29 de octubre de 2021

Perplejidad política antes y después de una pandemia


 
Política para perplejos, de Daniel Innerarity, es un libro publicado en 2018 cuyo título apela al efecto causado en la ciudadanía por un estado político y social cambiante e inesperado, inestable y en constante aumento de esta volubilidad. Su interés central viene inspirado por los acontecimientos imposibles de 2016: el resultado del referéndum del Brexit, y las elecciones norteamericanas que ganó Donald Trump. En el contexto de finales de 2021, las ideas que expresa Innerarity son válidas y probablemente varias de ellas se encuentran reforzadas. Pienso por ejemplo en su capítulo sobre los datos, que resulta en un resumen desde lo filosófico válido y casi vibrante del libro de Shoshana Zuboff antes de que éste, mucho más abierto al estudio de estrategias económicas, se publicara; o, de manera mucho más evidente, la cuestión de la gobernanza a la que Innerarity aún no le añade el prefijo co. Pero, obviamente, muchos de los ejemplos expuestos habrían sido distintos, y el impacto de la pandemia en todos los ámbitos que estudia Innerarity en el volumen habría sido un inevitable y necesario punto de referencia. Su editor se lo exigiría, pero también su propia pasión como pensador. El libro sería distinto porque el tiempo se cobra sus víctimas, probablemente no habría un capítulo dedicado a Theresa May, por ejemplo.


David Cameron convocó el referéndum de salida de la UE en 2016 (foto de Pascal Rossignol/Reuters, en El Español)

Pero también es cierto que los ensayos políticos que aspiran a analizar su contemporaneidad no pueden sino estar condicionados por los acontecimientos del momento en que se escriben, más allá de exigencias editoriales o comerciales. Lo interesante es que sus reflexiones precisamente sigan siendo útiles con el tiempo, o, al menos, para explicar el tiempo en que fueron escritas. Han pasado tres años desde la publicación, pero han sido intensos como pocos.

Innerarity dedica la mitad del libro a diagnosticar el porqué de nuestra perplejidad. Analiza por qué se han derrumbado las certezas políticas, las categorías sociales, e incluso las sentimentales. Lo hace en breves capítulos dedicados a temas diferentes de la actualidad/modernidad en relación a esta pérdida de referencias y estabilidad: los medios de comunicación, el trabajo, la globalización, el uso de Internet y la digitalización, los nuevos terrorismos, etc. Por momentos su tono muestra una elevada desazón, y, aunque señale elementos esperanzadores, les dedica poco espacio. Basta con ver varios de los títulos que emplea, con palabras como exasperación, ansiedad, sufrimiento… Esta negatividad indicaría una cierta añoranza de la estabilidad no-líquida de un pasado que admite penoso (aunque el hombre estaba seguro de su destino), y, por otro, que la incertidumbre le impide pronosticar, como filósofo político, futuro alguno; parecen malos tiempos para el analista, desde luego.


Donald Trump jura su cargo en enero de 2017 (foto en BBC News) 

Innerarity es moderado y no es dogmático; tiende a subrayar las diferentes caras de cada asunto concreto, y a juzgarlas ecuánimemente. Su capítulo sobre Cataluña, probablemente el más medido del libro, es lúcido y tiene reflejo actual (está escrito antes de que el PP dejara el gobierno central). Es muy atractiva su reflexión sobre lo imposible de las revoluciones dado lo dividido del poder actual en las democracias occidentales, aunque le veo en el límite de la contradicción con su defensa del conflicto político como parte necesaria de la evolución del sistema. También su visión de la conspiración como fenómeno irreal frente a la chapuza de los sistemas complejos es divertida (aunque es una idea, creo, de fácil manipulación), y me gusta también su desmitificación del patrón ‘hechos frente a ilusiones’ como patrimonio histórico de las derechas frente a las izquierdas, respectivamente. Innerarity también se moja en el tema ya crucial de las políticas de identidad, diversidad o multiculturalismo frente a la tradicional lucha de clases, y el supuesto desacople que ha supuesto con una izquierda obrerista que podría derivar -o haber derivado ya- al populismo derechista. Aunque como suele ser habitual, es más incisivo en los matices del diagnóstico que en la propuesta de resolución.

Política para perplejos toma forma en capítulos breves, de dos a cuatro páginas, que por momentos parecen extraíbles y publicables como artículos individuales. Frente a lo habitual en libros analíticos de este tipo, no incluye datos o resultados de otras fuentes ni tampoco una bibliografía básica, aunque sí menciona a varios autores con continuidad. Entiendo que es una decisión tomada buscando agilidad y ligereza del volumen, pero también da una sensación de coyuntura que no es merecida. O bien puede hacer pensar que se trata de una inteligencia de memoria y capacidad excepcionales enfrentada a un texto obligado, tal vez crematístico. Un poco lo que a mi entender sucede con El poder, pero creo que Innerarity trabaja mejor el contexto histórico específico y la estructura del libro. En los contenidos en sí, de todos modos, echo en falta más análisis económico en el diagnóstico, dada su relevancia e influencia actuales innegables.

El tercio final del libro, una vez diagnosticados los males del mundo, cambia de tono y aboga de manera positiva y necesaria por la cultura del pacto, la negociación, y la gobernanza, por las acciones individuales que generan, inesperadamente, cambios que se van fraguando en años. Su sentencia final, la obligación del optimismo ante el carácter en general dogmático -e incapaz de dudar- del pesimismo es un estupendo cierre a un libro que recoge todas las preguntas y admite con modestia intelectual la ausencia de respuestas. En esto reconozco cierta frustración, como lector y ciudadano, no tanto ante la situación diagnosticada, sino por quedar varado en la perplejidad que ya tenía. Mejor formado al respecto, sí, pero en la desorientación de un momento en que ni los filósofos del momento -de brillante análisis- proporcionan salidas en que ellos mismos puedan creer.


Daniel Innerarity (foto en su perfil de Twitter

12 de octubre de 2021

El poder

 


Este libro de Bertrand Russell me parece, al mismo tiempo, la obra de una persona de cultura e inteligencia excepcionales, y un trabajo apresurado o alimenticio.

Por algunos detalles es posible entender que El poder se escribe a finales de los años 30 del siglo XX, con Hitler y Mussolini en el poder y la Guerra Civil española aún no resuelta, aunque no mencione una fecha concreta del estudio. En Europa conviven tres formas diferentes de ejercicio del poder (las democracias occidentales, el comunismo estalinista y el fascismo), y parece que la exacerbación bélica del momento contribuye a la reflexión. Dice la contraportada del libro (reedición en castellano de 2010), que Russell opina que el poder, su ejercicio, los mecanismos para alcanzarlo y mantenerlo, es la fuerza que impulsa al mundo, por encima del sexo o el dinero. Y aunque dedica páginas a las esferas sociales y económicas en que inevitablemente se ejerce el poder, es el poder político el que realmente le interesa.

En mi lectura no he encontrado tantas ambiciones en el libro. Hay un intento de análisis de tipos de poder que resulta interesante (los que Russell llama poder tradicional, poder revolucionario, y poder desnudo), así como la evolución por la cual unos y otros se alcanzan y desdibujan entre ellos. Pero luego el libro es difuso en los ejemplos y motivaciones, obviando los momentos históricos en que se impone un tipo de poder a otro y la propia historia del pensamiento político en relación al poder y su ejercicio. En cambio, el salto de circunstancias de un estilo de poder a otros es constante, sin el contexto ni entorno que expliquen diferencias o similitudes, y sin mayor profundidad en el análisis. Maneja eso sí innumerables referentes, pero no produce una bibliografía ni cualquier otro tipo de paratexto que permitiera asentar el trabajo más allá de lo que parece una memoria prodigiosa. En alguna ocasión incluso parece desdeñar una mayor ambición de conocimiento, con un ‘qué sé yo’, que me parece algo inaudito e inasumible en este tipo de edición y tono y en un autor de esta posición hablando de estos temas.

Claro que el libro tiene pensamiento de alto interés, producido además en un momento de considerables confusión e incertidumbre; es tal vez ese desconcierto, fácilmente diagnosticable por un lector del futuro que sabe la década que le espera al autor, un reflejo interesante, aunque indiciario, del desmoronamiento intelectual y moral que acecha al mundo en ese momento. No obstante, Russell no lo vive desde un desgaste o una desesperación (como Stefan Zweig, aunque El mundo de ayer es otro tipo de libro), sino desde una mirada de aire académico un tanto fuera del mundo. Es un volumen de 300 páginas, que, aunque deslavazado e indudablemente apegado a su tiempo a pesar de querer evitarlo, y de ser un tanto repetitivo, no es para nada despreciable. Ahí es donde entra, probablemente, el cerebro del genio que se ve obligado a publicar, cualesquiera que sean las razones.


Bertrand Russell, según foto en Wikipedia


 

 

 

4 de octubre de 2021

Huída al campo

 


Un amor es una novela corta de la escritora Sara Mesa, que fue muy reconocida por las listas críticas, que la colocaron entre las mejores de la literatura española publicada en 2020. En ella, la autora afronta un tema de cierta moda en la literatura actual: el regreso (o el asentamiento) en un pueblo, o en una zona rural, como respuesta a una vida actual asfixiante o al menos estresante en las ciudades. Este género temático, por así llamarlo, incluye novela y también el ensayo de experiencia, y el ensayo analítico de las circunstancias que rodean el fenómeno, o que explican el contraste entre esta moda y los problemas del vacío rural. También adopta algunos rasgos de guerra cultural, claro.

Pero a Mesa esta teorización en principio no parece preocuparle. Su protagonista, Nat, es una traductora que ha tenido un problema laboral y ha decidido llevar una vida retirada, en algunos matices avergonzada, en un poblado, apenas una pedanía de un pueblo ya pequeño de por sí. Allí alquila una casita en malas condiciones a un casero machista al que prefiere evitar, y donde se relaciona con un vecindario que le resulta extraño y en el que no encaja. Con uno de ellos tiene la relación del título.


Una pedanía abandonada en Almería (a)

Mesa es descriptiva con los detalles de toda la situación, y transmite con fuerza el desasosiego continuo en que la extraña (la extranjera) Nat vive su experiencia; desde su casa destartalada que gotea en cuanto llueve al perro huraño que el dueño de la casa le cede, pasando por el machismo estructural, con graduaciones, de los diferentes hombres con que se relaciona, la vida en el pueblo para Nat resulta de un realismo sucio con algún tinte incluso miserabilista, y un tono que, casi sin ironía ni tintes postmodernos, a veces parece existencial (hasta con algún subrayado, como el nombre de la colina del pueblo). Tal vez esto sea el secreto de su éxito: se acerca a una historia de tintes negros pero no llega a ser una investigación; se acerca a cierto angst social post-crisis, pero no cae en la parábola descarada; retrata una forma de vida heredada de tradiciones y maneras de la España negra, pero tampoco llega a caer en el atavismo. Por supuesto que el libro devuelve un espejo crítico, una mirada sobre la pobreza moral y económica extendida por el país, pero no es una narración de desheredados: frente a la habitualmente cruda novela de ambientación rural de la época franquista, la desazón es la de un mundo más rico y liberado, pero incapaz de alegría, o con los sueños quebrados. En esta línea, impresiona mucho la tremenda soledad individual de varios personajes, pero en el caso de Nat esto incluye de manera escalofriante a la propia relación con Andreas.

A pesar de estos logros literarios, no he conseguido empatizar con el libro. Sí con Nat, aunque creo que sus culpas previas al viaje no son buena elección literaria al introducir un aire de condena a su vida. Su confusión y desánimo son profundos y humanos, pero tal vez me desaliente que es un personaje al que el calor y la ternura le son negados sistemáticamente. Probablemente, es también cuestión de momento vital, al menos de este lector. Me pregunto cuánto de este texto, publicado en primera edición en septiembre de 2020, se escribió bajo pandemia, si es el caso. ¿Puede ser que seamos incapaces de interpretar el arte de estos tiempos sin este sesgo?



17 de septiembre de 2021

La primera vuelta

Estamos en los años del quinto centenario de la primera vuelta al mundo, y se reedita la biografía que Stefan Zweig dedicó al almirante de esa gesta, Fernando de Magallanes. Biografía que lógicamente habla sobre todo de aquella empresa que el marino portugués no pudo acabar, y que el vasco Juan Sebastián Elcano acabó rematando. Desde nuestra perspectiva, con la sobrepresencia mítica de la figura de Elcano en la cabeza, en la que hemos sido educados y de la que hemos bebido, Magallanes. El hombre y su gesta, es una buena bofetada. Vamos, que esa calle céntrica de Bilbao que compite con Ercilla, Rekalde y Lope de Haro es más merecida por ser del terruño que por méritos reconocidos demasiado alegremente.

Portada de la edición de 1922 del libro de Antonio Pigafetta, que era miembro superviviente de la expedición y autor de un diario de la misma

Zweig es un biógrafo maravilloso. No sólo lo digo por este libro, también su autobiografía amarga, El mundo de ayer, es un libro estupendo. Pero Magallanes. El hombre y su gesta es además entusiasta, una obra extasiada ante lo inimaginable de lo narrado, aunque narrada con objetividad, ecuanimidad y un tono comprensivo hacia todas las partes, todo ello mientras con prosa sencilla pero intensa va depositando conocimiento histórico documentado sin añadir carga a un texto de apariencia ligera, pero reflexión y sabiduría profundas.

La expedición de busca de la especiería por la ruta occidental que lideró Magallanes para Carlos V fue un polvorín desde su preparación. Magallanes, hombre tosco y experimentado navegador, ninguneado por su patria, se ofrece al rey de la potencia rival para encontrar el paso hacia Oriente, basándose en expediciones que habían llegado al Río de la Plata y que confiaban en que ahí se estaba dicho paso. Su expedición de cinco barcos, construida y diseñada por recelosos marineros y armadores españoles y boicoteada desde Portugal, se vio tensionada desde el principio por el mantenimiento del poder que se dirimía entre Magallanes y sus lugartenientes españoles. Diferencias en la ruta a tomar y desplantes varios acabaron en un motín que terminó con algunos ajusticiados y un barco que abandona la expedición precisamente mientras por fin bordean el estrecho que luego será de Magallanes. Después sigue el hambre en la ruta del Pacífico, y la mala política de Magallanes en Filipinas, que paga con la vida y el cuerpo -cuyo destino se desconoce-. Elcano, uno de los traidores iniciales que fue perdonado, toma el mando debido a la suerte de ser el capitán del único barco superviviente. Hasta la página 138 su nombre no se menciona. Tres años después llega a España, con dieciocho hombres de los casi 300 que salieron. Toda la gloria en vida fue para él, y todas las luchas intestinas de la expedición fueron ninguneadas por el peso de la historia oficial de las naciones y sus dificultades ante los hechos deshonrosos de sus héroes. Tres vascos más llegaron en ese barco, Juan de Acurio, Juan de Arratia, y Juan de Zubileta: nadie les recuerda.


Mapamundi de Abraham Ortelius, de 1574

La admiración de Zweig por la figura de Magallanes es máxima, pero eso no le evita ser justo con sus errores, su cerrazón orgullosa y su crueldad en algunos momentos entre ellos. También entiende los motivos de los marineros españoles. En ambos casos es muy atractivo como se sitúa en la psicología de la época, subrayando los valores de prestigio (o gloria), honor y patria como estandartes, ejes de la acción de los personajes en una disputa continua en la que decae el mito de gran expedición internacional que literalmente era. Pero estos valores no se subrayan desde una nostalgia rancia o reivindicadora del pasado, como es habitual en algunos escritores de novela histórica, sino que es una fascinación por describir y comprender semejante arrojo en circunstancias tan inverosímiles. Zweig construye la vida anterior de Magallanes hasta que cruza la frontera y visita a Carlos V como una especie de telaraña de intereses y hechos cruzados que crean casi mágicamente un talento organizador e innovador como el de Magallanes, ante el cual el autor se rinde en reconocimiento y desea otorgarle parabienes admirables que luego ve desmentir por la realidad. Este conflicto, que es también el del mundo ideal frente al mundo real, o incluso el de Dios y el alma frente al hombre y el cuerpo, se pasea de continuo por el libro, escrito desde la Ciencia y la historia tal y como el Zweig positivista las concebía, y de ahí el acierto al interpretar el anhelo de gloria de hombres del Antiguo Régimen -pero ya renacentistas- cuando por fin se abre ante ellos el Océano Pacífico, o cuando llegan a Cebú, o cuando, tan debilitados, son capaces aún de navegar el Índico sin poder entrar en puerto alguno.

Pinceladas del europeísmo de Stefan Zweig se observan desde luego en esta primera constatación de la globalización. Y un reconocimiento inesperado, aunque sea breve: que el honor de la primera vuelta al mundo literalmente realizada y conocida corresponde en realidad al esclavo de Magallanes, originario de las Molucas, desde las que viajó a Portugal, donde vivió, hasta que embarcó en la expedición y siguió en ella hasta alcanzar su tierra, aunque ya su dueño había muerto. Su nombre es Enrique, Enrique el Negro

Únicamente llega la emoción a las cumbres de la bienaventuranza cuando logra remontarse desde las hondonadas del desasosiego

Stefan Zweig (vía)

 

25 de agosto de 2021

Hacia una ejemplaridad pública (3)

 

El tercer ensayo de la Tetralogía de la Ejemplaridad aparenta una centralidad importante en la serie dado que su título mismo, Ejemplaridad pública, subraya el concepto central de la misma. Esa misma sensación se tiene al cerrar el libro, que es un tratado (como decían los antiguos) completo sobre la posibilidad real de una moral ejemplar en nuestros tiempos. Para llegar a ello, Gomá necesita describir cuáles son los conceptos que influyen en el comportamiento ejemplar de hoy en día, por qué se ha evolucionado a ellos desde anteriores estructuras sociales y políticas, y cómo unas y otras afectan al individuo y su posibilidad de ejemplaridad. Todo ello tiene un enfoque filosófico: no se trata de una guía de la ejemplaridad pública, sino de un edificio conceptual que también quiere definir el ser (una ontología) y su comportamiento (una moral). 

Tocqueville: “La igualdad es quizá menos elevada, pero sí más justa, y su justicia constituye su grandeza y su belleza”

Y este enfoque ‘poco moderno’ es muy atractivo, y si está escrito con la intensidad y precisión de Gomá (plenamente consciente de que hace literatura, con libros como Imitación y experiencia, o Aquiles en el gineceo, que tienen clara estructura de tipo dramático) es muy disfrutable. En primer lugar, porque se sale del canon del ensayo actual: el autor no habla de sí mismo ni se pone de ejemplo, apenas hay hechos sociopolíticos concretos utilizados como ejemplo relevante, y el autor no desea romper (infructuosamente) con la tradición del pensamiento de la que bebe, sino que se enraíza en ella para dar su propia visión, que es en concepto rupturista, pero no desea epatar mediante el formato.


Marcuse: “El campo de la necesidad, del trabajo, es un campo de ausencia de libertad porque en él la existencia humana está determinada por objetivos y funciones que no le son propios y que no permiten el libre juego de las facultades y los deseos humanos”

Para Gomá, la democracia igualitaria en que vivimos actualmente en Occidente es tanto un triunfo como una frustración. Se trata de un sistema que se sabe finito porque ha roto con todas las tradiciones seculares que gustaban de proclamar su eternidad, desde las religiones a las patrias identitarias. En su lugar, está habitada por individuos cuya libertad está consagrada por principios legales, y cuya subjetividad es inamovible. Ello lleva a que, por un lado, se sientan únicos, pero, por otro, altamente vulnerables al descubrir que su acción exclusivamente individual no les permite sobrevivir, con la frustración que eso supone a un ego ahora subrayado de continuo. Pero no es casual que este experimento (de apenas 60 años de duración en la historia de la humanidad) sea un éxito en múltiples campos, resumibles cuando menos en que nunca han existido estos repartos de bienes y riqueza, o estos niveles de salud. No obstante, lo cree frágil, fundamentalmente porque, aunque ha sustituido a Dios y a la Patria por leyes y Estado de derecho, éstos no son de momento suficientes para garantizar que la democracia sobreviva. A ésta le faltan modelos, prototipos de ejemplaridad que antes proporcionaban los poderes establecidos que negaban al individuo. A su vez, la igualdad ha traído una normalización educativa extendida al conjunto de la población, que, peculiarmente, en lugar de ser aprovechada para fines que los antiguos considerarían elevados, han creado una cultura de la vulgaridad, síntoma respetable e incluso defendible, por ineludible, del sistema, pero que dificulta la aparición de prototipos ejemplares. Cómo pasar de la cultura de la vulgaridad a la disposición de prototipos ejemplares es una lucha paralela a la que, en Aquiles en el gineceo, Gomá planteaba al respecto del proceso individual de paso del estado estético/adolescente de pureza mental y política al estado ético/maduro de compromiso y madurez ante la negatividad que devuelven la vida y la sociedad.


Nietzsche: “Vosotros, hombres superiores, ese Dios era vuestro máximo peligro. Sólo desde que él yace en la tumba habéis vuelto vosotros a resucitar’

El prototipo de ejemplaridad es un ideal individual inalcanzable plenamente, y sólo puede apreciarse en una vida completa, pero Gomá advierte que no es el perfil público el que necesariamente conforma lo ejemplar, sino que es el privado el que, con su compromiso con las obligaciones de la madurez (resumibles de manera tradicional en la fundación de un hogar y el cumplimiento de un oficio para su mantenimiento) da los indicios del prototipo, que es una tarea en progreso continuo, que debe ser consciente de la finitud del sistema y, por lo tanto, de la esencialidad del ejemplo continuado de cada uno hacia su entorno, pero que tampoco ha de ser de carácter antipático o absolutista, lo que eliminaría claramente el carácter ejemplar del prototipo.

Max Weber: “El destino de nuestro tiempo, racionalizado e intelectualizado y, sobre todo, desmitificador del mundo, es el de que precisamente los valores últimos y más sublimes han desaparecido de la vida pública”

Con este entramado, Gomá construye un nuevo viaje filosófico (más similar en su estructura al primer libro de la serie –si bien más ligero en ambición histórica- que el segundo, que trabajaba en torno a un mito reconocible) en el que he disfrutado mucho sus refutaciones a varios pensadores anteriores. Discrepa plenamente del Ortega y Gasset que también reconoce la vulgaridad igualadora de las masas pero que se lamenta de ello y sólo ve un futuro en unas élites ejemplares que deban regirlo; Gomá define ese modelo como ejemplaridad aristocrática. También discrepa de la distinción radical entre las esferas pública y privada de la vida que Hannah Arendt predica, reservando los comportamientos y vindicaciones vulgares a un ámbito privado en el que no deban considerarse apreciables ni interesantes. Hay también matices de peso para otros: Tocqueville, Weber, o Nietzsche, manejados con soltura espléndida. Me ha gustado mucho leer su proposición de inserción del nihilismo en la modernidad con el subrayado de su clasicismo en las formas (comparando el eterno retorno con la dialéctica hegeliana/marxista y a la vez con la resurrección cristiana), y, en varios pasajes, por la casualidad de haber leído hace poco Brujería y contracultura gay, he sentido que Gomá rebatía directamente la militancia animista idealizada de Arthur Evans:

La drástica desvitalización y des-animación del mundo desencadenada por la ‘distinción real’, que desmonta la unio mystica de la ontología arcaica y clásica entre el cielo y la tierra, dejaron franco el camino para el racionalismo científico positivo, y para el estudio, transformación y dominio de la naturaleza.


Habermas: “El hecho de que con el Estado social y la democracia de masas el conflicto que caracterizó a las sociedades capitalistas en la fase de su despliegue haya sido institucionalizado y con ello paralizado no significa la inmovilizacióin de toda suerte de potenciales de protesta, que surgen en otras líneas de conflicto (…) Los nuevos conflictos se desencadenan no en torno a problemas de distribución, sino en torno a cuestiones relativas a la gramática de las formas de la vida.”

Tengo de todos modos una sensación particular con el lenguaje empleado en Ejemplaridad Pública. No es un tema menor, creo, primero porque desde el primer libro Gomá habla del lenguaje como problema filosófico del siglo XX, y porque aquí lo enfatiza así en el contexto entre lo individual y lo comunitario (esencial también en definir el alcance de la libertad):

El ‘giro lingüístico’ de la filosofía en el siglo XX, el descubrimiento del carácter constitutivo y previo del lenguaje común o natural no formalizado, es una manifestación de esa vuelta a una realidad lingüística presubjetiva, sobre la que han insistido en particular la hermenéutica y últimamente el comunitarismo.  Cuando el yo autónomo piensa, lo hace usando un lenguaje y, como el lenguaje es un producto social, su pensamiento, aun el más íntimo, se expresa forzosamente con palabras prestadas, nunca propias; a través del lenguaje, pues, la sociedad se cuela hasta en los momentos de mayor autoconsciencia del yo.

Mi circunstancia es el uso por parte del autor de expresiones como vulgaridad, buenas costumbres, virtud, barbarie, buen gusto… que le obligan con frecuencia a explicar que no se trata de insultar o de reconocer costumbres conservadoras o gazmoñas. Pero los términos usados presentan también una carga moral por su propia historia de uso anterior. Cierto que Gomá usa científicamente un arsenal razonado de definiciones, y no es autor al que espere hollar el camino del lenguaje inclusivo o políticamente correcto (es más: es francamente magnífico el dominio de la terminología filosófica clásica, hasta el punto de que considero que, junto a su sentido del ritmo narrativo, le convierten en un literato de primer orden). Por ejemplo:

No ha sabido destacarse hasta ahora hasta qué punto la vulgaridad ambiente es el final de un largo y costoso proceso de refinamiento ético colectivo, de un nuevo humanismo, en suma, que se toma en serio y lleva a sus últimas consecuencias la universalización de los derechos de la subjetividad a todo ser humano.

Pero, será prejuicio de activista o de postmoderno, no dejo de preguntarme si estos términos no ayudan precisamente a una lectura simplificada de sus ideas, por parte de la vulgaridad mayoritaria, bajo el paraguas de lo que el mismo autor llama la ejemplaridad antipática. A esa sensación contribuye una lucha soterrada que aprecio entre los logros de nuestra época escéptica y relativista, finita y cientifista, y cierta nostalgia de la seguridad de un mundo de valores fácilmente diagnosticables, a pesar de las mayores desigualdad e injusticia que suponían (¿podría entenderse como un añorar la adolescencia, siguiendo la analogía de este análisis con el del anterior libro?). Este punto nostálgico se revela con más pasión en un punto determinado: la visión del arte moderno, al que Gomá recibe con una breve invectiva (espléndidamente escrita y divertida, por otro lado) sobre los males que el individualismo centrado en la experiencia y el ego estéticos han impuesto en la expresión artística, que temo necesitaría más desarrollo y análisis profundo, porque, aunque tiene su reflejo no cuestionable en la realidad, me resulta difícil compartirla de manera general ante el infinitamente diverso universo artístico actual.

En fin, el prototipo de ejemplaridad y su actuación están definidos. El ciudadano ejerce ejemplo incluso sin querer, y que sea positivo resulta en su interés y el de su descendencia y especie. De la existencia de prototipos depende el futuro de la experimental democracia actual como sistema, ya que está sometida a la asunción propia de que puede desaparecer ya que no la sustenta ningún valor eterno, y porque es nacida de un nihilismo entre cuyas vertientes las hay que la desacreditan sistemáticamente. Gomá parece confiar en que existirá este grupo de ciudadanos ejemplares (nunca élites, sino recrecidos de su vulgaridad asumida) que construirá los valores del futuro de la democracia, apelando sin entrar en ello a una especie de comunidad de ejemplaridades. Pero, ¿cómo pasar de la ejemplaridad del prototipo al valor social o comunitario respetado o imitable por el grupo? ¿Cuál es la metodología? No es, al menos solo, la educación (pues su normalización lleva a la vulgarización, y además tiene límites ya expuestos en Aquiles en el gineceo), tampoco es una red conexa de prototipos (que inocularía un gen de elitismo), y la existencia de ejemplos concretos y discretos en círculos de influencia reducidos se antoja azarosa. ¿Quizá en Necesario pero imposible, el último volumen de la tetralogía? La aventura sigue; veremos… De momento, Ejemplaridad pública explica de manera impecable la realidad política, enlazándola con el ser moderno y su moral, describiendo sus peligros profundos y las causas últimas de nuestra situación… ¡sin mencionar la actualidad! Eso es no ya inaudito, es grandioso.


 Javier Gomá (vía)

 

 

 

 

 

 

 

 

12 de agosto de 2021

Exotismo y modernidad



El imaginario español en las Exposiciones Universales del siglo XIX es un libro que estudia la imagen de España desde la perspectiva peculiar que da el estudio de su presencia en las Exposiciones Universales celebradas en la segunda mitad del siglo XIX, desde 1851 (en Londres) a 1900 (en París). La imagen tanto dentro como fuera del país, que se retroalimentaron convenientemente. Se trata de un libro bello, con multitud de fotografías e ilustraciones, lleno de situaciones sorprendentes, y que supone un conjunto revelador de la construcción identitaria española en primer lugar, pero también del resto de naciones, especialmente europeas. También está muy documentado: las crónicas e informaciones originales de dichas Exposiciones son lógicamente la base del trabajo, que, por lo que aparece en la bibliografía, parece la edición de una tesis doctoral.

 

Andalucía en el tiempo de los moros fue una atracción de París 1900 en la que ‘se reconstruyeron la Giralda, la Alhambra, el Real Alcázar, una villa toledana -donde se fabricaban panderetas y guitarras- y un gourbi, “uno de esos pueblos árabes, tal y como existían en la Edad Media en el mismo corazón de Andalucía”’

Las buenas voluntades de los hombres y países que organizaban las Exposiciones Universales del siglo XIX eran en realidad reflejo de una concepción del mundo profundamente equivocada. El siglo fue profuso en declaraciones de la inapelabilidad del progreso y del triunfo de la razón universales, pero las grandes potencias sin embargo usaban las Exposiciones como escaparate de la competencia de sus industrias, utilizadas (con las convenientes críticas autóctonas de carácter nacionalista en ocasiones, y racistas o xenófobas en la mayoría), para subrayar una posición de poder o privilegio, pero no de colaboración. En ese contexto, a España le resultaba imposible zafarse de la imagen de retraso, de imperio venido a menos, y de decadencia académica y científica, en la que sólo parte del arte, el folklore, y la imagen exótica (la reiterada asociación superficial a la cultura árabe) obtenían el reconocimiento de la crítica internacional. Y aunque en el tópico del retraso había verdad, el país se veía forzado -con gusto, por otro lado- a ofrecer la imagen que le era demandada.


Fiesta marítima en la inauguración de la Exposición de Barcelona de 1888, en La Ilustración Española y Americana

 

Las Exposiciones eran altavoces de los países exhibidores, y un conjunto de galerías de maravillas del mundo. Ayudaron a crear un fenómeno masivo como el turismo, descubriendo países a sus visitantes, que, aún lejos en el arte de interpretar exposiciones o el trabajo de sus comisarios, creían con fe ciega que los pabellones de cada país los representaban verazmente, fomentando probablemente así mucho más las diferencias basadas en estereotipos que las conexiones entre países, sociedades, no digamos ya clases. Eran en teoría lugares donde las naciones se reunían pacíficamente a la par que exhibían su cada vez más desarrolladas armas de guerra, que a veces usaban en conflictos entre ellas en los períodos entre Exposiciones. También podían cambiar definitivamente las ciudades en que se alojaban, con edificios e instalaciones emblemáticas que permanecían, como la Torre Eiffel o el Parque de la Ciudadela.


Flamenco en Hondarribia: ‘Dos pasos más… y estamos en España. El pueblo que vemos es Fuenterrabía, dominado por la torre de (…) Y en primer plano, ruido de guitarras y de castañuelas. Las manolas ejecutan sus bailes hechiceros’. Foto de los hermanos Neurdein y Maurice Baschet publicada en Le Panorama. Exposition Universelle 1900), era la imagen de España en una atracción sobre una Vuelta al mundo, que ofrecía la Exposición.

 

Las Exposiciones son una especie de negativo de la fotografía que nos da el siglo XIX en aspectos históricos, científicos o filosóficos. Un espejo de lo que sobre todo Occidente deseaba ser sin notar la propia arrogancia colonial, o el monstruo de las guerras tecnológico-nacionalistas que estaba germinando en su seno. El libro estudia estos aspectos entre la utopía y el desastre, trabaja en profundidad los conceptos del poder que alentaban la organización de los eventos, y, lógicamente, atesora una cantidad de bizarrías por otro lado muy reconocibles, adscritas al acervo cultural que hemos estudiado, en ocasiones para nuestro propio horror. Eso sí, es una lectura exigente entre las innumerables referencias y el análisis académico, si bien entrado éste en materia, resulta rico y múltiple, combinado además con el gozo estético de las muchas y estupendas ilustraciones.

3 de agosto de 2021

Perdona, ¿que lees qué?

 




He recuperado la lectura de poesía tras años de abandono. ¿Por qué dejé de leer poesía? He intentado buscar razones y algunas han resultado ser prosaicas:

1.- Me deshice de una bicicleta estática en que tomé la costumbre de leer poemas declamándolos en voz alta mientras pedaleaba. Era una excentricidad, pero también la poesía lo es. Nadie me creía cuando lo contaba, o bien se reían mucho. Bueno, en los entornos industriales en que trabajaba, claro, allí donde me respondían ‘perdona, ¿que lees qué?’

2.- Me enamoré perdidamente. El enamorado no debe leer poemas, pues ya está tocado por los dioses. O, incluso, debiera ser musa y no poeta.

3.- No superé el efecto de leer con detenimiento, admiración, devoción e ironía a una poeta grande como pocas: Wislawa Szymborska. Derrumbó mi tópico principal con la poesía: leerla en su idioma original si es que lo puedes entender. Con ella me dio igual, brilla por encima de las traducciones, las licencias, los truenos, los gatos y los superhéroes, y sus libros se cierran cantando oh dulce misterio de la vida, por fin te he encontrado.

4.- Cometí el error de confiar en las antologías. Lector de poesías, créeme, sobre todo si (ya) no aspiras a crear versos: las antologías, especialmente las seleccionadas, son un fraude al autor y al lector. Son agotadoras, pesan mucho (y no es lo mismo soportar un kilo de libro para leer endecasílabos sinecdóquicos que para seguir la pista de arqueros elfos de inaplazable puntería), y se traiciona el sentido cerrado de un libro controlado de poemas, pensado para una publicación y una emoción únicas y concretas.

5.- Me enfangué en una lectura de los Sonetos de amor de Shakespeare, en castellano e inglés, llevado un poco por el deseo de mirar su deseo, recordando siempre al santo mártir Oscar Wilde, pero también por admiración infinita por el autor. Los sonetos son estupendos, la traducción de Agustín García Calvo es un trabajo inmenso en busca de recoger el sentido, respetar el formato y encajar rimas (por encima de respetar el verso en sí), pero cada soneto me costaba un kilo de peso. A veces retomo el libro y leo el Soneto XX y escucho a Rufus Wainwright, aunque sin vestirme de Isabel I.

Recientemente he vuelto a leer poemas de manera continuada, pero ya con otra estrategia, que resulta más ligera, y que espero cumplir. Ha habido no obstante alguna caída esporádica en este interregno lector. Un poco de Sylvia Plath, que reseñé aquí y al que llegué por su temática incorrecta (básicamente, para Plath la maternidad es un horror irresoluble), y de Herberto Helder, al que erróneamente no reseñé y que consecuentemente he olvidado. También los Versos con faldas, claro. Pero ésta era antología de autoras y me dejó con la miel en los labios de buscar libros de varias de ellas, sin éxito… La nueva estrategia ha tenido hechos favorecedores y acciones que se van revelando atractivas:

1.- Me regaló @JaniGV cuatro libritos de poesía contemporánea vasca, de autores que nos circundan, pero en los que no caigo, quizás por prudencia injusta por la interpretación localista, que sucede demasiado en la vida diaria. El caso es que son obras ligeras en peso, cerradas en sentido, libros que pueden releerse, y que, colocada su lectura entre los tochos ensayísticos que últimamente me da por leer, aportan frescura (locura, desatino, sorpresa) al destino de una vida como lector.

2.- Las bofetadas continuas de una pandemia alucinante me ha colocado, como a tantos, en el precipicio tan atractivo de las emociones profundas. La sensibilidad poética por diversa que sea parece también explicarnos más en momentos puramente motivos. Tal vez porque el lenguaje que busca sus propios límites conecta con nuestras cabezas y cuerpos desesperados, tal vez por aquello de que la revelación epifánica también es un modo de conocimiento.

3.- Me avergüenza un poco, pero me resulta más fácil seguir poetas en las redes que visitar tertulias poéticas o asistir a lecturas de poemas; cuando lo he hecho, esporádicamente, la seriedad de los entornos y declamaciones me excluían, tal vez también por pudor ante la desnudez emocional del prójimo observada en público, o tal vez porque queriendo desencorsetar la literatura de la intimidad lectora se consigue encorsetarla en cierta veneración impostada. El caso es que Twitter es un altavoz peculiar entre lo público y lo privado que me ha hecho levantar un poco la pestaña.

4.- Entre la pila de libros a leer que la vida me ha ido almacenando hay una ración de poesía esperando su turno, heterogénea y fuera de toda intención de selección racional. Incorporarlos a las listas de lecturas era un deber, aunque hay algunas antologías cuyo manejo me provocará disensiones. No obstante, debe hacerse.

En fin, vayan unos breves:

1.- Las voces de la nada, de Beñat Arginzoniz, está atravesado de angst y desamor extremos; me resulta reconocible por las ansias de pasión de intensidad postadolescente y la tentación romántico-existencialista. Arginzoniz es figura cultural de la ciudad, editor -de El Gallo de Oro, editorial bilbaína de poemarios-, traductor y ensayista. Junto al caos que atraviesa estos versos, también me impresionan que el prólogo sea de Panero y que la foto del autor sea un retrato de Ameztoy.

2.- De Javier Aguirre Gandarias he leído dos libros (los dos en El Gallo de Oro), y uno de ellos contiene una sorpresa increíble, que recoge esta foto:

En la dedicatoria veo una pluma inestable y temblorosa; es la (pen)última obra del poeta, titulada La playa vacía, y la verdad es que me emocionó, porque además de que regalar un libro dedicado nominalmente por el autor es currárselo mucho (aplausos por ello para Jani), el autor murió mientras tenía el libro en espera... Aguirre Gandarias escribe poesía muy limpia, observa una realidad aparentemente plana con la que juega a la paradoja y la ironía, y que transmite una sencillez desarboladora. Claro, recuerda a Pessoa, pero también a Szymborska, que son poetas que conozco, tanto aquí como en Nube y cuchara (de 2002). Es inevitable siempre ver un tono testamentario en las últimas obras de un autor. La playa vacía contiene poemas cortos, y la depuración termina con el último poema del libro, La playa:

No hay gritos más altos que los de las nubes en la playa vacía


3.- ¿Por qué tenía yo un libro de Eugénio de Andrade en las estanterías? No lo sé, conserva la etiqueta de compra (2011) y supongo que la portada explícita sobre el pecado inefable de los griegos y algún comentario me llevaron a comprar Oscuro dominio, de la ya más extendida editorial Hiperión (¿dónde si no, considerando que dedica el último verso a Hölderlin?). Aparte de su fama en la poesía portuguesa, lo cierto es que no conocía más de de Andrade, y el libro ofrece lo que promete: sensualidad, sentido de deseo que debe ocultarse, claro subtexto homosexual, aunque sea por omisión: de Andrade describe sexualidad frente a un contrario corpóreo, físico, sexual, pero sin sexo definido. La lectura añade tanto el placer de las ediciones bilingües con un idioma tan hermoso como el portugués, como la aventura de pedir al autor que en cada poema ilumine más esa oscuridad en la que se desarrolla tanto ardor. No es extraño que conociera y visitara a Cernuda.


4.- Quedaban, sí, libros de Szymborska sin leer en casa. Ediciones nuevas de poemarios menos conocidos, como Canción negra, en el que Szymborska escribe sobre la postguerra, y, claro, salvo algunas excepciones, son sus versos de una negritud inesperada en ella, sin ironía apenas, de una profunda desesperanza.

En fin, hay que seguir. Lo malo es que lo siguiente es una antología completísima de Joan Margarit. A dividir por libros, espero…

 

Javier Aguirre Gandarias (vía)


Eugénio de Andrade (vía)


Wislawa Szymborska (vía)


Beñat Arginzoniz (vía)