1 de agosto de 2025

La casa de la alegría

 


Tras leer la joya absoluta que es La edad de la inocencia, era impensable no abordar también la otra gran novela reconocida como tal de Edith Wharton, The House of Mirth, también base de una película menos conocida que la adaptación de Scorsese de La edad de la inocencia, pero también de prestigio, que fuera dirigida por Terence Davies e interpretada por Gillian Anderson.

Gillian Anderson y Eric Stoltz

La casa de la alegría es quince años anterior (se publicó en 1905) y merece todos los parabienes que recibe. Es inevitable además compararlas: ambas novelas retratan la implacabilidad de la alta sociedad neoyorquina de finales del XIX y principios del XX con la apariencia de inmoralidad de sus miembros, en ambas historias una mujer de actitudes más libres de lo teóricamente aceptado es el objeto injusto de tal dureza ejecutada de manera hipócrita, y la estructura y extensión son muy similares.

Pero, a pesar de que el foco de todas las miradas sea la actitud de una mujer, la principal diferencia entre ambos libros es que el punto de vista de La casa de la alegría es fundamentalmente el de su protagonista femenina, Lily Bart, frente al de Newland Archer en La edad de la inocencia. Creo que esto es primordial: Wharton apenas se separa de Newland en su historia, de modo que la sorpresa social a la que se enfrenta el protagonista cuando es consciente de lo que opina todo el mundo a su alrededor (básicamente, que tiene una aventura romántica consumada que no es tal), el choque es mayúsculo. Sin embargo, en Lily Bart no sucede porque existe más de una ocasión en que Wharton deja hablar a varios de los personajes en su ausencia, de modo que se entrevé perfectamente el juicio social y familiar, y el carrusel de trampas en que Lily va a caer.


Lily Bart en versión de Terence Davies

El pecado de Lily es haber llegado soltera a los 29 años a pesar de una belleza exquisita, un gusto espléndido por la moda y los arreglos, y una disponibilidad social y una capacidad de relación sobradas. Su problema es que no tiene dinero propio debido a malas decisiones de sus padres ya fallecidos, y, obligada a vivir de y con su tía -que le otorga una asignación con la que pagar vestimenta y gastos además de darle comida y alojamiento- se endeuda de continuo por los costes de la vida de alta sociedad que pretende llevar (sobre todo, el juego), y tiene fama de buscar marido con desesperación. Lily no tiene además suerte; a veces su carácter volátil y a veces su moral le impiden cerrar bien sus jugadas sociales, y el azar (apariciones imprevistas, personas que la ven cuando no era lo esperado) le lleva a una maraña de malentendidos. Este mecanismo literario, que no es un deus ex-machina pues Wharton construye cada situación social o personal con un esmero exquisito, sucede de manera más elegante en La edad de la inocencia, en la que cada acontecimiento que se interponía entre el héroe y su felicidad era en realidad una noticia de una ineludible obligación familiar que caía sobre Newland como una sentencia, pero de manera aparentemente casual.

Pero La casa de la alegría es una novela más dura, porque la protagonista, tras ser utilizada por otra dama de la alta sociedad por cuitas con ella imposibles de explicar aquí, es expulsada del grupo. Su proscripción hace que inmediatamente no pueda resolver su necesidad de encontrar un buen matrimonio ni así resolver sus deudas, y además el desprestigio alcanza al hecho de resultar desheredada por parte de su tía. Lily, tras un intervalo en un entorno artístico bohemio (que también había en la edad de la inocencia) se ve obligada a trabajar manualmente. Cosa que le resulta no ya penosa, sino inalcanzable: directamente no está preparada.


En la ópera, de rojo intenso, entre pretendientes

Alrededor del drama que se va cerniendo sobre Lily sucede, por supuesto, un retrato entre lúcido y demoledor de una sociedad adinerada cuyo mundo está cambiando sin que acabe de entenderlo. Lily Bart no es el único personaje femenino independiente y soltero que aparece; las obras sociales en que se ayuda a mujeres en situación precaria son también objeto de la extraña caridad de la propia Lily. Y los personajes masculinos cuya fortuna (y no siempre, con frecuencia es solo el dinero para pagar unos gastos desmesurados) procede del trabajo burgués (las leyes, las finanzas) son varios. Dinero y posición social son los valores claramente destacados en el libro como importantes para esta clase, y los sentimientos están sometidos a ellos de manera inmisericorde. Y los anhelos de la propia protagonista son esos mismos de manera inevitable: no ha conocido otra cosa, aspira a completarse alcanzando su objetivo.

Wharton es una autora muy inteligente: entre otros valores, está el ser consciente de que la espiral descendente en la que va hundiendo a su heroína, y la continua angustia a que esta se encuentra sometida, impiden el uso continuado de la ironía socarrona que en La edad de la inocencia es mucho más común y frecuente para burla del puritanismo social, aunque desde luego algún apunte hay. Otro ejemplo: en una fiesta clave en medio del libro, los personajes deciden realizar para amenizar la velada una representación de ‘tableaux vivants’; Lily es la única que aparece representada sola en su propio tableau, representando a Ceres como alegoría del verano según un cuadro de Watteau, con maquillaje y vestido especialmente espectaculares. El destino de mujer inalcanzable que le espera con semejante metáfora es parejo al impacto que la visión de esta mujer así mostrada por su propia elección causa entre hombres, solteros y casados, que asisten a la fiesta. Finalmente: las alusiones a la supervivencia, a las estrategias de caza, a los fetiches y libros ‘Americana’ de costumbres del país, y las escasísimas ternura y solidaridad de los personajes masculinos que sin embargo compiten ferozmente (con educación exquisita eso sí) por la combinación de acciones, finanzas y mujeres, aunque sean como amantes, revela una tensión subterránea entre darwinismo social y feminismo que es intelectualmente muy estimulante al avanzar en el libro.

Otra joya.

Edith Wharton


24 de julio de 2025

Einbahnstrasse

 


Walter Benjamin tiene el aura ganada de pensador mítico. Influye desde luego su final (se suicidó después de no poder entrar en España por Portbou en 1940 mientras huía del nazismo, y ya sabemos que en muchos autores la muerte genera un carácter sobre la obra), su carácter ecléctico como intelectual, y su relación con multitud de pensadores y artistas de su época. Sus reflexiones estéticas son con frecuencia citadas y su labor como crítico literario muy reconocida, lo cual no es común.

Tal vez por falta de una gran obra general, los escritos de Benjamin son cortos, y Calle de sentido único va más allá recogiendo aforismos, visiones breves e irónicas cargadas de sentido poético de la vida, los objetos y el arte, en un volumen que se publicó en 1928. Muchas de sus reflexiones son en efecto brillantes, objeto de un buen subrayado, pero a las que el formato general del libro impide un desarrollo más profundo y apetecible. En ese sentido el texto resulta frustrante. Pero, qué duda cabe, de momentos estupendos. Por poner ejemplos:

“El trabajo en una buena prosa abarca tres niveles: Uno musical, en el que se la compone; uno arquitectónico, en el que se la construye; finalmente, uno textil, donde se la trama y urde”.

“La escritura, que había encontrado asilo en el libro impreso, donde llevaba una existencia autónoma, sede implacablemente arrastrada a la calle por los anuncios publicitarios y sometida a las brutales heteronomías del caos económico. Esta es la severa escuela donde adquiere su nueva forma”.

“Habla, si quieres, de lo que llevas escrito, pero no se lo leas a nadie mientras el trabajo está en curso. Toda satisfacción que te procures de ese modo frenará tu ritmo”

“Grados de la redacción: pensamiento - estilo – escritura. Pasar a limpio tiene sentido porque la atención ya solo se centra en la caligrafía. El pensamiento mata la inspiración, el estilo ata al pensamiento, la escritura recompensa el estilo”

“La polémica genuina trata un libro con el mismo cariño con que el caníbal cocina un lactante”

Resultan también irónicos sus apuntes contra la crítica, que él practicaba, y su texto sobre la inflación en Weimar, que, bajo el título de Panorama imperial, contiene algunos errores de análisis económico achacables a que como intelectual destacado debía pensar que podía opinar  sobre todo. Triunfa mucho más en el reflejo de los pequeños momentos y objetos vitales (Filatelia, dedicado a los sellos, es una joya). Pero, poco a poco, según avanza la lectura, uno va dejando los subrayados. También influye que acaba pesando el uso continuado de metáforas y situaciones de género, que por mucho que debamos situar en la época, son de abundancia sorprendente y con frecuencia cosificadora, especialmente si hablamos de un pensador lúcido del siglo XX y cercano al marxismo.

En fin, tal vez el libro 'fácil' para iniciarse en Benjamin no sea la mejor idea. En casa está aún Infancia berlinesa hacia mil novecientos, en esta misma colección tan bien editada de Periférica. Veremos.


Walter Benjamin en 1928, según su foto recogida en Wikipedia

 

16 de julio de 2025

El malestar en la cultura

 


Dicen los estudios sobre Freud que El malestar en la cultura es uno de sus ensayos más asequibles, aunque sean abundantes varios de sus en ocasiones complejos conceptos principales; en otras ocasiones resulta un autor algo abstruso, pero éste es ciertamente un texto ágil y asequible. En este volumen, el ensayo se acompaña de algunos textos más, de interés diverso.

El malestar del título y la cultura del título no son exactamente lo que pudieran parecer. Para Freud, la cultura es la suma de las producciones e instituciones que distancian nuestra vida de la de nuestros antecesores animales, y que sirven para dos fines: (1) proteger al hombre contra la naturaleza y (2) regular las relaciones de los hombres entre sí. El malestar es generado por la cultura al hombre, ya que esta coarta sus instintos más agresivos para permitirle precisamente organizarse mejor para su supervivencia, lo que incluye también tener relaciones cuando menos no agresivas hacia sus congéneres. Las relaciones humanas son una de las tres causas de la miseria del hombre, y, frente a las otras dos - la decadencia del cuerpo y el poder de la naturaleza - nos resulta menos admisible.

Freud se dedica a intentar discernir los factores de la evolución de la cultura, tarea que considera exorbitante de por sí. Los primeros actos culturales pudieron ser el empleo de herramientas, la dominación del fuego, o la construcción de habitáculos, en lo que supone defenderse de la naturaleza y preservarnos. Pero en lo que concierne a relaciones sociales, el establecimiento del derecho es el resultado final de la justicia como primer requisito cultural. Al derecho todos contribuyen sacrificando sus instintos para no dejar a nadie a merced de la fuerza bruta. Y, por supuesto, desde la prehistoria hay constancia del hábito de crear familias, que para Freud se constituyen como primeros auxiliares del individuo, pero también por necesidad de satisfacción sexual. Genital, dice él. Se atempera también con ello la periodicidad orgánica del proceso sexual, pero no su influencia psíquica. Y aquí reside el interés de Freud, el conflicto del amor/libido y la cultura, que toman intereses distintos y así aparecen los conflictos: (1) la familia no quiere desprenderse de sus miembros, hecho que se inicia en la adolescencia por ritos de pubertad y de iniciación; (2) las mujeres ejercen una influencia dilatoria y conservadora opuesta a la corriente cultural por representar los intereses de la familia; y (3) el hombre está más dotado para sublimar sus instintos, pero debe distribuir su libido y la que consume culturalmente le sustrae de sus deberes de padre y esposo.

La ampliación del círculo de acción de la cultura restringe la vida sexual: elimina la sexualidad infantil, restringe el objeto sexual al sexo contrario, prohíbe las satisfacciones extragenitales, legitima únicamente la monogamia, y concibe la vida sexual como instrumento exclusivo de la reproducción. Pero es que, además, la cultura también utiliza lazos libidinales (recordemos que para Freud la libido es al amor lo que el hambre a la alimentación) para ligar mutuamente a los miembros de la comunidad y evitar la agresividad presente en las disposiciones intuitivas del individuo, tendencias cuya satisfacción no es fácilmente renunciable, como muestra el narcisismo de las pequeñas diferencias que Freud, y cualquiera, observa en comunidades pequeñas e incluso emparentadas, las que con frecuencia más se combaten entre sí. Freud además parece indicar que con la escritura del ensayo ha 'descubierto' que también el 'yo' puede estar impregnado a la vez de instintos libidinosos (narcisismo) y agresivos hacia el propio 'yo'. Freud postula el sentimiento de culpabilidad: un 'superyo' severo asume la función de conciencia y ataca al ‘yo’ con la amenaza de castigos (fundamentalmente, el miedo a la pérdida del amor de los demás y por tanto de la capacidad de supervivencia).

Confieso: encuentro fascinantes estas argumentaciones de anhelo descriptivo del insigne vienés. En este texto la definición de términos nuevos no resulta farragosa, si bien es cierto que especialmente en su segunda parte aparece su denostado por aparentemente obsesivo pansexualismo, que he obviado en este resumen. Carlos Gómez niega esta acusación en la introducción del libro: si Freud opina que los trastornos alimentarios son de menor interés en su trabajo es porque normalmente están más cerca de ser puramente instintivos, y, por eso, para resolverlos, no puede recurrirse a la represión, que es su objeto principal de estudio. El ensayo es un ejemplo de su aproximación no moralista a estas temáticas, pero no contiene experimentación u observación empírica, como otros trabajos suyos. Aunque su aplicación del método científico y las condiciones para establecer teorías están cuando menos discutidas, y hay quien prefiere verle como un filósofo especulativo interesado en la psicología. Pero, por otro lado, su observación es lúcida, penetrante, y diría que honesta a la hora de dar lugar a un sistema coherente.

Del resto de ensayos del volumen, relacionado con El malestar en la cultura, me ha gustado mucho Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte, en el que estudia cómo los soldados de la Primera Guerra Mundial consiguen desatar su instinto de agresividad largamente reprimido por las imposiciones culturales al encontrarse en el frente y en situación de guerra, y se pregunta por cómo será su regreso a casa y, por ello, a la necesaria represión de la vida social sin violencia. Es un texto de treinta páginas que, aunque basado en sus conceptos, se antoja atemporal y perfectamente válido en sus premisas incluso hoy mismo.

El volumen contiene también varios textos bajo un epígrafe llamado 'Metapsicología', donde relectura y profundización parecen necesarias para la comprensión de las teorías sobre los instintos, la represión o el inconsciente. Sin embargo, un ensayo titulado La aflicción y la melancolía aúna veinte páginas de nuevo especialmente brillantes sobre las diferencias de origen, desarrollo y resolución de estos dos conflictos de pérdida (de alguien cercano por fallecimiento en la aflicción, o por ruptura amorosa o al menos libidinal en la melancolía) donde especulaciones y resoluciones son más mundanos y diría que incluso prácticos. No olvidemos nunca que, en última instancia, Freud era un médico interesado en curar a sus pacientes.


8 de julio de 2025

Los viejos estoicos nunca mueren



De hecho, los viejos estoicos parecen más vivos que nunca. Protagonistas de reediciones de sus textos, de libros monográficos, de conferencias, ejemplos para unos tiempos en que la interpretación de sus teorías parece por momentos interesada, o, cuando menos, un tanto reducida a parte de sus consignas éticas reinterpretadas desde el individualismo postmoderno. No es el caso de este libro, El estoicismo romano, dedicado no a dar recetas directas sobre la vida de hoy sino al estudio de los grandes representantes de esa corriente del pensamiento: Séneca, estudiado por Javier Gomá; Epicteto, por Carlos García Gual; y Marco Aurelio, por David Hernández de la Fuente. Publicado por Arpa Editorial, el libro es el resultado por escrito de tres conferencias previamente ofrecidas por cada autor en la Fundación March. La aproximación es especialmente sensible a avatares biográficos de cada autor en relación con el desarrollo de su pensamiento dentro de su propio devenir personal.

El estoicismo romano es la etapa final de esta escuela en la filosofía antigua, y la penúltima de esta filosofía antigua cuando se estudia como conjunto, aunque se desarrollaría por personajes como el consejero de un emperador e incluso un mismísimo emperador. A estas alturas de esta corriente filosófica, y bajo el poder absoluto de los emperadores romanos, la práctica filosófica había perdido gran parte de su capacidad política, y estos autores tampoco se muestran especialmente interesados por las patas de la Lógica y la Física que tan relevantes fueron para los estoicos primeros a la hora de apuntalar su visión cósmica completa. De Séneca a Marco Aurelio no es que hayan olvidado poner a la naturaleza en el centro de todo principio, norma o decisión, pero el Logos y su discusión no es omnipresente. Los consejos para proceder en las situaciones de la vida, el consuelo ofrecido cuando la fortuna no sonríe, incluso las instrucciones para una vida resignadamente feliz, ocuparon su interés.


De los tres filósofos, Séneca es probablemente el más discutido por la pluma del autor de su estudio. No es que no le colme de buenos elogios, pues empieza su texto con un decálogo de los notabilísimos méritos del filósofo que le convierten ‘en un gigante’. Pero Gomá coincide con otros estudiosos de la obra de Séneca al mostrar la contradicción de su pensamiento moral con su servicio durante años a Nerón, con el que hizo inmensa fortuna, y al que buscó influir positivamente con sus consejos sobre la clemencia a practicar por el emperador, pero al cual no discutió cuando empezó con las crueldades de su etapa final, sino que consintió callando y mirando a otro lado. Él, que era autor de un corpus ético ya relevante cuando le encargan ser el tutor del joven Nerón. Entre esto y el desapego emocional, interpretable desde un rigorismo extremo de resignación estoica, con el que Séneca responde a las necesidades de consuelo de una madre marcando la futilidad de la vida, lo inútil de la misma, o la oportunidad dada por la naturaleza de resignarse sabiamente a su designio, molesta profundamente a Gomá, que se reconcilia, sin embargo, en la época final de Séneca con las Cartas a Lucilio, y al que siempre le reconoce la fuerza emocional y la pulsión dramática que impone a sus escritos.


El menos discutible de los estoicos romanos es sin duda Epicteto, que frente a sus dos ilustres compañeros de escuela no tuvo aspiraciones ni momentos de poder político: era un esclavo liberto que fundó su propia escuela de filosofía y que nunca escribió nada. García Gual hace un retrato amable en que el momento clave en que, sin queja, se dejó fracturar una pierna y quedó cojo de por vida, es especialmente subrayado como aplicación de la libre aceptación estoica de lo que en la naturaleza nos proporciona y por tanto nos conviene. El momento sirve para definir una vida dedicada a la enseñanza, que permite además a García Gual dar pinceladas sobre el estoicismo como enseñanza que nos extraña y fascina a la par. Sólo sobreviven textos escritos por sus alumnos, y se sospecha que existieron clases y disertaciones sobre lógica y física, pero, o no se escribieron o no se conservaron.


Para mí, personalmente, Marco Aurelio es el personaje de perfil más fascinante de los tres. Emperador de dos décadas turbulentas, escribía para su propio consumo unos textos melancólicos que rebosan sentimientos agotados de un mundo trágico y absurdo, abogando por un retiro interior y una aceptación resignada de lo que la naturaleza traiga. Su contradicción es aún mayor, si cabe, que la de Séneca. Y su vida es un debate entre su pulsión filosófica y su formación para alcanzar la cabeza del Imperio, algo que aceptó como inevitable y, estoicamente, dado por la naturaleza. David Hernández de la Fuente también se aferra a un episodio biográfico muy peculiar: el sueño que tuvo siendo adolescente la noche anterior a ser nombrado heredero, en el que sus hombros eran de marfil, frágiles, pero parecía que aguantaban, con la mala salud de hierro de los enfermos que también le caracterizó. Marco Aurelio ordenó campañas bélicas cruentas a la par que fue un hombre de familia - algo a lo que los estoicos suelen recomendar desapego, y de ahí parte del enfado de Gomá con el primer Séneca - y un joven bondadoso e inteligente. Para Hernández de la Fuente, este "emperador de marfil" es un filósofo de sinceridad total, pues era inconcebible que el emperador publicara sus Meditaciones, y ahí reside una fuerza interna que apela en sus humanos consejos a todas las épocas y oficios. Pero, por otro lado, si incluso el emperador de Roma, todavía en el siglo II después de Cristo, muestra este desapego por el mundo y este desánimo para el que receta el retiro interior, pero en el que no es imposible leer también un fracaso de la humanidad en el que vida social y política no tienen sentido, ¿que quedará si no pedir un rescate, una luz, una guía, a nuestra alma por parte de lo más alto?

Los tres textos se benefician a mi entender de la agilidad del lenguaje oral del que proceden, la conferencia previa, y fluyen con ritmo y gran claridad expositiva. Mantienen también una coherencia estructural y completan un libro que no es académico en sí, pero resultaría muy útil como tal.

Bueno. Aquí las consecuencias del libro, que ya están en casa:



28 de junio de 2025

Johaness



Jon Fosse es uno de esos ganadores del Nobel algo ignotos que empiezan a colonizar estanterías de librerías tras recibir el premio, y que son ejemplo de esa tendencia gratificante del premio por descubrir autores de literaturas supuestamente menores (con una cierta querencia tal vez disculpable por autores nórdicos; noruego en este caso). Fosse ganó en 2023 por "sus obras de teatro y su prosa innovadoras que dan voz a lo indecible".

Mañana y tarde es una novela corta con dos partes desiguales. La primera, breve, narra el día del nacimiento de Johannes, desde el punto de vista del padre acongojado que espera el feliz resultado mientras piensa en el futuro del niño, en su nombre y en lo que conseguirá en la vida, a la vez que da servicio a todas las necesidades que la matrona le va transmitiendo. Nace Johannes.

La segunda parte ocupa la mayor extensión de la novela y narra, sin revelarlo aparentemente, el día último de la vida del propio Johannes, ahora envejecido, viudo, solitario, que ha tenido tres hijos e hijas en la vida, una de las cuales vive cerca, y que se despierta y se levanta y hace su rutina diaria, pero en la que todo le es extraño por múltiples razones que el lector atento enseguida capta como parábola.


Persona, de Ingmar Bergman


De ambientación puramente nórdica (un anciano solitario en una isla escandinava de meteorología gris no puede ser más Bergman) y un estilo dialogado muy escueto pero circular, Mañana y tarde tiene cierta fuerza en la cotidianeidad de lo que primero parece un problema cognitivo severo (lo cual habría sido algo flojo) y finalmente se interpreta mejor como una distorsionada despedida de la realidad por parte del alma humana. Juega bien a la repetición de hechos que regresan continuamente al hablar de Johannes, como si aún quisiera retenerle en el mundo. Las 102 páginas se pasan en un santiamén, y un sentido humanista, en su definición más concreta, se extrae del volumen, con discreta corrección bien resuelta que apela al ciclo de la vida casi con desgana. La última jornada de Johannes, convertido en un fantasma que nada entiende, casi existencialista, tal vez sea ese "indecible" que postulaba la Academia como logro del premiado, pero diría que es algo exagerado, tal vez una forma de aceptar el artificio semifantástico de un autor de literatura seria, o convertida en seria al ser premiado.



11 de junio de 2025

Antes de Genet

 


Es asombrosa esta novela. Ambientada en la Cuba de los años 20 o 30 del siglo XX, en un presidio donde los deseos y relaciones sexuales entre los presos presiden por completo la vida y rutina cotidianas, y donde estas relaciones se enmarcan en una brutalidad entre lo primitivista y lo macarra, está escrita en 1937, es decir, años antes de que el que eurocéntricamente parecería el referente de este libro, el francés Jean Genet, empezará a escribir.

Hombres sin mujer es obra de Carlos Montenegro, escritor cubano nacido en Galicia, que cumplió condena en la cárcel por verse envuelto en un asesinato. Cuenta Augusto F. Prieto en El canon de la literatura gay en español que la publicación del libro causó un revuelo enorme, pero que nadie dudó de la autenticidad del relato por el ascendente de conocimiento del autor. Y aunque bajo el estilo de la obra late la denuncia (las condiciones del presidio son terribles, los guardias son corruptos y por momentos indistinguibles de los presos y sus confidentes, y apenas hay una fugaz aparición de un enfermero desbordado por la violencia y enfermedad continuadas), la superficie presenta un ritmo endiablado, en un texto profundamente dialogado, con uso intenso de una jerga local a la que acostumbrarse poco a poco, y un sentido malévolo de la ironía y la burla crueles, que pueblan pensamiento y lenguaje de presos siempre prestos al conflicto. Un conflicto que nace especialmente por el deseo sexual por los presos jóvenes recién llegados al presidio y que “necesitan" un protector.

El protagonista principal es Pascasio Speek, un negro fortachón, de físico imponente y mente sencilla, que añora sus años de cortador de remolacha en conexión con la naturaleza, y que en ocho años de presidio se ha conseguido mantener al margen de la búsqueda de relaciones carnales. Todos lo saben, pero Pascasio mantiene cierto prestigio interno por su apabullante presencia y cierta conexión con la naturaleza primigenia y desbordada, donde se combinan su sencillez, el color de su piel, y su pasado labriego. Esos ocho años de morigeración se van a acabar con la entrada en prisión de Andrés, un delicado joven blanco del que Pascasio, a pesar de su resistencia, se enamora perdidamente. El presidio es un lugar público donde los presos veteranos pretenden a los jóvenes y donde todos forman un coro que comenta, maldice e intenta reventar cualquier posibilidad de alegría o amor, no digamos felicidad, aunque cada miembro la necesite con desespero. Pascasio no lo va a llevar bien.

El hábil retrató sutilmente censurador de la vida en la cárcel se da gracias a que Montenegro hace avanzar la acción a través de hechos que van sucediendo en los diferentes lugares de la prisión. Pasamos por la cocina donde trabaja Pascasio, por el patio, por los dormitorios, por las duchas... En todos ellos los diálogos entrecruzados dan idea de hechos sucedidos en elipsis, de presos que han observado a otros, y de estallidos de violencia. Algunos de estos lugares son infernales. Hay un pabellón de ‘incorregibles’, donde se encuentran aislados presos violadores especialmente crueles; a ese pabellón son a veces enviados como castigo algunos presos que sufrirán violación múltiple de profunda violencia. En el pabellón de tuberculosos sucede un episodio de venganza escalofriante. Y en la carpintería, una sierra mecánica defectuosa que pierde de continuo su banda de dientes mutilando o incluso matando al preso que la maneja, que además chirría ensordecedoramente como un demonio, domina simbólicamente el lugar.

No hay margen para que el conflicto continuado de encierro y celos se resuelva positivamente. Los hombres y mujeres del título son la excusa que debe usar el escritor para comprender una homosexualidad febril en la que se cruzan lo que hoy diríamos interseccionalidad de raza, edad, clase y situación de encierro, y que no encuentra posibilidad de acomodo en el amor sincero que solo a veces se vislumbra en los pensamientos de Andrés y Pascasio. Todo ello se refleja en palabras y hechos concretos, sin subrayado ni realismo mágico alguno. Es un libro muy duro, pero atrevido y de una literatura estimulante en su mirada honesta al horror de la ausencia de dignidad.



 

 

 

15 de mayo de 2025

La satírica transición




La satírica transición es el título realista y a la vez metafórico que Gerardo Vilches dio a este repaso histórico de las, como dice el subtítulo, Revistas de humor político en España (1975-1982). Se publicó en 2021, y Vilches, que es historiador, aprovechó para ello los textos de su propia tesis doctoral. La transición definida por Vilches es la que va de la muerte de Franco a la victoria del PSOE por mayoría absoluta en octubre de 1982, y, el trabajo se centra en cuatro revistas principales: Hermano Lobo, Por favor, El Papus, y El jueves, que fue la más longeva y aún existe. El libro adopta un seguimiento cronológico basado en el propio devenir histórico, marcado por los diferentes capítulos acontecidos durante la transición: Arias Navarro, la entrada de Suárez en el poder, la legalización del PCE, la Constitución, la descomposición de la UCD, el 23F, etc. Las revistas satíricas serán reactivas a las circunstancias políticas y por ello su reflejo es necesariamente una mirada hacia el país.

VIÑETA Kim, El jueves, 1978

 ¿Qué tipo de mirada? Aunque con matices, es en general profundamente crítica e izquierdista. También se autoproclama democrática, incluso resulta esencialista en ese aspecto. La mirada histórica tiene estas cosas: Hoy coexisten dos mitos sobre la transición española; el primero, que fue modélica, un cambio profundo de metas claras admirablemente ejecutado. El segundo, que fue un tejemaneje orquestado por las oligarquías para engañar por enésima vez al pueblo español. Ambas se muestran como falsas al mirar al espejo deformado, pero que aun así devuelve una imagen del momento, de la sátira.

Chumy Chúmez, Hermano Lobo, 1975

 

El libro analiza el momento glorioso de estas publicaciones vivido en España fundamentalmente en la mitad de los años 70. Por qué proliferaron en un determinado boom y luego fueron cerrando. Los motivos por los que sobrevivieron solo El Papus y El jueves en un principio, y solo esta única al final, al saber evolucionar mejor que las demás del humor político que acabó probablemente por saturar al público en uno más costumbrista y con series de personajes carismáticos. También estudia las diferentes líneas editoriales, destacando también con relevancia la existencia de articulistas políticos, con un papel especialmente destacado para Manuel Vázquez Montalbán y su sección "Los eventos consuetudinarios que acontecen en la Rúa" en la revista Por favor. El Papus destaca por su mayor combatividad, y probablemente por ello también su mayor grado de expectativas decepcionadas. Su caso es también único por haber sufrido un atentado mortal, hoy un tanto olvidado, por parte de la extrema derecha, lo cual lógicamente convulsionó su plantilla y dirección. En todas ellas es muy significativa la ausencia de experiencias censoras, en un momento de libertad creativa probablemente muy singular pero no por ello completamente limpio de matices problemáticos, dada la práctica totalidad de dibujantes masculinos y la connivencia y uso del destape como herramienta comercial.


Ivá, El Papus, 1981

Para los crecidos en la transición el libro es un dechado de nostalgia, empezando por la nómina de dibujantes y personajes estudiados: Ivá, Martinmorales, Kim, Ja, el Perich, etc. En mi caso particular siento debilidad por el trabajo de Chumy Chúmez, que en este libro tiene una presencia casi anecdótica como dibujante de viñetas irónicas, inteligentes y encantadoramente desfasadas, publicadas en Hermano Lobo. Entre los personajes están, por supuesto, Martínez el facha, que finalmente duró décadas, y no tanto el esperable Makinavaja, que fue posterior y más perteneciente a la etapa post Transición.  He echado de menos que hubiera más viñetas, caricaturas e imágenes en el libro, que lógicamente se prestaría a una edición mucho más ilustrada. Supongo que existirán cuestiones de derechos o tal vez también que el número de páginas y el coste de edición se dispararían.

El valor histórico que tiene repasar las publicaciones de la época se muestra en dos detalles: la salvaguarda de la corona, inconcebible en autores que aprovecharon a fondo cualquier situación política para apretar las tuercas a todo personaje público que pudieron. Otra es precisamente esta exacerbación: la saña recibida por protagonistas del momento como Fraga, Carrillo o Suárez en las propias crisis de sus partidos, de una ferocidad que hoy no se quiere reconocer, sumidos como estamos en el espejo de nuestro propio convulso tiempo actual.

Así, La satírica transición cumple funciones de manera efectiva a varios niveles. Es un estudio de un medio y lenguaje de comunicación de masas de una idiosincrasia especial, es un determinado repaso histórico a una época, y apela también a cierta nostalgia de un momento emocional clave en la vida de varias generaciones. Funciona magníficamente, por si había alguna duda, en los tres aspectos.


Gerardo Vilches en la foto de su ficha en el CCCB