13 de marzo de 2022

Un poco de XIX es mucho

 


Mi historiador preferido me regaló este libro de Daniel Aquillué, Armas y votos, subtitulado Politización y conflictividad política en España, 1833-1843, para que echara un ojo más detallado al siglo XIX español tras lecturas recientes como el generalista El siglo de las revoluciones en España, y el específico en el análisis Tres maneras de entender el federalismo.

Isabel II se convierte en reina con tres años de edad, al morir su padre en 1833

 Aquillué es un joven historiador apasionado del siglo XIX y un divulgador entusiasta (en ocasiones muy divertido) del mismo en sus libros y en su cuenta de Twitter. Este volumen es una publicación de su tesis doctoral. Su pasión inicia el libro con una reivindicación de un siglo tantas veces ninguneado frente al reciente, convulso e hipernarrado siglo XX, cuyos acontecimientos nacionales y globales paralizan el recuerdo de un siglo en el que no sólo se forjaban las ideologías y tendencias sociales que (evolucionadas) aún imperan hoy en el gobierno de la sociedad, sino que durante el mismo la historia entendida como conflicto fue un continuo: el siglo XIX europeo parece un carrusel de acontecimientos ineludibles que inunda calendarios y callejeros.

María Cristina de Borbón, madre de Isabel II, ejerce la regencia del reino hasta 1840

Aquillué tiene el buen gusto de fijar su mirada en un foco algo desplazado: la construcción de esa historia política mediante la participación de las clases más populares, estudiando cómo las revoluciones, guerras y tendencias políticas no solo afectaban, sino que crecían y se desarrollaban en lo local y en la periferia. Aunque hay detalles de cotidianeidad como por ejemplo las cuestiones de vestimenta y su precio, no se trata de un retrato de la vida popular durante aquellos años convulsos de 1833 a 1843 (una guerra civil, el final de un reinado y de dos regencias, una revolución y constantes conflictos locales), sino de mostrar las motivaciones políticas y las razones para los conflictos que se producían. Aquillué prefiere explicar más los detalles de los hechos sucedidos en las juntas locales y en las elecciones municipales de pueblos levantiscos, que los de la corte y sus políticas; éstas están apuntadas, claro, pero no como desencadenante único, sino que en ocasiones dichas políticas también son consecuencia y/o se combinan con la pulsión del vulgo.

Ramón Cabrera, el Tigre del Maestrazgo, líder de las tropas carlistas en Aragón

Uno de los objetos principales de estudio del libro es la lucha dentro del bando liberal entre moderados y progresistas, y cómo esta se dio no sólo por esta disputa política concreta sino como reflejo añadido a otros conflictos en el país, hasta el punto de incluir el libro un anexo fascinante sobre el tipo de conflictos que estallaron entre 1834 y 1843 en los pueblos de (sólo) la provincia de Zaragoza, que incluye fraudes en elecciones, conflictos con eclesiásticos, con carlistas, con otro pueblo, entre ganaderos y agricultores, motines de la milicia, y entre contrarios y partidarios de Espartero. Dos ciudades, Zaragoza y Málaga, son los principales lugares de actividad y disputa permanentes, con Valencia, Barcelona y Madrid también presentes. El conflicto es siempre violentísimo verbalmente (los ejemplos contra los carlistas son vehementes cuando menos) y físicamente, como era de esperar. El autor lo analiza en términos también psicológicos: la descuartización literal del líder enemigo apuntando a la deslegitimización del poder establecido mediante una desaparición física literal. También entra en analizar el carácter anticlerical del liberalismo progresista, que asocia a una selección de conventos y monasterios específicos a destruir según las simpatías absolutistas de sus residentes, más que a una violencia generalista sin filtro. Y la apuesta digamos que política por explicar los conflictos locales incluso en pequeños pueblos, da protagonismo a caciques y revolucionarios locales olvidados por la Historia pero recogidos en los documentos, muestra con eficacia la expansión de la violencia y el peligro de la permisividad de las autoridades hacia la misma cuando ésta les convenía a corto plazo. Reconozco que son páginas que acaban pesando en mi lectura, pero también que me salta lagrimilla cuando se llega a la batalla de Luchana y al prestigio de Espartero por su triunfo en la liberación de Bilbao, y de repente se entiende el valor de que a uno le mienten el terruño como protagonista histórico fuera de las archidichosas Madrid y Barcelona.

Baldomero Espartero

El volumen termina con un capítulo dedicado a Baldomero Espartero, nuestra figura -dicen- más parecida a un Napoléon, el hombre que pudo reinar pero que al menos fue regente, que pagaba con las rentas de su acaudalada mujer los salarios de sus soldados, que pasó de héroe liberador del carlismo a traidor represor y bombardeador de Barcelona, y que perdió su calle en Bilbao mientras Zumalacarregi conserva la suya. Aquillué presenta un retrato desmitificador, incluyendo también sus logros políticos y organizativos, que fueron mayores de lo habitualmente aceptados en el imaginario, y con él prácticamente cierra el libro, con una cierta contradicción al espíritu general del mismo, al presentar a una figura histórica de primer orden, aunque sin duda fue el gran protagonista nacional de la década.

Armas y votos es un texto documentadísimo, y su lectura es ágil. Contiene mapas y figuras originales bien trabajadas, y un anecdotario rico y peculiar, que revela gusto y pericia narrativa. ¿Es un texto que nos mira e interpela? Creo que sí, por supuesto, que hace 200 años éramos un país en llamas, pero que esos fuegos duraron mucho y que aún dan algunos humos, que a Aquillué no le hace falta subrayar, porque el valor de la Historia estudiada en el volumen habla por sí solo.

 

Daniel Aquillué en una foto de su cuenta de Twitter.


27 de febrero de 2022

Narrativa cuántica


Conociendo la figura de Claudio Magris pero no habiendo leído nada de él, tras empezar por Tiempo curvo en Krems, su última y aparentemente testamentaria publicación, me aventuro a decir que he estado obviando a un literato fantástico. Tiempo curvo en Krems, título hipnótico y evocador que recuerda -no sólo ahí- a Bioy Casares, son cinco relatos cortos que juntos apenas llegan a cien páginas, y que narran cinco experiencias de hombres muy mayores que miran o se ven obligados a mirar a su pasado, en el que cosecharon éxitos determinados, cuyo recuerdo se entrelaza con su propia mirada actual, con la fragilidad de la memoria atrofiada, y la añoranza no ya de una juventud, sino de un entendimiento distinto. Lo impactante es la conjunción de miradas con las dobles (o más) referencias temporales, y la indeterminación de la realidad a la que llega, que alcanza su extremo en su episodio central, al que da título el libro, usando lo que me atrevería a llamar narrativa cuántica. Todo ello con densidad emocional e intelectual entrelazadas en un juego de comprensión cósmica de la condición del humano ante la pérdida de las referencias, que sin embargo deviene en una clarividencia que genera un impacto abrumador en el lector.

No es que cada experiencia de cada relato sea especialmente innovadora: el hombre que se emplea como portero en la empresa que antes le pertenecía, el que asiste a un rodaje en que un joven actor interpreta al hombre que fue hace décadas, el que visita a un antiguo alumno de violín que le admira, son todas tramas de cierto carácter tópico que en un desarrollo más académico pueden caer fácilmente en lo excesivamente sensible. Pero Magris mantiene a sus personajes al borde de ese precipicio mediante un particular tejido de miradas a, e intereses de, una y otra época de la vida. Y curiosamente alcanza así una emoción que diría racional, sorprendente y contradictoria, e hija de una inteligencia brillante que sabe usar todos los mecanismos literarios posibles al servicio de la contención. Magris ha publicado este libro a los ochenta años de edad, lógicamente es imposible leerlo sin que el lector proyecte que mira o reinventa sus vidas pasadas con la libertad de quien sabe que todas las cartas ya han sido repartidas.

En fin, este libro es una joya inesperada y su gloriosa y afilada brevedad exige que una pluma vulgar no se extienda más.

Claudio Magris (vía)

17 de febrero de 2022

Claveles siempre

 


Fernando Rosas y Francisco Louça son los autores de las diferentes partes de este pequeño volumen, La (pen)última revolución de Europa, subtitulado luego De la Revolución de los Claveles a la contrarrevolución liberal, centrado obviamente en la revolución portuguesa de 1974 y sus años posteriores. Louça y Rosas son dirigentes (Louça figura entre los fundadores) del Bloco de Esquerda, una formación política de izquierda a la que con cierta alegría se le suele explicar como el Podemos portugués, pero que goza de una historia más larga (desde 1999) y que además se diferencia claramente del Partido Comunista Portugués (PCP), formación comunista superviviente de mayor arraigo en toda Europa.

Tenemos mitificada mundialmente, y España no es una excepción, la Revolución de los Claveles. Ejecutada por los estamentos militares de grado medio, que además no tomaron el poder como en un golpe de estado al uso, y pacífica en gran parte, la devoción por la Revolución empieza en el mismo Portugal, como explican los autores, como momento fundacional del estado democrático actual en que todos los actores sociopolíticos pueden mirarse, incluidos los que actuaron como principales protagonistas en su momento.


Para el lego en política portuguesa, algo desgraciadamente tan frecuente en nuestro país, el libro desvela el vacío de poder creado por el 25 de abril y los diversos movimientos de militares, políticos y sociales que pugnaron durante varios meses por revisar o imponer un nuevo sistema, que para los revolucionarios de pro alcanza un gran éxito con la nacionalización de la banca y la revolución agraria, que existieron. Pero en las dinámicas del momento, y por resumir un período  revolucionario que como tal y casi por definición se caracteriza por una profusión de acontecimientos y fechas, la convocatoria de elecciones libres tras los intentos de contrarrevolución acabó suponiendo la domesticación del momento revolucionario, que no encontró confianza en el pueblo, que se la otorgó mayoritariamente al Partido Socialista (PS) en lugar de al PCP. Para los autores, el PS no era sino un instrumento del sistema que llevaría a Portugal a la CEE y de retorno al neoliberalismo económico europeo e imperante. El libro, escrito en 2016, encuentra su demostración definitiva de ello en la crisis financiera de 2008, hasta la que se extiende en su análisis histórico, realizado además con visión marxista canónica: las luchas de estamentos y económicas de clase son el principal, casi único, argumento, y con esta dialéctica histórica incluida. La contraposición entre la legitimidad revolucionaria conseguida en 1974, y la legitimidad democrática que dan las elecciones de 1976 es uno de esos momentos en que el análisis marxista puro revela sus contradicciones ‘en favor del pueblo’, aparentemente engañado por la socialdemocracia para caer en un neoliberalismo que desbarata el estado y a la vez lo convierte en autoritario. Al leerlo, pareciera que equiparían al PS con Donald Trump.

La (pen)última revolución de Europa me ha parecido un libro combativo y a la vez agotador en su insistencia analítica, un poco por incapacidad de abrir el campo de estudio a los factores que rodean y pueden superar lo económico; es también una explicación sucinta de por qué la izquierda portuguesa justifica una cierta dejadez en perseguir los objetivos de un movimiento que conseguía hitos más por inacción del rival que por ejercer una política incisiva. La visión sobre la complejidad de la acción del momento por parte del PCP es íntima y reveladora, de mucha clarividencia para los actores políticos de izquierda. Ahí, en esa exposición, veo el mayor valor de un libro, en que además inevitablemente un lector español encuentra continuos paralelismos y diferencias con la transición española. Tan iguales y diferentes ambos procesos como los dos países ibéricos en sí, en realidad.






 

 

 

 

 

27 de enero de 2022

El guionista más inteligente del mundo



Watchmen es ya un clásico del cómic, uno de los hitos relevantes en el reconocimiento de este arte desde finales del siglo XX, y una de las obras que dio un prestigio y fama inmensas (junto sobre todo a From Hell y V de Vendetta) a su guionista, Alan Moore. Hace 25 años leí sólo el Volumen 1, El Comediante, publicado independientemente, y no me gustó. El intercalado de textos un poco anodinos me aburría, y, aunque recuerdo desde aquel entonces las viñetas diseñadas en una continuidad que, antes de leer teoría del cómic, pensaba en la práctica que era puramente cinematográfica, tampoco el dibujo -obra de Dave Gibbons- me atrajo en exceso; en esto tiene influencia mi escaso interés por el mundo sobreexplotado del superhéroe, que, en el caso de Moore, me parecía que utilizaba conceptual y culturalmente mejor en La Liga de los Caballeros Extraordinarios.


El Comediante usa atributos nacionalistas en su vestimenta

Pasaron los años para Watchmen, llegó una película de Zack Snyder (que era apreciable), una serie de TV (que no vi, pero de la que dicen maravillas), y en este tiempo compré el volumen único que reúne los doce capítulos de este trabajo, en 400 páginas, tapa dura, y unos cuatro kilos de peso. Los resultados han sido distintos. ¡Los resultados nos sorprenderán a todos!

Watchmen presenta una ucronía distópica en 1985 en que los EE.UU. ganaron la guerra de Vietnam, hecho que Nixon aprovecha para perpetuarse en el poder y seguir siendo presidente. La guerra fría sigue adelante y la posibilidad de una guerra nuclear crece cuando se produce la invasión de Afganistán. El apocalipsis atómico parece cerca… EE.UU. había ganado la guerra gracias a un arma inesperada: el Dr. Manhattan, un hombre que sufrió un accidente en unas instalaciones nucleares pero que pudo sobrevivir recomponiendo su estructura física, dotado de todo tipo de poderes y una percepción global del espacio-tiempo. El Dr. Manhattan forma parte de un equipo de héroes encapuchados, ya sin poderes sobrenaturales, que el guion introduce como una tradición de país (la justicia encapuchada), que ya tuvo una banda de estos vigilantes en los años 40, y otra entre los 60 y 70. El resto de la peculiar nómina de esta última patrulla forma parte de la fascinación que causa Watchmen: un bufón fascistoide y cínico conocido como El Comediante; un justiciero vengativo que usa una máscara cambiante de imágenes del test de Rorschach, llamado así precisamente; un trasunto taciturno de Batman llamado Búho Nocturno; una chica, Espectro de Seda, que actúa de cuota femenina interviniendo de trasunto amoroso -o carnal- entre ellos; y Ozymandias, el hombre más listo del mundo, ahora filántropo y empresario. En 1985, cuando se desarrolla la historia, el grupo está ilegalizado por una ley de 1977, pero El Comediante y el Dr. Manhattan trabajan para el gobierno. Un día, El Comediante es asesinado. El Dr. Manhattan, que psicológicamente parece desestabilizado, es acusado de causar cáncer a sus personas cercanas y decide exiliarse (¡a Marte!). Ozymandias sufre un atentado… Rorschach decide investigar qué pasa, mientras la escalada política se encamina a la aniquilación de la especie y el planeta.


Rorschach, fascinante y aterrador moralista imbuido de pureza y violencia

El volumen entero de Watchmen lógicamente sigue manteniendo una buena cantidad de textos intercalados entre los capítulos. Son crónicas de algún vigilante de la época anterior, fichas policiales y psicológicas de la policía, diarios, etc., que se integran en la narración pero que desde un punto de vista dramático no parecen ni especialmente conseguidos (adrede, claro está) ni aportan información que no parezca subrayada de la acción principal. Pero Watchmen es un libro cuya historia va creciendo en ramas y bifurcaciones continuas. La investigación de Rorschach incluye (metodología Rosebud), visitas y explicaciones de otros vigilantes. Los capítulos con frecuencia incluyen montajes paralelos de dos y hasta tres historias a la vez, y la complejidad va en aumento. Tal vez estos textos querían ser un respiro de sencillez expositiva frente al alarde no ya sólo narrativo sino conceptual de la parte gráfica, el cómic en sí, pero son contrapuntos que a veces tienen un aire algo paternal. El concepto gráfico es denso: de capítulos construidos como un espejo de sí mismos, a motivos repetidos en las viñetas, ampliaciones y reducciones de foco interesadas, e historias paralelas que hablan entre sí y permiten avanzar a la historia que no es propia, todo tipo de saltos narrativos, contrastes y juegos de color para definir personajes, lugares y también emociones, e inclusión de diferentes tiempos en un mismo momento… esta telaraña visual viene a ser un reflejo narrativo de uno de los temas centrales del libro: cómo los sistemas complejos del mundo, que nadie consigue aprehender completamente, ejercen el poder. Quien podría entenderlo, el Dr. Manhattan, lo entiende todo a la vez y inevitabilidad del conocimiento profundo le sume en la indiferencia y la inacción: la conclusión es que Dios es inútil.

Dr. Manhattan, es difícil ser un Dios

En Watchmen desde luego se observan los suficientes elementos de genio creativo: además de la estructura, el diseño y la profundidad psicológica de los personajes y la interpretación son un tanto inéditas en el género de superhéroes, asentado también en que los modos de representación de la distopía histórica que propone la historia dan verosimilitud a personajes y situaciones imposibles. La tragedia del Dr. Manhattan y su relación con el poder y su ejercicio tiene tintes shakespearianos, y es un hallazgo memorable de integración de lo sobrenatural en el realismo. La perturbación psicoanalítica de Rorschach o la fascistoide del Comediante resumen la relación entre el lobo solitario y el sentido americano de la justicia mediante sus disfraces metafóricos y políticos al mismo tiempo. Ozymandias bien podría ser el guionista oculto que interpreta mejor que nadie hechos y personas.

Ozymandias, un astuto conspirador convencionalmente ansioso de poder

El arte sistemático de Moore se revela al lector con las muestras de guion del final del volumen, que incluyen indicaciones precisas del diseño de cada viñeta y de cada página, en una descripción sorprendentemente prolija de planos, encuadres, distancias y efectos, sumado claro está a diálogos e intenciones sobre el impacto a buscar. La intensidad es ambiciosa en un sentido clásico, y el resultado aparenta obsesión, excesivo, e incluso hiperrealismo. Es un texto (el de apenas diez viñetas) de trabajo, para que el dibujante plasme el guion, pero encierra en sí el poder del cómic como arte, desde el planteamiento al resultado global, donde el texto anticipa la emoción y el significado de la imagen, y Moore ya predispone el lenguaje visual completo de esta obra.

Búho Nocturno y Espectro de Seda, frustración vigilante pero simpatía enamorada

Watchmen es una obra distópica desencantada con la hipocresía de la sociedad occidental, y sus páginas anticipan un futuro imposible para la humanidad. El valor de leerlo treinta años después es particular: es imposible no apreciar su nihilismo premonitorio, pero ya no sentimos la amenaza nuclear, de carácter político, sino la ambiental, de mucho más contenido económico. El inimaginable gobierno estadounidense pseudofascista que Moore imagina con Nixon y Kissinger aún en el poder en Washington ya ha sucedido y su fuerza desestabilizadora está presente, pero, contrariamente a lo que pensaríamos, su ausencia de la escena internacional resultó en ser el menos belicoso de los gobiernos norteamericanos. La distopía de Watchmen culmina en un sacrificio trágico que redime a la humanidad y conciencia a sus poderes en el valor de lo común. Parece un final feliz, pero es imposible en la realidad, ni parece que realmente el autor se lo crea. Watchmen es aún una historia de la Guerra Fría, un estertor de la II Guerra Mundial. Ahora estamos en otra fase, pero el retrato de los mecanismos de poder es igual de válido. Sí, es un libro descomunal, inteligentísimo, pionero, fundacional.

Alan Moore, vía

Dave Gibbons, vía


4 de enero de 2022

Veni, Vidi, Victus


No es menor la ambición histórica de una novela como Victus desde su título y desde el título de sus tres partes principales, que emulan a César, y que sirven a Albert Sánchez Piñol para dirigir a su imposible personaje, Martí Zuviría, en su devenir por la Guerra de Sucesión española. Victus, novela arrolladora y arrebatada, también agotadora, cuenta con el subtítulo Barcelona 1714, que evita toda duda sobre su tema. Publicada en 2014, coincidiendo con el tricentenario de la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas, Victus parece celebrar a la par que denunciar el carácter catalán, y, con los años, funciona como espejo inesperado del otoño de 2017, sobre el que ‘hace sombra’, parcialmente por supuesto. Es, claro está, una novela deliciosamente analizable, llena de elecciones particulares del autor, en ocasiones gozosas, pero también discutibles.

 Vauban, arquitecto de fortalezas

Zuviría es un chico de Barcelona que por avatares varios de la vida acaba estudiando bajo la tutela de Sébastien Le Prestre, marqués de Vauban, el prestigioso constructor de fortalezas de Luis XIV. Su enseñanza es iniciática, con ritos de paso gremiales y semimasónicos, que permiten al chico adquirir un conocimiento importante en las artes de construir fortalezas consideradas inexpugnables, y de… diseñar y construir también las trincheras de ataque capaces de expugnarlas. Esta contradicción en la sabiduría que adquiere se instala en su vida y carácter, pusilánime, ambivalente, algo traicionero, bisexual por conveniencia, hasta que finalmente ve la luz y abraza la causa de la defensa imposible y suicida de Barcelona. El suyo en teoría es también un viaje interior y simbólico, representado en su búsqueda de una palabra o en los puntos de maestría que va adquiriendo literalmente según cumple los criterios de su maestro. Pero todo ello lo narra nada menos que a los 99 años, cuando ya ha empezado incluso la Revolución Francesa, y dictando sus recuerdos de la guerra de su juventud a su escriba ayudante…

Berwick, dirigió el asalto final a Barcelona

Victus tiene varias vocaciones, todas ellas arrastradas por su personaje principal. Zuviría desprecia a su escriba (una mujer alemana llamada Waltraud) con todo tipo de calificativos machistas imposibles para su época y más dignos de Queipo de Llano que otra cosa. ¿Por qué este perfil, me pregunté todo el libro, cuando se nota que no es una argucia necesaria para la habilidad del autor en atrapar al lector? Este lenguaje de Zuviría se traslada al texto en otros ámbitos con frecuencia, y Sánchez Piñol juega, sin definir, a que Zuviría es consciente de que ‘le escriben’ su historia y que no puede en realidad controlarla (lo cual es un punto atractivo que además es útil para justificar según qué excesos, sí), y el artificio y la suspensión permiten aceptar este lenguaje de nuestra época para un hombre culto, por amargado que esté, del XVIII. ¿Inevitable, porque hay que acercar el relato histórico al lector de hoy? Probablemente sí, de manera lógica y admisible en lo comercial, pero la costura tan visible me desagrada más que al propio Zuviría, que no deja de ser un pícaro afortunado en grado sumo: sobrevive a ahorcamientos, palizas, heridas de fuego de gravedad, etc…) y, a pesar de ello, se le supone una vida plena, incluso en lo intelectual, y llega a viejo.

Villarroel, dirigía la defensa de la ciudad

El ritmo endiablado de Victus, el personaje de ficción que se relaciona con casi todos los grandes de un acontecimiento así (forzando varios hechos: el peor probablemente por intrascendente en la trama es que Rafael Casanova fuera su abogado), el detalle técnico que aparenta exhaustivo y que Sánchez Piñol complementa con mapas y dibujos ‘del momento’ a cargo de Xavier Piñas y Joan Solé (es inevitable pensar en el Austerlitz, de W. G. Sebald, aunque dramática y desarrollo no se parezcan en nada) presentados y mencionados al lector con desparpajo casi libertario, las vicisitudes que le hacen crearse enemigos recurrentes que aparecen y desaparecen -como en un serial-, la habilidad en el retrato del pícaro y sus aventuras que le llevan de los borbónicos a los austracistas pasando por los miqueletes… todo ello contribuye, con sus descripciones vigorosas y rudas, con sus dosificaciones de desmitificación de la Historia, a crear una pieza adictiva de narración, incapaz en ocasiones de controlar una espiral de acontecimientos límite, que son los que llevan a cierto agotamiento por exceso, y que pasa por el lector como un ejército del XVIII: arrollador, sin dejar heridos. Es imposible apartar Victus de las manos, hay que seguir y seguir hasta la derrota final.


Archiduque Carlos de Austria, aspiraba al trono de España

Victus, como decía, proyecta por supuesto su sombra sobre la actualidad, y en la simpleza de su parábola histórica aparenta explicar claves de un presente posterior a la escritura y que el autor recoge del pasado: el terror a ser llamado botifler, la guerra social con un poder local siempre elitista que prefiere aplastar cualquier potencial pérdida del statu quo, y un pueblo entregando su sentido de la esencia mientras construye (¿conscientemente?) sus mitos futuros. La visión del pasado permite describir crueldades, errores políticos buscados, luchas ególatras por el poder. Hasta en Villarroel se adivina un mayor Trapero… o al revés, claro. Por inevitable que sea leer 2017 en Victus, por inevitable que a un autor literario actual le sea emplear un lenguaje imposible por un personaje inverosímil, el valor literario es que el poder del relato y su ritmo interno funcionen autónomamente por encima de la Historia, desde luego.

Albert Sánchez Piñol (vía)


23 de diciembre de 2021

Fue, a pesar de todo, bello


Al reflexionar sobre Tú no eres como otras madres me dejó perplejo encontrarle lo que parecían errores claros de escritura. La autora, Angelika Schrobsdorff, escribe sobre todo sobre su madre Else (Kirschner de apellido natural, Schwiefert por su segundo marido, Schrobsdorff por su segundo), una mujer judía de buena familia nacida en Berlín en 1893, mujer de vida libre que aprovechó bien los locos años veinte entre fiestas y pasiones, y que tuvo tres hijos con tres hombres diferentes a los que consiguió reunir e incluso hacer convivir bajo el mismo techo. El libro es una novela de no ficción que, sorprendentemente, usa de manera indistinta y sin razones estilísticas aparentes, la primera y la tercera persona narradoras (Angelika a veces habla por sí misma y a veces se menciona exteriormente como un personaje más), lo que crea cierta disfunción lectora. A esto se suma un carácter epistolar frecuente, pues las cartas y otros recuerdos familiares forman parte de la documentación básica que utiliza la autora. Y las cartas están escritas sobre todo por Else, en segunda persona; se acaban imponiendo como única forma del texto en la tercera parte del libro, compuesta exclusivamente de cartas. Una de las posibles razones, esa impresión tuve, es que Angelika Schrobsdorff no desea, por pudor, narrar el fin de su madre. Pero otra puede ser cierto agotamiento de la autora, una imposibilidad de seguir novelando una vez superados el brillantísimo episodio vital de la juventud de Else en Berlín y el necesario capítulo del angustioso y severo exilio en Sofía durante la guerra en sí. Finalmente, también puede interpretarse como homenaje final a Else, alguien que llevó una vida tan intensa, una vez que la narración final desde fuera del personaje requeriría detallar una decadencia imparable. Aun así, como lector estas elecciones me dejaron, como decía, perplejo.


Cabaret de Berlín en 1924

Y, sin embargo, la vida ha sido bella, es el título de esta tercera parte. Y eso puedo decir del libro. ¿Por qué funciona tan bien Tú no eres como otras madres? Creo que hay tres razones principales. Por un lado, los perfiles psicológicos de los personajes, cuyo análisis es constante durante la novela, y que, desde un principio, revelan por parte de la autora un entendimiento profundo de las motivaciones de sus personajes, y del cambio de las mismas con el tiempo. El tema, la vida de Else, obliga a ello: el empoderamiento feminista encarnado a través de su propio placer, obliga a encajar su éxito vital entre las familias presente y futura que la acompañan, en general completamente cargadas de valores tradicionales. Cómo y por qué consiguió Else ser aceptada necesita ciertamente matizar bien las razones de los personajes para ser verosímil. A este eje (en el que la aparición de los hijos y sus responsabilidades afectan a Else, pero no en exceso) se va sumando, inundando progresivamente la narración y retando los placeres de su vida, el antisemitismo social que finalmente se desborda con el avance del nazismo en Alemania.

Bombardeo de Sofía en 1944 (vía)

El tipo de respuesta (o su ausencia) a esta violencia redibuja los personajes, pero en una continuidad sutil, fruto de esta capacidad de la autora, a la que se suma el segundo motivo del buen gusto de este libro: su sensibilidad y emoción desbordantes a la vez que entrelazadas con un discurso racional y estético digno de la sociedad probablemente mejor educada, hasta aquel momento, de la Historia. Son por ejemplo muy reveladoras las apreciaciones sobre cómo plantar cara al nazismo y su violencia ilegítima en sus tres momentos: el crecimiento (que los protagonistas, judíos o no, no acaban de creer y por ello plantean en general una postura adaptativa), su apoteosis (en la que el desastre se implanta y todas las formas de vida se redefinen), y su caída y desaparición (el para muchos inaceptable e inconcebible fin de la patria y el ser germánicos). Schrobsdorff publica este libro en 1992, lógicamente tiene -y en algún momento se expresa- una perspectiva general de la situación, pero, a pesar de escribir desde su madurez, no impone el punto de vista de cinco o seis décadas después a sus personajes, y es esa riqueza probablemente su mejor valor como novela histórica.

Else y Angelika Schrobsdorff, en los años treinta (vía)

Había una tercera razón para aplaudir el libro, y es obvia: el ritmo y el camino al desastre al que lleva, inexorable y determinista, que conocemos porque es la historia del siglo. Tú no eres como otras madres refleja el impacto en la vida cotidiana de la burguesía alemana, hedonista en parte y moralista por otro lado, del crescendo de leyes y acciones insoportables. Mientras esa degradación legal se despliega, Else también muta de su estético desenfado vital (que además poco a poco se va tornando imposible) a la responsabilidad ética de los hijos y su destino. El continuo reposicionamiento viene obligado por un calendario al que la autora también se ve obligada, y al que se entrega con intensidad y conocimiento de cada momento. El libro es así un fresco vívido de lo privado afectado por lo público, en el que el especial aliento de Else Schrobsdorff llena el corazón y la cabeza del lector entregado aun manejando determinados resortes dramáticos a su manera. Y por eso pienso que es una novela bella, a pesar de todo.

Angelika Schrobsdorff, fotografía de Sören Stache


7 de diciembre de 2021

Gatos, siempre ilustres



Gatos ilustres es la bonita pero algo incorrecta traducción del título Particularly Cats de Doris Lessing. No obstante, se trata de un texto delicioso en el que uno se quedaría a vivir el doble de páginas, y de una edición eso sí ilustrada, con unos maravillosos gatos dibujados por Joana Santamans, con sensibilidad y capacidad de detalle plasmadas en imágenes hipnóticas. Que es un efecto que los gatos consiguen con cierta facilidad, por otro lado. No se trata por tanto de una lista de gatos famosos, que en todo caso y dada su afición por la privacidad, lo serían por serlo sus dueños, sino de la vida de los gatos de la propia Doris Lessing.

Leí hace años un par de novelas estupendas de Lessing, Diario de una buena vecina, y, sobre todo, La buena terrorista. Entre otras virtudes, la creo interesada por resaltar las necesidades y servidumbres de la cotidianeidad en la vida. Esto se refleja también en Gatos ilustres, donde la convivencia con gatos y entre gatos en el día a día tiene su punto fascinante. Lessing era británica nacida en Irán; pasó su infancia en Zimbabue, donde la vida de granja no era precisamente fácil para los animales domésticos, y donde relata episodios que hoy no serían lógicamente aceptables. Tras ellos pasó años sin gatos, y el libro pasa a su vida ya en Inglaterra y la relación entre dos gatas con las que vivían (nótese el orden de los factores) Lessing y una persona o pareja innominada, sólo adivinable porque la autora utiliza en ocasiones la primera persona del plural. Esto es peculiar, porque mientras en Zimbabue los varios personajes familiares sí tienen presencia y los numerosos gatos son casi anónimos, en Inglaterra las dos gatas presiden completamente la narración. Sus rivalidades, los embarazos y el destino de sus proles, la lucha por los lugares de descanso y por el sitio en la cama de su dueña, y sus enfermedades, son las grandes protagonistas. Como varios literatos fascinados por la compañía gatuna (Cortázar, Capote, Szymborska…), Lessing no evita humanizar sus actitudes, especialmente en los rasgos que más nos gusta interpretar en estos animales.

Al libro le da alas la completa fascinación maravillada que Lessing transmite por las gatas, por sus peleas y desplantes, por sus miedos y por su capacidad de crear vida de manera continuada. En esa observación y su plasmación, que es en parte lírica pero siempre accesible, y en parte cruda pero siempre amorosa, se observa a la escritora de valor que, rindiendo un texto en principio menor, traza un mundo del que, emocionalmente, desearía leer más y más.


Doris Lessing (vía)