8 de mayo de 2016

Burgos o el Purgatorio


La ciudad del Gran Rey es la segunda novela de la trilogía dantófila (por no decir dantesca, que significa otra cosa, y que también es pero sólo en parte) iniciada por Óscar Esquivias en Inquietud en el Paraíso. Retoma la acción donde la dejaba el final de la primera novela, es decir, en el momento justo en que, al final del verano de 1936, se abren las puertas del Purgatorio dentro de la catedral de Burgos, y por ellas cruzan los miembros de la expedición militar cuya misión es encontrar al general Sanjurjo, el cura penitenciario de la catedral que había promovido la expedición, y varios civiles que en la confusión del momento acaban dejando España (o el Mundo) para acabar en…

Arco de Santa María (vía)

Para acabar en un Purgatorio dibujado en un frenesí imaginativo sin par, que recurre a los propios textos y profecías cristianas para en una lectura en ocasiones literal implantarlas en la vida diaria de un espacio y tiempo diabólicos. El Purgatorio al que llegan los pobres burgaleses de pro es una ciudad que parece Burgos, pero en la que la situación de las calles, el clima y las horas de luz son variables según criterios no entendibles; hay una población nativa de costumbres peculiares, una moneda dolorosa de obtener (las muelas) y momentos de extrañeza global: las estatuas cobran vida y comen sopa, los monjes son capaces de volar usando sus barbas, los habitantes están sometidos a transformaciones sorprendentes si mienten, todos parecen vivir bajo un miedo atroz y admitiendo todo tipo de violencias de unas autoridades que todos mencionan pero que nunca comparecen, etc…

El clásico Purgatorio de Dante (vía), con su expiación de los pecados capitales

En mi opinión, La ciudad del Gran Rey no puede desligarse de Inquietud en el Paraíso, y sólo tras la lectura de ésta cobra sentido y supone disfrute real. Sí, puede leerse independientemente hasta cierto punto, dado que las peripecias de los pocos personajes de la primera novela que llegan al –supuesto- Purgatorio son en gran parte independientes de las vividas en el Burgos del alzamiento. Pero estilísticamente es muy necesario comparar el tono y la ambientación que Esquivias escoge para cada una de las novelas para entender la mecánica completa del relato (a falta aún y en mi caso de leer la tercera novela). Las dos novelas funcionan como un obvio espejo, en el que un Burgos prebélico (asentado, conocido, establecido) se refleja en un Burgos en contienda (absurdo, voluble, indescifrable). La capacidad metafórica de Esquivias en La ciudad del Gran Rey es admirable por inteligente, fantástica e infinita: partiendo de la mayor (que la España en guerra es un Purgatorio cruel y lamentable) a las menores, que surgen del hálito religioso de la situación planteada para describir la locura social en su conjunto, si algo une a las dos novelas es una mirada irónica y un tono humorístico propio, que quizá se haya movido de la sátira de Inquietud en el Paraíso al absurdo en La ciudad del Gran Rey, sin olvidar que en ambas existe un orden establecido que puede alcanzar la crueldad y del que siempre hay quien desea huir.

El carro de heno, de El Bosco. Las imágenes de este pintor se me aparecían continuamente al intentar visualizar los hechos de La ciudad del Gran Rey

La ciudad del Gran Rey me parece una novela casi inaudita, única en su capacidad y logros. Aunque la inspiración de sucesos y hechos sea la del contexto histórico, la Divina Comedia y los textos religiosos que definen ambiguamente el Purgatorio, la mecánica de la imaginación de nuevos mundos que funcionan según sus propias reglas y en las que se produce la ruptura frente al universo realista (al que sin embargo pretenden y a veces consiguen dar una explicación o un punto de vista) no se le puede escapar a un lector de ciencia ficción, por ejemplo. Y no tengo ni idea de por dónde retomará la trama en Viene la noche. Eso sí, hace años que no paro en Burgos, y parece que va siendo hora porque se me ha abierto el apetito. Tendré cuidado con no abrir mucho la boca, por mis pobres muelas. Aunque no me parece la ciudad castellana más diabólica en cuanto a perderse literalmente al andar por sus calles y perder tu propia sombra… mi preferida en esas lides es Valladolid.

Oscar Esquivias (vía)

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