25 de julio de 2022

La República y la cultura




Este es el tercer libro editado por la
Fundación Pablo Iglesias que leo, tras El feminismo en España, que he sabido luego que tuvo cierto carácter pionero, y El franquismo y la apropiación del pasado, que tanto me gustó y encontré magníficamente estructurado, algo que no es fácil en estos libros de artículos o de Congreso.

La Política cultural de la Segunda República Española, además del título de este volumen, no deja de ser un mito fundacional con el que, sobre todo las izquierdas, reconocen y alimentan el recuerdo sentimental de la República. Los diferentes autores de los capítulos del libro, no obstante, se alejan de esa visión romántica y describen hechos y valoran resultados, dedicando cada capítulo a una disciplina o aspecto de la cultura o las artes que la Segunda República Española decidió afrontar o trabajar de manera decididamente distinta al régimen anterior, tanto la Restauración como la Dictadura de Primo de Rivera. Tan distinta que en muchos casos sucedió por primera vez.


Por resumir de manera general, es obvio que la República (especialmente su primer bienio, con Azaña de primer ministro), creía en el poder transformador de la cultura, incluyendo en el término la ciencia y el llamado naturalismo, por cierto, pero su intento de aplicación tuvo enormes dificultades y enemigos. Por un lado, el salto enorme entre las expectativas de una élite cultural de primer orden y la realidad de un pueblo en la práctica analfabeto, y por otro, la percepción que desde un primer momento tuvieron las derechas y la Iglesia de que la educación universal y el acceso a las artes por parte del pueblo era un ataque a sus convicciones y tradiciones, y un peligro para su futuro, lo cual trascendió el ámbito cultural, educativo y científico, y se reflejó en el político. Con todo, la transformación en tres años, y el entusiasmo con que se ejerció, fue radical, si bien en cada campo alcanzó diferentes grados, con una dependencia importante de las figuras responsables de cada departamento y de sus perfiles políticos y profesionales, puesto que el compromiso de los mismos también varió ampliamente.

Fernando de los Ríos, Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de 1931 a 1933 (foto de la Agencia Meurisse)

Gran parte de las reformas y avances se vieron frustrados con el gobierno del bienio negro, que en general actuó por inacción entre 1933 y 1936, cercenando en la práctica una buena cantidad de proyectos, que fue en general imposible retomar y reflotar después de febrero de 1936. Los tres años restantes de República no fueron lógicamente activos en el tema, excepto actividades -también relevantes- de conservación del patrimonio artístico, especialmente en Madrid.

El libro es lógicamente interesante por recuperación de figuras: del evidente García Lorca al inesperado Ramón y Cajal, del omnipresente Fernando de los Ríos a los intelectuales como Ortega y Unamuno, bailarinas como la Argentina y la Argentinita, actores y actrices, músicos, directores de teatro, etc. Y contiene un anecdotario impresionante: la situación de las librerías en España, la presencia de falangistas en La Barraca, el crucero universitario de 1933… Pero salvo algunos capítulos particulares está algo falto de análisis profundo y con frecuencia parece sin más una crónica de acontecimientos algo desapasionada o inconexa con el entorno o el contexto. No es que este falte, tanto la cronología como el capítulo inicial (un resumen del marco político) sirven bien para contextualizar, pero diría que algunos autores no estudian nexos o razones potencialmente más penetrantes, sin descartar que esto puede producirse por falta de espacio (impresión que da por ejemplo el capítulo dedicado a los pensadores, que de por sí podría haber requerido un volumen propio). Entre los más trabajados, no obstante, destacan el dedicado a las ciencias, a la política de libros y a la educación.

Pero el libro es un resumen más que útil para un primer vistazo al tema y un acceso a fuentes bibliográficas que deberían ayudar al interesado en un mayor estudio.

 

 

15 de julio de 2022

La verdad que obra en la secuencia



La secuencia gráfica es la continuación de Narrativas gráficas, y ambos son extractos con reelaboración y algunos elementos nuevos de la tesis doctoral de Roberto Bartual, que ya ha cumplido más de diez años. La secuencia gráfica entra en el núcleo principal del análisis del cómic que estudiaba la tesis, lo que viene a ser definir la secuencia, sus diferentes estilos y tipos a lo largo de la historia de las narraciones pictográficas, cuáles son las formas de clausura entre viñetas en una secuencia, etc…

Peanuts, Charlie Schulz

Bueno, pues el trabajo analítico realizado es estupendo, profundo, trepidante, esclarecedor. La profundidad empleada al analizar las posibilidades lingüísticas del cómic y establecer las características y potencialidades del mismo como arte propio tienen una claridad meridiana, y resultan muy disfrutables. El autor además va acompañando al lector en un viaje que va ganando complejidad, y en el que es fundamental la centralidad cultural y filosófica que el problema del lenguaje tiene en el pensamiento occidental desde el siglo XX (básicamente resumible en su paradoja principal en si nos comunicamos con un mecanismo determinista previamente establecido social y culturalmente -el lenguaje que compartimos con todos- o si éste es un campo abierto que permite el pensamiento individual verdaderamente libre). Así, partiendo de las definiciones de clásicos analistas del cómic (McCloud y Eisner, siempre) y de análisis semióticos y lógicos, utilizando ejemplos sencillos tanto de cómics populares como de otros menos conocidos, Bartual explica los tipos de clausura entre viñetas (espacial, causal, temporal y metafórica), los tipos de secuencia (relato, mimética, descriptiva y metafórica), explica los conectores lógicos (las relaciones lingüísticas a fin de cuentas) entre viñetas en cada caso, desgrana la organización del espacio en relación a la narración dramática en viñetas y páginas, y resulta muy brillante en el análisis del fuera de campo en el arte secuencial del cómic (vs. el estático de la pintura) en relación a la mantenida entre cine y fotografía, con respecto al carácter centrífugo o centrípeto de la representación en cada caso.

Historia de Tokyo, Chris Ware

Este apartado es específicamente apasionante, pues recuerda a -en parte tropieza con- el trabajo de Víctor I. Stoichita sobre la invención del cuadro en la tradición pictórica occidental, y además apela indirectamente a la tecnología -en el caso del cómic esto es incluso más que en las demás el soporte, sus costes y sus consecuencias- como definitoria de las artes (la techne de los griegos). También es apasionante la identificación de signos visuales en el cómic basados en la teoría de signos de Peirce, iconos, símbolos e índices que sirven para establecer la causalidad en los diferentes tipos de secuencia, de modo que el lector es capaz, caso de conocer el lenguaje, de realizar la lectura y entender el cómic.

Terry y los piratas, Milton Caniff

A estas alturas puede entreverse lo arriba comentado: el análisis aumenta progresivamente en complejidad. La coda final del libro remata esta impresión, cuando Bartual se encamina a explicar el uso de una cuarta dimensión, el tiempo, que el cómic puede integrar de manera particular ya que su lectura no es necesariamente secuencial en continuidad, y se relaciona también con un espacio que puede ser multitemporal, además de disponer del mecanismo psicológico del apoyo de la viñeta en un espacio contenedor mayor (la página, tercera dimensión). Bartual se basa en esta ocasión en los experimentos dimensionales de Planilandia y Jerusalén, las novelas de Edward Abbott y Alan Moore (quien ya experimentó esta tetradimensionalidad gracias a Watchmen y su Dr. Manhattan, capaz de ver y vivir presente y futuro), pero intuye la abstracción lógica-matemática de la n-dimensionalidad, y echa lazos a Ludwig Wittgenstein (uno estaría tentado de decir que es mejor no dibujar aquello de lo que no se puede hablar) entreviendo que en realidad el cómic es un arte no ya autónomo, sino pluripotencial, en el que existe un campo innovador de una capacidad narrativa, descriptiva y documental tal vez desconocida, y que, en cierto modo, supera a las demás expresiones artísticas, conceptualizables como meras proyecciones, casi sombras platónicas, de su propia superdimensión. En esto de momento el autor no se atreve a entrar (yo sólo doy ideas…), pero convencimientos así parecen la base de la pasión por el arte del cómic que tiene y que comunica en su podcast Pictopía y en su cuenta de Twitter.

La secuencia gráfica tiene una bibliografía amplia y multidisciplinar, y probablemente tenga aún un volumen más de continuación en el futuro. Es en todo caso un libro utilísimo para saber leer un cómic, pero también para entender cómo entendemos, en general, el lenguaje y el arte visual del cómic, en el que opera la verdad de la obra de arte.


 

 

 

 

 

2 de julio de 2022

Orgullo poll4viej4



En la lectura de Crónica de un devenir, de Alberto Mira, he usado mucho el lápiz, y en su reseña usaré mucho la primera persona; esto es obligado, pues se trata de un libro experiencial (no autobiográfico, aunque varias experiencias de vida del autor están presentes) escrito por un homosexual español nacido en 1965, es decir, tres años antes que yo. Esperablemente, me veo retratado de continuo, hasta el punto de que ese lápiz delator ha escrito seis veces ‘¡SÍ!’ en los márgenes del libro:

Primer ¡SÍ!

Muchos homosexuales, al menos en España, hemos tenido, por ejemplo, una relación distante o incluso hostil hacia el fútbol. El fútbol no es sólo “un deporte”: es también, quizá sobre todo, una manera de socializar a los niños a través de mitologías. La mística del fútbol es una mística de la masculinidad, de rasgos que nos desafían a ser más hombres, y la socialización del gusto por el fútbol refuerza relaciones homosociales

Reconozco que recoger estos ‘¡SÍ!’ es como poner ‘likes’, pero espero que me lo perdone… En su introducción, Mira delimita de manera clara el objeto y método de su estudio. Crónica de un devenir parte de lo experiencial, trabaja lo histórico, y lo enmarca en el estudio o poder del lenguaje y sus términos. Se centra en hombres homosexuales, con un enfoque culturalista y no político, y evitando debates sobre las realidades trans. El objeto del libro es la evolución de la experiencia homosexual en las últimas seis décadas desde tres coordenadas: la sexualidad, la identidad, y la comunidad.

Segundo ¡SÍ!

Obsesionado por las listas, mantuve el radar activo en busca de otros como yo, hábito que todavía perdura pasada toda su funcionalidad real. Y fui acumulando nombres. Platón. Miguel Ángel. Miguel de Molina. Cole Porter. Tyrone Power. Truman Capote. Luchino Visconti. Farley Granger. Rock Hudson. Federico García Lorca. Luis Cernuda. Noël Coward. John Gielgud. Luis Mariano. Antonio Gala. Jaime Gil de Biedma. Brad Davis. Y Stephen Sondheim. […] Desde los inicios de una subjetividad homosexual, desde que los homosexuales se han visto como un grupo de individuos separados del resto de la cultura, ha habido una verdadera pasión, en los círculos homosexuales, por hacer listas de “otros como nosotros”, justificar nuestra presencia como portadores de cualidades: inteligencia, talento, heroísmo, belleza.

Desde esta descripción, la Crónica viaja por las cuatro denominaciones centrales que los ‘nosotros’ (como dice con frecuencia para no tener que usar un término concreto) nos hemos dado o hemos recibido en las últimas décadas: HOMOSEXUAL (asociado a la experiencia pre-Stonewall, término de aires médicos, aplicado a una generación oculta y en general represaliada y oprimida, salvo círculos elitistas obligados a la discreción o excepcionalidades del espectáculo), GAY (término post Stonewall, que empodera y visibiliza positivamente durante los 70 y 80, que además sufre la pandemia del VIH y que crece junto a otros términos fundamentales para el ‘nosotros’, como son ‘orgullo’, ‘homofobia’, y ‘armario’), QUEER (contrarreacción a la positivación GAY, a la que considera normativizadora, capitalista y prosistema, con apoyo a una reivindicación de clase junto a la de sexo/género desde la combatividad), y LGTBI (acrónimo identitario sociopolítico actual caracterizado por una ultraidentificación particularizada y protagonizada por una juventud interconectada en unas redes que desdibujan la orientación, pero también el tiempo y la geografía, en la que la angustia por el sexo parece desaparecer en la adolescencia -cambiando así tal vez los mecanismos del deseo como vector único de la sexualidad-, pero en la que los cuerpos se pornifican en el gimnasio y luego se muestran en Instagram).



Jean Genet: ejemplo irrecuperable para la positividad GAY

Tercer ¡Sí!
Además del ritual de salida del armario, el nuevo gay tendrá que aceptar un nuevo ethos de positividad. Debíamos creer que había algo intrínsecamente ‘bueno’ en ser gay

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En este resumen, Mira va intercalando su propia experiencia de anécdotas personales concretas, y cómo la imposición de estos términos afectó a su vida; pero este devenir personal se acompaña del estudio histórico de hechos y de trabajos y ensayos culturales sobre los ‘nosotros’ que hacen que el anecdotario trascienda al engarzar experiencia y teoría en un viaje cuyas maletas ponen el lenguaje en primer lugar y la cultura después. La obsesión por el lenguaje y su capacidad de definición y de poder es muy relevante en el libro, centrando en este ‘nosotros’ el debate filosófico universal del siglo XX sobre cómo el lenguaje puede dominar como estructura ya predeterminada, o cuando menos colectiva, la vida y el pensamiento individuales, y sobre si éste cambia porque cambia el lenguaje, o al revés.

Cuarto ¡SÍ!

Me impresionó la facilidad para encontrar espacios, folletos, obras artísticas con la etiqueta GAY. Y locales diferentes. En aquellos años habían abierto un café… […]. El brebaje que servían era repugnante, todo sea dicho, ya que en aquel momento nadie en Londres sabía hacer espresso, pero uno no iba por el café: durante años frecuenté el lugar con el solo objetivo de sentirme gay.

Aporta Alberto Mira tan inquietas reflexiones en detalles concretos que es imposible describirlas todas… Dejo aquí constancia de varias, pero por querer recordarlas personalmente más que por desmerecer las demás. Es enormemente interesante el análisis intergeneracional que supone el paso de cada denominación a la siguiente: la dificultad (incapacitación a veces) de cada generación anterior por admitir las bondades y potencialidades de cada novedad lingüístico-generacional puesta a su disposición cuando ya no es joven, junto con la comprensión que da la madurez a la resistencia al cambio (en el caso de Mira, abraza GAY, le interesa QUEER aunque no acaba de convencerle, y LGTBI le hace sentirse fuera de su tiempo: obviamente sabe que un día el acrónimo también pasará pero es dominante en unos tiempos con los que ya no empatiza). Su análisis de las reacciones de Terenci Moix, Luis Antonio de Villena, Bosé o Almodóvar al respecto son clarividentes: Mira criticaba pero ahora entiende al HOMOSEXUAL que no quería salir del armario pues su resistencia le resulta paralela a la que como GAY ejerce ante postulados QUEER que apelan a una diferente definición de la presencia del ‘nosotros’ en la sociedad. No obstante, reconoce cierto privilegio de estas figuras en poder permitirse no realizar ese acto político frente al conjunto de la sociedad dado su reconocimiento particular. La incomprensión intergeneracional es precisamente uno de los motores del libro desde su inicio, en el que Mira recuerda su cancelación como pollavieja por parte de un joven tuitero con el que intentaba entablar conversación, y cómo su estrategia GAY es invertir de manera positiva la ofensa en arma a través del orgullo y la apelación al poder en el uso del lenguaje.

Quinto ¡SÍ!

Especialmente quienes teníamos inclinaciones culturales echamos en falta referentes propios y buscamos sustitutos en Estados Unidos, en Gran Bretaña, en Francia o Alemania, que tenían tradiciones homosexuales más visibles que la nuestra. Como hombre gay, fui totalmente colonizado.

El análisis del acento normalizador del momento GAY y su caída en la homogeneización o normativización también es revelador, porque es una deriva más apreciable en términos históricos que mientras se producía. La acusación de gaypitalismo y de los privilegios de la letra G surgen de aquí y son también origen del carácter crítico del momento QUEER. Mira indica que el hecho era inevitable: que un capitalismo globalizador es el entorno en que se desenvuelve ahora el mundo, y que a pesar de este peligro las puertas abiertas por ese mismo capitalismo son enormes y no despreciables. Creo que de aquí nace también el escaso apego del autor por las militancias que pierden la perspectiva, y de fondo existe una admisión de que la salida del armario que trajo Stonewall con el término GAY fue en realidad una entrada en un mundo real competitivo (¿adulto tal vez?), de los riesgos de la propia libertad asumida con esa falta de negatividad que en realidad supone enfrentarse al mundo, y que eso tiene consecuencias y trae responsabilidades de actuación ante las nuevas libertades conseguidas por el empoderamiento. La réplica al movimiento QUEER tiene su reducción al absurdo: nadie en realidad me obliga a consumir lo banal, y, en realidad, la lucha por, por ejemplo, el acceso a la vivienda, no cambia necesariamente su valor profundo a causa de tu orientación o identidad, sino que es ésta la que añade circunstancias políticas distintivas propias a esa lucha.


Wilhelm Von Gloeden: ejemplo de que la normativización de cuerpos en el deseo homosexual no es cosa del capitalismo neoliberal

 

Sexto ¡SÍ!

El sida en nuestra imaginación se mezclaba con un miedo al sexo construido a partir de años de represión, cierta homofobia interiorizada y el terror a que, al descubrirnos como homosexuales, también nos estábamos descubriendo como potencialmente enfermos.

Lógicamente, por edad, comparto muchas de las vivencias y puntos de vista de Alberto Mira en este libro. Y muchas de las experiencias y sentimientos, desde luego (la identificación casi jungiana de arquetipos culturales, la búsqueda de referentes culturales lejos del mundo más cercano, y, por supuesto, el cine, lo que ya esperaba tras Miradas insumisas); creo que también hay un punto distinto en el origen: en Euskadi es inevitable asociar este análisis de la reivindicación QUEER a movimientos antisistema que en Euskadi siempre han sido una presencia relevante en el mantenimiento de una disidencia a toda costa, y, en ese sentido, su aparición no fue sorpresa, desaprovechando probablemente lo performativo frente a lo planamente revindicativo. No comparto -por gusto, aunque lógicamente la entiendo- su vena camp y musical (pues fui más existencialista y me atraía más lo gótico/punk probablemente también con influencia de mi origen), y yo caí (a partir también de movimientos culturales) en lo activista y político, casi como vocación. Pero los matices no invalidan (siempre hay de todo) una tormenta de identificaciones en este libro analítico, que cumple un esfuerzo semiótico muy considerable y relevante, y que sublima nuestras paradojas en un estilo claro e interpelador, a partir de lo experiencial que supone su punto de partida y mediante la erudición cultural del caudal verdaderamente notable de lecturas de ensayística sobre el ‘nosotros’.

Este libro se puede completar con la escucha del programa dedicado al libro en el podcast Resaca, con Weldon Penderton, Álvaro Llamas y el propio Alberto Mira, en el que es muy divertido y peculiar constatar que lo experiencial tampoco es unívoco, y cómo esto también conforma vidas, tribus y generaciones, y se adapta, o no, al lenguaje y su poder.


 

 

16 de junio de 2022

Una narración prometida

 


El género de la autobiografía política es polémico casi por definición. Literariamente, no es extraño que no esté escrito por el protagonista, el interés del libro suele basarse en anecdotarios no especialmente profundos, y son esperables el ejercicio de la vanidad y la autojustificación, además de que el lector puede entender que no son libros en que se ejerza la sinceridad de manera plena: se enmarcan con frecuencia en la batalla política de su país, y las memorias de ex altos cargos están sometidas a los secretos de estado. Con todos estos condicionantes respecto al contenido y al impulso verdaderamente ético del mismo, queda al menos aferrarse a una escritura de interés, bien por su agilidad, bien porque contenga reflexiones políticas de calado por coyunturales o interesadas que fueran.

Una tierra prometida, el libro en que Barack Obama narra apenas tres años de su primera presidencia además de sus primeras elecciones en más de 800 páginas supone en esto una decepción importante, alimentada por una expectación mediática que lo apoyó casi ostentosamente cuando se publicó antes del fin de 2020.

Al autor no le falta agilidad narrativa (que funciona mejor en sus funciones políticas y presidenciales que en los momentos familiares o contemplativos) ni, lógicamente, temas de interés en un periodo de tiempo en que su país lidió con las consecuencias inmediatas de la crisis financiera de 2008, el Obamacare, el Premio Nobel de la Paz, o la operación para asesinar a Osama Bin Laden. Pero el libro no pasa de la crónica menor en cuanto a profundidad, y, con las páginas, tanto el sentido del humor como las reflexiones políticas van rezumando simpleza, repetición, o simplemente aburrimiento, en un texto sin ningún tipo de reto, o, al menos, atractivo, intelectual, y casi ni histórico, ya que incluso en ese aspecto, las revelaciones son de un aparente matiz menor y el tono aparentemente distendido, combinado con la reflexión madura pero realista, es incluso inapropiado. En realidad, puede que suceda que el agotamiento se deba a que el mejor episodio es la superación del primer gran problema del mandato, la crisis económica, en la que se refleja bien el torbellino del momento y la angustia (o no) de los diferentes implicados ante lo inédito de las situaciones y las soluciones propuestas. El episodio supera además la imbatible nostalgia de la épica que acompaña a sus primarias contra Hillary Clinton y las elecciones contra John McCain.

Hasta qué punto le sucede esto a Obama por el género escogido o por sus propias limitaciones o por los requerimientos de su editor, que entiendo deben ser bastante comerciales dado el cheque que cobraría el ex presidente, es imposible de conocer sin al menos leer más literatura del género, a lo que el libro no incita. La pregunta es si estos matices ya están presentes o no en la publicación canónica moderna del género, las memorias de la IIGM de Winston Churchill. Al menos el Nobel que ganó el primer ministro británico fue el de literatura…


Barack Obama (vía)


2 de junio de 2022

Inocencia la tuya, querido

 


Hace treinta años vi por primera y única vez, de momento, La edad de la inocencia. La película de Martin Scorsese tiene imágenes tan icónicas y reconocibles que desde luego recordaba muy bien a Daniel Day-Lewis, Michelle Pfeiffer, Winona Ryder y Geraldine Chaplin a la hora de leer, ahora, la novela de Edith Wharton que tanto fascinaba al director. Hasta entonces Scorsese no había rodado películas de ambientación histórica, pero el retrato de su ciudad y el interés por los mecanismos de la represión familiar y social permiten entrever algunos intereses personales en la novela.


Ellen Olenska atraviesa un salón sin compañía masculina

La Edad de la Inocencia fue publicada en 1920, y retrata la sociedad neoyorquina de la década de los años 1870. Newland Archer se va a casar con May Welland; ambos pertenecen a la alta burguesía de la ciudad. Pero, antes incluso de prometerse, la condesa Olenska vuelve a Nueva York. Ellen Olenska es prima de May, pero perdió a sus padres, creció con una tía algo excéntrica, y se casó con un conde europeo llamado Olenski. Pero su matrimonio no fue bien, y se separaron. El regreso de Ellen a Nueva York causa un gran revuelo: es elegante, tiene el sofisticado mundo y costumbres de la añeja, divertida y artística Europa, pero, sobre todo, es una mujer separada cuya inserción en la vida social de su familia resulta problemática por ello. Por supuesto, Newland se enamora, y a Ellen la persiguen también otros hombres.


Newland Archer cree que domina la situación

La novela adopta un estilo descriptivo muy detallado para captar el ambiente de los salones y casas en que viven sus protagonistas; es prolijo y con sentido estético intenso el dibujo de vajillas, vestidos, cabellos, salones, bibliotecas y despachos: seguramente esto facilitó mucho la labor de Gabriella Pescucci o Dante Ferretti (directora de vestuario y director de arte de la película), pero además logra un efecto sumamente inmersivo, probablemente por la ligereza casual con la que se presenta, entrelazado claro está con la descripción de costumbres y con los diálogos sociales y familiares, más, por supuesto, el propio pensamiento de Newland, que es el ancla único de la historia, y que tiene un concepto elevado de sí mismo, como no podía ser de otro modo.


May Welland y su rostro de ingenuidad ganadora

El punto de vista en La edad de la inocencia, que es constante y coherente, marca lógicamente los acontecimientos y su presentación al lector. La edad de la inocencia transcurre en el plano de acción de Newland, pero sus aproximaciones a la condesa Olenska, sus viajes, y sus conversaciones con May tienen efectos en las familias y la sociedad, a cuyas reacciones no asistimos, y las consecuencias de esas reacciones llegan siempre a Newland a tiempo de interrumpir sus deseos e iniciativas, que él mismo tampoco es capaz de concretar. El uso de los grandes momentos de la vida en la sociedad crea sus propios clímax en la acción: el anuncio del compromiso de boda, un viaje por la enfermedad de un paciente, el anuncio del primer embarazo… las formalidades de la vida burguesa y aceptada cercenan cualquier posibilidad de que Newland rechace su bien pensado destino.


La señora Welland, con su hija y su sobrina, dominando el espacio social desde su palco de Ópera

La ironía soterrada y continuada es el arma perfecta con que Wharton, socarronamente, desarrolla la historia. La inocencia del título parece hacer mención a la época, que Wharton presenta inicialmente de modo algo aparentemente paternal como un mundo ideal ya olvidado de costumbres sanas, respeto a las costumbres y gustos exquisitos. Como es de esperar, todo esto es negado por los acontecimientos que narra. Inocencia es lo que Newland cree la principal cualidad de May, con su aparente simpleza expositiva de hechos y sentimientos cariñosos hacia su prima o su falta de lecturas y cultura, pero el manejo del tiempo que hace May en la sombra y su continua alerta sobre los movimientos de Newland lo desmienten completamente. En realidad, su personaje acaba mostrándose como pasivo agresivo (castrador diríamos en otros tiempos) y en parte como luchador por sus intereses. En realidad, la inocencia aplica sobre todo a Newland y Ellen, incapaces casi por terror propio de consumar su pasión y de comprender cómo las fuerzas familiares se despliegan a su alrededor para impedir su relación. El momento en que Newland es consciente de que todos creen que sí han consumado, y de que sobre él se ciernen culpas y envidias infundadas, es sobrecogedor. No sólo para él como personaje, sino literariamente, pues actúa casi como negación de todo el relato anterior: nuestro héroe se ha desvanecido, no ha completado deseos ni un final feliz, e, incluso, el lector desearía saber cómo ha sucedido todo aquello que la autora le ha escamoteado con su uso coherente y despiadado del punto de vista, ya que nuestro querido protagonista no se ha enterado de nada.

La edad de la inocencia ganó el premio Pulitzer en 1920, el primero ganado por una mujer (si pensamos que ahora mismo sólo 16 mujeres de 118 personas han ganado el Nobel de literatura, podemos hacernos una idea del impacto que supuso la novela de Wharton para poder recibir ese premio). Para mí es inevitable pensar en su continuidad con Henry James (el de Washington Square, por ejemplo), tanto por la descripción social como por la profundidad psicológica, y en su lejanía con sus coetáneos Proust o Joyce, que andaban justo publicando las obras maestras del modernismo y el flujo de conciencia. Aunque el héroe de Wharton es masculino, es muy evidente que la víctima sufriente principal de la novela es el magnífico personaje de Ellen Olenska, moderna y desplazada, heredera de las heroínas de Jane Austen, capaz de revolucionar una sociedad sólo con cruzar un salón sin compañía masculina, y a la que sociedad y familia ahogan en un océano de rancia (in)moralidad. Ellen y Newland, éste en menor medida, son personajes trágicos a los que Wharton cuida con ternura y cuyas pasiones y obligaciones humanas le suponen aprecio. Es el conjunto social al que dedica su estilo irónico de voltaje elevado, sutileza en la réplica, y validez universal en el tiempo.


Edith Wharton (vía)


 

 

 

 

 

 

21 de mayo de 2022

+ Portugal

 

Según comenta el prólogo de este libro académico editado en el cambio de siglo, los autores Hipólito de la Torre y Josep Sánchez, españoles de origen, vienen a intentar cubrir con este volumen la falta de estudios históricos de origen español sobre la Historia de Portugal, algo que supongo que desde 2000 ya se habrá corregido, pero que en 2000 en sí ya dice mucho del escaso ojo que desde este lado de la raya ponemos en el principal país compañero de viaje ibérico en la Historia que tenemos.

Castillo y fortaleza en el Alentejo, con el Guadiana al fondo. Una de las muchas que jalonan el recorrido de la frontera entre Portugal y España

Esta fue la primera sorpresa. La segunda es que, en realidad, este tocho de 600 páginas, Portugal en la Edad Contemporánea (1807-2000). Historia y documentos, en realidad sólo tiene 200 páginas de autoría verdaderamente ejecutiva en lo literario. El resto, además de unas 20 páginas de notas, lo constituyen precisamente los documentos originales a que los autores hacen referencia en su trabajo de historiadores. No se trata además de facsímiles, sino de textos transcritos que mantienen el portugués original como idioma y que se prologan con breves explicaciones en castellano, pero que obviamente son una compilación de fuentes que, sin ser especialista, quiero pensar que tienen un valor relevante en lo histórico, pero sobre todo en lo metodológico y pedagógico. Dejar los documentos en portugués también es en sí una declaración de intenciones.

Playas del Atlántico

La siguiente sorpresa lo es menos: la convulsísima Historia de Portugal en los siglos XIX y XX es tremendamente parecida a la española del mismo tiempo, y a la par tiene una serie de puntos significativamente distintos que resultan imprescindibles para comprender las diferencias, también actuales, entre ambos países. Los autores, pienso que adecuadamente, no subrayan diferencias ni paralelismos, pero dada la importancia de España en decisiones que tomaba o podía tomar Portugal, para el lector español al que va dirigido el libro le resultan inevitables. Entre los paralelismos están la guerra civil (del siglo XIX) entre miembros de la familia real por el trono y cómo la incertidumbre del liberalismo les supuso a ambos perder parte importante de sus imperios. Las revoluciones constantes durante el XIX, y la instalación final de regímenes de alternancia/restauración resultan familiares. Entre las diferencias relevantes, el peso de Brasil -que se convirtió en imperio y refugio de parte de la familia real, pero tal vez sea mayor la alianza de Inglaterra con Portugal, que aún persiste legalmente, y que en ciertos momentos parece convertir a Portugal en un estado satélite, pero por otro le permite entrar en el reparto colonial de finales del XIX. En el siglo XX, en ambos casos la alternancia de poder termina traumáticamente con una dictadura, pero la de Salazar en realidad se parece más a la de Primo de Rivera prolongada que a la de Franco. La diferencia esencial del siglo XX -más allá de la participación nefasta de Portugal en la Primera Guerra Mundial- es la Guerra Civil española, lo cual conforma una dictadura distinta en Portugal, que incluso llega a ser estado fundador de la OTAN. Su represión no es tan brutal, pero por otro lado se empecina en mantener unas colonias con una terquedad inútil bajo el argumento de que sin las colonias Portugal perdería su esencia y sería invadida por España. Muy curiosamente, organiza elecciones periódicas siempre amañadas en las que a la oposición se le ocurre participar con ingenua buena voluntad, para acabar luego invariablemente perseguida por el régimen.

El esfuerzo militar fue también muy distinto en ambas dictaduras: el ejército portugués se desangró en guerras coloniales, la influencia de los demás ejércitos de la OTAN ayudó a cierta liberalización de sus ideas, y, finalmente, propició un golpe en realidad llevado adelante por cuadros intermedios en 1974, la Revolución de los Claveles. La figura del militar de ideología izquierdista, cuando no revolucionario, es impensable en España. En Portugal un militar, Ramalho Eanes, fue presidente electo de la República hasta 1986.


La Segunda República Española, dormida, saludada desde Grândola

La ágil lectura del libro, llena de acontecimientos, es intensísima. El poder de los autores para resumir manteniendo tensión y explicando con claridad elementos políticos, sociales y económicos es encomiable. También los detalles, que mencionan si tienen relevancia para detenerse en ellos y llena de detalles reveladores (esa industria pujante portuguesa a finales del XVIII, luego desaparecida, por ejemplo). El resultado es un fresco muy interesante de pulsiones históricas reflejo de los dos siglos retratados, que se lee con premura y mucho gusto, y en que la moderación y la sensatez en el juicio transmiten aplaudibles objetividad y ecuanimidad.

Hipólito de la Torre (vía) y Josep Sánchez (vía)



10 de mayo de 2022

De color rosa

 



Las novelas cortas que publica niños gratis* en su Colección Asterisco parecen tener rasgos comunes: un foco en personajes queer en sentido amplio, una narración basada en sus conflictos personales y sociales, y cierta audacia y ambición literaria por parte de los autores, que en general publican por primera vez un texto de estas dimensiones en la colección.


Power Ranger rosa y con falda

El Power Ranger rosa, escrita por Christo Casas, cumple varias de estas características, atreviéndose a contar en escasas 120 páginas de un formato además bastante pequeño la historia en primera persona de un chico gay que emigra a Berlín y narra tanto su vida allí como la de su abuela, que décadas antes también tuvo que trabajar en Alemania. A la narración de la estancia de ambos, cada uno en su tiempo, en aquel país, se suma la infancia del chico en un pueblo español, y una visita del ya hombre al pueblo para hablar y recoger el testimonio de su abuela, cuya historia ha decidido escribir. Pues bien, todas estas situaciones se van narrando en paralelo y entremezcladas, con precisión que evita la confusión, y con un ritmo de gran agilidad que dibuja literariamente los paralelismos entre diferentes ejes (intergeneracional, urbano-rural, de clase, y de orientación sexual), que abuela y nieto comparten en diferentes grados. Aunque vivamos tiempos en que la narración dramática parece huir de toda linealidad como si fuera veneno, lo cierto es que El Power Ranger rosa alcanza un importante virtuosismo en este reto, que además resuelve con frecuencia con paradojas humorísticas. Entre los diferentes ejes de la historia es obvio que el autor decide añadir una respetuosa emoción en la figura de la abuela, pero un matiz muy relevante está en la franca naturalidad con que presenta la empoderada vida sexual del protagonista, donde lo que serían apuntes transgresores o dramáticos modernos (las apps, las drogas, el sexo con hombres trans) se resuelve con una combinación de frescura y madurez francamente atractivas. Funcionan menos las consideraciones de clase, algo más tópicas, o la narración de la propia aventura de escribir el libro, que habría necesitado más espacio, cuando para esta duración de novela ya hay muchos elementos fuerza incorporados.

Pero a Christo Casas se le vislumbra un talento enorme sobre todo en la primera mitad del libro, un volumen que además es agilísimo y de un calor y ternura que es importante subrayar en tiempos de letras distópicas y nihilistas por doquier. No, esto no significa que sea un libro decididamente optimista o positivo, pero sí dotado de un humanismo próximo tal que dan ganas de dar achuchones tanto a los niños mariquitas insultados en los colegios durante sus infancias queer como a las señoras que emigran sin idiomas ni cultura para un progreso que un mundo cruel les niega.