8 de octubre de 2015

Trastos y recuerdos


Al lector casual de Wislawa Szymborska le puede haber pasado el plantearse determinadas preguntas a la lectura de su poesía racional, limpia, de observación ingenua pero lúcida: ¿cómo es posible una poeta así nacida en Polonia en 1923, considerando la historia que le tocó vivir? Esta pregunta podía ir a mayor detalle: ¿dónde está el holocausto? ¿Dónde el socialismo real? ¿Por qué no existe el compromiso de los grandes temas que asociamos a los artistas e intelectuales, al menos en los tiempos convulsos de la historia?

Trastos, recuerdos es una biografía un tanto atípica, al menos en las posibilidades de su concepción. Realizada con admiración hacia la biografiada, muestra su proceso desde su propio título, sacado de un verso del poema que la poeta escribió sobre la presentación de currículos laborales. El libro está escrito en una primera fase por sus dos autoras de espaldas a la poeta y basándose en un escrutinio pormenorizado de sus textos (especialmente de las Lecturas no obligatorias) para contrastar datos y obtener información de sus gustos y temores incluso desde su infancia. Szymborska, que no estaba interesada en que se realizar un trabajo biográfico sobre ella, acabó ayudando a las autoras al reconocer el esfuerzo realizado y viendo que una vez concedido el Nobel un libro así se acabaría escribiendo. Las preguntas difíciles comentadas quedan respondidas: admite haber escrito poemas que tenían que ver con el holocausto, pero que su resultado no le gustó. Y vivió el peso de la ideología del estalinismo, del cual escribió textos elogiosos durante su juventud, para irse desencantando, separándose de la línea oficial, salir del partido y acabar siendo investigada por el régimen. Szymborska fue una niña bien, hija de un político nacionalista polaco, que se salvó de los peores designios de la guerra en uno de sus mayores infiernos urbanos, Cracovia, y que después malvivió gracias a su colaboración en edición de revistas y con la publicación de reseñas y poemarios, relacionándose con los círculos literarios de su ciudad, en los que tejió una red de amigos que sobrevivieron a la guerra y al régimen comunista con escapismo irónico. Szymborska no estaba fuera de su mundo, pero los resultados de su inexperiencia política le dejaron muy defraudada –su comentario sobre que las personas que no saben de política están a la merced de cualquier voz externa es muy revelador- y nunca volvió a realizar compromisos públicos con causas generales, aunque sí defendió a artistas e intelectuales individuales. Fue jefa de sección de poesía de una revista literaria que tuvo que abandonar al devolver el carnet del partido comunista, se vio obligada a vivir en un ‘cajón’ inmobiliario, redactaba sus poemas con extremo cuidado, trabajo y paciencia, durante cuatro décadas escribió sus reseñas literarias de libros inesperados… y en 1996 ganó un Premio Nobel que la abrió al mundo y le dio un giro completo a su vida.

Szimborska y un mono

El libro sigue una cronología de su vida, pero no tiene una intención descriptiva o detallista en ese seguimiento. Establece capítulos que son etapas también emotivas de una vida, incluidos los viajes, las parejas que tuvo, o los antecedentes literarios de su familia. No se detiene en descripciones sociales ni familiares exhaustivas, y prefiere que los propios textos de Szymborska hablen por la historia que quiere contar. El texto adquiere a veces rasgos de aventura ante la dificultad de conseguir algunos datos, o la referencia de comunicaciones que las autoras solicitaron a allegados y conocidos de Szymborska. El resultado es también un libro sentimental, que crea conexión del lector hacia la biografiada, captando con aparente ligereza el modo de pensar y de ser de la premio Nobel, y que contiene incluso episodios humorísticos, entre los cuales destaca por incluso hilarante el capítulo de su relación laboral con el joven secretario que contrató para gestionar las relaciones profesionales tras el premio.

Hoy es difícil recomendar leer poesía, pero Wislawa Szymborska suele ser una garantía de éxito entre lectores que se han alejado de los poemas, si es que alguna vez los leyeron. La inclusión de algunos poemas en el libro es también una introducción a quien pueda tener una primera aventura en la obra de Szymborska. Además, la biografía incluye sorpresas a añadir al bagaje que cada cual pueda tener de Szymborska, que en las ediciones que ha tenido en España son las poesías y las reseñas literarias. En este libro se descubren algunas maravillas: están los “liméricos”, composiciones humorísticas de sólo cinco versos que deben centrarse en una ciudad (como Limerick) para un ripio breve y a poder ser pícaro. Szymborska lo practicaba mucho para amenizar los interminables viajes por carretera cuando visitaba otros países sobre todo del este de Europa. También están sus collages, realizados en postales personalizadas que enviaba de continuo a sus amigos y colaboradores cercanos, que apelaban al sentido del humor personal del receptor. El “Correo Literario” que escribía en una columna apartada de su revista literaria, donde respondía con recomendaciones irónicas y pensamientos divergentes a los poemas o comentarios que los lectores enviaban a las revistas. O sus rifas de objetos estrafalarios y olvidados de ferias con los que agasajaba a los amigos que la visitaban… Un catálogo de pequeñas acciones en diferentes ámbitos de la vida que retratan a su autora de una manera que los lectores de sus poemas pueden reconocer bien. Varias de esas postales y una buena cantidad de fotos, en las que invariablemente Szymborska sonríe de continuo, se incluyen en un libro de lectura sugerente, dinámico y completo.


Wislawa Szymborska fotografiada por Juan de Vojnikov (vía)

Publicación original: Factor Crítico.



29 de septiembre de 2015

Magia razonable


Durante la lectura de Brazil, mi primer libro de John Updike… ¿He echado de menos a algún practicante verdadero del realismo mágico, lógicamente sudamericano al ambientarse el libro allí? Tal vez no necesariamente, pero quizás sí a alguien que no procediera de una tradición tan racional, al menos. Mi tentación es añadir que Updike es incluso paternalista, desde el mismo título incluso.

Brazil es la historia de amor de una pareja tópica en la historia de la literatura: la rica heredera blanca, hija de un ministro en este caso, y el joven pobre negro de las favelas de Río inician un amor imposible, lleno de huidas y persecuciones varias que les llevan por todo Brasil (de Río a Sao Paulo, Brasilia, Amazonas, y de vuelta), hasta que a mitad de relato, el hecho mágico –cuya idea es muy brillante- sucede, se revela, y se impone en el relato. Pero… la asunción por Updike de su propuesta de magia es externa, no la hace propia. Updike la explica, le pone un contorno obvio, no parece sentirla como autor. Como lector, viví esto como una ruptura en cierto modo inasumible, un acto de cobardía literaria, conociendo otros ejemplos de maestría en casos similares, y que tan bien manejaron esta situación.


Por eso pienso en Gabriel García Márquez, o en Alejo Carpentier. Incluso en Mario Vargas Llosa, que tiene su propia novela sobre Brasil (la fascinante La guerra del fin del mundo), aunque no es un escritor tan dado al realismo mágico, pero más agudo al recoger voces y comprender las facetas del hombre en su continente. ¿Significa esto que Sudamérica es impenetrable para otras tradiciones literarias? ¿Que propongo que sólo los autores que saben de lo suyo están capacitados para escribir sobre ello sin resbalar? No, ahí está Werner Herzog y su estupendo Conquista de lo inútil. Significa más bien que Updike ha desnaturalizado un tanto la fascinación de estos relatos a cambio de dar masticadas las debidas sensaciones al lector, y entendiendo que su lector natural es de otras latitudes, creo que puede pensarse que Updike fracasa en su intento de traslado de la alucinación mágica tropical al lector del rico norte, o, incluso, que conceptualmente desprecia a ese lector.

Resulta también sorprendente que Updike incluya al final del libro una especie de bibliografía de la que se ha servido para el libro. Que los protagonistas se llamaran Tristao e Isabel hacía obvio, dada la historia narrada, que había usado la historia de Tristán e Isolda para el eje central de la historia. Aun así lo menciona. También dos o tres libros en que dice haberse basado e informado, así como la literatura de varios escritores brasileños. Que con todo ello escriba y publique una novela titulada nada menos como un país distinto al suyo es reflejo de una ambición no conseguida y pobremente trabajada. Eso sí, el ritmo narrativo, la ejecución dramática, incluso el fluido inglés original, funcionan bien, y por ello creo que le daré una oportunidad a algún Conejo. Siempre que trabaje en lo suyo, je, imagino que esta gloria de las letras puede merecerlo…

John Updike (vía)

18 de septiembre de 2015

Siempre el viento



La lectura de Letricidio Español. Censura y novela durante el franquismo (de Fernando Larraz) fue una puerta a novelas de autores que conocía pero apenas había leído. Uno es Ignacio Aldecoa, del que pude comprar en un rastro una edición de 1962 de su exitoso Con el viento solano, una novela que figura entre las censuradas con varias tachaduras en el excelente informe de Fernando Larraz. La edición que he leído es por tanto mutilada, porque según Larraz esta novela no ha conocido aún una edición que recupere su versión previa a los censores.

Como La parranda, el libro del escritor Eduardo Blanco-Amor al que tanto reivindicaba también Fernando Larraz, Con el viento solano se inicia con una gran borrachera entre hombres sin recursos, y apenas futuro, del campo español. El protagonista es ahora Sebastián Vázquez, un gitano de Talavera que mata a un Guardia Civil que le perseguía tras haber tenido una pelea en un bar por un mal beber. Durante una semana, Sebastián deambula por pueblos castellanos y se llega a Madrid, visita amigos, se encuentra con personas que le ayudan, y sobre todo intenta ver a su madre pronto para poder despedirse de ella porque sabe cuál es su destino y futuro.

La versión cinematográfica fue escrita también por Ignacio Aldecoa y dirigida por Mario Camus en 1966

Con el viento solano, un libro de 1955, no es una novela tan tremendista como las de una década antes, pero sí tiene un poso importante de miserabilismo español, además de un lenguaje realista (cuyas expresiones malsonantes figuran entre las tachadas por los censores, además de aquellas consideradas contrarias a la Guardia Civil), y una dicotomía entre el lacerante pesimismo determinista de quien conoce las consecuencias seguras de sus actos, por arrepentido que pueda llegar a estar, y el humanismo presente en la generosidad de las figuras que Sebastián encuentra en el camino, encerrando en ello un discurso sutil sobre la naturaleza del hombre y sus relaciones.

Aldecoa estructura el relato en seis capítulos, con cierta simetría entre ellos (cada uno tiene un despertar y un acostarse, suele tener uno o dos encuentros significativos) y en el conjunto del relato (que empieza con una borrachera y tras días de sobriedad acaba con otra). El realismo del lenguaje es tal vez más forzado que el de otros colegas de generación: Aldecoa domina sintaxis y vocabulario, pero tal vez tiene menos fluidez que un Delibes por ejemplo, o tal vez resulte de mucho peso el psicologismo en la mente de Sebastián para un personaje así. Uno está tentado de ver al brillante chico de ciudad universitario retratando con profundidad y lucidez las miserias de los desamparados, pero tal vez faltándole la comprensión íntima del mismo, que me resulta más urbana, por así decir, de lo debido. La novela no obstante se lee con el placer de voces ya olvidadas en nuestros diálogos y expresiones, y atesora momentos de sensualidad inesperada. Curiosamente, es la segunda novela de un díptico que completa El fulgor y la sangre, la historia de las mujeres de los guardias civiles que esperan encerradas en el cuartel conocer quién es el guardia que ha muerto tiroteado por Sebastián. Un experimento literario curioso cuya lectura intentaré completar, aunque parece que no biblioteca mediante: en Bilbao los ejemplares no están disponibles, aparentemente por mal estado.

Ignacio Aldecoa (vía)



8 de septiembre de 2015

Mala ciencia


A riesgo de sonar pomposo, y a pesar de que las formas de Ben Goldacre, autor de Mala ciencia, no me parecen siempre las mejores, este es uno de esos libros que podríamos considerar necesarios. Esa necesidad está en lo concreto de su subtítulo: No te dejes engañar por curanderos, charlatanes y otros farsantes. ¿Por qué es necesario? Para mí el primer motivo es que el desconocimiento del método científico y del alcance de la ciencia nos hace ignorantes, lo cual resulta impresentable en un mundo marcado por la ciencia y la tecnología (y esto es algo más que tener móviles y aviones, claro). Goldacre habla además de continuo de que esta ignorancia tiene consecuencias concretas, y se refiere a decisiones que afectan a la vida de las personas.

Goldacre se centra sobre todo en los grandes negocios relacionados con la salud, alrededor de la cual se publican la gran mayoría de artículos científicos de alcance general. Habla y desacredita con ejemplos bibliográficos abundantes los resultados de los productos que la homeopatía y el nutricionismo hacen llegar al público general. También denuncia la incultura científica pretenciosa e interesada de los medios de comunicación. Pero tal vez el mejor logro del libro es partir de la perversión del método científico y de la presentación e interpretación de resultados del mismo que hacen estas pseudociencias para que el lector lego en ciencia pero abrumado por los medios pueda además conocer cuáles son los errores de la medicina y la farmacéutica oficiales, a los que Goldacre pone también en cuestión porque demasiado a menudo se apartan también del rigor del método científico en favor de intereses económicos. Trabaja así también incluso una línea narrativa en un libro de divulgación que resulta interesante en cuanto línea metodológica en sí misma.

Rhustox original (vía)

El libro es resultado de un trabajo de varios años de Goldacre desenmascarando resultados pretendidamente científicos publicados sobre todo en los medios británicos y norteamericanos. Goldacre no sólo ha estudiado en cada caso los fundamentos científicos (encontrando el vacío muy a menudo), sino que también ha querido contactar con los protagonistas de los mismos y entender sus razones… Sucede que también ha publicado sobre ellos en su columna de The Guardian, y, claro, no ha ganado muchos amigos al hacerlo. En algunos casos su juicio es feroz, aunque siempre expone razones que, al menos en su versión, lo justifican. Esto, la ferocidad en el juicio, sin embargo a mí no me resulta relevante y en cierto modo puede ser poco eficaz, puesto que se acerca a la arrogancia que todas aquellas disciplinas que desconfían (y es alucinante que lo hagan) de la ciencia quieren ver en quien la defiende. También es cierto que el libro se resiente para un lector no anglosajón dado que esas figuras mediáticas sólo parecen conocidas en su ámbito, con algunas excepciones (en mi caso, creo que sólo el autor del artículo que relacionó en su día vacunas con autismo). Pero cada capítulo suele tener un brillante epílogo de conclusiones que está escrito con una moderación y un reconocimiento de méritos y deméritos que resulta edificante, que eleva a Ben Goldacre por encima del agotamiento propio que revela su retrato de cada farsante.

La ciencia parece jugar en una absurda inferioridad de condiciones en este debate. Frente a las acusaciones de arrogancia, la ciencia y su método por defecto son humildes y se basan en la duda sobre la ciencia anterior establecida y en la realización de nuevos experimentos que permitan provocar la realidad y comprobar sus respuestas para establecer conclusiones. Frente al elitismo del que se acusa a los científicos, estos saben que todas sus proposiciones sólo serán aceptables mientras no aparezca quien explique mejor sus resultados, y saben que eso le ha pasado a Newton o a Einstein, por lo que no deben hacerse muchas ilusiones; no sólo eso: la relación histórica entre desarrollo de la ciencia y el de las revoluciones liberales y las libertades democráticas es obvio y posiblemente indisociable: sin ciencia parece bastante convincente que viviríamos momentos más oscuros. Finalmente, frente al aburrimiento que la sociedad mediática atribuye incluso a la educación supuestamente especializada en ciencia, ésta aporta una descripción del mundo con herramientas elegantes y bellas cuyo disfrute estético está al alcance de cualquier interesado real en el tema. Yo diría que es absurdo pasar por este mundo y perdérselo.


Ben Goldacre, en la foto que pide en su web que usemos de él.

28 de agosto de 2015

El fantasma y la señora Hartke


Mi segunda experiencia con Don De Lillo no me ha resultado tan satisfactoria como fue Cosmópolis, pero ahora me pregunto si tal vez me fue más fácil entrar en un libro en el que un director de potencia cinematográfica muy desarrollada como David Cronenberg ya había hecho el esfuerzo de poner en imágenes con brillantez una trama onírica y surreal de un autor literario de personalidad muy marcada (algo que por otro lado no es la primera vez que Cronenberg conseguía). Me resisto a caer en un juicio así porque sí creo que Cosmópolis tiene una ambición más definida y un interés social y político obvios más desarrollados que The Body Artist, que presenta una historia íntima y pequeña a la que las lecturas generales que la crítica realizó en su día le van en mi opinión un poco grandes.

En la historia, una artista que realiza performances y cuyo marido ha muerto empieza a escuchar ruidos en la casa que compartía la pareja, hasta encontrar perdido en el desván a un niño –o tal vez un hombre pequeño- ausente capaz de reproducir diálogos completos que marido y mujer sostuvieron en el pasado. Este niño, cuya presencia la mujer acepta y con el que intenta establecer relación, es tal vez un fantasma del alma del marido, es tal vez una proyección de la mujer, o tal vez un fenómeno cercano a la reencarnación. El niño a veces responde o a veces no, y causa una gran desazón en el alma de la mujer, que no sabe cómo actuar ni qué pensar.

De Lillo es concreto en la trama, pero algo seco en la definición de los personajes, criaturas que creo que requerían un cariño mayor por parte de su autor. Probablemente sea buscado, tal vez porque la pareja protagonista parece pertenecer a círculos culturales impostados –algo en cierto modo deducible en el metafórico título- cuya relación entre sí e incluso con su casa resulta fingida. Pero a pesar de que el relato apenas supera las cien páginas, el flujo de los acontecimientos y el estilo no acaban de emocionar e incluso parece buscar hacerse moroso, tal vez deseando ausentarse de los géneros a que apela o buscando un enigma parabólico que dé trascendencia a lo que el propio texto no alcanza. Hay estupendos apuntes, claro, entre los que destaca la ruptura formal escogida para la muerte del marido, y su paralelismo periodístico con el penúltimo capítulo del libro. Pero son constructos que aunque inspirados no por influyen vida en el conjunto de esta historia, en la que hay algunos ecos clásicos (¿Henry James?) y modernos (¿Jonathan Glazer?).


Don De Lillo (vía)

20 de agosto de 2015

Il est Michel

  

Una buena imagen que resume la capacidad de observación de Michel Houellebecq está en este libro, en una de sus varias comparaciones de la vida cotidiana de la mujer bajo un régimen cristiano o bajo un régimen islámico: mientras las mujeres occidentales pasan el día enfundadas en trajes de esclava moderna, con sus tacones, su maquillaje y su perfección asumida para un mundo de hombres competitivos, deseando llegar a casa para quitarse toda la morralla de encima, la mujer musulmana vive tapada durante el día, con un aspecto desconocido al exterior, mientras que es a la noche cuando se maquilla, se viste con lencería cara, y deleita así al hombre de la casa, seguramente también competitivo…

Palacio del Elíseo (vía)

Sumisión es una novela más famosa que realmente provocadora, como se espera de su autor. La trama es archiconocida por varios hechos: si ya el autor es famoso por haber realizado libros con personajes islamófobos, la novela se publicó con todo el aparataje debido a un autor así en Francia nada menos que el mismo día, en enero de 2015, de los atentados de Charlie Hebdo, donde además murió un buen amigo suyo. Houellebecq decidió desaparecer una temporada (esta vez aparentemente sin desatar rumores de secuestro), y la polémica ha causado por ejemplo una rápida traducción al castellano, que en principio estaba prevista para ser publicada en otoño, pero que ocurrió finalmente en mayo. La trama se sitúa en las presidenciales francesas de 2022, a las que se presenta Manuel Valls tras diez años de presidencia de François Hollande, en rivalidad con Marine Le Pen, con un partido musulmán moderado liderado por un hombre llamado Mohammed Ben Abbes, y con una derecha prácticamente ya irrelevante. Los resultados mandan a la segunda vuelta a Le Pen y al líder musulmán, que alcanza finalmente la presidencia tras pactar con izquierda y derecha contra el Frente Nacional. El nuevo poder no se carga la República pero sí potencia la educación islámica con universidades islámicas. Y esto es lo que afecta al protagonista, el habitual solitario desencantado de Houellebecq, que es profesor universitario de literatura y especialista en un ignoto –para mí- autor del XIX francés, Joris-Karl Huysmans, del que destaca especialmente su conversión a un catolicismo místico al final de su vida.

Hotel Matignon (vía)

El arte y los valores de Houellebecq están intactos donde siempre, pero la novela se antoja menos trabajada que otras anteriores. Quizás sea porque el campo de la política ficción distópica no sea precisamente nuevo en ficción (y en la realidad: ya no nos extraña leer escenarios futuros apocalípticos según los devenires políticos y económicos de los países europeos), y en Sumisión faltan demasiados elementos para la verosimilitud de la propuesta del autor. La ausencia total de movimientos sociales, por ejemplo. ¿Dónde están las feministas, dónde el movimiento LGTB, dónde los ecologistas? O, ya que estamos, la propia Iglesia católica moderada… La novela propone la desaparición de la mujer del trabajo, pagado todo ello con petrodólares procedentes del exterior. Francia acepta sin demasiados problemas, y yo, personalmente, no me lo creo.

Asamblea Nacional de Francia (vía)

Los puntos especialmente incisivos están en la psicología del protagonista, ejemplo de una masculinidad inoperante y sin opinión, que puede perfectamente decidir qué religión le conviene según le haga la vida más llevadera (incluyendo en esto la disponibilidad de mujeres incluso para la poligamia), y según le paguen mejor por ello, todo ello hijo del desencanto occidental, y, aparentemente, de un rechazo continuado a la cultura tradicional cristiana que Houellebecq retrata a partir del entusiasmo de los muy bien pagados intelectuales convertidos al islam. También es estupenda la apasionante descripción del devenir político de los partidos en sus espirales electorales, narrada con un pulso excelente, y que incluye ideas perturbadoras pero lúcidas como que la ultraderecha identitaria y el islamismo radical se visten de corderos para elecciones en las que sus alas radicales no les perturbarán, pero que en el fondo se respetan en la convicción de su conexión religiosa fundamentalista. Y seguramente el análisis literario también lo es, pero desafortunadamente los autores franceses que se citan y analizan no me resultan conocidos y temo que por ahí se me escurra parte de los sentidos y metáforas entrecruzadas que Houellebecq siempre diseña en sus novelas.

El caso es que Houellebecq no propone una hecatombe ni una masacre islámica tras el triunfo de una opción política que pudiera aunar el desencanto de las generaciones de franceses hijos y nietos ya de inmigrantes musulmanes de la banlieue. La pausada aceptación del islam que tiene su personaje puede interpretarse como irónica, en contraste a su propia trayectoria, y como palanca de advertencia a las clases intelectuales adormecidas de Occidente. Pero si es así, la ironía está un tanto aprisionada por un cansancio vital brutal, que se traduce en el final bien razonado pero previsible y más acomodaticio, en su ética pervertida de salón, que realmente provocador.

Michel Houellebecq (vía)


8 de agosto de 2015

El asesinato y las bellas artes


Antonio Altarriba había dejado muy arriba las expectativas tras el éxito de El arte de volar, el cómic en que contaba la terrible vida de su padre. Ahora vuelve a escribir el guión de un nuevo y ya premiado cómic, dibujado en esta ocasión por José Antonio Godoy, Keko, que, aunque tiene algunos puntos que también parecen biográficos, debemos esperar que sólo sean apuntes: Yo, asesino cuenta la historia de Enrique Rodríguez, un profesor de Historia del Arte en la Universidad del País Vasco, dibujado con un obvio parecido físico con el propio Altarriba. Rodríguez es un brillante teórico de la crueldad en el arte español. Vive inmerso en las cuitas de su profesión: desde las luchas intestinas en su especialidad a los viajes a congresos pasando por los tribunales de tesis. Pero tiene la pulsión de asesinar en exclusiva, generando situaciones de asesinato que constituyen por sí mismas una creación capaz de comunicar al mundo un mensaje determinado, que en general tiene que ver con los defectos personales o profesionales que el protagonista observa con desdén autosuficiente en cada una de sus víctimas, pero que se nutren del mismo edificio teórico que guía su trabajo de investigación. Minucioso y concentrado, el profesor Rodríguez ha construido una barrera ética propia con la que pretende alejarse de las psicopatías y los asesinos en serie, y se ha puesto una serie de reglas que dificulten sobremanera la posible investigación policial. Hasta que…


Yo, asesino se toma su tiempo para explicar las motivaciones y metodologías de su protagonista. A su pasión creativa añade determinados entornos que enriquecen la lectura dramática y estética –aunque podrían haber dado de por sí pie a una historia mayor-, como su matrimonio a punto de fracasar o la propia violencia de situación que vive el departamento universitario dominado por la izquierda abertzale en que trabaja. Estéticamente el cómic está inmerso en un ominoso color negro que prácticamente llena todas las páginas con un lacerante claroscuro sólo alterado por el uso abundante del rojo en los momentos de asesinato, o como color detalle de una culpa o un interés. Las transiciones narrativas son estupendas: de los cuadros y obras que Rodríguez describe en sus conferencias al recuerdo de su pasado criminal, de un asesinato etarra cometido hace años a la nueva relación con tintes de dominación con su doctoranda, la narración de las cuitas del asesino y la descripción de su adulterado pensamiento crítico fluyen con facilidad.

Al cómic le falta, porque no le corresponde, la ternura hacia personajes que no tienen, en general, mucha calidad humana, y que revelan una misantropía que creo perteneciente al protagonista más que al autor, pero que no deja de ser perturbadora. La obra es contundente e inteligente en su análisis artístico, y además de la inspiración en Thomas De Quincey, no he podido dejarle de ver ecos tanto narrativos como estéticos de determinados pasajes del From Hell de Alan Moore y Eddie Campbell.

Keko (vía)


Antonio Altarriba (vía)