19 de octubre de 2009

Film the legend!

Con Soy leyenda, la novela de Richard Matheson, vuelvo a una de las manidas discusiones cinematográficas: la validez de las adaptaciones de las grandes obras literarias al cine. Me pasó con esta película algo que hacía tiempo que no me sucedía: leer una novela de reputación tras haber visto una película que me ha interesado lo suficiente para hacerlo. Como cualquier aficionado, yo he tenido de todo: películas que he adorado, cuyo libro, leído después, me ha encantado, dándose el caso de novelas y películas que se complementan maravillosamente (El nombre de la rosa, La insoportable levedad del ser, o, si nos ponemos más clásicos, Lawrence de Arabia, son ejemplos magníficos); libros que he odiado después de haber disfrutado enormemente de su adaptación (Entrevista con el vampiro), y, por supuesto, muchas películas vistas después del libro, además del especialmente extraño único caso (Expiación) en que vi la película justo cuando estaba leyendo el libro. Fue… raro.
No había leído Soy leyenda ni había visto las películas con Vincent Price, The Last Man On Earth, dirigida por el ignoto italiano Ubaldo D. Ragona, o con Charlton Heston (The Omega Man), de Boris Sagal. Pero sí había visto la película con Will Smith dirigida por Francis Lawrence y me había parecido correcta, adscrita al interés actual por los zombis/infectados y su pararelismo con los miedos sociales actuales, y a las tiranías de las grandes superproducciones americanas. Pero me pareció una buena oportunidad para solventar una falla: no haber leído el libro, no haber leído nada de Matheson, a pesar de ser el escritor del que surgieron textos de películas tan interesantes como El increíble hombre menguante o la primera película de Steven Spielberg (Duel). Localizada una edición del libro con el inevitable Will Smith en la portada (algo que sé que molestará a muchos), y, una vez emocionadamente leída, no concluyo nada nuevo de lo que sé sobre Hollywood, pero, en este caso, me ha parecido que los cambios son un tanto perversos y que no siempre responden a necesidades estrictamente dramáticas.
La trama de Soy leyenda es conocida: un único hombre que ha sobrevivido a una infección generalizada de la humanidad vive sólo en su casa. Los infectados no soportan la luz del sol, pero de noche dominan la ciudad y el mundo. De día, nuestro hombre sale de casa, se aprovisiona de lo que necesita, y trata de investigar sobre una vacuna para curar el mal de las personas infectadas. Obviamente, a partir de este punto voy a contar cosas más fundamentales de la trama de ambas obras –peli y libro-, avisados quedan.

Neville
El carácter del personaje principal, Robert Neville, es francamente diferente. Frente al muy derrotado personaje del libro, prácticamente alcohólico y con tendencias destructivas que apenas da importancia al hecho de matar de continuo a infectados, el Neville de Will Smith es hombre modélico en su aguante y soporte, un baluarte de la resistencia y, por supuesto, de los valores que Hollywood da a la masculinidad, a la familia (que perdió), a la casa, etc…

Abby
El papel del perro también es dramáticamente distinto. Mientras en la película es un compañero, un animal agradable y valiente que está con Neville desde un principio, en el libro es una víctima esquiva que da esperanza a Neville inicialmente, y una gran frustración después, en uno de los episodios más desoladores de la novela.

Los otros ‘vivos’
En la película, por supuesto, acaba resultando que Neville no es el único hombre todavía en la Tierra. Hay otros como él, que también se conservan estupendamente, y que permiten un final de esperanza fácil que roza el ridículo; frente a eso, la novela muestra infectados que conservan el raciocinio y la humanidad, y que sufren la violencia indiscriminadamente asesina de un Neville encerrado en sí mismo, incapaz de comunicación o de asumir que una situación diferente a la suya también es posible y no censurable, no digamos ya ‘no asesinable’.

El final
Por supuesto, lo más criticado en el momento de su estreno: de la esperanza de la curación gracias a las investigaciones y los sacrificios de Neville, a la esperanza de que una nueva especie necesite deshacerse de ese ermitaño asesino, Neville, para sobrevivir, aunque sea enferma.

Resumiendo
Soy leyenda, el libro, es una historia mucho más desesperanzada pero más lúcida sobre la condición humana; esto convierte a la adaptación en superficial, en un juguete técnico, con sólo algunos puntos no incluídos en el original que resultan de interés, más allá de cambiar los años 50 por la época actual: cambiar el Los Ángeles de la novela por Manhattan contribuye mejor al aislamiento de Neville; refuerza además la escena de la muerte de la familia en la evacuación, aunque esto escamotea la vuelta de la mujer de Neville a la casa para infectarle, lo cual sin duda era una escena más potente…); las expediciones diurnas encuentran muchos hallazgos visuales en los maniquíes con los que Neville habla, o con los encuentros con infectados a plena luz del día.

Por lo que leo, Richard Matheson es un hombre que aún vive, a sus 83 años, y era joven cuando ideó su revisión de los vampiros/zombis que tan bien encaja con los gustos del fantastique actual, en el que él ha seguido trabajando de continuo. No es de extrañar, dados que los miedos colectivos son psicológicamente los mismos que hace cincuenta años. Soy leyenda es una novela emotiva y apabullante. El volumen tenía además varios relatos cortos, varios de ellos algo superados cuando no bastante mediocres, si bien también hay otras historias inquietantes con desarrollo relevante.
Richard Matheson, vía vjbooks



10 de octubre de 2009

En la cabeza del facha

Monsieur Jonathan Littell fue sensación literaria hace dos años por la publicación de su multipremiada novela Las Benévolas, su primer trabajo, reconocido mundialmente, y cuya fama fue subrayada por el hecho de ser norteamericano, vivir en España y escribir con éxito en francés una historia sobre la Alemania nazi.

Las Benévolas era sutilmente revisionista en un tema donde ya no resulta novedoso (pero sí por tanto complicado) serlo. A mí me pareció innovadora en la introspección psicológico-fisiológica de su personaje principal, el SS-Hauptstumpführer Dr. Herr Maximilian Aue, un cultísimo y brillante nazi que se adapta al parecer ‘bien’ a su entorno y que en su gloriosa carrera pasa por la aplicación de la solución final en Ucrania, el asedio de Stalingrado, la organización de la logística de los campos, el cierre y desmantelamiento de Auschwitz y la caída de Berlín. Aue cree en la necesidad de eliminar a los judíos de la vida germana; su lógica acepta, observa y a veces ejecuta, pero su cuerpo se rebela ante el exterminio: las pesadillas le atrapan, vomita, sufre diarreas infinitas y la mierda le rodea de continuo. Su psique además sufre por ser homosexual y disfrutar de tomar decisiones 'con el culo lleno de esperma' en un momento y lugar donde tal hecho supone acabar en los campos. Por no hablar de su tendencia al incesto... Es un traidor y un asesino, y no es simpático, pero tampoco es el mal irracional que no sepa ponderar lo que pasa a su alrededor. Atrapado en el contexto, hace cosas medias esperables en el mismo (bueno, no todas), y responde a la lógica de la propia cárcel en que vive. Pero, no obstante, he leído en las redes que esto ha sido visto como una descripción simplista de la psicología nazi. Ya saben, de nuevo un brillante reprimido que no puede desarrollarse y encauza su furia hacia el odio racial y la entronización de la supremacía aria. Yo no obstante veo más textura a la falta de remordimiento alguno de Aue en el plano consciente, que se acompaña de la rebeldía física, emocional, interiorizada de un cuerpo más atento a la deshumanización de su entorno que su lógica.

La parte digamos más histórica de la novela me resulta espléndida. No es que sea un manual de historia clarificadora, ya que los hechos en sí son directos, Aue participa en ellos de manera directa, y al lector necesitado de seguirlo todo pueden parecerle confusos (profusión de nombres y cargos, muchos términos en alemán, miles de lugares en la trama). Pero la visión sobre la horrible y tan mal organizada (para mi sorpresa, aunque tal vez sea lógico por la falta de medios que desde mediados de la guerra tuvieron) burocracia alemana, la lamentable cadena de decisiones ilógicas, la ejecución de la endlösung y su dificultad y estupidez prácticas -impagables los conciliábulos para decidir exterminar a los bergjuden del cáucaso, por ejemplo-, la visión de los pueblos que son conquistados, la comparación de regímenes que se da al salir Aue, superviviente siempre, de Stalingrado, y el desencanto generalizado, parecen confluir en un magnífico bosque de razones para que el Reich de los mil años durará lo que duró. La combinación de la vida personal de Aue con estos hechos resulta especialmente atractiva: Alemania se folla al continente, pero este se venga haciendo que cague toda su mierda sobre sí misma. Suena obvio, lo sé. Pero Littell lo hace con estilo, colando el folleteo y folletín personales en las rendijas del grandilocuente compromiso con el Reich, junto con la hez de la sangre y barro de la guerra. Hoy todavía vemos inesperadas (por lo aparentemente involuntarias) fascinaciones por la estética y organización supremas del estado nazi (un ejemplo reciente es el Valkiria de Bryan Singer), y aunque es más común incluso en los espectáculos mainstream (el Schindler de Spielberg, para entendernos) ver que la eliminación del judaísmo no era sólo cosa de odio (¿envidia de pueblo elegido?) racial sino de financiación extraordinaria del esfuerzo bélico, que los nazis pudieran no estar bien organizados ni ser cuadriculados y cumplidores sino corruptos e ineficaces parece algo difícil de sacar del acervo colectivo.
El caso es que un libraco de mil páginas como este, centrado en hechos históricos, y con vocación grandilocuente de obra que se quiere casi definitiva, requería de una documentación previa enorme, de la que el autor ha hecho gala incluso públicamente (su confesión de que documentarse fue mucho más largo que escribir, un proceso según él más corto y directo, le ha supuesto más de una crítica) con la edición de Lo seco y lo húmedo. Este libro ya no es ficción, sino un ensayo articulado alrededor de los textos de León Dégrelle y en especial de su obra La campaña de Rusia, y resulta muy revelador no ya de los mecanismos psicológicos del fascismo, sino también de los mecanismos literarios de construcción de personajes.

Léon Dégrelle fue el líder de la Legión Valona, un batallón de nazis de origen belga que combatieron junto a los nazis en el frente de Rusia. Dégrelle sobrevivió casi milagrosamente a varios años en el infierno, para acabar con una vida más o menos regalada en el exilio en Málaga. Se trata de un prototipo de fascista europeo fascinado por el régimen nazi, que en este caso acaba integrándose en él y siendo reconocido como integrante del Reich. Su facción fascista, el Rex, no fue exitosamente política en Bélgica, y fue incluso muy denostada cuando ya no ocultó su adscripción al nacionalsocialismo alemán. Llegó a dividirse con la invasión nazi y siempre tuvo un encaje difícil por su origen ultracatólico. Wikipedia les da una biografía recompleta al respecto.

El interés de los textos de Dégrelle (un hombre por lo demás compulsivamente mentiroso e intelectualmente vulgar) está en sus formas lingüísticas y en sus metáforas, en las que, a juicio de Littell, Dégrelle muestra las estructuras falsarias del pensamiento fascista sin, obviamente, pretenderlo ya que a fin de cuentas, creía en lo que escribía. Ahí se recoge desde el miedo y estereotipación de la tradición cristiana a la mujer (bien santa enfermera blanca y nazi, bien soldado bolchevique asilvestrada casquivana y prostituida), a la necesidad de estructurar una necesidad rígida, fálica (‘lo seco’) frente a la informe ‘humedad’ de las masas comunistas, la marea roja de su sangre y el barro ruso que consigue dinamitar los mil años del Reich con su constante ataque amorfo e incontrolado. Como si la vieja polémica entre Parménides y Heráclito se rehiciera a la luz del fascismo europeo del siglo pasado. Hay sitio para más: el doble rasero lingüístico en la descripción de los ejércitos nazis o soviéticos en su lucha, en su forma de morir, o en las razas que lo componen; o las ínfulas de estrella que se postula como modelo de Tintín para Hergé; o la participación en la estética homófila tan apegada a la representación visual del joven soldado ario (aunque sin ‘concretar’, ya que lo homo también forma parte de lo amorfo y húmedo).

Degrelle se lleva a sus hijos de desfile (via el blog de Pierre Assoline)
Más allá de la fascinante experiencia vital de Dégrelle (que fue un facha de mierda, pero que sobrevivió a lo indecible, que fue protegido por el franquismo y acabó siendo un español no extraditable), y del desenmascaramiento de una psique traducida en sintagmas y metáforas, Lo seco y lo húmedo muestra paralelamente, aunque esto sí sea intencionado en el metaanálisis del autor, algunas de las claves del diseño de Maximilian Aue, y da notas suficientes sobre el lenguaje buscado por Littell para Las Benévolas. También me produce curiosidad que un análisis anterior necesario para una novela se publique tras el éxito de la misma, obligando a una lectura invertida del proceso literario. La tarea de documentación que permite la creación psicológica de profundidad, es, por su parte, posiblemente ingente y casi inabarcable, y me hace preguntar cómo se decide terminar (¿cuántas autobiografías de fascistoides así puede haber? ¿cuántas websites podrían hoy servir de documentación del neofascismo actual?) y cómo puede acabar uno de salud mental por esas lecturas y análisis antes de (o durante) la escritura de una novela de este tema.
Jonathan Littell (via Portugal dos Pequeninos)



23 de septiembre de 2009

¿Metacómic?

A mí la cosa ésta del cómic actualmente me desborda. Me resulta imposible escoger qué leer. Hay un exceso de oferta, mucha en géneros que a priori no me gustan: el manga o los superhéroes serían los mejores ejemplos. O que empiezo a considerar pesados: la ya cansina autobiografía catárquica, que sin pensar mucho incluye títulos como ¿Por qué he matado a Pierre? –Alfred & Olivier Ka-, Mis circunstancias –Lewis Trondheim-, Fun Home –Alison Bechdel-, Stuck Rubber Baby –Howard Cruse-, Shenzhen –Guy Delisle-, etc… Muchos de los cuales me encantan, pero ya empieza a abrumarme…

Siempre me parece que en cine o literatura me defiendo mejor. Pero, en fin, hay miles de informantes de cómics en la red, si bien el cómic es un medio dado a los fans de adhesiones sin fin, y hay que saber mirar. O pedir a quien sabe qué te gusta. Este es mi caso, en el que cuento con tres gurús que me hacen, cuando llega el caso, recomendaciones personales (gracias todas a Absence, Malarrama, y Malapeor). Ya no recuerdo quién fue de los tres el que me llevó hasta El bulevar de los sueños rotos, obra de Kim Deitch (con la colaboración de su hermano Simon y publicada gracias a las artes de Art Spiegelman, si bien desconozco la participación real de cada cual en que el libro tal y como es llegue a nuestras manos). No crean, algunas de estas recomendaciones no las sigo, simplemente las ojeo y me doy cuenta de que no me encajan. Y comprar cómics tontamente –ya que verlos en la web me parece un sinsentido- es un ejercicio caro: son buenas ediciones y volúmenes bellos, pero de lectura demasiado rápida. Y el libro de Deitch… Digamos que la estética underground y la presencia de un gato parlante me llevaban rápido a la obra de Robert Crumb, que me suele desagradar –perdón por la generalización sin más explicaciones- por su excesivo feísmo. Y, no obstante…

El bulevar de los sueños rotos cuenta la historia de un estudio de animación en el que trabaja el brillante animador Ted Mishkin, hermano de uno de los directivos de la casa, a su vez amante de la ilustradora a quien Ted ama platónicamente. Ted tiene visiones que canaliza en su obra. ¿Y qué ve? Un gato, de nombre Waldo, que le hace funciones de conciencia y de diablo. Waldo es en realidad el verdadero protagonista de la historia, una ensoñación paranoica encarnación de los deseos y de la locura creativa, en un delirio mental a medias entre la lucidez y la neurosis, que acaba siendo protagonista mediante un psicodrama creativo de los mejores cartoons de la productora.

Waldo y el protagonista
La historia de la animación como arte incluye un homenaje a sus inicios que para Deitch y hermanos debe ser emocionante por ser hijos de un pionero, Gene Deitch, pero da una vuelta de tuerca al mito de la misma. La animalización de caracteres es pesadillesca y resulta desagradable, la ‘disneyización’ del cartoon no es precisamente un hecho de criterios estéticos, y los personajes sufren también la caza de brujas. Y todo ello sobre el paralelismo continuo entre creación y locura, en que los mejores momentos suceden y las mejores obras se crean en un manicomio, y en que se incide en la incapacidad de un artista verdadero para tener una vida digamos saludable.

En efecto, la estética es la del comic feísta y abigarrado del underground; cada viñeta está llena de elementos, de la obra narrada en sí, de la obra que crean Mishkin y sus colegas, de los elementos del circo y la atracción de feria que rodean a Waldo como ensoñación surreal y a los inicios de la animación. El blanco y negro es una opción moral, que huye del color blandurrio sólo sospechable en el personaje que desea introducir los modos Disney en la productora.

Ante todo este carrusel, debo reconocer que me he acordado de Charlie Kaufman… ¿Se reflexiona el cómic a sí mismo? ¿Se retrata como arte como hacen o intentan hacer desde hace años los autores literarios o cinematográficos? ¿No está más acusado de falta de madurez por haber sido despreciado como medio/arte más (falsamente) infantil durante décadas? Ya sé que esto es cómic y lo que retrata es animación, no exactamente lo mismo, y que el cine como experiencia de masas da para otros discursos, y que... Bueno, que los artistas se retratan es claro, todas esas autobiografías lo demuestran. Uno puede ver rastros de dibujantes o animadores formando parte de la trama en ese Guy Delisle que va a Pyongyang a trabajar en lo suyo, o en Art Spiegelman dibujando sobre la montaña de cadáveres de Auschwitz que le dan éxito, dinero y un Pulitzer. Hasta en Harvey Pekar curándose un cáncer dibujándolo a diario. Pero la implicación emocional con el acto creativo no es tan compleja como aquí. Y por supuesto el cómic puede ser de profundidad superior a los otros artes, y no hay mejor ejemplo que Alan Moore para ello (que, a fin de cuentas, hizo algo con el final de Watchmen que tiene que ver con esto). Pero el de Kim Deitch es un retrato Kaufmaniano sobre la creación, que no veo tan frecuentemente trasladado al comic, o bien me faltan lecturas y formación para ello. Como si todavía no hubieran llegado el Fellini o el Joyce de este arte. En fin, interpelaré a mis gurús. Con un poco de suerte, puede que descubra más joyitas.
Waldo y el autor (vía The Daily Cross Hatch)


10 de septiembre de 2009

Miradas insumisas

Si algún éxito puede tener esta entrada es que consiga convencer a los cinéfilos heterosexuales de que le echen un ojo a este libro: Vale, ya han cerrado esta entrada más de la mitad de las visitas... ¿Por qué sería un éxito? Porque este libro, sobre todo, habla de cómo vemos el cine. De cómo lo entendemos, de cómo nos apropiamos de sus imágenes, de cómo el público mira una pantalla y da el sentido final a las películas que un director y su equipo hacen, y de cómo sucede esto según sus condicionantes biográficos y culturales. Eso, para un cinéfilo, un aficionado a la narración visual y al sentido de las imágenes, debiera ser de interés.
Pero, claro, el tema que interesa a Alberto Mira (un apellido que ni pintado) es el del subtítulo del libro ‘Gays y lesbianas en el cine’, y el libro incluye una muy documentada, prolija, y francamente interesante historia de la homosexualidad en el cine; entendida esta homosexualidad como explícita, implícita, oculta, armarizada, objeto de voyeurismo o de placer, inserta en la mirada del espectador, basada en una autoría gay de directores, guionistas, atrezzistas o coreógrafos, que fuera obvia o llena de simbolismos subculturales…
El caso es que esta historia que ocupa la segunda parte del libro es obviamente indisociable de la propia historia del cine, y de la representación de los tabúes sociales en el mismo. Es inseparable del carácter industrial del cine estadounidense, y del arte y ensayo europeos, como lo es del asociacinismo por la acción política tradicional de los EE.UU. frente a la privacidad intelectual como actitud de Europa. Me pregunto si Alberto Mira consideraba al escribir lo normalizador del enfoque en sí, aquel que toma hitos cinematográficos e históricos y ve su influencia en el cine de cada época: el código Hays, el fin del sistema de grandes estudios, la nouvelle vague y el movimiento de Derechos Civiles, Stonewall y la muerte de Judy Garland, o el conservadurismo reaccionario de los ochenta y la aparición del SIDA.
No obstante, a pesar de la contundencia de esta historia en la que no falta nada relevante de los cines norteamericano y europeo, creo que lo más disfrutable y adecuado del libro sucede en la primera parte, que Mira dedica a describir la mirada insumisa, la que permite ver, reconocer y apropiarse de códigos, la que luego permite ‘entender’ por qué el musical, o Disney, o los melodramas de Sara Montiel, o Top Gun, pueden mirarse como algo más de lo que parecen.
Reivindicar la libertad de mirar e interpretar no es cosa tonta. Mira ha escrito su ensayo-río escuchando en un blog a todos los que querían dejarle su opinión, y ha constatado las diferencias en la mirada de los homosxuales que han participado. Ha estudiado la evolución (escasa) de la crítica oficial, y la del activismo gay (poco cinéfila) hacia lo que llama la ‘mirada queer’, menos militante y más reivindicativa de opciones más abiertas y positivas. Ha mirado todo y ha intentado comprender con moderación que no hay mirada que no deba escucharse o intentar explicar, huyendo de la confrontación dialéctica tan del gusto de todocinéfilo.
En resumen, todo un gusto (y un apetito) en el que está casi todo lo que es (hasta 2005), que gana frente a los abundantes estudios americanos por el completo análisis del cine español, y que se convierte en fuente bibliográfica fundamental (por lo comentada con criterio) en la búsqueda de cine desconocido que, horror, me queda por ver en grandes cantidades.
Pero, por supuesto, la mirada insumisa que ejerce el autor es en este caso homosexual, homosocial, homoerótica. Por tradición e historia, es una mirada no permitida, que se activaba según la posibilidad y los códigos que había en cada momento. El reto se cifre en que habiendo estado obligado el homo a mirar como hetero, ¿puede suceder al revés? Yo conozco casos gloriosos, aunque no sean frecuentes. De ahí el reto planteado al principio: ¿algún hetero cinéfilo en la sala? Digánmelo, ¡hagan feliz al autor!








2 de septiembre de 2009

En la boca del lobo

¡Qué libro apasionante este! Crónicas desde Berlín (1930-1936) es el conjunto de crónicas que durante esos años envió desde Berlín para su publicación en el diario madrileño ‘Ahora’ el periodista catalán Eugenio Xammar.
Xammar fue coetáneo, amigo y colega de varios hombres de oro del periodismo español de los treinta: Chaves Nogales (su editor en ‘Ahora’ y que ha sido recientemente reeditado en España), Pla (con quien compartía algo que podemos llamar ‘catalanismo’), Maeztu, Camba, etc… Hombres de prosa abundante y fluída, de una lectura sencilla, directa y denotativa. Algo que Xammar, figura reverenciada por varios de ellos, y que cayó en el olvido como varios de sus colegas por no adscribirse con devación y sin análisis a ninguno de los bandos de la Guerra Civil, cumple con creces.

El conjunto de reseñas o columnas periodísticas no es género que precisamente me haya apasionado cuando lo he podido hojear. Incluso me parece aconsejable huir de los libros que usando este modelo publican Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte, recopilando sus tantas veces falsarias e histriónicas columnas de suplemento dominical. Pero en este libro de Eugenio Xammar se conjuran varios hechos que hacen de su lectura una experiencia apabullante:

- Xammar está en y escribe desde la verdadera boca del lobo de la Historia del siglo XX. Y lo hace sin saber lo que viene después, sin tener la representación del nazismo y sus consecuencias en la cabeza. Mediante crónicas objetivas, Xammar asiste a la desintegración progresiva de un régimen democrático por una dictadura ascendida electoralmente al poder, y cuya ideología nacionalista racial y expansiva va infiltrando sin pausa el fantasma de la guerra en Europa

- las crónicas son un modelo de prosa objetiva sin artificio ni aparatosidad, a pesar del control sobre la prensa extranjera que ejerce el régimen, y de que Xammar entiende bien los mecanismos de censura del sistema. No por ello se deja la ironía en el camino, sutil y acertada, ni un estilo que en verdad traiciona los objetivos que él mismo da a su profesión: la ‘descripción de los hechos’ que aparentemente explicita. Más que un estilo descriptivo o neutral, se trata de dar el mensaje verdadero entre las líneas que reflejan calma y reflexión, frente a la grandilocuencia exaltada nazi (o la marxista, que también comparece)

- Xammar escribe para España, para la España de la República que tenía fresca la experiencia de la absurda dictadura de Miguel Primo de Rivera. Sus crónicas terminan obviamente en julio de 1936, unos días antes del golpe franquista. Pero la ironía de analizar Alemania como dictadura desde la perspectiva ‘demócrata liberal’ de España es una impresión fuerte de la Historia para el lector.

- las abstrusas maniobras políticas para acaparar el poder internamente en Alemania (noche de los cuchillos largos, legislación contra judíos, eugenesia, incendio del Reichstag, control de prensa, anulación ‘legalista’ de la Constitución de Weimar, y la constante labor del Ministerio de Propaganda reforzando los anunciados y esperados discursos del Führer) se alternan con la entrada brutal de la Alemania de entreguerras en la política internacional (abandono de la Sociedad de Naciones, denuncia del Pacto de Locarno y petición de igualdad de los derechos militares decididos en Versalles, para acabara en la primavera del 36 con la militarización de Renania, dando lugar a un relato histórico arrollador, del que sólo se pueden esperar más páginas, lamentando que éstas tuvieran que acabar en 1936, cuando desde el futuro sabemos que empezaba lo más crudo del invierno. Xammar era el hombre adecuado en el momento justo, pero la Historia (en general, y el franquismo en particular) nos escamoteó que pudiera seguir siéndolo, y que nos contara la mayor de las guerras desde su epicentro.



15 de agosto de 2009

El profesor en la trinchera

¡¡No es justo!!

Supongo que por egoísmo, o por saber que no voy a ser padre, o porque, otros temas, simplemente, me han gustado más o parecido más interesantes, nunca he puesto demasiado interés en las cuestiones educativas. Aunque como ciudadano sea consciente de las situaciones que pasan profesores, alumnos y padres dentro de nuestra sociedad cambiante a la que los gobiernos han regalado también muy cambiantes leyes educativas.

¿Por qué me duelen los ojos?

Sin embargo, el hecho de que un amigo muy querido sea profesor de adolescentes en un centro escolar en un entorno algo difícil me ha llevado a conocer algunas situaciones tan estrambóticas (alumnos que utilizan Fotolog para acosar a otros alumnos, alumnos que insultan a sus profesores por Facebook, hijos de traficantes que hacen trapicheos en la escuela, amenazas públicas de palizas que hacen intervenir a la Ertzaintza, etc…) que cuando supe de la publicación de este libro de título tan denotativo como aparentemente real, no pude sino agenciármelo.

Un gran poder supone una gran responsabilidad

El profesor en la trinchera, obra de José Sánchez Tortosa, utiliza buscadamente referentes de la cultura audiovisual actual para exponer sus tesis y describir la situación en la aulas. Es decir, referentes que entenderían los que son el objeto central de la situación, los alumnos: Matrix, Los Simpson, Spiderman… Claro que el autor es profesor de Filosofía y muestra los clásicos de donde proceden estas obras y su aplicación en la educación, con preferencia por la caverna platónica y su cariz gnoseológico: el aprendizaje es recuerdo y el alumno es un esclavo que sólo ve sombras del mundo real y al que hay que liberar porque para él es más fácil seguir siendo un esclavo tranquilo y hacer caso de su naturaleza más primaria (ver sombras, o comportarse como un energúmeno, si se prefiere). Vencer esa resistencia es lo que convierte a la educación en una ‘guerra’.

Multiplícate por cero

El libro describe cómo anda esta ‘guerra’ en la actualidad: muy malamente, porque los alumnos tienen acorralados a los profesores y secuestrado el juicio de los padres, sin que las autoridades educativas sean capaces de romper este cerco (e incluso a veces parece que lo alimenten). Una situación que posiblemente es dada al derrotismo, y que el autor presenta con todas sus dificultades y fracasos, no por ello perdiendo ni el humor ni la lucidez ante las complejidades que un proceso como la educación objetivamente supone.

Aunque el libro no tiene un destinatario único claro, parece improbable que los alumnos puedan serlo. A los profesores posiblemente les guste el enfoque, pues seguramente les retroalimente su visión propia tratada con justicia exquisita. Para los padres, no obstante, debiera ser un libro muy útil. Para los legos en la materia como yo… he disfrutado con la aplicación sencilla de modelos filosóficas a una situación social directa, y con el hecho de haber sido capaz de ‘recordar’ (aprender, claro) los viejos mitos platónicos. Que los mitos modernos desciendan de ellos no es sorpresa, y que un filósofo utilice su saber en empresa literaria práctica y educativa no es novedad. Pero no por ello esta obra pierde interés o su ejecución es banal.

12 de agosto de 2009

Placeres de lenguaje nuevo

He leído Drown (traducido al castellano como Los Boys) después de admirar el gran éxito que ha sido La maravillosa vida breve de Oscar Wao, ambos libros obra de Junot Díaz; Drown es un libro de relatos que adelanta varios de los espacios que conforman Wao, novela que se publicara diez años después que Drown.

Wao es una saga familiar que sucede entre Nueva Jersey y la República Dominicana. Cuenta cómo la desgracia (el fukú, una maldición omnívora que destroza a la República Dominicana, a sus habitantes y a sus descendientes) se ceba con una familia. Wao novela es una gloria en muchos aspectos, que apetece analizar:
Lengua
Aunque me informan de que su traducción es admirable, me parece que en verdad esta novela traducida tiene que ser otra obra. Lo más destacado de Wao es posiblemente que por muchos premios de la literatura norteamericana que reciba, no es un texto escrito en inglés, sino en un spanglish desatado. O al menos me resulta desatado porque la mezcla de lenguajes adquiere un humor e ironías imagino que poco alcanzables para quien no domine los dos idiomas de partida. En cierto modo, esta nueva realidad es inquietante, porque me hace preguntarme si acaso este nuevo idioma está abocado a producirnos risas de reconocimiento en la mixtura cultural, o si es una impresión por la potencia casi pionera de Wao. Casi parece difícil imaginar una obra distinta escrita en esta misma lengua.

Ambiente
Wao se desarrolla en los dos espacios vitales del autor, la República Dominicana y los Estados Unidos, más concretamente Nueva Jersey, donde la familia emigró huyendo de la maldición. Junot Díaz juega admirablemente con los tópicos dominicanos (sus machos seductores, la nigromancia/santería y las maldiciones eternas, o los crímenes de la mafia trujillista –Rafael Leónidas Trujillo acaso sea el patriarca sudamericano que por carácter, por lo surreal de su familia y por la acumulación de barbaridades y derechos de pernada variopintos, más literatura ha inspirado-). Díaz dibuja los avatares de sus personajes en una sociedad llevada por el fatalismo a una infancia eterna y controlada. Pero, es importante decirlo, esto no tiene tono de drama, sino de comedia negra que roza el costumbrismo y a veces el realismo mágico. Más cerca de Fellini que de Coetzee, para entendernos.

Personaje
A ese humor contribuye al diseño de su magnífico protagonista, Oscar Wao. Este ilustre pagafantas, este incalificable friqui devorador de cómics y futuro Tolkien caribeño en potencia, que no se jama un rosco en una sociedad donde se es macho o no se es, invade de ternura patética y de valor inmenso las páginas de la novela. Él permite el uso de referentes de la subcultura pop en la narración, en un aparente desenfado que va más allá del homenaje, agilizando el acercamiento al personaje (y el intento de éste de acercarse a la realidad) por parte también de un público que ya acepta estas referencias en este formato, ya que conoce tanto a Lee o Kirby como a Proust y Vargas Llosa, fácilmente confundibles en esta novela que es fronteriza también entre las vanidosamente autoproclamadas culturas alta y underground.
Drown / Los Boys no deja de ser un anticipo sabroso. Es un libro de relatos ambientados bien en la República Dominicana, bien en Nueva Jersey, y que en cada parte tienen cierta hilazón. En la República Dominicana seguimos diferentes vicisitudes de dos hermanos (uno de ellos se llama Yunior, como el narrador de Wao), cuyo padre ausente está en Nueva Jersey. Sin embargo, en los relatos ambientados en Estados Unidos el protagonista parece ser un camello postadolescente (¿el mismo Yunior?) en un entorno yanqui degradado. El relato final (el más logrado para mi gusto) se reserva para el padre de ambos hermanos, que se marchó al norte para trabajar y hacer dinero y llevarse a la familia de la isla y que acabo siendo bígamo. Aunque en la lectura me pesó mucho la sombra de Wao (demasiado inmensa como para colmar expectaivas), se adivina una mayor ternura en el retrato infantil, no desprovista de las crueldades de los niños pero sin el determinismo de una maldición oscura sobre ellos y su futuro. Los episodios adultos encierran alguna joya muy divertida (con posible homenaje a Cortázar), pero también una poética del desencanto tomado con la filosofía del fracasado.