6 de marzo de 2011

Odiar el capitalismo, ma non troppo


He aprendido mucho con Lucro sucio, un estupendo libro sobre economía, planteado con un punto de vista pedagógico en busca de una estimulante lucha contra los tópicos económicos asociados a las llamadas políticas de derechas o de izquierdas. Para ese aprender posiblemente sea necesario como en mi caso ser un tanto lego en la materia, aunque el libro baja al mundo terrenal y pone ejemplos que cualquiera puede entender porque todo el mundo, obviamente, es parte diaria de esa cosa conocida como Economía.

Lucro sucio quiere desmontar las falacias económicas interesadas que tanto la derecha como la izquierda política han construido alrededor del capitalismo. Dedica 6 capítulos a ‘descubrir, desacreditar y superar las falsas creencias y deducciones falaces de los apóstoles del libre mercado’ y otros 6 a ‘someter con compasión pero incansablemente el duro test de la plausibilidad económica al pensamiento simplista y el ingenuo moralismo de los amigos de la humanidad’. La tesis de Heath parte de los escasos conocimientos que los comunes tenemos de economía, si bien llega a comprender esto ante las confusas recetas que muchos economistas proponen, tantas veces basadas en las ideologías.


Mucha materia tras la fachada de la economía (vía)
Hay capítulos excelentemente desarrollados y muy clarificadores en este libro, como el dedicado a la ‘responsabilidad personal y el riesgo moral’ (¿por qué conducen más rápido quienes tienen un seguro más caro?), o el dedicado a la igualdad salarial (el hecho de que la mayoría de mujeres quiera trabajar en unos sectores concretos fuerza los salarios a la baja, y si se suben los salarios en esos sectores se lanzará el mensaje equivocado de que merece la pena seguir en ese mismo sector). El sencillo modo en que describe cómo los incentivos económicos no siempre funcionan en la dirección que los mercados suponen, o como una sociedad rica y productiva se distingue por crear unos servicios extremadamente caros son dos ejemplos de claridad. A la vista del libro, Heath es un hombre que se sitúa en un virtuoso punto medio que describe mentiras económicas y pone ejemplos de sus aplicaciones desastrosas, y que, aunque vivió y creció pensando en el capitalismo como un sistema injusto y corrupto, ahora piensa que quitárselo de encima podría serlo mucho más. Una conclusión apuntada al final del libro es la inevitabilidad determinista del sistema económico actual, que, incapaz de ser controlado totalmente pero que dejado libre sería un desastre aprovechado por oportunistas, se asemeja en su necesidad, capacidad de supervivencia e inserción social y moral, a Internet (según ejemplo creo que afortunado dado por el propio Heath). El sistema encaja mejor que otros con la condición y psicología humanas, aunque necesite regulación ante lo imprevisible de ésta en su pertinazmente desgraciada búsqueda de su propio bien, sin olvidar la complejidad técnica profunda de una actividad con diferentes formas de organización, con 200 países que legislan con efecto económico de manera diferente en un mundo de economía globalizada, y con la presencia del dinero y las divisas, que desvirtúan el sentido mercantil clásico de la oferta y la demanda y cuya escasez o falta de regulación está presente en todas las crisis cíclicas del sistema. Luego, por supuesto, quedan las explicaciones analíticas en detalle, aquellas en que entrará en conflicto con los economistas de una u otra ideología según los casos: la distribución de riqueza o la subvención generalizada rara vez funcionan como un mecanismo real de garantía de igualdad, pero la eliminación de servicios públicos básicos casi nunca ha supuesto una mayor eficacia de los mismos, pasando por la obviedad de que sólo aumentan los salarios si la unidad económica total (el país) es realmente productiva.


Siempre Forges



Debo reconocer que aunque me ha gustado, el hecho de que este capitalismo, con ese nombre y bajo un esquema que los neoliberales gustan de hacer suyo con orgullo, sea ineludible, me parece algo discutible precisamente por su concepto. Dice Heath en su capítulo titulado Compartir la riqueza. Por qué el capitalismo produce tan pocos capitalistas que ‘el problema es que el capital se gasta demasiado fácilmente’. Y yo me pregunto, ¿acaso esta psicología del gasto inevitable no es consecuencia del sistema? ¿Es una psicología individual, o generada por el sistema del capital? Que este sea dominante puede posiblemente excluir que la educación sea la solución a la pobreza, porque no puedes educar en otra cosa que se salga del modelo capitalista. Eso sí, Heath presenta un capitalismo que admite intervencionismo y flexibilidad amplios, de modo que su reinvención es casi constante gracias a una lucha de fuerzas perpetua, que no es sólo la de los mercados, sino que incluye al estado y sus mecanismos. La respuesta es, entonces, cómo conseguir que el capital no se gaste tan rápido, al menos para asegurar una distribución de riqueza. Es decir, cómo conseguir que el capital no se comporte como lo que es…

Ahora me preguntaría si realmente he aprendido algo, y si el profesor Heath sería indulgente en su examen. No lo sé, tal vez mi lectura se haya escorado hacia un lado. Bueno, intente cada uno la suya, claro.








24 de febrero de 2011

¿Qué fue de los Berglund?



Qué trabajadas me parecen siempre las novelas norteamericanas que aspiran a ser la ‘gran novela’ que supongo que no llegará porque no seremos capaces de reconocerla. Entre los novelistas norteamericanos que a veces leo (que tampoco son necesariamente representativos del total de esa literatura) siempre me encuentro con novelas complejas, con una construcción cuidada al máximo, desarrollos milimétricos, precisión total. Paul Auster puede haber perdido algo de esto creo que a favor de lanzarse a un vacío que en ocasiones parece pereza o sobreproducción. Pero Alice Munro, o Richard Ford, o Jonathan Franzen…

Franzen, que hace diez años escribió ese magnífico título de grandísimo éxito llamado Las correcciones, ha tardado diez años en publicar este Freedom, aún no editado en España. Un título equívoco, precedido de varias polémicas (edición equivocada en Gran Bretaña, declaraciones raritas del autor), que coincide en estilo y pretensiones con Las Correcciones, pero que probablemente, a pesar de sus intensos momentos de placer, habría requerido menos páginas y un trabajo mejor de algunos temas a favor de una mayor empatía con los personajes. Por supuesto, es un texto trabajadísimo, de admirables sintaxis y uso del lenguaje, con una inmensa cantidad de acontecimientos, un uso excelente del tiempo de la narración, y profundamente conectado con las inquietudes de nuestro tiempo, al que aspira a describir/analizar a través de dos personajes principales y cinco ó seis secundarios de gran potencia. La narración es en todo punto coherente, se cierra bien, y deja satisfecho.



América, por Soyignatius

Freedom repite la fórmula de Las correcciones: partiendo de una historia nuclear en una familia norteamericana en vías de desintegración, introduce a los personajes en un contexto conectado con obsesiones sociopolíticas de la década. En los noventa pudieron ser los pelotazos económicos y la caída del comunismo; ahora lo son la guerra de Irak, o el conflicto irresoluble de la energía y el medio ambiente ante el cambio climático. La novela narra la evolución de los Berglund, él marido modélico que trabaja para una fundación para la protección ornitológica financiada por… ¡un magnate del carbón!; ella una ex-jugadora de baloncesto y abnegada ama de casa y madre sobreprotectora. A ambos el hijo les sale más que rana y extremadamente republicano y ambicioso. Figuran además un ex-compañero universitario de los Berglund, músico rock que ayuda a Franzen a dar cabida a las nuevas tecnologías en el texto, una activista medioambiental de origen hindú, o una vecina emo entregada hasta la insania al hijo de los protagonistas. Treinta años de vida se van alternando usando el diario en tercera persona de la mujer y una narración omnisciente general lúcida y un tanto desencantada.

Tal vez es el signo de los tiempos, tal vez la sociedad cuyo derribo ya anunciaba Las correcciones ha llegado. El título es lógicamente metafórico, y la palabra freedom aparece estratégicamente una vez por capítulo para subrayar los errores de unos protagonistas que no evolucionan necesariamente a la la madurez por su libertad para equivocarse. Franzen ha perdido ternura, aunque sepa dar las razones psicológicas de cada personaje. Encuentro menos cercanía, y menos brillantez en varios de los sucesos cómico-dramáticos de la novela, un equilibrio que Las correcciones conseguía milagrosamente, habiendo uno que a pesar de estar narrado con buena tensión, nunca lo aceptaríamos en, por ejemplo, Julio Médem...



Jonathan Franzen, vía Literallife


12 de febrero de 2011

Manns und Buddenbrooks

Bjorn Andresen siempre aparece cuando se buscan imágenes de Thomas Mann

Han pasado 18 años desde que con la (ahora lo creo así) tierna edad de 24 años leí, en un verano de playa de los que la juventud universitaria me permitía, La montaña mágica, de Thomas Mann. Aquel Hans Castorp, personaje de mi edad, era un hombre diletante atrapado en una encrucijada de amor, enfermedad y pensamiento. Mientras él esquiaba por las laderas de los montes de Rorschach, Suiza, yo sudaba la gota gorda del verano en el Mediterráneo. Devoraba las páginas del libro, entendía perfectamente el subtexto homosexual de la historia, y me preocupaba poco por mis escasas posibilidades en el terreno, apenas me permitía un voyeurismo que ya aquel entonces sabía interpretar como espejo del del músico Von Aschenbach en Venecia . Poco imaginaba que la impresión indudablemente duradera de aquella novela me dejaría en la práctica imposibilitado para afrontar otro Mann en tantos años.


Thomas Mann ha conocido recientemente una revisión de su obra en castellano, con nuevas traducciones y la edición de sus cuentos y narraciones cortas menos conocidas . En este tiempo he seguido conociendo noticias de este novelista muerto en 1955, sin duda uno de los más influyentes del siglo XX, cuyo peso intelectual aparece con frecuencia en la historia del siglo, incluso en la de su música (nada extraño siendo el autor de Muerte en Venecia o Doktor Faustus). Algunas de esas noticias eran prosaicas: sus famosos diarios que hace pocos años glosaba Manuel Vicent en El País) revelaban de su puño y letra su ya conocida sexualidad reprimida, no completada, casi se diría que proyectada en sus hijos en cuanto a lo que significaba su anhelo de libertad, y en su literatura en cuanto a su sentido estético.


Años después, en un viaje al mismo lugar del veraneo de mis 24 años, desgraciadamente más corto, he vuelto al mismo novelista, con la que es su primera obra maestra reconocida, escrita a los 25 años, y que supuestamente es una libérrima reconstrucción de la vida de su familia de la alta burguesía de la ciudad de Lübeck. La novela se titula Los Buddenbrook, y fue el primer paso histórico hacia la fama desmedida de Thomas Mann. En ella existen ya los personajes divididos entre una pulsión interior y la representación del escándalo de su imagen exterior; la sublimación estética e intelectual del deseo todavía no me parece clara, pues no encuentro subtexto. La capacidad para llevar a una novela río la comprensión íntima de toda una época, sin embargo, sí está presente. La historia es la de una rica familia en tres generaciones que se va cerrando en sí misma poco a poco hasta acabar su descendencia, como una monarquía cosanguínea y decadente.


Desde el verano hasta ahora, he visto la fallida pero muy curiosa serie de televisión Los Mann, rodada en alemán con Armin Müller-Stahl, Monica Bleibtreu y Sebastian Koch (el estupendo protagonista de las aún más estupendas El libro negro y La vida de los otros). Los Mann parte de e incluye documentos audiovisuales varios: grabaciones realizadas a Thomas Mann, fotografías, entrevistas grabadas a su mujer o a sus hijos Erika o Golo, y, sobre todo, una entrevista larga realizada a Elizabeth Mann-Borgese, la hija pequeña aún viva cuando se rodó la serie en 2001, y con la que el realizador visitaba varios de los lugares clave de la vida de la familia Mann, incluyendo algunos en los que la misma Elizabeth no había llegado a estar. Pero… en efecto, he dicho ‘serie’, para que se entendiera ‘serie de ficción’ y no ‘documental’. En Los Mann, allí donde el documento no alcanza, el director Heinrich Breloer ficciona representando con los actores las diferentes escenas recordadas. La sensación es extraña, en cierto modo algo fría. Al plantearse hablar de los Mann, mítica familia de escritores con semejante peso en la novelística alemana, parece imprescindible usar un material documental de tan alto valor. Pero al montar en paralelo imágenes de actores para aquello que no existe en archivo (y que es sobre todo vida doméstica), se produce distanciamiento y la posibilidad de emocionarse con los personajes ‘de ficción’ es menor, fomentándose el comentario puramente técnico: qué parecido el de los actores, qué buena dirección de producción, etc…

Erika Mann (Sophie Rois) y Klaus Mann (Sebastian Koch) rodean a una amiga
Aún así, la serie sirve como caudal informativo de la psicología de Thomas Mann y esos hijos educados a la sombra de un genio de peso enorme. En su casa no faltó libertad ni educación, pero sí el cariño último de un padre reprimido. Que tres hijos fueran homosexuales (bastante menos reprimidos, por cierto), tres fueran artistas y dos se suicidaran, conforma una leyenda folletinesca en la que la serie se detiene sin amarillear la historia. Pero, por así decir, el posible triunfo de la serie puede estar en haberse imbuido de la fría ejecución de la mismísima literatura de Thomas Mann. Sus cuadernos y cuitas personales son, por ello, parte central de la serie, aunque, sin embargo, no se explican las claves que le formaron como autor de sus novelas, como si en vez de explicar al mayor escritor de la saga, la serie prefiriera conocer los motivos íntimos de todos aquellos que fueron como fueron por influencia de Thomas Mann.
Armin Müller-Stahl interpreta a Thomas Mann. En la foto, con la verdadera Elizabeth Mann-Borgese
Hace cinco años, en Berlín, visité el Schwules Museum , único de su tipo en aquel entonces en el mundo, que, aprovechando el quincuagésimo aniversario de la muerte de Thomas Mann, programó una exposición sobre él, su familia, sus obras y sus adaptaciones al cine, con obvia preferencia por Muerte en Venecia, la película de Luchino Visconti con Dirk Bogarde. No sé qué habría pensado Thomas Mann de los tiempos actuales, en los que en su país y continente su condición no sería tan problemática. Creo íntimamente que sin duda su literatura sería muy diferente, dado el aliento de la supresión emocional en sus personajes, que parece obvio reflejo de la suya propia, tan armarizada. Los Mann recoge cómo los cuadernos de los diarios de Thomas Mann absorben el erotismo barato de sus ensoñaciones con los jóvenes, hijos de amigos de la familia o hermosos camareros de hotel. Pero nada de dolor o emoción por los múltiples problemas de casi todos sus hijos. Rodear de continuo su cuestión íntima principal dio lugar en este autor a páginas maravillosas, en las que un caudal cultural inmenso se cruzaba con la gran lucidez analítica de una observación minuciosa de la psicología humana, para resultar en una maestría lírica que su asombrosa capacidad de estructura novelística lleva a una cima.

No he sido, sin embargo, capaz de disfrutar de Los Buddenbrook. Tal vez el recuerdo de La Montaña Mágica, tal vez el hecho de que las sagas familiares hayan sido tan desgastadas como género por este siglo sobreexplotador de ficciones, me han alejado de ella, aunque la lectura fuera voraz. Hay momentos en los que me apetecía aplaudir por la perfección de la construcción, pero otros resultaban reiterativos o innecesarios, menos conseguidos tal vez, en el intento de desmitificar las glorias de una familia de apariencias más grandes que sus realidades.











29 de enero de 2011

Paisaje con hombres y aves


¡Qué solo me ha dejado el final abrupto del Diario de un cazador, la siguiente novela de Miguel Delibes con la que continúo la tarea de completar su obra principal tras su muerte hace unos meses!

No es del todo sencillo acostumbrarse al devenir y a las palabras de Lorenzo, el modesto bedel de instituto que escribe un diario en que además de hablar de su trabajo, de los avances con la chica que le gusta, o de su familia y amigos y sus vicisitudes, relata con esmero y cariño de apasionado su afición por la caza. No es fácil por mi parte porque ni aprecio la caza como actividad ni niego que por ello psicológicamente haya negado la posibilidad de leer este libro durante años, aunque supiera bien que 1955 no es 1995, por ejemplo en ninguna parte del mundo. Pero el libro, en mi opinión y para subrayar mi esperable error, no debe leerse dogmáticamente como si fuera una apología de la actividad cinegética, puesto que no lo es. Para las reseñas, la caza es el sueño e ilusión de liberación de un hombre nacido en un entorno y momento opresivos, que se traducen en problemas continuos en sus relaciones laborales, familiares y sentimentales. Pero yo discrepo, la caza no deja de ser otra lucha (pero no contra los animales), pues Lorenzo no entiende esta afición del mismo modo que varios de sus amigos cazadores, lo que en ocasiones supera el enfrentamiento dialéctico, y llega a conflictos morales con consecuencias. Lorenzo es un hombre sencillo y sin formación que se busca la vida y racionaliza con justicia los conflictos a su alrededor, siempre en la medida que las estrecheces se lo permiten. Si trasciende, y con él lo hace Delibes, es por no caer en tremendismo o desesperación, siendo la caza, sus preparativos, lugares, avatares, estilos y periodos los motivos de superación a los que el envolvente lenguaje acaba también por incorporar al lector.


Como es frecuente en Delibes, la grandeza de adoptar el idioma ‘ajeno’ (en este caso el de un hombre común que escribe para sí mismo, al que su trabajo permite apreciar el valor de expresarse lo mejor posible), se combina con un lenguaje que en parte hemos olvidado y cuya sencilla sonoridad me emociona como reflejo no ya de un idioma rico y ‘antiguo’, sino como de una vida con aspectos por otro lado superados (¡y menos mal!). El diario me trae palabras de infancia y juventud, las que mi padre, castellano viejo, solía decir antes mucho más que ahora. Párrafos fascinantes como el que cierra esta entrada lo corroboran. Y demuestran cómo Delibes mira de frente a su personaje y le trata de igual a igual. Aunque, en efecto, el lector actual pueda encontrar una barrera en este lenguaje de otra sociedad y época, por mucho que seamos sus hijos, además de los obviamente presentes términos de caza, a veces técnicos, a veces recuerdo de otros tiempos.

No leer este Diario de un cazador también me frenó la lectura de los dos siguientes, el Diario de un emigrante y el Diario de un jubilado, que serán los siguientes libros de Delibes que ahora sí lea. De este modo me reintegraré a la vida de Lorenzo, que me ha echado de ella en un momento de pudorosa superación que reúne, en magnífica elipsis, varios años –creo- de vida.

Cuando se largaron me despaché a mi gusto con Aquilino. No tengo pepita en la lengua y por primera providencia le dije que me había empatado, ya que me prometió que la Jabalí [*] sería mía por cuatro cuartos. Él me preguntó por el dinero que llevaba y le dije lealmente que quinientas. El cipote se echó a reir y me salió con que qué quería hacer con esa miseria. ¡No te giba! Ya le dije que no lo echase a barato, porque me había hecho la santísima. Él se atocinó y se puso a voces, que lo que no podía hacer era colocar un guardia a la puerta, y que yo había visto lo mismo que él, que el individuo ese vino por ella por derecho. Le dije lealmente que en ese plan no podíamos entendernos. El tío cambió de tono y me salió con que si no me iba esquinado con él y que cómo estaba la madre. Labia no le falta al marrajo, pero lo cierto es que me ha hecho la tana. Mejor le pintaría si no se le fuera toda la fuerza por la boca. En vista del éxito me haré un traje con los cuartos de la Jabalí.

[*] nombre de una escopeta a subasta


Foto de Miguel Delibes escopeta al hombro realizada por Chema Conesa


17 de enero de 2011

La casa (grande) de mi padre


Una lectura superficial de Bilbao-New York-Bilbao, el libro con que Kirmen Uribe ganó el Premio Nacional de Narrativa en 2009, rendiría un texto sentimental, incluso algo blandito si se quiere. Algo que curiosamente también sucedía con el aún más sorprendente mismo premio que recibió la anterior novela escrita en euskera que lo ganó: Un tranvía en SP, de Unai Elorriaga (2002). Uribe y Elorriaga pertenecen a la misma generación (a saber qué nombre les dará la historia), ambos escriben en euskera, y son escritores que representan una renovación frente a los anteriores narradores vascos más reconocidos (Saizarbitoria, Atxaga, Lertxundi).

Para salir de Bilbao por barco (vía lalitaporfavor)
Sin embargo, yo creo que en el caso de Bilbao-New York-Bilbao, no estamos ante un libro sentimentaloide o que busque la emoción fácil. Creo que para bien o para mal, la visión y capacidad poéticas de un autor con atención delicada al detalle, anterior poeta, y procedente de una tradición literaria oral, inundan el libro. Kirmen Uribe explica desde el principio que intenta hacer literatura sencilla y clara; quiere contar la historia de tres generaciones de su familia, pero no lo hace al modo de las sagas literarias sino de forma fragmentaria, explicando al lector a la vez que (aparentemente) a sí mismo cómo ha conseguido los materiales, con qué familiares y amigos tuvo que hablar, y cuáles son los documentos históricos de interés. La fragmentación y la búsqueda de sencillez llevan posiblemente a resumir y centrar con buena economía una historia ya mil veces contada. Uribe integra también con maestría en el relato vida familiar y circunstancias políticas y sociales, sin atisbos de denuncia ni interés demagógico en ello, reflejando en su mesura mayor calado descriptivo. Estos son los logros, a los que cabe añadir por mi parte el reconocimiento sentimental pero bien llevado de lugares que obviamente puede compartir cualquier lector vizcaíno con Uribe (y no es tanta tontería como parece: el propio Uribe diserta sobre la necesidad de tradición literaria en euskera, y, trasponiéndolo, es obvio que a un lector barcelonés o madrileño le es mucho más sencillo –y por ello tiene más superado- encontrar literatura tanto moderna como tradicional en que encajar geográfica e históricamente con precisión sus propias vida y familia).

El cielo sobre Bilbao (vía :Beebop:)
¿Acaso hay cosas que no son logros? Algunas, sí, que creo que proceden del origen poético del autor. Cierta tendencia a explicar imágenes de gran expresividad, que posiblemente aclaran la fuerza de las metáforas que plantea a la vez que subraya innecesariamente. Algo de sumisión mecánica al paralelismo de su viaje en avión a NYC con las travesías pesqueras de sus antepasados. Y poca fuerza en varios personajes secundarios, tal vez demasiados para un libro de apenas 200 páginas.

En cualquier caso, el resultado es un libro bonito donde sentir y aprender un pedazo de historia y cultura vascas de modo emotivo, pero también resulta un texto esperanzador como voz personal que pretende experimentar en la autoficción tan de moda, sumarse a las corrientes literarias internacionales, no sólo sin perder unas raíces que dan sentido a su literatura, sino descubriendo la conexión vital entre esa tradición y la supuesta (post)modernidad. El poema final, sencillo como los de la poeta polaca Wislawa Szymborska, a quien Uribe tanto admira, es un final lúcido, estupendo, y pleno de conocimiento.

Kirmen, que conferencias mucho en los EE.UU. (vía sientemag)







2 de enero de 2011

La sabiduría del loco


Hace 17 años, cuando aún estudiaba ciencia y me fascinaba cómo describir el mundo mediante ecuaciones, bien exclusivamente empíricas, bien ajustadas a modelos teóricos, un compañero de doctorado me pasó una edición del Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein. Aunque tenía en mi maleta muchos menos libros que a estas alturas del viaje (o tal vez por eso), fui capaz de entender bastante bien el libro, e incluso recuerdo haber escrito varios folios sobre las ideas en él recogidas. Se produjo en cierto modo uno de esos momentos mágicos respecto a la comprensión del mundo que a veces depara la ciencia, o, en este caso, la lógica.

Ahora, al recuperar el libro al adquirir una nueva edición, he vuelto a leer el Tractatus, en parte por la lectura reciente de Logicomix), donde Wittgenstein es personaje importante y el Tractatus una obra esencial, y en parte por comprobar el engranaje de mi cerebro ante un reto intelectual que en el pasado creí superar con éxito. Desgraciadamente, no he encontrado aquellas páginas en las que podía haber comparado cómo ha pasado el tiempo por mis neuronas. O si mi lectura e interpretación del texto fueron resultado más del entusiasmo juvenil que de la reflexión serena. A fin de cuentas, el loco Wittgenstein también era febrilmente joven al escribirlo, y tal vez sin fiebre juvenil el libro es otro. Él mismo acabó rechazándolo por dogmático e incompleto en su madurez.


¿Cuál ha sido el resultado del experimento? Una lectura menos febril, aunque más rápida. Menos febril porque decidí no pararme en cada afirmación del autor, que organiza el texto siguiendo un desarrollo de sentencias que va relacionando mediante indexación, pero más rápida por la misma razón. Menos atenta al detalle de la noción lógica en la descripción del mundo, por tenerla más olvidada, pero menos militante en sentencias y artes más gratuitas, como toda la referida al misterioso mundo místicorreligioso del que no podemos hablar.

Pero, por raro que parezca, lo peculiarmente atractivo que he encontrado en las dos lecturas de este libro es un inesperado aliento poético. Inesperado porque esto es lenguaje de la ciencia, descripción de la matemática con que explicar el mundo. Pero explicable en cuanto Wittgenstein proclama que es el lenguaje y su obligada imperfección el origen de los males de las discusiones filosóficas, conjunto de tautologías que enredan a los sabios por no disponer de un modelo de comunicación mejor estructurado. Ese modelo debiera ser la lógica, pero al no poder aplicarlo a lo que está fuera del mundo, a lo no describible, deja sin soporte a las disciplinas no enmarcables en la lógica. Las creativas, por ejemplo.

Que las imperfecciones lingüísticas nos lleven a la confusión de pensamientos es, perdonen la boutade, una idea que comparte perfectamente el aliento poético del hombre, o, por extensión, el hecho de que la vida sea, como decía Oscar Wilde, deseo de expresión. Wittgenstein sufriría al saber que su idea porporciona felicidad por la belleza que supone, la de la connotación, la de la metáfora. Dudo por ello que el Tractatus proponga realmente el mejor modelo para comprender al hombre y al mundo, pero sin embargo, en toda su lógica, lo intuye mejor que nadie.




Un pingüino de Randy Glasbergen en pleno problema lógico filosófico


20 de diciembre de 2010

El gran salto



Construir una novela de obsesiones literarias a partir de la repetición de tres o cuatro lugares comunes es un ejercicio de desfachatez que sólo puede resolverse con gran maestría. Enrique Vila-Matas en Dublinesca la alcanza por momentos, gracias a esa capacidad metaliteraria para la asociación de imágenes y palabras. Pero, también es cierto, que debe controlar el tamaño de sus ‘juguetes’, para que el juego no aburra. De todo hay en Dublinesca, la historia de Riba, un editor jubilado que cree ser el último editor puro de la que denomina ‘galaxia Gutenberg’, a la que quiere simbólicamente enterrar en un Bloomsday a celebrar con varios amigos editores en Dublín. La galaxia Gutenberg es un feliz término acuñado por Marshall McLuhan que hoy en día da nombre a una editorial barcelonesa vinculada al Círculo de Lectores.



Siempre te encuentras con gente a la que no te esperas para nada

Al anochecer siempre queremos tener a alguien cerca
¡Nada importante se hizo sin entusiasmo!

Estas tres frases son los principales lugares comunes que VM repite y reparte en la historia de Riba (tan aplicables a la psicología personal como a la gestión de recursos humanos de una empresa). El escritor despliega su consabido juego de referencias, pero el resultado, con usar mimbres parecidos, es mucho menos fresco que en París no se acaba nunca. Curiosamente, Riba (que admite en un momento de la novela que no quiere ser protagonista de episodios novelescos), repite de continuo la necesidad de dar un ‘salto inglés’, pasar de la literatura francesa a la anglosajona, de Rimbaud y Proust a Joyce y Beckett, del París de Duras y Hemingway al Dublín de Wilde y Stoker. El mismo salto que obviamente da VM de París no se acaba nunca a Dublinesca tal vez sufra por varios motivos. Las peripecias nostálgicas del joven de París no son tan sostenibles en comedia como el crepúsculo de un editor símbolo de tiempos a punto de olvidarse. También parece que VM ‘respeta’ o, incluso, le produce más extrañamiento la severidad religiosa y existencial de los grandes autores irlandeses frente a la cercanía paródica que le suponen los autores franceses y su deliciosa impostura. Tampoco las épocas de cada novela son las mismas, de los esperanzados sesenta a esta década desencantada… Finalmente, el propio VM busca un tono sombrío, pues la lluvia constante y el perseguido ambiente apocalíptico no cesan en la historia, con su parábola obvia permanente a lo largo del texto. Así, un libro que empieza fascinante en sus previsiones y pretensiones, consigue ponerse algo pesado al llegar a su clímax en Dublín, con su largo Bloomsday y su epílogo vacacional; la lectura, no obstante, puede seguirse como si el lector estuviera en un baile de fantasmas que habitan en la mente de Riba, y dejarse fluir los sentidos en un curioso duermevela. El registro de VM es el habitual: literario, autorreferencial, y homenajeador de héroes literarios a través de la ironía. VM ha hecho un arte de sus lecturas y su ‘aprendizaje’ literario, pero no siempre le sale perfecto.

Enrique Vila-Matas, en foto de su propia website