

James Spacer y la masturbación, vía UGO
No cuenta mucho Internet sobre Peter Biskind, y casi todo lo que dice coincide con la solapa de sus libros. Que si editor de revistas de cine norteamericanas, que si periodista cinematográfico autor de libros polémicos… Sus libros se venden muy bien, pero no se trata de las biografías no autorizadas al uso –el mismo concepto de escandalosa biografía no autorizada me parece un camelo rosa-, sino de radiografías de la cultura cinematográfica norteamericana. Curiosamente, parece que tiene un regusto por las décadas impares del siglo XX, ya que además de los dos libros mencionados, que se centran en el cine de los setenta y noventa, Biskind es autor de Seeing is Believing: How Hollywood Taught Us to Stop Worrying and Love the Fifties, un título obviamente referencia de Stanley Kubrick que trata del cine norteamericano de los 50.

vía adamwakeling
El éxito de Easy Riders, Raging Bulls tenía razones: a la crónica exhaustiva y el buen análisis contextual, acompañados de sus dosis de chismes necesarios y anecdotario escandaloso de vidas al límite en época sin freno, se une la nostalgia de los setenta y el hecho de que para las nuevas generaciones, en efecto, el cine empieza en El Padrino, en 2001 Una odisea del espacio, o en Star Wars y Tiburón. Para Biskind, este éxito era una puerta a su nuevo libro. Sexo, mentiras y Hollywood es la crónica del nacimiento y venta del cine independiente norteamericano tal y como lo conocemos. En los años noventa el contexto es otro: se vive la democracia ecónomica y alegremente liberal de Clinton, el fenómeno grunge invade la música y las ONG proliferan por el mundo, y las nuevas tecnologías ya permiten hacer películas muy baratas, aunque aún no es posible intercambiarlas por P2P. Y la Web 2.0 no existe. Aún es necesario el boca a oreja, todavía no hay marketing viral, los móviles aún no son democráticos. En el cine sigue la crisis artística de los 80. Algunos nombres han nacido ya, no obstante. Ahí están Jarmusch, los Coen… Pero desde la película de Soderbergh, tanto el Instituto Sundance con su festival de cine como los estudios Miramax en la distribución y luego coproducción de películas, aprovecharon la aparición de cineastas con intereses artísticos que ni encajaban en el sistema de estudios ni querían hacerlo… y tuvieron éxito.

Lamentablemente, Biskind no triunfa del mismo modo en este libro que en el anterior. La tentación clara es pensar que le ha faltado perspectiva, que su multitud de datos históricos es demasiado reciente (el libro se publicó en 2004) y que entre todos los árboles no ha sabido poner fronteras al bosque. Algo por otro lado comprensible en quien ha recolectado miles de testimonios de estrellas y directores en pleno éxito artístico; eliminar alguno (o más) de estos testimonios no ha de resultar fácil, también intentando seguir la visión comercial que debe tener el libro. El libro además es fundamentalmente la historia de Miramax, el estudio que Harvey y Bob Weinstein hicieron crecer de la nada, comprando pequeñas películas independientes y extranjeras, y distribuyéndolas con un marketing agresivo mientras obligaban a sus creadores a aceptar cambios comerciales en los montajes. Su pasión por las películas que ningún estudio hubiera querido producir o distribuir les avalaba. Su actitud arrogante cuando no directamente amenazante hacia los autores y su desastre de gestión a pesar de su visión de negocio les hizo figuras míticas, especialmente a Harvey, que si tuvo veleidades de director y productor a la usanza del Hollywood clásico, al final, en cierto modo, lo logró: los últimos años de la década son pródigos en ejemplos de su presión indecente para conseguir premios de la Academia con cuya posibilidad convencía a grandes estrellas para trabajar con salarios reducidos. Los Weinstein, cuando su negocio creció lo suficiente, se asociaron con Disney a la mitad de la década y comenzaron también a producir con una gran soporte económico. Bob Weinstein fundó y dirigió Dimension Films, dedicada a películas directamente comerciales que les hicieron ganar mucho dinero. Y diez años más tarde se vieron obligados a dejar completamente Miramax por diferencias con Disney, fundaron TWC (The Weinstein Company, que ahora mismo tiene varias películas en cartel), y Miramax acaba de anunciar su cierre. El libro cuenta prácticamente el día a día de la compañía desde que lanzaron Sexo, mentiras y cintas de vídeo en 1989 hasta 2002. Además de Soderbergh, consiguieron un sitio para Kevin Smith (Clerks, Dogma), Larry Clark (Kids), Darren Aronofsky (Pi), Quentin Tarantino (Reservoir Dogs y, por supuesto, Pulp Fiction), Alexander Payne (About Schmidt, Election), Billy Bob Thornton (El otro lado de la vida), Todd Haynes (Veneno, Velvet Goldmine)… Distribuyeron en los Estados Unidos a Neil Jordan, Danny Boyle, Almodóvar, Benigni… Cuando acabó la década, Chicago, El indomable Will Hunting, Gangs of New York o Shakespeare in Love, películas mucho más adocenadas, algunas con directores de encargo y todas dependientes de grandes estrellas, les subieron a la cima de los Oscar. Dimension por su lado produjo cosas como Scream o Scary Movie y ganó millones. Y el libro lo cuenta todo, casi sin descanso, hasta el agotamiento posiblemente innecesario. Los Weinstein tienen un perfil psicológico muy obvio desde un principio y ciertamente el libro ahonda en él de una manera que al final resulta cansadísima. Llena eso sí de una exhaustiva recolección de películas y de un innumerable anecdotario que aligera la función, pero…
Tarantino vendía sus películas como más gustaba a Harvey y Bob, via El País y France Presse
Hay sitio en el libro para otras productoras como October y también para la historia de Sundance, como instituto y como festival de cine independiente. El modelo del libro de nuevo se centra en la figura central del mismo, Robert Redford, que se negó a hablar con Peter Biskind para darle su visión de aquella década (los Weinstein sí que lo han hecho). Y de nuevo, el carácter incoherente, quijotesco dice la solapa del libro, de Redford, es claro desde un principio y prima toda la historia de su marca indie. Un hombre gustoso de poner dinero y dejar que el cine independiente crezca, se pueda producir y exhibir, que no quiere controlar nada del proceso, pero que respalda con ello sus negocios privados, que nombra y cesa de continuo al equipo, y que quiere saberlo todo pero sin hacer demasiado caso, en una actitud desquiciante como pocas.

Al final, uno puede comparar las dos décadas de estos dos libros y los dos libros en sí, y verse sorprendido. En ambos casos, parece que el éxito individual de varios de los autores implicados acabó con su propia visión inicial del arte del cine. Y si en ambos casos existe la conjunción de talentos más o menos extraordinarios que en un momento concreto desarrollaron un modo de producción peculiar en la historia del cine, con obvias diferencias en los intereses estéticos y dramáticos, el éxito del ‘movimiento’ supuso en ambos casos su perdición. Tal vez sea ley de vida, que el éxito adocene, mate la creatividad, u obligue a adaptarse a una madurez no ya individual sino generacional en la que no apetecen ya demasiado las aventuras, y en la que, asombrados, se debe observar cómo crece una nueva colección de autores que hacen rodar la rueda una y otra vez.