12 de mayo de 2010

Música de la Historia

No viviré para oír las nuevas de Inglaterra,
pero adivino que será elegido rey
Fortinbrás. Le doy mi voto agonizante.
díselo, junto con todos los sucesos
que me han llevado… El resto es silencio


The rest is noise es el referencial título de la versión en inglés de este libro de Alex Ross (no confundir con el autor de cómic). En castellano se ha traducido como El ruido eterno, una traducción libre basada en una eufonía mejor que no traicionase ni el sentido del libro ni la cita culta que supone, las últimas palabras de Hamlet. Pero tras la poesía está el tema concreto, en el subtítulo: Escuchar al siglo XX a través de su música. Efectivamente, El ruido eterno es un libro sobre música, y, en concreto, es una historia de la música clásica en el siglo XX. Como mérito principal que resuma los valores del libro, basta decir que produce unas ganas tremendas de escuchar todas las obras mencionadas y estudiadas a lo largo de sus 670 páginas, incluso para alguien de escaso oído como yo. Otra cosa es enfrentarse a las obras en sí, porque en ese momento sí se produce a veces una rebaja del entusiasmo, si bien lo normal es descubrir cosas interesantísimas a las que nuestro oído no está acostumbrado. Nada que no ofrezca el mismo autor a través de su website therestisnoise.com/audio (obsérvese la bonita referencia cinematográfica, un momento que en efecto captaba bien el sentido de la música)


Alex Ross, según foto de su propia web arriba mencionada
Alex Ross ha escrito una historia del siglo XX a través de su música. Resulta inaudito ver cómo un arte en principio espiritual, incapaz en muchas ocasiones de discurso obvio (salvo en las óperas y cantos) como la música clásica, ha formado parte ineludible de los sucesos del siglo, ha respondido a sus cambios políticos, sociales y culturales, ha tenido una historia dramática clara que las notas tal vez no desvelan en una mirada superficial. La opción de Ross es difícil, pero excelentemente resuelta: aunque utiliza la técnica musical que necesita para la descripción de las piezas, de las innovaciones que se van sucediendo, y de los movimientos musicales, no olvida nunca el enfoque histórico, y que está narrando y no sólo describiendo. Así, los melómanos obtienen un disfrute adecuado (creo, no he leído comentario contrario al respecto), y los meros aficionados no llegamos nunca a perdernos irremisiblemente entre octavas, atonalidades, o dodecafonías. Incluso conseguimos situarlas mejor en el siglo de las vanguardias desmedidas. Además, Ross traza certeros perfiles psicológicos de cada protagonista (Strauss, Mahler, Schoenberg, Stockhausen, Stravinsky, Shostakovich, Prokofiev, Debussy, Messaien, Boulez, Britten, Cage, Copland, Adams, Gershwin, Bernstein…), revelando un nivel de documentación elevado, y un dominio excelente de la narración para engarzar lo personal y lo público, lo culto y lo cotidiano, lo íntimo y lo sociopolítico.

No es posible destacar ninguna historia entre las miles que encierra el volumen, si bien las dos primeras partes resultan espectaculares por la trepidante vida que llevaron la música, sus compositores, y sus intérpretes, del siglo de manera descarada hasta 1945. Y, obviamente, los apartados que muestran las relaciones de los músicos con Hitler, Stalin y Roosevelt, resumen en sí mismos el sentido de un siglo y el mismo sentido del libro. Tal vez haya un punto que eleve aún más el libro: la constatación de saberse la historia de una ‘derrota’. La pérdida de influencia del compositor en la vida social y política a lo largo del siglo es muy significativa: el 'novecento' ha derribado muchas barreras, y una de ellas se llevó la música culta de los altares de la fama y ascendió a los mismos a los compositores de música popular.

Si les da miedo, porque no están acostumbrados a la música clásica, o porque esto de la historia política vs música les abrume un tanto, dénse un paseo por la web de Alex Ross. Lean los textos resumidos, escuchen los breves extractos musicales. Dudo sinceramente de que no se interesen más.



14 de abril de 2010

Ciencia y crisis

Mientras andaba dándole vueltas a esta entrada, me hizo sonreir mucho una columna uno diría que ad-hoc a este libro escrita por Iñaki Ezkerra en El Correo el pasado 29 de marzo. Es cierto que los defensores de la idea de la crisis de valores como trasfondo verdadero de la crisis financiera se están poniendo un poquito pesados, aunque la generalización contra ellos no sea buen argumento; pero, obviamente, crisis de valores también la había antes, y los profetas (para Ezkerra) no tenían tanto eco…

En el blog Espiritualidad y Política (cuyo nombre, cierto es, puede escamar un tanto, y que no me cabe duda que sería objeto en muchos casos de las iras de Ezkerra), me he encontrado joyas deslumbrantes como Karen Armstrong, pero parece que Jordi Pigem y su Buena Crisis no van a ser lo mismo; me han dado ‘la de arena’, vaya. Aunque entienda las tesis del libro y las comparta en un fin general, hay una de las fundamentales que me parece algo tramposa, y que me ha molestado. Aquella que asocia al método científico y su supuesta (y falsa en mi opinión) supremacía psicológica la prevalencia de un materialismo económico en nuestros días, derivado, de una manera que Pigem razona bien, del materialismo filosófico del diecinueve que entendió la Historia en términos económicos. Y ello se desarrolló a la vez que el positivismo científico, hijo del cartesianismo, y que la Revolución Industrial, y, claro, la ciencia parece que estaba, artera ella, en el ajo…

A pesar de que esta entrada va a salir kilométrica, me permito citar varios pasajes del autor, sus puntos de partida interesantes, sus ataques a la ciencia como tal, y su aparente vuelta al redil, y luego comentarlos.

Según datos recogidos por la New Economics Foundation, en 2004 el Reino Unido importó de Alemania 1,5 millones de kilos de patatas, a la vez que exportó a Alemania precisamente también 1,5 millones de kilos de patatas. Importó de Francia 10,2 millones de kilos de leche y nata –y exportó a Francia 9,9 millones de kilos de leche y nata. (…) Cinco años antes, en el trágico accidente en el túnel del Mont Blanc coincidieron camiones que transportaban agua embotellada de Francia a Italia y camiones que llevaban agua embotellada de Italia a Francia. Estos datos pueden ser buenos para el comercio, pero no lo son necesariamente para las personas ni, desde luego, para el planeta.

Es cierto y hasta está bien planteado. Me habría gustado más análisis histórico del asunto, porque, claro, el libre comercio y su preservación puede ser un valor que nos haya conducido a una situación esquizofrénica e insostenible para el planeta, pero sin él muchos pueblos no conocerían un desarrollo mínimo. La respuesta natural de una política populista (¿hay otra?) a este planteamiento es una cosa de nombre tan feo como proteccionismo. Bueno, feo cuando nos lo practican, que no al revés… Y el proteccionismo como lo conocemos no entiende bien de calidades. O todo o nada. E importa poco que tu producto sea producido mejor, medioambientalmente de manera más amigable, o sin explotar a nadie: simplemente no entrará en el país en que todas esas leyes que tú cumples no se cumplen. Y entonces volvemos a otra paradoja, claro.

El consumo pretende ser una vía hacia la felicidad, pero es una droga que requiere cada vez dosis mayores. Desde 2006 existe un Happy Planet Index, indicador que clasifica los países del mundo según un índice de felicidad establecido a partir de la esperanza de vida, la satisfacción vital y la huella ecológica. En su primera edición, este indicador dio una clasificación de 178 países en la que Vanuatu, archipiélago tropical económicamente ‘pobre’, aparecía como el país más feliz, seguido de diversos países caribeños. En 2009 se ha elaborado una nueva edición (…) con una lista más restringida a fin de homogeneizar los datos (…). Esta nueva clasificación de países felices está encabezada por Costa Rica , con Holanda como el primer país de Europa Occidental. España ocupa el lugar 76, justo detrás del Reino Unido y Japón. Los doce países menos felices son todos del África subsahariana (…) Estados Unidos queda en la posición 114, entre Madagascar y Nigeria.

A mí me gusta esto, pero me hace preguntarme por qué lo llamaron Índice de Felicidad Planetaria, que es un nombre algo precisamente infeliz, un tanto arrogante incluso. Supongo que era necesario separarse de la terminología económica demonizada en la tesis del libro, pero, francamente, países donde la gente deja menos huella ecológica, o donde está más sana y acude menos al médico, son, necesariamente, países más ‘rentables’, ¿no? Bueno, tal vez sea cosa de no despertar la liebre a los tiburones económicos del piso 114, que si leen eso de rentabilidad lo mismo sacan a bolsa al país en cuestión.

Descartes vive en medio de aquella época de incertidumbre. De hecho, Descartes es uno de los autores de todos los tiempos que más rotundamente ha expresado la desesperación ante la incertidumbre (…).
En Galileo y Descartes la sed de certeza también se expresa en su convicción de que sólo es verdaderamente real lo cuantificable, medible. (…)
Nuestra cultura, de manera implícita, ha seguido sus pasos. Por ejemplo, hoy la ciencia da a entender que los colores que vemos ahora mismo en realidad no existen: lo que existe realmente serían determinadas ondas del espectro electromagnético de tantos o cuantos nanómetros. Esta convicción, a menudo inconsciente, ha contribuido sin duda a desarrollar nuestra tecnología y nuestro poder. Pero también ha contribuido a devaluar nuestra experiencia directa y nos ha hecho creer que lo que es cualitativo y cambiante es menos real que lo que es cuantificable y constante. Ello nos invita a exiliarnos de nuestra naturaleza a favor de un mundo de abstracciones.


Aquí me temo que empiezan mis discrepancias serias. La ciencia no es culpable per se de haber llegado al materialismo. El razonamiento del autor me parece sofista, y bien puede invertirse: es la misma ciencia la que nos llevaría al postmaterialismo al ser precisamente capaz de medir que existe degradación planetaria, cambio climático, etc. La ciencia es un instrumento humano, un método que por haber sido usado con malas intenciones no queda invalidado en sí mismo, y que por sí mismo no ha impuesto una psicología del ‘dato concreto’. Sin tan siquiera mencionar que los métodos cualitativo también existen y se usan en ciencia, o la cantidad de ciencia con datos no medibles con un instrumento sino basados en estadísticas de experimentos u opiniones, el método científico se puede basar exclusivamente en la experimentación, en el llamado precisamente trabajo de campo, y no veo nada menos abstracto que eso. Es decir, en lugar de ver como Pigem en el método científico una necesidad de fuga ontológica de la naturaleza, veo lo contrario: una contribución en su descripción a su belleza y equilibrio, al describirla, conocer su construcción, conocerla y examinarla. Finalmente, me parece injusto que al decir los valores a los que nos ha llevado la ciencia Pigem subraye la tecnología y el poder. Cosas como la medicina, la democracia, o la educación modernas están muy relacionadas con la ciencia. Y no serán perfectas, pero me temo que en un mundo sin ciencia no serían mejores…

Si toda una cultura se dedica durante generaciones a contemplar el mundo como algo material y objetivo, ese mundo (el mundo de dicha cultura) se manifestará efectivamente como material y objetivo, hasta que un día sea forma de observar empiece a topa con contradicciones (…)
Nuestra mente ha concebido un mundo material, objetivo, mecánico e independiente de nuestra conciencia. En él, nuestra conciencia y nuestra subjetividad aparecen como anomalías.


La ciencia nunca diría eso, me parece falso. Ese materialismo tan feo de la ciencia aún no habrá conseguido explicar cómo funcionan sistemas complejos, pero por defecto ni rechaza ni desprecia un objeto de estudio, y mucho menos si el reto es que no es ‘medible’. La ciencia además podrá ser fría, pero es el hombre, el científico o quien usa los resultados del científico, el que dice ‘anomalía’. Son los hombres que la aplican los que tendrán que poner los límites éticos a la ciencia.

Sin duda medir es muy útil, pero…

No sé yo si este hombre no le ha cogido manía a las medidas por algo que le ha pasado en el sastre o así, pero insiste mucho en esto. Seguro que estaría de acuerdo en que lo que es muy útil es ‘saber’, no ‘medir’. La ciencia interpreta los datos recogidos de la experimentación, e interpreta la validez de esa medida, y de ahí extrae conocimiento. Medir no es un fin para la ciencia, pero saber sí lo es.

Hoy necesitamos una nueva relación con la naturaleza y con el mundo: una nueva experiencia de quiénes somos y dónde estamos.

A mí sin embargo me da la sensación de que aún siendo esto verdad, parece una involución. Si esta nueva relación se despega de la ciencia, si por ello se despega del conocimiento de la naturaleza (el mismo que nos ha permitido saber que está enferma), el mundo y sus ciudadanos pueden ser sometidos por otras fuerzas que tal vez no sean ni tan claras, ni tan democráticas como las del conocimiento científico publicado accesible. Yo no creo que la solución del mundo pase por estar como antes del materialismo científico. De hecho, supongo que eso también sería insostenible…

Por el contrario, si nuestra emoción básica es positiva y nos sentimos a gusto con nosotros mismos y con el mundo, tenderemos a fluir, gozosa y relajadamente. Cuando nos aislamos y solidificamos nuestra actitud vemos el mundo como algo compuesto básicamente de elementos aislados y sólidos. En cambio, cuando fluimos con el mundo tendemos a percibirlo como algo dinámico, interrelacionado y sutil, llenos de sincronicidades y prodigios, más allá del materialismo.

Soy algo malévolo extrayendo este párrafo de su texto, con la descontextualización que supone, pero mientras lo leía no podía obviar el acordarme de Avatar, su dulce panteísmo azul, su ecología de garrafón, su sentimentalismo imposible (una película donde por cierto los científicos son los que en realidad buscan esta ‘liquidez’ y no el cash…). También me he acordado de otra cosa más política, cuya relación intentaré explicar. La izquierda progresista, la izquierda ecologista, suele argumentar con imágenes que en ocasiones no les hacen ningún favor. Mi ejemplo preferido es el de la campaña por el referéndum sobre la entrada española en la OTAN, en 1986, cuando Antonio Gala, presidente de la plataforma por el No, pretendía convencer a la prensa y al pueblo con imágenes poéticas o románticas. No funcionó, el enemigo se rió de ellos, el enemigo fue más práctico. En lo que nos concierne ahora, el enemigo se lo cargará todo antes de que se den cuenta de que ya nada ‘fluye’.

¿Es posible una ciencia intuitiva, una ciencia en que lo racional no esté reñido con lo intuitivo ni con lo sensual?¿Una ciencia que en vez de intentar someter a la naturaleza nos ayude a integrarnos en ella? ¿Una ciencia que en vez de desencantar el mundo lo reencante, conmoviéndonos e inspirándonos como hacen las buenas obras de arte?
(…) La mejor ciencia siempre es intuitiva. Desde el ‘¡eureka!’ de Arquímedes en la bañera, la ciencia siempre ha progresado a través de saltos que la lógica no sabría dar. Esos momentos de inspiración e intuición salpican las biografías de los grandes científicos y matemáticos: Kepler, Newton, Gauss, Poincaré, Einstein, Heisenberg, Bohm, Lovelock…

Aquí ya empieza el autor con algo que anunciaba al inicio de esta entrada: cierta vuelta atrás, cierto ver que no es posible vivir sin ciencia. Pero lo hace de una manera que también me disgusta. ¿Y por qué? Porque yo también creo en la intuición en la ciencia, pero también creo que sin el resto del edificio que tiene la ciencia, la intuición se revela escasa. Einstein o Newton tendrían epifanías intuitivas que redefinieran su trabajo, pero era porque éste existía, porque vivían una obsesión, porque estaban en medio de una pasión. ¿Y qué hacían mientras no tenían excelsos momentos de inspiración mística? Trabajar. ¿Y en qué? En el método científico, provocando a la naturaleza para que respondiera con datos que medían. Sin todo eso, sin el trabajo de muchos colegas anteriores, sin el trabajo de muchos investigadores medios que nunca tendrán esa inspiración, no habría habido resultados. O, si se prefiere un término menos materialista, no habría habido conocimiento ni sabiduría, ni intuitiva ni deductiva.

Esta nueva ciencia, que nos invita a participar en la realidad en vez de intentar controlarla, abre brecha en los muros que hemos levantado entre el sujeto y el objeto, la cultura y la naturaleza, lo racional y lo intuitivo, y permite así que la ciencia pueda reconciliarse con el arte y con la naturaleza.

Supongo que mi diferente punto de vista con respecto al autor se cristaliza aquí. Esta ciencia que dice Pigem no es ‘nueva’. Esta es la ciencia de siempre, al servicio del hombre y de la humanidad. Esta es la ciencia que ha sido usada indebidamente como muchas otras metodologías y disciplinas. La ciencia no está reñida con el arte ni con la naturaleza. A veces parece más bien que son las disciplinas no científicas las que odian a la ciencia por el papel preponderante que ésta toma en la superficie de sus vidas. Pero ese es otro problema, y no es de la ciencia.

Leonardo tenía, como señaló Gombrich, un ‘apetito voraz de detalles’. Dominaba y admiraba la geometría, pero para él la complejidad de la naturaleza no podía reducirse a cifras y análisis mecánicos. Un siglo más tarde, sin embargo, Galileo y Descartes afirmarán que sólo es real lo que puede ser medido. Ello ha permitido hacer avanzar el tipo de análisis preciso que asociamos con la ciencia moderna, pero también ha creado un vacío: todo aquello que es cualitativo no existe para la ciencia, y queda reducido a epifenómenos de elementos cuantificables. (…) En este sentido, la ciencia postmaterialista podría estar más en la órbita de Leonardo que en la de Galileo.

Me parece falso de nuevo el rechazo por lo cualitativo que Pigem asocia a la ciencia. Sobre todo después de haber estudiado una carrera científica en la que los métodos cualitativos eran importantes y formaban parte del temario. También entiendo que Galileo, prácticamente creador del ‘método científico’, es un tanto víctima de Pigem en su texto frente a otros genios que aparecen en sus páginas, cuando su impresionante contribución a la ciencia no está exenta de intuición. Supongo que Pigem dirá que si las ideas de Leonardo no trascendieron se debe precisamente a que se impuso la necesidad cartesiana de medir en la que Leonardo no encajaba. Pero son muchos los estudios que hablan de que el genio italiano era visionario y adelantado a su tiempo, pero errático e inconstante, y, ay, falto de método. En el postmaterialismo de Pigem puede que esta sea la ciencia que prefiera, pero es una ciencia temible: sometida a interpretación por ausencia de datos y condiciones de controno, falta de un asiento matemático y metódico en que poder enseñarse, tiene el riesgo de no ser explicable, demostrable, y, lo que es peor, aplicable. Sé que ‘aplicabilidad’ es un concepto materialista, y también lo es el hecho de que la ciencia suponga gastos, pero para poder hacer la transición sin que esta sea traumática, hay que (¿unamunianamente?) convencer. Leonardo, por fascinante que sea, no es la mejor figura para ello.

El caso es que tanto nuestra salud interior como exterior dejan mucho que desear. James Hillman (entre cuyos títulos hay uno muy expresivo: ‘Llevamos cien años de psicoterapia y el mundo está cada vez peor’) atribuye parte de nuestros males al excesivo mirarse al ombligo que la pisocología ha impulsado. (…)
(…) Años atrás, Joanna Macy había explicado a una piscoterapeuta su desolación ante la irreversible destrucción de bosques primigenios, y la respuesta que obtuvo fue que las excavadoras de sus pesadillas representaban su libido y que su angustia procedía del miedo ante su propia sexualidad. Joanna no tardó en darse cuenta de que la psicoterapia convencional, como la mayor parte de nuestra sociedad, vive en una especie de autismo ante el estado del mundo.


Reconducir el actual antropocentrismo de la ciencia sí me parece un camino formulado justamente en el que se debe trabajar. Pigem lo subraya a lo largo del libro y este ejemplo me parece adecuado. Cierto es que como disciplinas científicas, la psicología, la psiquiatría, y los derivados que conllevan, son jóvenes y sus modos de interpretar los datos pueden llevar a malinterpretaciones y diagnósticos indebidos. Son disciplinas cercanas a teorías filosóficas y en las que se produce el mejor ejemplo científico para el control de las personas, y posiblemente su método sea aún un reto para la ciencia. La ecopsicología de la que Pigem habla es un buen ejemplo de cómo no se trata necesariamente de disciplinas antropocéntricas.

Afirmar hoy que el universo es acogedor suena ingenuo. Pero no era así para las culturas tradicionales (…)

Personalmente creo que esto es una idea algo mitificadora del pasado, y creo que poco realista. No creo que el mundo anterior al racionalismo fuera más acogedor. Supongo que Pigem en realidad se refiere a un mundo primigenio de comunión total con la naturaleza, pero… ¿la vida en la Edad Media acogedora? ¿la vida de plebeyo, no digamos de esclavo, en Roma acogedora? Etc…


El universo que heredamos a partir de Newton era una especie de burocracia cósmica en la que cada acontecimiento tenía una ley fija y su código identificador. Era un simple mecanismo, al principio comparado con un gran reloj y más recientemente con una gran computadora. Este universo mecánico ha entrado en crisis: el cosmos que ahora descubrimos parece cada vez algo más vivo. En el horizonte emerge un universo libre y orgánico, centrado en el aquí-y-ahora del observador, en el que todo acontecimiento es participativo, en el que sujeto y objeto se pueden distinguir, pero no se pueden separar, y en el que no somos espectadores pasivos de una realidad preexistente.

Que el universo newtoniano entrara en crisis no quiere decir que la ciencia lo estuviera. La ciencia sabe desde un principio que sus leyes lo son mientras nueva experimentación (medible, claro) y comprobable no las contradiga, perdiendo inmediatamente ese status de ley, que posiblemente es término poco agraciado en el contexto. Pensar que los científicos llaman leyes a los resultados deducidos de su experimentación para imponer un pensamiento me parece una generalización inadecuada. O, por así decir, no serán realmente científicos, sino otra cosa, si ‘creen’ en las leyes. Por su lado, es la propia ciencia (medible, claro) la que da lugar a esa interacción sujeto-objeto. Y para mí este párrafo ejemplifica toda la contradicción interna del libro, aquello que quiere decir y aquello que realmente dice: que es en realidad fruto de la ciencia el saber que debemos ir al postmaterialismo (económico), y que sin ella nunca hubiéramos podido saberlo de veras.

Héroe llamaré a quien hasta aquí haya llegado. Gracias en cualquier caso.


27 de marzo de 2010

Experiencia Austeriana

Brooklyn, por SoyIgnatius

Puedo calificar de experiencia austeriana el haber leído a la vez los dos últimos libros de Paul Auster. El experimento no fue premeditado. Estaba a apenas treinta páginas de acabar Man in the Dark (Un hombre en la oscuridad), y tenía que hacer un viaje de un día con unas 4 horas de tiempo libre para leer entre aviones y salas de espera de aeropuertos, con sitio para un libro en mi equipaje de mano. Y me llevé Invisible. De modo que tenía muy avanzadas las aventuras de Adam Walker cuando, a la vuelta, fui a terminar las de August Brill.

Auster es un conocido pesimista temeroso del azar. Si en sus novelas iniciales la orfandad angustiaba a varios de sus protagonistas, y si luego pasó por novelas en que los personajes son padres que viven en el miedo de ver perder a sus hijos, ahora parece vislumbrar el final de su vida a través de personajes terminales que recuerdan su vida con oscuridad: desesperanza, soledad, remordimiento. Si además consideramos que en Auster el momento histórico que viven sus personajes es siempre un telón con influencias significativas, puede decirse que el escritor ha encontrado un filón para su pesimismo en los progresistas norteamericanos destrozados por la ruptura del 11S y la respuesta neocon que su país dio, y está dando aún, a los atentados.

Desde El libro de las ilusiones, Paul Auster parece desbordado por la necesidad de narrar. Casi todas sus novelas desde entonces acumulan alambicadas historias personales surgidas de las obsesiones típicas del autor (la metaficción, las artes como símbolo y representación de la vida, el azar como motor de la acción, el cine, el miedo a la soledad por perder los seres queridos) en una espiral de narraciones hija de una inventiva desmedida y en ocasiones francamente brillante. Todas sus novelas se estructuran como muñecas rusas, con digresiones aparentes que complican necesariamente la trama, pero sus obras más conseguidas (Leviathan, El palacio de la luna, Trilogía de Nueva York) mantenían la intriga alrededor de una historia central delineada. A partir de El libro de las ilusiones, y hasta Invisible, la construcción menos trabajada dificulta al autor salir airoso de la concatenación de parábolas metaficcionales en que se encierra (La noche del oráculo es el mejor ejemplo si además hablamos de encierro, a pesar de lo sublime de su inicio), y eso le obliga a dar carpetazo a subtramas paralelas, en un ejercicio que se puede mirar positivamente como la liberetad suprema de un autor-que-manda-sobre-sus-personajes, o negativamente como un origen de desconcierto o falta de habilidad novelesca.

Esta es la circunstancia de Un hombre en la oscuridad, que es August Brill, un anciano que imagina y escribe historias en sus noches de insomnio mientras se recupera de un accidente y de su viudez reciente en casa de su hija divorciada y en compañía de su nieta, que acaba de perder a su novio en Irak. Brill imagina uns historia en que una América paralela que no ha sufrido el 11S está en guerra civil surgida del fruade electoral Bsuh/Gore de 2000. En la historia que escribe Brill, un soldado debe buscar al escritor que imagina esta demente guerra civil, para matarlo y acabar así con el drama.

Aunque esta historia de nuevo metaliteraria sobre el poder autodestructivo de la escritura contra su autor no es novedosa, su interacción con la vivencia socioemocional de los EE.UU. respecto a los hechos más dramáticos de su último cuarto de siglo de historia es una idea demoledora, apabullante, de gran valor metafórico (¿quién escribe la historia con minúscula, quién escribe la Historia con mayúscula?), brillantísima. Pero Auster, de todos modos, da uno de sus giros argumentales y termina el libro reflexionando sobre los azares d ela vida de Brill, en un nihilismo emocional que si encuentra alguna esperanza es escasa y centrada en una familia muy cercana. Afortunadamente, evita el tono hipercalóricamente sentimental de The Brooklyn Follies.

August Brill es un hombre que ya está mirando a la parce, como lo eran los personajes de The Brooklyn Follies y, en cierto modo, el encerrado personaje cíclico de Viajes en el Sriptorium. Por eso, para los austerianos de pro, es casi un soplo de aire fresco que Invisible empiece con la voz ligera, bañada de esperanza de vida, de un protagonista de 20 años, el aspirante a poeta y estudiante de Columbia de metafórico nombre Adam Walker, aunque narre sus vivencias del año 1967 muchos años después, tras haber sido ‘invisible’ durante décadas.


Walker, un personaje que obviamente comparte rasgos autobiográficos con Auster (y cuyas filias culturales por ejemplo cinéfilas son las del autor), cae rendido a los encantos de una pareja francesa que vive en Nueva York. El hombre es un personaje mefistofélico que le ofrece trabajo y mujer entre accesos temperamentales y opiniones fascistoides, y acaba viviendo con él un giro argumental austeriano (que no voy a contar), con el que la novela cambia repentinamente de género, despoja a la historia de las expectativas y referencias que ha construido con aparente buenos mimbres, y, al empezar el segundo capítulo de la novela, cambia de narrador y de tiempo, soltando tal bofetada narrativa al lector canónico que si no fuera porque vivimos en los tiempos de Lost, quedaría patidifuso.

Empieza así la algo habitual construcción metaliteraria, menos circular y menos intelectual que las de las muy oscuras Viajes en el Scriptorium y Un hombre en la oscuridad, y en comparación, se antoja menos metaficcional. Y al no narrar decenas de historias y centrarse en una sola, resulta un texto más intrigante en el sentido convencional, y aparentemente más equilibrada que Un hombre en la oscuridad, pero de premisa menos brillante y en cierto modo de menor interés. Invisible es una desnaturalización de las tramas del Auster juvenil mediante la introducción de sus necesidades actuales. Vuelve el narrador joven lleno de sueños, culturas y hormonas, pero introduce sus ancianos enfermos de vidas llenas de pérdidas y renuncias. La densidad de las acciones y los personajes es menor, su poder casi hipnótico más superficial. Por así decir, la aventura literaria de Walker es editar una revista literaria, algo de escaso fuste cuando uno lo compara con la realidad captada cada día a las ocho de la mañana mediante una fotografía a la puerta de un estanco de Brooklyn.

Auster puede acabar como Roth o Updike y llenar novelas consigo mismo y sus fantasmas hasta que llegue a los noventa (Dios le guarde). Tal vez éste sea el destino del ‘gran novelista norteamericano’ de éxito y reconocimiento mundiales. No parece, eso sí, que vaya a aburrirnos con rijosas historias de amor de ancianos vigoréxicos con jovencitas, pero tal vez le queden mil maneras de narrar cómo ver morir trágicamente a un familiar, deprimirse y encerrarse, y recuperarse gracias a una película, real o inventada. Sí parece que los años no le vuelven amable. Más allá de su desprecio por las nuevas tecnologías, qué decir de este final de entrevista que veo en ‘Qué leer’:

- Quizás la idea de vivir una ‘experiencia austeriana’ continuará circulando en el futuro con tanta frecuencia como ahora nos referimos a una ‘experiencia kafkiana’ ¿Qué le parecería?
- Como no sé qué tipo de experiencia es esa, no puedo responderle

Paul, cariño, tampoco hace falta ponerse borde...

Paul Auster, por Lotte Henson, vía Village Voice




25 de febrero de 2010

Esta soy yo cuando tenía 10 años

Me queda seguramente muy poco que aportar a lo que ya se ha dicho en foros que leen antes (mucho antes) que yo sobre Persépolis, una de las cumbres del cómic autobiográfico.

He llegado tan tarde a Persépolis que no sólo vi su adaptación cinematográfica antes, sino que encima leí una edición en tamaño bolsillo y en inglés, comprada en un aeropuerto de la aldea global. En su día consideré la película un trabajo muy bueno, que aparentemente recogía bien la estética gráfica (blanco y negro, contrastes cara/ropa, habilidad en el dibujo de masas) y la dramática del cómic (incluida la estructura episódica), aunque no puede esperarse otra cosa dado que la autora del cómic, Marjane Satrapi, es codirectora del film. Era sorprendente su sentido del humor al describir situaciones dramáticas sin por ello caer en la astracanada o la exageración. De todos modos, los lectores anteriores del cómic no parecen poder evitar que sus expectativas no se cumplan bien, y sin embargo son aquellos críticos que no han leído el libro los que disfrutan más la película; fíjense si ha pasado tiempo: Boyero aún escribía en El Mundo)

Leído el cómic lo entiendo, y veo claros los parabienes que hacen de él un libro magnífico, y eso siempre acaba suponiendo frustración en quien lo conoce al afrontar su adaptación. Persépolis, la historia de una niña iraní nacida bajo el régimen del Sha en una familia progresista de la oposición, que se ve obligada después a vivir la revolución islamista, la dictadura de los ayatollahs, la guerra con Irak, el exilio a Europa y el retorno a su país, no es sólo una crónica personal de crecimiento y descubrimiento llevada con lucidez y ternura, ni se queda simplemente en una denuncia sociopolítica de una cadena de sistemas políticos lamentables, sino que es sobre todo una ‘aventura’ excelentemente narrada, con personajes estupendamente definidos y diseñados, secundarios dosificados excelentemente alrededor de la niña y adolescente protagonista, y con soluciones narrativas que muestran con perfecta ejecución de sus dosis de rabia, realismo y (sin embargo) contención, cómo son los efectos de una guerra sobre la población civil, o cómo es la vida de un inmigrante en Europa.
La familia de Persépolis atiende a la revolución en casa, vía El Norte de Castilla
Leyendo Persépolis me notaba peculiarmente sereno. Conocer cómo terminaría la historia, descubrir aquellos elementos que no están en el libro y sí en la película no dejaron de influirme sobre mi visión de los personajes más justos que tiene (la abuela y el padre de Marjane). Su madurez y serenidad vitales, su convencimiento de la bondad de la lucha por las causas justas, su esfuerzo por dejar un mundo más ecuánime en las peores circuntancias… Perdonen ustedes tanta ñoñería, pues el cómic no lo es, pero la historia no me indignaba en realidad por la confianza extrema en los valores de la familia de Marjane, y porque pensaba que por grandes que fueran los contratiempos, no era posible que su pensamiento no sobreviviera y se reflejara en la propia Marjane. Parte de esa serenidad se rompía en la película (de idéntica estética, codirigida por Vincent Parannaud, también autor de cómics) con el uso obvio del sonido, la música y los diálogos… Parece muy obvio, una película tiene estas cosas a pesar de tener imágenes muy parecidas y una narración que se asemeja mucho a la de una novela gráfica. Sin embargo, Persépolis la película es más ligera y divertida que el cómic gracias a que los diálogos tienen mayor relevancia al ser escuchados con una voz que les inyecta drama, ironía, o sutileza (dado el caso). ¿Puede eso frivolizar el drama de fondo? ¿O resulta inevitable que suceda? Un efecto más extraño me sucede con el uso de las canciones que se mencionan en el cómic, que Marjane escucha, algo que inevitablemente debemos pensar que es un ‘recurso’ adecuado a usar en la película. Pero no es lo mismo que Marjane escuche Eye of the Tiger en el tranquilo silencio de la página que en un sistema dolby a volumen completo.
Punk is not ded, vía Juan Pablo Andrade
No sé si esta emoción se repite en otros lectores del cómic y espectadores de la película. Pero, francamente, esto me ha dado por pensar en las tecnologías que avanzan hoy tanto, y por si en un futuro será inevitable leer cosas como Persépolis en un ebook o un iPad que incorporen directamente la música que se menciona mediante una descarga, o un streaming. No sé si la opción me agrada.
Marjane Satrapi, vía thinkspire



31 de enero de 2010

Biskind & Biskind

Peter Biskind no tiene buena suerte con la traducción del título de sus libros al castellano. Si Easy Riders, Raging Bulls (How the Sex-Drugs-and-rock’n’roll Generation Saved Hollywood), su libro publicado en 1998, se tradujo como Moteros tranquilos, toros salvajes, su más reciente publicación, Down & Dirty Pictures (Miramax, Sundance and The Rise of the Independent Film) ha acabado siendo Sexo, mentiras y Hollywood. El primer título es desgraciado, y resultado de la traición de la traducción de los títulos de las películas al castellano. Easy Rider, el film de Dennis Hopper, se conoce como tal entre nosotros; sin embargo, Raging Bull, la biografía de Jake La Motta dirigida por Martin Scorsese con la que Robert De Niro ganara su segundo Oscar, se tradujo como Toro salvaje. Pero, claro, dejar la mitad del título de un libro en castellano y la otra en inglés… El segundo título es directamente equívoco: Sexo, mentiras y Hollywood es un guiño a uno de los primeros films independientes de los 90, la ópera prima de Steven Soderbergh Sexo, mentiras y cintas de vídeo, que pasó por manos de los dos principales protagonistas del libro (Robert Redford y Harvey Weinstein), pero ‘Hollywood’ es la partícula que precisamente sobra de toda la historia, porque es precisamente el cine principalmente norteamericano hecho fuera de Hollywood el objeto de estudio. Se ve que la vieja ciénaga sigue vendiendo más…
James Spacer y la masturbación, vía UGO

No cuenta mucho Internet sobre Peter Biskind, y casi todo lo que dice coincide con la solapa de sus libros. Que si editor de revistas de cine norteamericanas, que si periodista cinematográfico autor de libros polémicos… Sus libros se venden muy bien, pero no se trata de las biografías no autorizadas al uso –el mismo concepto de escandalosa biografía no autorizada me parece un camelo rosa-, sino de radiografías de la cultura cinematográfica norteamericana. Curiosamente, parece que tiene un regusto por las décadas impares del siglo XX, ya que además de los dos libros mencionados, que se centran en el cine de los setenta y noventa, Biskind es autor de Seeing is Believing: How Hollywood Taught Us to Stop Worrying and Love the Fifties, un título obviamente referencia de Stanley Kubrick que trata del cine norteamericano de los 50.
El empeño de historiar el cine con rigor y visión históricos es grande y difícil. Easy Riders, Raging Bulls lo consiguió bien, dando una visión amplia del cine norteamericano de los años setenta, encuadrándolo socialmente y sin olvidar las miserias cotidianas que a pesar de todo hicieron del libro un auténtico superventas, especialmente en el género. El libro, publicado veinte años después de la década que estudia, tiene la suficiente visión histórica para enmarcar aquellos años. Recordemos: una generación de jóvenes directores de cine recibió la confianza inesperada de los estudios de Hollywood, cuyo sistema clásico se había derrumbado económica y artísticamente durante los años sesenta. La mayoría de estos jóvenes tomaron varios postulados de la nouvelle vague y del freecinema, y se produjo una quiebra estética, narrativa, y dramática con el cine clásico –resumámoslo en una frase: todo se puede contar, todo se puede mostrar. Así, estos nuevos talentos (Spielberg, Coppola, Lucas, Friedkin, Polansky, Bogdanovich, y un larguísimo etcétera) y algunos veteranos que se sumaron al carro (Altman, Ashby, Pakula, Penn y otro etcétera de interés), vivieron una década loca, ganaron Oscars a cascoporro, hicieron que los estudios revivieran, y, desde la década de las crisis del petróleo, Nixon, Vietnam, dieron paso –o iniciaron en algún caso- al merchandising y al marketing desatados como ingrediente necesario de la distribución cinematográfica para lograr el éxito, cercenando precisamente los valores que les permitieron introducirse al obligar a rentabilizar la inversión de películas carísimas con una estrategia que limitaba a autores diferentes, y haciendo que la serie B se convirtiera desapareciendo como opción económica en favor de superproducciones que durante los reaganianos años 80 dominaron el panorama normalizando las divergencias estéticas hasta un punto vulgar en el cine norteamericano ‘de primer orden’.
El éxito de Easy Riders, Raging Bulls tenía razones: a la crónica exhaustiva y el buen análisis contextual, acompañados de sus dosis de chismes necesarios y anecdotario escandaloso de vidas al límite en época sin freno, se une la nostalgia de los setenta y el hecho de que para las nuevas generaciones, en efecto, el cine empieza en El Padrino, en 2001 Una odisea del espacio, o en Star Wars y Tiburón. Para Biskind, este éxito era una puerta a su nuevo libro. Sexo, mentiras y Hollywood es la crónica del nacimiento y venta del cine independiente norteamericano tal y como lo conocemos. En los años noventa el contexto es otro: se vive la democracia ecónomica y alegremente liberal de Clinton, el fenómeno grunge invade la música y las ONG proliferan por el mundo, y las nuevas tecnologías ya permiten hacer películas muy baratas, aunque aún no es posible intercambiarlas por P2P. Y la Web 2.0 no existe. Aún es necesario el boca a oreja, todavía no hay marketing viral, los móviles aún no son democráticos. En el cine sigue la crisis artística de los 80. Algunos nombres han nacido ya, no obstante. Ahí están Jarmusch, los Coen… Pero desde la película de Soderbergh, tanto el Instituto Sundance con su festival de cine como los estudios Miramax en la distribución y luego coproducción de películas, aprovecharon la aparición de cineastas con intereses artísticos que ni encajaban en el sistema de estudios ni querían hacerlo… y tuvieron éxito.
Cosas con las no que se atrevían en Hollywood, pero sí los Weinstein, vía bedbugbubble
Lamentablemente, Biskind no triunfa del mismo modo en este libro que en el anterior. La tentación clara es pensar que le ha faltado perspectiva, que su multitud de datos históricos es demasiado reciente (el libro se publicó en 2004) y que entre todos los árboles no ha sabido poner fronteras al bosque. Algo por otro lado comprensible en quien ha recolectado miles de testimonios de estrellas y directores en pleno éxito artístico; eliminar alguno (o más) de estos testimonios no ha de resultar fácil, también intentando seguir la visión comercial que debe tener el libro. El libro además es fundamentalmente la historia de Miramax, el estudio que Harvey y Bob Weinstein hicieron crecer de la nada, comprando pequeñas películas independientes y extranjeras, y distribuyéndolas con un marketing agresivo mientras obligaban a sus creadores a aceptar cambios comerciales en los montajes. Su pasión por las películas que ningún estudio hubiera querido producir o distribuir les avalaba. Su actitud arrogante cuando no directamente amenazante hacia los autores y su desastre de gestión a pesar de su visión de negocio les hizo figuras míticas, especialmente a Harvey, que si tuvo veleidades de director y productor a la usanza del Hollywood clásico, al final, en cierto modo, lo logró: los últimos años de la década son pródigos en ejemplos de su presión indecente para conseguir premios de la Academia con cuya posibilidad convencía a grandes estrellas para trabajar con salarios reducidos. Los Weinstein, cuando su negocio creció lo suficiente, se asociaron con Disney a la mitad de la década y comenzaron también a producir con una gran soporte económico. Bob Weinstein fundó y dirigió Dimension Films, dedicada a películas directamente comerciales que les hicieron ganar mucho dinero. Y diez años más tarde se vieron obligados a dejar completamente Miramax por diferencias con Disney, fundaron TWC (The Weinstein Company, que ahora mismo tiene varias películas en cartel), y Miramax acaba de anunciar su cierre. El libro cuenta prácticamente el día a día de la compañía desde que lanzaron Sexo, mentiras y cintas de vídeo en 1989 hasta 2002. Además de Soderbergh, consiguieron un sitio para Kevin Smith (Clerks, Dogma), Larry Clark (Kids), Darren Aronofsky (Pi), Quentin Tarantino (Reservoir Dogs y, por supuesto, Pulp Fiction), Alexander Payne (About Schmidt, Election), Billy Bob Thornton (El otro lado de la vida), Todd Haynes (Veneno, Velvet Goldmine)… Distribuyeron en los Estados Unidos a Neil Jordan, Danny Boyle, Almodóvar, Benigni… Cuando acabó la década, Chicago, El indomable Will Hunting, Gangs of New York o Shakespeare in Love, películas mucho más adocenadas, algunas con directores de encargo y todas dependientes de grandes estrellas, les subieron a la cima de los Oscar. Dimension por su lado produjo cosas como Scream o Scary Movie y ganó millones. Y el libro lo cuenta todo, casi sin descanso, hasta el agotamiento posiblemente innecesario. Los Weinstein tienen un perfil psicológico muy obvio desde un principio y ciertamente el libro ahonda en él de una manera que al final resulta cansadísima. Llena eso sí de una exhaustiva recolección de películas y de un innumerable anecdotario que aligera la función, pero…
Tarantino vendía sus películas como más gustaba a Harvey y Bob, via El País y France Presse
Hay sitio en el libro para otras productoras como October y también para la historia de Sundance, como instituto y como festival de cine independiente. El modelo del libro de nuevo se centra en la figura central del mismo, Robert Redford, que se negó a hablar con Peter Biskind para darle su visión de aquella década (los Weinstein sí que lo han hecho). Y de nuevo, el carácter incoherente, quijotesco dice la solapa del libro, de Redford, es claro desde un principio y prima toda la historia de su marca indie. Un hombre gustoso de poner dinero y dejar que el cine independiente crezca, se pueda producir y exhibir, que no quiere controlar nada del proceso, pero que respalda con ello sus negocios privados, que nombra y cesa de continuo al equipo, y que quiere saberlo todo pero sin hacer demasiado caso, en una actitud desquiciante como pocas.
Él, vía Fred Vidal
Al final, uno puede comparar las dos décadas de estos dos libros y los dos libros en sí, y verse sorprendido. En ambos casos, parece que el éxito individual de varios de los autores implicados acabó con su propia visión inicial del arte del cine. Y si en ambos casos existe la conjunción de talentos más o menos extraordinarios que en un momento concreto desarrollaron un modo de producción peculiar en la historia del cine, con obvias diferencias en los intereses estéticos y dramáticos, el éxito del ‘movimiento’ supuso en ambos casos su perdición. Tal vez sea ley de vida, que el éxito adocene, mate la creatividad, u obligue a adaptarse a una madurez no ya individual sino generacional en la que no apetecen ya demasiado las aventuras, y en la que, asombrados, se debe observar cómo crece una nueva colección de autores que hacen rodar la rueda una y otra vez.

El autor, vía Cencom










16 de enero de 2010

Jane Ambigüity

Al leer a Jane Austen hemos partido todos de una autora victoriana, más bien meapilas, beatona y tradicional, una aburrida rollera y romántica que asume el papel de la mujer a la sombra de un marido, que razonaba con justificación el sistema de dotes y rentas propio del antiguo régimen; que, en una palabra, perpetuaba el falocentrismo a mayor gloria de un hombre (el inglés) que ostentaba un imperio económico, político y sexual.

Al terminar con ella sin embargo hemos llegado a una precursora del feminismo en sus heroínas protagonistas, que con su formación humanitaria comprenden mejor que los hombre la condición humana y buscan con mayor ética y ternura una pasión verdadera en que vivir una vida con la que sentirse plenas. Son mujeres que asumiendo el mundo en que viven lo subvierten internamente y sin revoluciones, impidiendo la injusticia social y pautando un rechazo sutil del modelo masculino del poder absoluto ¿O tal vez, a la larga, fomentándolo a base de ‘sutilezas’?

¿Cómo ha sucedido esto, en cualquier caso?

No lo sé. Asumiendo que este cambio de punto de vista trasciende el interés puramente literario o artístico, entiendo que el feminismo, considerado también como fenómeno psicológico subconsciente que todos hemos interiorizado en nuestra época, ha cambiado de interpretación, o ha ampliado el punto de vista, comprendiendo más a mujeres de otra época (también a determinadas lecturas de la época actual), sin categorizarlas desde una perspectiva histórica actual y por ello injusta.
Mansfield Park es la cuarta novela que leo de Jane Austen, de las seis que escribió. Cada novela de Jane Austen leída, la última novela de Jane Austen que leo en cualquier caso, se convierte para mí siempre en su mejor libro. Quedan borrados los anteriores, incluso los personajes. Tras Mansfield Park ya no recuerdo a Mr. Darcy, o a Anne Elliot. Ahora todo es Fanny Price ingeniandóselas para rechazar las atenciones (y los dineros) del solícito Mr. Crawford, y obtener en cambio las de su querido primo y futuro clérigo Edmund Bertram mientras se esfuerza por adaptarse a la alta sociedad de la familia de sus primos una vez que estos la escogen para eludir el arroyo de su propia familia, debido a un ‘mal casamiento’ de su madre. Todo ello sin mencionar los consabido escarceos e intereses matrimoniales, inmobiliarios y económicos de la situación. Por lo que recuerdo, Fanny Price viene a ser el personaje austeniano más ‘puro’, el que pobre, sin educación y sin aspiraciones sigue siempre el dictado de un corazón limpio y una cabeza lúcida; temerosa siempre de personajes aparentemente más poderosos (en inteligencia, en posición, en dinero, en aptitudes sociales) que ella, las convicciones de Fanny rompen los muros que los tres personajes masculinos principales construyen a su alrededor. Todo ello sucede con la gloriosa sintaxis austeniana, llena de intenciones y aparentes dobles sentidos, y dentro de una estructura férrea, legible como folletín decimonónico en un santiamén.

¿Pero hay o no hay un feminismo austeniano? Esas convicciones de Fanny Price… ¿no son tal vez pensamientos reaccionarios por moralistas? ¿O son justas consideraciones al aplicar una categoría moral sin fisuras? Las relaciones en la época de Jane Austen eran sin duda retorcidas e injustas hacia la mujer, pero, mira por donde, este pensamiento aparente es especialmente contestado en Lady Susan, el relato epistolar que conseguí en colección un tanto infame de un diario de amplia tirada, y que abre esta entrada.

Lady Susan muestra que Jane Austen ha leído Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos. Es una novela epistolar con un personaje femenino central sorprendentemente (en Austen) casquivano y libertario. Susan Vernon es una viuda alegre que después de seducir al novio de su hija para impedir el matrimonio inminente –e inadecuado- de ésta, se ve obligada tras el múltiple escándalo a refugiarse en casa de su hermano. Susan no duda en usar sus encantos con los hombres, en describirlo y explicitarlo así en sus cartas a su amiga íntima, y Austen la entiende y la ve positivamente. Susan Vernon debe sobrevivir en un mundo de hombres, y en su situación, para asegurar su bienestar y el de su hija, Austen la bendice dándole una palabra sin censurar que además no es sojuzgada. La lástima de este relato es su sensación de haber pretendido ser una novela inacabada, en la que después de 70 páginas de cartas cruzadas aparece un último capítulo narrativo a modo de epílogo explicativo y frustrante. Austen suele introducir cartas en sus novelas, como es lógico dado que se trataba de un modo esencial de comunicación en su época, pero demuestra que el formato se le adapta bien a su maestría habitual. No sé, eso sí, si será un texto fácil de encontrar.

Una no muy alegre Jane Austen, via Abebooks



2 de enero de 2010

Diciembre de desconcierto

En diciembre, con la entrega de los Nobel, proliferan los artículos alrededor del dichoso premio; mayoritariamente hablan del premio actual, pero siempre hay mención a premios anteriores. Así, en menos de una semana, he leído a Fernando Savater decir que a veces el premio descubre alegrías que nunca hubiéramos conocido (Szymborska, que tiene libros nuevos publicados en castellano), a Iñaki Ezkerra que Herta Müller se hizo hipócritamente la sorprendida al recibirlo en 2009 ya que llevaba décadas trabajando las debidas relaciones públicas en Estocolmo como en su día lo hizo por ejemplo Camilo José Cela, y, finalmente, a Rosa Montero decir que no entendía para nada el premio al escritor francés J.M.G. Le Clézio, concedido en 2008.

Cuando se entrega un Nobel a un autor de una literatura que como lector me resulta desconocida, o a una figura de la que nunca había oído hablar, muestro precaución; no se trata de ir más allá de la desconfianza hacia los premios y todo eso, que en efecto es algo con lo que estoy de acuerdo, aunque también tenga su punto snob que puede impedirte descubrir buenas joyas. Se trata de escuchar las crónicas periodísticas y rechazar cosas como Elfriede Jelinek, por poner un caso. Pero… ¿y Le Clézio? Para mí era un autor desconocido de una literatura cercana, en la que podían seguramente haberse escogido otros autores más conocidos. Tal vez se tratara de uno de esos intrigantes que decía Ezkerra, aunque sin duda el criterio de alguien generalmente poco consistente como Montero no era un obstáculo para intentarlo. Le Clézio es un novelista de gran recorrido en Francia, con cierto éxito editorial, modestamente traducido al castellano, cuya biografía wikipédica resulta cuando menos apasionante por un lado, y responsable por otro de la etiqueta de exotismo peculiar que el autor tiene en Francia, y que él rechaza como ejemplo de eurocentrismo de la crítica literaria francesa.

Compré dos novelas recomendadas entre sus mejores obras: El pez dorado, La cuarentena.

Bueno, pues el desconcierto que insinuaba en el primer párrafo no se me ha pasado.


He leído hasta ahora sólo El pez dorado, que hace referencia a un pececillo ágil y bello que siempre consigue librarse a última hora de las situaciones comprometidas. Es la historia de Laila, una niña norteafricana raptada y llevada a vivir a la ciudad. A partir de ahí mil peripecias la llevan entre la familia que la ‘adopta’ (ejerce de nieta de una mujer mayor que la educa), las prostitutas de un burdel que la acogen cuando la abuela muere, su viaje como ilegal a París, y su vida allí en sótanos y pisos patera, con problemas con hombres y policías pero también con la ayuda de algunas mujeres, hasta llegar a los EE.UU., hacer inesperados pinitos en el mundo de la música, rechazar una vida mejor y volver a su país, en un final aún más utópico que tópico.

Sí, lo sé, suena fatal. Un argumento de folletín neoprogresista. Pero, como de costumbre, el estilo es el mensaje, si es que lo hay. El tono muestra cierto desafecto en una exposición aparentemente neutral de hechos, con descripciones realistas tipo nouveau roman, y en el que no hay juicio moral subrayado alguno, y la protagonista no es un dechado de valores. Suspendemos nuestra moral en su favor como protagonista que es, pero me temo que esto responde a un esquema mental del lector más que a una intención del autor.

La novela consume episodios con una rotundidad pasmosa, sin preocuparse más de sus personajes secundarios, y sin interés por la construcción que cierre con precisión las historias secundarias que giran alrededor de la tiránica trama central. La falta de una supuesta emoción sensible, que la descripción de los ambientes exóticos o de los hechos sórdidos sea idéntica a la de la vida en las grandes plazas y apartamentos del primer mundo, eliminan el tono best-seller. Pero, claro, el precio es la frialdad, el desapego tras la lectura, la extrañeza ante el uso de algunos tópicos (el final, la protagonista exótica, el rollete literario afrancesado, la aparición del talento en el lumpen), el desconcierto ante la falta de aparente denuncia: no hay juicio, hay hechos, hay sucesos. Y tal vez no sea frialdad, sino una sensibilidad desarrollada en un plano estético e intertextual, una novela pensada con la cabeza pero no escrita con las tripas, una emoción intelectual alrededor del drama de la modernidad de Occidente frente a la inmigración.

Dicho lo cual, es posible que me pase lo que a Rosa Montero, que no entienda bien por qué le han dado el premio. Pero tal vez eso sea un valor, y no lo contrario.