17 de junio de 2009

Tiempo de enciclopedias



Ya que todos los usuarios mortales de Internet tiramos de Wikipedia cuando se trata de contrastar o documentar lo que queremos escribir, hablar de la enciclopedia histórica de referencia me tienta especialmente a NO buscar esa wikientrada, tal vez por el gusto de imaginar paralelismos que seguramente no existan.

"ENCYCLOPÉDIE: Esta palabra significa concatenación de áreas de saber, y se compone de la preposición griega en y los sustantivos círculo y saber. El objetivo de una Encylopédie es reunir todo el saber disperso en la superficie de la tierra, para describir el sistema general a las personas con quienes vivimos, y transmitirlo a aquellas que vendrán después de nosotros para que el trabajo de los siglos pasados no sea inútil para los siglos futuros, y que nuestros descendientes, haciéndose más ilustrados, puedan ser más virtuosos y más felices, de manera que no muramos sin haber merecido ser parte de la raza humana."
(Entrada "Enciclopedia" en la Encyclopédie de Diderot, D'Alembert y de Jaucourt)


Toda revolución que se precie parte de un trabajo intelectual. Como sucesos históricos, las revoluciones tienen causas más profundas que los acontecimientos inmediatos que las preceden, y no cabe pensar que una revolución en realidad no ha sido anunciada, prevista, pensada. Encyclopédie (El triunfo de la razón en tiempos irracionales), escrito por Philipp Blom en 2004 y editado por Anagrama en castellano en 2007, habla del gran esfuerzo intelectual previo a la Revolución Francesa, la llamada Enciclopedia o Diccionario Razonado de las Ciencias, las Artes y los Oficios. Fue escrita y defendida por personas que no hicieron la Revolución (y que seguramente nunca la quisieron, y que además fueron perseguidos por ella), y su esfuerzo se enfrentó a todo poder presente en la época. Y, sin embargo, sobrevivieron a la cárcel, a la censura, a la infamia y a la persecución. Encyclopédie lo cuenta y es un libro estupendo porque convierte en relato de interés novelesco la vida de un gran acontecimiento: su origen, concepción, el soporte económico y el crédito sobre los libros a publicar que lo sustentó, su ejecución a la luz pública y/o en la clandestinidad, y todos los hechos que la rodearon en la Francia del dieciocho. Blom bucea en los hombres y mujeres (pocas, pero esenciales) que llevaron a cabo y apoyaron el proyecto, sabiendo que la influencia mezclada de sus vidas y necesidades, su potencia intelectual y sus grandezas idealistas fueron el cultivo que usando herramientas como la inteligencia, el raciocinio, la indispensable alegría de vivir, la perseverancia sin remedio, y, por qué no, la necesidad de dinero de los autores, dio lugar a una obra de ambiciones y resultados desmesurados.





Los enciclopedistas vaticinaban la Revolución en una característica que los unía a casi todos: eran ateos (con gozo, diría yo) en un momento en que serlo era peligroso. Su ateísmo está en la obra, pero tenían que disfrazarlo por la oposición de la Iglesia (por supuesto) al proyecto. ¿Y a dónde lleva esta falta de creencias? Pues nada menos que a

- la propagación de conocimiento científico que suponía un progreso técnico (ahora todos los artesanos sabían lo que se hacía en otros sitios en su oficio) cuya consecuencia final era la mejora de condiciones de vida y trabajo, y las posibilidades de desarrollo personal y económico de las clases medias.
- la descripción de artes y oficios de manera exhaustiva, con textos y gráficos detalladísimos, posiblemente más idealizadamente pulcros que naturalistas, pero en cualquier caso realistas en la descripción, y de una ejecución perfeccionista y exigente en gran grado. Esto, que parece una tontería, es subrayado por Blom como profundamente significativo: esta gran enciclopedia, este proyecto que daba fama mundial a Francia y sus elites, no tenía interés en centrarse en los grandes hechos históricos, en figuras divinas como reyes y emperadores, o en los personajes religiosos fundamentales.
- una ambición antropocéntrica desmedida, queriendo abarcar la ciencia y la verdad de un modo racional y humano, lo que es contrario a la visión dominante en la cosmogonia cristiana de aquel tiempo: un hombre común domeñado por pasiones y pecados, y nunca uncido por la divinidad real o aristocrática ni por el conocimiento verdadero
- un primer caso de superviencia de un proyecto cultural por causas puramente económicas, ya que incluso aunque gobierno y clero prohibieron la publicación de más de la mitad de los volúmenes, estos generaban tales ventas e ingresos económicos en Francia y en el extranjero, que el cierre de la producción hubiese supuesto una debacle económica. Los enciclopedistas podían tener cierto amor a la empresa en que participaban, pero los editores y libreros que sostenían el proyecto tenían también motivos crematísticos muy mundanos. La rica burguesía impuso sus intereses a las clases más altas, usando para ello a los intelectuales. Todo un resumen en sí de la misma Revolución.

Denis Diderot, sin peluca y envejecido
Los grandes conceptos que desarrollaron estos hombres sucedieron a la par de las ambiciones literarias frustradas y los problemas de pareja de Denis Diderot, la ambición científica y el orgullo traidor de Jean D’Alembert, las incontinencias urinarias de Jean Jacques Rousseau, o la distante superioridad arrogante de Voltaire; todas ellas parecen pasiones vulgares en una empresa grande, pero no hay obra humana que por definición no sea hija de las miserias de sus autores. Relatar estas vidas biografiadas junto al paso histórico del cambio de épocas en lo social y lo político, y el regusto de leer viejos artículos científicos y sociales que debían contar una verdad racional en un ambiente hostil, con su interpretación en el tiempo histórico y al día de hoy, es el logro placentero y cercano de un libro para disfrutar y aprender.

“MÉTIER: éste es el nombre que se da a aquellas ocupaciones que requieren el uso de las manos y que se limitan a cierto número de operaciones mecánicas, todas las cuales tienen el mismo objetivo, y que el trabajador repite continuamente. Ignoro por qué se piensa que esta palabra tiene un sentido peyorativo; debemos a los oficios todos los objetos que nos son necesarios en la vida. Quienes se tomen el trabajo de visitar los talleres encontrarán en toda spartes utilizad y buen sentido. En la Antigüedad, a los que inventaron oficios se les hizo dioses; pero los siglos posteriores han arrojado al barro a quienes perfeccionaron estos logros. Dejo a quienes tienen sentido de la justicia la tarea de determinar si es la razón, o son los prejuicios, lo que nos lleva a pensar tan poco en personas tan esenciales para nosotros. El poeta, el filósofo, el orador, el ministro, el soldado, el héroe… estarían todos desnudos y hambriento sin el artesano al que todos desprecian.”
(Entrada "Oficio" en la Encyclopédie de Diderot, D'Alembert y de Jaucourt)


3 de junio de 2009

La soledad después de Berlín


¿Recuerdan lo que en su día comenté de David Leavitt? Vale, no lo recuerdan… bueno, tal vez… ¡¡ni siquiera lo leyeron!!

(((dejen que me recupere del fiasco)))

Bien. Allí comentaba cositas de literatura (de subgénero) gay y como David Leavitt era prácticamente pionero en una presentación normalizada (pero bien escrita, con interés literario general) de la cuestión. Bueno, pues aquí está uno de los posibles precursores, especialmente en la novela que nos ocupa, Un hombre soltero. El autor es Christopher Isherwood, un hombre conocido y mitificado por ser el autor original de los relatos que dieron lugar a Cabaret, el musical, y, posteriormente, Cabaret, la película, y que se encuentran recogidos principalmente en la novela Adiós a Berlín.



Póster de Cabaret en Polonia, via Cinemaposter

Los escritores británicos homosexuales son legión (a ver, sin pensar mucho, se ha dicho o sabido de Byron, Bacon, Marlowe…). No sólo cuentan con el santo oficial de la causa (Oscar Wilde) sino que incluso se especula que el gran maestro de su literatura (Shakespeare) lo fue, y ello no sin fundamento. Pero haber estado fuera del armario en el siglo XX, tras la muerte de Wilde en 1900, no era cosa fácil (Forster, Woolf, Lawrence, Coward…). Isherwood lo estaba, pero no en su país, sino que escogió para ello el Berlín de la República de Weimar, un espacio legendario de libertades que sublimaban el fracaso de Versalles hasta ser revisionadas hacia la perversión racial por la llegada del nazismo. Y de allí se marchó para convertirse a partir de 1939 en un forastero aún mayor en California, experiencia de la que surge Un hombre soltero.



Edición inglesa del libro, via Fantastic Fiction

Un hombre soltero es la cálida historia de George, un inglés cincuentón profesor de literatura en California, que en una jornada muy amplia divide su vida cotidiana en cuatro episodios punteados de continuo por el recuerdo de Jim, su pareja, con el que vivía y que acaba de morir en un accidente. Su estructura es un repaso por algunos de los episodios del armario llevados con humor y dosis de cierta desesperanza crepuscular. George se despierta, y en su casa todo le recuerda a Jim, aunque su terreno apartado indique lo alejado que se encuentra en realidad de sus vecinos, que le miran por encima del hombro. En la universidad, disfruta de sus clases, de la conversación y las caras de sus alumnos, más o menos bellos, y sus libros. La tarde la pasa con su ‘amiga de toda la vida’, siempre enamorada en secreto y que todo le confiesa. Pero a la noche, al querer olvidar e ir a un bar, se encuentra con su alumno favorito, que le propone ir a nadar de noche y…
California e Isherwood recuerdan a David Hockney, y su Peter getting out of Nick's pool, obtenido via la Walker Art Gallery y los museos de Liverpool
Este libro tiene más de cuarenta años pero mantiene un punto de vista muy actual en lo personal pero que en lo sociopolítico resulta muy pre-Stonewall, para entendernos. El marica maduro está convencido y hasta feliz de serlo, se protege de la problemática social que eso le supondría con la discreción debida a un tiempo hipócrita, pero lo suyo no es un secreto para amigos y vecinos (y, posiblemente, alumnos), y su actitud y pensamiento, que uno atreve a intuir que son los del propio autor en su madurez, son cálidos, solidarios, positivos, germinales de visibilidad aún no posible sin sufrimiento personal extremo.
Todo ello respecto a la cuestión homo, claro, porque en lo literario Isherwood usa costumbrismo y reflexión personal enfrentando a un hombre solo (‘single’ en el buscadamente equívoco título en inglés de la novela) a una sociedad en la que no tiene asideros: británico en California, viejo entre jóvenes alumnos, homosexual entre heterosexuales alfa. Claro que todo ello lo consigue sin forzar drama alguno, y con capacidad de observación sobre la madurez intelectual enfrentada a las pasiones tardías que es muy disfrutable.
Mira por donde Hockney precisamente retrató a Isherwood y pareja (via Art in the Picture)
Esta edición se completa con una entrevista al autor realizada en 1973, en la que critica el desdibujo sexual del personaje de Michael York en Cabaret, y da su personal visión de la feliz vida homosexual que pudo llevar, algo que en su tiempo requirió voluntad, honestidad, mucha alegría vital, y, posiblemente, una pureza ingenua que uno aprecia en sus personajes, bien sea Sally Bowles o este George, por baqueteados que estén.

Christopher no tenía las dudas de Michael... (via Get Back)
Se la recomiendo mucho a todos, y, tras anunciarles que la película (dirige Tom Ford, interpretan Colin Firth, Julianne Moore y Matthew Goode) está a puntito de llegar, les dejo con un apunte del autor, un profesor de literatura, sobre su relación con los libros. Este blog, dedicado a una relación emocional con los libros, no podía obviarla:

Los libros no han hecho a George más noble, mejor ni más sabio. Es solo que le gusta escuchar sus voces, unas u otras, según su estado de ánimo. Se aprovecha de ellos de manera impía –aunque en público habla de ellos con el mayor respeto- para inducir el sueño, para ahuyentar de su mente las agujas del reloj, para aliviar la roedura de su espasmo pilórico, para superar con sus chismes la melancolía, para liberar los reflejos condicionados de su colon.

24 de mayo de 2009

Arte que no permanecerá (y epílogo)


Bilbao tiene una edición bienal de un concurso de jardinería. Bueno, mejor dicho, ha habido dos ediciones, y la segunda, que tiene lugar ahorita mismo, sucede dos años después de la primera, Que se sepa, este es el único concurso mundial de jardinería que sucede en un entorno urbano, afirmación altamente bilbaina pero más agradable que los últimos excesos ciudadanos que hemos vivido en este colorido mayo. En dos meses, todos estos jardines efímeros desaparecerán, y se irán con la primavera, a la cual podemos considerar, horteramente, la verdadera belleza que no permanece. Arriba tenemos una piscina en la plaza de Indautxu. El nadador arranca flores allá donde posa algo de su cuerpo. Abajo tenemos aparentemente menos vida, pero el campo de varios centenares de cactos junto al Museo de Bellas Artes, que a mí me parece un paisaje por momentos lunático, es espectacular.

La siguiente foto corresponde al jardín instalado en el terreno del Palacio Ibaigane, la sede del Athletic de Bilbao en Alameda Mazarredo. Se trataba de un pasillo con aprovechamiento de diferentes elementos de construcción o industriales para exhibir vegetales varios. Las cañerías usadas como macetas me parecieron muy adecuadas para fotografiarlas junto a las torres de Isozaki del paseo de Abandoibarra. No habría rascacielos sin estupendas cañerías, por supuesto (perdonen el subrayado).


Hay un total de 27 jardines repartidos por la ciudad, 23 de ellos a concurso y 4 obra de autores invitados, entre otros Antonio Gala o Agustín Ibarrola. Así que paseando por cualquier barrio es posible encontrarse alguno, y por el centro, las posibilidades son muchas. La mayoría están pensados para que el público interaccione con ellos, y dan también a los niños la posibilidad de jugar entre flores. Así, abajo tenemos uno junto al Parque de Doña Casilda, cerca de la plaza de Ramón Basterra. El terreno montañoso de color cal es casi esponjoso, y los niños juegan en él. Les rodean hermosas flores que en mi burda urbanidad no sé distinguir. Las posibilidades de encuadre son magníficas.


Termino esta serie fotográfica con la propuesta 'fuera de sección oficial' de Agustín Ibarrola, situado en la Plaza del Ayuntamiento y junto a la Variante ovoide de la desocupación de la esfera, la obra de Jorge Oteiza. Este jardín lo componen un conjunto de espigados paraguas que a modo de champiñones salen de la tierra verde en periodo de lluvia.
La primavera está siendo lluviosa en Bilbao


Más información en la página del ayuntamiento.




15 de mayo de 2009

Arte que no permanecerá (coda)


El patio de la recaudación de la renta de Bilbao, que antes fuera El patio de la recaudación de la renta de Venecia, porque antes se expuso en la Bienal de Venecia y ahora se expone en el Museo Guggenheim de Bilbao, es una obra de Cai Guo Quiang.

Los recaudadores de impuestos, tranquilos funcionarios que se refugian en feroces guardias armados, recaudan un arroz efímero de las cosechas a los agricultores explotados. La instalación se construye y destruye durante la exposición, y sus lecturas son múltiples y metafóricas.

Las estatuas están hechas de barro mal secado, que se ha agrietado al perder agua, y que va quedando poco a poco en su estructura: perchas, y bastidores metálicos y de madera. Varias de las estructuras, además, están aún en construcción. El artista sabe que su obra va a desaparecer y además quiere que desaparezca, se destruya, caiga a la nada. ¿La lectura política? Tal vez que la represión se destruye a sí misma, víctima de su propio peso, exceso, gravedad. La lectura económica podría ser nihilista o anarquista: no hay futuro para un sistema de producción que se devora a sí mismo por existir tal y como es, sólo en su ausencia futura por su destrucción existe una verdad. La lectura artística puede ser la más ambiciosa: ¿qué queda? ¿qué permanece? Aún cuando la ambición y vanidad de artistas sean máximas, las obras de arte no cambiarán el mundo porque el mundo, antes, lo devora todo, hasta esta belleza inútil…


La exposición estará hasta principios de septiembre en el museo. La he visitado ya tres veces, pero de sus instalaciones (muchas de ellas alrededor de lo imperdurable, de lo caduco, de lo efímero), la que más impactado me deja siempre es De frente. O Head On. Las fotos no hacen justicia, y esta que pongo, sacada como las demás de esta entrada de la web del museo, no es excepción.

99 lobos en círculo eterno lanzándose contra un muro. 99, feroces, valientes y convencidos, incapaces de ver que rebotarán contra una pared, y en eterno rebote sin remedio están atrapados. 99, capaces de volar en esta sinrazón, tan motivados están, en la que ninguno es guía en un camino claro, evidente e inflexible. Sus bocas abiertas, sus ojos decididos, sus colas enhiestas, su ánimo indestructible. Son 99, jóvenes lobeznos, héroes de la idea, que se persiguen, se olisquean, se tropiezan en su ideal con retorno.No piensan, sus huellas lo devoran todo, 99 fieras detrás de un imposible, sin ojos para el mundo. Súmate a ellos, estarás protegido, serás feliz.



5 de mayo de 2009

Arte que no permanecerá


No he conocido a Banksy sino por los libros que veo en las librerías; en concreto, en las de gran consumo que son cadena. No sabía si era exactamente una persona, un colectivo, o acaso otro fraude postmoderno.

El caso es que un libro, Wall and Piece, de-venta-en-librerías, cuyo autor es aparentemente Banksy, quien parece un simple artista del graffiti y otras formas de arte plástico callejero. Bueno, no tan simple. Banksy se ha expresado hasta ahora en la calle, colgando cuadros falsos en grandes museos del mundo, mediante este libro que hoy menciono, o en Internet. Su web, como podéis ver, recoge mucha obra que es también la que puede disfrutarse en el libro. ¿Y qué dice Wikipedia? Esto. Que también expone, y que sus obras han llegado a venderse e incluso su permanencia en las paredes de una ciudad ha sido votada por los ciudadanos.


Banksy hace reflexiones demasiado interesantes en su obra como para que la sociedad biempensante y aburguesada que consume arte le despreciara como simple ejecutor de vandalismo. Podrán ser tartufos, pero no son tontos como para ver que su obra gráfica contiene un humor subversivo e irónico (tanto por la temática como por la colocación, ya que la elección del espacio rara vez es inocente o al menos inintencionada), y un potencial estético considerable. En cierto modo, Banksy pretende devolver el arte y la calle a los desfavorecidos, y, como defensor del graffiti como epítome de lo público en la creación artística, lo encumbra como el arte más democrático (que no necesita entrada) y revolucionario (al querer cambiar el urbanismo, tan querido por los ayuntamientos tan deseosos de negocios inmobiliarios). Todo esto es lo esperable, en cierto modo lo tópico. Él quiere seguir en la calle, critica a los que desean su arte, ¿qué puede hacer si gusta a los que quiere criticar?

Todo esto está muy bien explicado por otros en la red. De hecho, esta entrada está siendo espantosa, porque veo que todo lo que he pensado ya ha sido antes escrito, y no es que uno no sepa que muerto Homero sólo ha habido plagiarios, pero una constatación tan directa resulta cruel. Se ve que he escogido un tema que por sus características es propicio para el análisis webero. Así que intentaré darle otros matices a Banksy…


En parte, Banksy hace la rosca a la hipocresía del coleccionismo de arte. Gente estupenda que se molestará de que pongan un manicomio junto a su casa pero se alegrará de ver pintadas de locos suicidándose en la ventana de uno de ellos. Banksy les hace sentirse inteligentes, mucho más modernos de lo que ya se consideran, de visión estética más abierta, para que con un mohín de incredulidad reflexionen sobre dónde va el mundo y cómo aún quedan almas libres y valientes que lo denuncian. Algo así como salir sintiéndose estupendo después de una ración de cine social de Guédiguian o Loach, para después no hacer nada, claro. Claro que Banksy intentará pintar sucias ratas en grandes mansiones, pero parece que sus éxitos se circunscriben sólo a las molestias a las instituciones. Que no es poco, admito, pero en nuestro cinismo postmo no deja de ser algo de aceptación fácil…
Otra consideración interesante es tener alma de artista que se sabe autor de obra a ser destruida en muy poco tiempo. Muchas veces, si no fuera por su cámara de fotos, él sabe que su obra desaparecería para siempre. De hecho, pensada como está para ser disfrutada por el pueblo en el más público de los locales, en muchas ocasiones esto resulta imposible porque es retirado antes. Poca pintura de este tipo permanece, aunque bien podríamos decir que hay un nexo entre ella y los frescos de miles de paredes en que el hombre ha pintado algo desde la antigüedad. ¿Resulta excesivo? ¿Recuerdan grandes artistas del graffiti que hayan trascendido?

Yo soy un aficionado generalista y escaso al arte, y a bote pronto sólo me han salido Basquiat y Haring. Keith Haring, que aspiraba no sólo a exponer sino a ser reconocido entrando en mercado como buen artista pop –no lo llegó a conseguir porque el arte consolidado lo rechazaba y él murió muy joven- llegó a pintar en superficies de todo pelo (incluida la piel de Grace Jones), o sobre el muro de Berlín, donde dejó entre otras cosas uno de sus ángeles. Se conservan partes del museo de Berlín, y algunas se dedican a exposiciones de arte callejero, aunque parezca contradictorio. Sin embargo, la obra de Haring desapareció de la ciudad con la destrucción de gran parte del muro. No sé qué opinaría Haring de ello, pero he pensado en él al ver las fotografías con las obras pintadas por Banksy en el muro de Cisjordania. Que deben ser destruidas, no tanto por esas protestas palestinas que dicen que la vergüenza del muro no debe ser embellecida artificialmente, sino por… bueno, por motivos obvios, supongo. De nuevo, sería un posible deseo del artista que entre sus tareas tiene el constatar en duración el período que las autoridades suelen dejar que sus obras permanezcan para el público…












22 de abril de 2009

More Alan Moore


Alan Moore, por si quedan dudas o alguien no le conoce, es el guionista/autor de cómic más conocido, reputado e influyente de los últimos treinta años. Sería algo tonto e innecesario ponerse ahora a desgranar o listar sus obras y sus maravillas/resultados: hay miles de websites tanto pretendidamente serias como asumidamente underground que lo hacen y lo explican todo de él. Incluído su carácter huraño, retraído y obsesivo…

Este autor fascinante, que ha liderado sin proponérselo la actal edad de oro del cómic, es algo más que un imaginativo autor postmoderno. La lectura de sus comics, especialmente aquellos que presentan una determinada base histórica, le revela documentado historicista, y, por momentos, tan ensayista gráfico como ficcionador, además de artista metaintérprete del medio y sus personajes, y especialmente comprometido con la esencia o verdad de su arte, algo que le molesta mucho cuando sus obras se adaptan al cine. Es un clásico de la moderna resistencia al mainstream de Hollywood la negativa repetida de Moore a participar o simplemente dejar que su nombre figure como autor de la obra original en que se basan las películas de sus tebeos. Esta resistencia razonada, aunque casi heróica, tan extraña en el mundo de las artes sometidas al poder de la promoción y a comercializar para rentabilizar la inversión (sea del tipo que sea), sólo se alcanza desde la seguridad que (supongo) da el genio verdadero o desde un carácter inalterable y sin duda poco habitual en la psicología temerosa del artista que pueda serlo de masas. Moore, más cercano que a un autor de culto de un medio con implicaciones de consumo de masas, recuerda más a un poeta ermitaño; ¿y no serían los poetas de hoy en día los superhéroes incomprendidos de las artes?

Resultados desiguales y una única pasión de autor: ni verlos


Pero yo, en realidad, hoy quiero hablar del Alan Moore poeta, tal vez porque el Alan Moore superhéroe no resulta verosímil, claro (¿mallas? ¿músculos? ¿supervehículos??) ¡No! Como mucho, máscaras, dobles identidades, sufrimiento y soledad por ser distinto. Tal vez por ello, el poeta Alan Moore escribió hace dos décadas un poema en contra de la homofobia de la llamada ‘Cláusula 28’, una disposición thatcheriana que fomentaba la discreción y el disimulo de la homosexualidad en la familia y que prohibía ‘promoverla’ a las autoridades inglesas y galesas. El libro se titula El espejo del amor y es inclasificable en sí. Por causa de Alan Moore, uno puede encontrarlo en las librerías de cómics. Al ser poesía, en las estanterías dedicadas al olvidado antiguo sexto arte. Y al estar cada estrofa ilustrada por una fotografía a página completa de José Villarrubia, en la de fotografía. Claro que todas estas imágenes de cuidado trabajo previo y excelente calidad artística (cromatística, compositiva, metafórica) hablan con la estrofa que les corresponde pero también con las demás fotos del libro, en un doble lenguaje muy hermoso y que, como siempre en los libros que guioniza Moore, reflexiona a múltiples bandas sobre el medio utilizado.

Miguel Ángel


Alan Moore recupera su aliento historicista llevando a su poema el relato de una Historia de la subcultura gay, a través de momentos de mayor y menor libertad o comprensión, en las diferentes civilizaciones, sin olvidar los puntos más oscuros del origen de una infamia, y hasta llegar a la vergüenza moderna del gobierno conservador británico. El punto de vista parece por momentos algo pasado de moda, ahora que esa subcultura está tan presente en nuestro país, pero tal vez debamos pensar que lo de (parte de) nuestro país es lo excepcional, además de que mucha gente no participa de esa subcultura o esa subhistoria (por eso son ‘sub’, claro), aunque graciosamente la tolere. ¿Y qué es lo aparentemente demodé y sin embargo muy bello? La visión del amor que no osa decir su nombre como una pureza primigenia es una vuelta poética a los principios básicos de la representación de lo homosexual en el arte. Pero resulta no obstante gozoso y emotivo recuperarlo gracias al convencimiento ético de las palabras de Moore, y porque nos recuerda que la base de este conflicto no es sino una vilipendiada cuestión de amor diferente al comportamiento habitualmente aceptado.

El espejo del amor debe leerse, como dice en una de sus recomendaciones, en la cama, a la persona amada (nuestro espejo) a la luz de las velas que se irán encendiendo y apagando según corresponde, y en voz alta, como si fuera un conjuro para que las fuerzas del amor nunca abandonen al hombre, nunca sean utilizadas en su contra, y nunca más dejen una foto en negro.




Agradecimientos a Jonathan por el link del odio de Moore por las pelis de comics.
Agradecimientos a Roberto por la idea del conjuro, y por todo lo que significa la participación en el libro, claro está

14 de abril de 2009

Me pillas en China (y tres)

Nos preguntábamos ayer después de tanto rollo oriental que a dónde nos llevaba todo esto. Y me respondía que, por supuesto, al terruño, pues ¿a dónde si no?

A que no existe literatura española que me encaje en esto de ‘descubramos China a nuestra manera y presentémosla con originalidad, fuerza, carácter, lo que sea que tenga vida propia’. O por lo menos, yo no lo conozco. Algún libro de viajes al estilo de Manu Leguineche, pero siempre me pareció de otra época y no conseguía encajar en su espíritu aventurero bien narrado pero un tanto suficiente. Hace meses tuve sin embargo conocimiento de un libro que enseguida compré y me leí, Los mares de Wang (Gabi Martínez).


Hong Kong: mar

Martínez es un excelente escritor, dinámico y altamente documentado (y bien guapo, por cierto), capaz de desentrañar parte del alma de la contradictoria China actual, aunque… Veamos, el libro narra un viaje para descubrir/describir las zonas chinas más desarrolladas, que son las costeras, y sin embargo se encuentra con que las relaciones con Wang, el joven chino del interior que Martínez contrata como traductor y que desconoce tanto esa China raramente supradesarrollada como el lejano Occidente, son su mayor conflicto.

A Martínez le aprecio un esfuerzo investigador/documental, y un estupendo análisis sociológico e histórico, además de los lugares descubiertos (insospechados y sorprendentes, tal y como sucede siempre en China), pero su relación con Wang da idea del fracaso al conocer a los chinos y, en general, el de una experiencia, aunque el libro sea un interesante reflejo de cómo el triunfo occidental se asombra del despertar del dragón que en gran parte ha alentado y dado de comer. Martínez parece viajar por China con ojos muy abiertos, pero con escaso sentido del humor (o con mucho orgullo, o una combinación de ambos sentimientos). Pareciera que su observación de la astracanada sociológica no es consciente de que sus protagonistas, los chinos de carne y hueso, la conocen, y que conocen su contradicción, pero que la línea entre subrayar el detalle y la ofensa es sutil si se hace sin humor y sin reírse también de lo que supone que un hombre blanco viaje a China en las condiciones del autor. Supongo que como en todas partes, en China se sobrevive sólo con sentido del humor. Pero lo sorprendente es el humor que atesoran ellos mismos, algo que Gabi Martínez apenas consigue rascar a pesar de ser un analista profundamente racional. O tal vez por eso.

Más allá, el libro opta por perder la concentración en lo viajado para ramificarse por detalles que no le ayudan a centrar su efecto en el lector: sus cuitas con la website en que narra los episodios de su viaje, su retorno a España en medio del relato, sus reuniones con inmigrantes españoles en China… Son detalles humanos que lo acercan más a un libro de experiencias personales, una literatura excelente de blog (por así decir), pero que al no ser profundo en su introspección personal hace que pese más la personalidad del autor que el objeto del libro. Y eso es una pena, aunque para nada invalida la propuesta que, sinceramente, recomiendo mucho leer porque, al menos yo, he aprendido bastante. Y no me considero especialmente exigente, pero consideren que nunca hablaré aquí de libros que no merezcan la pena. ¡O eso espero!