17 de marzo de 2014

El mundo perdido


Como, imagino, la mayoría de los lectores, nunca había leído nada de Arthur Conan Doyle que no fueran las historias de Sherlock Holmes, el mítico personaje que se vio obligado a perpetuar durante su carrera literaria. Por ello, cuando vi la elogiosa reseña que de Un mundo perdido hacía Fernando Savater en Misterio, emoción y riesgo , pensé que era una buena oportunidad.

En esta web dicen que Conan Doyle se inspiró en La Gran Sabana de Venezuela para su meseta perdida (y jurásica)

Sin ser un gran fan de Sherlock Holmes, creo que debido sobre todo a su reiteración dramática, siempre he disfrutado en sus relatos su sintaxis portentosamente envolvente, descriptiva y narrativa al mismo tiempo. Ello convierte cualquier texto suyo en un placer para la lectura, incluso aunque la historia no resulte convincente. Un mundo perdido es una obra canónica de la ciencia ficción, subgénero mundos prehistóricos, y una base obvia para el Parque Jurásico de Michael Crichton y Steven Spielberg. En la novela, cuatro aventureros (dos científicos, los profesores Challenger y Summerlee, el periodista E.D. Malone, y el aventurero aristócrata Lord John Roxton) viajan a Sudamérica en misión encomendada por el Instituto Zoológico de Londres para comprobar si las afirmaciones del indómito profesor Challenge sobre la existencia de vida característica del periodo jurásico en un recóndito paraje del continente son ciertas o no. Malone, joven deseoso de destacar profesionalmente y ante la chica que quiere, es el narrador de la novela, en forma de crónicas periodísticas que envía al periódico durante el viaje cuando hay ocasión para ello. por supuesto, tras un viaje largo y cansado, los cuatro hombres alcanzan su objetivo y además de comprobar y observar las maravillas de una vida que ya se creía extinguida, viven una gran aventura de descubrimiento y supervivencia. La novela es breve e intensa, se cierra bien, es una pieza literaria estupenda, nada que objetar al maestro.

Choque de eras, versión Spielberg)

¿O sí? En mi peculiaridad lectora del año pasado, la que reunió en breves meses la lectura de los ensayos de Savater y Sarrionaindía encuentro la contradicción de la que no he podido librarme durante esta lectura: el hombre blanco, preferentemente sajón, de finales del siglo XIX, dotado de mejores atributos físicos y morales, cumbre de la civilización humana, es quien ejerce el derecho de investigar y colonizar, con el viril paternalismo debido, las lejanas (en el espacio y en el tiempo) tierras de los demás continentes. La aventura, canónica como es, tiene sus momentos morales, porque sin ellos la aventura como tal no existe, según decía el propio Savater. Tenemos algunos ejemplos en determinados momentos,

Hasta el hombre más vulgar esconde en el alma extraños abismos sanguinarios

Hacía falta una robusta fe en los fines para justificar medios tan trágicos

que aparecen cuando nuestros héroes se ven obligados, como mal defensivo menor o como deriva darwinista, a ejercer la violencia. En las novelas de Sherlock Holmes el mal casi siempre proviene de fuera de Inglaterra. Puede ser un inglés al que los años en colonias confundieron, o un oriundo de ultramar, o un objeto valioso de imperio el que desate el crimen en la apacible (pero deseosa de historias) vida británica. Algo así se aprecia también en Un mundo perdido, aunque no diría que Arthur Conan Doyle es impasible ante la huella que Europa dejaba en el mundo. No parecía querer que su expresión en ese sentido fuera más clara, dejando el conflicto en las mentes y personalidades de los cuatro protagonistas, especialmente en el escéptico Sumerlee, que a la vez que el más humanista, resulta siempre el más crítico de los cuatro viajeros ante la presencia del grupo en ese mundo virgen… pero siempre porque la misión encomendada varía de los objetivos iniciales pactados en Londres. En las grietas de ese debate, y en ponerlo a la altura del actual colonialismo económico, encuentro un inesperado interés en alguno de estos libros que fundaron la aventura como la conocemos, y que, bien mirados, en su concepción completa, no sean tan evasivos como parecen. Ni inocentes, aunque esto ya lo sabemos cuando se los damos a nuestros hijos para que los lean…

Arthur Conan Doyle (vía)



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