8 de abril de 2016

Cronista


Siempre es un placer recuperar libros de Will Eisner. Un placer completo, que siempre supera la expectativa, que acaba ganándote el intelecto o el corazón en la esquina menos esperada. Este volumen, Nueva York, La vida en la gran ciudad, se compone a su vez de otros cuatro libros escritos entre 1981 y 2000: Nueva York: La gran ciudad, El edificio, Apuntes sobre la gente de ciudad, y Gente invisible, y, cada uno de ellos cuenta con una línea argumental de cierta fragilidad pero que sirve de excusa para articular historias cortas en general de unas pocas páginas, aunque también hay páginas únicas o simples retratos de las calles. Eisner de vez en cuando aparece retratado con su abrigo y gorra a pie de calle, registrando en su cuaderno apuntes del natural, alimentando su papel de cronista de la vida de la ciudad, y su interés en mostrarla en su medio de expresión.


Dedicadas casi por completo a historias costumbristas de Nueva York, aunque no necesariamente ligadas a la ciudad y su propia historia o particularidades, Eisner describe en general una ciudad oscura y melancólica, con personajes que se decantan entre ruines y desamparados, pero casi siempre individualidades aplastadas por la vida y los acontecimientos a su alrededor. En muchos casos, cada historia personal comienza con el entusiasmo vital que dan los pequeños deseos y retos que alientan a estos personajes, diríase que imbuidos de la propia vitalidad de la ciudad, para intentar superar sus problemas. No obstante, Eisner casi siempre impone una visión realista, y rara vez el destino de los personajes es la felicidad, como mucho puede existir una continuidad del estatus y poco más.


Al magnífico –por preciso, por agudo- uso del retrato y del gesto por pequeño que sea el dibujo se une el juego del blanco y negro con el entintado utilizado para encuadrar o para contrastar a la hora de subrayar la emoción de cada relato específico. En su trabajo están además muchísimos recursos del lenguaje que contribuyó a crear, y es fascinante observar que tantos relatos diferentes pueden adoptar la forma adecuada a partir de varias técnicas narrativas, sin subrayados ni supuesta brillantez de autor. Eisner tiene derecho a colocarse como observador, pues casi todas las historias participan de su interés por indagar en los motivos de sus personajes.


Ahora que todos hemos leído muchas más novelas gráficas y sabemos que es un medio que puede narrarlo todo, Eisner se revela como un Cervantes o un Hitchcock de su arte. Eisner fue a la vez inventor y descubridor de su medio, dejó una obra aparentemente ligera –y por ello encantadora- pero reflexiva, en la que además indaga sobre el lenguaje. Disponemos, sí, de una crónica de una ciudad tan alegre como dura, pero sobre todo de un mayor conocimiento de la condición humana en un hábitat complejo, entregado por un observador del hombre concreto que se preocupa por transmitirlo en forma de arte.


Will Eisner (vía)

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