28 de enero de 2013

Lector que lees con amor




Stephen Daldry es un reputado adaptador de novelas al cine. Empezó con un guión original (Billy Elliot), pero consiguió su prestigio con Las horas (de Michael Cunningham, a su vez una variación de La señora Dalloway, de Virginia Woolf), le fue bien con El lector (de Bernhard Schlink), y de momento completa su carrera con la floja Tan fuerte, tan cerca, una novela de Jonathan Safran Foer de la que no tardaremos en hablar aquí. Pero así como la novela Las horas (leída tras haber visto la película) me pareció un libro muy conseguido, creo que con El lector, Daldry se enfrentó a un texto de idea interesante pero ejecución floja y discursiva.

Michael es un chico alemán de 15 años que en 1958 empieza a acostarse con Hannah, una mujer de 36 años con la que entra en contacto por azar. La relación tiene un componente de formación sexual y de pasión adolescente incontrolada, pero en ella se produce un hecho peculiar: a Hannah le encanta que su amante Michael le lea en voz alta y se convierta así en su lector particular. La relación termina pero siete años después Michael estudia Derecho y asiste por ello a un juicio contra siete mujeres acusadas de crímenes cometidos mientras fueron guardianas de prisioneras de campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Hannah está entre ellas.

En otros tiempos, ser un chico leído podía tener su recompensa.

Organizada en tres obvios tiempos dramáticos (adolescencia, juventud estudiosa, madurez), el principal problema de Bernhard Schlink en El lector es agotar al espectador mediante la descripción académica y simplona de los hechos y el entorno en que se enmarcan, sin ninguna aportación dramática, que retrasa la narración, y que debería haber sustituido por una mayor profundidad de la historia de los personajes. La primera parte, la historia del amor adolescente de Michael, es todavía una narración media y llevadera, donde incluso alguna reflexión alcanza algo de valor. Pero durante el juicio, Schlink es incluso vulgar en su tratamiento del texto y hacia sus lectores, a quienes no parece reconocer ningún conocimiento previo no ya del nazismo, sino de los mecanismos del horror.

Una pena, porque aunque sean obvias y poco novedosas cuestiones como la literatura como expiación, o la falta de literatura como barbarie (aunque si esto es discutible en algún contexto es precisamente en la Alemania nazi, hija de una de las élites culturales y científicas más sorprendentes de la historia de la humanidad), no dejan de ser metatemas que siempre me resultan atractivos en literatura. La película ganaba gracias a la voz, y a un planteamiento de erotismo suave tras el intuido horror histórico, que conseguía cierta densidad. Pero a Schlink, posiblemente arrastrado por una necesidad de ventas, le falta arrojo en su texto.

Foto de Bernhard Schlink en Wikipedia







18 de enero de 2013

Sobre el cliente




Pagando por ello. Memorias de un putero en cómic es el título de impacto moral que Chester Brown no escogió para su libro, pero que aceptó llamar así por sugerencia de unos editores que se enfrentaban a una publicación algo complicada. Se trata de unas memorias reales, en las que el autor explica cómo empezó a ir de putas, por qué lo hizo y por qué lo dejó, y da abundantes notas con su opinión sobre la prostitución en un texto al final del libro.

Este cómic biográfico cuenta 15 años de la vida de Brown, quien al inicio del libro vive con su novia, con la que rompe aunque siguen viviendo en la misma casa. Brown reflexiona sobre las desventajas del amor en pareja, los sinsabores que le ha dado, y sus problemas propios para tener relaciones sexuales casuales por sus pocas habilidades sociales, y decide probar con la prostitución. Supera sus  miedos y tabús al respecto y se encuentra con una experiencia que le resulta muy positiva, en la que además no observa ninguno de los problemas esperables aunque en su interior los tema: drogas, enfermedades, trampas de la policía, etc… El ejercicio de exposición de la intimidad es total, no sólo corporal sino emocional, porque Brown va contando a sus amigos y amigas cómo va su experiencia, y discutiendo con ellos sobre las maldades del amor romántico y las bondades de la prostitución.

Intimidad bajo los focos

El cómic está dibujado en blanco y negro, en un modelo casi cuadriculado e invariable de 8 pequeñas viñetas por página, en páginas de grandes márgenes. El blanco y negro es marcado y tiene sentido dramático: viñetas negras para las fechas de cada acto (lo cual acerca el libro a un diario gráfico), y efecto de iluminación para el sexo o la entrega de dinero. El tono general, acorde con el propio autor, es el de un análisis algo frío, que además se acompaña de la opción estética de no mostrar las caras de las chicas, a las que obviamente ha cambiado el nombre.

Reconozco que me interesan mucho más Chester Brown  como autor y su reflexión, que el cómic en sí, que se me ha hecho algo repetitivo en su ritual de contratación + sexo + conversación con la prostituta y/o con los amigos. Pero en el argumentario de Brown para convertirse en putero, seguir durante años y finalmente dejarlo, encuentro razones reveladoras porque me resultan coincidentes con parte de mi pensamiento al respecto, aunque mis conclusiones serían muy diferentes. Yo también creo que el amor romántico está sobrevalorado y que para mucha gente es más una mentira social que la mejor solución natural para su vida… pero no por ello creo que los matrimonios convenidos del pasado fueran mejores que los actuales, aunque sólo sea porque en su día eran matrimonios tan forzados como convenidos. También me parece que la prostitución debe descriminalizarse, que las prohibiciones y regulaciones son injustas para las mujeres, y que no se trata de un sexo que transmita más enfermedades que el sexo casual de una noche, pero no por ello me parece que el futuro de las relaciones sexuales en un mundo ideal sea el intercambio por dinero (que de momento es abrumador en la dirección de hombre a mujer) porque hayamos aprendido tolerancia hacia la prostitución quitándonos tabús. Más bien veo que sin tabús alguien como Brown tendría habilidades sociales para acceder a sexo casual, y su necesidad de acceder a una oferta de prostitución desaparecería.

Discusión al aire libre

Brown es muy racional y excelente argumentando con sus amigos. Se ha despojado de tabús y tiene las ideas claras. Además, es un putero educado y consideradísimo con las chicas. Niega de continuo que su actividad como putero le afecte, o que se haya encontrado con chicas explotadas, aunque el cómic sea casi gélido, nada emocional. Creo que a veces cae en demagogias clásicas (como su versión propia del clásico todas son putas, depende del precio) o en cierta ingenuidad al creer que las mujeres le cuentan la verdad de sus vidas. A veces, curiosamente, las prostitutas le afean que no crea en el amor.

Pero el libro es excelente en su desmitificación del putero medio, y de la prostitución digamos cotidiana, y junta un raciocinio claro y profundo con una experiencia propia que mucha gente que habla del tema no tiene. Hay un valor de campo a reconocer y considerar.

Chester Brown por Aaron Lynett (vía)





8 de enero de 2013

Aún sin Tesla




La lectura de Relámpagos me empujó finalmente a leer la biografía de Nikola Tesla que tenía hacía tiempo en la estantería. Aunque yo creía que se trataba de un libro reciente, resultó que lo es sólo su publicación traducida en España en 2009, ya que se trata de una obra publicada originalmente por Margaret Cheney en 1981. El dato es importante, dado que una buena parte del mito de Tesla se debe a que dejó predicciones sobre el uso de inventos que con el tiempo y el desarrollo tecnológico se van revelando como posibles.

Nikola Tesla. El genio al que robaron la luz es un libro bien documentado y en general bien narrado. La autora participa activamente del entusiasmo por la figura de Tesla, y recoge su posición individual en el mundo industrial en continuos desarrollo y crisis que le tocó vivir, además de simpatizar con un inventos visionario pero vilipendiado, y probadamente robado tanto económica como intelectualmente, y que resulta fascinante también por un legado de inventos que la historia era aún joven para entender, apoyar, no digamos financiar.

Nikola Tesla y la bombilla sin hilos (vía)

Pero, por otro lado, creo que este es un libro frustrado, incompleto (además de mal traducido), o bien con un reto excesivo, además de falto de una cronología clara. Tesla es una figura intermedia entre ciencia y tecnología, adelantado en parte al impresionante grupo de físicos y químicos dela primera mitad del siglo XX –al que proporcionó elementos básicos para su investigación- pero falto por otro lado de su método y su profundidad teórica. Su necesidad de inventar y patentar en un entorno industrial, y su teatral gusto por las presentaciones mediáticas espectaculares le acercan a una figura mágica, un druida de la electricidad, el último alquimista. Esta contradicción, sólo apuntada, requería un mayor trabajo. Sólo se entendería mordiendo sin miedo la parte de la biografía que Cheney deja en descripciones básicas: la de su maquinaria, la de los fundamentos de su ciencia. No existen esquemas, diseños, una visión histórica de sus cambios con el tiempo, una pasión real por el invento y la tecnología que lo respalda. Es decir, a pesar de la existencia de parte de esta ciencia dentro del texto escrito, en realidad la autora no entra a explicar por qué pensar en esa tecnología llenaba a diario la vida de Tesla. No entender esta pasión aleja al libro de logros debidos.

Interiorizar en la ciencia de Tesla parece que es un punto clave que nadie acaba de abordar para hacer el salto entre el genio de la corriente alterna y el loco que cuida palomas enfermas en la habitación de su hotel. Echenoz lo suplía, en una novela, con un acercamiento psicológico a un personaje. Una biografía de Tesla exigía más. También un post mortem, que incluyera desde su influencia en la ciencia hasta su peso en la subcultura pop, pasando por las lecciones dejadas a los modelos de negocio. ¿Cómo resistirse a no ver por ejemplo en la relación con características industriales de producción, negocio e innovación pionera de Edison y Tesla en el comienzo de la electricidad un espejo de los avatares entre Bill Gates y Steve Jobs de hace treinta años, cuando la informática empezaba su industrialización?

Margaret Cheney (vía)

28 de diciembre de 2012

El artista en su gloria



Es obvio que me he enganchado con Jean Echenoz, y, contradiciendo mis propias reglas como lector, he leído tres libros del mismo autor en apenas tres meses. Ravel es el primer libro de una trilogía de biografías que se completa con Correr  (sobre la vida de Emil Zatopek), y Relámpagos (sobre la de Nikola Tesla), y comparte sus mismos rasgos estilísticos, aunque no me ha entusiasmado como ellas.

¿Puede haber una técnica más depurada en Correr o en Relámpagos que en Ravel? Lo dudo, dado que Echenoz es escritor experimentado y que en verdad no existen diferencias significativas: el acercamiento a la intimidad mediante la sencillez es igual, el tratamiento del anecdotario que jalona la vida del personaje público en cuestión como contrapunto de la cotidianeidad rutinaria que vive es similar, el libro también es corto y avanza con rapidez en un lúcido resumen biográfico, y tal vez sólo se distingue por cubrir diez años de la vida de Maurice Ravel en lugar de las casi completas de Zatopek o Tesla.

Maurice Ravel (vía)

Creo que me falla el entusiasmo porque no he empatizado con el personaje autor del famosísimo Bolero, con cuya partida en barco a EE.UU. en 1927 para realizar una lucrativa gira diez años antes de su muerte comienza la narración. Ravel ya es mayor y tiene problemas de salud que empiezan a afectarle, pero en su caso el éxito es real y completo, no vigilado como en Zatopek, o fugaz como en Tesla, lo es además desde el inicio de la novela, y el comportamiento estrafalario del músico parece más bien una impostura que una respuesta o una condición debida al mundo exterior a veces hostil, o a un convencimiento interior moral. Aunque sin duda no vence a Tesla en extravagancia (tampoco en riqueza del anecdotario). También es cierto que si bien los tres libros son cortos, Ravel es el más breve de ellos, y que se centra en una figura cultural mítica del país del autor, y eso puede encorsetar más al escritor porque probablemente su lector natural (un francés) tiene una imagen más nítida en mente de Ravel.

No por ello es un libro mediocre, claro, pero posiblemente pedía un tono algo distinto, aunque sin el contraste de Correr y Relámpagos no lo vería tan claro. El acierto al escoger el personaje y adecuarlo al tono es, en este caso, crucial.

Jean Echenoz (vía)



18 de diciembre de 2012

Violencia



La personalidad de Slavoj Zizek es arrolladora, y sus obras son un fiel reflejo de ello. En Violencia, publicado en 2008, recoge seis ensayos distintos en los que da su visión sobre el origen y tipos de violencia. La razón de su reflexión, el inicio, son los conflictos en la banlieue de París en 2005, que pretende explicar y encuadrar en el mundo actual. Pero en su objeto de estudio están también los ataques terroristas, el caos en Nueva Orleans tras el Katrina, o, por supuesto, el conflicto palestino-israelí. Zizek no sólo analiza la violencia física, este tipo de ataques que recogen los medios a la vez que nos anestesian para que no actuemos contra sus causas, sino la violencia sistémica que el mantenimiento del statu quo mundial, nacional u organizacional impone.

París, octubre de 2005 (vía)

Leer a Zizek es dinámico y entretenido. Además de tener una potente base argumental en su erudición y cultura, trabajadas con gran poder de interpretación, es provocador por naturaleza, y combina con desparpajo pero tino desde el pensamiento de filósofos y psicoanalistas al análisis, como crítico cultural que es, de películas de cine. En Violencia encuentran acomodo las éticas de Kant y las metodologías de Nietzsche, Descartes, Heidegger, Hume y Smith, y las dialécticas de Hegel y Marx. Pensadores actuales como Huntington, Fukuyama, Habermas, Sloterdijk, o Glucksmann. También Freud y su admirado Lacan. Pero la densidad que esta alta cultura puede suponer se refleja en una prosa limpia y seguible, y se alterna con la exégesis de momentos clave de Algunos hombres buenos, El bosque, Dogville, Psicosis, El fugitivo o Hijos de los hombres. La literatura tiene menos presencia, apenas hay un pertinente comentario a Houllebecq.

Con lo potente y convincente que es, el poder de provocación de Zizek a veces pierde el argumentario, y tal vez debería rebajarlo. Algunas tesis más bien laterales (que la Iglesia como institución lleva a la pederastia, y por lo tanto un pederasta nunca traiciona a la Iglesia; que los activistas contra la pena de muerte se arrogan el derecho de gracia con la misma perversión que sus promotores el derecho de matar) requerirían mucho más trabajo que un párrafo, y parecen estar ahí para epatar. Por momentos, Zizek, que explica excelentemente la violencia del mundo hegemónico occidental –su análisis respecto al fundamentalismo religioso y el conflicto de Medio Oriente (guerra de Irak incluida) es brillante- se acerca claramente a posiciones revolucionarias, y acaba con un capítulo dedicado a lo que llama (cortesía de Walter Benjamin) violencia divina, donde se explica su papel en el progreso que nace del cambio social, la imposibilidad de sus agentes de conocer en profundidad la trascendencia de su violencia (siempre la creerán de origen divino), y donde se resalta la violencia de no actuar. Aunque se olvida, creo yo, del análisis del papel de las víctimas, cuya reducción en el estudio no considera su trascendencia (de hecho es la –tópica- parte menos sólida del análisis del conflicto israelí), que queda sin encajar dentro del hay que endurecerse sin perder la ternura del Che Guevara o el Love without cruelty is powerless; cruelty without love is blind, de Kant, Kierkegaard y… Robespierre. ¿Cómo se establece la línea entre amor y crueldad? Sé que no es argumento para parar el cambio, pero ¿quién sabe si ese cambio es el adecuado?

Londres, agosto de 2011 (vía)

Violencia es muy interesante, lúcido, y polémico. Puede no estarse de acuerdo, puede echarse en falta una historia de las consecuencias de las violencias (aunque iría en contra de la generalización que necesita el estudio); y puede acusársele de occidentalismo, desde luego. Pero está maravillosamente escrito y razonado. Es cierto que al lector habitual de Zizek le sonarán demasiado varios de los argumentos y ejemplos, porque yo mismo se los he leído en otros libros o visto en videos (el autor recicla, no lo duden). Zizek conoce el mundo en que se mueve y le ofrece una pieza de pensamiento profundo envuelto en el caramelo de la actualidad y la cultura pop, y supongo que así ha conseguido publicar más de cuarenta libros.

Foto Slavoj Zizek (vía)



8 de diciembre de 2012

El gran Bellow



Leyendo El legado de Humboldt, la novela con que Saul Bellow ganó el Premio Pulitzer en 1976, unos meses antes de que le concedieran el Premio Nobel, he tenido varias veces presente la famosa afirmación de Truman Capote en el prefacio de Música para camaleones: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero es sutil, pero brutal. No escojo Capote por casualidad. Bellow y él compartían la fascinación por la acción y por el concepto norteamericano del éxito. También eran bajitos, pero establecer una conexión entre estos puntos ya entra en lo burdamente psicoanalítico.

Lo de Bellow en esta novela es, en efecto, arte verdadero, por tontorrona que suene la expresión. Un torrente de creatividad, cultura, influencias y referencias tamizado por unos imponentes estructura y diseño de personajes, que por momentos es un relato arrollador, profundo en el tema y ligero en la forma, anticipador visionario de tramas y personajes/situaciones, divertido, lúcido e inteligente. El personaje principal del libro es Charles Citrine, dramaturgo de éxito, ganador del Pulitzer, cuyo amigo y mentor el poeta Von Humboldt Fleischer ha muerto recientemente sin que ambos solucionaran la enemistad que Humboldt desarrolló ante el éxito de Citrine. Éste está sufriendo un divorcio más satírico que doloroso en el que su mujer y sus propios abogados parecen confabulados para arruinarle, se ha relacionado con el gángster Rinaldo Cantabile –que le amenaza y le extorsiona por una deuda de juego-, y su nueva novia, la exuberante Renata, le presiona para que se case con ella. Por si fuera poco, su editor le engaña con el proyecto de una revista artística, y su contable y amigos le enredan en problemas aún mayores. Y mientras, Citrine vive en su mundo de pensamientos literarios inútiles, donde todo se explica mediante sucesos de novelas o poesías de los clásicos, o bien divaga sobre las delirantes enseñanzas antroposóficas de sus amigos. Nadie le entiende cuando sufre estos episodios, y busca entonces explicaciones grandilocuentes a problemas miserables de la vida. El caos instalado en su vida es proyección del de su pensamiento, y viceversa. ¿Qué contendrá el testamento de su ex-amigo para él?

Chicago (vía)

Bellow ambienta la novela en Chicago (con un sorprendente final de guiño quijotesco en el Madrid tardofranquista), a la que presenta con una psicología de ciudad de provincias hija de una Nueva York menor. La incapacidad de la ciudad para alcanzar la cumbre impregna la de los personajes principales. Humbold y Citrine, una pareja de escritores que se miran uno al otro de continuo, son incapaces de realizar una obra respetable artísticamente que además resulte un éxito. Si éste aparece, es consecuencia de sus trabajaos más vulgares, simples divertimentos que ellos mismos desprecian, aunque paguen las facturas y los inmensos gastos de la cohorte de depredadores que se instalan alrededor de Citrine. Cantabile o Renata no son tampoco lejanos a esta insatisfacción vital entre contrarios personales que la ciudad como contexto no consigue satisfacer, y a la que culpan de su fracaso.

Bellow relata con una agilidad permanente pasmosa, con frases precisas y seguras que despliegan referencias, recuerdos y avances de la narración de continuo, y que confieren un ritmo imparable al libro. La condición literaria del protagonista permite adornar su discurso de innumerables apuntes sobre la condición humana, el sentido del arte, y la ironía de la existencia, mientras éste vive una hilarante farsa personal, económica y profesional, en un juego de madurez y sabiduría por momentos asombroso, en el que no hay que olvidar una excelente construcción casi matemática que requeriría una segunda lectura. El legado de Humboldt destila pesimismo sobre la escasa capacidad del arte (o del escritor) para explicar el mundo, aunque Citrine exprese que ese era el mensaje de Humboldt. Debe afirmar una vez más con todo el convencimiento que el arte expresa los poderes internos de la naturaleza. O precisamente por eso, porque esos poderes se expresan mediante la farsa total en una historia donde los personajes, serios aspirantes al éxito profesional, se apellidan Citrine, Cantabile, Thaxter, Pinsker, Szathmar, Tomchek o Swiebel.

Había leído previamente dos novelas pequeñas de Saul Bellow, Seize the Day y Ravelstein, y no me habían satisfecho. Las leí en inglés, cosa que con El legado de Humboldt habría sido imposible dado su complejo nivel referencial también en lo lingüístico. Con ésta me hago fan de Bellow y procuraré seguir otras novelas mayores suyas. Seguiremos informando.

Saul Bellow (vía)



28 de noviembre de 2012

Luz que brilla con el doble de intensidad (y un par de apuntes sobre innovación y liderazgo)



Es sabido que todo el mundo piensa, siempre, la misma cosa en el mismo instante. En cualquier caso, siempre hay al menos una persona que tiene la misma idea que uno. Pero siempre hay uno también que, con la misma idea que los demás, se muestra más paciente, más metódico, o es más afortunado, más sagaz, menos disperso que Gregor, para dedicarse exclusivamente a ella y anticiparse a todo el mundo realizándola. Y ése es el primero que da su nombre a su idea. El que la introduce en el mercado, el que comercia con ella y el que cobra. En ocasiones puede que ello tan sólo responda a un nombre. Pongamos el cine, por ejemplo. Lo inventó un montón de gente al mismo tiempo pero entre ese montón de gente estaban dos hermanos llamados Lumière. Todo depende de muy poca cosa, verdad, basta una menudencia: cabe imagina que con semejante nombre no es raro que fueran ellos los que se llevaron el gato al agua.

Tal sucederá con Gregor: los demás se apoderarán discretamente de sus ideas, mientras que él se pasará la vida en ebullición. Pero no se reduce todo a hacer hervir, después es preciso decantar, filtrar, secar, triturar, moler y analizar. Cuenta, pesa, separa. Gregor nunca tiene tiempo para dedicarse a todo eso.

No sé bien por qué Echenoz narra la increíble vida de Nikola Tesla ficcionando su nombre (un tal Gregor es su protagonista) pero manteniendo el realismo de su época, sus inventos, o los personajes conocidos con que se cruzó (Edison, Westinghose, J.P. Morgan). En Relámpagos, Gregor es un inventor visionario y excéntrico, un niño prodigio de las Matemáticas y la Ciencia, que viaja joven a EE.UU. donde empieza a trabajar  con Edison, quien no quiere adoptar la propuesta de Gregor de sustituir la peligrosa corriente continua de su invención por la corriente alterna, que finalmente se impondrá gracias a que Gregor comienza a trabajar con George Westinghouse. Sin embargo, Gregor nunca se preocupó de asegurar su talento, mediante patentes bien protegidas o el cumplimiento de los tratos y contratos con magnates diversos que sacaron mucho beneficio de sus logros a cambio de muy poco. Bueno, a cambio de pelearse con un hombre solitario hasta la misantropía, célibe, asocial, maniático, neurótico, y tan visionario como gastador.

En cuanto pudo, Tesla siempre trabajó para su propia compañía (vía)

Echenoz narra años y décadas con celeridad y precisión pero sin sensación de atropello. Consigue una visión íntima del personaje, comprensiva e interesante a pesar de que los últimos años de la vida de Gregor tienen para el autor poco que raspar (aunque no sea del todo cierto). Aprovecha además un buen anecdotario, desde la invención de la silla eléctrica a causa de una feroz competencia empresarial hasta el paso por pubs del narigudo banquero J.P. Morgan, sin olvidar las polémicas de la invención de la radio o el radar, o los momentos visionarios que ahora, desde nuestra tecnología superior, se nos muestran reconocidamente pop como la comunicación con los marcianos que Gregor tuvo entre sus proyectos. Apuntes breves e imbricados, narrados en frases cortas de lenguaje sencillo, que intiman con la experiencia personal de Gregor y la imagen exterior del personaje.

El Tannenbaum’s Oyster está lleno de gente, de humo, de ruidos, de voces, de música mecánica y de vasos en colisión a la hora punta, mas todo se paraliza cuando aparece el millonario de todos conocido ya que le precede su nariz legendaria, luminosa y voluminosa, así como un vehículo con faro giratorio que anuncia un convoy excepcional. En medio del respetuoso silencio que reina de inmediato, John Pierpont Morgan se acerca pesadamente a la barra pidiendo dos cervezas con voz de ogro, y el barman obedece a toda velocidad temblando ligeramente. Acto seguido, mirando en derredor a la clientela paralizada que hace corro en torno a él, cada cual sosteniendo respetuosamente el sombrero apoyado con las dos manos en el pecho, el financiero decide crear un poco de ambiente. Cuando Morgan bebe –vocifera- todo el mundo bebe.

Ovación: encantados con la perspectiva, todos los parroquianos se apresuran a pedir por lo menos una cerveza y se reanudan las conversaciones con las jarras entrechocadas, la música y todo el resto hasta que John Pierpont Morgan, apurando raudo su jarra, estampa en la barra una moneda de diez centavos cuyo impacto, de súbito, acalla el tumulto. Todo se vuelve de nuevo en silencio hacia él, que proyecta sobre la gente una mirada circular antes de vociferar otra vez. Cuando Morgan paga –se desgañita-, todo el mundo paga. Seguido de Gregor, se encamina hacia la puerta a paso rápido, los aterrados clientes se hurgan los bolsillos, la construcción de la torre puede comenzar.

(ps. Mi amigo Roberto Bartual leyó el libro y lo odió convenientemente. Escribió una crítica en Factor Crítico y mantuvimos una interesante discusión al respecto).

Jean Echenoz (vía)