4 de abril de 2015

La trama del arte vasco


Entiendo que trama tiene varios de sus diversos significados en el título de este libro, aunque sea el más físico (el que alude a una red) el que verdaderamente aplique a este histórico ensayo. Escrito en 1919, La trama del arte vasco es un estudio de las primeras generaciones de la en aquel entonces incipiente pintura vasca, representada por varios autores que entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX vivieron en París y que trajeron ideas renovadas e inspiradoras al arte nacional, y rompieron con la tradición hispana oficial que, anclada en la larga sombra de Goya, sólo pintores vascos y catalanes fueron capaces de cuestionar, según el autor, un crítico bilbaíno apodado Juan De La Encina.

Retrato de la Condesa Mathieu de Noailles (Ignacio Zuloaga)

Este volumen es un facsímil editado en 1998 de la primera edición impresa en 1920, e incluye al final las láminas, casi todas en blanco y negro (lo cual debo confesar me parece algo delito en estos tiempos tratándose de autores que trabajaron el impresionismo por mucha pureza del libro que se quiera conservar), de varios cuadros de los autores estudiados por el autor: los hermanos Zubiaurre, Zuloaga, Regoyos, Guiard, Losada, Arrúe, Arteta, etc… El texto consta de 20 pequeños capítulos en los que De La Encina opina libremente sobre los autores, el movimiento que constituían, y su relación con el arte español del momento y el histórico, destacando en parte su rupturismo y en parte la vuelta a determinados autores clásicos que habían sido olvidados.

La siega, de Adolfo Guiard

La trama del arte vasco debía ser un primer volumen de una serie que se malogró en parte por la crisis económica que se inició a principios de los años 20 al paralizarse la Gran Guerra, que debilitó a los mecenas de una escena artística bilbaína que, habiendo salido de la nada, por un momento pareció competir con las de Madrid y Barcelona. Recogía en sus capítulos el lenguaje de la época, definitorio de las cualidades de los vascos como pueblo, y deudor de un momento literario un tanto sentencioso. Su vehemencia verbal unida a la pompa de un plural más mayestático que modesto parece hoy en efecto más sentencia que crítica, aunque obviamente los criterios no pueden ser los mismos que hace un siglo, cuando apenas existía tradición crítica artística en el País Vasco. Eso sí, como buen periodista de aquellos años, su prosa en gran parte es fascinante, su caudal de conocimientos importante, y su análisis del objeto de estudio es completo, relacionándolo con las corrientes de los últimos 50 años en pintura y literatura, y utilizando argumentos de una incipiente psicología en su análisis. Se me antoja que debió ser un texto imprescindible, hasta el punto de que sospecho que visitar el Museo de Bellas Artes de Bilbao bajo su guía debe mejorar notablemente la experiencia, situar los cuadros en su época, y comprenderlos con una debida conexión con cómo se vivían las vanguardias en provincias.


Juan de la Encina, pintado por Alberto Arrúe

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