8 de julio de 2016

Austriaco, judío, escritor, humanista y pacifista


Estos calificativos con los que Stefan Zweig se define en la introducción de su autobiografía, este fabuloso libro titulado El mundo de ayer. Memorias de un europeo, nos colocan inmediatamente en el centro del horror europeo de hace más de ochenta años, que es el momento y motivo por el que este hombre decide escribir su vida, como memoria de una Europa que ya no era y de una vida culturalmente riquísima, y antes de suicidarse en su exilio brasileño, unos meses antes de que la II Guerra Mundial diera un vuelco con el avance de la batalla de Stalingrado.


Palacio Imperial de Viena, de donde emanaba la seguridad 

Zweig escribió el libro desposeído de prácticamente todo, basándose en su memoria, y sin tener a su alcance sus recuerdos, libros ni apuntes, ni poder visitar los lugares que vio durante su vida. Fue un europeísta convencido en tiempos que ahora no imaginamos pero que él creía humanistas y progresistas, que vivió el final de un período de paz inusualmente largo en Europa (sólo superado por el actual), y, sobre todo, el final de un imperio caduco como el austriaco en la gran primera herida que rompe su vida, la Gran Guerra. 

Ofrece especialmente en sus primeros capítulos un fresco vivaz, dinámico y profundo de la sociedad vienesa del cambio de siglo, envidiable como ninguna en su potenciación y disfrute de lo cultural, pero rancia y moralista como correspondía a un gobierno milenario y decadente. Su análisis parte del rasgo psicológico personal, pasa por la descripción social y su moral burguesa, y la influencia en la vida cotidiana, y termina con la situación política y el aparente absurdo de las guerras que vivió, bajo una capa de amargura por los valores perdidos y un terrible pesimismo ante el futuro inmediato; la combinación es arrebatadoramente emotiva por momentos, aumentada por el recuerdo de sus inicios profesionales, y el hecho que nosotros sabemos y Zweig no: que acabaría suicidándose por todo ello. Resulta especialmente brillante, y entiendo que posiblemente de manera muy válida como testimonio histórico, en el periodo que va de su infancia a 1914, y en su descripción del estallido de la I Guerra Mundial. Zweig además fue de los pocos intelectuales de la cultura alemana que, a diferencia de lo que sucedió con muchos de ellos en la II Guerra Mundial, fue antibelicista durante el conflicto.


Secesión

La riqueza de la prosa y el ritmo del libro pueden tener parte de mérito en la traducción. Rara vez nombro aquí a los traductores que me veo obligado a leer, en este caso J. Fontcuberta y A. Orzeszek, que espero hayan disfrutado con su trabajo, al obtener la sensación de fluida literatura, comprometida, sentimental e intelectual que en castellano tenían coetáneos de Zweig que también sufrieron guerras como Eugenio Xammar o Manuel Chaves Nogales. ¿Sería cosa de los tiempos?


Stefan Zweig, a los 19 años (vía)

¡Mi debido agradecimiento a Jonathan y Eugenia por el libro!



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