31 de agosto de 2010

Un Nobel ante el espejo (i/ii)


John Maxwell Coetzee me había fastidiado un tanto en los últimos libros que había leído de él. Frente a Desgracia, Esperando a los bárbaros, o Vida y tiempo de Michael K, los escritos en que Coetzee hacía aparecer a la extraña Elizabeth Costello me parecieron literatura cansina. Parece que Coetzee reconoce que se le ha acabado la capacidad para la ficción. Su personaje de Diario de un mal año lo menciona directamente, que tiene que escribir opiniones (supuestamente ‘fuertes’) porque ya no puede conseguir la concentración necesaria para una historia ajena completa y compleja, a pesar de seguir teniendo la necesidad de escribir. Y Elizabeth Costello o Slow Man ya mostraban esto. Un cierto camino agotado en que Coetzee parecía tender a acabar como el típico escritor engreído y enfadado de la Nueva Inglaterra que invariablemente encuentra el amor –o al menos la satisfacción- de jovencitas… Pero estoy seguro que una comparación con Updike o Roth no sería de su agrado.

Coetzee no ha abandonado el hemisferio sur aunque haya viajado de Sudáfrica a Australia para establecerse. Pero parece que sí ha abandonado la novela como tal, o, mejor dicho, está retorciendo otros géneros para ficcionarlos como novelas, dando giros inhabituales a las posibilidades del cambio de punto de vista. En Diario de un mal año se trata de la forma más fácil de ensayo: el simple vertido de opiniones sobre temas digamos serios de la actualidad. Con una profundidad variable según los temas, con una documentación poco exhaustiva, como lo que cualquier opinador semiinformado podría dar hoy en un blog (modelo actualmente más extendido e interesante antropológicamente que el tertuliano de radio, al que empiezo a considerar superado). Coetzee, o su alter ego, dice con frecuencia cosas hermosas o suelta opiniones interesantes y muy lúcidas, pero también se pone demagogo y a veces dice tonterías.



Todo ello no es lo importante o realmente interesante en el libro -aunque a quien no haya leído a Coetzee con anterioridad le pueden llegar muy bien-, sino que esas opiniones están dadas por un octogenario que las dicta a una cinta para que una joven y atractiva vecina las transcriba. El hombre sufre un (predecible) interés por la muchacha, que no le corresponde aunque le respeta, y que tiene un novio tiburón de las finanzas que se ríe de la situación y planea aprovecharse del anciano. Y a la vez que leemos las opiniones de este, en la misma página Coetzee escribe una pequeña ficción sobre cómo vive la pareja la relación con el anciano, de modo que puede verse la evolución de este triángulo de manual de folletín desde tres puntos de vista. Puede escogerse leer cada una de las partes en solitario, pero curiosamente se vuelve aburrido. Sin embargo, comprobar la evolución de las opiniones en las personas, su modo de ver la vida y de comportarse, y al revés, es peculiar y atractivo, y fluye bien. La sensación de leer tres textos a la vez es grande, y, aunque existen, los paralelismos e influencias directas entre las opiniones y la historia de las tres personas son sutiles y no obvios, lo cual es muestra de buen oficio. Queda como idea del propio Coetzee en contra de sí mismo que no es posible opinar sin el mundo alrededor (o lo que es lo mismo, que todas sus opiniones descreídas e importantes cambiarían seguramente si pudiera consumar con la muchacha). Y al revés, claro, aunque esta ya no es una ‘miseria’: la vida está influenciada por las opiniones de intelectuales y demás teóricos de por dónde debe ir el mundo. Es una buena idea, fascinante por momentos, de ejecución arriesgada, y de resultados apetecibles. La simplicidad de la historia y su escasa profundidad es la que permite que el libro sea así, y es coherente con los personajes, y puede considerarse que no hace al libro grande; sin embargo, precisamente el contraste de esta humana frivolidad con la seriedad de las opiniones del autor es lo que puede argumentarse como especialmente conseguido. Un Nobel que se sitúa al borde, sí señor…


Coetzee frente a sí mismo (vía Lector Malherido)


14 de agosto de 2010

Ante todo hemos perdido a un poeta...


A veces, la vida de Pier Paolo Pasolini parece sesgada y sólo interpretable por el último hecho de la misma, su asesinato, cuya sombra se extiende dando significado no sólo a su vida, sino también a su obra, ambas de por sí vastas. Pocas veces me ha convencido la obra de esta figura mítica –más allá de Saló y de El evangelio según San Mateo-, y por ello su muerte, que en noviembre de 2010 hará 35 años, siempre me supone preguntas: ¿Son la imagen y el destino de Pasolini más convincentes que su obra? Si hubiera sobrevivido, ¿estaría ahora pasado de moda? ¿Sería, en estos tiempos oscuros que él siempre previó, un viejo comunista a la manera bufa de Fo o a la manera arisca de Saramago?

El caso Pasolini. Crónica de un asesinato es un brillante comic de Gianluca Maconi, que utiliza el reportaje –no a la manera de Joe Sacco- y la poética para intentar comprender los sucesos del 1 de noviembre de 1975. La trama pasa por los sucesos estrictamente narrativos: la entrevista con el periodista, la cena con su joven amigo Ninetto Davoli, y su encuentro con el chapero Giuseppe Pelosi, que termina en un asesinato poco claro que dio lugar a juicios e investigaciones cuestionados. Pasolini era una figura con vocación polémica y controvertida, en una Italia especialmente confusa. Pero el poder de su polémica residía en la lucidez de sus ideas y la base intelectual en que las apoyaba. Que hombre, política y arte no podían disociarse en su visión parece claro. Y en esa última entrevista inacabada recogida en ‘El caso Pasolini’ su luz no dejó de alumbrar. Ideas como que la educación basada en la posesión nos convierte a la vez en víctimas y en verdugos, o que la muerte viene a ser la sala de montaje de la vida, no sólo resultaban premonitorias de su avatar o del devenir social, sino que daban idea de su potencial en los diferentes campos.


Pero su camino no se realizaba sin dudas. Leído tantos años después de escrito, el también inacabado poema Who is me. Poeta de las cenizas, se revela como una autobiografía en poema que relata su vida, explicando las razones de algunos de sus cambios (como que hacerse cineasta fue una manera de huir de Italia, ya que anteriormente sólo se expresaba como poeta y necesitaba la lengua que irremediablemente le unía a Italia, mientras que el lenguaje del cine es universal), pero que en cierto modo se recrea en la persecución continua que sufrió a causa del compromiso público con sus opiniones y modos de vida. Una persecución que como hombre concreto es desde luego, comprensible, y que sometía a persona sensible como él a tensiones profundas que intentaba resolver con una coherencia colosal.

Tal vez los años han cambiado la perspectiva y han cansado incluso a los enemigos, que ahora seguramente no se centrarían en una figura única así. Pero El caso Pasolini es un gran libro, en el que desde la portada Pasolini ya se sacrifica a los tigres que le rodeaban en aras de un pesimismo existencial. Su comunismo es a la vez humanista (y busca la sencillez de la vida) y filosófico/intelectual, impregnando su vida y sus opiniones de trascendencia que hoy, con las ideologías muertas, resultaría inaceptable por pedante/elevada para una opinión pública a la vez más formada y embrutecida. Y el cómic utiliza informes periodísticos, judiciales, las noticias, el discurso de Moravia en el funeral, y hasta los propios proyectos personales de Pier Paolo Pasolini (su película nunca rodada sobre la India) para, si no explicar, sí al menos sentir intensamente el momento.




6 de agosto de 2010

Los Laidlaw y el tiempo

El castillo de Edimburgo, según la foto de Wikipedia


‘El tremendo latido de la sangre propia’ lleva a Alice Munro a escribir esta novela dividida en relatos, el libro que dio mayor fama a la escritora canadiense, previo a su premio Man Booker de 2009, y que es el primero que leo de ella. El latido comienza en Castle Rock, el peñasco donde se asienta el castillo de Edimburgo, donde la autora viaja a buscar los trazos de sus antepasados. En el siglo dieciocho, los que (todavía) no emigraban a América veían, subidos a los promontorios del castillo, como los barcos con sus familiares se alejaban rumbo al océano.


La vista desde Castle Rock se estructura en capítulos aparentemente independientes que recogen episodios concretos de la historia familiar de varios antepasados de la autora. La narración avanza de manera cronológica y continuada, y cada capítulo es más o menos independiente; no ningunea los capítulos anteriores pero estos no son esenciales para captar el sentido de cada capítulo individual. Sí lo son, sin embargo, para captar el sentido general del libro, la búsqueda de una vida mejor representada en el paso del espíritu pionero que surge de una sociedad antigua y agotada a una moderna, en la que la narración de la propia vida de la autora representa un presente de estabilidad física, psicológica y, por supuesto, narrativa.

Munro era ya una autora mayor (nacida en 1931) al publicar La vista desde Castle Rock en el año 2006. Obviamente es un legado autobiográfico que revela su interpretación de su propia vida como eslabón en una cadena familiar. Tal vez lo más interesante sea el proceso por el que se conforma una psicología mediante la comprensión del pasado, y como esa comprensión llega con los años. Munro parece necesitar conocerse ‘genéticamente’ para explicarse ‘culturalmente’. Y, por supuesto y afortunadamente, no subraya ni le interesan los llamados valores de la institución familiar.

¿Por qué este tema apasiona tanto a la literatura norteamericana, mientras que en la europea actual las sagas familiares, su origen y su devenir histórico, no son una obsesión literaria? Europa y las gentes que practican su cultura tal vez viven con el peso de una Historia larga que les sustenta culturalmente, pero que también es cercanamente traumática y no necesariamente reflejo de una supervivencia debida al riesgo o la aventura, sino más bien al miedo y a su prima la burguesa prudencia. Pero, por otro lado, la obsesión por las raíces y la familia es frecuente en el norte del continente, y creo que puede afirmarse que mucho menos en la literatura sudamericana.

Munro consigue su objetivo por la honestidad de su método, que no se detiene en estos devaneos intelectuales y responde, sin más, a la sangre. La cotidianeidad de los hechos que narra, apoyados en la suerte de haber encontrado la huella de sus abuelos y tatarabuelos –alguno también hombre de letras- permite un acercamiento a la vida alejado de fuerzas dialécticas que sobrepasen a los personajes, si bien el pasado pionero a veces parezca teñido de leyenda. Alcanza además momentos de lirismo y emoción muy disfrutables, a pesar de la sensación de predestinación que no abandona la narración una vez entendido el mecano, y que es mucho más ágil y cercana mientras no es la propia Munro la protagonista.



Alice Munro, vía scriitorului


16 de julio de 2010

Rojo y Gris

Un autor anciano y consagrado muere, sus obras se reeditan, y los lectores nos entristecemos por lo primero y alegramos por lo segundo. No haber leído a Delibes, no haber leído El camino, era casi imposible para mi generación, pues era lectura obligada en el bachillerato. Pero de ahí a conocer toda su larga obra hay un trecho. Muchas veces fue trecho salvado por el teatro, o por el cine, pero, a decir verdad, tengo grandes lagunas en la lectura de un autor que siempre me ha parecido irreprochable.

La primera laguna que vadeo tras la muerte de Miguel Delibes es Señora de rojo sobre fondo gris. A Delibes, como a muchos escritores, le pasa que aunque no sean protagonistas aparentes de sus novelas, sus afinidades/simpatías son claras con los protagonistas. Y que los intereses de sus protagonistas cambian con el tiempo. En el caso de Delibes Señora de rojo sobre fondo gris es un título de clara madurez, inspirado por la figura de su mujer muerta antes de tiempo (a mediados de los setenta), a la que retrata y homenajea desde el título. Un título obvio, metafórico y muy cumplidor.

La novela toma la forma de una única carta que un padre escribe a una hija después de que esta le visitara. La mujer de él y madre de ella ha muerto recientemente de enfermedad inesperada, sumiendo al hombre en una profunda crisis. La carta es sobre todo una evocación de la figura de esta mujer, realizada desde el sentimiento de pérdida y la necesidad de reconocimiento propio de la dependencia hacia ella. Es una señora de rojo, actividad y compromiso, acción y pasión, entrega y generosidad. La hija, por su parte, ha estado presa del franquismo, por motivos que se desconocen, y que movilizaron a toda la familia. Es un fondo gris que resalta la vulgaridad de un medio social infectado por un poder injusto y mediocre, contra el que la señora de rojo actúa con dignidad pero sin éxito. Exactamente igual que el cáncer contra el que su cuerpo no puede hacer nada.

La maestría de Delibes se subraya sobre todo en la sencillez de la ejecución. Su lenguaje está extremadamente cuidado, y nos vendrá bien para recuperar vocablos como estiaje o atrabiliario, pero la sintaxis es simple (que no poco trabajada), el discurso es claro y emocional sin subrayado y la duración es breve, concreta y concisa. El uso de los recuerdos, de los objetos sentimentales, de las relaciones profesionales, o de las casas de la familia como símbolos de una mujer que convertía en arte su vida y su convivencia (frente al artista profesional que es el marido, pintor en la novela) es magistral. Delibes escribía novelas más bien cortas, pero dado que Señora de rojo sobre fondo gris se publicó en 1991, quince años después de que Delibes enviudara, no cabe duda que se trata de un libro exquisitamente pensado, que, obviamente, me invita a continuar con más.

El joven Delibes, vía que.es


4 de julio de 2010

Creacionismo ilustrado


No es precisamente la primera vez que vemos la Biblia en cómic. Pero de los interesados dibujos con que amenizaban la lectura de los libros sagrados en las catequesis y escuelas católicas a una adaptación a imágenes fiel al contenido completo del texto hay un salto importante. Y este salto, en una sorpresa inicial, lo da Robert Crumb, quien durante 5 años ha dedicado sus esfuerzos a esta ilustración literal del primer libro de la Biblia, el Génesis, que se ha publicado en castellano en gran formato (290 x 220 x 35 mm, ca. 1000 g), y que incluso ha utilizado la traducción directa de la Biblia de la Biblioteca de Autores Cristianos en lugar de traducir del inglés los textos que acompañaban a las imágenes de Crumb.

Este Génesis de Robert Crumb es, como producto, muy irónico. Robert Crumb es el padre más reconocido del cómic underground. El hombre que sacó a la historieta del público casi exclusivamente adolescente y postadolescente de los cincuenta, y puso el centro de atención en el lumpen, el sexo, la violencia y las drogas, en una realidad que el cómic no trataba hasta entonces (o, al menos, no lo hacía de una manera suciorrealista), y que encontró su reflejo en la contracultura de los 60 y los 70. Todo ello le dio éxito y reputación a Crumb. ¿Qué hace ilustrando el Génesis, de manera realista, con cuidada ambientación y un trabajo detallado y estudiadísimo? Esa es la primera ironía, la sorpresa que mencionaba más arriba, pero que visto el libro se disipa enseguida: el Génesis está lleno de sexo, de violencia, de mujeres voluptuosas, además de otros temas, claro.


Una segunda ironía se produce al reflexionar sobre el público natural de un libro así, nada comparable con las ilustraciones religiosas habituales. Si el texto dice que Caín mata a Abel, que los animales que no entraron en el arca murieron ahogados, o que en Sodoma llovió fuego, Crumb nos lo muestra en planos realistas rigurosos, con su feísmo característico. Y a la Iglesia no suele gustarle del todo esto, lo cual afirmo aunque La Pasión, la película dirigida por Mel Gibson, pueda parecer un ejemplo en contra: sin duda en esa adaptación el sexo no tenía demasiada importancia, mientras que en el Génesis es un motor fundamental de la narración.

El Génesis de Robert Crumb recoge episodios que muchos conocemos por nuestra educación, o que se recuerdan bien al ir leyéndolos. Hay momentos espectacularmente ilustrados, gracias también a su grandilocuencia (el diluvio, Sodoma y Gomorra) y otros que no pueden evitar las partes más áridas, como los listados de reyes y herederos que eran necesarios para apuntalar la tradición judaica. Pero a mí me impresiona mucho en este libro la capacidad para el retrato psicológico por parte de un autor como Crumb. Pero, de nuevo, se puede entrever una lectura paralela. Sus personajes pueden llegar a estar alucinados o poseídos, pero no por una sustancia psicotrópica, sino por la expeciencia de lo divino. Supongo que pocas cosas pueden proporcionar un mayor viaje que ver ciertamente a Dios, aunque en el Génesis sea algo natural y no necesariamente místico.

Por supuesto, las lecturas del Génesis pueden ser múltiples, y, en las notas que Crumb añade al libro, además de explicar los problemas de adaptación que tuvo, proporciona sus propios intereses: la creación de tradiciones (los pactos entre Dios y Abraham o Jacob como justificación de la circuncisión o del dominio y herencia de la Tierra), o la lucha entre patriarcado y matriarcado que sucede a lo largo de la vida de estos padres de la patria judía, Abraham, Isaac, Jacob y José, y sus mujeres y esclavas, Sara, Rebeca, Raquel, etc… La obsesión por la procreación como herramienta para dominar la Tierra es continua. Pero también por la pureza de raza. Las mujeres luchan por la herencia de sus hijos preferidos, y los hijos, como hermanos, se roban, traicionan, cuando no abandonan o asesinan unos a otros. Las mujeres permiten que sus esclavas o incluso sus hermanas tengan hijos con sus maridos, y la procreación en sí, aunque no suceda en el matrimonio, es muchas veces acto de Dios. Todo esto supone una carga sexual importante, que las fuentes que habitualmente interpretan la Biblia suelen cuidarse mucho de ilustrar.


Robert Crumb, vía entrecomics



22 de junio de 2010

Locura, libertad, revolución.


Calígula se viste y pinta de bailarina. Se lanza sin ensayo ni talento algunos a dar pasos de baile ridículos delante de senadores y patricios llamados en medio de la noche a contemplar el espectáculo. Ellos creen que pueden ser ajusticiados sin piedad por el tirano en cualquier momento, y, por ello, aplauden la actuación con fervor. Es un aplauso condicionado por el terror que Calígula ha impuesto. El emperador omnipotente, autoproclamado divinidad, lo sabe, y por eso lo disfruta más. Por eso, el momento es sólo aparentemente patético.

¿O acaso en realidad no lo sabe? El inesperado baile nocturno de Calígula es uno de los detalles de su mandato que han trascendido a la historia popular desde la lejana Roma. Hay otros tan conocidos o más: proclamó senador a su caballo, se presentó a adoración pública por sus nobles al sentirse convertido en Venus, se casó con su hermana y devoró el feto de su vientre…


Por casualidad, en apenas un mes me he topado tres veces con Calígula, y en diferentes medios. Estaba revisitando Yo, Claudio en DVD cuando llegó a Basauri la representación de la obra de Albert Camus por la compañía L’Om-Imprebís. Finalmente, decidí releer el texto de Camus, que recordaba con agrado. Eso sí, no he visto la película de Tinto Brass… a la que supongo (espero que no injustamente) oportunista por el éxito de Yo, Claudio y convenientemente truculenta dado el tema.

Obviamente, la visión de Calígula de Yo, Claudio (cuyos autores deben mencionarse: el novelista Robert Graves, el guionista Jack Pulman, el realizador Herbert Wise) es la previsible: Calígula es un loco, un desequilibrado que desde niño ambiciona ser emperador, ostentar un poder absoluto, aunque para ello tenga que matar incluso a su padre, y que, cuando llega al poder, diezma a su familia, a sus guardias y a los patricios del imperio mientras sus grandilocuentes puestas en escena los ridiculizan y atemorizan a la par. Calígula podría ser el resultado de esa mixtura genética continua de las familias Claudia y Julia, un ejemplo máximo de la crueldad indiferente de la humanidad, y uno de los escollos que Claudio vive en su camino a la sabiduría estoica de su personaje. Nadie que haya visto la serie puede olvidar a John Hurt. Y, la verdad, vista la serie más de veinticinco años después, conserva toda su fuerza y una reputación inmerecida: la de su inspiración teatral. No es cierto sobre todo por el estupendo trabajo de cámara, que no prescinde de magníficos travellings, gusto por el encuadre adecuado, y da una excelente relación entre actores, atribuible toda a Herbert Wise, que hace un trabajo espléndido. Cierto que son actores de la tradición teatral británica, cierto que el presupuesto obligaba a rodar todo en interiores (frente a la cinematográfica Roma, claro), pero eso no es lo definitorio del teatro.


Y, en ese teatro, Camus da una visión más revolucionaria y si se quiere, mucho más inquietante de Calígula, quien resultaría sólo loco por separarse de la supuesta cordura habitual, o por haber adquirido una necesidad de conocimiento superior dada por la revelación del cargo que ocupa. Camus utiliza a Calígula –al que comprende y ayuda un antiguo esclavo- como centro de una paradoja límite que seguro que atormentaría al autor. Al leer el texto, o al ver la representación dirigida por Santiago Sánchez (interpretada por un Calígula fondón y magnífico, Sandro Cordero), los valores del mayo del 68 que Camus no vivió aparecen por todos lados: la libertad absoluta debe ser buscada a toda costa, hay que pedir la luna como buscar la playa debajo del adoquinado, y existe una burguesía patricia acomodada, rancia y cuyos valores éticos están manchados por su necesidad de estabilidad, que lo ensucia todo. Y, sin embargo, el precio de esa libertad es la sangre indiscriminada. La revolución supone muerte, desolación, injusticia en sí misma. Calígula es tan libre que puede ejercer la locura en nombre de su divinidad, pero esta locura liberadora es también tiránica, y le arrastra por una crueldad que no es éticamente (léase no sólo ‘burguesamente’) aprobable. ¿Es la libertad la que en sí misma resulta aterradora y por ello no la afrontamos directamente? ¿Cómo llamarla libertad si no respondemos a nuestros deseos profundos y nos sentimos frenados por la libertad de los demás?


Tal vez Camus fue profeta sin quererlo, aunque la revolución que vivió su país años más tarde no fue cruenta (otros países lo llevaron peor), y no hubo Calígula que la liderara. Quien sabe si por ello ese mayo del 68, aquel que Mitterrand criticara por ser (según él) una simple reivindicación de los estudiantes por poder llegar más tarde a casa y tener relaciones sexuales antes del matrimonio, afectó más profundamente a estructuras que no lo esperaban.






12 de mayo de 2010

Música de la Historia

No viviré para oír las nuevas de Inglaterra,
pero adivino que será elegido rey
Fortinbrás. Le doy mi voto agonizante.
díselo, junto con todos los sucesos
que me han llevado… El resto es silencio


The rest is noise es el referencial título de la versión en inglés de este libro de Alex Ross (no confundir con el autor de cómic). En castellano se ha traducido como El ruido eterno, una traducción libre basada en una eufonía mejor que no traicionase ni el sentido del libro ni la cita culta que supone, las últimas palabras de Hamlet. Pero tras la poesía está el tema concreto, en el subtítulo: Escuchar al siglo XX a través de su música. Efectivamente, El ruido eterno es un libro sobre música, y, en concreto, es una historia de la música clásica en el siglo XX. Como mérito principal que resuma los valores del libro, basta decir que produce unas ganas tremendas de escuchar todas las obras mencionadas y estudiadas a lo largo de sus 670 páginas, incluso para alguien de escaso oído como yo. Otra cosa es enfrentarse a las obras en sí, porque en ese momento sí se produce a veces una rebaja del entusiasmo, si bien lo normal es descubrir cosas interesantísimas a las que nuestro oído no está acostumbrado. Nada que no ofrezca el mismo autor a través de su website therestisnoise.com/audio (obsérvese la bonita referencia cinematográfica, un momento que en efecto captaba bien el sentido de la música)


Alex Ross, según foto de su propia web arriba mencionada
Alex Ross ha escrito una historia del siglo XX a través de su música. Resulta inaudito ver cómo un arte en principio espiritual, incapaz en muchas ocasiones de discurso obvio (salvo en las óperas y cantos) como la música clásica, ha formado parte ineludible de los sucesos del siglo, ha respondido a sus cambios políticos, sociales y culturales, ha tenido una historia dramática clara que las notas tal vez no desvelan en una mirada superficial. La opción de Ross es difícil, pero excelentemente resuelta: aunque utiliza la técnica musical que necesita para la descripción de las piezas, de las innovaciones que se van sucediendo, y de los movimientos musicales, no olvida nunca el enfoque histórico, y que está narrando y no sólo describiendo. Así, los melómanos obtienen un disfrute adecuado (creo, no he leído comentario contrario al respecto), y los meros aficionados no llegamos nunca a perdernos irremisiblemente entre octavas, atonalidades, o dodecafonías. Incluso conseguimos situarlas mejor en el siglo de las vanguardias desmedidas. Además, Ross traza certeros perfiles psicológicos de cada protagonista (Strauss, Mahler, Schoenberg, Stockhausen, Stravinsky, Shostakovich, Prokofiev, Debussy, Messaien, Boulez, Britten, Cage, Copland, Adams, Gershwin, Bernstein…), revelando un nivel de documentación elevado, y un dominio excelente de la narración para engarzar lo personal y lo público, lo culto y lo cotidiano, lo íntimo y lo sociopolítico.

No es posible destacar ninguna historia entre las miles que encierra el volumen, si bien las dos primeras partes resultan espectaculares por la trepidante vida que llevaron la música, sus compositores, y sus intérpretes, del siglo de manera descarada hasta 1945. Y, obviamente, los apartados que muestran las relaciones de los músicos con Hitler, Stalin y Roosevelt, resumen en sí mismos el sentido de un siglo y el mismo sentido del libro. Tal vez haya un punto que eleve aún más el libro: la constatación de saberse la historia de una ‘derrota’. La pérdida de influencia del compositor en la vida social y política a lo largo del siglo es muy significativa: el 'novecento' ha derribado muchas barreras, y una de ellas se llevó la música culta de los altares de la fama y ascendió a los mismos a los compositores de música popular.

Si les da miedo, porque no están acostumbrados a la música clásica, o porque esto de la historia política vs música les abrume un tanto, dénse un paseo por la web de Alex Ross. Lean los textos resumidos, escuchen los breves extractos musicales. Dudo sinceramente de que no se interesen más.