8 de marzo de 2013

Enterrar a los muertos




Llego a esta novela por caminos cinematográficos y literarios. Por un lado, su escritor es Jonathan Safran Foer, el autor de Everything is Illuminated, su primera novela y una película de interés que dirigió Liev Schrieber . Por otro, Extremely Loud & Incredibly Close conoció su propia adaptación cinematográfica de la mano de Stephen Daldry, el especialista en adaptar literatura-de-prestigio del que hablé al comentar El lector. EL&IC, como película, no me gustó, y el libro, aunque mejor llevado, me ha parecido fallido.


EL&IC es una de las novelas de duelo por el 11S que la narrativa norteamericana ha ido publicando en la década larga desde el atentado que inicia la historia del siglo XXI. En ella Oskar Schell es un niño de 9 años solitario e impopular, pero imaginativo e hiperactivo, que encuentra entre los recuerdos de su padre (muerto dos años atrás en el World Trade Center) un sobre con la palabra Black y una llave dentro. Decide buscar al propietario de la llave intentando con ello suplir la ausencia de su progenitor y buscar el rostro de un padre que no volverá. Su aventura (buscar entre todos los apellidos Black de Nueva York) es el principal puntal de la narración, que se completa con dos ejes más: las cartas que el abuelo de Oskar –quien abandonó a su mujer cuando estaba embarazada- escribió y no envió durante 40 años a su hijo ahora muerto, y el diario que la abuela de Oskar escribe en forma de mensajes precisamente a Oskar intentando aliviar su propio dolor.

Richard Drew es el autor de esta foto icónica del 11S (vía)

Creo que sacar adelante un cóctel familiar y sentimental así requiere de una potencia que JSF aún no tiene, o al menos no ha encontrado en esta obra. Considero un error potenciar la historia de la familia de los padres del padre de Oskar, porque se alimenta de un recuerdo dramático propio (el bombardeo de Dresde en la II Guerra Mundial que ambos sufrieron), cuya sombra sobre el 11S es, si se piensa en profundidad, cuando menos discutible más allá de la simplicidad narrativamente obvia, en una obra de estas intenciones, de la barbarie humana.


Aún así, la novela tiene grandes momentos de escritor lúcido. Dibuja bien al niño, bajo cuya capa de optimismo biempensante y sentimiento de pérdida mainstream se oculta un pequeño loco inaguantable y al borde de la esquizofrenia, y al que le conviene agotarse haciendo millas buscando al señor Black correcto (y espero no equivocarme en esta apreciación: si JSF no pretendía dibujar así al niño entonces el libro ya sería un pestiño terrible). La imaginación de Oskar puede ser malévola: su observación sobre el hecho de que en el planeta existen actualmente más vivos que todos los habitantes del mismo en toda la historia de la humanidad acaba con la conclusión de que no existirían calaveras suficientes para que todos pudiéramos interpretar a Hamlet y llorar por nuestro pobre Yorick. O su innovadora propuesta de una limusina lo suficientemente larga que le permitiera entrar en ella desde el portal de su casa y salir por la puerta delantera delante del cementerio donde van a enterrar el ataúd vacío sin el cadáver de su padre.

Sólo Hamlet recuerda la cara de Yorick (vía)

Posiblemente a JSF le falta la maestría de un Auster, quien se deja arrastrar decididamente por la negrura para evitar que su propio sentimentalismo se escarche como un postre de Navidad, o de un Rchard Ford o Jonathan Franzen, que gozan de mayor penetración psicológica y son más sutiles al desenvolver la relación entre el drama de la pérdida y la farsa necesaria e inevitable de la familia. La planificación mecánica de EL&IC lleva a una estructura tramposa que impide aflorar el posible talento del autor más allá de sus imágenes cautivadoras...

The new, overhanging roof protected the books from rain, but during the winter the pages would freeze together, come spring, they let out a sigh

Jonathan Safran Foer y bufanda (vía)



28 de febrero de 2013

¿Quieres más a papá o a mamá?


(reseña previamente publicada en la Revista Cultural Factor Crítico)


Es casi imposible que los lectores que amamos Fun Home no tengamos la tentación de leer ¿Eres mi madre?, de Alison Bechdel. La autora que escribió un libro sobre su padre, homosexual reprimido que presumiblemente prefirió suicidarse al escándalo público y al divorcio, ha publicado siete años más tarde un libro centrado en la figura de su madre, un personaje importante pero secundario en Fun Home. En la página 5 la fuerte relación entre ambos libros se plasma de manera visual en una viñeta que produce un escalofrío a cualquier lector de Fun Home. Ésta:


Les explico: como otros autores de cómic, Bechdel escribe libros autobiográficos. Fun Home cuenta la historia de su infancia hasta que ella misma sale del armario, justo antes de que su padre se suicidara tirándose delante de un camión de una compañía panificadora. Y esta inocente imagen, más allá del gusto de Bechdel por el encuadre y la simetría, nos advierte de que un camión de emociones puede arrollar a un pequeño coche que se busca la vida, mientras nos golpea el corazón al pensar si los paralelismos vitales e intelectuales de Alison y su padre pudieran suponer el mismo final para ambos…

No creo necesario haber leído Fun Home para comprender ¿Eres mi madre?, pero ambos son excelentes y  se complementan, aunque Fun Home sea probablemente más accesible; ¿Eres mi madre?, aunque relata también episodios de la infancia de la autora, se centra en su vida adulta, desde que marcha a la universidad y empieza su trabajo de dibujante, hasta que escribe Fun Home, el libro sobre su padre, y, años más tarde, comienza a escribir el mismo libro que comentamos. Una autobiografía en que la relación con su madre es el principal eje de la narración, y donde los problemas familiares arrastrados y las propias obsesiones de Bechdel se plasman en un narrativamente armonioso y fantástico panel vital.


En este panel se articulan relaciones entre mujeres a tres niveles: madre-hija, terapeuta-paciente, y amante-amante, y los tres tipos de relaciones se describen en una mezcla continua en los episodios vitales de Alison: las escenas describen la relación con su madre mientras las explicaciones o los bocadillos son los que su terapeuta le ha explicado o lo que ha encontrado en sus lecturas sobre terapia; o está con su pareja mientras mentalmente recuerda las cartas que se escribían sus padres. La autora revela la planificación del libro del mismo modo que combinando todos estos elementos tratará de explicarnos el resultado de una deconstrucción aplicable a la literatura y al análisis.

La terapia y el psicoanálisis son el método principal que Bechdel utiliza en su libro. Al igual que la literatura (y la cultura en general) era en Fun Home el modo en que la familia conseguía relacionarse y apasionarse, en ¿Eres mi madre? la compulsiva necesidad de hacer, leer e interpretar su terapia cubre de un manto todo el libro, como puede verse en el croquis de la página anterior, donde la estructura visual viene reforzada con los textos de Donald Winnicott, un especialista británico en el piscoanálisis infantil y prácticamente único personaje masculino del libro –y de dibujo turbadoramente parecido al padre de Alison, por cierto. La lectura de Winnicott ayuda a Alison a interpretar su vida: desde las necesidades emocionales del niño y la madre, al paralelismo relacional de la terapeuta con la madre y el paciente con el niño, pasando por las relaciones con los objetos, la interpretación de los sueños, o los simbolismos como los diarios o los espejos. Bechdel sigue dejando de todos modos sitio para la literatura, con su referencia continua a los libros precisamente biográficos de Virginia Woolf, y a aquellos que liberaron a la atormentada autora inglesa de los recuerdos traumáticos sobre sus padres.

Entiendo que con esta reseña el libro puede parecer serio. Diré más, su uso abundante del texto, de un texto técnico en ocasiones, sobre psicoanálisis lo puede hacer duro. Y todavía añado que es algo más, es casi devastador. Su mirada no sincera sino completamente transparente al interior del alma de Alison desarma cualquier introspección personal que yo al menos haya sido capaz de hacerme, aunque los psicoanalizados que lean el libro podrán juzgarlo mejor (se me antoja también que el nivel de interpretación intelectual de la terapia y el psicoanálisis de la protagonista y autora no es tampoco el más común). El análisis no se queda sólo en las relaciones familiares, amorosas y/o terapéuticas, sino que hay un sitio esencial para la eclosión y desarrollo del sentimiento creativo en el artista, cuyas motivaciones psicológicas se explican en momentos clarividentes, o la conciencia que supone la orientación sexual, sin la cual Bechdel asume que se habría atrevido a reconocer el divorcio entre mente y cuerpo que le brindaban su educación y su familia.


Haber aunado todo esto en un libro armonioso resulta un trabajo titánico. Como narración visual, ¿Eres mi madre? es un trabajo impecable, como ya lo era Fun Home. Cada uno de los siete capítulos comienza con un sueño de Alison que transcurre sobre fondo negro, mientras que todo el capítulo (¿tal vez los periodos de vigilia de una semana de narración?) transcurre sobre fondo blanco, en una línea clara y un entintado aguado. El blanco y negro sólo se rompe con ligeros tonos de rojo o granate, en una curiosa simetría simbólica con Fun Home, donde este único color presente era un triste azul. Las transiciones entre las líneas maestras del relato ya mencionadas (a los que hay que sumar sus pasajes del pasado que representan a Winnicott trabajando con niños, o a Virginia Woolf explicando sus libros) se realizan con elegancia, integrando todas las partes de la narración de manera fluida mediante objetos, gestos y marcas. El control del encuadre y la viñeta se utiliza para crear emoción y relacionar personajes, y su alcance se observa muy bien en las relaciones con las terapeutas. En general, los baqueteos psicológicos de la mente de Alison están bien conseguidos, incluida la profusión de textos mencionada. Todo ello en un volumen que retuerce el concepto de metalibro, al explicar sus motivos, el proceso de su confección, la relación del libro con la obra anterior del autor, la vida de los personajes reales en que se basa… Al escribir esta reseña, me había planteado llamar Bechdel a la autora y Alison a la protagonista, pero no siempre ha sido fácil decidir quién es quién. Lo cual también sería un tema objeto de análisis del libro…

Alison Bechdel por Elena Seibert (vía)



18 de febrero de 2013

Todo




Aunque En busca del tiempo perdido tiene varias epifanías, alguna ultrafamosa como la de la magdalena, la más significativa literariamente puede ser la que recorre varias decenas de páginas de El tiempo recobrado, que cierra la serie de siete volúmenes en que se dividió la larguísima novela sobre la vida y los recuerdos del propio autor.  En ese momento de lucidez completa, ante el panorama desolador de una vejez cercana y enfermiza, y siendo consciente del pasado alcanzable mediante una memoria a perderse, Marcel Proust decide encerrarse, renunciar a los amigos y al gran mundo, para escribir y conseguir obtener la verdad de los hechos que le sucedieron y dieron sentido a su tiempo. Es la forma en la que consigue recobrarlo, inmortalizando sus caprichos y los vaivenes que va dejando en la memoria.


Las percepciones sensoriales de En busca del tiempo perdido son esenciales (y, algunas, decididamente maravillosas): sirven como instrumento de la memoria para relacionar diferentes tiempos y hechos a través de un sabor un olor, la luz de una iglesia, o una flor. Proust mira extasiado el corazón de las cosas (como dice de él Umberto Eco en Historia de labelleza)  y con una capacidad metafórica inigualable las hace viajar en el tiempo a lo largo de los volúmenes, sea en forma de viajes en tren, descripción de una iglesia, o antesalas de una fiesta del gran mundo.


En busca del tiempo perdido cuenta una historia, la de la vida del propio Marcel Proust, de niño débil a joven invitado en todas las fiestas, a maduro solitario que decide comprender el mundo con la literatura. En su búsqueda del arte y el amor, Proust sufre el inesperado avatar de las orientaciones sexuales de sus amantes y de sus amigos, y de su análisis psicológico y social, diferente a lo que hasta entonces se escribía, surge una conciencia primitiva de lo gay como comportamiento, y un retrato descarnado de una vida reprimida que se intenta disfrazar de continuo (el personaje de la novela es un cristiano heterosexual, justo lo contrario del autor al que representa). La otra pata principal de la novela es la social, en la que Marcel intenta encontrar sin conseguirlo el calor intelectual de las clases altas (Guermantes), que se le revelan insulsas y estultas, y las burguesas (Verdurin), presuntuosas e intrigantes. Aunque ambos caminos se unan tras una brillante y continuada vivisección sociopolítica (que incluye el dreyfusismo y el nacionalismo de cambio de siglo), Marcel sólo puede recluirse para crear, una vez que los individuos disonantes de ambos mundos que le interesaron (Saint-Loup o Swann, por ejemplo) desaparecen.



Proust es un poeta capaz de conseguir imágenes espléndidas. Sin duda debe ser uno de los autores más citados de la historia. Su prosa se detiene en descripciones y pensamientos en flujo de conciencia de manera consciente y continuada. Sus frases tienen estructuras imbricadas, con frases relativas, paréntesis y extensión larga, que a veces resultan imposibles, pero que fluyen con extraña ligereza en el sentimiento del lector, cuyo disfrute estético es a veces inconmensurable. Además, para mi sorpresa, resulta ser por momentos un autor divertido, que parece mirar el envaramiento de su sociedad, e incluso el de varias personas que la habitan (incluido él mismo) con una ironía directa que en general llevan consigo los personajes aparentemente más simples.


Hace 22 años hice una foto a la tumba de Marcel Proust en Père Lachaise; sobre su mármol negro había una solitaria rosa roja fresca. Sólo conocía pasajes de Un amor de Swann por aquel entonces, que es el extracto más conocido de Por el camino de Swann, el primer volumen de la novela, pero que no es nada comparado con el torrente de sensaciones que el libro completo deja. Lo he completado en dos años y medio, intercalado con otras lecturas, e incluso lo seguí en un blog que desde un punto de vista irónico pretendía explicar a la madre de Proust lo que la novela de su hijo le parecía a un club de lectura de señoras: Querida Madame. No diré que mi pensamiento o mi visión del mundo hayan cambiado en lo esencial tras la experiencia (de hecho, recuerdo mayor impacto emocional y/o vital con otras lecturas a lo largo de mi vida como lector), pero, aunque sólo sea por el Tiempo transcurrido, que se ha retorcido como en la dimensión proustiana del mismo, mi vida sí que ha cambiado.


Este año se cumplen cien años de la publicación del primer volumen de la novela.


Merci, Marcel.





8 de febrero de 2013

Monkeywrenching!


(esta reseña fue previamente publicada en la revista de cultura Factor Crítico)

La lectura de La banda de la tenaza supone una buena cantidad de sorpresas y la primera es el propio descubrimiento de esta novela. ¿Una biblia de la contracultura, del activismo medioambiental y de la resistencia pacífica traducida 35 años después y prácticamente desconocida, al menos literariamente, en Europa? Pues sí, eso es lo que tenemos entre manos. La razón podría ser que Abbey no llevó una vida literaria, pero es cierto que eso se puede decir de otros escritores de las corrientes (contra)culturales de los años sesenta y setenta del siglo pasado con los que por temática y estilo tiene conexiones y que nos han llegado con más reputación. Ambientalista de vocación, fue vagabundo, guarda forestal, soldado en la II Guerra Mundial, estudiante y profesor de filosofía, y un gurú del activismo medioambiental reconocido por sus ensayos y, sobre todo, por La banda de la tenaza.

La tenaza

Cuatro amantes de la naturaleza, el filósofo cirujano Doc Sarvis, su novia y ayudante Bonnie Abbzug, el guía mormón Seldom Seen Smith, y el pirado ex boina verde George Washington Hayduke deciden, tras coincidir en un descenso por los rápidos del Colorado, unir sus fuerzas para sabotear las grandes obras que el Gobierno y las compañías constructoras y mineras realizan en el área de los grandes parques naturales entre la frontera de Utah y Arizona, simbolizados sobre todo por la presa sobre el Glen Canyon que dio lugar al Lago Powell y el puente sobre el río Colorado en la misma zona. La banda, usando los fondos financieros del doctor, crea una pequeña infraestructura y se dedica a la quema de anuncios en la autopista, el descarrilamiento de trenes de mineral, y la destrucción sistemática de cuanta maquinaria pesada para grandes obras se encuentra en su camino.

La escritura de Abbey es provocadora, literaria y, por momentos, lisérgica –y ciertamente es contemporánea de esto último-. La provocación alcanza la descripción de los personajes y sus relaciones entre ellos y con su enemigo, no lejos del cartoon a lo Tex Avery, con la naturaleza como única fuerza todopoderosa. Logra transmitir una peculiar emoción con la animalización (o mejor, monsterización) de la gran maquinaria, convertida aquí en un ente, odiado y destructivo, de vida propia donde chasis, chapa, elementos articulados, líquidos lubricantes y ruidos son descritos como espina dorsal, huesos, extremidades, sangre y gemidos. Literalmente, son asesinadas artesanalmente con tenazas, cizallas, manteca y sirope (que se añade a los depósitos de combustible: no es desdeñable, académicamente hablando, la información subversiva del libro). Este elemento recuerda mucho al Quijote, quien en su delirio convertía molinos en gigantes y los combatía. No es además el único detalle quijotesco de un libro donde cuatro idealistas de improbable futuro desfacen entuertos de poderosos deambulando por una tierra inhóspita. Aunque no creo que la comparación vaya más allá, los personajes de la banda no tienen alucinaciones, como mucho pueden ir algo puestos…

La banda en fuga

La banda consigue inquietar ligeramente al poder tecnológico que la combate, y acaba por verse obligada a huir de él y puede, como mucho, convertirse a la mítica del territorio del Oeste a la que pertenece tras una persecución agónica. Abbey mira con lógica ternura a sus cuatro protagonistas (ilustrados además por un excelente Robert Crumb, con sus miradas intensas y cuerpos rotundos en la edición ilustrada que conmemoró el décimo aniversario de la primera edición en los EE.UU. y recogidas en la actual edición de Berenice) pero su lucha aspira como mucho a encarnar el Resistid mucho, obedeced poco de Walt Whitman citado en la novela. La resistencia activa, pacifista y hedonista no parece suficiente enemigo ante la traición del hombre a la tierra, aunque sin duda puede conseguir un necesario aumento de la concienciación individual, que el libro de Abbey logra eficazmente con humor e ironía.

La experiencia literaria es por momentos sublime en lo artístico, con metáforas logradas para la carne, la tierra, la máquina y el metal, por no hablar de la visión del mundo, las organizaciones y el individuo, integrados en una farsa que se olvida del origen de la vida, pero en la que no se subraya innecesariamente el valor de la acción ni se apela a la denuncia bobalicona. Ahora bien, ¿cuál es el resultado para el castigado medio ambiente? Toda acción humana tiene una consecuencia medioambiental y resulta irónico, visto casi cuatro décadas más tarde, que para defender el territorio George Hayduke perfore los depósitos de aceite de las máquinas saboteadas para que la tierra lo engulla, cuando ahora sabemos que lo hará tan bien que no podrá eliminarlo en siglos. Algo que en 1975, más centrados en la contaminación del aire, probablemente no se consideraba tanto dentro de los problemas medioambientales. Sin que esto sea apelar a que estas acciones supongan ecoterrorismo, del que se acusó a los activistas del monkeywrenching, ya que el término es engañoso. Abbey, además de afirmar que nunca propuso acciones terroristas, ironizó siempre sobre el hecho de que los estados y corporaciones industriales que actuaban sobre un medio indefenso que se ve obligado a proporcionar recursos sin descanso no estaban legitimadas para usar alegremente el término terrorismo.

¿¿¿El quéwrenching??? Sí, en efecto, la influencia de este libro es tal que el término monkey wrench, que literalmente significa llave inglesa y que en castellano se traduce como sabotaje, denomina ahora el activismo medioambiental cuyas acciones y eficacia siguen siendo objetos políticos de discusión. Un indicio más de lo extremadamente único de este libro lúcido, divertido y magnífico que es La banda de la tenaza, es decir, The Monkey Wrench Gang.

Edward Abbey (vía)


28 de enero de 2013

Lector que lees con amor




Stephen Daldry es un reputado adaptador de novelas al cine. Empezó con un guión original (Billy Elliot), pero consiguió su prestigio con Las horas (de Michael Cunningham, a su vez una variación de La señora Dalloway, de Virginia Woolf), le fue bien con El lector (de Bernhard Schlink), y de momento completa su carrera con la floja Tan fuerte, tan cerca, una novela de Jonathan Safran Foer de la que no tardaremos en hablar aquí. Pero así como la novela Las horas (leída tras haber visto la película) me pareció un libro muy conseguido, creo que con El lector, Daldry se enfrentó a un texto de idea interesante pero ejecución floja y discursiva.

Michael es un chico alemán de 15 años que en 1958 empieza a acostarse con Hannah, una mujer de 36 años con la que entra en contacto por azar. La relación tiene un componente de formación sexual y de pasión adolescente incontrolada, pero en ella se produce un hecho peculiar: a Hannah le encanta que su amante Michael le lea en voz alta y se convierta así en su lector particular. La relación termina pero siete años después Michael estudia Derecho y asiste por ello a un juicio contra siete mujeres acusadas de crímenes cometidos mientras fueron guardianas de prisioneras de campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Hannah está entre ellas.

En otros tiempos, ser un chico leído podía tener su recompensa.

Organizada en tres obvios tiempos dramáticos (adolescencia, juventud estudiosa, madurez), el principal problema de Bernhard Schlink en El lector es agotar al espectador mediante la descripción académica y simplona de los hechos y el entorno en que se enmarcan, sin ninguna aportación dramática, que retrasa la narración, y que debería haber sustituido por una mayor profundidad de la historia de los personajes. La primera parte, la historia del amor adolescente de Michael, es todavía una narración media y llevadera, donde incluso alguna reflexión alcanza algo de valor. Pero durante el juicio, Schlink es incluso vulgar en su tratamiento del texto y hacia sus lectores, a quienes no parece reconocer ningún conocimiento previo no ya del nazismo, sino de los mecanismos del horror.

Una pena, porque aunque sean obvias y poco novedosas cuestiones como la literatura como expiación, o la falta de literatura como barbarie (aunque si esto es discutible en algún contexto es precisamente en la Alemania nazi, hija de una de las élites culturales y científicas más sorprendentes de la historia de la humanidad), no dejan de ser metatemas que siempre me resultan atractivos en literatura. La película ganaba gracias a la voz, y a un planteamiento de erotismo suave tras el intuido horror histórico, que conseguía cierta densidad. Pero a Schlink, posiblemente arrastrado por una necesidad de ventas, le falta arrojo en su texto.

Foto de Bernhard Schlink en Wikipedia







18 de enero de 2013

Sobre el cliente




Pagando por ello. Memorias de un putero en cómic es el título de impacto moral que Chester Brown no escogió para su libro, pero que aceptó llamar así por sugerencia de unos editores que se enfrentaban a una publicación algo complicada. Se trata de unas memorias reales, en las que el autor explica cómo empezó a ir de putas, por qué lo hizo y por qué lo dejó, y da abundantes notas con su opinión sobre la prostitución en un texto al final del libro.

Este cómic biográfico cuenta 15 años de la vida de Brown, quien al inicio del libro vive con su novia, con la que rompe aunque siguen viviendo en la misma casa. Brown reflexiona sobre las desventajas del amor en pareja, los sinsabores que le ha dado, y sus problemas propios para tener relaciones sexuales casuales por sus pocas habilidades sociales, y decide probar con la prostitución. Supera sus  miedos y tabús al respecto y se encuentra con una experiencia que le resulta muy positiva, en la que además no observa ninguno de los problemas esperables aunque en su interior los tema: drogas, enfermedades, trampas de la policía, etc… El ejercicio de exposición de la intimidad es total, no sólo corporal sino emocional, porque Brown va contando a sus amigos y amigas cómo va su experiencia, y discutiendo con ellos sobre las maldades del amor romántico y las bondades de la prostitución.

Intimidad bajo los focos

El cómic está dibujado en blanco y negro, en un modelo casi cuadriculado e invariable de 8 pequeñas viñetas por página, en páginas de grandes márgenes. El blanco y negro es marcado y tiene sentido dramático: viñetas negras para las fechas de cada acto (lo cual acerca el libro a un diario gráfico), y efecto de iluminación para el sexo o la entrega de dinero. El tono general, acorde con el propio autor, es el de un análisis algo frío, que además se acompaña de la opción estética de no mostrar las caras de las chicas, a las que obviamente ha cambiado el nombre.

Reconozco que me interesan mucho más Chester Brown  como autor y su reflexión, que el cómic en sí, que se me ha hecho algo repetitivo en su ritual de contratación + sexo + conversación con la prostituta y/o con los amigos. Pero en el argumentario de Brown para convertirse en putero, seguir durante años y finalmente dejarlo, encuentro razones reveladoras porque me resultan coincidentes con parte de mi pensamiento al respecto, aunque mis conclusiones serían muy diferentes. Yo también creo que el amor romántico está sobrevalorado y que para mucha gente es más una mentira social que la mejor solución natural para su vida… pero no por ello creo que los matrimonios convenidos del pasado fueran mejores que los actuales, aunque sólo sea porque en su día eran matrimonios tan forzados como convenidos. También me parece que la prostitución debe descriminalizarse, que las prohibiciones y regulaciones son injustas para las mujeres, y que no se trata de un sexo que transmita más enfermedades que el sexo casual de una noche, pero no por ello me parece que el futuro de las relaciones sexuales en un mundo ideal sea el intercambio por dinero (que de momento es abrumador en la dirección de hombre a mujer) porque hayamos aprendido tolerancia hacia la prostitución quitándonos tabús. Más bien veo que sin tabús alguien como Brown tendría habilidades sociales para acceder a sexo casual, y su necesidad de acceder a una oferta de prostitución desaparecería.

Discusión al aire libre

Brown es muy racional y excelente argumentando con sus amigos. Se ha despojado de tabús y tiene las ideas claras. Además, es un putero educado y consideradísimo con las chicas. Niega de continuo que su actividad como putero le afecte, o que se haya encontrado con chicas explotadas, aunque el cómic sea casi gélido, nada emocional. Creo que a veces cae en demagogias clásicas (como su versión propia del clásico todas son putas, depende del precio) o en cierta ingenuidad al creer que las mujeres le cuentan la verdad de sus vidas. A veces, curiosamente, las prostitutas le afean que no crea en el amor.

Pero el libro es excelente en su desmitificación del putero medio, y de la prostitución digamos cotidiana, y junta un raciocinio claro y profundo con una experiencia propia que mucha gente que habla del tema no tiene. Hay un valor de campo a reconocer y considerar.

Chester Brown por Aaron Lynett (vía)





8 de enero de 2013

Aún sin Tesla




La lectura de Relámpagos me empujó finalmente a leer la biografía de Nikola Tesla que tenía hacía tiempo en la estantería. Aunque yo creía que se trataba de un libro reciente, resultó que lo es sólo su publicación traducida en España en 2009, ya que se trata de una obra publicada originalmente por Margaret Cheney en 1981. El dato es importante, dado que una buena parte del mito de Tesla se debe a que dejó predicciones sobre el uso de inventos que con el tiempo y el desarrollo tecnológico se van revelando como posibles.

Nikola Tesla. El genio al que robaron la luz es un libro bien documentado y en general bien narrado. La autora participa activamente del entusiasmo por la figura de Tesla, y recoge su posición individual en el mundo industrial en continuos desarrollo y crisis que le tocó vivir, además de simpatizar con un inventos visionario pero vilipendiado, y probadamente robado tanto económica como intelectualmente, y que resulta fascinante también por un legado de inventos que la historia era aún joven para entender, apoyar, no digamos financiar.

Nikola Tesla y la bombilla sin hilos (vía)

Pero, por otro lado, creo que este es un libro frustrado, incompleto (además de mal traducido), o bien con un reto excesivo, además de falto de una cronología clara. Tesla es una figura intermedia entre ciencia y tecnología, adelantado en parte al impresionante grupo de físicos y químicos dela primera mitad del siglo XX –al que proporcionó elementos básicos para su investigación- pero falto por otro lado de su método y su profundidad teórica. Su necesidad de inventar y patentar en un entorno industrial, y su teatral gusto por las presentaciones mediáticas espectaculares le acercan a una figura mágica, un druida de la electricidad, el último alquimista. Esta contradicción, sólo apuntada, requería un mayor trabajo. Sólo se entendería mordiendo sin miedo la parte de la biografía que Cheney deja en descripciones básicas: la de su maquinaria, la de los fundamentos de su ciencia. No existen esquemas, diseños, una visión histórica de sus cambios con el tiempo, una pasión real por el invento y la tecnología que lo respalda. Es decir, a pesar de la existencia de parte de esta ciencia dentro del texto escrito, en realidad la autora no entra a explicar por qué pensar en esa tecnología llenaba a diario la vida de Tesla. No entender esta pasión aleja al libro de logros debidos.

Interiorizar en la ciencia de Tesla parece que es un punto clave que nadie acaba de abordar para hacer el salto entre el genio de la corriente alterna y el loco que cuida palomas enfermas en la habitación de su hotel. Echenoz lo suplía, en una novela, con un acercamiento psicológico a un personaje. Una biografía de Tesla exigía más. También un post mortem, que incluyera desde su influencia en la ciencia hasta su peso en la subcultura pop, pasando por las lecciones dejadas a los modelos de negocio. ¿Cómo resistirse a no ver por ejemplo en la relación con características industriales de producción, negocio e innovación pionera de Edison y Tesla en el comienzo de la electricidad un espejo de los avatares entre Bill Gates y Steve Jobs de hace treinta años, cuando la informática empezaba su industrialización?

Margaret Cheney (vía)