2 de julio de 2022

Orgullo poll4viej4



En la lectura de Crónica de un devenir, de Alberto Mira, he usado mucho el lápiz, y en su reseña usaré mucho la primera persona; esto es obligado, pues se trata de un libro experiencial (no autobiográfico, aunque varias experiencias de vida del autor están presentes) escrito por un homosexual español nacido en 1965, es decir, tres años antes que yo. Esperablemente, me veo retratado de continuo, hasta el punto de que ese lápiz delator ha escrito seis veces ‘¡SÍ!’ en los márgenes del libro:

Primer ¡SÍ!

Muchos homosexuales, al menos en España, hemos tenido, por ejemplo, una relación distante o incluso hostil hacia el fútbol. El fútbol no es sólo “un deporte”: es también, quizá sobre todo, una manera de socializar a los niños a través de mitologías. La mística del fútbol es una mística de la masculinidad, de rasgos que nos desafían a ser más hombres, y la socialización del gusto por el fútbol refuerza relaciones homosociales

Reconozco que recoger estos ‘¡SÍ!’ es como poner ‘likes’, pero espero que me lo perdone… En su introducción, Mira delimita de manera clara el objeto y método de su estudio. Crónica de un devenir parte de lo experiencial, trabaja lo histórico, y lo enmarca en el estudio o poder del lenguaje y sus términos. Se centra en hombres homosexuales, con un enfoque culturalista y no político, y evitando debates sobre las realidades trans. El objeto del libro es la evolución de la experiencia homosexual en las últimas seis décadas desde tres coordenadas: la sexualidad, la identidad, y la comunidad.

Segundo ¡SÍ!

Obsesionado por las listas, mantuve el radar activo en busca de otros como yo, hábito que todavía perdura pasada toda su funcionalidad real. Y fui acumulando nombres. Platón. Miguel Ángel. Miguel de Molina. Cole Porter. Tyrone Power. Truman Capote. Luchino Visconti. Farley Granger. Rock Hudson. Federico García Lorca. Luis Cernuda. Noël Coward. John Gielgud. Luis Mariano. Antonio Gala. Jaime Gil de Biedma. Brad Davis. Y Stephen Sondheim. […] Desde los inicios de una subjetividad homosexual, desde que los homosexuales se han visto como un grupo de individuos separados del resto de la cultura, ha habido una verdadera pasión, en los círculos homosexuales, por hacer listas de “otros como nosotros”, justificar nuestra presencia como portadores de cualidades: inteligencia, talento, heroísmo, belleza.

Desde esta descripción, la Crónica viaja por las cuatro denominaciones centrales que los ‘nosotros’ (como dice con frecuencia para no tener que usar un término concreto) nos hemos dado o hemos recibido en las últimas décadas: HOMOSEXUAL (asociado a la experiencia pre-Stonewall, término de aires médicos, aplicado a una generación oculta y en general represaliada y oprimida, salvo círculos elitistas obligados a la discreción o excepcionalidades del espectáculo), GAY (término post Stonewall, que empodera y visibiliza positivamente durante los 70 y 80, que además sufre la pandemia del VIH y que crece junto a otros términos fundamentales para el ‘nosotros’, como son ‘orgullo’, ‘homofobia’, y ‘armario’), QUEER (contrarreacción a la positivación GAY, a la que considera normativizadora, capitalista y prosistema, con apoyo a una reivindicación de clase junto a la de sexo/género desde la combatividad), y LGTBI (acrónimo identitario sociopolítico actual caracterizado por una ultraidentificación particularizada y protagonizada por una juventud interconectada en unas redes que desdibujan la orientación, pero también el tiempo y la geografía, en la que la angustia por el sexo parece desaparecer en la adolescencia -cambiando así tal vez los mecanismos del deseo como vector único de la sexualidad-, pero en la que los cuerpos se pornifican en el gimnasio y luego se muestran en Instagram).



Jean Genet: ejemplo irrecuperable para la positividad GAY

Tercer ¡Sí!
Además del ritual de salida del armario, el nuevo gay tendrá que aceptar un nuevo ethos de positividad. Debíamos creer que había algo intrínsecamente ‘bueno’ en ser gay

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En este resumen, Mira va intercalando su propia experiencia de anécdotas personales concretas, y cómo la imposición de estos términos afectó a su vida; pero este devenir personal se acompaña del estudio histórico de hechos y de trabajos y ensayos culturales sobre los ‘nosotros’ que hacen que el anecdotario trascienda al engarzar experiencia y teoría en un viaje cuyas maletas ponen el lenguaje en primer lugar y la cultura después. La obsesión por el lenguaje y su capacidad de definición y de poder es muy relevante en el libro, centrando en este ‘nosotros’ el debate filosófico universal del siglo XX sobre cómo el lenguaje puede dominar como estructura ya predeterminada, o cuando menos colectiva, la vida y el pensamiento individuales, y sobre si éste cambia porque cambia el lenguaje, o al revés.

Cuarto ¡SÍ!

Me impresionó la facilidad para encontrar espacios, folletos, obras artísticas con la etiqueta GAY. Y locales diferentes. En aquellos años habían abierto un café… […]. El brebaje que servían era repugnante, todo sea dicho, ya que en aquel momento nadie en Londres sabía hacer espresso, pero uno no iba por el café: durante años frecuenté el lugar con el solo objetivo de sentirme gay.

Aporta Alberto Mira tan inquietas reflexiones en detalles concretos que es imposible describirlas todas… Dejo aquí constancia de varias, pero por querer recordarlas personalmente más que por desmerecer las demás. Es enormemente interesante el análisis intergeneracional que supone el paso de cada denominación a la siguiente: la dificultad (incapacitación a veces) de cada generación anterior por admitir las bondades y potencialidades de cada novedad lingüístico-generacional puesta a su disposición cuando ya no es joven, junto con la comprensión que da la madurez a la resistencia al cambio (en el caso de Mira, abraza GAY, le interesa QUEER aunque no acaba de convencerle, y LGTBI le hace sentirse fuera de su tiempo: obviamente sabe que un día el acrónimo también pasará pero es dominante en unos tiempos con los que ya no empatiza). Su análisis de las reacciones de Terenci Moix, Luis Antonio de Villena, Bosé o Almodóvar al respecto son clarividentes: Mira criticaba pero ahora entiende al HOMOSEXUAL que no quería salir del armario pues su resistencia le resulta paralela a la que como GAY ejerce ante postulados QUEER que apelan a una diferente definición de la presencia del ‘nosotros’ en la sociedad. No obstante, reconoce cierto privilegio de estas figuras en poder permitirse no realizar ese acto político frente al conjunto de la sociedad dado su reconocimiento particular. La incomprensión intergeneracional es precisamente uno de los motores del libro desde su inicio, en el que Mira recuerda su cancelación como pollavieja por parte de un joven tuitero con el que intentaba entablar conversación, y cómo su estrategia GAY es invertir de manera positiva la ofensa en arma a través del orgullo y la apelación al poder en el uso del lenguaje.

Quinto ¡SÍ!

Especialmente quienes teníamos inclinaciones culturales echamos en falta referentes propios y buscamos sustitutos en Estados Unidos, en Gran Bretaña, en Francia o Alemania, que tenían tradiciones homosexuales más visibles que la nuestra. Como hombre gay, fui totalmente colonizado.

El análisis del acento normalizador del momento GAY y su caída en la homogeneización o normativización también es revelador, porque es una deriva más apreciable en términos históricos que mientras se producía. La acusación de gaypitalismo y de los privilegios de la letra G surgen de aquí y son también origen del carácter crítico del momento QUEER. Mira indica que el hecho era inevitable: que un capitalismo globalizador es el entorno en que se desenvuelve ahora el mundo, y que a pesar de este peligro las puertas abiertas por ese mismo capitalismo son enormes y no despreciables. Creo que de aquí nace también el escaso apego del autor por las militancias que pierden la perspectiva, y de fondo existe una admisión de que la salida del armario que trajo Stonewall con el término GAY fue en realidad una entrada en un mundo real competitivo (¿adulto tal vez?), de los riesgos de la propia libertad asumida con esa falta de negatividad que en realidad supone enfrentarse al mundo, y que eso tiene consecuencias y trae responsabilidades de actuación ante las nuevas libertades conseguidas por el empoderamiento. La réplica al movimiento QUEER tiene su reducción al absurdo: nadie en realidad me obliga a consumir lo banal, y, en realidad, la lucha por, por ejemplo, el acceso a la vivienda, no cambia necesariamente su valor profundo a causa de tu orientación o identidad, sino que es ésta la que añade circunstancias políticas distintivas propias a esa lucha.


Wilhelm Von Gloeden: ejemplo de que la normativización de cuerpos en el deseo homosexual no es cosa del capitalismo neoliberal

 

Sexto ¡SÍ!

El sida en nuestra imaginación se mezclaba con un miedo al sexo construido a partir de años de represión, cierta homofobia interiorizada y el terror a que, al descubrirnos como homosexuales, también nos estábamos descubriendo como potencialmente enfermos.

Lógicamente, por edad, comparto muchas de las vivencias y puntos de vista de Alberto Mira en este libro. Y muchas de las experiencias y sentimientos, desde luego (la identificación casi jungiana de arquetipos culturales, la búsqueda de referentes culturales lejos del mundo más cercano, y, por supuesto, el cine, lo que ya esperaba tras Miradas insumisas); creo que también hay un punto distinto en el origen: en Euskadi es inevitable asociar este análisis de la reivindicación QUEER a movimientos antisistema que en Euskadi siempre han sido una presencia relevante en el mantenimiento de una disidencia a toda costa, y, en ese sentido, su aparición no fue sorpresa, desaprovechando probablemente lo performativo frente a lo planamente revindicativo. No comparto -por gusto, aunque lógicamente la entiendo- su vena camp y musical (pues fui más existencialista y me atraía más lo gótico/punk probablemente también con influencia de mi origen), y yo caí (a partir también de movimientos culturales) en lo activista y político, casi como vocación. Pero los matices no invalidan (siempre hay de todo) una tormenta de identificaciones en este libro analítico, que cumple un esfuerzo semiótico muy considerable y relevante, y que sublima nuestras paradojas en un estilo claro e interpelador, a partir de lo experiencial que supone su punto de partida y mediante la erudición cultural del caudal verdaderamente notable de lecturas de ensayística sobre el ‘nosotros’.

Este libro se puede completar con la escucha del programa dedicado al libro en el podcast Resaca, con Weldon Penderton, Álvaro Llamas y el propio Alberto Mira, en el que es muy divertido y peculiar constatar que lo experiencial tampoco es unívoco, y cómo esto también conforma vidas, tribus y generaciones, y se adapta, o no, al lenguaje y su poder.


 

 

16 de junio de 2022

Una narración prometida

 


El género de la autobiografía política es polémico casi por definición. Literariamente, no es extraño que no esté escrito por el protagonista, el interés del libro suele basarse en anecdotarios no especialmente profundos, y son esperables el ejercicio de la vanidad y la autojustificación, además de que el lector puede entender que no son libros en que se ejerza la sinceridad de manera plena: se enmarcan con frecuencia en la batalla política de su país, y las memorias de ex altos cargos están sometidas a los secretos de estado. Con todos estos condicionantes respecto al contenido y al impulso verdaderamente ético del mismo, queda al menos aferrarse a una escritura de interés, bien por su agilidad, bien porque contenga reflexiones políticas de calado por coyunturales o interesadas que fueran.

Una tierra prometida, el libro en que Barack Obama narra apenas tres años de su primera presidencia además de sus primeras elecciones en más de 800 páginas supone en esto una decepción importante, alimentada por una expectación mediática que lo apoyó casi ostentosamente cuando se publicó antes del fin de 2020.

Al autor no le falta agilidad narrativa (que funciona mejor en sus funciones políticas y presidenciales que en los momentos familiares o contemplativos) ni, lógicamente, temas de interés en un periodo de tiempo en que su país lidió con las consecuencias inmediatas de la crisis financiera de 2008, el Obamacare, el Premio Nobel de la Paz, o la operación para asesinar a Osama Bin Laden. Pero el libro no pasa de la crónica menor en cuanto a profundidad, y, con las páginas, tanto el sentido del humor como las reflexiones políticas van rezumando simpleza, repetición, o simplemente aburrimiento, en un texto sin ningún tipo de reto, o, al menos, atractivo, intelectual, y casi ni histórico, ya que incluso en ese aspecto, las revelaciones son de un aparente matiz menor y el tono aparentemente distendido, combinado con la reflexión madura pero realista, es incluso inapropiado. En realidad, puede que suceda que el agotamiento se deba a que el mejor episodio es la superación del primer gran problema del mandato, la crisis económica, en la que se refleja bien el torbellino del momento y la angustia (o no) de los diferentes implicados ante lo inédito de las situaciones y las soluciones propuestas. El episodio supera además la imbatible nostalgia de la épica que acompaña a sus primarias contra Hillary Clinton y las elecciones contra John McCain.

Hasta qué punto le sucede esto a Obama por el género escogido o por sus propias limitaciones o por los requerimientos de su editor, que entiendo deben ser bastante comerciales dado el cheque que cobraría el ex presidente, es imposible de conocer sin al menos leer más literatura del género, a lo que el libro no incita. La pregunta es si estos matices ya están presentes o no en la publicación canónica moderna del género, las memorias de la IIGM de Winston Churchill. Al menos el Nobel que ganó el primer ministro británico fue el de literatura…


Barack Obama (vía)


2 de junio de 2022

Inocencia la tuya, querido

 


Hace treinta años vi por primera y única vez, de momento, La edad de la inocencia. La película de Martin Scorsese tiene imágenes tan icónicas y reconocibles que desde luego recordaba muy bien a Daniel Day-Lewis, Michelle Pfeiffer, Winona Ryder y Geraldine Chaplin a la hora de leer, ahora, la novela de Edith Wharton que tanto fascinaba al director. Hasta entonces Scorsese no había rodado películas de ambientación histórica, pero el retrato de su ciudad y el interés por los mecanismos de la represión familiar y social permiten entrever algunos intereses personales en la novela.


Ellen Olenska atraviesa un salón sin compañía masculina

La Edad de la Inocencia fue publicada en 1920, y retrata la sociedad neoyorquina de la década de los años 1870. Newland Archer se va a casar con May Welland; ambos pertenecen a la alta burguesía de la ciudad. Pero, antes incluso de prometerse, la condesa Olenska vuelve a Nueva York. Ellen Olenska es prima de May, pero perdió a sus padres, creció con una tía algo excéntrica, y se casó con un conde europeo llamado Olenski. Pero su matrimonio no fue bien, y se separaron. El regreso de Ellen a Nueva York causa un gran revuelo: es elegante, tiene el sofisticado mundo y costumbres de la añeja, divertida y artística Europa, pero, sobre todo, es una mujer separada cuya inserción en la vida social de su familia resulta problemática por ello. Por supuesto, Newland se enamora, y a Ellen la persiguen también otros hombres.


Newland Archer cree que domina la situación

La novela adopta un estilo descriptivo muy detallado para captar el ambiente de los salones y casas en que viven sus protagonistas; es prolijo y con sentido estético intenso el dibujo de vajillas, vestidos, cabellos, salones, bibliotecas y despachos: seguramente esto facilitó mucho la labor de Gabriella Pescucci o Dante Ferretti (directora de vestuario y director de arte de la película), pero además logra un efecto sumamente inmersivo, probablemente por la ligereza casual con la que se presenta, entrelazado claro está con la descripción de costumbres y con los diálogos sociales y familiares, más, por supuesto, el propio pensamiento de Newland, que es el ancla único de la historia, y que tiene un concepto elevado de sí mismo, como no podía ser de otro modo.


May Welland y su rostro de ingenuidad ganadora

El punto de vista en La edad de la inocencia, que es constante y coherente, marca lógicamente los acontecimientos y su presentación al lector. La edad de la inocencia transcurre en el plano de acción de Newland, pero sus aproximaciones a la condesa Olenska, sus viajes, y sus conversaciones con May tienen efectos en las familias y la sociedad, a cuyas reacciones no asistimos, y las consecuencias de esas reacciones llegan siempre a Newland a tiempo de interrumpir sus deseos e iniciativas, que él mismo tampoco es capaz de concretar. El uso de los grandes momentos de la vida en la sociedad crea sus propios clímax en la acción: el anuncio del compromiso de boda, un viaje por la enfermedad de un paciente, el anuncio del primer embarazo… las formalidades de la vida burguesa y aceptada cercenan cualquier posibilidad de que Newland rechace su bien pensado destino.


La señora Welland, con su hija y su sobrina, dominando el espacio social desde su palco de Ópera

La ironía soterrada y continuada es el arma perfecta con que Wharton, socarronamente, desarrolla la historia. La inocencia del título parece hacer mención a la época, que Wharton presenta inicialmente de modo algo aparentemente paternal como un mundo ideal ya olvidado de costumbres sanas, respeto a las costumbres y gustos exquisitos. Como es de esperar, todo esto es negado por los acontecimientos que narra. Inocencia es lo que Newland cree la principal cualidad de May, con su aparente simpleza expositiva de hechos y sentimientos cariñosos hacia su prima o su falta de lecturas y cultura, pero el manejo del tiempo que hace May en la sombra y su continua alerta sobre los movimientos de Newland lo desmienten completamente. En realidad, su personaje acaba mostrándose como pasivo agresivo (castrador diríamos en otros tiempos) y en parte como luchador por sus intereses. En realidad, la inocencia aplica sobre todo a Newland y Ellen, incapaces casi por terror propio de consumar su pasión y de comprender cómo las fuerzas familiares se despliegan a su alrededor para impedir su relación. El momento en que Newland es consciente de que todos creen que sí han consumado, y de que sobre él se ciernen culpas y envidias infundadas, es sobrecogedor. No sólo para él como personaje, sino literariamente, pues actúa casi como negación de todo el relato anterior: nuestro héroe se ha desvanecido, no ha completado deseos ni un final feliz, e, incluso, el lector desearía saber cómo ha sucedido todo aquello que la autora le ha escamoteado con su uso coherente y despiadado del punto de vista, ya que nuestro querido protagonista no se ha enterado de nada.

La edad de la inocencia ganó el premio Pulitzer en 1920, el primero ganado por una mujer (si pensamos que ahora mismo sólo 16 mujeres de 118 personas han ganado el Nobel de literatura, podemos hacernos una idea del impacto que supuso la novela de Wharton para poder recibir ese premio). Para mí es inevitable pensar en su continuidad con Henry James (el de Washington Square, por ejemplo), tanto por la descripción social como por la profundidad psicológica, y en su lejanía con sus coetáneos Proust o Joyce, que andaban justo publicando las obras maestras del modernismo y el flujo de conciencia. Aunque el héroe de Wharton es masculino, es muy evidente que la víctima sufriente principal de la novela es el magnífico personaje de Ellen Olenska, moderna y desplazada, heredera de las heroínas de Jane Austen, capaz de revolucionar una sociedad sólo con cruzar un salón sin compañía masculina, y a la que sociedad y familia ahogan en un océano de rancia (in)moralidad. Ellen y Newland, éste en menor medida, son personajes trágicos a los que Wharton cuida con ternura y cuyas pasiones y obligaciones humanas le suponen aprecio. Es el conjunto social al que dedica su estilo irónico de voltaje elevado, sutileza en la réplica, y validez universal en el tiempo.


Edith Wharton (vía)


 

 

 

 

 

 

21 de mayo de 2022

+ Portugal

 

Según comenta el prólogo de este libro académico editado en el cambio de siglo, los autores Hipólito de la Torre y Josep Sánchez, españoles de origen, vienen a intentar cubrir con este volumen la falta de estudios históricos de origen español sobre la Historia de Portugal, algo que supongo que desde 2000 ya se habrá corregido, pero que en 2000 en sí ya dice mucho del escaso ojo que desde este lado de la raya ponemos en el principal país compañero de viaje ibérico en la Historia que tenemos.

Castillo y fortaleza en el Alentejo, con el Guadiana al fondo. Una de las muchas que jalonan el recorrido de la frontera entre Portugal y España

Esta fue la primera sorpresa. La segunda es que, en realidad, este tocho de 600 páginas, Portugal en la Edad Contemporánea (1807-2000). Historia y documentos, en realidad sólo tiene 200 páginas de autoría verdaderamente ejecutiva en lo literario. El resto, además de unas 20 páginas de notas, lo constituyen precisamente los documentos originales a que los autores hacen referencia en su trabajo de historiadores. No se trata además de facsímiles, sino de textos transcritos que mantienen el portugués original como idioma y que se prologan con breves explicaciones en castellano, pero que obviamente son una compilación de fuentes que, sin ser especialista, quiero pensar que tienen un valor relevante en lo histórico, pero sobre todo en lo metodológico y pedagógico. Dejar los documentos en portugués también es en sí una declaración de intenciones.

Playas del Atlántico

La siguiente sorpresa lo es menos: la convulsísima Historia de Portugal en los siglos XIX y XX es tremendamente parecida a la española del mismo tiempo, y a la par tiene una serie de puntos significativamente distintos que resultan imprescindibles para comprender las diferencias, también actuales, entre ambos países. Los autores, pienso que adecuadamente, no subrayan diferencias ni paralelismos, pero dada la importancia de España en decisiones que tomaba o podía tomar Portugal, para el lector español al que va dirigido el libro le resultan inevitables. Entre los paralelismos están la guerra civil (del siglo XIX) entre miembros de la familia real por el trono y cómo la incertidumbre del liberalismo les supuso a ambos perder parte importante de sus imperios. Las revoluciones constantes durante el XIX, y la instalación final de regímenes de alternancia/restauración resultan familiares. Entre las diferencias relevantes, el peso de Brasil -que se convirtió en imperio y refugio de parte de la familia real, pero tal vez sea mayor la alianza de Inglaterra con Portugal, que aún persiste legalmente, y que en ciertos momentos parece convertir a Portugal en un estado satélite, pero por otro le permite entrar en el reparto colonial de finales del XIX. En el siglo XX, en ambos casos la alternancia de poder termina traumáticamente con una dictadura, pero la de Salazar en realidad se parece más a la de Primo de Rivera prolongada que a la de Franco. La diferencia esencial del siglo XX -más allá de la participación nefasta de Portugal en la Primera Guerra Mundial- es la Guerra Civil española, lo cual conforma una dictadura distinta en Portugal, que incluso llega a ser estado fundador de la OTAN. Su represión no es tan brutal, pero por otro lado se empecina en mantener unas colonias con una terquedad inútil bajo el argumento de que sin las colonias Portugal perdería su esencia y sería invadida por España. Muy curiosamente, organiza elecciones periódicas siempre amañadas en las que a la oposición se le ocurre participar con ingenua buena voluntad, para acabar luego invariablemente perseguida por el régimen.

El esfuerzo militar fue también muy distinto en ambas dictaduras: el ejército portugués se desangró en guerras coloniales, la influencia de los demás ejércitos de la OTAN ayudó a cierta liberalización de sus ideas, y, finalmente, propició un golpe en realidad llevado adelante por cuadros intermedios en 1974, la Revolución de los Claveles. La figura del militar de ideología izquierdista, cuando no revolucionario, es impensable en España. En Portugal un militar, Ramalho Eanes, fue presidente electo de la República hasta 1986.


La Segunda República Española, dormida, saludada desde Grândola

La ágil lectura del libro, llena de acontecimientos, es intensísima. El poder de los autores para resumir manteniendo tensión y explicando con claridad elementos políticos, sociales y económicos es encomiable. También los detalles, que mencionan si tienen relevancia para detenerse en ellos y llena de detalles reveladores (esa industria pujante portuguesa a finales del XVIII, luego desaparecida, por ejemplo). El resultado es un fresco muy interesante de pulsiones históricas reflejo de los dos siglos retratados, que se lee con premura y mucho gusto, y en que la moderación y la sensatez en el juicio transmiten aplaudibles objetividad y ecuanimidad.

Hipólito de la Torre (vía) y Josep Sánchez (vía)



10 de mayo de 2022

De color rosa

 



Las novelas cortas que publica niños gratis* en su Colección Asterisco parecen tener rasgos comunes: un foco en personajes queer en sentido amplio, una narración basada en sus conflictos personales y sociales, y cierta audacia y ambición literaria por parte de los autores, que en general publican por primera vez un texto de estas dimensiones en la colección.


Power Ranger rosa y con falda

El Power Ranger rosa, escrita por Christo Casas, cumple varias de estas características, atreviéndose a contar en escasas 120 páginas de un formato además bastante pequeño la historia en primera persona de un chico gay que emigra a Berlín y narra tanto su vida allí como la de su abuela, que décadas antes también tuvo que trabajar en Alemania. A la narración de la estancia de ambos, cada uno en su tiempo, en aquel país, se suma la infancia del chico en un pueblo español, y una visita del ya hombre al pueblo para hablar y recoger el testimonio de su abuela, cuya historia ha decidido escribir. Pues bien, todas estas situaciones se van narrando en paralelo y entremezcladas, con precisión que evita la confusión, y con un ritmo de gran agilidad que dibuja literariamente los paralelismos entre diferentes ejes (intergeneracional, urbano-rural, de clase, y de orientación sexual), que abuela y nieto comparten en diferentes grados. Aunque vivamos tiempos en que la narración dramática parece huir de toda linealidad como si fuera veneno, lo cierto es que El Power Ranger rosa alcanza un importante virtuosismo en este reto, que además resuelve con frecuencia con paradojas humorísticas. Entre los diferentes ejes de la historia es obvio que el autor decide añadir una respetuosa emoción en la figura de la abuela, pero un matiz muy relevante está en la franca naturalidad con que presenta la empoderada vida sexual del protagonista, donde lo que serían apuntes transgresores o dramáticos modernos (las apps, las drogas, el sexo con hombres trans) se resuelve con una combinación de frescura y madurez francamente atractivas. Funcionan menos las consideraciones de clase, algo más tópicas, o la narración de la propia aventura de escribir el libro, que habría necesitado más espacio, cuando para esta duración de novela ya hay muchos elementos fuerza incorporados.

Pero a Christo Casas se le vislumbra un talento enorme sobre todo en la primera mitad del libro, un volumen que además es agilísimo y de un calor y ternura que es importante subrayar en tiempos de letras distópicas y nihilistas por doquier. No, esto no significa que sea un libro decididamente optimista o positivo, pero sí dotado de un humanismo próximo tal que dan ganas de dar achuchones tanto a los niños mariquitas insultados en los colegios durante sus infancias queer como a las señoras que emigran sin idiomas ni cultura para un progreso que un mundo cruel les niega.


 


 

 

 

27 de abril de 2022

Hacia una ejemplaridad pública (y IV)

 


Produce una cierta alegría terminar satisfactoriamente experiencias literarias de largo recorrido, como es el caso de la Tetralogía de la Ejemplaridad de Javier Gomá, que acaba con este volumen titulado Necesario pero imposible. Han sido tres años de cierto impacto e incluso tensión, dado que la obra tiene construcción de clímax narrativos, tanto dentro de cada volumen como en su generalidad. Pero, the deed is done, queda completar el comentario de una aventura que empezó con esta firma:

Una dedicatoria

 Al terminar la lectura de Ejemplaridad pública parecía lógico preguntarse por una metodología para pasar del molde de la ejemplaridad individual al de la ejemplaridad colectiva, con los riesgos y las restricciones que han explicado el repaso a la historia del pensamiento (Imitación y experiencia) y el estudio de las relaciones entre vida privada y vida pública en sus diferentes estadios que suponen Aquiles en el gineceo y Ejemplaridad pública. Nada indicaba cómo iba el autor a responder a esta demanda; Necesario pero imposible responde a ello, pero el título advierte (¡imposible!) que la respuesta puede ser frustrante, algo que en realidad el lector atento podía haber supuesto. Pero, ay amá, el viaje es apasionante.

 

Musas de Sicilia, elevemos un poco nuestro canto.
No a todos agradan las arboledas y los humildes tamarindos.
Si cantamos las selvas, sean las selvas dignas de un cónsul 
(Virgilio)

No sólo es el título; en las primeras páginas ya advierte el autor de que es el momento, tras mil páginas ya, de hablar de palabras mayores y hollar terrenos inseguros: la posteridad, a quien ya escribió la dedicatoria de uno de los volúmenes, es el objeto, pero no sólo con el sentido habitual. Se trata de superar la injusticia definitiva de la vida: la corrupción del ser, que sucede al final de la vida adulta, lo que ha venido mencionando como la definitiva victoria de la negatividad del larguísimo estado ético de la vida adulta. Esta negatividad vence incluso en aquellos casos en que el hombre ha tenido una vida bella y digna, que no siempre sucede pues no es raro que la vida sea dolor y sacrificio continuos sin que pueda uno luchar contra ello.

El libro comienza con las páginas más duras de filosofía de Gomá hasta el momento en la tetralogía. Un capítulo de severa ontología que se inicia con una frase que recuerda a Heidegger, y que se esfuerza en distinguir el ser de las cosas (los ejemplos impersonales, objeto de la ontología clásica) y el de las personas (ejemplos personales, objeto de la ética clásica). El análisis es necesario para llegar a la conclusión de que los ejemplos impersonales son categorizables, algo que es esencial para la Ciencia, ya que así las puede cuantificar, uniformizar, abstraer y predecir. Esto permite conquistar el mundo, y disfrutar de tecnología y bienestar físico. Sin embargo, los humanos no son categorizables porque su individualidad es única, y la Ciencia fracasa con frecuencia en su intento de predecirlos. Gomá dedica páginas hermosas al ejemplo de Sócrates como individuo de excepción para demostrarlo.

 

‘Muchos cambios y azares de todo género ocurren a lo largo de toda la vida, y es posible que el más pr óspero sufra grandes calamidades en su vejez, como se cuenta de Príamo en los poemas troyanos, y nadie considera feliz a quien ha sido víctima de tales percances y ha acabado miserablemente’
(Aristóteles)

Pero esta individualidad de cada persona no fue siempre tan evidente como lo es hoy. Es muy bonito (y en este caso nada severo) cómo Gomá describe las diferencias entre el antiguo Cosmos griego, cuando los dioses vivían entre nosotros, y las ideas cristianas que separan Cielo y Tierra (al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios), reflejando cómo el cristianismo encierra desde su inicio la idea de una secularización (y lo afirma Leonardo Boff en la fuente que usa Gomá), que de una manera u otra se va afirmando durante siglos con disputas enormes (la separación de poderes entre Iglesia y Estado es un reflejo, por ejemplo) hasta que llega el siglo XIX, cuando la individualidad romántica lleva a la negación aceptable de la existencia de Dios alguno. La persona se basta, la experiencia de vida es suficiente para que la vida sea completa, no hay cosmos ni cielo ni lugar donde una divinidad nos espere o nos convierta o nos subsuma. Claro que, si alguien piensa en la posteridad, tal y como es el planteamiento del libro, es lícito preguntarse si hay alguna esperanza de superación de la corrupción del final de la vida, y, sobre todo y como gran preocupación de Gomá, sobre cómo debe ser esa esperanza.

Gomá, que a pesar del tema que abraza en este volumen es un firme defensor de la contingencia, niega que nadie quiera que en realidad sea su alma la que se salve y viva eternamente. Postula que los hombres quieren y desean seguir viviendo en un cuerpo (decente a ser posible), y que los defensores de un alma inmortal y una eternidad se engañan, en parte por no saber qué piden, en parte por dejarse llevar. Confronta así con el Unamuno, con el que dialoga una buena cantidad de páginas, que exhibía un conflicto de aire similar entre la fe y la razón en su Del sentimiento trágico de la vida, pero que deseaba una inmortalidad mediante el alma. Gomá sin embargo habla de una mortalidad prorrogada, y, en el marco del estudio de la ejemplaridad, el concepto encuentra su encarnación no tan obvia en Jesús de Nazaret.

¿Pero cómo puede Gomá, un autor que ha sido puro raciocinio en las mil páginas anteriores, llegar hasta esta conclusión, se preguntará el lector, con lo que supone de contrario al pensamiento racional dominante y al materialismo actuales? Pues… A ver, con un enorme bagaje filosófico y teológico. Gomá (de nuevo recordemos el título) es consciente de que defiende un imposible, pero su defensa de la historia del cristianismo y de la figura de Jesús parte de un importante volumen de lecturas teológicas, cuyo destilado es apasionante y chocante para el mundo actual, probablemente porque es minoritario o porque ya no forma parte de las corrientes de pensamiento más implantadas. El pensamiento rompedor de Jesús para su era axial es esperable, también el conflicto del Dios compasivo pero pasivo, pero lo es menos la presentación de la ejemplaridad conflictiva del cristianismo por los teólogos de la liberación, o cómo Jesús es el primer paso para la propia eliminación de Dios (él dio el primer paso enviando a Dios a la esfera celeste y eliminó el animismo del pensamiento occidental) o el recordar la decepción de la parusía prometida que nunca llegó. Tampoco obvia a los pensadores anticristianos como Nietzsche (el cristianismo murió en la cruz) y, es demoledoramente defensor del ámbito privado de la esperanza con su distinción del Dios de la religión y del Dios de la esperanza, que es el encarnado en Jesús, que le interesa definir, que a fin de cuentas también considera un ser (que analiza, claro) y, por tanto, un ejemplo, en su caso un super-ejemplo…

‘Suponiendo , pues, que un hombre, conmovido, en parte, por lo débiles que son los tan ponderados argumentos especulativos [sobre la existencia de Dios], en parte también por alguna irregularidad que percibe en la naturaleza y en el mundo de los sentidos, se convenza de esta proposición: no hay Dios, sería, sin embargo, a sus propios ojos un hombre indigno, si por eso viniera a tener las leyes del deber por meras ilusiones sin valor que no le obligan y decidiera arrollarlas sin temor’ 
(Kant)

 No comparto -igual es más justo decir que no consigo convencerme- varios de los argumentos de Gomá en la definición del super-ejemplo de Jesús de Nazaret, pero es profundamente conmovedor su lenguaje en este punto, y alcanza un mayor sentimiento que el propio Unamuno al definir las características de su necesidad. Es consciente del imposible exigido, y diría que su descripción asume -diría que con algo de gozo- un carácter a veces defensivo, a veces ingenuo. Si todos los indicios marcan que Jesús de Nazaret era una personalidad no ordinaria, que inició un movimiento que resultó imparable para el mundo occidental a pesar de sus recursos ínfimos, y que los testimonios de la época le divinizan a pesar de todos los inconvenientes -y decepciones- que esto suponía, ¿por qué no serían posibles esos días de mortalidad prorrogada, por qué no creer -con la ingenuidad deseable pues no está a nuestro alcance salvo una intervención exterior-, con el objetivo de que sirva de ejemplo para recompensar la negatividad de la vida, aunque ninguna experiencia lo corrobore?

En las páginas más hermosas de Necesario pero imposible, Gomá recuerda a Dietrich Bonhoeffer, sacerdote ajusticiado por el nazismo apenas unos días antes del fin de la guerra, quien defendía el cristianismo arreligioso y la necesidad de seguir a Dios sin que Dios exista. El autor es en describir que una de las causas de que el individualismo romántico se haya desecho de Dios es que la religión, la forma oficial en que apela al individuo, nunca se adaptó a nuestra época (o lo intentó ya muy tarde), como sí hicieron otras disciplinas e instituciones. Comparar este argumento con el ejemplo que pide Bonhoeffer (que en su salto a la nada es auténtica angustia coherente y postromántica) hace pensar en que Dios pudo ser la escala de valores que llevara a, o apadrinara al menos, la Declaración de Derechos Humanos, una vez que el libro sagrado era ya el de la ciencia.


‘Nuestro acceso a la mayoría de edad nos lleva a un veraz reconocimiento de nuestra situación ante Dios. Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios es el Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite que le echen del mundo. Dios es impotente y débil en el mundo, y precisamente sólo así está con nosotros y nos ayuda. Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y por sus sufrimientos’ 
(Dietrich Bonhoeffer)

La aproximación de Gomá al fenómeno inexplicable y super-deseado tiene este eje sentimental pero no olvida ni mucho menos la razón: se desliga de las religiones oficiales, fácilmente utilizables y manipuladoras para el control de los pueblos. No da el salto a interesarse en una espiritualidad laica (sospechablemente Comte no está entre sus filósofos preferidos), pero en ocasiones parece rondarla. El peso que tiene en su obra definir un ser (que es un ente, que es un ejemplo) lo impide, pero no se completa, creo, al dejar sin terminar la descripción del super-ejemplo una vez prorrogada su existencia: ¿cuándo termina su recorrido? ¿la mortalidad prorrogada se sometería a las leyes de la Ciencia, la biología y la fisiología, como sí hace el ser mientras su mortalidad es segura? Son preguntas materialistas, de una especulación ingrata, sí, probablemente innecesarias, que además carnalizan, hacen mundana, la posibilidad de la esperanza. Es obvio que Gomá está desilusionado filosóficamente con la Ciencia, aunque aplauda pragmáticamente sus resultados, pero la actitud escéptica del método científico confronta demasiado con la fuerza de la convicción ingenua o la voluntad de creer de algunos de los autores que menciona (Ernst Troeltsch o William James -sí, el hermano de Henry-) y que ya en el siglo XIX teorizaban contra el absolutismo científico. Esto es un oxímoron, porque un científico no se comporta como tal si actúa con ese tipo de arrogancia: al contrario, la Ciencia y su método son por definición humildes y su duda escéptica tampoco está alejada del interés puro (ingenuo) del conocer. 

‘Toda sociedad humana es en última instancia una congregación de hombres frente a la muerte. El poder de la religión depende, entonces, de la credibilidad de las consignas que ofrece a los hombres cuando están frente a la muerte, o, mejor dicho, cuando caminan, inevitablemente, hacia ella’ 

Así, Gomá estudia formas de inmortalidad que le ofrecen la tradición religiosa y filosófica (menciona expresamente la reviviscencia, la reencarnación o la transmigración de las almas como decepcionantes mortalidades renovadas, pero la discusión sobre la eternidad del alma y la resurrección cristiana están presentes) pero no es el objeto de su estudio especular sobre los avances de la Ciencia actual o reciente en el tema: la clonación, la creación de órganos, el revertimiento del envejecimiento celular, el posthumanismo cyborg, la robótica y la inteligencia artificial… Es comprensible que el método filosófico necesite más tiempo ante estas opciones, cuyo descarte en ocasiones en unos pocos años desconciertan al pensador que invierta en su análisis, pero resultaría apasionante ver a los estadios de vida de Kierkegaard estirar su razonamiento ante estos éxitos de una Ciencia que a veces parece inimaginable. Y no es sólo cómo afectaría esto a la dialéctica descriptiva de la vida que encierra la obra de Gomá, sino también a la definición del ser: pienso por ejemplo en la divulgación sobre microbiología que recoge Ed Yong en su obra, donde afirma que en nuestro ADN tenemos mucho genoma captado a virus y bacterias con los que hemos intercambiado material genético durante miles de años. Hoy que se usa con tanta alegría la metáfora del ADN para remarcar la identidad personal o empresarial, resulta irónico que con ello nos afirmemos en que también somos otras especies que lógicamente no tienen nuestras angustias y razonamientos, pero sin cuya participación no hay vida.

Para este lector Necesario pero imposible ha supuesto una conmoción, pues recupera lenguajes y argumentaciones que desde mi propia crisis personal juvenil no había pisado salvo excepcionalmente, como por ejemplo con Karen Armstrong, o con los poetas místicos, o la conversación entre Habermas y Ratzinger, los artículos aislados de Hans Küng (aquí mencionado entre varios teólogos de argumentación cuando menos interesante) y me ha hecho reflexionar en profundidad, ahora que con cierta edad compruebo a mi alrededor que la vuelta a las creencias religiosas no es extraña entre mis coetáneos -cosa que en el fondo es el tema de este libro-. Con Necesario pero Imposible se cierra además la Tetralogía sobre la Ejemplaridad con un recorrido que tiene todo el sentido: un libro inicial de marco conceptual y definición de la teoría, y tres libros que en realidad trazan una línea temporal por los tres estadios de la vida, el estético de Aquiles adolescente, el ético de la vida de los adultos frente a los problemas de la vida, y la imposible esperanza que no alcanzaremos, pero cuya belleza ilumina el camino para completar una vida digna. Su estupenda pirueta final es, de nuevo, obra de un narrador de primera: todo el tiempo hemos asistido a un viaje desde el animismo a la ciencia, pero al final echamos de menos el imposible, e intentamos que el raciocinio llegue a él. Evoca, en parte exige, que el viaje del mito al logos termine invocando a las musas, esas de Virgilio arriba mencionadas. La Tetralogía es una obra monumental, un libro de pensamiento maravillosamente descriptivo de la vida y que aspira a un mundo positivo y ético, pero además destila un interés narrativo y un profundo hálito poético, no sólo por sus múltiples referencias, sino por la belleza casi épica que encierra su lenguaje preciso, su intensidad razonadora, su convicción asentada en que este viaje desde la juventud a la madurez y a la preparación a la muerte requiere un determinado sentido del deber y la dignidad como sentimientos bellos y útiles para lo privado, y para lo público.

 

‘Si crees saber lo que es Dios, es que no es Dios. Nada de lo finito es infinito, ni divino, ni digno de adoración. Cuando la adoración a las realidades invisibles se proyecta sobre las visibles -personas o cosas- se incurre en idolatría. La secularización nos ha enseñado lo que no es ni puede ser Dios pretendiendo serlo y, previniéndonos así contra los ídolos, confina a Dios a su verdadero lugar, que es el de la conversión del corazón’

 

15 de abril de 2022

Salvador

 


Es sorprendente que Jubiabá, esta novela de excelente ejecución de Jorge Amado, fuera escrita por su autor con sólo 23 años, y que ni siquiera fuera su primera novela. Cuenta la vida de Antonio Balduino, un muchacho negro de las favelas de Salvador de Bahía que, huérfano, crece con su tía y se va ganando la vida como ladrón infantil, luego como pícaro profesional, pero también como boxeador, luchador de circo, y hasta trabajador de la industria del tabaco, para terminar como inesperado revolucionario comunista.

El Jubiabá del título es un hechicero de la barriada que cuida en la lejanía de Antonio (y de buena parte del vecindario) practicando el sincretismo, mediante rituales y reuniones con encarnaciones de los dioses, pero también visitando enfermos y haciendo favores a los pobres. Jubiabá, cuyo prestigio llega a poner nombre a la región (Bahía de Todos Os Santos y del Pai-do-Santo Jubiabá) ya es viejo cuando Antonio es chico, y lo sigue siendo cuando la novela termina dos décadas más tarde. Sorprende un tanto que dé título al volumen, dado su papel secundario. La importancia que le da el autor emanaría del respeto no sólo por la figura, sino por el propio candomblé, la religión del Pai-do-Santo, que, según Wikipedia, parece que el propio Amado practicaba. Pero es sospechable que se trata más bien de proyectar la fuerza de la historia en la imagen que Antonio acaba haciéndose del poder real del hechicero y su religión: pasar de la favela de infancia, donde todos los habitantes son negros, analfabetos, desempleados cuando no semiesclavizados, y donde la enseñanza de Jubiabá es ley, a las asambleas de trabajadores convocantes de huelgas, a los piquetes y a las negociaciones, donde sindicatos y abogados encauzan la rabia popular por las penosas condiciones de trabajo, es un viaje en una vida desde el animismo al materialismo, en el que incluso Antonio se da cuenta de que el viejo Jubiabá ya es incapaz de predecir ni conocer el mundo. Estamos en teoría en 1935, además, una década cruzada de ideologías.

Jorge Amado es el escritor brasileño más conocido del boom literario latinoamericano, probablemente. Pero cuesta reconocer la novela en esta corriente, aunque tenga lógicamente cercanías; su mundo místico queda separado del realismo, que más que mágico es histórico. Frente a la aceptación de una realidad estilizada en lo inabarcable e incomprensible del mundo latinoamericano, el Amado comunista presenta, primero bajo la aceptación y luego en la lucha, la pobreza y la desolación de los negros oprimidos del Brasil. No lo hace, de todos modos, en un tono miserabilista ni dialéctico, sino dibujando un fresco de emociones sobre la capacidad humana de alegría en las tradiciones de los orishas y demás dioses, el compañerismo, y el baile y el amor, interpretados eso sí por un pícaro de la vida, en general sentimental pero también orgulloso y celoso, que escucha a quien parece saber más o a quien le trata bien, y que a la par vive en un mundo de decisiones diarias lastradas de ignorancia y terquedad. Amado consigue transmitir esta sensación con el ritmo, de frases y escenas cortas, diálogos ágiles y directos, y una musicalidad sensual continua. Las reseñas sitúan el estilo en el modernismo, y es fácil intuirlo en la creación de atmósfera desde el pensamiento de Antonio y su devenir azaroso y literariamente juguetón, pero son relevantes tanto un aire social y reivindicativo planteado algo festivamente, como un lenguaje cercano, alejado de barroquismo de parte del boom y del cultismo del modernismo europeo (no digamos ya de Rubén Darío, desde luego). Hay, no obstante, sombras y aires de John Dos Passos, salvando las distancias de las diferentes sociedades, claro.

Pero Amado, del que Gabriela, clavo y canela está en las estanterías aún impoluto, era apenas un muchacho con aspecto de dandy al publicar Jubiabá, y evidentemente un talentazo, que merece regresar a él, sin duda.