28 de diciembre de 2012

El artista en su gloria



Es obvio que me he enganchado con Jean Echenoz, y, contradiciendo mis propias reglas como lector, he leído tres libros del mismo autor en apenas tres meses. Ravel es el primer libro de una trilogía de biografías que se completa con Correr  (sobre la vida de Emil Zatopek), y Relámpagos (sobre la de Nikola Tesla), y comparte sus mismos rasgos estilísticos, aunque no me ha entusiasmado como ellas.

¿Puede haber una técnica más depurada en Correr o en Relámpagos que en Ravel? Lo dudo, dado que Echenoz es escritor experimentado y que en verdad no existen diferencias significativas: el acercamiento a la intimidad mediante la sencillez es igual, el tratamiento del anecdotario que jalona la vida del personaje público en cuestión como contrapunto de la cotidianeidad rutinaria que vive es similar, el libro también es corto y avanza con rapidez en un lúcido resumen biográfico, y tal vez sólo se distingue por cubrir diez años de la vida de Maurice Ravel en lugar de las casi completas de Zatopek o Tesla.

Maurice Ravel (vía)

Creo que me falla el entusiasmo porque no he empatizado con el personaje autor del famosísimo Bolero, con cuya partida en barco a EE.UU. en 1927 para realizar una lucrativa gira diez años antes de su muerte comienza la narración. Ravel ya es mayor y tiene problemas de salud que empiezan a afectarle, pero en su caso el éxito es real y completo, no vigilado como en Zatopek, o fugaz como en Tesla, lo es además desde el inicio de la novela, y el comportamiento estrafalario del músico parece más bien una impostura que una respuesta o una condición debida al mundo exterior a veces hostil, o a un convencimiento interior moral. Aunque sin duda no vence a Tesla en extravagancia (tampoco en riqueza del anecdotario). También es cierto que si bien los tres libros son cortos, Ravel es el más breve de ellos, y que se centra en una figura cultural mítica del país del autor, y eso puede encorsetar más al escritor porque probablemente su lector natural (un francés) tiene una imagen más nítida en mente de Ravel.

No por ello es un libro mediocre, claro, pero posiblemente pedía un tono algo distinto, aunque sin el contraste de Correr y Relámpagos no lo vería tan claro. El acierto al escoger el personaje y adecuarlo al tono es, en este caso, crucial.

Jean Echenoz (vía)



18 de diciembre de 2012

Violencia



La personalidad de Slavoj Zizek es arrolladora, y sus obras son un fiel reflejo de ello. En Violencia, publicado en 2008, recoge seis ensayos distintos en los que da su visión sobre el origen y tipos de violencia. La razón de su reflexión, el inicio, son los conflictos en la banlieue de París en 2005, que pretende explicar y encuadrar en el mundo actual. Pero en su objeto de estudio están también los ataques terroristas, el caos en Nueva Orleans tras el Katrina, o, por supuesto, el conflicto palestino-israelí. Zizek no sólo analiza la violencia física, este tipo de ataques que recogen los medios a la vez que nos anestesian para que no actuemos contra sus causas, sino la violencia sistémica que el mantenimiento del statu quo mundial, nacional u organizacional impone.

París, octubre de 2005 (vía)

Leer a Zizek es dinámico y entretenido. Además de tener una potente base argumental en su erudición y cultura, trabajadas con gran poder de interpretación, es provocador por naturaleza, y combina con desparpajo pero tino desde el pensamiento de filósofos y psicoanalistas al análisis, como crítico cultural que es, de películas de cine. En Violencia encuentran acomodo las éticas de Kant y las metodologías de Nietzsche, Descartes, Heidegger, Hume y Smith, y las dialécticas de Hegel y Marx. Pensadores actuales como Huntington, Fukuyama, Habermas, Sloterdijk, o Glucksmann. También Freud y su admirado Lacan. Pero la densidad que esta alta cultura puede suponer se refleja en una prosa limpia y seguible, y se alterna con la exégesis de momentos clave de Algunos hombres buenos, El bosque, Dogville, Psicosis, El fugitivo o Hijos de los hombres. La literatura tiene menos presencia, apenas hay un pertinente comentario a Houllebecq.

Con lo potente y convincente que es, el poder de provocación de Zizek a veces pierde el argumentario, y tal vez debería rebajarlo. Algunas tesis más bien laterales (que la Iglesia como institución lleva a la pederastia, y por lo tanto un pederasta nunca traiciona a la Iglesia; que los activistas contra la pena de muerte se arrogan el derecho de gracia con la misma perversión que sus promotores el derecho de matar) requerirían mucho más trabajo que un párrafo, y parecen estar ahí para epatar. Por momentos, Zizek, que explica excelentemente la violencia del mundo hegemónico occidental –su análisis respecto al fundamentalismo religioso y el conflicto de Medio Oriente (guerra de Irak incluida) es brillante- se acerca claramente a posiciones revolucionarias, y acaba con un capítulo dedicado a lo que llama (cortesía de Walter Benjamin) violencia divina, donde se explica su papel en el progreso que nace del cambio social, la imposibilidad de sus agentes de conocer en profundidad la trascendencia de su violencia (siempre la creerán de origen divino), y donde se resalta la violencia de no actuar. Aunque se olvida, creo yo, del análisis del papel de las víctimas, cuya reducción en el estudio no considera su trascendencia (de hecho es la –tópica- parte menos sólida del análisis del conflicto israelí), que queda sin encajar dentro del hay que endurecerse sin perder la ternura del Che Guevara o el Love without cruelty is powerless; cruelty without love is blind, de Kant, Kierkegaard y… Robespierre. ¿Cómo se establece la línea entre amor y crueldad? Sé que no es argumento para parar el cambio, pero ¿quién sabe si ese cambio es el adecuado?

Londres, agosto de 2011 (vía)

Violencia es muy interesante, lúcido, y polémico. Puede no estarse de acuerdo, puede echarse en falta una historia de las consecuencias de las violencias (aunque iría en contra de la generalización que necesita el estudio); y puede acusársele de occidentalismo, desde luego. Pero está maravillosamente escrito y razonado. Es cierto que al lector habitual de Zizek le sonarán demasiado varios de los argumentos y ejemplos, porque yo mismo se los he leído en otros libros o visto en videos (el autor recicla, no lo duden). Zizek conoce el mundo en que se mueve y le ofrece una pieza de pensamiento profundo envuelto en el caramelo de la actualidad y la cultura pop, y supongo que así ha conseguido publicar más de cuarenta libros.

Foto Slavoj Zizek (vía)



8 de diciembre de 2012

El gran Bellow



Leyendo El legado de Humboldt, la novela con que Saul Bellow ganó el Premio Pulitzer en 1976, unos meses antes de que le concedieran el Premio Nobel, he tenido varias veces presente la famosa afirmación de Truman Capote en el prefacio de Música para camaleones: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero es sutil, pero brutal. No escojo Capote por casualidad. Bellow y él compartían la fascinación por la acción y por el concepto norteamericano del éxito. También eran bajitos, pero establecer una conexión entre estos puntos ya entra en lo burdamente psicoanalítico.

Lo de Bellow en esta novela es, en efecto, arte verdadero, por tontorrona que suene la expresión. Un torrente de creatividad, cultura, influencias y referencias tamizado por unos imponentes estructura y diseño de personajes, que por momentos es un relato arrollador, profundo en el tema y ligero en la forma, anticipador visionario de tramas y personajes/situaciones, divertido, lúcido e inteligente. El personaje principal del libro es Charles Citrine, dramaturgo de éxito, ganador del Pulitzer, cuyo amigo y mentor el poeta Von Humboldt Fleischer ha muerto recientemente sin que ambos solucionaran la enemistad que Humboldt desarrolló ante el éxito de Citrine. Éste está sufriendo un divorcio más satírico que doloroso en el que su mujer y sus propios abogados parecen confabulados para arruinarle, se ha relacionado con el gángster Rinaldo Cantabile –que le amenaza y le extorsiona por una deuda de juego-, y su nueva novia, la exuberante Renata, le presiona para que se case con ella. Por si fuera poco, su editor le engaña con el proyecto de una revista artística, y su contable y amigos le enredan en problemas aún mayores. Y mientras, Citrine vive en su mundo de pensamientos literarios inútiles, donde todo se explica mediante sucesos de novelas o poesías de los clásicos, o bien divaga sobre las delirantes enseñanzas antroposóficas de sus amigos. Nadie le entiende cuando sufre estos episodios, y busca entonces explicaciones grandilocuentes a problemas miserables de la vida. El caos instalado en su vida es proyección del de su pensamiento, y viceversa. ¿Qué contendrá el testamento de su ex-amigo para él?

Chicago (vía)

Bellow ambienta la novela en Chicago (con un sorprendente final de guiño quijotesco en el Madrid tardofranquista), a la que presenta con una psicología de ciudad de provincias hija de una Nueva York menor. La incapacidad de la ciudad para alcanzar la cumbre impregna la de los personajes principales. Humbold y Citrine, una pareja de escritores que se miran uno al otro de continuo, son incapaces de realizar una obra respetable artísticamente que además resulte un éxito. Si éste aparece, es consecuencia de sus trabajaos más vulgares, simples divertimentos que ellos mismos desprecian, aunque paguen las facturas y los inmensos gastos de la cohorte de depredadores que se instalan alrededor de Citrine. Cantabile o Renata no son tampoco lejanos a esta insatisfacción vital entre contrarios personales que la ciudad como contexto no consigue satisfacer, y a la que culpan de su fracaso.

Bellow relata con una agilidad permanente pasmosa, con frases precisas y seguras que despliegan referencias, recuerdos y avances de la narración de continuo, y que confieren un ritmo imparable al libro. La condición literaria del protagonista permite adornar su discurso de innumerables apuntes sobre la condición humana, el sentido del arte, y la ironía de la existencia, mientras éste vive una hilarante farsa personal, económica y profesional, en un juego de madurez y sabiduría por momentos asombroso, en el que no hay que olvidar una excelente construcción casi matemática que requeriría una segunda lectura. El legado de Humboldt destila pesimismo sobre la escasa capacidad del arte (o del escritor) para explicar el mundo, aunque Citrine exprese que ese era el mensaje de Humboldt. Debe afirmar una vez más con todo el convencimiento que el arte expresa los poderes internos de la naturaleza. O precisamente por eso, porque esos poderes se expresan mediante la farsa total en una historia donde los personajes, serios aspirantes al éxito profesional, se apellidan Citrine, Cantabile, Thaxter, Pinsker, Szathmar, Tomchek o Swiebel.

Había leído previamente dos novelas pequeñas de Saul Bellow, Seize the Day y Ravelstein, y no me habían satisfecho. Las leí en inglés, cosa que con El legado de Humboldt habría sido imposible dado su complejo nivel referencial también en lo lingüístico. Con ésta me hago fan de Bellow y procuraré seguir otras novelas mayores suyas. Seguiremos informando.

Saul Bellow (vía)



28 de noviembre de 2012

Luz que brilla con el doble de intensidad (y un par de apuntes sobre innovación y liderazgo)



Es sabido que todo el mundo piensa, siempre, la misma cosa en el mismo instante. En cualquier caso, siempre hay al menos una persona que tiene la misma idea que uno. Pero siempre hay uno también que, con la misma idea que los demás, se muestra más paciente, más metódico, o es más afortunado, más sagaz, menos disperso que Gregor, para dedicarse exclusivamente a ella y anticiparse a todo el mundo realizándola. Y ése es el primero que da su nombre a su idea. El que la introduce en el mercado, el que comercia con ella y el que cobra. En ocasiones puede que ello tan sólo responda a un nombre. Pongamos el cine, por ejemplo. Lo inventó un montón de gente al mismo tiempo pero entre ese montón de gente estaban dos hermanos llamados Lumière. Todo depende de muy poca cosa, verdad, basta una menudencia: cabe imagina que con semejante nombre no es raro que fueran ellos los que se llevaron el gato al agua.

Tal sucederá con Gregor: los demás se apoderarán discretamente de sus ideas, mientras que él se pasará la vida en ebullición. Pero no se reduce todo a hacer hervir, después es preciso decantar, filtrar, secar, triturar, moler y analizar. Cuenta, pesa, separa. Gregor nunca tiene tiempo para dedicarse a todo eso.

No sé bien por qué Echenoz narra la increíble vida de Nikola Tesla ficcionando su nombre (un tal Gregor es su protagonista) pero manteniendo el realismo de su época, sus inventos, o los personajes conocidos con que se cruzó (Edison, Westinghose, J.P. Morgan). En Relámpagos, Gregor es un inventor visionario y excéntrico, un niño prodigio de las Matemáticas y la Ciencia, que viaja joven a EE.UU. donde empieza a trabajar  con Edison, quien no quiere adoptar la propuesta de Gregor de sustituir la peligrosa corriente continua de su invención por la corriente alterna, que finalmente se impondrá gracias a que Gregor comienza a trabajar con George Westinghouse. Sin embargo, Gregor nunca se preocupó de asegurar su talento, mediante patentes bien protegidas o el cumplimiento de los tratos y contratos con magnates diversos que sacaron mucho beneficio de sus logros a cambio de muy poco. Bueno, a cambio de pelearse con un hombre solitario hasta la misantropía, célibe, asocial, maniático, neurótico, y tan visionario como gastador.

En cuanto pudo, Tesla siempre trabajó para su propia compañía (vía)

Echenoz narra años y décadas con celeridad y precisión pero sin sensación de atropello. Consigue una visión íntima del personaje, comprensiva e interesante a pesar de que los últimos años de la vida de Gregor tienen para el autor poco que raspar (aunque no sea del todo cierto). Aprovecha además un buen anecdotario, desde la invención de la silla eléctrica a causa de una feroz competencia empresarial hasta el paso por pubs del narigudo banquero J.P. Morgan, sin olvidar las polémicas de la invención de la radio o el radar, o los momentos visionarios que ahora, desde nuestra tecnología superior, se nos muestran reconocidamente pop como la comunicación con los marcianos que Gregor tuvo entre sus proyectos. Apuntes breves e imbricados, narrados en frases cortas de lenguaje sencillo, que intiman con la experiencia personal de Gregor y la imagen exterior del personaje.

El Tannenbaum’s Oyster está lleno de gente, de humo, de ruidos, de voces, de música mecánica y de vasos en colisión a la hora punta, mas todo se paraliza cuando aparece el millonario de todos conocido ya que le precede su nariz legendaria, luminosa y voluminosa, así como un vehículo con faro giratorio que anuncia un convoy excepcional. En medio del respetuoso silencio que reina de inmediato, John Pierpont Morgan se acerca pesadamente a la barra pidiendo dos cervezas con voz de ogro, y el barman obedece a toda velocidad temblando ligeramente. Acto seguido, mirando en derredor a la clientela paralizada que hace corro en torno a él, cada cual sosteniendo respetuosamente el sombrero apoyado con las dos manos en el pecho, el financiero decide crear un poco de ambiente. Cuando Morgan bebe –vocifera- todo el mundo bebe.

Ovación: encantados con la perspectiva, todos los parroquianos se apresuran a pedir por lo menos una cerveza y se reanudan las conversaciones con las jarras entrechocadas, la música y todo el resto hasta que John Pierpont Morgan, apurando raudo su jarra, estampa en la barra una moneda de diez centavos cuyo impacto, de súbito, acalla el tumulto. Todo se vuelve de nuevo en silencio hacia él, que proyecta sobre la gente una mirada circular antes de vociferar otra vez. Cuando Morgan paga –se desgañita-, todo el mundo paga. Seguido de Gregor, se encamina hacia la puerta a paso rápido, los aterrados clientes se hurgan los bolsillos, la construcción de la torre puede comenzar.

(ps. Mi amigo Roberto Bartual leyó el libro y lo odió convenientemente. Escribió una crítica en Factor Crítico y mantuvimos una interesante discusión al respecto).

Jean Echenoz (vía)



18 de noviembre de 2012

Apocalipsis en Somontano



No soy, y este blog lo demuestra, lector de género, y como tal pueden faltarme referentes al comentar Fin, de David Monteagudo, primera novela de este autor español, publicada en una editorial, Acantilado, no dedicada en principio al terror, ciencia ficción o fantasías distópicas en las que podría inscribirse la apocalíptica historia de Fin. Me tienta escribir que las historias sobre el fin del mundo no son frecuentes en la narración española, sea literaria o cinematográfica, pero respecto a la primera no puedo hablar mucho, y mi duda es saber por qué Fin se publica en una colección dedicada a la narrativa general. Lo triste por mi parte habría sido que en caso contrario no la habría leído, aunque es cierto que llegué a ella por la recomendación entusiasta del excelente lector que esIsmael Alonso.

Fin cuenta la historia de una cuadrilla de amigos de juventud que se reúnen 25 años después en un refugio en que solían hacer fiestas durante el verano. Eran ocho amigos, pero el grupo se dispersó porque siete de ellos gastaron una broma de cierto peso al octavo amigo, que era el rarito del grupo y el único que no llega a tiempo al reencuentro. Dos de ellos vienen con su pareja, por lo que son nueve personas las que finalmente están reunidas cuando de madrugada se produce un apagón extraño que afecta incluso a aparatos eléctricos no conectados a la red: móviles, linternas, coches… A la mañana se impone salir del refugio y saber qué ha pasado, y por ello buscan casas y pueblos, pero no encuentran a nadie, sólo animales. Y, en momentos de distracción, sucede que…

El lema publicitario de la película basada en el libro, que dirigida por Jorge Torregrossa e interpretada por Maribel Verdú y Andrés Velenco se estrena enseguida, es demasiado explícito.

Sin necesidad de contar más, sí encuentro referentes en otros autores extranjeros: en Cormac McCarthy, en el cine de terror de los ochenta, incluso en el Diez Negritos de Agatha Christie. Monteagudo aporta un ambiente muy reconocible, el de los cuarentones españoles de 2006 ó 2007, que repasan y comparan su éxito vital, económico y emocional, pero se descubren en un vacío material (el que proporciona inflexiblemente la falta de energía) reflejo del de sus vidas y en el que la posibilidad de lo social se desmorona, y, con ello, la civilización. La novela se divide en capítulos titulados con el nombre del protagonista inicial de los mismos, proponiendo un curioso esquema teatral para un tema que la mayoría de los lectores conoce por el cine. Además, es una novela muy dialogada, en la que las conversaciones crean en gran parte los clímax y la inquietud reinante, pero en la que encuentro mucha precisión muy disfrutable en las descripciones que Monteagudo realiza del paisaje y situaciones que los personajes encuentran, porque observo una voz más bien urbana, clara y segura, en un ambiente rural y desconocido, que contribuye bien al desamparo (que se antoja merecido) de los personajes y al tono desazonador y metafórico de la novela.

Reconozco no obstante que, por momentos, me ha agotado el ritmo implacable de la novela. Su excelente capacidad de evocar visualmente los hechos descritos induce a un exceso de cumbres dramáticas a las que como lector no estoy acostumbrado, o que puedo no disfrutar al ser un lector que no me pliego demasiado a los rigores de la intriga excesiva. Una sensación similar tengo con algunos de los diálogos, que en algunas escenas en que los protagonistas recuerdan sus trapos sucios me resultan un poco forzados.

Pero, por supuesto, no se la pierdan…

David Monteagudo (vía)










9 de noviembre de 2012

Últimos días con Lorenzo




Más de treinta años después de traer de vuelta a España a suemigrante Lorenzo, Delibes escribió el Diario de un jubilado, que cerraba la trilogía biográfica, y que, publicado en 1995, se inscribe entre las novelas de madurez que Delibes escribió sobre la tercera edad (como Señora de rojo sobre fondo gris, 1991, o Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso, 1983). Tal vez en este contexto podemos entender el interés de Delibes por repasar y finiquitar a su criatura, que le ofrecía la posibilidad de dar una visión metodológicamente cercana de los dos anteriores diarios (Lorenzo y su vida como reflejo del entorno, que en última instancia era el país), y de narrar sus obsesiones del momento.

Creo que es la primera vez que veo escrito en una novela el término sursuncorda , y hacía mucho que estos ojos no veían bóbilis, bóbilis escrito en un libro. Son el ejemplo simple de que Delibes escribe no sólo con la debida libertad, sino con la (que llamé en las anterioresentradas sobre sus diarios) recuperación de un lenguaje castellano olvidado, el de la Castilla La Vieja tan rural y pobre en dineros como rica en palabras. Lorenzo sigue expresándose igual, y Delibes lo recoge con la maestría de la complicada simplicidad que se extiende a toda su obra.


Lorenzo ha decidido jubilarse anticipadamente, y para combatir el tedio y ganar un dinerillo extra, entra al servicio de un viejo poeta de la ciudad al que ayuda a dar sus paseos matinales. Se reúne con algunos antiguos compadres, observa los tiempos (su hijo derrochador, su hija liberada, su mujer enganchada al bingo y a los concursos de la tele) y acaba involucrado en un episodio oscuro de extorsión y prostitución.  La mirada de Delibes presenta desazón ante los tiempos, que tanto su personaje como él mismo ven cambiados, aunque queden vestigios de un pasado anterior, como muestra el anacrónico personaje del anciano poeta. En esta peculiar relación se encuentran los mejores momentos del diario, en su descripción sensorial de los impedimentos y anhelos de un poeta reprimido que vive en un mundo marchito del que no quiere desgajarse por nada. Suena testamentario, claro.

Delibes cierra con un ciclo su trilogía, pues los finales del primer y tercer diarios son formalmente muy similares en su desarrollo, y en su abrupta llegada. Una llegada que indica que el diario podría seguir aunque ya nunca lo haría, o que la vida, a pesar de los cambios exteriores, tiene ciclos que siempre cumple y ante los que el hombre debe ceder su voluntad. Un pensamiento que se antoja coherente con la mirada a la naturaleza que siempre rindió Miguel Delibes.

Miguel Delibes (vía)

28 de octubre de 2012

¡En verdad que es ésta una hermosa región!



Si ustedes hacen la prueba y buscan qué entradas proporcionael término Heathcliff, se encontrarán con que la persona que más entradas merece es en realidad un personaje de ficción, el señor Heathcliff que, sin apellido conocido, reina en todas las páginas de Cumbres Borrascosas, y que fuera encarnado por Laurence Olivier en su día, hace unos años por Ralph Fiennes, y en 2011 por el muy polémico James Howson

Laurence Olivier (vía) como Heathcliff en el clásico de William Wyler.

Hace 5 años, la editorial Artemisa publicó esta nueva edición de Cumbres Borrascosas, con ilustraciones de Balthus para algunos de los capítulos iniciales y una nueva traducción y notas clarividentes e interesantísimas. Y puedo decir que el resultado es deslumbrante y sorprendente. No hablo tanto del tema, centrado en un romanticismo enloquecido y arrebatado (más que arrebatador a estas alturas), sino de la estructura, de la capacidad narrativa y riqueza en el punto de vista, y del implacable ritmo de la historia.


En el verano de 2011 un viaje de placer a Inglaterra me llevó a Yorkshire, tanto a Sheffield como a York. Aunque sé que es tierra dechanzas en su propio país no cabe duda de que es imaginable el carácter agreste de la tierra a la vista de su paisaje y clima. Nos planteamos llegar a Haworth, la casa de las hermanas Brontë, pero no pudimos, y nos quedamos así sin ver lo que esperábamos que sin duda nos recordara las tierras y corazones arrasados de Cumbres Borrascosas, la casa austera de los Earnshaw, donde el señor Earnshaw tuvo a sus hijos Hindle y Catherine, y adoptó a Heathcliff; donde Catherine y Heathcliff se enamoraron sin remedio, pero acabaron casándose con Edgar e Isabella Linton respectivamente, los hermanos vecinos de la granja más cercana, en una cadena de despechos, rencillas de clase y educación, venganza, derechos de herencia e hijos casaderos.

A mí sin embargo me interesa mucho más cómo se narra todo esto: la criada Ellen Dean, que lo ha sido tanto de Cumbres Borrascosas como de la granja vecina, cuenta a un nuevo hospedado cómo se desarrollaron todos estos acontecimientos, y le dibuja el terrible perfil del personaje de Heathcliff. Adopta para ello un punto de vista de narrador participante en la trama, que ha vivido y sufrido la misma, y que tiene interés en lo narrado. Para narrar aquellos episodios que no conoce, Ellen utiliza otros narradores que le contaron lo sucedido, y les da voz propia, o cartas que le enviaron. La narración se nutre de flashbacks (uno principal enorme, que viene a ser el cuerpo de la novela) y de intereses encontrados, que Emily Brontë usa para generar interés en llegar a conocer la situación actual de Cumbres Borrascosas.

Las notas hacen un sutil subrayado de las inspiraciones bíblicas y shakespearianas que alientan el texto. Pero el talentoso ritmo dramático de Brontë es propio y pionero: pasa por diversos delirios del romanticismo (amores imposibles, partos desgraciados, delirantes enfermedades por amor), crea clímax dramáticos usando elipsis y ambientación de terror ante la presencia e incluso la ausencia de Heatchcliff, y relaciona de manera envolvente una naturaleza ruda y severa, que exige una rutina laboral cotidiana exigente, con el carácter iluminado y desgraciado de sus personajes, manteniendo parcialmente el misterio y desvelándolo con elegancia. ¿Previsible? Tal vez, pero al contarnos el final desde el principio eso es algo que la narradora buscaba. Es, en fin, un texto excelente, cuyos 160 años de edad no se notan nada.

Emily Brontë (vía) ha superado la fama de sus hermanas escritoras gracias a Cumbres Borrascosas, aunque en su día Jane Eyre (de Charlotte Brontë) fuera más apreciada.