14 de abril de 2012

Túrbame, literatura


Es particular, extraña e intelectualmente estimulante esta sorprendente primera novela de Tristán García, La mejor parte de los hombres, que retrata sexo, filosofía y política en la Francia de los años 80. El escritor es joven (Toulouse, 1981), su novela la primera de su carrera, y el tema…

El virus (vía)

Aunque la novela es casi coral (la vida de tres hombres distintos relacionados por la narradora a lo largo de la década), el alucinado personaje de Willie Miller es realmente el desencadenante de la acción. Un guapo efebo de provincias que en París conoce al maduro Dominique Rossi en el momento en que la expansión del sida frena la alegría de la vida homosexual fuera del armario (en las grandes ciudades occidentales, obviamente). Willie es joven y con todo por vivir. Dominique tiene relaciones en la política y funda uno de los primeros movimientos para la lucha contra el sida en Francia. Cuando Willie y Dominique cortan se convierten en enemigos y Willie, inculto pero arrojado, abandera movimientos contra las políticas preventivas por moralistas y castradoras de la autenticidad gay. El conflicto tiene varios apuntes literarios (todos escriben libros en la novela, algo taaan francés), políticos, televisivos, raciales y sociales, pero en su conjunción con los nuevos filósofos he encontrado lo que creo la joya inquietante para nuestros tiempos de corrección.



En las largas disquisiciones sobre la legalidad del matrimonio gay en España, con la larga espera de la decisión del Tribunal Constitucional sobre el recurso presentado por el PP, parece haberse olvidado aquel detalle que muchos gays discutían abiertamente: que la simple posibilidad del matrimonio suponía la pérdida del carácter contestatario, incluso revolucionario, de los modelos de vida liberados de los homosexuales. Con el tiempo, semejante miedo –que sólo constituía una voz ciega al problema (tan burgués, por lo visto) de los derechos­­-, parece haberse desvanecido: los gays que lo desean siguen pudiendo llevar la vida liberada que querían, y la posibilidad del matrimonio no les regula su ejercicio sexual, lógicamente. Y, obviamente, aquellos gays deseosos de una vida convencional la seguirán teniendo si el matrimonio gay queda derogado.

Viñeta de Zulet 

García lleva el deconstructivismo gay a un máximo de este tipo de posturas: el VIH visto como una particularidad específica (y preservable y defendible, por ello) de la vida homosexual, y su contagio por sexo anal como una concepción paralela al inicio de un embarazo, como un nuevo ser que se inicia. La locura inherente a quien practica esto tiene un final claro, pero resulta ciertamente turbador que ideas así puedan argumentarse no ya contra autoridades o políticas, sino contra la prevención médica.

García dibuja una fina línea entre lo filosóficamente revolucionario, lo intelectualmente argumentable, y lo suicida de la aplicación de dichas ideas, y se acerca a un abismo moral mediante un ejercicio literario arriesgado. La novela parece bien ambientada en una Francia que el autor sólo pudo conocer como niño, y tiene líneas de fuga con menor fuerza de lo que  para mí es una idea escalofriante, pero, ay, reconociblemente humana y tribal, que creo que hará que nunca olvide este libro.

Tristán García (vía)



5 de abril de 2012

Narraciones pictográficas



El fascinante lenguaje literario y visual del cómic está falto de referentes teóricos. Obviamente hay material publicado, pero entre lo reciente del arte en sí (apenas 100 años del cómic tal y como lo conocemos) y, sobre todo, lo reciente de su reconocimiento cultural gracias especialmente al boom de la novela gráfica, lo cierto es que el cómic conoce muchos menos estudios académicos y teorías sobre su lenguaje que otras artes. Este libro, Poética de la narración pictográfica, es una tesis doctoral que desde España (un país sin demasiada tradición si se compara con EE.UU., Francia o Japón) cubre un importante hueco teórico en el estudio de la gramática del lenguaje del cómic.

Jimmy Corrigan. The Smartest Kid on Earth (vía), de Chris Ware. Ware es probablemente uno de los autores que más experimenta actualmente con el lenguaje en la narración pictográfica.

Tomando como referentes obras teóricas anteriores, muchas de ellas pioneras (Will Eisner, Scott McCloud, etc…), y como ejemplos la obra de todos los grandes maestros de la narrativa pictográfica (término con que el autor propone resumir toda ilustración narrativa desde que el hombre ha tenido intención de narrar usando imágenes hasta la época del cómic), Bartual desarrolla una teoría integradora de los diferentes niveles que articulan la comunicación de este arte. Desde el análisis sintáctico que busca la unidad del lenguaje narrativo-pictográfico (que no puede escoger entre viñeta/secuencia/página), a los diferentes tipos de secuencia y clausura entre viñetas, pasando por la integración del texto y su relación con la imagen, el libro es un fenomenal punto de partida para aprender a leer, interpretar, y disfrutar del cómic.

Mafalda, de Quino (vía). La tira gráfica también tiene parte importante del estudio, que también profundiza en la historieta popular.

En vez de punto de partida estaría tentado de escribir libro de cabecera si no fuera porque el libro no conoce aún editorial que quiera publicarlo. Una pena, porque es un estudio brillante, ameno, bien ilustrado, que merecería llegar tanto a estudiosos como a aficionados, y que resultaría un excelente complemento de La novela gráfica, que ya comenté por aquí.

Roberto Bartual, por Ian Williams (vía) 

26 de marzo de 2012

Un cineasta ético

En 2003, la Seminci vallisoletana homenajeó a Costa Gavras. El grupo de amigos que solíamos reunirnos allí durante el primer fin de semana del festival llegamos el viernes, cenamos unas estupendas tablas en el antiguo Mesón de San Pedro Regalado, y nos metimos a los cines Casablanca a ver la mítica Z, una película sobre la investigación del asesinato de un diputado griego antes del golpe de los coroneles. No sé si Z se encuentra fácilmente en la web, pero nunca fue film fácil de ver: censurado en muchos países, estrenado tardíamente y poco programado en televisión, tiene aura mítica y de culto, y dio fama mundial (¡y 2 premios Oscar!) a Costa Gavras. Y para mi sorpresa, el cine político que esperaba ver en Z venía acompañado de un excelente sentido de la acción (lo cual supongo explica en parte su éxito en EE.UU.) y un sentido del humor paródico y caricaturesco que al parecer era lo que más molestaba a sus futuros censores, y que, por grotesco que pareciera, Costa Gavras afirma haber siempre documentado su cercanía a la realidad.

Costa Gavras (vía)

De traidores y héroes. El cine de Costa Gavras es el libro editado con ocasión de la retrospectiva de Costa Gavras en la 48ª edición de la Seminci, y ha estado más de ocho años en mis estanterías. Cubre casi toda su obra (sólo faltan Arcadia y Eden à l’Ouest, estrenadas después de 2003). Introduce las constantes del cine de Costa Gavras y las reacciones históricas que supuso, repasa sus películas y el proceso de cada una –que, dados sus temas, es en ocasiones algo apasionante-, e incluye una larga y completa entrevista con el director.


Costa Gavras parece un cineasta de una coherencia inaudita. Interesado por casi todos los conflictos políticos de la segunda mitad del siglo XX, ha usado personajes reales y ficticios para la denuncia del ejercicio del poder frente a la libertad del individuo. De su Grecia natal (Z) a la connivencia de Pío XII con los nazis (Amen.) pasando por los crímenes del estalinismo (La confesión), el fascismo de los supremacistas norteamericanos (El sendero de la traición), el conflicto palestino-israelí (Hanna K.), los desaparecidos del régimen de Pinochet (Missing), el colaboracionismo francés en la IIGM (Sección Especial), la presencia de nazis en EE.UU. (La caja de música), etc…


Su cine es asumidamente político, muy documentado –nunca le han ganado una querella de las varias que ha tenido-, pero muy entretenido, con un sentido del thriller muy criticado en los 70, tan exigentes ellos con las ideologías y sus purezas. Obviamente criticado por todas partes, resulta sorprendente que haya continuado su carrera en estas premisas (necesarias), aunque el público esté probablemente en otra onda. Pero si uno piensa en su sentido de la oportunidad, ese preproducir, rodar y estrenar cuando el conflicto aún está caliente, en que sin embargo parece anticiparse su resolución (la caída del muro, el fin de las dictaduras del cono sur, el atentado de Oklahoma), con sentido de la construcción del personaje (el individuo es esencial para Costa Gavras y sin él no hay film por interesante que sea el conflicto), puede entenderse que el señor no pase de moda, aunque obviamente tenga mejores resultados cinematográficos según los casos.

Todo ello se recoge en el libro comentado con más fortuna que mi resumen. Mi recomendación, en cualquier caso, es no perderse las películas de un director cuyo ejemplo, de momento, no tiene continuidad.

Esteve Riambau (vía)

17 de marzo de 2012

Adaptando (y que se note)


Michael Cunningham adquirió fama gracias a la adaptación que de su novela Las horas hizo Stephen Daldry, que le supuso un Oscar a Nicole Kidman, y que presentaba una renovación del espíritu de la Mrs Dalloway de Virginia Woolf a tiempos y sensibilidades modernos. Tengo excelente recuerdo de libro y novela.

Meryl Streep recogiendo las flores de la señora Dalloway (vía)

Cuando cae la noche me ha recordado mucho a Las horas. Como ella, es una novela corta, ambientada en Nueva York, y la novela renovada es otra, Muerte en Venecia. Y aunque, a diferencia de Las horas, Cunningham no convierte en personajes a Thomas Mann o Luchino Visconti, sí llega a mencionarlos… El protagonista es Peter, un galerista de mediano éxito, cuarentón y con un matrimonio de más de veinte años ya renqueante, que se encapricha del hermano pequeño de su mujer, un muchacho veinteañero drogadicto y hedonista que les visita en su piso (y que a Peter le recuerda sin remisión a su mujer veinte años más joven), mientras se afana en vender una pieza importante a una coleccionista. Es una novela hábil, sensible, y bien escrita: los males del matrimonio veterano y las cuitas del mundo del arte se describen con lucidez, sentido del ritmo y profundidad psicológica, y ambos se imbrican bien cuando a Peter se le aparece, terrible y poderosa, la BELLEZA efímera, no exhibible en una galería, cruda y capaz, piensa él, de darle felicidad.


La reflexión (o el mareo) alrededor de la orientación sexual es uno de los grandes temas de Michael Cunningham (Una casa en el fin del mundo, también llevada al cine por Michael Mayer con Colin Farrell es otro ejemplo), que siempre presenta personajes en el filo de su aceptación/conocimiento íntimo. Peter es un galerista de NYC, conoce el ambiente gay, su mismo hermano es homosexual. Su paso del Rubicón puede por ello no ser tan grave que si fuera un baserritarra de Apatamonasterio (no, no estoy pensando en nadie en concreto) y quedarse en crisis de madurez y en una ensoñación que se subraya desde el título y en que la mayoría de dudas y avances de Peter suceden en sus noches de insomnio.

Cunningham escribe (creo, me parece) pensando positivamente en el cine, dado el carácter secuencial de algunas escenas puramente visuales, hasta el punto de que en el capítulo del beso en la playa es fácil notar los travellings. Maneja magistralmente la anticipación del lector, al que crea la expectación de la resolución sexual del planteamiento (¿llegará? ¿no llegará?) y de la decisión de un hombre inteligente arrastrado por una pasión que, aunque le destruya, sabe que le permitiría ser juzgado con benevolencia. El conflicto clásico entre lo apolíneo y lo dionisíaco (lo racional y lo placentero, si prefieren) encuentra varias cumbres en el texto, pero yo dejo aquí como ejemplo esta, obtenida de la visita a la coleccionista, una mujer excéntrica que cría gallinas:

Cuando Peter fue a cenar allí el año pasado, le enseñó un huevo recién puesto, tenía un increíble y conmovedor color azul verdoso pálido, con algunas plumas pegadas, y estaba manchado de sangre parda por el otro lado. Así es como son antes de limpiarlos, le había explicado Carole. Y Peter había respondido (o más probablemente lo había pensado), me encantaría encontrar un artista capaz de hacer algo parecido.

Michael Cunningham (vía)

6 de marzo de 2012

Gente de la Edad Media (y un señor muy pesado de hoy en día)


Este libro, Gente de la Edad Media, tiene un buen tema (hablar de las personas comunes del milenio histórico conocido en Occidente como Edad Media), el enfoque es atractivo (la desmitificación del oscurantismo medieval mediante el continuo recurso a la personalidad humana) y las lecturas actuales pueden ser inquietantes. Y, sin embargo, todo se malogra por un autor, Robert Fossier, empeñado en manifestar su presencia, en invocar a historiadores, arqueólogos, semiólogos e interpretadores en general como testigos de su mejor punto de vista, y demasiado empeñado en el paralelismo entre los hombres comunes de la Edad Media y los actuales (que no dudo que pueda existir, pero que no debiera ser más importante que el tema en sí).

Desde un punto de vista académico/pedagógico, su lectura permite aprender mucho. No es habitual una descripción de la cotidianeidad medieval alejada de nobles, señores y curas, que gusta de centrarse en detalles prosaicos o aparentemente poco atractivos como la vida en el campo, las relaciones familiares comunes, o el diseño de las casas de la época. Aunque, para ser un libro científico, echo mucho de menos una bibliografía y un índice de temas.

Una vivienda campesina (vía)

Pero desde un punto de vista literario me siento algo sorprendido, un tanto decepcionado por el ego de Robert Fossier, profesor de la Sorbona y experto en lo medieval, y sus juicios aparentemente irónicos, además del soterrado conocimiento del autor que parece suponer que el lector tiene. Opción que creo equivocada en un libro de divulgación histórica para un público general. Y es una pena, el volumen está bien estructurado y las propuestas y explicaciones revelan conocimiento profundo, pero siempre vienen punteadas por un molesto dejo a los historiadores que digan lo que piensan u otros apuntes inesperados que hacen que finalmente Gente de la Edad Media sea un libro escrito por un señor muy pesado (digámoslo finamente). Aunque debo reconocer que es un buen volumen para quien quiera documentarse sobre la vida medieval. Les dejo con un ejemplo de las molestias causadas…

Después de los miles de millones de años que siguieron a la concreción de nuestro planeta en una esfera sólida a partir de los restos arrancados a la estrella, o de otro origen –poco importa aquí-, se sucedió una galería prodigiosa de seres vivos, de los cuales el ser humano parece ser el más moderno, al menos por el momento. Como es natural, sólo me intereso por aquellos que todavía nos rodean, en esta corta película de tiempo a la que denominamos la Historia. Por ello, dejaré a los paleontólogos y a los niños la labor de evocar las especies desaparecidas, inconcebibles y por lo general espantosas hasta llegar al ridículo, y que en la actualidad ilustran tantas simulaciones pueriles.

Robert Fossier, muy serio (vía)






26 de febrero de 2012

El primer adolescente



En la biografía de Arthur Rimbaud escrita por Edmund White hay un episodio que no olvidaré, aunque no concierne al protagonista principal sino a su amante: Paul Verlaine, en lo que seguramente era un ataque esquizofrénico, rompe los recipientes en que su madre guardaba los fetos abortados de los hermanos de Paul; acto seguido, éste los descuartiza con su bastón mientras grita que todos los hermanos vivían, a su manera, envueltos en alcohol. Excesos así, creo yo, merecen en efecto un relato…

Rimbaud. The Double Life of a Rebel es el título de esta biografía. Edmund White es un escritor de novelas y biografías del que hace años leí la sensible La historia particular de un muchacho y la recopilación Desollado vivo, de las que guardo buen recuerdo. Parte del espíritu de La historia particular de un muchacho se reproduce en las primeras páginas de esta biografía de Rimbaud, cuando White recuerda su propia adolescencia, creativa, soñadora y solitaria, y su sueño era poder emular al más sorprendente de los poetas, al hombre que con 16 años consiguió que Verlaine le invitara a París, que cruzó su vida con él en un escándalo de sexo, alcohol, miseria y literatura, y que escribió antes de cumplir los 20 años dos libros seminales de la literatura moderna (Una temporada en Infierno e Iluminaciones) para luego dejar las letras y emigrar a África como comerciante.

Las crónicas, los poemas, pero también las fotos, dicen que Verlaine era feo…

La familiaridad de White con Rimbaud no es vanidosa, sino admiradora (en un principio y desde la distancia) y solidaria. Y funciona muy bien literariamente al acercarse emocionalmente al personaje biografiado y explicar también el interés personal del autor en escribir un libro que aunque describa los episodios más conocidos de la vida de Rimbaud no pretende ser un libro exhaustivo de fechas y datos, sino un texto de acercamiento psicológico con un punto de vista subtextual que resulta esencial en este caso. Muchos de esos episodios son ya lugares comunes, incluso consagrados por el cine: Rimbaud vagabundo, Rimbaud y Verlaine arrastrados por la absenta y despreciados por los círculos literarios de París, sus miserables estancias en Londres, su relación acabada a tiros, y ese juicio en que Verlaine tuvo que someterse a un examen rectal antes de pasar dos años en la cárcel. Y, por supuesto, el extraordinario abandono total de la poesía de Rimbaud, cuyos libros se recuperaron cuando ya no le interesaban, gracias a las acciones del propio Verlaine.

David Thewlis y Leonardo DiCaprio interpretaron, con bastante entrega diría yo, a los dos poetas en  la película de Agnieszka Holland, Total Eclipse (o Vidas al límite, como la llamaron por aquí) (vía)

Para mí ha habido otros datos nuevos. Entre otros, el peso de la madre de Rimbaud en muchas partes de su vida, la completa heterosexualidad del poeta antes y después de su relación con Verlaine, o la influencia del contexto histórico de la comuna de París en que Rimbaud llevara su adolescencia a extremos impensables de rebeldía y concepción antisistema del compromiso artístico. Rimbaud había sido un niño y alumno modelo y extraordinario, pero un joven tan díscolo y excesivo que se ganó el rechazo del mismísimo ambiente subcultural de París, que en principio todo lo perdonaba. Sin duda es el primer poeta moderno, combatió con ahínco y lucidez la burguesía como estado emocional anticreativo y antihumano. Sus angustias se reflejaron brillantemente en una creatividad lingüística libre e ilimitada, y en una capacidad brutal de abandono vital. Valores, como dice White, que hacen entender su éxito entre los adolescentes que le leen, subrepticiamente, desde hace más de un siglo. Valores y estética que, también, ha sido imitada por multitud de poetas y aspirantes desde entonces.


Esta biografía de Rimbaud es serena y comprensiva con sus actores. No sólo con el poeta y su amante, en quienes quizá se le nota un cierto desencanto personal, sino también con familiares y amigos que tuvieron que sobrellevarlos. Una visión que además no lamenta las obras que Rimbaud no escribió al dejar la literatura; en que se aprecian las turbulencias de la vida del poeta desde la madurez del biógrafo; y donde casi parece apreciarse un suspiro de alivio al comprobar que, finalmente, el autor no se convirtió en el icono de su adolescencia.

Edmund White (vía su propia web)



13 de febrero de 2012

Púas que no pinchan



No saco prácticamente nada bueno de la lectura de La elegancia del erizo, novela de la francesa Muriel Barbery. He llegado a ella después de ver la película El erizo, en la que la joven directora Mona Achache convenció a Josiane Balasko para protagonizarla, y que me pareció un producto amable, algo ñoño, pero más auténtico que el libro en que se basa.

El erizo en acción (vía)

Tal vez esta sea la única discusión interesante. Estoy seguro de que la directora y guionista adaptó la novela al cine por considerarla bien lograda y por gustarle el tema: en una comunidad de pisos de lujo de París, la portera, de nombre René, cincuentona, mal parecida y tosca, resulta ser una autodidacta culta y apasionada de la literatura y el cine de arte y ensayo, que mantiene sus púas hacia el exterior como autodefensa ante el pijerío insufrible de sus empleadores. Entre ellos, sólo una muchacha de doce años que escribe un diario sobre sus experiencias, y que planea suicidarse en su próximo cumpleaños, parece darse cuenta de que el erizo de la portería tiene algo de interés bajo ese aspecto intratable. De repente, llega un nuevo vecino, un rico japonés culto y maduro que… bueno, no sigo, imagínense… La novela estructura esta historia con la alternancia de los diarios-monólogos de la muchacha y de la portera. El catálogo de lugares comunes del esnobismo cultural no tiene fin, sólo es comparable con el de los momentos de complacencia social y supuesta visión superior emocional del mundo.

La película, sin embargo, se ve obligada a cambiar el modo de expresión artístico de la muchacha (sus diarios especialmente insufribles) por pinturas y grabaciones de video, que resultan adecuadas para contar su experiencia en pantalla y pierden pedantería (para bien) como medio de expresión. Los capítulos escritos en primera persona por la portera se cambian por una narración convencional con una mirada obviamente amable e identificadora por parte de la directora, pero de nuevo perdiendo afectación.

Tal vez el audiovisual resulte más ligero, o en él estemos siempre dispuestos a ser menos exigentes, y perdonen el ejemplo bobo: un gazapo en una peli hace sonreír a muchos y hay quienes ven con encanto producciones de realización deliberadamente descuidada aunque sea por falta de capacidad. Un libro lleno de errores sintácticos o de traducción pegajosa ya molan menos. Este asunto es más profundo y tiene más matices, pero para lo que nos ocupa, El erizo (película) consigue no ser tan ridículamente obvia como La elegancia del erizo, la novela, que no merece, en mi opinión, el éxito que alcanzó.

Muriel Barbery (vía)