial encargo de recuperar el brazo incorrupto de Santa Teresa robado por los nazis a Franco.


Este aparente delirio, donde una niña de origen musulmán sufre de bilocación o un niño es capaz de materializar la hostia en su lengua, es un reflejo satírico de mitos religiosos no mucho más extravagantes. Los autores mezclan historietas cortas (capítulos de una supuesta serie de superhéroes con una historia general en progreso) con noticias, textos y cartas metahistóricas que otorgan una visión pop ecléctica, libérrima y divertidísima a la historia, que puede pescar en Enid Blyton, Adolf Hitler o Eva Perón sin resentirse, retorciendo hechos al explicarlos como parte de una leyenda de conspiraciones paralelas a la historia oficial. La atenta mirada del personaje sagaz e intenso (y caracterizado con mayor profundidad), que es el padre Pilón, unifica la función, y su papel de director proporciona un improbable asidero de identificación al alucinado lector.

El padre Pilón

El dibujo opta por una expresividad colorista e infantil, que contrasta con la supuesta gravedad de la misión encomendada a los niños. El trazo es buscadamente plano y el tono pastel es alegre, con una presentación frontal de personajes infantiles en la que a veces no he podido evitar pensar en un South Park lisérgico. El libro está aparentemente inacabado: anuncia nuevas aventuras, que sin duda llevarán al padre Pilón y sus Ángeles a quién sabe qué azares…


Julián Almazán y Roberto Bartual

8 de junio de 2016

Las buenas izquierdas


George Orwell, el autor de Rebelión en la granja y 1984, fue miembro del Partido Laborista Independiente, ILP, y en los años treinta viajó a España para apoyar a la República durante la Guerra Civil, alistándose en las milicias del Partido Obrero de Unificación Marxista, POUM. Combatió en el frente contra el ejército nacional, en Barcelona contra los guardias de asalto del gobierno republicano y las milicias del Partido Socialista Unificado de Cataluña, PSUC, y tras volver al frente y ser herido consiguió su licencia para volver a Inglaterra no sin antes vivir la ilegalización del POUM y su propia persecución por parte del gobierno. Todo esto se narra en Homenaje a Cataluña, esta narración de sus vivencias en menos un año de estancia en España, pero cuyas conclusiones sin duda se extienden al menos a la temática de fondo político de sus dos grandes novelas y supongo que de manera genérica a gran parte de su obra.


Si ya pensaba, sobre todo gracias a Rebelión en la granja, que Orwell era un magnífico fabulador, ahora debo decir que es estupendo como ensayista, autobiógrafo e incluso historiador (sabiendo que la falta de perspectiva temporal le aleja de esta figura, pero consciente de que algunas de sus conclusiones son aparentemente bastante certeras incluso unos meses después de salir del país). En su caso se unen su facultad narrativa y dramática con el valor innegable de la experiencia directa, un trabajo de campo de gran valor. La descripción de la vida en la trinchera y en las posiciones, la cercanía a los protagonistas individuales de la contienda desde la primera frase (En el cuartel Lenin de Barcelona, un día antes de alistarme en la milicia, vi a un miliciano italiano delante de la mesa de oficiales) y la sufrida rutina del desastre cotidiano de un país ya de por sí poco organizado pero ahora además en guerra, inician el relato en episodios cronológicos, y desarrollan a Orwell como persona en su convencimiento de que Cataluña vivía bajo una Arcadia revolucionaria, dirigida por los sindicatos y los anarquistas, desde el golpe de estado y hasta al menos diciembre del 36. Al volver del frente cuatro meses después, su experiencia en la ciudad es otra (incluso ya la ve cambiada y sin rastros de revolución), con los hechos de mayo a punto de estallar, y con el gobierno republicano necesitado de los fondos soviéticos que exigían el fin de la revolución colectivizadora (Orwell vincula esta exigencia a los intereses exteriores a España de la URSS) y por supuesto de la facción trotskista del POUM, prácticamente aniquilada acusada de quintacolumnismo franquista. Orwell no rehúye el tema, analiza con profundidad política los intereses y pensamientos de cada facción en el (supuesto) intento común de todas de acabar con la amenaza fascista a la república, explica por qué cree que la guerra no se podía ganar sin la revolución (en su opinión, básicamente porque no había otro modo de convencer al campesinado, en aquel entonces esencial en un país agrario como España), y establece actos y responsabilidades de socialistas, comunistas, trotskistas y anarquistas en la guerra civil que los catalanes tuvieron dentro y añadida a la propia guerra civil española.


Las convicciones antitotalitarias de Orwell se adelantaron a su tiempo, no tanto por comprender las del fascismo y el nacionalsocialismo (que en España tomaron las formas que Orwell piensa suavizadas del franquismo debido al propio carácter español; previó incluso el éxito de ese modelo y su posibilidad de duración), sino por haber comprobado en su persona las del estalinismo, que aún tendría unas cuantas décadas de prórroga intelectual en Occidente. No creo que haya de todos modos en este libro (tan directo y doloroso como puñetazos a la panoplia de pensamientos de izquierda que resultan no serlo) paralelismos verdaderamente reales con la situación actual, salvo, claro está, la circunstancia del arraigo de muchas formas de izquierda (desde la anticapitalista hasta la coaligada con la derecha, aunque ambas apoyando –o no- al mismo gobierno) en una Cataluña ideológicamente tan fascinante como incomprensible.

George Orwell (vía)



28 de mayo de 2016

Goodbye, Jane


Con Northanger Abbey termino la lectura de las seis novelas de Jane Austen, un proyecto que ha durado más de lo debido, completado nada menos que en 13 años, leyendo todas las novelas en el fácil inglés clásico de la autora, y disfrutando de cada una de sus seis más diferentes de lo esperado heroínas, como Emma Woodhouse o Fanny Price, en un mundo de obligaciones y limitaciones. Estas heroínas inauguran su literatura desde la primera frase de su primera novela, precisamente ésta:

No one who had ever seen Catherine Morland in her infancy would have supposed her born to be an heroine
Otra frase histórica del libro hace mención a la ciudad por excelencia de las novelas de Jane Austen, Bath. Es una frase además que en la propia ciudad de Bath se lee de continuo en paredes, folletos, lugares turísticos, etc… Es casi obligado, porque dice nada menos que

Oh! Who could ever be tired of Bath?
Es la propia Catherine Morland la que lo dice, con cierto entusiasmo, pero el sentido de las primeras 160 páginas de esta novela revelan precisamente lo contrario. Austen, dicen, no soportaba demasiado la opulenta y frívola sociedad georgiana que disfrutaba de las aguas, los bailes y el teatro en Bath. Catherine es seguramente la más joven e inocente de las protagonistas austenianas, vive fascinada por el nuevo mundo que descubre cuando se traslada desde el campo a pasar seis semanas en casa de unos amigos de sus padres, pero tampoco se le escapa la superficialidad de personas obsesionadas sólo por la apariencia y la figuración.

Cuando hace un año leí Emma, tuve un pequeño arrebato y decidí conocer por fin Bath el verano pasado. Estuve allí tres días, que son más que suficientes para ver la ciudad varias veces e incluso cansarse de Bath. Compré el ejemplar de Northanger Abbey en la propia casa de Jane Austen en Gay Street (sí, justo ese nombre), donde te aclaraban que en realidad es una casa museo separada unos pocos números de la auténtica en que vivió. Ella vivió en cuatro casas distintas y dejó así para el futuro turístico la posibilidad de hacer rondas austenianas por la ciudad. Ha sido por eso más disfrutable la ambientación que en los anteriores casos, porque los lugares que Austen menciona en la novela se reconocen fácil

Pulteney Bridge y Pulteney Street

El Royal Crescent

Los salones de baile

Los baños y termas romanas no se mencionan, curiosamente. No estaban aún excavados, si mal no recuerdo. La Pump Room, que no dejaba de ser un salón de baile donde sí se bebían las aguas de las fuentes termales, es un lugar habitual de la novela

Northanger Abbey es una historia de amor juvenil y fresca pero probablemente la menos trascendente de las suyas. Es en cierto modo un borrador sencillo y disfrutable de historias de más complejidad, que aquí se observan en algunos personajes secundarios, con los temas que luego Austen desarrollará más (la necesidad del matrimonio para medrar, las parejas cruzadas de hermanos, las cuestiones de rentas y dotes, y todo ese feminismo primigenio que anuncia una novela de heroínas). Austen resuelve de manera bastante directa el conflicto de la pareja principal (una Morland y un Tilney) y olvida a varios de los secundarios de las páginas de Bath (otro Morland, y los hermanos Thorpe), cuando llega a la abadía de Northanger, donde Catherine ha sido invitada por los hermanos Tilney.

Pero existe un punto muy interesante en esta primera novela: la propia mirada presente de la autora dando juicio sobre su heroína y sobre el arte de novelar. Ya la primera frase nos introduce sutilmente en ese camino reflexivo, que se subraya varias veces y adquiriendo importancia en la trama. Primero porque la controversia sobre los efectos de la lectura de novelas en las mujeres está presente en los juegos de acercamiento de Catherine, quien por inexperiencia habla de sus gustos novelescos; que dichos efectos son perjudiciales es una acusación que se generaliza entre todos los hombres de la trama (excepto, por supuesto, uno de ellos). Y segundo porque la estimulación de la fantasía que genera la novela gótica que lee de continuo Catherine está cerca de destrozar su inocente seducción. El doble juego hacia el poder de la creación literaria es un contraste excelente y sutil sobre un arte que empezaba a afianzarse, y del que Jane Austen dejaría para la posteridad La abadía de Northanger, Persuasión, Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio, Emma, y Mansfield Park. ¡Gracias, Miss Austen!

Will we ever meet again? (Imagen de Jane Austen vía)




18 de mayo de 2016

1860. Capítulo 4


Desafortunadamente, el capítulo 3 de la serie de novelas de Patrick Deville, titulado Kampuchea, aún no se ha editado en castellano. Por eso he tenido que leer antes Peste & Cólera, el cuarto de la serie, y, hasta la fecha, uno de los más premiados. Hay algunas diferencias importantes con las dos primeras novelas de la serie (recuerden Pura Vida y Ecuatoria), y aquí las vamos a contar…

Recordemos que Deville está construyendo la historia de la humanidad globalizada, partiendo del año 1860 en el que según él se inicia una clara conexión global entre personas de diferentes países. La persona de referencia, tras el malvado William Walker, y el buenazo pero cuyas acciones dieron lugar a consecuencias terribles Pierre Savorgnan de Brazza, es ahora un casi santo en vida, Alexandre Yersin. De nuevo un personaje prácticamente olvidado, que sin embargo trabajó con Pasteur, identificó los bacilos de la difteria y nada menos que de la peste bubónica, pero además exploró por primera vez determinadas partes de Vietnam, cultivó con éxito la quinina y el caucho, y estudió botánica, geografía, astronomía, y prácticamente todo lo que se le puso por delante, con gran pasión, dedicación y rigor. Vivió de 1863 a 1943, desde su Suiza natal a París y de ahí a Vietnam, donde dejó una rica herencia técnica, cultural y científica. Deville le conecta con Pasteur y toda su banda de heroicos microbiólogos, también con Rimbaud como figura que huyó de la metrópoli a la vez que Yersin, con Stanley y, sobre todo, con el carácter de huérfano de la mayoría de todos estos personajes.

Alexandre Yersin (vía)

Yersin resulta especialmente inclasificable, es un personaje de trazo distinto a los anteriores en la serie, con los que ni siquiera comparte el mismo tipo de ambición (que en Yersin es sed de conocimiento, y pocas ambiciones me parecen tan puramente loables), y mucho menos su carácter célibe y solitario (que suena mucho a homosexual reprimido), brillante hasta el punto de apenas dedicar sólo dos años seguidos a cada parte de su peculiar carrera y aun así haber destacado en casi todo lo que intentó, huyendo siempre de homenajes, politiqueos y premios. La principal diferencia de Peste & Cólera con los anteriores libros es que en esta ocasión no existe capítulo que no se centre en el propio protagonista, quien lo ocupa casi todo. No es que, como las anteriores, esta novela no se centre sobre todo en un personaje, pero la búsqueda de otros que también se movieron en parámetros espaciales y temporales similares está muy reducida, apenas esbozada. Así, la novela es mucho menos ramificada y claramente más lineal aunque existan saltos en el tiempo centrados en la misma vida de Yersin; el exterior nunca deja de relacionarse casi exclusivamente con él.

El bacilo de la peste, Yersinia Pestis, descubierto por Alexandre Yersin (vía)

La otra diferencia es el trato hacia sí mismo que se otorga el autor. Frente a la presencia documentalista de los dos libros anteriores, el personaje de Deville de este libro opta por mencionarse como fantasma del futuro que visita a Yersin y sus lugares.  Como lector, entiendo que cambie el recurso puesto que las dos primeras novelas lo revelaban en exceso y, en esta ocasión, aporta menos dado que no existe un personaje actual visitable o entrevistable, o un acto contemporáneo (como el traslado de los restos de Brazza, por ejemplo) que permitan al autor personarse y realzar el peso de su investigación, aquí reducida a la lectura de archivos y al paso por los sitios en que vivió Yersin, sin referentes actuales por no ser relevantes. Pero, por otro lado, el fantasma no es un recurso demasiado aportador a la rica reflexión documentalista que tenían los anteriores libros.

Pero, por otro lado, Deville entra con tanta elegancia y maestría en la cabeza y cuerpo de Yersin, desde su infancia hasta su vejez, que sin duda nos encontramos ante el mejor retrato de todos los protagonistas hasta ahora, por su densa carga emocional, y la, hasta ahora, mayor conexión propia de autor, lector y personaje. Dibuja una persona tozuda, inteligente, inquisitiva, leal y admirable, cuya pasión es perfectamente entendible, cuyas acciones siempre fueron buenas, incluso morales, alentadas por la búsqueda del bien de sus semejantes. Deville trabaja un trazo aparentemente simple en las frases, fluido en los avatares del tiempo, que comunica sin grandilocuencias, y breve pero revelador en la descripción de los logros de su vida.

Creo no obstante que no debemos confundir este alejamiento de parte del canon devilliano de la serie con un acercamiento a los libros biográficos de Jean Echenoz, en los que he pensado por primera vez, seguramente por la presencia continuada de Yersin en la historia, tal y como Echenoz hizo con Zatopek, Tesla o Ravel. Deville supera a su compatriota en profundidad psicológica, en el apasionante entramado de relaciones, y en la relevancia histórica conseguida. Bueno, en realidad, juegan deportes distintos, Echenoz se acerca más a un cierto divertimento desmitificador, mientras que Deville también consigue ternura pero alcanza un resultado globalmente (pun) más enriquecedor.

El siguiente paso se prevé mexicano: Viva. Será el quinto capítulo de esta serie, a falta de que Kampuchea aparezca milagrosamente en las librerías…

Patrick Deville (vía)