29 de marzo de 2013

Sólo Feynman



Amigos de los que me quedan en la ciencia me regalaron este cómic que narra la vida de Richard Feynman, un físico teórico ganador del Premio Nobel de Física en 1965 y que, para mi vergüenza, no conocía. Digo mi vergüenza porque después me he ido enterando de que se trata de un hombre casi venerado en l sector, no sólo por sus estudios reveladores en Electrodinámica Cuántica, sino por su capacidad educativa y divulgativa, que dio lugar a exitosas giras de conferencias y diferentes publicaciones de las mismas, además de ser uno de los más jóvenes jefes de equipo del laboratorio de Los Álamos que desarrolló la bomba atómica en los años 40, o de participar en la mediática investigación de las causas del accidente de Challenger en 1986. Su vida está llena de múltiples anécdotas más, arrastrada por una gran curiosidad y su capacidad de visión diferenciada de cualquier situación bajo estudio.

Richard Feynman (vía)

Feynman es un cómic biográfico que alcanza cotas hagiográficas de pura admiración que destila el guión, que dulcifica los puntos oscuros del personaje, convierte de continuo cierta arrogancia en humildad, pero que tampoco rehúye las explicaciones científicas del trabajo del biografiado. Para ello escoge una estructura algo cáotica, de pequeños capítulos de 2 ó 3 hojas por término medio, que pueden transcurrir en diferentes décadas (dentro del mismo capítulo), aunque existe una línea general que parte de su infancia y juventud (al principio) hasta su muerte. La opción del salto en el tiempo quiere reflejar que este es una dimensión en que las partículas estudiadas por Feynman pueden moverse libremente. Los capítulos además no vienen divididos en páginas, sino que pueden empezar en cualquier momento, incluso en medio de una viñeta. La idea es brillante, incluso desde el punto de vista de teoría del cómic pero también agotadora, y deja un poso algo deslavazado.


Feynman, el personaje, no me ha agradado en exceso. Tal vez la unanimidad de autores y personajes (incluido el propio Feynman, que es el narrador del libro) hacia él sea tan excesiva que convierte su brillantez en pesadez, por no decir solipsismo y falsa modestia. Hay un momento de lectura avanzada la primera parte del cómic en que se produce algo de confusión añadida por causa del dibujo poco definido que no distingue entre varios de los científicos protagonistas (algunos muy reputados y conocidos) que comparecen en varias coyunturas que resultan anodinas por falta de concreción dramática y de integración en la narración. Son situaciones yuxtapuestas que merecían un mejor acabado general y un mejor aprovechamiento dramático. El pulso mejora, brevemente, en la presentación de algunas conferencias (casi) completas de Feynman al final del libro. Pero da la sensación de que si hay algún mérito en ello es de Feynman y no de los autores del cómic.

Jim Ottaviani (en la foto vía) es el guonista del cómic. El dibujo es obra de Leland Myrick y el color de Hilary Sycamore


18 de marzo de 2013

Paisaje después de la batalla


(reseña previamente publicada en la Revista Cultural Factor Crítico) 


Oficialmente, la Segunda Guerra Mundial (IIGM) empieza en 1939 y termina en 1945. La tesis principal de este libro es que la capitulación nazi del mes de mayo de 1945 fue un capítulo esencial de un conflicto que permaneció en Europa con gran intensidad al menos cinco años más. El autor señala que hay lugares en los que, hasta que no se recuperó la independencia en la década de los noventa, no consideran que el conflicto histórico del que la IIGM fue el episodio más violento estuviera terminado. Los países bálticos son un ejemplo.
Keith Lowe es un joven historiador británico que, heredero de una larga tradición, siente pasión por la historia europea de la primera mitad del siglo XX. Su esfuerzo en Continente Salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial es encomiable: resumir en 400 páginas el paisaje europeo tras el final de la IIGM, un periodo en que los consensos históricos se reducen cuando se comparan con los lugares comunes de la lucha contra los nazis, pero en el que el continente devastado repitió en varios lugares pautas de actuación política y comportamiento social que definieron de manera decisiva la historia de los países implicados durante las siguientes décadas, con más influencia incluso que los mismísimos años de la guerra en sí.

Berlín, 1945. La destrucción física era sólo la destrucción más visible (vía) 

El libro se estructura en cuatro partes (cuyos títulos ya asustan: El legado de la guerra, Venganza, Limpieza étnica, y Guerra Civil), y, personalmente, me han gustado más las dos primeras, porque la mirada del autor se centra más claramente en el drama colectivo, general y comparable de la situación del continente tras la guerra, que es posiblemente el mayor valor del libro (mostrar cómo incluso en la barbarie todos los países de Europa se parecen). La tercera y cuarta partes, aunque no pierden de vista al conjunto del continente, resumen los casos particulares. Para un lego en la materia lo consiguen de manera impecable en lo narrativo y en lo objetivo de la visión ética: si comparamos el trato diferente que da el autor a los comunistas en Grecia o Rumanía encontramos un ejemplo, pero salir airoso de la limpieza étnica entre polacos y ucranianos manejando el orden y el tiempo en que se describen las matanzas étnicas entre ambos pueblos tras el fin de la guerra es una jugada literaria de nivel. Sin embargo, en ocasiones da la sensación de que cada uno de esos episodios necesita de un libro en sí mismo, entre los cuales el caso yugoslavo es el más relevante. Muchos libros que sin duda están en mente de Lowe (hace cinco años ya publicó un libro sobre los bombardeos de Hamburgo), que se ve obligado a resumir con el objeto de lograr con éxito llegar al público.

Para este libro llegar al público es esencial. Esos años olvidados, aunque lo fueron con un objetivo tan encomiable como manipulador, son clarificadores en la búsqueda de claves históricas. Por supuesto, el caudal de información es enorme, pero se canaliza con sentido narrativo, los mapas son suficientes y claros, y las numerosas referencias bibliográficas no molestan. Sortea las guerras de cifras, sabe combinar testimonio personal con político ala manera de Antony Beevor (aunque sin el prurito dramático de éste, más centrado en lo bélico), y se aprenden hechos espeluznantes. Un acierto sobre todo al principio del libro es el continuado cambio de escenario: de Grecia (hambruna y guerra civil) a Noruega (persecución de los hijos de alemanes), de Saló (triple guerra en el norte de Italia) a Bucarest (desmantelamiento de una democracia por el estalinismo), de Vichy (ajustes de cuentas a las mujeres francesas que mantuvieron relaciones con los invasores) a Vilnius (guerrilla que combatió al Ejército Rojo hasta los años cincuenta), de Varsovia (cuatro limpiezas étnicas tras la guerra hasta dejar un país étnicamente puro como quería Hitler) a Zagreb (sucesivos ajustes de cuentas entre ustachas, chetniks y partisanos), y, por supuesto, Alemania y sus múltiples tipos de prisioneros, desplazados, refugiados y venganzas… En todos estos escenarios el autor imprime un personal carácter constructivo en su búsqueda del entendimiento del horror tras el horror. Esa sería la única ideología del libro, y el objetivo de su uso de la verdad.
Guárdense pues, amigos, del final de las batallas. La lección es que en la IIGM, las balas perdidas del mayor espanto conocido y documentado por la humanidad mataron más que muchas guerras. Yo no creo que olvide varios de los episodios de este libro hipnótico en mucho tiempo.

Keith Lowe también es novelista (vía)






8 de marzo de 2013

Enterrar a los muertos




Llego a esta novela por caminos cinematográficos y literarios. Por un lado, su escritor es Jonathan Safran Foer, el autor de Everything is Illuminated, su primera novela y una película de interés que dirigió Liev Schrieber . Por otro, Extremely Loud & Incredibly Close conoció su propia adaptación cinematográfica de la mano de Stephen Daldry, el especialista en adaptar literatura-de-prestigio del que hablé al comentar El lector. EL&IC, como película, no me gustó, y el libro, aunque mejor llevado, me ha parecido fallido.


EL&IC es una de las novelas de duelo por el 11S que la narrativa norteamericana ha ido publicando en la década larga desde el atentado que inicia la historia del siglo XXI. En ella Oskar Schell es un niño de 9 años solitario e impopular, pero imaginativo e hiperactivo, que encuentra entre los recuerdos de su padre (muerto dos años atrás en el World Trade Center) un sobre con la palabra Black y una llave dentro. Decide buscar al propietario de la llave intentando con ello suplir la ausencia de su progenitor y buscar el rostro de un padre que no volverá. Su aventura (buscar entre todos los apellidos Black de Nueva York) es el principal puntal de la narración, que se completa con dos ejes más: las cartas que el abuelo de Oskar –quien abandonó a su mujer cuando estaba embarazada- escribió y no envió durante 40 años a su hijo ahora muerto, y el diario que la abuela de Oskar escribe en forma de mensajes precisamente a Oskar intentando aliviar su propio dolor.

Richard Drew es el autor de esta foto icónica del 11S (vía)

Creo que sacar adelante un cóctel familiar y sentimental así requiere de una potencia que JSF aún no tiene, o al menos no ha encontrado en esta obra. Considero un error potenciar la historia de la familia de los padres del padre de Oskar, porque se alimenta de un recuerdo dramático propio (el bombardeo de Dresde en la II Guerra Mundial que ambos sufrieron), cuya sombra sobre el 11S es, si se piensa en profundidad, cuando menos discutible más allá de la simplicidad narrativamente obvia, en una obra de estas intenciones, de la barbarie humana.


Aún así, la novela tiene grandes momentos de escritor lúcido. Dibuja bien al niño, bajo cuya capa de optimismo biempensante y sentimiento de pérdida mainstream se oculta un pequeño loco inaguantable y al borde de la esquizofrenia, y al que le conviene agotarse haciendo millas buscando al señor Black correcto (y espero no equivocarme en esta apreciación: si JSF no pretendía dibujar así al niño entonces el libro ya sería un pestiño terrible). La imaginación de Oskar puede ser malévola: su observación sobre el hecho de que en el planeta existen actualmente más vivos que todos los habitantes del mismo en toda la historia de la humanidad acaba con la conclusión de que no existirían calaveras suficientes para que todos pudiéramos interpretar a Hamlet y llorar por nuestro pobre Yorick. O su innovadora propuesta de una limusina lo suficientemente larga que le permitiera entrar en ella desde el portal de su casa y salir por la puerta delantera delante del cementerio donde van a enterrar el ataúd vacío sin el cadáver de su padre.

Sólo Hamlet recuerda la cara de Yorick (vía)

Posiblemente a JSF le falta la maestría de un Auster, quien se deja arrastrar decididamente por la negrura para evitar que su propio sentimentalismo se escarche como un postre de Navidad, o de un Rchard Ford o Jonathan Franzen, que gozan de mayor penetración psicológica y son más sutiles al desenvolver la relación entre el drama de la pérdida y la farsa necesaria e inevitable de la familia. La planificación mecánica de EL&IC lleva a una estructura tramposa que impide aflorar el posible talento del autor más allá de sus imágenes cautivadoras...

The new, overhanging roof protected the books from rain, but during the winter the pages would freeze together, come spring, they let out a sigh

Jonathan Safran Foer y bufanda (vía)



28 de febrero de 2013

¿Quieres más a papá o a mamá?


(reseña previamente publicada en la Revista Cultural Factor Crítico)


Es casi imposible que los lectores que amamos Fun Home no tengamos la tentación de leer ¿Eres mi madre?, de Alison Bechdel. La autora que escribió un libro sobre su padre, homosexual reprimido que presumiblemente prefirió suicidarse al escándalo público y al divorcio, ha publicado siete años más tarde un libro centrado en la figura de su madre, un personaje importante pero secundario en Fun Home. En la página 5 la fuerte relación entre ambos libros se plasma de manera visual en una viñeta que produce un escalofrío a cualquier lector de Fun Home. Ésta:


Les explico: como otros autores de cómic, Bechdel escribe libros autobiográficos. Fun Home cuenta la historia de su infancia hasta que ella misma sale del armario, justo antes de que su padre se suicidara tirándose delante de un camión de una compañía panificadora. Y esta inocente imagen, más allá del gusto de Bechdel por el encuadre y la simetría, nos advierte de que un camión de emociones puede arrollar a un pequeño coche que se busca la vida, mientras nos golpea el corazón al pensar si los paralelismos vitales e intelectuales de Alison y su padre pudieran suponer el mismo final para ambos…

No creo necesario haber leído Fun Home para comprender ¿Eres mi madre?, pero ambos son excelentes y  se complementan, aunque Fun Home sea probablemente más accesible; ¿Eres mi madre?, aunque relata también episodios de la infancia de la autora, se centra en su vida adulta, desde que marcha a la universidad y empieza su trabajo de dibujante, hasta que escribe Fun Home, el libro sobre su padre, y, años más tarde, comienza a escribir el mismo libro que comentamos. Una autobiografía en que la relación con su madre es el principal eje de la narración, y donde los problemas familiares arrastrados y las propias obsesiones de Bechdel se plasman en un narrativamente armonioso y fantástico panel vital.


En este panel se articulan relaciones entre mujeres a tres niveles: madre-hija, terapeuta-paciente, y amante-amante, y los tres tipos de relaciones se describen en una mezcla continua en los episodios vitales de Alison: las escenas describen la relación con su madre mientras las explicaciones o los bocadillos son los que su terapeuta le ha explicado o lo que ha encontrado en sus lecturas sobre terapia; o está con su pareja mientras mentalmente recuerda las cartas que se escribían sus padres. La autora revela la planificación del libro del mismo modo que combinando todos estos elementos tratará de explicarnos el resultado de una deconstrucción aplicable a la literatura y al análisis.

La terapia y el psicoanálisis son el método principal que Bechdel utiliza en su libro. Al igual que la literatura (y la cultura en general) era en Fun Home el modo en que la familia conseguía relacionarse y apasionarse, en ¿Eres mi madre? la compulsiva necesidad de hacer, leer e interpretar su terapia cubre de un manto todo el libro, como puede verse en el croquis de la página anterior, donde la estructura visual viene reforzada con los textos de Donald Winnicott, un especialista británico en el piscoanálisis infantil y prácticamente único personaje masculino del libro –y de dibujo turbadoramente parecido al padre de Alison, por cierto. La lectura de Winnicott ayuda a Alison a interpretar su vida: desde las necesidades emocionales del niño y la madre, al paralelismo relacional de la terapeuta con la madre y el paciente con el niño, pasando por las relaciones con los objetos, la interpretación de los sueños, o los simbolismos como los diarios o los espejos. Bechdel sigue dejando de todos modos sitio para la literatura, con su referencia continua a los libros precisamente biográficos de Virginia Woolf, y a aquellos que liberaron a la atormentada autora inglesa de los recuerdos traumáticos sobre sus padres.

Entiendo que con esta reseña el libro puede parecer serio. Diré más, su uso abundante del texto, de un texto técnico en ocasiones, sobre psicoanálisis lo puede hacer duro. Y todavía añado que es algo más, es casi devastador. Su mirada no sincera sino completamente transparente al interior del alma de Alison desarma cualquier introspección personal que yo al menos haya sido capaz de hacerme, aunque los psicoanalizados que lean el libro podrán juzgarlo mejor (se me antoja también que el nivel de interpretación intelectual de la terapia y el psicoanálisis de la protagonista y autora no es tampoco el más común). El análisis no se queda sólo en las relaciones familiares, amorosas y/o terapéuticas, sino que hay un sitio esencial para la eclosión y desarrollo del sentimiento creativo en el artista, cuyas motivaciones psicológicas se explican en momentos clarividentes, o la conciencia que supone la orientación sexual, sin la cual Bechdel asume que se habría atrevido a reconocer el divorcio entre mente y cuerpo que le brindaban su educación y su familia.


Haber aunado todo esto en un libro armonioso resulta un trabajo titánico. Como narración visual, ¿Eres mi madre? es un trabajo impecable, como ya lo era Fun Home. Cada uno de los siete capítulos comienza con un sueño de Alison que transcurre sobre fondo negro, mientras que todo el capítulo (¿tal vez los periodos de vigilia de una semana de narración?) transcurre sobre fondo blanco, en una línea clara y un entintado aguado. El blanco y negro sólo se rompe con ligeros tonos de rojo o granate, en una curiosa simetría simbólica con Fun Home, donde este único color presente era un triste azul. Las transiciones entre las líneas maestras del relato ya mencionadas (a los que hay que sumar sus pasajes del pasado que representan a Winnicott trabajando con niños, o a Virginia Woolf explicando sus libros) se realizan con elegancia, integrando todas las partes de la narración de manera fluida mediante objetos, gestos y marcas. El control del encuadre y la viñeta se utiliza para crear emoción y relacionar personajes, y su alcance se observa muy bien en las relaciones con las terapeutas. En general, los baqueteos psicológicos de la mente de Alison están bien conseguidos, incluida la profusión de textos mencionada. Todo ello en un volumen que retuerce el concepto de metalibro, al explicar sus motivos, el proceso de su confección, la relación del libro con la obra anterior del autor, la vida de los personajes reales en que se basa… Al escribir esta reseña, me había planteado llamar Bechdel a la autora y Alison a la protagonista, pero no siempre ha sido fácil decidir quién es quién. Lo cual también sería un tema objeto de análisis del libro…

Alison Bechdel por Elena Seibert (vía)



18 de febrero de 2013

Todo




Aunque En busca del tiempo perdido tiene varias epifanías, alguna ultrafamosa como la de la magdalena, la más significativa literariamente puede ser la que recorre varias decenas de páginas de El tiempo recobrado, que cierra la serie de siete volúmenes en que se dividió la larguísima novela sobre la vida y los recuerdos del propio autor.  En ese momento de lucidez completa, ante el panorama desolador de una vejez cercana y enfermiza, y siendo consciente del pasado alcanzable mediante una memoria a perderse, Marcel Proust decide encerrarse, renunciar a los amigos y al gran mundo, para escribir y conseguir obtener la verdad de los hechos que le sucedieron y dieron sentido a su tiempo. Es la forma en la que consigue recobrarlo, inmortalizando sus caprichos y los vaivenes que va dejando en la memoria.


Las percepciones sensoriales de En busca del tiempo perdido son esenciales (y, algunas, decididamente maravillosas): sirven como instrumento de la memoria para relacionar diferentes tiempos y hechos a través de un sabor un olor, la luz de una iglesia, o una flor. Proust mira extasiado el corazón de las cosas (como dice de él Umberto Eco en Historia de labelleza)  y con una capacidad metafórica inigualable las hace viajar en el tiempo a lo largo de los volúmenes, sea en forma de viajes en tren, descripción de una iglesia, o antesalas de una fiesta del gran mundo.


En busca del tiempo perdido cuenta una historia, la de la vida del propio Marcel Proust, de niño débil a joven invitado en todas las fiestas, a maduro solitario que decide comprender el mundo con la literatura. En su búsqueda del arte y el amor, Proust sufre el inesperado avatar de las orientaciones sexuales de sus amantes y de sus amigos, y de su análisis psicológico y social, diferente a lo que hasta entonces se escribía, surge una conciencia primitiva de lo gay como comportamiento, y un retrato descarnado de una vida reprimida que se intenta disfrazar de continuo (el personaje de la novela es un cristiano heterosexual, justo lo contrario del autor al que representa). La otra pata principal de la novela es la social, en la que Marcel intenta encontrar sin conseguirlo el calor intelectual de las clases altas (Guermantes), que se le revelan insulsas y estultas, y las burguesas (Verdurin), presuntuosas e intrigantes. Aunque ambos caminos se unan tras una brillante y continuada vivisección sociopolítica (que incluye el dreyfusismo y el nacionalismo de cambio de siglo), Marcel sólo puede recluirse para crear, una vez que los individuos disonantes de ambos mundos que le interesaron (Saint-Loup o Swann, por ejemplo) desaparecen.



Proust es un poeta capaz de conseguir imágenes espléndidas. Sin duda debe ser uno de los autores más citados de la historia. Su prosa se detiene en descripciones y pensamientos en flujo de conciencia de manera consciente y continuada. Sus frases tienen estructuras imbricadas, con frases relativas, paréntesis y extensión larga, que a veces resultan imposibles, pero que fluyen con extraña ligereza en el sentimiento del lector, cuyo disfrute estético es a veces inconmensurable. Además, para mi sorpresa, resulta ser por momentos un autor divertido, que parece mirar el envaramiento de su sociedad, e incluso el de varias personas que la habitan (incluido él mismo) con una ironía directa que en general llevan consigo los personajes aparentemente más simples.


Hace 22 años hice una foto a la tumba de Marcel Proust en Père Lachaise; sobre su mármol negro había una solitaria rosa roja fresca. Sólo conocía pasajes de Un amor de Swann por aquel entonces, que es el extracto más conocido de Por el camino de Swann, el primer volumen de la novela, pero que no es nada comparado con el torrente de sensaciones que el libro completo deja. Lo he completado en dos años y medio, intercalado con otras lecturas, e incluso lo seguí en un blog que desde un punto de vista irónico pretendía explicar a la madre de Proust lo que la novela de su hijo le parecía a un club de lectura de señoras: Querida Madame. No diré que mi pensamiento o mi visión del mundo hayan cambiado en lo esencial tras la experiencia (de hecho, recuerdo mayor impacto emocional y/o vital con otras lecturas a lo largo de mi vida como lector), pero, aunque sólo sea por el Tiempo transcurrido, que se ha retorcido como en la dimensión proustiana del mismo, mi vida sí que ha cambiado.


Este año se cumplen cien años de la publicación del primer volumen de la novela.


Merci, Marcel.





8 de febrero de 2013

Monkeywrenching!


(esta reseña fue previamente publicada en la revista de cultura Factor Crítico)

La lectura de La banda de la tenaza supone una buena cantidad de sorpresas y la primera es el propio descubrimiento de esta novela. ¿Una biblia de la contracultura, del activismo medioambiental y de la resistencia pacífica traducida 35 años después y prácticamente desconocida, al menos literariamente, en Europa? Pues sí, eso es lo que tenemos entre manos. La razón podría ser que Abbey no llevó una vida literaria, pero es cierto que eso se puede decir de otros escritores de las corrientes (contra)culturales de los años sesenta y setenta del siglo pasado con los que por temática y estilo tiene conexiones y que nos han llegado con más reputación. Ambientalista de vocación, fue vagabundo, guarda forestal, soldado en la II Guerra Mundial, estudiante y profesor de filosofía, y un gurú del activismo medioambiental reconocido por sus ensayos y, sobre todo, por La banda de la tenaza.

La tenaza

Cuatro amantes de la naturaleza, el filósofo cirujano Doc Sarvis, su novia y ayudante Bonnie Abbzug, el guía mormón Seldom Seen Smith, y el pirado ex boina verde George Washington Hayduke deciden, tras coincidir en un descenso por los rápidos del Colorado, unir sus fuerzas para sabotear las grandes obras que el Gobierno y las compañías constructoras y mineras realizan en el área de los grandes parques naturales entre la frontera de Utah y Arizona, simbolizados sobre todo por la presa sobre el Glen Canyon que dio lugar al Lago Powell y el puente sobre el río Colorado en la misma zona. La banda, usando los fondos financieros del doctor, crea una pequeña infraestructura y se dedica a la quema de anuncios en la autopista, el descarrilamiento de trenes de mineral, y la destrucción sistemática de cuanta maquinaria pesada para grandes obras se encuentra en su camino.

La escritura de Abbey es provocadora, literaria y, por momentos, lisérgica –y ciertamente es contemporánea de esto último-. La provocación alcanza la descripción de los personajes y sus relaciones entre ellos y con su enemigo, no lejos del cartoon a lo Tex Avery, con la naturaleza como única fuerza todopoderosa. Logra transmitir una peculiar emoción con la animalización (o mejor, monsterización) de la gran maquinaria, convertida aquí en un ente, odiado y destructivo, de vida propia donde chasis, chapa, elementos articulados, líquidos lubricantes y ruidos son descritos como espina dorsal, huesos, extremidades, sangre y gemidos. Literalmente, son asesinadas artesanalmente con tenazas, cizallas, manteca y sirope (que se añade a los depósitos de combustible: no es desdeñable, académicamente hablando, la información subversiva del libro). Este elemento recuerda mucho al Quijote, quien en su delirio convertía molinos en gigantes y los combatía. No es además el único detalle quijotesco de un libro donde cuatro idealistas de improbable futuro desfacen entuertos de poderosos deambulando por una tierra inhóspita. Aunque no creo que la comparación vaya más allá, los personajes de la banda no tienen alucinaciones, como mucho pueden ir algo puestos…

La banda en fuga

La banda consigue inquietar ligeramente al poder tecnológico que la combate, y acaba por verse obligada a huir de él y puede, como mucho, convertirse a la mítica del territorio del Oeste a la que pertenece tras una persecución agónica. Abbey mira con lógica ternura a sus cuatro protagonistas (ilustrados además por un excelente Robert Crumb, con sus miradas intensas y cuerpos rotundos en la edición ilustrada que conmemoró el décimo aniversario de la primera edición en los EE.UU. y recogidas en la actual edición de Berenice) pero su lucha aspira como mucho a encarnar el Resistid mucho, obedeced poco de Walt Whitman citado en la novela. La resistencia activa, pacifista y hedonista no parece suficiente enemigo ante la traición del hombre a la tierra, aunque sin duda puede conseguir un necesario aumento de la concienciación individual, que el libro de Abbey logra eficazmente con humor e ironía.

La experiencia literaria es por momentos sublime en lo artístico, con metáforas logradas para la carne, la tierra, la máquina y el metal, por no hablar de la visión del mundo, las organizaciones y el individuo, integrados en una farsa que se olvida del origen de la vida, pero en la que no se subraya innecesariamente el valor de la acción ni se apela a la denuncia bobalicona. Ahora bien, ¿cuál es el resultado para el castigado medio ambiente? Toda acción humana tiene una consecuencia medioambiental y resulta irónico, visto casi cuatro décadas más tarde, que para defender el territorio George Hayduke perfore los depósitos de aceite de las máquinas saboteadas para que la tierra lo engulla, cuando ahora sabemos que lo hará tan bien que no podrá eliminarlo en siglos. Algo que en 1975, más centrados en la contaminación del aire, probablemente no se consideraba tanto dentro de los problemas medioambientales. Sin que esto sea apelar a que estas acciones supongan ecoterrorismo, del que se acusó a los activistas del monkeywrenching, ya que el término es engañoso. Abbey, además de afirmar que nunca propuso acciones terroristas, ironizó siempre sobre el hecho de que los estados y corporaciones industriales que actuaban sobre un medio indefenso que se ve obligado a proporcionar recursos sin descanso no estaban legitimadas para usar alegremente el término terrorismo.

¿¿¿El quéwrenching??? Sí, en efecto, la influencia de este libro es tal que el término monkey wrench, que literalmente significa llave inglesa y que en castellano se traduce como sabotaje, denomina ahora el activismo medioambiental cuyas acciones y eficacia siguen siendo objetos políticos de discusión. Un indicio más de lo extremadamente único de este libro lúcido, divertido y magnífico que es La banda de la tenaza, es decir, The Monkey Wrench Gang.

Edward Abbey (vía)


28 de enero de 2013

Lector que lees con amor




Stephen Daldry es un reputado adaptador de novelas al cine. Empezó con un guión original (Billy Elliot), pero consiguió su prestigio con Las horas (de Michael Cunningham, a su vez una variación de La señora Dalloway, de Virginia Woolf), le fue bien con El lector (de Bernhard Schlink), y de momento completa su carrera con la floja Tan fuerte, tan cerca, una novela de Jonathan Safran Foer de la que no tardaremos en hablar aquí. Pero así como la novela Las horas (leída tras haber visto la película) me pareció un libro muy conseguido, creo que con El lector, Daldry se enfrentó a un texto de idea interesante pero ejecución floja y discursiva.

Michael es un chico alemán de 15 años que en 1958 empieza a acostarse con Hannah, una mujer de 36 años con la que entra en contacto por azar. La relación tiene un componente de formación sexual y de pasión adolescente incontrolada, pero en ella se produce un hecho peculiar: a Hannah le encanta que su amante Michael le lea en voz alta y se convierta así en su lector particular. La relación termina pero siete años después Michael estudia Derecho y asiste por ello a un juicio contra siete mujeres acusadas de crímenes cometidos mientras fueron guardianas de prisioneras de campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Hannah está entre ellas.

En otros tiempos, ser un chico leído podía tener su recompensa.

Organizada en tres obvios tiempos dramáticos (adolescencia, juventud estudiosa, madurez), el principal problema de Bernhard Schlink en El lector es agotar al espectador mediante la descripción académica y simplona de los hechos y el entorno en que se enmarcan, sin ninguna aportación dramática, que retrasa la narración, y que debería haber sustituido por una mayor profundidad de la historia de los personajes. La primera parte, la historia del amor adolescente de Michael, es todavía una narración media y llevadera, donde incluso alguna reflexión alcanza algo de valor. Pero durante el juicio, Schlink es incluso vulgar en su tratamiento del texto y hacia sus lectores, a quienes no parece reconocer ningún conocimiento previo no ya del nazismo, sino de los mecanismos del horror.

Una pena, porque aunque sean obvias y poco novedosas cuestiones como la literatura como expiación, o la falta de literatura como barbarie (aunque si esto es discutible en algún contexto es precisamente en la Alemania nazi, hija de una de las élites culturales y científicas más sorprendentes de la historia de la humanidad), no dejan de ser metatemas que siempre me resultan atractivos en literatura. La película ganaba gracias a la voz, y a un planteamiento de erotismo suave tras el intuido horror histórico, que conseguía cierta densidad. Pero a Schlink, posiblemente arrastrado por una necesidad de ventas, le falta arrojo en su texto.

Foto de Bernhard Schlink en Wikipedia